Capítulo siete
—Opaleye de las Antípodas—
Recuerda estar muy nervioso durante el trayecto de ida. Sólo llevaba una maleta con sus enseres, obviamente hechizada para que al menos cupiera la mitad de su librería, y un tercio de su armario. Le acompañó su madre, y aunque le avergonzaba en parte, también le reconfortaba saber que a su lado estaría la mano de su madre para apretarla si le hiciera falta.
El transportador que los tenía que llevar a Transilvania salió a su hora. Solo un hombre encapuchado los acompañó en el viaje. Charlie les esperaba con una sonrisa en los labios, y más canas que nunca.
—Bienvenidos —les saludó envolviéndolos en un abrazo.
Su madre solo se quedó unos días, recuerda perfectamente el tiempo que pasaron los tres juntos. Albus no podía recordar de niño ninguna situación parecida, en la que hubiera podido disfrutar de su madre y su padrino a solas, sin que nadie les pudiera interrumpir. Tras hacer algunas excursiones turísticas y tras muchos besos y abrazos, su madre le instó a volar.
—Albus, disfruta mucho de esta experiencia. No sabes lo orgullosos que estamos de ti —le dijo su madre antes de marcharse.
Aunque los primeros días se hospedó en casa de su tío, finalmente, cuando comenzó el semestre se instaló en una residencia con el resto de interinos, becarios y estudiantes como él.
Los primeros meses fueron muy rutinarios, muy teóricos, de adaptación al entorno. Eran contados los estudiantes, pero la mayoría rondaban su edad, y eran de nacionalidades muy distintas y culturas muy diferentes.
Su padrino era toda una eminencia. Había implantado una metodología de enseñanza para formar a los futuros cuidadores y profesionales de la magizoologia. Se había rodeado de los mayores expertos de todas y cada una de las materias más importantes, y Albus tenía la suerte de poder aprender de ellos. Los evaluaban porque las vacantes eran muy limitadas, y solo los más brillantes serían los privilegiados que se quedarían con las pocas plazas de becarios disponibles.
Aquel primer año, pudo decir que aprendió muchísimo, no solo a nivel teórico —pues aunque creía conocer muchas cosas sobre los dragones, en las aulas, rodeado del resto de sus compañeros, se dio cuenta de que allí no destacaba en absoluto— sino también a rodearse del mundo de los adultos.
Durante siete años había deambulado por un pedacito del mundo, una especie de burbuja, que nada tenía que ver con lo que esperaba fuera. El individualismo se había adueñado de todos los colectivos, había tenido que aprender a sacarse las castañas del fuego, nadie daría un sickle por él si no se valía por sí mismo. Y aunque lo sabía, enfrentarse a ello, de manera real y directa era otra cosa.
A Irian Backer, la compañera de su padrino, la volvió a ver bien entrado noviembre. Los años no habían pasado para ella, Albus diría que hasta en aquel momento la encontraba aún más atractiva que antes. Quizás en parte, porque ya no era tan inocente, conocía —de nuevo en parte— lo que era realmente estar cerca de una mujer —sexual y emocionalmente, o eso pensaba él en aquel entonces.
Backer volvía de una expedición por los Cárpatos de Eslovaquia, donde una dragona había decidido hacer su puesta, según ella, cada vez la puesta era más cerca de la reserva donde trabajaban. Siendo cerca una distancia de unos 500km para Irian.
Cuando le vio por primera vez le abrazó con fuerza. Era tan pequeña que no le llegaba a alcanzar los hombros.
—Oh Albus, qué bien tenerte por aquí de nuevo —gritaba en su oído, escandalosa y con una voz aguda y estridente que le retumbaba en los oídos.
Con su llegada, se sintió como en casa, quizás en parte porque ella era —a parte de su padrino—, algo que no era nuevo. Algo de su pasado que se había mantenido igual y que no formaba parte de esa marabunta de cambios que le acompañaban aquel año. También se sentía afortunado porque sabía que para el resto de sus compañeros no era así, se sentía afortunado por estar en familia, aunque solo fuera una pequeña parte, aunque el resto estuviera lejos.
