Personajes: Rabastan Lestrange ft. Barty Crouch Jr (y Andromeda Tonks).

Prompt: Navidad.

Condición: Un drabble debe tratar de desamor.


8. Viviendo de una ilusión


Se encontraba en una calle iluminada por farolas de colores que delataban el espíritu navideño. A él no le gustaba la Navidad, ya que no sentía que fuera diferente a otra época del año. Quizás si hubiera tenido una familia más unida —su padre se dejaba guiar por su esposa o amante de turno y Rodolphus iba en su propia frecuencia—, tendría un pensamiento diferente.

«Pero de ahí a acosar a tu ex prometida hay un largo trecho, ¿no?», susurró una voz burlona en su cabeza, muy parecida a la de Bellatrix.

La casa que se hallaba frente a sus ojos pertenecía a la familia Tonks —le costaba pensar en Andromeda como Tonks y no Black— y, a través de la ventana, podía verla sentada junto al árbol decorado. Ella tenía las manos sobre el vientre. «Quizás esté embarazada», reflexionó. «El sangre sucia le hizo un hijo.»

Rabastan y ella habían estado comprometidos por algunos años —demasiados, en su opinión—, pero Andromeda había huido de su casa y se había casado con un hijo de muggles. «El compromiso se rompió el mismo día que borraron su rostro del tapiz familiar», rememoró.

Y, desde entonces, se limitaba a observarla por la ventana e imaginaba la vida que podrían haber tenido juntos. No la amaba con locura, pero Andromeda tenía un no-sé-qué que lo atraía, incluso después de repudiada.

«¿Se puede ser más patético?», se dijo a sí mismo.

—¿Espiando de nuevo? —lo sobresaltó Barty. El pelo pajizo le caía sobre los ojos mientras sonreía—. Hace años que te abandonó. No puedes seguir anclado frente a su casa, esperando algo que nunca sucederá.

—Ya lo sé, ¿vale? —contestó de mala gana. «Pensé que le agradaba, que no era tan malo estar comprometidos»—. Tampoco tengo nada mejor que hacer.

—Es Navidad, Rabastan —dijo como si todo a su alrededor no se lo estuviera gritando—. Vamos a tomar una cerveza.

—Han empapelado el Callejón Diagon con mi cara. No puedo ir al Caldero Chorreante sin que caigan los aurores. —Se le había caído la máscara en medio de un ataque. Había sido una estupidez. Una gran estupidez—. Vete a casa, Barty. Tienes una familia que te espera y una fachada por mantener.

Al muchacho se le iluminaron los ojos debajo de las farolas coloridas. A Rabastan siempre le parecía que tenía una mirada extraña, demasiado inquisitiva y perturbadora. Quizás por eso le agradaba tanto. Era unos años menor que él, pero en Hogwarts lo habían acogido como su pequeño pupilo y habían terminado todos —Rodolphus, Bellatrix, Barty y él— en la misma ceremonia, recibiendo la marca en el antebrazo izquierdo y peleando por la causa por la cual respiraban.

—Ven conmigo —propuso—. Podemos colarnos en mi habitación y quedarnos allí hasta que pase la Navidad. Además, tú mismo dijiste que no tienes nada mejor que hacer.

Rabastan tuvo que darle la razón.

Se tomaron de las manos y desaparecieron bajo la atenta mirada de las luces titilantes.