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ERES LO MAS IMPORTANTE


— TU BEBIDA, SHION. —Sasori sonrió al detenerse un momento junto a ella, y luego se sentó en el sillón de enfrente. Se sentía bien, y cuando volvió a cruzarse con la de ella, alzó su copa—. Por ti — dijo galantemente, y observó la sonrisa complacida que apareció en su rostro.

Su reunión con Naruto había finalizado unos minutos antes. Salió detrás de su hermano y fue al bar a preparar su bebida y la de Shion; Hinata había declinado su ofrecimiento. Y mientras estaba allí agitando el cóctel de Shion, sintió un gran alivio por haber salido bien parado del embarazoso encuentro con su hermano.

Mientras permanecía sentado, admirando la esbelta figura de Shion, pensó cáusticamente que habrían terminado antes si Naruto no hubiera sentido la necesidad de pontificar por centésima vez sobre el tema de sus excesos, o escuchar las voces alzadas de las dos mujeres en la sala durante varios minutos.

Nada de aquello le había preocupado especialmente; había pasado demasiados años afilando su habilidad para hacerse inmune a la retórica de los Uzumaki acerca de sus hábitos personales. Escuchó aburrido las palabras de Naruto y se dijo que lo que ocurría en la sala entre las dos mujeres era asunto exclusivo de ellas. Él no quería más que un cheque. Y al final lo consiguió.

Cuando estaba a punto de entablar conversación con Shion, Naruto salió de la cocina, adonde se había dirigido directamente al salir del estudio sin decir una palabra a nadie, y Sasori observó que aún tenía la expresión meditativa y malhumorada que había adoptado hacia el final de la reunión.

Sonrió para sus adentros. Obtenía cierto perverso placer del hecho de que Naruto encontrara sus discusiones financieras tan desagradables como él mismo las consideraba. Le observó dirigirse a la mesita de café, sobre la que dejó con brusquedad su vaso de whisky.

—La velada ha terminado —anunció secamente—. Hinata está fatigada.

Hinata había estado sentada tranquilamente en el sofá, la cabeza inclinada, pensativa. Al oír las abruptas palabras de Naruto, irguió con rapidez la cabeza.

—¡Naruto!

Él miró a Sasori, haciendo caso omiso de la objeción de Hinata.

—Estoy seguro de que no te importará llevar a Shion a casa. Hinata se queda aquí esta noche. —Entonces la miró por primera vez—. Dale las llaves a tu hermana, Hinata.

Ahora Hinata permanecía sentada en el borde del sofá, aferrando el cojín con ambas manos, totalmente desconcertada.

—¡Naruto! —repitió indignada.

—¿Dónde las tienes? ¿En el bolso?

Sin aguardar su respuesta, se volvió y fue a la mesa junto a la puerta, donde ella había dejado el bolso. Buscó entre el contenido, sacó el pequeño llavero y lo arrojó a Sasori. Aterrizó con un tintineo a sus pies. El hermano se inclinó lentamente para recogerlas, mirándole cautelosamente.

También Shion le miraba, su expresión una réplica de la de Sasori. Pensó que aquel hombre estaba desalentado y enojado, y se preguntó qué habría ocurrido en el estudio. Mirando con disimulo su rígida postura, dejó su vaso y sonrió.

—Tiene razón —dijo al tiempo que se levantaba—. Las dos estamos cansadas. He estado todo el día de pie. —Permaneció un momento ante su sillón, alisándole la falda, y luego se dirigió a Hinata—. Nos veremos mañana. —Volviéndose entonces a Sasori, ladeó coquetonamente la cabeza—. ¿Te importa?

—En absoluto.

Las acaloradas protestas de Hinata se perdieron en medio de la actividad repentina que siguió junto al armario de los abrigos. Hubo apresuradas despedidas y finalmente se quedó sola en medio de la estancia, envuelta en enojo, confusión y frustración. Cuando oyó que la puerta se había cerrado del todo, se volvió hacia Naruto.

—¿A qué se debe todo esto? —le preguntó alzando la voz.

Él se aproximó y la cogió del brazo.

—Tú y yo vamos a tener una pequeña charla —se limitó a decirle.

Ella se soltó, alzando el mentón.

—¡Desde luego que vamos a tenerla!

