Capítulo 6

Sam tenía diecisiete años y recordaba vívidamente cuando había cumplido sus quince años, ese día su hermano le había llevado a la feria y ciertamente ese momento en la historia de su vida se clasificaba como uno de los mejores. Aunque también recuerda ese día por la predicción de la psíquica de lo que supuestamente pudo haber sido su futuro.

Ella le había hablado de la universidad, amigos y una hermosa chica rubia, prácticamente le había publicitado el sueño de todo adolescente. En ese entonces le había parecido de lo más absurdo esa idea de su futuro, comenzando por la universidad; pero ahora que en su mano descansa la carta de aceptación de Stanford, piensa que quizás esa mujer del puestecito colorido de adivinanza no estaba tan errada. Aunque a esas alturas ya daba igual lo que pudo o no haber sido su futuro.

Sintiéndose ajeno a la carta que llevaba su nombre y datos en el interior, decidió meterla en su bolsa de lona, pensando en deshacerse de ella más tarde, cuando hayan regresado de la cacería de un nido de vampiros.

—¿Listo, hijo? —preguntó John, tomando de la mesa del comedor la botella con sangre de muerto que había conseguido de la funeraria. Conseguir la sangre de muerto era un asunto desagradable y por eso prefería hacerlo él y uno de sus chicos.

—Sí, vamos a cortar algunas cabezas —Sam tomó su chaqueta y se dirigió a la salida, siendo seguido por su hermano mayor.

—¡Oye, esa es mi frase! —gritó Dean, adelantando a Sam y desordenándole su ya desordenado cabello—. Perra.

—Idiota.

—Chicos —John suspiró, cualquiera diría que envejecer traía consigo la madurez, pero en sus hijos era todo lo contrario.

El viaje hasta las afueras del pueblo fue sin lugar a dudas exasperante si le preguntasen al patriarca Winchester, quien estuvo más de una vez tentado de parar el coche y dejar a su progenie tirada a la orilla de la carretera. Pero los ocupaba para la cacería.

—Escuchen, ustedes dos entrarán por detrás y yo iré por delante —John remojó su cuchillo con sangre de muerto y les pasó el recipiente a sus hijos para que hicieran lo mismo—. A esta hora estarán durmiendo, pero una vez que despierten no crean que se dejarán matar dócilmente ¿listos?

—Sí, señor —dijeron los hermanos al unísono. Era tiempo de ponerse serios y dejar los juegos para después de la cacería.

Cada uno desenfundó su machete y se dirigieron al viejo granero donde residía el nido.

Al adentrarse al granero lo que vieron allí no fue lo que esperaron, más que un nido era un simple dúo, un hombre y una mujer. Ambos despiertos, sentados en dos grades fajos de heno, esperándolos.

—Ya se habían tardado, chicos —comentó la chica rubia, vestida con un vestido blanco cubierto de sangre.

—No sabía que estuviesen desesperados por morir, cariño —John miró a sus chicos, quienes esperaban expectantes la orden—. Chicos, ahora.

Una vez que la orden fue dada ambos hermanos se fueron por el sujeto mientras que John arremetía contra la chica que seguía con una sonrisa burlona en su cara.

La pareja de monstruos sabía pelear casi mejor que ellos, pero siendo habidos cazadores ya tenían una estrategia pensada para cada situación. Dean aprovechó que el tipo se centró en arremeter un golpe a su hermano, así él pudo sacar la jeringa llena de sangre de muerto y clavársela en el corazón.

Una estrepitosa risa los desbalanceó del ritmo de combate, creándose una brecha en la lucha para prestar atención a la fuente del sonido.

—Sangre de muerto —bufó entré risas la rubia—. En serio no puedo seguir con esto —A las risas de la chica se le sumó su compañero, dejando completamente desconcertados a los cazadores.

—¿Pero qué mierda? —profirió Dean ante ese acto de comedia.

