Capítulo 16


Cuatro días de duro trabajo sin saber de Sasuke amenazaban con volver loca a Sakura. Homura y Ko intentaban alegrarla, pero ella notaba una profunda pesadumbre en el corazón que hacía que constantemente sintiera ganas de llorar. ¿Qué ocurría? ¿Por qué se descubría pensando en Sasuke como una quinceañera, cuando sólo le había dicho cosas vulgares, como que no deseaba nada más de ella aparte de sexo y diversión?

Ese día, Óbito decidió quedarse con las chicas para ayudarlas a arreglar la valla del prado. No obstante, se trataba de una excusa, pues lo único que quería era estar junto a Temari.

Sakura se sentía muy incómoda en su compañía, y en varias ocasiones se descubrió observándolos con cierta envidia. Algo desconocido hasta entonces para ella de nombre «celos» había llamado a su puerta con brusquedad. Trató de odiar a Sasuke con todas sus fuerzas, pero no podía. Le gustara o no la dureza de sus palabras, éstas hicieron que Sakura comenzara a reflexionar.

¿Por qué ella no podía sonreír como Temari? ¿Por qué su hermana era capaz de amoldarse a todo y ella a nada? Esas preguntas martilleaban en su cabeza sin cesar. De pronto, cada sonrisa que recibía por parte de Ko, de Homura, de Karin o de cualquiera de los que allí vivían le llegaba al alma. ¿Sería cierto eso de que Escocia te cambiaba?

Sin embargo, la desesperación que sentía esa mañana estaba pudiendo con ella. Ver a su hermana reír como una tonta y a Óbito responder con guiños cómplices hizo que Sakura pagara el pato con la persona con la que más confianza tenía.

—Te has acostado con él, ¿verdad? —le espetó a Temari.

—Pues no. Pero no por falta de ganas —repuso ella mirándola asombrada—. ¿A qué viene ahora esa pregunta?

—¡Eres una mentirosa! —bramó Sakura.

—Oye, Saku. ¿Qué te pasa?

—Me pasa que quiero regresar a casa —contestó ella furiosa—. ¡Eso me pasa! Tengo el pelo deshidratado y las puntas abiertas. Los poros de mi cara son tan grandes como la boca del metro. Tengo las uñas rotas, mi cuerpo necesita una sesión de spa, y como siga comiendo como lo hago aquí regresaré a Madrid como una foca. ¿Quieres que siga?

—¡Qué exagerada eres, por Dios!

—No soy exagerada —gimoteó ella, consciente de que su mentira no se sostenía—. Soy realista.

—¿Seguro que es eso lo que te pasa? —murmuró Temari levantando las cejas.

Ella sabía por qué su hermana estaba tan tensa. Era por causa de Sasuke. Sin embargo, no estaba dispuesta a decir nada hasta que aquella cabezota acudiera a ella para hablar.

—Me va a venir la regla —se excusó Sakura—. Nada más.

—Bueno, pues tranquilízate. No hace falta que te lo tomes todo tan a pecho. Relájate y disfruta de un precioso día como el de hoy.

Sakura estaba a punto de gritar. ¿Cómo se disfrutaba de un precioso día? Y, harta de las sonrisitas que en aquellos momentos Óbito y Temari se dedicaban, chilló:

—¡Parece que te gusta sufrir: primero Shikamaru y ahora este idiota! ¿Es que no te das cuenta de que te está utilizando para divertirse? ¿Cómo eres tan tonta?

Su hermana la miró furiosa.

—Eres una víbora mala, mala, mala... ¿Cómo me mencionas a Shikamaru en este momento?

Al oírlas discutir y manotear, Óbito se acercó hasta ellas. Cogió una botella de agua y bebió a morro.

—Mira a Chewbacca —comentó con malicia Sakura—. Se cree que está protagonizando el maldito anuncio de Coca-Cola Light.

—Siento decirte, querida hermanita, que cada vez que veo a ese al que tú llamas Chewbacca, para mí son las once y media.

