"Un amor de intercambio"

Por:

Kay CherryBlossom

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9. No quiero irme

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Manhattan, New York, EU

Usagi abrió la puerta del apartamento. Seiya, vestido con una camisa de seda azul índigo y unos pantalones negros con chaqueta negra, se había quedado petrificado en el umbral. Pero no sólo eso, se le había abierto descaradamente la boca y sus ojos azules parecían salirse de las órbitas.

Usagi no sabía si eso significaba algo bueno o algo malo, así que le entró una risita nerviosa.

—¿Te vas a quedar parado ahí sin hacer nada? —lo mosqueó aparentando estar molesta.

Seiya atinó a parpadear, como si se le hubiera vuelto a activar el cerebro.

—¿Cómo? ¿además de la erección?

—¡SEIYA!

Seiya carraspeó y sacudió la cabeza, pero no podía dejar de mirarla impactado.

—Perdona, Odango… es que me has tomado por sorpresa. Joder, si tuviera ochenta años ya me habrías matado. Pfff, estás espectacular —sonrió totalmente descolocado. Usagi estaba muy sonrojada, y bajó los ojos al piso con timidez.

—¿Entonces? ¿Es lo suficientemente sexy para ti? —le retó.

—Tanto que debería ser ilegal.

Usagi comenzó a reír.

—Iré por mi bolso.

Cuando le dio la espalda, Usagi pudo detectar cómo Seiya murmuraba algo acompañado de un gemido bajito. Había olvidado lo descubierto que era el vestido por detrás. Eso le hizo sonreír de oreja a oreja.

Por primera vez, no viajaron en motocicleta. Un Mercedes negro clásico los llevó hasta la puerta del 1 Oak, uno de los clubes más exclusivos de la ciudad. Aquello fue bueno, porque aunque no nevaba, la noche era fría y todo New York le habría visto hasta el apellido de su abuela.

El lugar estaba a reventar. Fuera había largas colas de chicos buenísimos y mujeres con mechas rubias en minifaldas y shorts entallados de cuero, todos con sus bolsos de marca esperando ansiosos entrar. Seiya se aceró a la puerta y apenas le hizo una seña de reconocimiento a alguien dentro, los dejaron pasar enseguida. Se alegró de qué él no dejara de tomarle de la mano, porque los zapatos, a pesar de ser exquisitos, no dejaban de parecerle muy peligrosos en aquellos escalones oscuros.

Sólo por eso, claro.

Parecía muy pequeño por fuera, pero por dentro era todo lo contrario. Era un edificio alto, probablemente antiguo y reconstruido; con cúpulas vidrio multicolor y candelabros que ocultaban las luces artificiales de la discoteca. Las mesas estaban acomodadas en periferias, eso hacía que el centro de la pista pareciera el doble de tamaño de lo que era. Usagi abrió la boca admirada. A pesar de que estaba abarrotado aun se podía caminar y bailar con libertad. A juzgar por la cola de afuera, era claro que no cualquiera entraba.

Entonces sintió una punzada de preocupación. Ella no sabía bailar muy bien y no había pensado en eso. ¿Le importaría eso a Seiya? Aunque por otro lado, la idea de ella se quedara sentada mientras una de ésas rubias con labios rojos brillantes y pestañas postizas lo engatuzaba en la pista le parecía una idea abominable.

Una pelirroja peinada con ondas gruesas y con el short blanco más diminuto y embarrado que Usagi hubiera visto jamás, se acercó a ellos con una sonrisa seductora.

—I.M.G, ¿verdad? —les preguntó.

Seiya le asintió y señaló la parte de arriba.

—Les llevaré a su mesa —les indicó, para después caminar contoneando sus caderas hasta la sección V.I.P. Usagi apretó la mano de Seiya con fuerza para controlar sus repentinos celos.

Las luces eran tenues mientras sonaba una música lounge electrónica agradable, las paredes eran negras y la hostess con minishort los guió hasta uno de los reservados del segundo piso, lleno de sillones en forma de U y sillas de terciopelo morado y negro. Usagi respiró aliviada cuando al fin supo que no tenía que sortear más escalones. Hasta que le dieran ganas de ir al baño, claro. Diablos.

Su reservado estaba situado en una esquina cerrada con un cordón. Estaba cerca de la terraza y acceso a la pista. Sin duda era el mejor sitio del local.