—Seguramente se deben de estar preguntando, porque la sangre de muerto no funcionan con nosotros —dijo el sujeto con una sonrisa insolente—, O porque los estábamos esperando.

—Es porque no son vampiros —musitó Sam, mirando de su hermano a su padre.

—Ding, ding, ding, tenemos un ganador —dijo el demonio que poseía el cuerpo de la rubia, acto seguido puso los ojos en negro, revelando la clase de ser que eran.

—¿Porque hacerse pasar por vampiros? —gruñó John. Se encontraban en terreno desconocido, no que no supieran cómo enfrentarse a un demonio, sólo que no contaban con las armas adecuadas.

—Hasta los demonios se aburren, chicos —la rubia hizo un puchero, para luego casi dar saltitos de alegría ante cada palabra que decía—. Es tan divertido ver cómo vienen con sus machetes, pensando que sólo será otro día glorioso y de autosuficiencia en el que unas cuantas cabezas rodarán.

Con un simple movimiento de mano el demonio robusto lanzó a los tres miembros de la pequeña familia por los aires. John intentó levantarse para proteger a sus chicos pero la rubia lo mantuvo presionado contra la pared con una fuerza invisible.

—¡Malditos hijos de puta! —gruñó el patriarca Winchester.

—¡Hey, Johnny! No desesperes que aún falta lo mejor —El demonio robusto caminó hacia donde había caído el mayor de los hermanos y como si de un muñeco se tratase lo tiró por los aires cayendo estrepitosamente sobre unas viejas cajas de madera que seguramente en un tiempo sirvieron para transportar la cosecha.

—Déjalo en paz hijo de... —John se vio interrumpido por la acción de estarse ahogando con su propia sangre, cortesía de la rubia.

—Esa boquita, Johnny —le reprendió la chica con una sonrisa maliciosa—. Creo que así está mejor.

Sam indagó rápido y en silencio en el bolsillo de su chaqueta, sacando su celular y guiándose a un archivo de voz, pero con tan mala suerte que antes de poder darle iniciar a la reproducción de la pista de voz vio al demonio ir en su dirección. Como pudo volvió a guardar el teléfono en su bolsillo, esperando a usarlo sin que le sea arrebatado y destruido, lo cual significaría la muerte de ellos.

El demonio lo tomó por el cuello y lo levantó unos centímetros del suelo. Sam intento luchar para soltarse de ese agarre de muerte, pero entre más luchaba más sentía que se ahogaba.

Un pensamiento fugaz paso por su mente al sentir como el aire en sus pulmones escaseaba. Si muriese en ese momento, a cinco años de la fecha límite ¿el pacto se cancelaria, muriendo Dean al instante, o acaso el infierno tomaría su alma como un pago por adelantado?

—Déjalo ir, maldito —Dean gritó con furia centellante en su mirada.

—Cazadores —bufó el tipo, poniendo los ojos en blanco—. Acaso piensan que su mala actitud nos afecta —rio, presionando a Dean contra la pared.

Sam aprovechó la pequeña distracción para dejar caer un brazo y guiarlo al interior de su bolsillo. Había dado exitosamente con el aparatejo y su pulgar se encontraba cerca del botón del centro, un poco más y el exorcismo empezaría a trasmitirse por los pequeños parlantes del celular, pero hubo algo que lo detuvo, algo que sin querer le hizo tener desagradables recuerdos de cuando tenía once años.

Sam se estremeció al sentir como el demonio hociqueaba su cuello. Sentir el aliento caliente sobre su piel le provocó ganas de vomitar, Sam tuvo que hacer su máximo esfuerzo por no hacerlo, ya que, corría el riesgo de morir ahogado con su propio vómito.

—¿Hueles eso? —le comunicó el demonio a su compañera. Hundió nuevamente la nariz en el cuello del chico.

Los lejanos sonidos de su padre ahogándose con su propia sangre y los insultos llenos de preocupación de su hermano lograron traerlo de vuelta a su tarea primordial. Además, si no actuaba en ese momento se quedaría sin aire y estaría muerto, junto con su familia.