—Y ¿ahora quién tiene el gusto de un calamar en adobo?

—Ya está bien, ¿no crees? —replicó Temari mosqueada—. Sabes muy bien a qué me refiero —prosiguió Temari en español, para que los demás no las entendieran—. Estás jodida porque tu cromañón se ha ido, ¿verdad?

—¡¿Cómo?! —gritó ella incapaz de ser sincera—. ¡Tú estás tonta!

—Mira, no pienso hablar de ello. Si quieres algo ya sabes dónde estoy.

—Paso —respondió Sakura cogiendo más alambre.

—Me parece muy bien que pases, pero hazme un favor: deja de poner esa cara de dóberman cada vez que ves que Óbito se acerca a mí. A partir de ahora, abstente de hacer comentarios nefastos e hirientes si no quieres que yo me comporte como tú. Déjame disfrutar de mi vida mientras tú jorobas la tuya.

—¿Por qué dices eso?

—Saku, ¡no te soporto cuando te pones así! —chilló Temari exasperada—. ¿Acaso crees que no me doy cuenta de que llevas días pasándolo mal? ¿Por qué coño llevas esa ropa? —dijo dándole un tirón a la sobrecamisa de Sasuke—. Hasta hace poco, según tú, era un trapo de limpiar. ¡Vamos, hombre, por Dios!

—Temari, yo sólo lo digo porque cuando volvamos a...

—Cuando volvamos a casa —sentenció Temari—, será mi problema, no el tuyo.

—De acuerdo. —Sakura no quería dar su brazo a torcer—. Espero no tener que consolarte y decir: «Te lo dije».

—Tranquila —ladró Temari consciente de que Óbito estaba cerca—. Necesitaré cualquier consuelo menos el tuyo. La misma confianza que tienes tú conmigo será la que yo tendré contigo.

—¿Qué os ocurre? —preguntó entonces él.

—Que tengo ganas de darle un puñetazo a alguien —contestó Sakura.

—Eso es fácil —dijo Óbito que, alzando la mano, agregó—: Aprietas tu mano así, miras al punto que quieras dar y lanzas un derechazo con todas tus fuerzas.

—Gracias por la lección, Bruce Lee —se mofó Sakura ante la seriedad de su hermana.

—Ven aquí —le pidió Temari, cogiendo a Óbito de la mano—. Vámonos, necesito un poco de aire fresco antes de que ponga en práctica la técnica que acabas de explicar.

Aún más furiosa que momentos antes, Sakura los siguió con la mirada mientras desaparecían por la loma.

La tensión entre las dos hermanas se palpaba en el ambiente. No volvieron a mirarse ni a dirigirse la palabra durante el resto de la mañana. Cuando la furgoneta pasó a recogerlas para regresar a la casa principal, Sakura estaba de un humor de perros, y Temari no estaba mucho más contenta que ella.

Ese día la jornada acabó más pronto de lo habitual. El domingo era el cumpleaños de Homura, y las mujeres tenían pensado ir a Dornie de compras, algo que en cierto modo las alegró, aunque no tanto como a Karin, que estaba histérica porque Sakura le había prometido comprar varias cosas que la ayudarían en su plan para conquistar a Suigetsu.

—¿Podrías subirle este caldo a Homura? —preguntó Ko a Sakura—. Me marcharé más tranquila de compras sabiendo que tiene algo en el estómago.

—Sí. Sí, por supuesto —asintió ella, tomando el cuenco y la cuchara.

Una vez hubo salido de la cocina, subió la escalera iluminada por la luz de la tarde hasta la habitación de Homura. Los dos últimos días se sintió más cansado de lo habitual, por lo que no había bajado a la cocina para estar con los demás. Prefería permanecer a solas en la habitación, para pensar, como él decía.

Tras llamar con los nudillos a la puerta, Sakura entró y fue recibida por una de sus cariñosas sonrisas.

—Vengo a traerte un caldito —le anunció sonriendo ella a su vez—. Y te lo vas a tomar entero porque, si no, Ko me regañará a mí.

