"Porque aunque no pueda verte, yo nunca culparé a la suerte. Yo ya gasté toda mi suerte, mi suerte la usé en encontrarte a ti".


Niña Buena

Parte II

Capítulo 3

El sol del mediodía golpeaba sus cabezas cuando se sentaron en una banca de un parque cercano. La brisa del fresco verano inglés golpeaba sus rostros, mientras que algunos corredores ocasionales pasaban trotando frente a ellos.

Severus encendió un cigarrillo y se dedicó a inhalar y exhalar el humo un par de veces, en completo silencio. Últimamente, sólo fumaba cuando estaba bajo mucho estrés... y este era uno de esos momentos.

Hermione alternaba su mirada entre él y las abejas que zumbaban en unos arbustos cercanos. Estaba nerviosa. Severus no había abierto boca desde que dijo que "tenían que hablar". Un mal presentimiento presionaba su estómago.

—¿Pasó algo?— preguntó ella, girando levemente la cabeza, sin sentirse capaz de establecer contacto visual.

Severus le dio una nueva calada al cigarrillo y expulsó el aire hacia arriba en un suspiro. Bajó la cabeza, con la misma incapacidad de mirarla a los ojos.

—¿Recuerdas que hace un tiempo te comenté de una investigación que estaba realizando con unos colegas?— Su voz fue monótona y su mirada se mantuvo en el piso.

Hermione no tenía idea de adónde los llevaría aquella conversación, pero no podía ser nada bueno, dado el humor sombrío de Severus. Sólo podía esperar que no fuese nada tan malo.

—Sí, me acuerdo— contestó débilmente. Él asintió y enderezó la espalda, aún sin mirarla.

—Bueno... los últimos resultados fueron... satisfactorios.— Sus usuales pausas al hablar fueron más pronunciadas que de costumbre. Se aclaró la garganta y continuó: —. El Ministerio de Magia de Estados Unidos se contactó con nosotros.— Se detuvo nuevamente durante un largo minuto. Hermione no se atrevía a interrumpirlo, y tampoco sabía qué decir—. Quieren que trabajemos con ellos... que seamos parte de su equipo.— Arrojó el cigarrillo consumido al piso y lo aplastó con el zapato.

Los ojos de Hermione vagaron en diferentes direcciones: primero, el rostro alicaído de Severus; luego, el cigarrillo aplastado en el suelo; y, por último, una mujer que pasó corriendo a buen ritmo.

Una vez que asimiló lo que Severus verdaderamente trataba de decirle, levantó una mirada de comprensión hacia él.

—Severus... ¡eso es fantástico!— aclamó, sus labios se comenzaron a estirar poco a poco en una sonrisa brillante—. Has trabajado muy duro por esto.— El mago hizo un ruido indefinido y movió la cabeza afirmativamente. Hermione sospechaba el motivo del poco entusiasmo por aquel magnífico logro. Se movió en la banca hasta que sus rodillas se tocaron y, con toda la delicadeza que pudo, tomó la mano de Severus entre las suyas, consiguiendo que él volteara apenas la cabeza—. Tienes que hacerlo.

Él cerró los ojos y tragó saliva. Apretó las manos de Hermione con la suya y, por fin, encontró el valor para mirarla.

—Tendría que irme— dijo en un murmullo, como disculpándose.

—Lo sé.— Hermione acarició lentamente el dorso de su mano, conservando la sonrisa.

—No sé por cuánto tiempo.— Ante la duda exuberante en su voz, Hermione decidió lo que tenía que hacer a continuación.

—Severus, escúchame— habló ella con suavidad. Acunó la cara del mago entre sus manos y se inclinó hacia él—. Esta es la oportunidad de tu vida, el sueño por el que has trabajado por tantos años. Serías un tonto si no fueras tras él... y, que yo sepa, tú no eres un tonto.

Severus bajó la mirada un momento y volvió a subirla a ella. Desde los buenos resultados de su investigación, previó la inmediatez del éxito que supondrían tales avances. Tanto él como sus colegas supieron enseguida que sus hallazgos no pasarían inadvertidos y que harían eco profundamente en las esferas de su campo.

Y, más pronto que tarde, descubrieron que habían estado en lo cierto: fueron cientas las cartas que abarrotaron el Departamento de Pociones, muchas de ellas de periodistas que prácticamente rogaban por obtener primero que todos la exclusiva en sus revistas; otras tantas, de aspirantes que anhelaban formar parte de su equipo. Sin embargo, la más trascendental fue la del Ministerio de Magia Americano.

Severus y sus compañeros tuvieron una extenuante reunión aquel día. Parte del equipo decidió quedarse investigando en el país (especialmente, los de mayor edad); el resto, en cambio, aceptó sin más la oferta. Pero él se encontraba dividido entre las dos opciones.