Con Irian se lo pasaba genial. Albus solía hacer pellas por las tardes para pasarlas con ella, la acompañaba a cuidar de las crías y ella le contaba la última teoría y proyecto en el que estaba trabajando. Su obsesión era que una pareja de dragones se reprodujera íntegramente en el complejo. La frustración más grande para ella era no poder encontrar los huevos que las dragonas iban poniendo, porque los cazadores furtivos llegaban antes, u otros depredadores se los comieran. Los números de ejemplares no eran malos, pero tampoco buenos. Y para ella eso era un desastre.
Una noche le invitó a cenar a su casa. Albus entró totalmente impaciente al despacho de su padrino.
—¿Qué es lo que te tiene tan contento? —le preguntó, nada más verlo entrar mirándolo por encima de las gafas de leer, en sus manos un montón de papeles desordenados.
—Backer me ha invitado a cenar en su casa —contestó sin un ápice de vergüenza.
—Ah, ¿a ti también? Podemos aparecernos juntos —le contestó sin darle más importancia. Aunque Albus pudo notar la media sonrisa en sus labios. Estaba claro que se estaba riendo de él.
Albus soltó un mohín como respuesta.
La ansiada noche llegó, de la mano de su padrino entraron en la cabaña que Irian compartía con su prometido. Sí, Backer iba a casarse y la cara de decepción de Albus cuando conoció al susodicho no pasó desapercibida para su padrino. Era increíblemente guapo y carismático. Albus no tenía nada que hacer.
La decepción, si bien le acompañó durante toda la velada, no impidió que disfrutara de la compañía. Su padrino se marchó temprano, Backer le dijo al respecto que ya no iba mucho de fiestas, que la gestión y la dirección le estaban consumiendo. Le gustaba la compañía de Backer y su prometido, le trataban como a un adulto y se interesaban por su opinión.
Estaba a solas con Irian y algo borracho por el vino, al que no estaba acostumbrado, cuando ella le preguntó que qué le pasaba.
—¿A qué te refieres? —alcanzó a decir. Todo le daba vueltas en aquel momento, pero creía estar disimulando muy bien.
—Llevas taciturno toda la noche, parece que hay que sacarte las palabras con sacacorchos —se rio, sirviendo más vino en su copa vacía.
Albus no se atrevió a contestar de primeras. Le daba demasiada vergüenza admitir que le gustaba, quizás también por el hecho de que si antes le había parecido difícil ahora le parecía imposible. Pero claro, no contaba con el alcohol en sangre.
—Estoy enamorado de ti Backer —soltó sin más. Eran palabras muy gordas, pero es que era lo que sentía en aquel momento, y en cierto modo, era lo más cerca que había estado nunca. Claro, pero es que a aquel chico de diecinueve años aún le faltaban muchas cosas por vivir, para darse cuenta de lo que era el amor.
Irian se descojonó viva. Y Albus, aunque avergonzadisimo y mortificado a más no poder, también. Es que con ella era todo muy fácil.
—Ay Albus —contestó entre risas— tú no estás enamorado de mí.
—¿Y si no estuvieras comprometida? —insistió el chico, escuchando cómo el susodicho fregaba los platos en la cocina.
—Eres cómo un hermano para mí, Al. Yo no te veo de esa manera —le dijo, más seria pero sin perder la sonrisa.
—Pero es que a mí sólo me gustas tú —le replicó en una argumentación totalmente infantil e ingenua.
Sin decir nada más ella se levantó de la mesa y se acercó para sentarse al lado de dónde estaba Albus. Le cogió de la mano con ternura —en ese momento se dio cuenta de que efectivamente era todo fraternal para ella— y se la apretó antes de continuar.
—Albus eres un chico encantador, no tengas prisa por enamorarte. Cuando menos te lo esperes, conocerás a alguien que pondrá patas arriba todo tu mundo, y te encontrarás deseando hacer cosas que jamás hubieras imaginado. Dejarás de pensar en singular y la felicidad no vendrá dada por las cosas que tú quieres, sino por las cosas que hacen al otro feliz. Y entonces, sí estarás enamorado.