Ambos demonios compartieron una sonrisa maliciosa al percibir el olor del chico. Acto seguido el tipo acercó su boca a la oreja de Sam y le susurró algo antes de pasar su lengua a lo largo de su mejilla.

Con las pocas fuerzas que le quedaban, Sam presionó el botón y la grabación comenzó a emitirse. Justo antes de que el teléfono le fuese arrebatado de su poder, Sam lo sacó de su chaqueta y lo aventó a unos cuantos metros en un montón de paja.

Lo último que supo antes de que su visión se tornará negra fue que el agarré de su cuello fue cediendo, aunque no lo suficiente rápido para no perder la conciencia.

Sam Winchester se sorprendió de hallarse en el motel cuando al fin despertó. Podía sentir como si su garganta hubiese pasado por una procesadora de basura. Una tos seca le sobrevino, poniendo en alerta a su hermano.

—Pensé que dormirás toda la semana, princesa —Dean se inclinó sobre la cama de su hermano menor, entrando en el alcancé de la visión aún borrosa de Sam por el tiempo de inconciencia.

Dean se alejó de la cama y fue a la pequeña nevera en un rincón de la habitación, sacando un cartón de zumo de melocotón y llenando un vaso para Sam, quien lo bebió como si del elixir de la vida se tratase. Dios, el fuego que el menor sentía en su garganta se apagó de maravilla.

—¿Cuánto tiempo dormí? ¿Desde cuándo tenemos zumo en vez de cerveza? ¿Dónde está papá? —inquirió el menor después de devolverle el vaso a su hermano.

—Ponle freno a tus preguntas, chico. Dormiste como unas tres horas, y para tu información la cerveza está detrás del jugo del pequeño Sammy; y papá fue a por el almuerzo —Dean colocó el vaso de plástico en la barra del desayunador y se fue a la nevera por una cerveza.

—Jódete —Sam bufó.

—Jódete tú, hermanito.

Sam se levantó y se fue al baño a hacer sus necesidades y de paso darse un baño con agua caliente. En el proceso de la ducha se acordó de tener saliva en su cara y con excesiva fricción comenzó a lavarse la mejilla.

—¿Estás bien? —inquirió Dean. Después de darle un largo trago a su cerveza, dirigió su mirada a Sam cuando hubo salido del baño con una toalla envuelta en su cintura.

—Mejor que nunca —ironizó, sacando algunas cosas de su lona para buscar una muda de ropa.

—Casi mueres asfixiado —Dean reprendió a su hermano, no es como si Sam se hubiese puesto al propósito la mano del demonio sobre su garganta, pero le causaba enojo ver como se tomaba las cosas tan a la ligera.

Cuando Dean había visto el cuerpo de Sam caer como si fuese una muñeca de trapo, la horrible idea de que ya no estuviese con ellos lo paralizó al punto de que su padre tuvo que zarandearlo para que reaccionará y ayudase a llevar a Sam al auto. Dean había podido respirar con tranquilidad hasta hace diez minutos que su hermano se había dignado a abrir los ojos y caminar con coordinación.

—Casi, pero no —dijo con más calma, notando la lucha interna que tenía Dean—. ¿Podría tener más de ese jugo?

—Eso y mucho más para el chico que nos salvó de morir. Dios, Sammy eres cómo James Bond siempre listo para cada situación —Dean sonrió grande, el orgullo que sentía hacia su hermano se desbordaba de sus palabras—. Oh y por cierto, deberías de pasarte un poco de crema en la mejilla, se ve como que una lija tuvo una orgía con tu cara.

—Lindo, Dean —Sam puso los ojos en blanco mientras le daba la espalda a Dean y se volvía a meter en el cuarto de baño.

Cuando estuvo vestido y listo para salir del baño se detuvo frente al espejo. Dios, Dean tenía razón, su mejilla parecía haber sufrido una exfoliación extrema.