—Entonces, no se hable más —dijo él mesándose el cabello cano con sus envejecidas manos.

Como su pulso no era muy firme, Sakura fue dándoselo poco a poco. Nunca le había gustado cuidar a los enfermos, pero Homura era diferente.

—Muchacha, esto no se acaba nunca —protestó él, sintiendo cómo le ardía la garganta.

—Tres cucharadas más —indicó Sakura de pie—, y te prometo que se acaba.

Sin rechistar, el anciano siguió comiendo y, cuando terminó, la sonrisa de satisfacción que ella le dedicó recompensó con creces su esfuerzo.

—Muy bien. Ahora, Ko y yo estaremos felices por ti.

—Serías una estupenda enfermera.

—Ufff... Creo que te equivocas, Homura. No me gusta cuidar a los enfermos. No tengo paciencia.

—A mí no me da esa sensación.

—Sólo he cuidado a un enfermo en mi vida —añadió ella—: a mi padre.

Homura pudo ver tristeza en la mirada de Sakura, a pesar de que ella trataba de disimular.

—Intuyo que tu padre murió —expuso él palmeando el colchón para que se sentara a su lado.

Sakura obedeció. Aunque ella no se dio cuenta, en ese mismo instante se abrió la puerta de la habitación, alguien entró y se llevó el dedo índice a los labios para indicarle a Homura que no dijera nada. El anciano asintió.

—Falleció cuando yo tenía dieciséis años.

—¿De qué murió?

—Eh... —Sakura dudó incómoda.

—Entiendo —tosió Homura, intuyendo la respuesta—. Escucha, muchacha —dijo cogiéndola de la barbilla para mirarla—. No es fácil aceptar la enfermedad para el enfermo, pero cuando por desgracia te toca vivir con ello, no puedes hacer otra cosa más que intentar disfrutar de los tuyos cada segundo de vida. Y, aunque nos conocemos desde hace poco, estoy seguro de que tu padre fue feliz hasta el final.

—Sí —asintió ella sin poder decir nada más. Adoraba a su padre.

—No conozco a tu madre, pero sólo con ver las dos hijas tan maravillosas que tiene puedo hacerme una idea de cómo es.

—Te sorprendería —señaló Sakura sonriendo al pensar en ella—. Es alegre y vivaz como Temari, nada que ver conmigo.

—Tú eres alegre.

—No mientas —repuso ella con tristeza—. Yo soy sosa y aburrida.

—No, muchacha, no lo eres. Tu madre debe de estar muy orgullosa de vosotras, ¿no es así?

—De Temari, sí, pero de mí, creo que no. Aunque tampoco lo merezco, yo...

—¡Por san Fergus! ¿Cómo puedes decir eso? Los padres siempre estamos orgullosos de nuestros hijos y, aunque a veces nos decepcionen, nunca dejan de ser nuestros hijos. —Tras un momento de silencio, Homura prosiguió—: Ko y yo adorábamos a nuestras hijas, a las que por desgracia el destino nos robó demasiado pronto.

—¿Las madres de Sasuke y de Óbito? —preguntó Sakura intrigada.

—Sí, muchacha, Mikoto e Isabella —contestó el anciano, sonriendo al recordarlas.

—Mikoto... —musitó Sakura—. Qué nombre tan romántico.

—Así se llamaba mi madre también —declaró Homura.

—Me parece un nombre precioso.

—Mikoto era romántica, como su nombre, y se enamoró demasiado pronto de un muchacho que yo creí que no le convenía, lo que hizo que estuviéramos un tiempo enfadados. Pero cuando nació Sasuke, e Mikoto y su esposo vinieron a casa para mostrárnoslo, todo quedó arreglado, pues nos dimos cuenta de lo mucho que nos queríamos y de que nos habíamos echado terriblemente de menos. Gracias a ello comprobé que estaba equivocado respecto al padre de Sasuke, que era un muchacho excelente. Un año después se casó Isabella, y la felicidad cuando nació Óbito fue completa. Sin embargo, una noche de lluvia, cuando regresaban de una fiesta en Edimburgo, su coche se estrelló y los cuatro murieron en el acto.