Seiya levantó la mano y varias sonrisas de un grupo personas ridículamente hermosas (masculinas y femeninas) se la devolvieron como si lo reconocieran. Usagi miró a Seiya con horror, mientras la música subía de volumen y cambiaba a un pop muy animado.

—¿Quiénes son? —le gritó Usagi al oído.

—Amigos y compañeros de la compañía, ¿por qué?

—¡Yo… pensé que estaríamos solos! —replicó, más asustada que otra cosa.

Seiya puso los ojos en blanco.

—Odango, sólo son modelos, no nazis. No te van a hacer nada.

Usagi no pudo recordarle el miedo que le había inspirado Stephanie porque no le dio tiempo. Seiya ya la había arrastrado a la mesa y les habían hecho lugar allí. La chica hizo un puchero, pero intentó componer a su mejor cara. No estaba preparada para socializar con desconocidos. Seiya le inspiraba confianza, pero eso no quería decir que con el resto de la gente de su clase fuera igual. Le incomodaba estar rodeada de tanto glamour y belleza. ¿De qué iba a hablar con ellos? ¿De su pequeña villa y su modesto trabajo archivando y llevando café?

Tomó mucho aire y se quedó acomodada entre un rubio platino que parecía un vikingo europeo y él. A su izquierda había unas gemelas idénticas con rasgos de oriente y cabelleras lacias y lustrosas, y frente a ella, un chico afroamericano y súper tonificado charlaba con la que parecía su novia, o su cita, una latina impresionante de rulos y de labios muy carnosos, idénticos a los de Angelina Jolie. Para donde volteara era como ver un espécimen variopinto de dioses inmortales. Se alegró de haberle hecho caso a Haruka y miró su vestido plateado, tratando de no sentirse nerviosa y estar a la altura de la ocasión.

—Chicos, ésta es Odan…

Sus Manolo Blahnik le soltaron discreto un puntapié en la pantorrilla.

—¡Joder! —gimió Seiya por lo bajo y luego la miró con reproche. Usagi le dedicó una sonrisa encantadora y amenazadora por igual—. Ésta es... Usagi. Usagi, éstos son Marko, Kira, Kenna, Roy y Hanna.

Todos le sonrieron en respuesta y algunos con un asentimiento de la cabeza, y Usagi se sintió mucho más calmada. Parecían agradables.

La camarera en turno, vestida toda de negro y con una pajarita a juego y un chaleco de lentejuelas doradas (el uniforme de año nuevo) les sirvió champán.

—Uau, no había tomado champán desde la boda de mi prima —le susurró a Seiya muy emocionada.

—¿Y cuándo fue eso?

—¡Cuando tenía dieciséis!

—O sea… hace cinco minutos.

Seiya le sonrió socarrón, y con unas pinzas sumergió en su copa unas cuantas fresas en cubos que había en un recipiente metálico con hielo debajo. Usagi le miró sin entender.

—Es una Cristal, con la fruta sabe mejor.

—Ooooh —le dijo sin saber realmente que significaba eso. Le dio un trago y luego lo miró sorprendida —. ¡Es riquísima, podría tomarla toda la noche!

El suelo y las paredes vibraban por la música que llegaba de todas partes. Las bocinas estaban por doquier y las luces parpadeaban a la par. Seiya hablaba con el chico afroamericano de algo sobre el róximo Super Bowl, y mientras admiraba todo el esplendor alrededor, Usagi comenzó a relajarse de verdad y disfrutar.

Marko, el vikingo platino de casi dos metros, le sonrió ampliamente con sus dientes perfectos. Usagi se ruborizó.

—Cuando te vi llegarrr con Seiya, pensé que errras Minako —le dijo con un marcadísimo acento nórdico.

Casi escupe el champán.

—¿Yo? ¿Por qué? —le preguntó en voz demasiado alta. Seguro iba a quedar ronca para cuando acabara la noche.

—Son muy parrrecidas —explicó.

Usagi negó frenéticamente con la cabeza. No conocía a Minako personalmente, pero las fotos eran bastante ilustrativas y creía que la simple comparación era absurda. ¿En qué se iba a parecer ella, toda bajita y menuda a ésa rubia despampanante de piernas torneadas y cara divina? ¿Acaso estaba tomándole el pelo? ¿Estaría ebrio?