A parte de su mejilla raspada, Sam intentó hallar algo fuera de lo normal, algo que no hubiese estado allí hace unos siete años. Al no encontrar una marca, se centró a olisquear el aire de su entorno, pero todo parecía normal.

Se preguntó que habría querido decir ese demonio al decir lo del aroma. ¿Acaso era un tipo de marca que clasificaba su alma como condenado, algo que exclusivamente los seres del infierno eran capaces de detectar? Al imaginar tal cosa decidió que esa sería la última cacería de demonios que tomarían, no estaba dispuesto a repetir la escena y levantar sospechas.

Sabiendo que no podía quedarse todo el día en el baño, decidió salir antes de que Dean se pusiese a patear puertas.

—Veo que al fin despiertas ¿cómo te sientes, chico? —dijo el patriarca Winchester quien había regresado de su búsqueda de comida, tomándose el tiempo para pasar por un restaurante de comida vegana.

—Estoy bien, realmente bien así que dejen de mirarme así —Sam puso los ojos en blanco al ver que lo miraban incrédulos. Mejor se fue a buscar su comida de la gran bolsa de papel—. ¡Woo! No me lo creo.

—¿Qué es? —Dean se inclinó a ver lo que su hermano miraba dentro de la bolsa—. Yo tampoco me lo creo.

Ambos hermano miraron a su padre con una expresión demasiado asombrada para ser real. El ex marine simplemente se mesó el puente de la nariz y decidió hacer la maldita pregunta.

—¿Algo que quieran decir? —John suspiró, deseoso de que sus hijos terminasen de hacerse los graciosos.

—Bueno, ya sabes, es que el gran John Winchester… —Dean dejó a medias la oración y le dio un codazo a su hermano.

—Comprando monte —comentó Sam conteniendo la risa, fracasando cuando Dean falló.

—¿Dios, por qué me odias? —John se restregó el rostro con cansancio. Estiró el brazo y jaló la bolsa de papel para sacar su comida. La estrategia era hacerse el ofendido.

—De acuerdo, lo siento —Dean bufó ante lo fácil que se enojaba su padre.

—Gracias por la comida —Sam se sentó al lado de su padre viendo como este aún mantenía el ceño fruncido—. Vamos, ya no te enojes. Lo lamento.

—Es bueno saber que aún no pierdo el toque —John se rio de la cara de incredulidad de sus chicos, esas si eran caras de genuino asombro.

Las quejas y risas que vinieron después borraron el momento anterior donde casi pudieron haber muerto todos. Ellos eran cazadores y enfrentar situaciones así era lo más común, pero sin importar que tan peligrosos e imparables se sintieran los malos, ellos no podrían ni con un solo Winchester ya que los unos se cuidaban la espalda de los otros.

Esa noche antes de que le viniese el sueño a Sam meditó lo cerca que pudo haber estado del infierno, pero apartó el pensamiento de su mente antes de que pudiese sentir temor u ganas de escapar de su destino. Ya estaba muy a mitad del camino como para arrepentimientos.

Esa noche soñó que caminaba por una larga acera y que de pronto su cuerpo comenzaba a emanar un olor que hacía que todos a su alrededor volteasen a verlo con los rostros arrugados del asco. Ya que su olor era el de un cuerpo putrefacto, los cuervos andaban volando sobre su cabeza, esperando el momento de darse su festín. Entre jadeos y nauseas, Sam despertó a eso de las dos de la madrugada y no concilió más el sueño. El temor de soñar algo peor lo mantuvo inquieto y en vela.

Una semana había pasado desde el enfrentamiento con el dúo de demonios. En esa semana John había buscado una simple sal y quema para para bajar un poco el ritmo y no presionar tanto a sus chicos, que aunque dijesen que estaban bien, ese encuentro con los demonios había estado por poco de ser mortal.

Esa misma semana Dean le había soltado un poco el cordón umbilical a su hermano; y Sam había dejado de temer a empezar a apestar a muerto o algo peor que revelase su secreto. Esa semana también se había acumulado la ropa sucia en las bolsas de lonas, siendo John el afortunado de hacer la colada al sacar la pajilla más corta.