Naruto debería haber atemperado su tono, pero estaba demasiado furioso para darse cuenta de ello. Enojado con Shion porque ahora sabía qué clase de persona era; encolerizado con Hinata por ser una víctima de su propia ceguera emocional, pero sobre todo enfadado consigo mismo por haber rechazado con tanta arrogancia las advertencias de Hiruzen, el cual tenía toda la razón del mundo para saber mejor que él lo que ocurría en torno a Hinata.

Permaneció mirándola y de repente volvió a volcar su ira sobre ella.

—¡Y quítate ese maldito trasto!

Le quitó las gafas y las arrojó a la alfombra.

Hinata estaba llena de furia.

—¡Haré con ellas lo que me plazca, y no vuelvas a hacer eso! ¡No vuelvas a tratar a Shion de esa manera! ¡No sabía que eras capaz de ser tan increíblemente grosero!

—No, no seas tan grosero con la pobre y dulce Shion. La insegura Shion que no puede soportar a Hiruzen porque sabe demasiado... Hiruzen, que le arruinaría la Navidad si viniera. Espera con ilusión la Navidad porque ha estado tan sola, y por favor, Hinata, mantén a ese hombre alejado aunque te rompa el corazón y el de él también. —Su tono era desagradablemente burlón

» Oh, lo ha conseguido todo, ¿verdad? Las cosas entre vosotras, el terrible sufrimiento por tanto como se ha perdido, la utilización de tu afecto... ¡Dios mío, Hinata! ¿Cómo puedes tragarte toda esa basura? Hiruzen tenía razón. ¡Tu querida y encantadora Shion es una zorra de primera clase!

Ella le abofeteó con fuerza, sin errar el blanco ni un milímetro. De un modo inconsciente, Naruto se llevó la mano a la mejilla, notando el calor de la marca en la palma, momentáneamente aturdido. Y finalmente aquello hizo lo que nada más hasta entonces habría podido hacer: despertarle. Aquella no era manera de abordar con nadie ningún tema, y mucho menos discutir con Hinata el problema de Shion. Empezó de nuevo, en un tono más razonable.

—Hinata...

Pero ella estaba totalmente trastornada. Empezó a temblar, con la rabia que no había encontrado salida ni siquiera en la represalia física. Al cabo de un momento aquella rabia la absorbió por entero, y como no tenía ningún otro modo de superarla, dio media vuelta y huyó al dormitorio.

Pero no pudo dar más que algunos pasos, pues en su agitación no había podido establecer su rumbo y se dirigió de cabeza a una mesa apoyada contra la pared, golpeándose con ella y derribando los objetos colocados encima mientras agitaba los brazos en un esfuerzo para evitar la caída.

—¡Hinata! —exclamó Naruto horrorizado, y trató de sujetarla, pero era demasiado tarde. —Tras tocar sin conseguir agarrarse los ángulos de la mesa, cayó pesadamente al suelo. Naruto la alcanzó en aquel mismo instante y se agachó para cogerla en sus brazos—. Lo siento, Hinata, cariño... — musitó una y otra vez, al tiempo que la mecía y se inclinaba sobre ella, acariciándole el cabello, aplicando el rostro a su cuello.

Ella permanecía inmóvil en sus brazos. No había emitido ningún otro sonido desde su exclamación de asombro cuando sintió el dolor del encontronazo con la mesa, y dejó que él la sujetara mientras permanecía silenciosa, conmocionada. Poco después, empezó a empujarle, obligándole a aflojar su abrazo mientras ella se esforzaba por levantarse.

—¿Te has lastimado? —le preguntó cuando los dos estuvieron en pie, mirando su rostro turbado.

—Déjame en paz.

Naruto quiso abrazarla de nuevo, pero desistió. Era inútil; no había comunicación entre ellos. Hinata se separó del todo y extendió una mano, buscando la orientación de la pared.

—Quiero que me dejes sola.

Se dirigió al dormitorio y cerró la puerta tras ella. Sabía el número de pasos hasta la cama y recorrió con cuidado la distancia, hasta derrumbarse sobre el colchón. Entonces dio rienda suelta a sus lágrimas, por toda la confusión que la rodeaba, por todas las cargas que debía soportar, pero en última instancia por la indignidad que acababa de sufrir a los ojos del hombre al que amaba.