—¡Para nada! —negó horrorizada.

Marko pareció extrañado con su respuesta.

—Ya. ¿Y de qué agencia errres?

Usagi volvió a mirarlo como si le hablara en su idioma natal, posiblemente en ruso.

—¿Agencia de modelos?

Él asintió, y Usagi se echó a reír, toda escandalizada.

—¿Qué? —Seiya se giró momentáneamente interesado en su conversación, y le pasó un brazo por los hombros, justo en el respaldo del asiento.

—Dice que me parezco a Minako Aino… ¿puedes creerlo? —espetó Usagi riendo, como si no diera crédito. Marko frunció sus cejas albinas, casi imperceptibles a su piel, y Seiya no dijo nada al respecto, salvo:

—¿Y eso qué tiene de raro?

—¡Pues que es absurdo! —chilló.

Seiya se acercó, tanto que podía percibir su aliento aun a menta y hierbabuena, probablemente de un enjuague bucal. Con sus ojos azules brillando bajo las luces ultravioleta y ardiendo momentáneamente de una forma primitiva y feroz, le preguntó:

—¿No tienes idea de lo hermosa que estás hoy, verdad?

Usagi le miró cautivada, tragando saliva con dificultad.

—Yo…

—Pues lo estás. Lo eres. Todos los tipos que se nos han cruzado te miran con la boca abierta.

Que existan imbéciles como tu ex y él nunca te lo haya dicho o no lo haya sabido apreciar no quiere decir que tú también debas creerlo —le habló determinado, sin dejar de mirarla a los ojos. Usagi respiró tratando de controlar su corazón, que se había acelerado junto con la música frenética. Tras asimilarlo, le asintió ruborizada.

—Gracias…

Empezó entonces una pieza mucho más provocadora, con ritmos latinos y pegadizos, y Seiya la obligó a ponerse de pie y encaminarse hacia la pista, aun con sus quejas. Entre las luces technicolor, había una mezcla ecléctica de gente, probablemente de todas partes del mundo. Usagi, que siempre había tenido dos pies izquierdos, simplemente se rindió a la música y trató de no tropezar con los tacones.

Seiya la mantuvo cerca, sin soltarla, dejando sus manos en la cintura y las de ella sobre sus hombros anchos, sintiéndose duros debajo de la tela suave de la camisa. La apretó contra él y siguió sus movimientos cuando empezó a cambiar la danza por algo mucho más lento y sensual conforme cambiaba el género, claramente hecha para que los jóvenes achispados se enrollaran entre sí. Tomaba una de sus manos y la hacía girar en el pequeño espacio que tenían en la pista y luego de vuelta otra vez, siempre sin soltarla en ningún momento y con una habilidad que parecía consumada de nacimiento. Seiya hacía que ella pareciera grácil y muy sexy, probablemente porque él también lo era. Era muy fácil encajar con él, en ningún momento se sentía con ninguna preocupación sobre qué decir o qué hacer. Era ella misma, pero en una versión mejor.

Bailaron y bailaron, y no dejaron de hacerlo. Seiya pedía las bebidas y agua directo de la barra y no se sentaron en ningún momento. Era tan divertido, tan liberador, y la verdad… Usagi no quería despegarse de él. A cada trago y cada canción, se sentía más y más dichosa, con su pecho inflado y la sangre caliente. No podía negar a estas alturas lo obvio, algo que se aclaró más cuando la pelirroja estaba coqueteando con él: se sentía demasiado atraída por Seiya. No era cosa del físico, no. Aunque él era guapísimo… era el cómo le hacía sentir lo que más le gustaba. Segura de sí misma. Apreciada. Especial. Él vio lo que nadie cuando aun era la chica del campo perdida y amargada, que escapaba con su corazón malherido en un avión.

Miró arriba, la decoración de guirnaldas brillantes de la discoteca y cayó en la cuenta real del día que era. Mañana era primero de enero, y en sólo tres días más ya estaría en Inglaterra. No volvería a verlo. ¿Por qué tuvo que darse cuenta tan tarde de lo que significaba?

Los ojos se le empañaron, y recargó la barbilla en su hombro, en un vago intento de obtener consuelo.

—¿Odango?

—¿Sí? —Con los ojos cerrados, su aroma era más perceptible a sus sentidos.