John había ido a la lavandería a hacer la colada de ropa sucia, mientras que sus chicos caminarían hasta el restaurante a tres cuadras del motel para hacerse de un almuerzo tan grasoso que bloquearía arterias.

Se suponía que ambos hermanos regresarían al motel, pero Dean había llegado justo a tiempo para la hora de descanso de la camarera pechugona. Sam caminaba hacia el motel con la comida dentro de una gran bolsa de papel, y gracias al buen encanto de su hermano mayor habían obtenido postre gratis.

Al entrar en la habitación de motel se topó con que su padre ya se encontraba de regreso de su viaje a la lavandería. Sam rezó para que su padre no hubiese echado toda la ropa revuelta para ahorrar tiempo; la última vez que Dean había hecho eso Sam había terminado con más de una camisa y ropa interior hechos un mosaico de colores.

—Terminaste rápido —Sam se dirigió a la pequeño mesa junto a la ventana para comenzar a sacar los contenedores de comida.

Al no recibir respuesta alguna se giró para buscar la mirada de su padre. John Winchester tenía el ceño fruncido, anunciando así su desacuerdo con algo.

—Dean dijo que regresaría en una hora, pero traje la… —Sam fue interrumpido ante el movimiento brusco de su padre al levantarse del pequeño sofá y caminar hacia su dirección con una expresión enfadada.

—¿Quieres decirme que demonios significa esto? —John sacó de su chaquete un sobre y lo hondeó en frente de su hijo menor.

Sam miro la carta y se maldijo por ser tan idiota y haberla olvidado. Al parecer el encuentro con los demonios lo había dejado medio tonto. Se suponía que nadie se enteraría de la existencia de esa carta.

—Es una carta de aceptación —respondió probando su suerte.

—Eso lo sé, Sam —John prácticamente gruñó las palabras—. Creo que no hice la pregunta correcta, ¿cuándo pensabas decírnoslo?

—Bueno, yo… no pensaba hacerlo —Si Sam pudiese devolver el tiempo atrás seguramente borraría esas palabras de su boca. La expresión de su padre era como de caricatura, únicamente faltaba que empezara a echar humo por las orejas.

—Entonces que, ¿nos mandarías una postal desde California o simplemente te largarías y harías de cuenta que no tienes familia? —gritó enfurecido el patriarca.

—No, papá. Por supuesto que no, quiero decir que yo no…

—Maldición, Sam. Eres un maldito egoísta, ¿tan poco te importa esta familia? —dijo John. En ese momento su cerebro estaba lejos del sentir de su corazón.

Y como si de un interruptor se tratase, Sam dejó de justificarse y se lo tomó tan a pecho que le importo poco todos esos años en los que se había esmerado para guardar su secreto.

—¿Acaso un maldito egoísta daría su vida por su familia? —gritó el menor sin medir una sola palabra—. Me dices egoísta solamente por un maldito papel, pero no sabes una mierda de mí. Si tengo que cazar lo hago, investigo horas sin quejarme, vivo al límite con la comida grasienta de cada parada y que crees, iré al maldito…

El sonido de la puerta abriéndose detuvo a Sam de ponerse la soga al cuello, únicamente hasta ese momento se dio cuenta de lo cerca que había estado de contarlo todo. La indignación que había sentido ante esa acusación le había hecho ver rojo.

—¡Dios, que putada! ¿Puedes creer que la chica quería cobrarme? —Dean se atraganto con sus palabras al darse cuenta que su padre ya había vuelto y no solamente Sam lo había escuchado.

Los ánimos en la habitación estaban tensos y no le costó mucho trabajo a Dean darse cuenta que algo estaba pasando. Dean tenía conocimiento de las pequeñas disputas que tenían su padre y hermano más nunca llegaban a ser un gran problema, solamente que en ese momento parecía que los muebles comenzarían a volar en cualquier momento.