Tal vez era más tonto de lo que Hermione creía...

La observó, profundamente conmovido por su férreo apoyo y su incondicional lealtad; impresionado por su entereza. Tenía un buen tiempo guardándose la noticia, en espera de la confirmación oficial... y, luego de sus palabras, sabía cuál era la decisión que iba a tomar, por mucho que le rompiera el corazón a ambos.

A menos que...

—¿Irías conmigo?— preguntó, en un susurro estrangulado.

La sonrisa de Hermione se tambaleó. Las manos con las que aún sostenía su cara bajaron hasta su pecho. Cuando suspiró y sus ojos esquivaron momentáneamente los de él, Severus comprendió la inutilidad de su pregunta.

—Severus...— Hermione alzó una mirada que era casi de lástima—. Sabes que iría hasta el fin del mundo contigo...— Snape apretó la mandíbula, viendo venir el "pero" que terminaría de hundir sus esperanzas, y, efectivamente, fue lo siguiente que la mujer dijo—. Pero por fin estoy consolidando mi carrera aquí... Adoro mi trabajo... tengo un contrato con mi editorial...

—Sí, sí... lo sé... fue un pregunta estúpida...— divagó Severus, alejándose un poco y pasándose las manos por el cabello. Hermione le sonrió con una condescendencia que comenzaba a matarlo.

—Tienes que ir— repitió ella, con más determinación. Severus la miró con un brillo de inseguridad en sus ojos—. Tú me enseñaste que vivir en favor de los demás era el peor error que podría cometer... Me animaste a perseguir mis sueños...— Hermione levantó una mano y le quitó un mechón negro de la cara—. Ahora es mi turno de hacerlo por ti.— Se acercó a él y dejó un corto pero significativo beso en sus labios—. Cumple tus sueños, mi amor, y me harás la mujer más feliz del mundo.— Hermione no pudo evitar que una lágrima resbalara por su mejilla. Se la secó rápidamente y le dio otro beso a su hermoso mago.

Severus exhaló, como si finalmente pudiese quitarse un enorme peso de encima y la estrechó contra su pecho. No quería estar lejos de ella, quería tenerla cada minuto de cada día... pero también sabía que nunca se le presentaría una oportunidad como esta de nuevo. Ahora era un hombre libre, y su carrera profesional se estaba abriendo camino a pasos agigantados. Más allá de la gratificación pública, sus verdaderas ambiciones residían en todos los nuevos conocimientos que iba a adquirir. Se extendía ante él un amplio mundo de posibilidades.

Hermione tenía razón: sería un tonto si no lo aprovechaba.

—Podemos hacerlo funcionar— dijo ella de pronto, con una ilusión inocente que entibió el corazón de Severus. Le dirigió una pequeña sonrisa—... de alguna forma.

Severus besó su frente con infinita dulzura. Su bruja siempre buscando el lado bueno de todo.

—De alguna forma...— repitió él, pensativo, con los labios apoyados en la frente de Hermione.

—Cuando termine mi contrato... podría irme contigo— dijo la mujer, mirándolo con ojos soñadores. Sin embargo, él frunció el ceño—. Si pude lograrlo aquí, podré hacerlo allá también, ¿no?

Snape desvió la vista y deshizo el abrazo, volviendo a su posición anterior: las rodillas apoyadas en los muslos y la mirada en el suelo.

—No— sentenció tajantemente—. Tú también has trabajado duro. No sería justo.

—Pero, Severus, piénsalo...

—No, Hermione— la cortó él, en un tono intransigente, elevando la mirada—. No vas a renunciar a lo que tienes por mí. Si va a ser así, no me iré.

Hermione apretó los labios y cortó el contacto con los ojos del hombre. De pronto, le pareció que la vida era una jodida ironía; se amaban tanto que estaban dispuestos a dejarse ir para verse felices. Qué broma de mierda.

—Está bien— aceptó Hermione, dejando caer sus hombros—. Pero prométeme que si cambias de opinión, no va a ser por ni para mí. Tiene que ser por ti. ¿Queda claro, Severus Snape?

Severus compuso una sonrisa incontenible a la mención de su nombre completo. Sólo ella tendría el atrevimiento de ponerle semejantes condiciones.

—Claro como el agua, Granger.— Ella le devolvió la sonrisa y lo abrazó por el cuello con tanta fuerza que le cortó la respiración.

—¡Estoy tan orgullosa de ti, amor!— Hermione comenzó a darle un sinnúmero de besitos en la mejilla, nariz y boca, mientras él se debatía entre la risa y la vergüenza—. Demuéstrales quién es el mejor pocionista del mundo.