Tras ello, se adelantó hacia él y lo abrazó por los hombros con fuerza y le dijo al oído:
—Estar enamorado es maravilloso y puede ser muy fácil, pero querer a alguien así es mucho trabajo y también requiere dedicación y esfuerzo.
A la mañana siguiente en su habitación, se sintió mortificado, más de lo que creyó estar la noche anterior en casa de Backer. Sin embargo, no dejó que aquello supusiera un obstáculo en su relación con ella. Es más, el hecho de haberse sincerado, y haber comprobado que en ella nada había cambiado en lo que él respectaba, hizo que hasta fuera más abierto, perdió toda la vergüenza y hasta podían bromear sobre ello estando su padrino delante.
Los meses siguientes se centró en estudiar, decidió que no iba a volver a casa por Navidad ni tampoco en las vacaciones de Pascua. Quería centrarse en su objetivo, tenía tan claro que quería quedarse allí con Backer y su padrino, que no iba a dejar que nadie se interpusiera en su camino.
A pesar de ello, cuando recibía alguna carta de su familia o Scorpius, también dudaba, porque le recordaban que el mundo seguía girando para el resto también y era inevitable que sucedieran cosas de las que él no tenía ni idea y que inevitablemente le hacían sentirse muy ajeno.
Su padrino le dijo al respecto que era algo con lo que uno tenía que aprender a lidiar, y que tampoco pasaba nada si no lo llevaba bien porque vivir lejos de la familia no era para todo el mundo, y que sentir morriña, echarles de menos, era cuanto menos normal.
Los exámenes finales se acercaban y sólo se permitía salir de la biblioteca cuando Backer o su padrino le invitaban a cenar. Tampoco tenía muchas más distracciones, ni se permitía tenerlas. Si Scorpius lo hubiera visto, ni siquiera para los ÉXTASIS habían estudiado tanto.
Lo cierto es que fue la segunda mejor nota de su promoción, y ligado a la buena opinión que tenían de él sus profesores, y la buena predisposición en los aspectos más prácticos de las materias, esperaba que le propusieran ocupar una de las cinco plazas disponibles para el próximo año.
Corrió enseguida al despacho de su padrino extasiado de alegría a darle la buena noticia, esperaba encontrar también a Irian con él, pues ambos sabían que el chico se había esforzado mucho y esperaban como él, que lo propusieran como candidato. Su padrino estaba henchido de orgullo cuando le abrazó y le dio la enhorabuena y prometieron celebrarlo. Supuso que Backer también hubiera tenido una reacción similar, pero cómo su padrino le informó, se había marchado aquella mañana de expedición.
Cuando volvió a su habitación encontró una carta de su amiga explicando en detalle lo que su padrino le acababa de decir. Al parecer, una de las dragonas en seguimiento había hecho la puesta antes —normalmente la puesta de huevos ocurría a finales de verano y acaba de empezar junio—, y las contingencias que debían tomar no podían esperar así que habían adelantado el viaje un par de meses. No sólo se enredó hablándole de su viaje, sino que además le felicitaba de antemano, porque sabía por sus colegas que Albus había bordado sus exámenes y estaba segura de que al volver de su incursión sería uno de sus nuevos compañeros.
Albus planeó su viaje de vuelta a Londres teniendo en mente que debía regresar en septiembre a Transilvania. Ambas cosas le reconfortaban, poder disfrutar de su familia y también saber que tendría el trabajo con el que siempre había soñado era una sensación mágica.
La junta de la dirección seleccionó a sus candidatos y todos pasaron por una entrevista personal. Albus recibió elogios de todas las partes por su trabajo y predisposición, su padrino le sonreía enorgullecido sin decir nada desde la tribuna junto al resto de profesores. Antes de concluir la entrevista, le aseguraron que una plaza era suya si él la aceptaba.