—¿Me perdí de algo? —comentó desde su posición cerca de la puerta sin saber a quién acercarse, no quería hacerse de ningún bando, pero si tuviese que hacerlo le gustaría saber muy bien el porqué.

John tuvo ganas de dejar de lado el dichoso asunto de la carta y pedirle a Sam que terminase la frase. Había algo en el arrebato de su hijo menor que le preocupaba, pero ante la pregunta de Dean el tema volvió a su curso.

—Sam se irá a la universidad —Sin saber por qué el enfado de John había desaparecido, quedando solamente una gran resignación ante la inminente perdida de su hijo menor.

—¿De dónde sacas eso? —Dean abrió grande los ojos ante las palabras que escuchaba, pero que no se atrevía a creer.

Sam vio cómo su hermano en menos de un segundo estaba al lado de su padre. Y fue en ese segundo exacto en el que supo que de haber elegido ir a la universidad y soñar con una vida distinta, Dean jamás hubiese estado de su lado. Quizás, si hubiese tenido los amigos y la linda chica rubia, pero no a su familia.

Quizás la psíquica había acertado doblemente al decirle de las maravillas que pudo tener, pero también del hecho de que Dean no aparecía en ese futuro y quizás no hubiese sido por muerte sino por sentirse al igual que su padre, traicionado y abandonado.

Dios, era tan difícil tratar de quedar bien con todos y buscar la felicidad.

Cuando Sam salió de sus pensamientos se dio cuenta que su padre y Dean estaban discutiendo sobre él, como si no estuviese frente a ellos. Para ese punto de la discusión la carta ya había sido arrebatada de la mano de John y ahora se encontraba en la de Dean.

—¡¿Quieren dejar de gritar por un momento?! —Sam tuvo que gritar para ser escuchado a través de los histéricos gritos de su hermano y los furiosos gruñidos de su padre—. No sé por qué hacen tanto drama, si ni siquiera voy a ir.

El silencio reinó tras las palabras del castaño. John miró fijamente a su hijo y sintió como su corazón caía a sus pies.

—¿Entonces por qué aplicaste? —Dean inquirió, sintiéndose mal por todos los gritos que le habían tirado a Sam, ellos habían disparado primero y preguntado después.

—Es época para que las universidades pasen por las escuelas y den charlas para convencer a los futuros graduados a ir a su universidad, simplemente hice lo que se supone que un adolescente normal haría —Sam se encogió de hombros, mostrando su claro desinterés ante el tema—. Aunque no esperaba recibir una respuesta.

—Asústate si no te hubiesen respondido, eres un maldito sabiondo —La idea de separarse de su hermano lo había aterrado por un segundo, pero ahora sentía que algo estaban haciendo mal para que Sam no viese una vida más allá de la cacería. Esa resignación lo mataría antes de que lo hiciera algún monstruo.

—Idiota —bufó Sam ante los elogios de su hermano.

—Perra —comentó Dean, dirigiéndole una mirada a su hermano que profesaba mucho más de lo que podría decir, el orgullo estaba allí, junto a su sonrisa.

El momento fue roto por el estruendoso reír del rubio. Sam se rio fuerte y feliz al saber que el pequeño malentendido había sido aclarado.

—¿A dónde vas? —preguntó Dean a su padre, viendo como este se ponía la cazadora y buscaba las llaves del auto.

Sam dirigió la vista hacia su padre y el peso que sentía levantado sobre su pecho volvió. Su padre parecía molesto y decepcionado y esa expresión dolió más que las acusaciones que había recibido minutos antes, ya que, Sam sabía que dichas palabras se habían dicho al calor del momento.

—¿Papá? —dijo Sam.

—Vuelvo al rato —dijo sin más, saliendo por la puerta. Dejando desconcertados a sus hijos.

A los pocos minutos de haber salido John, los chicos decidieron que era tonto dejar que la comida se enfriara, así que almorzaron entre bromas y comentarios al azar. La comida fue devorada en un santiamén, dejándoles únicamente la televisión repetitiva para entretenerse.