Permaneció allí tendida largo tiempo, y poco a poco cesaron las lágrimas y remitió la emoción. Finalmente se adormeció y despertó poco después, cuando oyó la puerta abrirse casi silenciosa mente y percibió la presencia de Naruto en la habitación. Sabía que él no había encendido la luz, pues no oyó el leve ruido del interruptor.

—¿Puedo hablar contigo, Hinata? —le preguntó en voz baja.

Ella continuó inmóvil, de cara a la pared opuesta, el cabello desparramado sobre las almohadas. Finalmente le respondió con voz fatigada.

—Sí.

Naruto contempló su forma tendida en la cama enorme, envuelta en sombras, que contrastaba con la luz de la luna que se filtraba a través de la ventana con la cortina descorrida. Se acercó lentamente a la cama y permaneció largo tiempo de pie junto a ella antes de sentarse en el borde. Se quitó la chaqueta y se arremangó el jersey.

—Lo siento mucho, Hinata.

Ella no hizo ademán de moverse.

—No importa.

—Importa muchísimo. —Ella siguió en silencio—. ¿Quieres mirarme, Hinata?

—No puedo, ¿no lo recuerdas?

Él maldijo su torpeza y el episodio que había hecho que importara.

—¿Quieres volverte hacia mí?

Ella suspiró quedamente.

—Déjame sola, Naruto.

—No, no lo haré. Nunca te dejaré sola. Te amo. Y no estoy dispuesto a aceptar que Shion se interponga entre nosotros.

Sus palabras avivaron de nuevo las llamas, y se dio la vuelta, agitada.

—Shion, Shion. ¿Crees que me importa lo que pienses de ella? ¡Pues no! Puedes escuchar todas las mentiras que quieras. Es evidente que Hiruzen te ha hablado, pero me da lo mismo. —El arrebato se disipó en seguida. Volvió a tenderse de costado, dándole la espalda—. No me importa —dijo tristemente.

Naruto se quedó sin nada más que decir. Había pasado las dos últimas horas preparándose, paseando por la sala, con un vaso de whisky en la mano, tratando de imaginar lo que podría hacer para que las cosas volvieran a su cauce.

Y todo había sido en vano, porque a ella no le importaba lo que pensara acerca de Shion. Pero si eso era cierto, ¿por qué seguía dándole la espalda? Su inquietud fue en aumento.

—Muy bien, no te importa. Lo acepto y no diré nada más. Ahora mírame.

Estas palabras hicieron que Hinata reanudara el llanto, aunque ya casi no le quedaban lágrimas. La inquietud de Naruto se transformó en auténtico dolor. Allí estaba ella, tendida como una cierva herida, vulnerable a todo lo que le hiciera. Por primera vez posó suavemente una mano sobre su brazo.

—Dime qué sucede, Hinata —le imploró—. Dime lo que he hecho, si no se trata de Shion.

Y de súbito ella quiso atacarle con dientes y uñas, golpearle en el pecho por su impotencia.

—¡Te odio! —gritó; y agito los brazos en la oscuridad, tratando de golpearle.

Él esquivó los golpes sin comprender, pronunciando su nombre una y otra vez. Al final la cogió de los brazos y se colocó sobre ella en la cama, inmovilizándola. La observó mientras ella intentaba inútilmente zafarse, pronunciando palabras de odio.

—¡Hinata, por el amor de Dios!

—¡Te odio, sí, te odio! —gimió mientras se debatía, las lágrimas deslizándose de nuevo por su rostro. De repente sus fuerzas cedieron y su cuerpo quedó totalmente inmóvil bajo la presa dolorosa de las manos masculinas—. Te odio —dijo por última vez con un hilo de voz.

Él soltó las muñecas y apoyo las manos a cada lado de Hinata, mirándola con ojos llenos de dolor.

—¿Me odias? He querido hacerte sentir muchas cosas, pero el odio no es una de ellas. No me odies, Hinata. Dime tan sólo lo que he hecho.

—Me has hecho caer —le dijo con voz ronca, desviando la cabeza de él.

Naruto sintió como si le hubiera golpeado el rostro.

—Hinata... —gimió.

—¿No lo sabes? ¿No sabes cuánto importa mi apariencia ante ti? ¿No sabes que quiero ser como todas las demás mujeres que has conocido y poseído, elegante, graciosa, femenina? No como realmente soy, torpe, lenta y... ciega. ¿Cómo has podido decirme esas cosas que me han hecho huir... y caer delante de ti?