—Eso sí lo haré por ti— murmuró Severus, antes de tomarle una mano y besar sus nudillos.


Los días siguientes, Severus tuvo que repartir todo su tiempo entre reuniones, entrevistas, las capacitaciones para el nuevo jefe de Departamento, el trabajo (que no se detenía por más que ahora él y su equipo fuesen una "celebridad" en el mundo de los pocionistas) y, por supuesto, las pocas horas que podía compartir con Hermione en las noches.

El Departamento de Pociones del otro ministerio los presionaba cada vez más para que firmaran los contratos. La oferta era sustanciosa incluso para el más adinerado, además de que sus laboratorios eran de los más avanzados en el campo. Severus, gradualmente, se iba convenciendo de que había que ser un verdadero imbécil para rechazar algo así.

Pese a que la racionalidad le decía que era inútil intentarlo, él buscaba métodos para poder ir a ejercer su trabajo ideal y, al mismo tiempo, no tener que separarse de Hermione, pero parecía que esas dos alternativas juntas eran totalmente incompatibles.

Había contemplado todas las opciones que tenía a la mano, y cada una de ellas representaba un obstáculo insorteable.

Primero, estaba esa estúpida Ley de Aparición Internacional, la cual restringía el traslado mediante aparición fuera del país. Dicha ley fue promulgada luego de la segunda guerra mágica, debido a los grandes riesgos que suponían los viajes no acreditados de cualquier mago o bruja entre los distintos continentes. De modo que en todas las fronteras mágicas del mundo se levantaron permanentes hechizos antiaparición.

En segundo lugar, y como apéndice de la anterior ley, también se limitó el uso de los trasladores y, con ello, se decretó la aplicación de los "Trasladores de Pago", para todos aquellos que quisieran realizar un viaje internacional. La creación de estas leyes produjo un estallido de descontento generalizado en la población mágica; sin embargo, el Ministerio se mantuvo estoico en su decisión, y el pueblo acabó acostumbrándose y acatando las nuevas órdenes.

La red flu, en tanto, conservó su utilización entre chimeneas interconectadas solamente dentro del país.

Severus, en su desesperada perseverancia, examinó seriamente la idea de pagar un traslador a Londres cada fin de semana para estar con Hermione. Tras mucho analizarlo y luego de mencionárselo un día a la bruja, concluyeron que sería una locura. Por muy bien que ganara él, costear un estilo de vida como ese escapaba de su poder económico. Sin mencionar lo poco sano y agotador que resultaría tanto para su salud mental como para su bolsillo.

Y así estaban las cosas su última noche en Londres. Ya concluidas todas sus obligaciones en el Ministerio Británico, pudo tener un día menos ajetreado. Había salido a almorzar con su madre, que estaba tan encantada como afligida por su partida, y por la noche, le cocinó a Hermione su comida favorita. Luego llenó de atenciones todo su cuerpo, la cargó hasta su cama y le hizo el amor pacientemente, entre promesas mutuas de luchar por sus sueños hasta el último aliento.

El alba se insinuaba en azul pálido a través de las cortinas de la habitación de Severus. Ninguno había podido dormir en toda la noche.

Aunque Hermione se había obligado a no derramar una sola lágrima, todos sus esfuerzos se fueron por la ventana una vez que el nuevo día asomó con cantos de pájaros. Se aferró al pecho desnudo del mago como si de eso dependiera su vida y sollozó silenciosamente.

—No funcionará, ¿cierto?— habló Hermione, ocultando la cara en el cuerpo de Severus, que la abrazaba con firmeza.

Él quería poder decir que sí... pero no iba a mentir.

—Creo que no...— Delicadamente, la tomó del mentón con un dedo, alzando su cabeza para que lo mirara. Sus ojos húmedos lo destrozaron—. Pero ya funcionó...— Se inclinó y la besó en los labios.

Cuando Hermione presintió que iban a separarse, profundizó el beso y se movió hasta quedar encima de él, con una pierna a cada lado. Los brazos de Severus rodearon su cintura, mientras se alzaba y se sentaba.

Hermione recorrió con las manos los hombros, espalda, pectorales y abdomen del hombre, tratando de memorizar cada centímetro. De pronto, tomó real consciencia de que él se iba a ir, de que ya no estaría en sus noches, de que no tendría sus besos, ni sus miradas mordaces, ni sus sonrisas... Ya no tendría sus brazos fuertes envolviéndola por las mañanas, ni sus caricias reconfortantes... Pero conservaría por siempre el amor que se profesaron cada día y la felicidad que fueron capaces de construir juntos.