—¿Estás cansada? ¿Quieres irte a sentar?

Usagi se sorbió la nariz discretamente y le miró con una media sonrisa.

—No me iría a sentar aunque lo estuviera…

Comprendió, para su sorpresa y con esa respuesta que parecía tan inofensiva, que Seiya le gustaba demasiado.

Y menos de tres días...

Oh, no. No, no.

—Seiya, yo…

La música se apagó y algunas luces se encendieron. Las pantallas pusieron la imagen de la esfera de espejos del Empire y todo el mundo se puso de pie, cogió su copa o se reunió con sus acompañantes. Usagi quedó momentáneamente descolocada.

—¡Son casi las doce! ¡Vamos, Odango!

—¿Dónde?

—¡A la terraza, corre!

—¡Seiya, no puedo correr con éstos zapatos!

Pero lo hizo.

Chocando con varias personas, Seiya la cogió de la mano y logró colarse entre la gente que ya estaba apretujada en uno de los balcones del club. Usagi pudo admirar los edificios reflejando mensajes de prosperidad y buena suerte en impresionantes juegos de luces, y la inmensa multitud que había debajo en las avenidas estaba enardecida. Era un espectáculo imponente. Faltaban escasos segundos para que se acabara el año.

Y empezó el conteo. ¡Diez! ¡Nueve! ¡Ocho!

Su estómago dio una sacudida.

—Seiya… —le llamó a los gritos. Él se giró —. ¡No quiero irme de New York!

—No lo hagas —le sonrió encogiéndose de hombros, como si ésa fuera toda la resolución. ¿Pero sonreía por la euforia del conteo o por la noticia? Era difícil saberlo.

¡Siete, seis!

—¡Pero no puedo! ¡La idea me aterra!

Y no sólo eso.

¡Cinco, cuatro, tres!

—Pues claro que lo es. Odango, sólo tú tomarías una decisión así en medio de un montón de gente ebria y un conteo de año nuevo…

¡Dos! ¡Uno!

—¡FELIZ AÑO NUEVO! —retumbó todo New York, en gritos, grabaciones, música y fuegos artificiales.

Entonces pasó algo que la dejó la cabeza noqueada, y atrapada en la pesadilla de un epiléptico.

Todo el mundo —todo— comenzó a besarse.

Parejas, amigos, grupos... Incluso si eran o no del mismo sexo. Eso era irrelevante. ¿Por qué no se había acordado de las películas? ¡Los famosos besos de año nuevo!

¡Era lo que le había advertido Haruka! ¡Lo de besar extraños!

¡Maldita sea! ¿Por qué nunca escuchaba?

Usagi puso los ojos en blanco, sabiéndose quizá en una trampa. Pero Seiya sólo le devolvió el gesto con una sonrisa de disculpa. Y cuando le miró a los ojos, tan cerca que podían casi rozarse la nariz, vio en ellos todo lo que había estado buscando en otra persona. Confianza. Empatía. Sincronía. Honestidad. No era absolutamente nada de lo que aparentaba. Y si lo sabría ella, que jamás hay que dejarse llevar por las impresiones demasiado buenas para ser verdad. En cambio Seiya era imperfecto, y al mismo tiempo proyectaba una esencia transparente y un corazón más grande que el de la dichosa esfera, que la habían cautivado completamente.

Se miraron intensamente en un duelo de voluntades, fracciones de segundo, hasta que la tensión se propagó tanto que tocó fondo.

Fue ella la primera en rendirse. Enganchó las manos a su rostro y se puso de puntillas, con suficiente insinuación para que al cerrar los ojos, pudiera al fin sentir los cálidos y expertos labios de Seiya sobre los suyos. Usagi abrió la boca dando permiso de que el contacto se profundizara, mientras debajo de sus pies, sentía que acababan de amarrarle pedacitos de nubes de algodón, y ya se estaba yendo a flotar muy lejos de ahí... dejando sus dudas, sus temores y sus heridas allá abajo, en la tierra, o en su pasado. Era igual.

Durante los invaluables segundos en que los fuegos artificiales iluminaban el cielo, ellos se fundieron en un abrazo, y sus lenguas se acariciaron en el más dulce y auténtico de los besos que hubiera tenido antes. Y no importó que estuvieran en un lugar atestado de gente.

Sólo eran él y ella.