Naruto se tendió junto a ella, la atrajo hacia sí y la abrazó hasta hacerle perder el aliento.

—¡Dios mío, Hinata! ¡He hecho que te avergonzaras!

—¡Te odio! —gritó ella, cerrando los ojos.

—No te culpo —murmuró. ¿Cómo podía haber sido tan insensible y no haberse dado cuenta? Porque él no estaba ciego; ésa era la única razón. Apoyó la mejilla en su cabello, deslizando suavemente la mano a lo largo de su espalda—. No puedes imaginar cómo lo lamento, Hinata. Pero no es cierto, no eres torpe en absoluto. Cariño, nunca pensé que...

—¿Cómo habrías podido? —inquirió ella con voz angustiada—. Tú no vives en una oscuridad permanente, no estás atrapado como yo, obligado por ello a hacer cosas que son... humillantes ante alguien cuya opinión de ti es lo único en el mundo que realmente importa.

Él no sabía qué hacer primero, si decirle lo que ella necesitaba oír, lo que él sentía, o abrazarla, besarla, hacer el amor. Quería hacer todo esto y eliminar así aquella desgraciada sensación de torpeza que él había precipitado.

—Nunca has estado más equivocada en tu vida, Hinata. Nunca. No creo ninguna de esas cosas acerca de ti.

—¿Ah, no? Pues deberías creerlas, porque son ciertas. No soy la mujer que te corresponde. Hay muchas otras que podrían complacerte, que están enteras, que pueden darte la clase de vida que deberías llevar. Mujeres con las que no tendrías que pasarte la vida recogiéndolas del suelo.

En aquel momento no se le ocurrió a Naruto objetar a estas palabras. Conocía un medio mejor y más efectivo, y empezó a tocarla, de una manera que sólo ellos conocían, como nunca había tocado a ninguna de las demás mujeres. Jamás había amado a ninguna como amaba a Hinata.

En realidad, no era amor lo que había experimentado por todas las otras. Lentamente deslizó las manos sobre el liviano tejido del vestido, tocándola íntimamente, en todas partes, dejando que la sexualidad existente entre los dos dijera lo que él nunca podría decir con palabras. Y como siempre aquellas caricias la acercaron a él, física y emocionalmente, y cuando él hubo eliminado la mayor parte de las barreras, se inclinó y la besó con ternura en la boca.

—No quiero a ninguna de esas mujeres. Te quiero a ti.

Habría sido un golpe demasiado duro para su orgullo que las caricias de Naruto bastaran para serenarla, aunque estaban teniendo su efecto.

—No tienes que seguir fingiendo que soy tan normal como cualquier otra mujer.

—¿Fingir? ¿Es eso lo que estoy haciendo? —Deslizó los dedos entre su cabello, tirando suavemente de su cabeza hacia atrás mientras se apoyaba en un codo y la miraba al rostro—. Puede que tú estuvieras fingiendo, pero yo no, ni lo haré jamás. No tengo por qué fingir. Sólo necesito mirarte, contemplar tu belleza y tu gracia, verte para saber cómo eres realmente.

Se inclinó para besarla en la garganta.

Hinata se arqueo hacia él, cerrando los ojos de nuevo al notar su contacto.

—Nunca saldrá bien, Naruto —susurró.

—¿Qué es lo que no saldrá bien? —preguntó él mientras deslizaba ligeramente un dedo por el contorno de su seno; era como un susurro que decía un millar de cosas elocuentes.

Ella le tocó la mano.

—Nosotros.

—¿Por qué?

—Porque te quiero demasiado.

Al oír esto, él alzó la cabeza y rió quedamente.

—Mira, eso no tiene mucho sentido, pero lo aceptaré. Hace un momento me odiabas. Me lo tenía bien merecido, pero era inaceptable viniendo de ti.

—Por favor, Naruto, no te rías de esto.

—No me estoy riendo —replicó él seriamente—. En absoluto. Y no eres tú quien debería sentirse avergonzada por lo ocurrido. Soy yo, por actuar de un modo tan estúpido.

Hinata apoyó la cabeza en su hombro, envuelta una vez más en sus sensaciones de confusión y torpeza. Y como si él pudiera leerle la mente, empezó a hablar sosegadamente, al tiempo que su mano recorría la esbelta espalda y apoyaba la mejilla en su cabeza.