Sus caderas comenzaron a moverse hasta hallar la sincronía aprendida con el tiempo. Sus labios no dejaron de tocarse, en el instante que Hermione lo condujo en su interior. Él la apretó más contra su cuerpo, respirando con fuerza y gimiendo suavemente a cada movimiento profundo de ella.

Hermione cerró los ojos, sintiéndose completa; nada parecía faltar en su vida cuando lo tenía a él. No se dio cuenta que había estado llorando sino hasta que Severus limpió las lágrimas que rodaban por sus mejillas.

—No llores, amor— pidió él, su voz sedosa acariciando su oído.

—Te amo, Severus— dijo ella, haciendo un gran esfuerzo para sonreír.

Severus respondió con un beso vehemente, enterrando los dedos en su espeso cabello rizado. Ninguna palabra de ningún idioma conocido era suficientemente precisa para expresar en su totalidad lo que sentía por esa mujer. Hermione Granger era la dueña absoluta de él.

Ella continuó moviendo su cadera de forma lenta, abrazándolo, inhalando el aroma de su piel ardiente. Quería que aquel momento durara para siempre.

—Dioses, Hermione... eres perfecta— masculló Severus, con la cabeza apoyada en el hueco de su cuello.

Los gemidos de ambos fueron intensificándose a medida que transcurrían los minutos, no así sus movimientos. No existía en ellos una prisa por acabar, pues sabían que, probablemente, aquella sería una de las últimas veces que harían el amor. Se tomaron todo el tiempo posible, dedicándose algunos murmullos y risas, explorándose con paciencia.

Severus la deseaba tanto como la primera noche, pero la amaba mucho más que nunca. Todavía no lograba explicarse qué era lo que tenía esa mujer que lograba hacerlo perder la razón.

El inevitable final se vislumbró sobre ellos como una avalancha. Sus brazos se estrecharon alrededor de sus cuerpos sudorosos, mientras la culminación del placer los golpeaba simultáneamente.

—Severus...— jadeó ella, temblando encima de él.

Severus estaba mareado debido al impacto de sus propias emociones. No estaba completamente acostumbrado aún a sentir tanto. En especial, si sus eran sentimientos tan malditamente contrapuestos.

Esperó unos segundos hasta que pudo tranquilizarse, y buscó con ansias los ojos melados de Hermione.

Se miraron durante un largo rato, comunicándose en el silencio de la habitación, en la semioscuridad de la mañana temprana. Hermione recargó su frente en la del hombre y se permitió soltar una lágrima solitaria.

—Te voy a extrañar— dijo Hermione, y sus labios recibieron un beso tan dulce que pareció interminable.

—Yo también, mi bruja terca.

Aprovecharon las pocas horas que les quedaban tumbados en la cama, durmiendo a intervalos hasta que el reloj, indolente, les indicó que debían levantarse.

Se ducharon juntos, y Severus la tomó apasionadamente contra los azulejos de la pared. Era como si sus cuerpos no reaccionaran al cansancio y estuvieran empeñados en utilizar todas las fuerzas que les quedaban.

Para cuando estuvieron vestidos, la casa ya se encontraba vacía de todos los muebles: Severus los había encogido mágicamente para llevárselos a su nuevo hogar en Estados Unidos. Un sencillo baúl cargaba todas las posesiones del mago.

Observaron la sala una vez más y se desaparecieron.

Cuando sus pies volvieron a tocar el suelo, Hermione estuvo a punto de devolver el desayuno, pero no por la sensación de la aparición en sí, sino por pura angustia. No obstante, consiguió mantenerse calmada y levantar la vista. Estaban en su apartamento.

—Déjame acompañarte— dijo, suplicante.

Habían convenido que no lo acompañaría a tomar el traslador, para que la despedida fuera menos complicada. Pero ahora, Hermione no se sentía preparada para dejarlo ir.

—No— manifestó Severus, con una mirada debilitada—. Por favor, no.— Se acercó a ella y la tomó de las manos—. Si vas... no creo que pueda irme...

Hermione asintió brevemente con la cabeza, al tiempo que sus ojos se llenaban de lágrimas. Se mordió el labio para reprimir un sollozo. Respiró hondo un par de veces y volvió a asentir.

—De acuerdo— murmuró, y acomodó las solapas del abrigo de Severus—. Escríbeme cuando llegues, ¿sí?— Él simplemente movió la cabeza—. Y trata de no olvidarme muy pronto— añadió, esbozando una sonrisa traviesa y triste.

Severus exhaló y también sonrió con amargura.

—No seas tonta... ¿cómo podría olvidarme de alguien tan insoportable como tú?— La pegó a su cuerpo y dejó repetidos besos en su cabello—. Sigue escribiendo todos los días, Hermione— pidió, luchando para que su voz no se quebrara—. Nunca dejes de hacer lo que te hace feliz...