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Castleton, Londres, England

Aquél día se salió totalmente de la rutina tranquila en el pueblo. Minako y Yaten fueron a pasear a la zona central y agitada de Londres, donde estaban los museos y monumentos más visitados. Aunque ella no era precisamente una chica muy intelectual, las colecciones de todo el mundo que albergaban ésos maravillosos edificios atrapaban a cualquiera, y según Yaten, era indiscutible que ella se marchara sin visitar aunque sea un par de ellos. Los castillos y las pinturas que albergaron a los escritores de tantas historias le parecieron de lo más romántico, aunque no lo dijo.

Pasaron el día en el British Museum y la galería de Albert y Victoria, y luego de almorzar sándwiches y cerveza en un pequeño pub recóndito en un callejón, caminaron por el famoso puente y palacio de Westminster; con su idílica torre relojera añadida. Era un día perfecto para caminar en la ciudad, pues aunque hacía mucho frío, no nevó.

Se sentaron en uno de los bancos de herrería que estaban en la plaza cercano a descansar antes de tomar el tren a casa.

—Es un bonito parque, aunque tampoco es que nos falte ver áreas verdes —observó Minako, mientras hundía su cuchara en el helado que acababan de comprar.

—Pero tiene buena vista, ¿ves?

Para entrar al Jubilee Park había que subir bastantes escalones, ya que estaba sobre una pequeña meseta elevada. Era cierto, desde su posición podía verse perfectamente bien el zigzagueante Támesis y los edificios más emblemáticos de la zona. El iluminado Big Ben marcaba las cinco de la tarde, y ya comenzaba hacerse gris el día.

—¡Es cierto! —exclamó admirada, y le tomó una fotografía con su celular. Se le había olvidado lo precioso que era Londres—. Wow, está delicioso… pruébalo. Vainilla, chocolate y caramelo.

Yaten miró la cuchara con reserva, y tras pensárselo un segundo, extendió la mano para tomarla, pero Minako la retiró.

—No, yo.

—¿Vas a darme de comer como si tuviera dos años? —increpó de mala gana.

Minako levantó las cejas.

—Se supone que es romántico.

—Claramente nunca le has dado de comer a un bebé.

—Creo que oí mal. ¿Me estás despreciando? —preguntó con aire provocado, aunque risueño.

—Sólo digo que no es tan difícil pedir dos cucharas…

Ella suspiró y se giró en la banca, mirando hacia el paisaje. La gente se dirigía a todas direcciones, familias o solitarios, pero sobre todo parejas. Su mente viajó al otro lado del mundo por algunos instantes, y luego se explicó:

—Lo que más me gustaba de ir a Central Park era mirar a las parejas. Para mí, aquél plan —éste plan— era la cita perfecta. Sólo caminar de la mano con alguien y compartir un helado.

Como esperaba, captó la atención de Yaten, quien la miró atento.

Minako siguió:

—Mi ex nunca quiso hacer nada de eso. Para Kunzite todo eran restaurantes exclusivos, almuerzos en el campo de golf o jugar póker en casinos con todos ésos magnates… Ahora que lo pienso, nunca hicimos nada de lo que yo quería —repuso con el ceño fruncido y una mueca, cayendo en la cuenta de lo patético que se escuchaba.

Trató de acordarse por qué razón había aceptado ser su novia en primer lugar. ¿Las joyas decadentes? ¿Los viajes en yate? Ni idea. Quizá era demasiado joven, o estaba demasiado deseosa de ver un mundo distinto después de haber tenido una vida modesta, como la de una jovencita que trabajaba cincuenta horas a la semana para pagarse los Christian Louboutin que veía en los escaparates y que tanto la atraían de la Quinta. Todo ese esplendor la cegó. O quizá como sus padres se divorciaron siendo ella pequeña, quiso que alguien la protegiera y la consintiera. O como había pasado de ser la luz de sus ojos a un inconveniente por quién se quedaba con la custodia, los gastos escolares o el motivo por el que tenían que seguirse tratando aunque se despreciaran, sólo quería reconocimiento y atención.

Pero Kunzite nunca estuvo realmente cuando lo necesitó. Querer llorar por caerse en una pasarela o porque habían criticado cruelmente su primer portafolios era una estupidez para él. Incluso aquél fotógrafo que quiso propasarse con ella cuando era una novata. Kunzite le dijo que estaba ahogándose en un vaso con agua y le dijo que o lo superara o renunciara al modelaje, pues claramente no tenía la madera para lidiar con una profesión así.