—Por un momento temí perderte —comentó Dean mientras pasaba con desinterés los canales.

—¿De qué hablas? —Sam dejó de mirar el aburrido pasar de canales.

—Cuando escuché que a papá decir que te ibas a la universidad temí que te fueras, por que qué seríamos nosotros en comparación con una beca completa de Standford —Dean decidió centrar su atención en la ventana.

—Dean, yo jamás...

—Sé que suena egoísta, pero me alegró tanto saber que no ibas a ninguna parte, saber que aún seguirías aquí con nosotros, conmigo —Dean soltó una risa que terminó en un bufido.

—Jamás los dejaría —La mentira estaba a la vuelta de la esquina, pero no importaba ya que únicamente él lo sabía—. Son todo lo que tengo. Además, si hubiese decidido ir a la universidad eso no significaría que me olvidaría de ustedes.

—No sé, Sammy. Allí no tendrías tiempo de sacar la cabeza de los libros polvorientos.

—Dean, es la universidad no un templo antiguo para que tenga libros polvorientos —Sam bufó con diversión.

—Bien jugada, listillo.

—Que te puedo decir, te estás volviendo lento, Deannie.

—Oh cállate, Samantha.

Quizás unas tres horas después de la pequeña disputa, John apareció sin explicación alguna de donde andaba o porque se había ido, y no es como si sus hijos fuesen a interrogarlo.

Un pesado silencio cayó sobre la pequeña habitación, obligando a los hermanos a andar de puntillas para no causar ni el mínimo sonido que pudiese reventar la tensión en el aire.

Viendo que se acercaba la hora de la cena ambos hermanos se alegraron al saber que podrían darse un tiempo libre de su padre y sus estados de ánimo menopaúsicos. Dean fue el primero en levantarse para buscar su chaqueta, siendo seguido por su hermano menor. Cuando el mayor de los hermanos estaba por estirar su mano y tomar el pomo de la puerta fue detenido por su padre.

—Quédate, Dean. Sam y yo iremos por la cena —comentó John sin levantar la vista de su diario.

—Pero… —Dean estaba por rebatir, pero la mirada que le lanzó su padre lo frenó—. Suerte, Sammy.

—Gracias —Sam resopló ante su destino.

John bufó ante los melodramas que se armaban sus hijos. Ciertamente el no andaba del mejor humor, pero eso no significaba que automáticamente se fuese a convertir en el lobo feroz.

El silencio que se vivía en el auto era peor que el de la habitación. Sam trataba de mantenerse lo más quieto posible, pensando tontamente que si fingía no estar allí su padre le ignoraría. Lástima que sus planes casi nunca tienen éxito.

—¿Qué pensabas estudiar? —John rompió el silencio incomodo que llenaba el pequeño espacio.

—Mmm, abogacía —la confusión plagaba el rostro del menor, creyendo que su padre no le había creído al decirle que no pensaba tomar la beca—. Papá, no te preocupes que no pienso ir a la universidad. No te estaba mintiendo.

—Entonces eres muy tonto, muchacho —John se estacionó frente a un parque que quedaba a una calle del restaurante.

—¿Qué? —Sam se giró sin saber cómo reaccionar ante las palabras de su padre.

—Lo que oíste. Eres el más tonto de todos al tirar una oportunidad de tal magnitud por esto, esto que ni siquiera podemos llamar vida —John apagó el motor del auto y se giró para encarar a su hijo. Tenía que arreglar el daño que había causado.

—No me quedo por la cacería, lo hago por ustedes —La pregunta que realmente surgía en la mente del menor era, si las cosas hubiesen sido diferentes, si Dean no hubiese muerto y él no hubiese tenido que vender su alma, ¿realmente se habría quedado junto a su familia?