Hermione estrujó entre sus dedos la levita del mago a la altura de su pecho, mojándolo con su llanto. Se apartó un poco y encontró esos hermosos ojos negros mirándola.

—Que cada día cuente— expresó, apesadumbrada—. Recuerda siempre que te amo... y que estoy infinitamente orgullosa de ti.

Juntaron sus frentes y cerraron los ojos. Severus se dedicó a jugar con uno de sus mechones castaños entre los dedos, mientras que Hermione dejaba lentas y delicadas caricias en su rostro.

—Gracias— dijo Severus en voz baja—. Gracias por amarme... y por dejarme amarte...

Hermione rompió la distancia que separaba sus labios y lo besó intensamente.

—No fue difícil... fue un placer.— Severus lanzó una risa sincera que alcanzó sus ojos, deleitando a Hermione—. Encontrarme contigo fue lo mejor que me ha pasado en la vida, Severus— declaró ella, logrando, al fin, controlar sus lágrimas y su voz—. Ahora vete— se obligó a decir, con el corazón retorciéndose de dolor—, y muéstrale al mundo quién eres.

Severus tragó saliva, tratando infructuosamente de deshacer el nudo en su garganta. Los ojos le ardían, pero ya estaba muy acostumbrado a disfrazar su sufrimiento.

Esa maravillosa mujer que ahora lo alentaba a seguir sus sueños había sido suya. Y aunque hubiera querido disfrutarla por más tiempo, sólo un poco más, era feliz porque, al menos, pudo tenerla.

Tal vez, en un futuro, la vida volvería a juntarlos. Ya había pasado una vez.

—Cuídate— murmuró Severus, rozando la mejilla de Hermione con el dorso de su mano—, y nunca dejes de ser la niña buena que conozco...

—Tienes mi palabra— dijo ella, mientras tomaba la mano que la acariciaba y depositaba un beso en su palma—. Buen viaje, mi amor.— Lo sujetó del rostro y esta vez, besó sus labios. Alargaron el beso por varios minutos, y fue Hermione quien tomó la iniciativa de alejarse—. Ve... destrúyelos a todos.

La suave risa se Severus llenó de vida los sentidos de Hermione. Él se inclinó, hundió el rostro en su cuello, mordiéndolo con cuidado, después se incorporó y le robó un rápido beso.

—Para tu inspiración— aclaró. Tomó su maleta y abrió la puerta. Antes de marcharse, la miró a los ojos y dijo:—. Te amo.— Al no creerse capaz de continuar si escuchaba su respuesta, se fue, cerrando la puerta tras él.

Hermione susurró un "también te amo" a la habitación vacía, justo después de verlo irse por última vez.


El traslador de Severus salía a las doce en punto del mediodía, pero ya comenzaba a oscurecer, y Hermione aún no recibía su tan ansiada carta, por lo que optó por dar un pequeño paseo para distraerse.

Mientras sus pies la llevaban sin rumbo por distintas calles, se dio cuenta de que salir no había sido una buena idea. Cada rincón de la ciudad le recordaba a él: los restaurantes en los que habían comido, los parques por los que anduvieron tomados de la mano, las esquinas en las que ella solía robarle besos que lo ruborizaban, los bares que frecuentaban cada fin de semana... Su presencia estaba grabada en todo... y dolía inmensamente saber que él estaba tan lejos...

En determinado momento, tuvo que seguir caminando con la vista clavada en el piso, ya que ver a otras parejas felices, abrazándose o riendo, le provocaba dolor de estómago y unas ganas estruendosas de largarse a llorar.

De pronto, se sintió absoluta y miserablemente sola, y el peso de esa sensación la aplastó. Sus ojos se aguaron y se limpió la nariz con la manga de su camisa de forma indecente. Sonrió sin alegría al imaginar la expresión que hubiera puesto Severus si la pudiera ver.

Entonces, se resignó al hecho de que lloraría en público. No fue capaz de contenerse por más tiempo, se detuvo en mitad de la acera, causando un atasco de gente detrás de ella, se cubrió la cara con las manos y dejó salir los primeros sollozos. Sus hombros se convulsionaban incontrolablemente, mientras luchaba por respirar.

Escuchó a unas mujeres decirle algo, pero no pudo entender una sola palabra. Una mano se posó de manera cordial en uno de sus hombros, y otra le sobó la espalda.

Ahora, además de sentirse devastadoramente triste, Hermione estaba avergonzada. Las desconocidas se dieron por vencidas después de notar que ella no estaba siendo receptiva a su intento de consuelo y, dándole unas últimas palmaditas en la espalda, siguieron a lo suyo.

Hermione reunió su autocontrol tras unos eternos minutos, se secó las lágrimas y retomó el camino hacia su casa.