Y como odiaba darle la razón al mundo, quizá por eso ya no lloraba.

Yaten había notado su voz tenue y melancólica, y como su semblante se había abatido ante los pensamientos que no había podido escuchar, pero intuía certeramente. Acortó la distancia que los separaba en la banquilla y puso una mano sobre su rodilla, para llamar su atención.

Si lograba hacerla sonreír aun a costa de hacer el ridículo, pues lo haría.

—Te diré qué. Puedes hacer lo del helado siempre y cuando nadie nos esté mirando, ¿de acuerdo?

Una tierna sonrisa estiró los labios de Minako. Yaten se descubrió sonriendo también e internamente a regañadientes, aceptó una cucharada del helado. Lo saboreó.

—Interesante combinación.

—¿Es tu manera de decir que está asqueroso?

—Está bien.

—¿Más?

—No.

Minako arqueó una ceja en advertencia. Yaten volvió a ceder.

—Era mi favorita cuando trabajaba en un Dairy Queen del centro comercial.

Yaten enarcó ambas cejas. Estaba sorprendido. No se la imaginaba sirviendo comida. Menos atendiendo personas.

—¿Qué?

—Nada.

—¿Pensabas que era una de ésas mocosas ricas y malcriadas que logró el éxito por ser la hija de alguien?

Yaten pestañeó desconcertado.

—Qué agresiva eres, Minako. No, nunca lo he pensado. No estarías aquí conmigo si provinieras de una familia así. Es lógico. Y… comes —señaló irónico el helado gigante.

Minako se rió.

—¿Siempre tienes una respuesta para todo? —jugó dándole un codazo. Luego volvió a ofrecerle mimosamente la cuchara. Yaten abrió la boca no sin antes poner los ojos en blanco discretamente.

—Pues...¿sí?

—Por cierto… quería darte algo —cambió de tono a uno más serio, incluso tímido. Hurgó en su bolso un poco y le tendió un lacito dorado.

—Intrigante regalo —comentó sarcástico mientras lo tomaba.

—No es mío.

Yaten entornó los ojos y leyó en lo que decía en silencio.

Su mirada se apagó notoriamente, y se mordió el labio inferior sin saber qué decir. Al igual que ella se quedó sin habla cuando lo encontró, pero no quiso si no esperar el momento adecuado para decirlo. El deseo de Shen no era precisamente un cachorrito o que viajara a Disney ése verano como se le había prometido. Era mucho más complicado que eso, para su desgracia, de todos.

«Deseo que Minako sea mi mamá» decía con su desigual y redonda letra infantil.

—Se cayó del árbol el día de año nuevo. Debió atarlo mal. Iba a ponerlo de nuevo, pero no pude evitar mirar —explicó Minako mirándolo con precaución.

Yaten sacudió la cabeza. Parecía mortificado y avergonzado.

—Lo siento, de verdad… mucho. Esto es… muy inapropiado.

Minako suavizó su semblante con humor.

—Yaten, tiene cinco años. Nada en él es inapropiado.

Él seguía mirando el lacito. Lo enredaba y desenredaba alrededor de su dedo índice como si eso lo ayudara a saber qué decir. Cuando volvió a mirarla, la atravesó con sus ojos esmeraldinos. Intensos y brillantes.

—Ya sabía que te estaba tomando cariño. Como dije, él no se abre fácilmente con cualquiera. Pero… no pensé que llegara a tanto. Es por eso que evitaba salir con alguien, ¿sabes? Sabía que sería difícil cuando… bueno, cuando las cosas no funcionaran como debieran. Debí cerrar el trato hace mucho y listo ¿no? —se exasperó —, casarme con una chica del pueblo hace años. Habría sido todo más fácil.

Minako no le quitó la vista de encima. Tras pasarse el pelo por detrás de las orejas y tomar aire con decisión, le dijo:

—Hubiera sido todo menos fácil. Y no habría cambiado nada tampoco.