—Oh, Hinata, puedes darnos a todos lecciones de valor, nos enseñas mucho. No eres como ninguna otra mujer que jamás haya conocido. Y tienes que sufrir por nuestros errores, no por los tuyos, porque sin nosotros no los cometerías. Te he visto andar, moverte por este mundo con confianza, elegantemente, derramando esos rayos de sol que sólo tú sabes cómo dar, abriéndote paso sin dificultad hasta que yo, o Hiruzen u... otros se presentan y te hacen tropezar.

» ¿Cómo puedes hacernos sentir tan torpes? ¿Cómo puedes sentirte insegura y poco atractiva — ¡nada menos!— porque has tenido la desgracia de conocer a un hombre cuya ineptitud puede ser abismal. No, querida, tú sólo eres hermosa, más bella que cualquier otra mujer, y soy yo quien no debería ser una carga para ti, pero no soy tan noble para evitarlo. Te quiero y te necesito. Me temo que por mi egoísmo vas a tener que sufrir el resto de tu vida.

—Naruto, te quiero —susurró ella, rodeándole el cuello con los brazos mientras se apretaba contra su cuerpo.

—Y yo también te quiero —murmuró él contra su pelo, sintiendo el cálido aliento de Hinata en el cuello—. ¿No te preguntas por qué el mundo que te rodea se ha vuelto de repente tan lunático?

—Lo que me pregunto es por qué ha tenido que existir este día, por qué me habré despertado hoy en vez de hacerlo mañana... Y también me gustaría saber por qué se te ha ocurrido poner una mesa en un lugar tan inoportuno, con la que ha de tropezar sin remedio cualquiera que cruce precipitadamente esa sala.

Y entonces hicieron el amor, con una pasión más intensa que nunca; fundidos el uno en el otro, se entregaron a sus mutuas caricias y los desagradables incidentes de la velada pronto cayeron en el olvido.

A LA MAÑANA SIGUIENTE Naruto comprendió muy bien la frustración que Hiruzen experimentó cuando fue a verle para hablar de Shion. Hinata había recuperado el dominio de sí misma. Sentada a la mesa del desayuno, con las manos entrelazadas ante ella, escuchó obedientemente la razonable repetición que efectuó Naruto de las observaciones y advertencias de Hiruzen. Tuvo entonces una dolorosa experiencia de primera mano.

—Estás equivocado —se limitó a decir ella cuando Naruto llevaba ya casi veinte minutos hablando.

Naruto se reclinó en la silla y se frotó la frente. Luego emitió un leve suspiro y dejó caer la mano con gesto de fatiga.

—Hinata, no comprendo cómo una persona tan perceptiva como tú puede dejarse engañar de ese modo. Pero la naturaleza humana no siempre es razonable. A veces, lo más difícil del mundo es ver con claridad cómo son quienes nos rodean. La gente no puede creer que aquellos a quienes ama los utilizarán de una manera tan egoísta e insensible.

Hinata estaba muy erguida en su silla, tamborileando con las puntas de los dedos sobre la mesa.

—Escúchame, Naruto. Ya has dicho lo que tenías que decir y ahora me toca a mí. Estás completamente equivocado con respecto a Shion, y Hiruzen también. Tiene sus defectos, no voy a negarlo, pero eso nos ocurre a todos. No me está utilizando, sino que me necesita, tiene necesidad de mi afecto, y me alegra que sea así. ¿No puedes comprenderlo? La quiero, Naruto, y deseo que lo sepa.

» Según ustedes, tú y Hiruzen, parece como si tuviera que sufrir toda su vida por culpa de un accidente. Tanto a eso como a todo cuanto hace habéis de ponerle connotaciones oscuras. Pues bien, no es «peligrosa» para mí como los dos parecéis pensar de un modo tan absurdo. Es dulce, hace lo que puede y a veces lo pasa muy mal. En cuanto a mí, quiero procurar hacerle las cosas un poco más fáciles.

—¿Y qué me dices de anoche? —preguntó Naruto con calma.

—Naruto, no conoces muy bien a Shion. Se trastorna con facilidad. Y anoche me dijo cosas que yo sospechaba desde hace mucho tiempo, cosas que sólo ella y yo comprendemos. ¡Ha estado muy sola! Ya oíste lo que dijo. Ha intentado huir del sufrimiento por todo lo que ha perdido. Puedo comprender por qué la Navidad es tan importante para ella, una cálida y consoladora Navidad.