—Sería todo un orgullo poder trabajar y poder terminar de formarme aquí con ustedes —sonrió Albus conteniendo toda la emoción desde su asiento.
Se levantó dándoles la mano a todos y cada uno de los profesores, aceptando el abrazo de su padrino en el camino. Sin duda había demostrado su valía y eso nadie iba a poder quitárselo. Y él solo podía pensar en volver a casa cuanto antes.
Las buenas noticias sin embargo, se vieron eclipsadas por una sola y trágica.
La incursión prematura de Backer y algunos colegas había sido un fracaso. No sólo eso, sino que había sido una tragedia humana. La puesta prematura había ocurrido por la indisposición de la dragona, herida por unos cazadores furtivos, las heridas la habían vuelto muy agresiva y no terminó nunca de separarse de sus huevos. Los heridos fueron casi todos, las pérdidas humanas fueron dos.
Albus se acercó al despacho de su padrino, después de haber escuchado los rumores, como cada versión era diferente y a cada cual más terrorífica.
—¿Es cierto Charlie?
Pero su padrino no contestó, sólo alcanzó a devolverle una mirada desesperada antes de sucumbir en un mar de lágrimas. Se abrazaron largo y tendido, consolándose mutuamente porque Irian Backer había fallecido haciendo lo que más quería en este mundo, protegiendo huevos de dragón.
Una vez Albus fue consciente de que jamás iba a volver a ver a Backer una depresión empezó a invadirle por dentro. De repente, el futuro tan metódicamente programado que había planificado ya no le resultaba nada atractivo porque el miedo había empezado a consumirlo.
No tenía ni idea de qué tenía que hacer en ese momento.
—Al, creo que deberías volver a Londres —le dijo Charlie la semana siguiente al trágico suceso.
—Es que no sé cómo voy a volver. Estoy acojonado —se sinceró su ahijado.
—No hay que tener miedo —insistió—. Hay que aprender a lidiar con la muerte. No es un trabajo para todo el mundo.
Desde los brazos de su madre en Grimmauld Place todo lo vivido el año anterior le parecía muy distante. No sentía tanto miedo por la muerte, cuando su padre le abrazaba. Y la muerte era lo último en lo que pensaba cuando sus hermanos le hacían reír.
Tomó la decisión una noche de verano, de nuevo en Longbourn Beach, Scorpius había venido de visita, llevaba aún la pesada toga del Wizengamot colgada de los hombros.
—Al, tengo que contarte una cosa —le dijo el rubio cuando estaban sentados en la terraza, con el sonido de las olas en la distancia y una cerveza en la mano—, me gusta un poco tu hermana.
Albus completamente sorprendido levantó una ceja y esperó a que su amigo le pusiera en contexto.
—Y yo le gusto a ella.
—Pero esto ¿cuándo ha sucedido? —preguntó Albus— Ella nunca me ha dicho nada, no me lo puedo creer.
—De hecho, James y tus padres ya están al tanto, pero quería decírtelo en persona cuando volvieras —contestó con algo de recelo, como si no supiera qué reacción podría tener su amigo.
Albus lo comprendió y sonrió algo apenado por haber estado tan ausente. Desde que había vuelto, se había dado cuenta de que las cosas habían cambiado, quizás no mucho, pero sí lo suficiente como para que él se sintiera un poco fuera de todo y eso le aterraba, quedarse fuera y que le olvidaran.
—Supongo que no sabías ya qué hacer para entrar en mi familia —sentenció entre risas Albus.
Scorpius le abrazó con fuerza aliviado.
Y en ese instante, Albus decidió que de momento no era capaz de volver. Que la vida le pesaba demasiado, que Rumania le recordaba demasiado a la muerte. Y que necesitaba estar cerca de su familia, que no quería sentirse más como un extraño.
Quería ser feliz al lado de la gente que le quería.
Porque Backer le dijo que el amor era trabajo.
Porque Charlie le dijo que a veces la distancia no era para todo el mundo.
Y porque no pasaba nada si tenía miedo y aún no podía lidiar con ello.