Yaten iba a responder, pero Minako prosiguió con voz casi inaudible:

—Hubiera tenido una madrastra. Tal vez una muy buena, pero madrastra al fin y al cabo. Él quiere saber quién es su madre. La real. No importa si fue una gárgola o un ángel, para un niño de esa edad su madre siempre será algo sagrado. Se muere por saber cosas de ella. Por eso la idealiza y la ve en cualquier chica que le demuestre un poco de afecto a ti, o a él.

—¿Tú crees? —preguntó él, incrédulo.

Minako asintió.

—Pero eso no le conviene, no quiero lastimarlo diciéndole la verdad. Que Kakyuu no lo quiso. Que sigue sin quererlo —espetó, totalmente adusto.

—No vas a decirle eso. Sólo cuéntale algunas cosas buenas. Debe haberlas, o no te habrías fijado en ella. ¿No tienes una fotografía?

Yaten meneó la cabeza inseguro.

—Creo que sí. Tal vez algunas de la universidad.

—Empieza por ahí. Después, le explicarás que fue lo que ocurrió entre ustedes. No vas a defenderla, pero tampoco a demonizarla. Cuando crezca, él se hará su propia imagen de su madre y entenderá la realidad como es. Pero ahora mismo, sufre por no saber nada. Y creo que tú también.

—Yo no siento nada por Kakyuu —alegó defensivo.

—No sentirás amor, pero sí otras cosas. Y no muy positivas que digamos. Ve la cara que pones cuando sale a colación. Y eso Shen lo nota y lo absorbe. Debes perdonarla y dejarla ir. Por el bien de ambos.

Yaten suspiró profundamente, y la cautela volvió a su mirada.

—No tengo idea de qué decirle.

Minako le sonrió con todos sus dientes y se acurrucó obligándolo a pasarle el brazo por sus hombros, aligerando así la tensión. Se acercó y le dio un beso rápido en la boca, y luego retomó la degustación del helado.

—Las palabras vendrán. Conmigo siempre lo logras.

—Sí, bueno… y tú siempre me andas mangoneando, así que no tengo de otra —le bromeó, recuperando el buen humor —. Gracias —le susurró casi inaudiblemente en su nuca.

Minako cerró los ojos descubriéndose como siempre, sonriendo como el gato de Cheshire. En otro de tantos momentos perfectos de los cuales no quería desprenderse.

Hasta que sonó su teléfono, como rara vez pasaba desde que estaba ahí. Minako miró la pantalla con el ceño fruncido.

—Tengo que atender… —se excusó levantándose a regañadientes —. Hola, Haruka.

¡Por fin! ¡Te he llamado millones de veces! —le gritó, pero ni eso pudo borrar su sonrisa tatuada.

—No tengo buena recepción en el pueblo. Hoy vine a Londres. ¿Qué pasa? —le apuró para poder regresar cuanto antes con Yaten.

Hubo un problemita para no variar. Necesito que vuelvas mañana a más tardar a New York.

Minako sintió que le faltaba el aire.

—¿Qué?

Allison cometió un error. Uno de novata. Confundió las fechas de la firma del contrato. Puso tres en vez de trece de enero en los papeles. Lo sé, lo sé… pero ya la cagué lo suficiente como para que no lo vuelva a hacer. No te preocupes. En fin, ya que sólo es un día, no pensé que fuera gran cosa, pero debía avisarte.

—¡No! —replicó Minako. Su voz salió teñida de dolorosa incredulidad —. No puedo irme mañana. Es…

¿Es qué? —atajó Haruka perdiendo la paciencia —. Primor, ya te concedí lo que me pediste, pero es hora de volver a la realidad.

Es hora de volver a la realidad, repitió en su cabeza.

Minako se giró para mirar a Yaten, quien le sonrió a la distancia. Pero no pudo soportarlo y volvió a darle la espalda. Asfixiada por las palabras de su manager, empezó a sentir que se le oprimía el pecho con su peso implacable. La realidad. No podía enfrentarse a ella. Se sintió como en la orilla de un acantilado, pendiendo hacia abajo, hacia el peligro... a punto de caer.

—Es que no entiendes —murmuró Minako, totalmente angustiada —. Yo…

No quiero irme.

Dilo. No quiero irme.

¿Qué? —volvió a inquirir Haruka.

Minako se mordió la mejilla interior. Quería tener una explicación convincente para alargar su estadía, por muy parca que fuera, pero sólo logró callar y hundirse más y más en el abismo, envuelta en una mortaja de desesperación. Era algo que ya sabía, a fin de cuentas. Pero no sabía por qué, si ya lo sabía tanto como decía, ahora le dolía tanto.