Nada de paseos por el momento.

Cuando llegó a la puerta de calle de su edificio, un nuevo recuerdo asaltó su mente: el de aquella noche en la que Severus y ella se habían besado como adolescentes contra esa misma puerta. La noche en la que develaron sus verdaderos sentimientos... cuando admitieron que ya no era "sólo sexo".

Sus llaves cayeron al piso, mientras se llevaba una mano a la boca y volvía a llorar.

¿Por qué dolía tanto?

Temblando de pies a cabeza, recogió las llaves y trató de abrir la puerta, sin éxito.

—No me digas que te quedaste afuera otra vez.— Hermione reconoció la cantarina voz de Leo, pero no tuvo el valor de voltear a verlo—. ¡Aquí está tu salvador!— El hombre llegó a su lado y la sonrisa divertida en su rostro desapareció al instante—. ¿Hermione? ¿Estás bien?— preguntó, preocupado, pasándole un brazo por los hombros.

Hermione supo que no tenía sentido siquiera intentar fingir que no estaba llorando. Negó con la cabeza y se refugió en el pecho de su vecino, soltando un gemido lastimero.

—¿Qué pasó?— quiso saber Leo, sumamente inquieto.

—Severus...— fue la única palabra que Hermione logró articular.

—¿Le pasó algo?

—Se fue...— Hermione se sostuvo con más fuerza de la camiseta de Leo.

—¿Qué? ¿Terminaron?— La voz de Leo aumentaba en preocupación ante los sollozos de la mujer, y lo único que le parecía correcto hacer era frotarle la espalda y acariciarle el cabello.

Hermione se forzó a distanciarse de él y recobrar la compostura. ¿Qué estaba haciendo? ¿Por qué no podía parar de llorar?

—No...— susurró, secándose las lágrimas con rapidez—. Es decir... creo que sí.— Leo la miró con un gesto confundido en su rostro, y ella tomó una gran bocanada de aire—. Se fue a América... por trabajo...

Expresarlo en voz alta fue peor de lo que había imaginado. Hasta ese minuto, Hermione había sentido que no era más que un mal sueño y que Severus la estaría esperando escaleras arriba con esa mirada atronadora y esa sonrisa a medias. O que en cualquier momento, despertaría entre sus brazos.

—Ay, corazón.— Leo la estrechó con fuerza, luego la agarró de los hombros y la miró a la cara—. Ven, creo que necesitas un té.— Tomándola de la mano, abrió la puerta y subieron por las estrechas escaleras.

Llegaron al penúltimo piso del edificio e ingresaron al apartamento de Leo. Hermione sólo había estado ahí un par de veces antes, cuando Leo y su novio la invitaban a emborracharse con ron barato... en los buenos tiempos, cuando su vida era perfecta.

—Ponte cómoda, cielo, ahora vengo— anunció el hombre, mientras caminaba raudamente hacia la cocina.

Hermione tomó asiento en un puf sofá, se hundió y dejó sus ojos vagar por la habitación. Las paredes estaban cubiertas de numerosos cuadros estilo retro y preciosas fotografías instantáneas de paisajes y otras en las que se veía a Leo y su novio posando. De pronto, lamentó no haberse tomado ninguna fotografía con Severus... y la congoja arañó su pecho una vez más.

De repente, un peludo gato angora saltó a su regazo y miró directamente a la bruja con sus enormes ojos verdes.

—Hola, Remi— saludó Hermione al animal, acariciándolo detrás de las orejas.

—El té es un poco fuerte, pero no tengo otro— anunció Leo, volviendo a la sala y cargando una bandeja. La depositó con cuidado en una pequeña mesita de café y, sonriendo tranqulizadoramente, le tendió una taza a Hermione, que agradeció con un movimiento de cabeza—. No sé qué le pasa a ese gato contigo— comentó, divertido. Los labios de Hermione se curvaron en una sutil sonrisa, contrastando con sus ojos hinchados y enrojecidos.

—Le caigo bien a los gatos, supongo— dijo ella calmadamente—. Tuve uno cuando niña.

—¿Ah, sí? ¿Cómo se llamaba?— Hermione fue consciente de que Leo estaba tratando de subirle el ánimo con ese cambio de tema, y se lo agradeció.

—Crookshanks.— Leo frunció el ceño.

—Qué nombre tan raro.— Ella rió un poco—. Aunque no tanto como el tuyo.

—Es un nombre mitológico, por si no lo sabías— dijo ella, con un deje de superioridad. Leo puso lo ojos en blanco y le dio un sorbo a su té.

—Siempre tan listilla— comentó, y Hermione negó con la cabeza, sonriendo.