Naruto emitió otro suspiro exasperado y deslizó un dedo por el cuello de su camisa blanca. ¿Qué había dicho Hiruzen? «No se necesita tiempo para conocerla.» Cuán cierto era. Entonces expresó en voz alta otra de las afirmaciones de Hiruzen.

—Lo siento, Hinata, pero no creo ni por un momento que haya vuelto a casa porque está sola.

Ella empezó a interrumpirle, pero Naruto continuó:

—Sí, ya sé que te lastima, pero de eso es de lo que estamos hablando, ¿no? De cómo te hiere Shion. No sé por qué ha venido, pero al igual que Hiruzen tengo serias dudas de que haga algo sin tener un fuerte motivo. Un motivo totalmente egoísta. ¡No!— dijo con brusquedad, silenciándola de nuevo—. Escúchame hasta el final y luego dejaremos el tema.

» Es evidente que no vamos a ponernos de acuerdo, y ambos tenemos que aceptarlo, pero escúchame. Shion te utiliza, Hinata, lo creas o no, y al hacerlo te hiere una y otra vez. Para ser sincero, creo que lo mejor que podrías hacer por ti misma es alejarla de tu vida. Me gustaría que así fuera, pero como eso no va a suceder, por lo menos entiéndela, comprende cómo te usa. Escucha sus palabras, Hinata. Son la clave. «Si me quisieras de veras...» ¡Por Dios! ¿Cómo puedes dejarte engañar así?

—Como has dicho, Naruto, no vamos a ponernos de acuerdo en el tema, así que lo dejaremos —replicó ella fríamente—. Hay cosas entre Shion y yo que hacen que nuestra forma de tratarnos sea distinta a la de otras personas, pero no voy a tratar de hacértelo comprender, porque sin duda es imposible. Me asombra y me molesta no poco descubrir que precisamente tú sufres los mismos engaños sobre todo esto que Hiruzen, pero ése es problema tuyo, no mío.

—Entonces, ¿no vas a invitar a Hiruzen por Navidad?

Hinata emitió un suspiro y abrió la boca para hablar, pero no pudo decir nada.

—Es doloroso, ¿verdad? Te duele hacer lo que Shion desea, ¿no?

—¡Naruto, es importante para ella!

—¿A quién esquivas al no responder a mi pregunta? ¿A mí o a ti misma? No importa. Es una pregunta a la que puedes responder en tu interior. —Hizo una pausa y se quedó mirándola, sintiendo un impulso protector—. En cualquier caso, ya he tomado medidas para que no tengas que vivir con esta pesadumbre durante el resto de tu vida.

Hinata frunció el ceño.

—¿De qué estás hablando?

—Me refiero a que yo mismo he invitado a Hiruzen por Navidad. Hablé con él esta mañana, después de llamar a la escuela para decirles que no irías.

Ella alzó la cabeza, indignada.

—¡Naruto, no tienes derecho a hacer eso!

—Por el contrario, Hinata, tengo todo el derecho. Es mi casa, ¿recuerdas? Puedo invitar a quien quiera, y deseo invitar a Hiruzen, el cual ha aceptado.

—Naruto...

Su renovada objeción no llegó demasiado lejos, y se preguntó por qué. Porque sabía que la decisión de Naruto era irrevocable. Tendría que encontrar la manera de explicarle a Shion que el asunto había quedado fuera de sus manos, y no se detuvo a considerar lo que aparecía en el fondo de sus pensamientos, y que tal vez era una débil sensación de alivio.

Naruto pareció leer su mente.

—Bien, así son las cosas y así serán en el futuro. Estoy decidido a impedir cualquier maquinación de Shion. Puedo hacerlo y lo haré hasta que por fin comprendas cómo es en realidad. Y, en definitiva, eso es algo que has de hacer por ti misma. Ahora, fin de la discusión.

—Fin de la discusión —repitió Hinata con firmeza, y decidida como siempre a tener la última palabra cuando se trataba de Shion, añadió—: y no lo discutiremos más.

Naruto se limitó a mirarla; observó su expresión decidida, la rigidez de sus hombros. No tenía dudas de que habría seguido adelante y desairado a Hiruzen, por mucho que le doliera. Y de repente sintió una punzada de inquietud al pensar en cuántas cosas más se vería obligada a renunciar, a pesar suyo.

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Continuará...