—Mereces algo mejor, Sammy. Tú y Dean merecen la vida que les fue arrebatada la noche del incendio —John podía sentir como su garganta se cerraba como hace ya diecisiete años cuando se dio cuenta que Mary jamás iluminaria sus días con su hermosa sonrisa.

Una mirada al hombre que tenía a su lado fue todo lo que Sam necesitó para ver que el gran John Winchester no era el hombre más valiente por enfrentarse sin temor alguno a cuanto monstruo se le cruzase en el camino, sino porque a pesar de todas las pérdidas que había tenido, de todo el dolor que le dificultaba el respirar, aún seguía en pie y dispuesto a siempre dar más, a velar por sus hijos.

Sam tomó un respiro profundo y con una tenue sonrisa se dirigió a su viejo.

—Quizás no tengamos la vida que tú y mamá soñaron para nosotros, pero la que llevamos no es tan mala, nos tenemos y con eso basta. Has sido un buen padre a pesar de lo mucho que te ha pateado la vida, y sé que los Winchester son alérgicos a los momentos de telenovela, pero quiero decirte que estoy agradecido por tu esfuerzo por nosotros y que no podría pedir a alguien más de padre.

Sam se vio poseído por el saber que pronto se iría de la vida de su familia y lo último que quería era dejar momentos amargos o descontentos por riñas idiotas.

—No, Sam. Tu mereces a alguien mejor que yo —John sonrió con una mirada tan triste que enternecería hasta al monstruo más feroz—. Te llamé egoísta, cuando yo los arrastro a ti y a tu hermano por todos lados en búsqueda de una venganza.

—Papá…

—Cuando leí en la carta que te habían aceptado, solamente pude pensar "nos abandonara", y te juro que por mi mente corrió la estupidez más grande de todas para hacer que te quedaras con nosotros —John se relamió los labios, sentía que su garganta estaba rasposa y agrietada.

—¿Me ibas a amarrar a la pata de la cama? —dijo para intentar aligerar la situación, pero quizás no era momento de hacer chistes.

—Pensé en ponerte un ultimátum, pensé en ponerte a elegir. Mi mente gritaba que si salías por la puerta no regresaras, y seguramente si Dean no nos hubiese interrumpido te lo habría dicho —se silenció unos segundos, queriendo recobrar la fuerza de su voz—. Lo lamento, sé que a veces no soy el mejor padre, pero todo lo que hago es porque los amo.

—No te tienes que disculpar de nada. Ya sabes, no pasó más allá de ser un simple malentendido —Sam le restó importancia al hecho de que seguramente después de que hubiese escuchado a su padre decirle esas palabras, habría salido de la habitación del motel tirando la puerta, haciendo todo el uso de su orgullo.

—Si realmente quieres ir a la universidad puedes hacerlo —dijo John tomando desprevenido a su hijo.

—¿Qué?

—Ya sabes, cuando me fui estuve pensando en eso durante horas y comprendí que es mejor que tu hermano y yo suframos de tu ausencia a tener que verte infeliz por estar atado a una vida que no es para ti —John pensó que por lo menos él y Dean amaban la vida de cazador, pero si realmente su hijo menor no quería eso para su vida, no sería el quien le colocase el grillete.

—¿Acaso el tío Bobby y tu están intercambiándose correos de autoestima?

—Oh cállate, muchacho. Sólo digo que siempre estaré orgulloso de ti, Sammy —John palmeó el hombro su hijo.

—Gracias, pero estoy en el lugar que quiero estar y justo al lado de las personas que quiero estar a lo largo de mi vida —Sam se imaginó los pocos años que le restaban de vida estando separado de su familia y la imagen que recibió fue tan amarga y desolada que no se pudo imaginar en la universidad con amigos y una linda rubia sin sentir que cada noche se caería a pedazos por el eco de la soledad.

—¿No te arrepentirás? —comentó John, sacando a su hijo de donde fuese que hubiese ido su mente.

—Ni por un segundo —agregó Sam, consciente de que esa respuesta estaba dirigida a más de una decisión importante y descabellada en su vida.

Gracias por leer.