Se quedaron en silencio unos momentos. Hermione pasaba los dedos por el suave pelaje del gato, perdida en sus pensamientos. Tal vez, una mascota la ayudaría a sobrellevar la ausencia de Severus. Desde el fallecimiento de Crookshanks, se había rehusado a tener otra mascota. El gato fue un compañero fiel y muy especial para ella... pero quizás ya era tiempo de superar su pérdida y entregarle amor a otro animal que lo necesitara... como también tenía que superarlo a él.

—Así que...— comenzó a hablar Leo, de forma tentativa y cautelosa—. Tu novio se fue...— Hermione asintió, sin alzar la vista—. ¿Definitivamente?

Por un instante, Hermione estuvo tentada a responder que no lo sabía... pero eso era mentira. Sabía perfectamente que era definitivo... Tan definitivo como los sueños que Severus quisiera cumplir.

—Definitivamente— corroboró, con la voz en un hilo.

—Y... ¿una relación a distancia?— aventuró él. Hermione rió amargamente.

—Eso es de niños, Leo... No es funcional.— Leo hizo un ruidito en afirmación con la garganta.

—Bueno... Tuvo que haber sido una gran oferta para que se haya ido.

—Lo era... y si no se hubiera ido, me habría enfurecido con él— sentenció Hermione, sumamente seria, causando que a Leo se le escapara una risotada.

—Con ese genio que te cargas, es lógico que no quisiera arriesgarse.— El tono de Leo era deliberadamente burlón.

—Tonto— dijo ella, sonriendo ligeramente y dándole un suave golpe en la rodilla.

Se quedaron callados, mientras bebían té y el gato ronroneaba y se acomodaba en las piernas de Hermione, mostrándole la barriga.

Ambos tenían la mirada perdida en distintos puntos. Hermione se acabó su té y dejó la taza en la mesa, con cuidado de no botar a Remi. Se hundió en el sofá y miró al techo, sintiendo cómo las lágrimas se agolpaban detrás de sus ojos. Su lado racional le reprochaba tanta sensiblería, pero simplemente era superior a ella. Cuando cerró los ojos, dos lágrimas calientes rodaron por sus mejillas. Tragó saliva y respiró entrecortadamente.

Al verla, Leo arrastró su propia silla junto a ella y la abrazó.

—Ya, está bien, cielo— la consoló, acariciándole la cabeza—. Estarás bien... tranquila.

—No sé por qué me duele tanto, Leo...— sollozó Hermione.

—¿Que por qué te duele tanto?— Leo se separó un poco y, tomándola de la barbilla, habló: —. Te duele, porque encontraste un amor de verdad, Hermione— Los ojos del hombre eran sinceros e intensos—... y eso no es algo fácil de encontrar.— Delicadamente, secó el rostro de Hermione con sus pulgares—. Este dolor tan feo que sientes ahora se apaciguará con el tiempo... y después, sólo quedarán los momentos felices que viviste con él... Son esos recuerdos los que tienes que atesorar.— Hermione lo miraba fijamente, con la mandíbula apretada y los ojos llorosos—. Suelta el dolor y quédate con la felicidad... Y por qué no... quizá vuelvan a tener otra oportunidad en el futuro— terminó, sonriendo afablemente y sosteniendo la cara de la mujer entre sus manos.

Las palabras de Leo reverberaron en la mente de Hermione, con una luz esperanzadora. Había pasado por cosas mucho peores, había sufrido pérdidas irreparables a lo largo de su vida... Era absurdo para alguien como ella sentirse tan abatida por algo así.

Sin embargo, no podía negar lo que sentía, ese agujero abismal en su corazón.

Respiró profundamente varias veces, mientras las manos de Leo sobaban sus hombros.

—No estás sola— dijo él—. Y eres un hueso duro de roer.

—Gracias, Leo— murmuró Hermione, algo más aliviada.

—No hay de qué, preciosa.— Leo la atrajo hacia él y la estrechó nuevamente entre sus brazos, dejando un beso en su cabello.

En ese instante, la puerta del departamento se abrió.

—¡Ya llegué, querido!— Un hombre joven de pelo castaño impecablemente peinado entró, portando bolsas de plástico y una sonrisa jovial. No los vio de inmediato, pues se había volteado a cerrar la puerta y depositar un llavero en un perchero de la pared—. Traje comida china, imaginé que...— Se cortó en cuanto vio a Hermione instalada en el sofá, de espaldas a él. El recién llegado amplió la sonrisa y miró a Leo con picardía—. No sabía que hoy tocaba emborracharse, hubiera comprado otra cosa.

—No es eso, Yancey— repuso Leo prudentemente.