Sólo es un día, decía Haruka.

Pero no era sólo un día. Eran veinticuatro horas más. Eran mil cuatrocientos cuarenta minutos más para poder estar con él. No era sólo un día. No era simple. Nunca lo había sido.

—¿No puedes hacer nada para… aplazarlo un poco? —preguntó inútilmente, pues ya sabía la respuesta.

Eso implicaría violar el pre-contrato, sin mencionar la pésima imagen que darías a la marca. Y fue nuestro error… no podemos cometer otro.Además ya cité a todo el equipo. Habrá una fiesta genial en tu honor. Es Covergirl, Minako. Lo que siempre quisiste. ¿Qué puede ser más importante? ¿Qué te está comiendo la cabeza?

Minako cogió mucho aire y exhaló, causando una nube de vaho alrededor suyo tratando de calmarse y de racionalizar sus sentimientos. No era sólo una decisión suya, mucha gente perdería su empleo si ella se quedaba. ¿Y por qué? ¿Por un capricho? No tenía opción.

—Claro, yo… entiendo. Empezaré a empacar.

¡Ya era hora! —la reprendió Haruka, aunque se escuchaba aliviada —. Te enviaré la información a tu correo electrónico en cuanto Ali compre el boleto.

—Compra el de la noche, por favor —al menos unas horas más —. Para no llegar tan cansada…

Claro, preciosa.

—Adiós.

Yaten notó lo pálido que tenía el rostro, sobre todo sus labios, y se preocupó.

—¿Qué pasó?

Minako reprimió un incipiente arrebato de frustración y se sentó a su lado.

—Tengo que volver un día antes de lo previsto.

—Mañana.

—Mañana —repitió con voz vacía, y tiró el helado a la basura.

Tras largos segundos de silencio, Yaten carraspeó.

—Bueno, pues…

—Por favor, no digas que no importa porque sólo es un día —pidió, y parpadeando, sus pestañas revolotearon sobre sus ojos grandes y heridos, que lo estudiaron por segundos en busca de la verdad.

Yaten menguó su expresión. Suspiró y tomó su mano, entrelazando sus dedos con los suyos. Le habría gustado sentir más su contacto, pero los guantes se lo impedían.

—Claro que no. Y no iba a decir eso. Iba a decir que… podemos quedarnos despiertos toda la noche de hoy, y así no sentirás que ha pasado otro día. No podemos evitar que transcurra el tiempo, pero sí podemos burlarlo un rato. ¿Eso ayudaría?

Su rostro compungido se iluminó de esperanza.

—Es una gran idea...

—¿Aguantarás despierta?

"¿Por ti? Caminaría en las malditas brasas del infierno... "pensó, aunque con mucho optimismo.

—Obviamente.

—Pues ya está. ¿A qué hora sale tu vuelo mañana?

—Todavía no lo sé, aunque espero que sea hasta la noche.

—Podríamos volver aquí, y subir al London Eye. La vista es magnífica y una de las…

—Yo, de hecho —le interrumpió Minako mirándole anhelante —, esperaba que nos quedáramos en casa. Sólo tú, Shen y yo.

Yaten percibió como se ruborizó y sonrió un poco. Por fin algo de color en su pálido rostro… y no pudo resistirse. Deslizó el dedo índice por su mejilla, siguiendo la línea dibujada por la piel rosácea.

—Genial. Haremos pasta.

Sus labios se rozaron y Minako cerró los ojos instintivamente, paladeando el sabor de su boca, su lengua, apretando su cuerpo contra el suyo mientras todo su ser luchaba por no arder en llamas como si la hubieran rociado con gasolina… o para no cambiar de opinión, lo cual era casi igual de difícil.

Y de imposible.

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Notas:


Ayyyy cuántas ganas tenía de actualizar esta historia! UwU

Primero, ya hubo encuentros cercanos del tercer tipo (¿?) entre Usagi y Seiya, así que no se pueden quejar. Ellos tienen otra dinámica, otro tipo de relación a la de Mina y Yaten, que es claro que se dejaron llevar demasiado, pero no por eso la tienen más fácil.

Espero lo hayan disfrutado tanto como yo y nos leemos en el siguiente.

Xoxo,

Kay