Entonces, Hermione creyó oportuno voltear y dejar que su expresión hablara por sí misma. Yancey se llevó las manos a la boca y ahogó un grito. Sus ojos azules se unieron por la sorpresa.

—¿Qué pasó?— preguntó, bajando las manos hasta su pecho. Al no obtener respuesta de la mujer, fijó al mirada en Leo.

—Es tu bombón, cariño— explicó él, con un gesto entristecido—. Se fue a América.

—¿Qué? ¡No!— La boca de Yancey formó una "o" bastante cómica—. ¿Mi bombón se fue?— Hermione asintió lentamente con la cabeza—. Ay, no... ¿así que ya no podré cruzar esas miradas especiales con él?

Tanto Hermione como Leo se rieron a carcajadas, mientras el otro hombre tomaba asiento con los hombros caídos en la única butaca libre.

—¿De qué estás hablando?— cuestionó Leo, todavía riéndose—. Ni siquiera podías sostenerle la mirada por más de dos segundos.

Yancey tiró del cuello de su camisa, como si de pronto se sintiera acalorado.

—¡Es que tenía unos ojos tan...!— Hizo una mueca, soltó aire y miró a Hermione—. Mil perdones, cariño, pero tu novio me calienta más que el sol de verano.— Hermione se echó a reír de buena gana, en tanto Leo lo miraba con falsa indignación

—Bueno, al menos ahora sé con quién fantaseas cuando estás conmigo.— Yancey se inclinó hacia él y le dio unos golpecitos condescendientes en la pierna.

—Siempre lo has sabido, querido.

El buen humor característico de Yancey, sumado a los comentarios positivos de Leo, siempre lograban mejorar su estado anímico. Era una pena que nunca se los hubiera presentado a Severus como correspondía...

Tenía que dejar de lamentarse por lo que no había hecho.

Un rato después, en medio de una graciosa discusión por quién hacia el mejor pavo navideño, Hermione decidió que era momento de irse. Fingió un bostezo y se frotó los ojos.

—Saben, hablar del relleno del pavo es fascinante, pero estoy un poco cansada— dijo ella, dedicándoles una pequeña sonrisa.

—¿Segura que no quieres una copita de coñac?— preguntó Yancey juguetonamente.

—Mejor otro día— replicó Hermione, al tiempo que se deshacía del peso del gato en su regazo y se ponía de pie—. No quiero tener resaca a media semana... otra vez.

—Eso dices ahora, pero cuando estamos bebiendo, no hay quién te detenga.— Hermione frunció el ceño hacia él.

—Habla por ti, borracho.— Yancey simplemente rió.

—¿Segura que quieres irte?— intervino Leo, levantándose también—. Puedes quedarte aquí... Tenemos un sofá cama.

Hermione le sonrió por compromiso, agradeciendo las buenas intenciones de Leo, pero no dispuesta a aceptarlas. No era una niña pequeña que le temía a la oscuridad. Había sobrevivido a una guerra (aunque ellos no lo sabían, ya que eran muggles). Fácilmente, podría con su primera noche sin Severus.

—Mi cama es más cómoda— manifestó Hermione—, pero gracias de todos modos... Gracias por todo.

Leo se acercó y le dejó un beso en cada mejilla.

—Estaremos aquí si necesitas algo.— Hermione bajó la mirada y asintió.

—Duerme bien, linda— dijo Yancey desde el sillón, regalándole una sonrisa.

—Igualmente. Buenas noches.

Hermione subió a toda prisa las escaleras hacia su departamento, intentando huir de la envidia corrosiva que le producía el saber que Leo y Yancey se tenían el uno al otro, que no serían ellos los que dormirían solos esa noche.

Con manos temblorosas, abrió la puerta, y atravesó como una flecha la oscura sala hasta su dormitorio. Se cambió de ropa y se metió a la cama, rodeada por una soledad opresiva que apenas le permitía respirar.

Las sábanas estaban frías, y al colchón le sobraba demasiado espacio. Se preguntó seriamente si debería comprar una cama más pequeña.

Dio varias vueltas, sin hallar una posición cómoda. Allá donde sus pies llegaban, estaba frío y solitario. Ya no había brazos cálidos sobre su cuerpo, ni besos abrasadores en sus labios. Solamente estaba ella... y los recuerdos de lo que alguna vez tuvo.


¿Se nota mucho que hice todo lo posible por separarlos?

Si hay algo que me guste más que juntarlos, es volverlos a separar jsdajd Quién sabe si será definitivo o no. Veremos.

Iba a subirlo ayer, pero con lo de la otra historia que publiqué, se me olvidó jiji Pero aquí está. El siguiente, si nada sale mal, vendrá el próximo viernes.

Gracias por estar, los quiero montones.

Besos.

Vrunetti.