—¡Qué horror, Homura!

—Sí, muchacha. Fue algo terrible, y más aún cuando estuvimos a punto de perder la custodia de Sasuke.

—¿Por qué?

El anciano cerró entonces los ojos. Se había dejado llevar por los recuerdos y había estado a punto de meter la pata, por lo que decidió centrarse en sus palabras.

—Cosas de familia que con los años se arreglaron —contestó quitándole importancia—. Pero, gracias a Dios, mis hijas nos ayudaron desde el cielo, y tanto Óbito como Sasuke crecieron felices a nuestro lado. Al igual que sus madres, ellos han sido y son nuestra mayor alegría, y estoy seguro de que tu madre pensará lo mismo de ti.

—Homura, yo no soy la mujer que crees.

—¿Ah, no? —exclamó el anciano—. ¿Eres un espectro?

—No —repuso Sakura esbozando una sonrisa—, pero la facilidad que tengo para comunicarme contigo no la tengo con el resto del mundo. Ni siquiera con mi madre.

—No me lo creo —replicó él, y clavando sus ojos en ella, preguntó—: ¿Tus padres te enseñaron los valores de la vida?

—Sí —asintió pesarosa—, por supuesto que sí.

—¿Entonces?

La pregunta la pilló por sorpresa. ¿Cómo explicar su actitud ante su familia y el resto del mundo durante todos aquellos años...?

—Cuando papá murió, mi madre se vino abajo. Durante unos años, a pesar de mis esfuerzos, las deudas nos comían, mamá se dio a la bebida y yo no supe ayudarla.

—Lo siento, muchacha —murmuró Homura apretando su mano.

—Estaba tan harta de la miseria, de los gritos y de las borracheras de mamá, que decidí alejarme de ellas. Deje atrás a mi familia y me convertí en otra persona.

—Eso es imposible —aseveró el anciano—, nadie deja de ser como es.

—Sí, Homura. Yo lo hice —afirmó Sakura mirándolo a los ojos—. En mi empeño por borrar mi pasado, abandoné a mi hermana al cargo de una madre borracha y de cientos de deudas. Me construí una vida donde el corazón y los sentimientos sobraban. Pasé de ser Sakura, una muchacha de barrio, a Sakura Haruno Senju, jefa del departamento de publicidad en RCH. Una mujer fría y despiadada a la que todos respetan por miedo, pero a la que nadie quiere. Incluso creí encontrar una nueva familia que me llenó de lujos y de presuntos amigos, que a excepción de regalarme el oído nada me aportaban. Pero ¿sabes una cosa, Homura? Cuando creí tenerlo todo, el día antes de mi boda, descubrí que lo único verdadero que tenía, a pesar de haberla rechazado, era mi familia.

—Debes de estar orgullosa de ellos, muchacha.

—Lo estoy. Y querría que mamá supiera cuánto la quiero.

—Algo me dice que ella lo sabe. No te preocupes.

—Pero yo lo necesito —manifestó Sakura con un suspiro, aliviada de poder soltar aquella carga—. Necesito que sepa que la adoro y que estoy orgullosa de cómo es. Por nada del mundo me gustaría que ella fuera lo que durante mucho tiempo deseé.

—¿Qué deseaste?

—Deseé que mi madre no fuera... que no fuera ella, y que otra mujer, adinerada y con estilo, me hubiera parido —susurró tapándose la cara con las manos—. ¡Dios mío, Homura, soy una persona horrible! Admitir todo esto me hace ver la clase de mujer en la que me he convertido. Temari tiene razón: soy una víbora mala que todo lo que toca lo destruye.

—No te martirices, muchacha —le aconsejó Homura al tiempo que la abrazaba—. Temari te adora.

—Y yo a ella —confesó al recordar la discusión de aquella mañana—. Pero a veces me comporto de una forma tan cruel con ella que al final llegará a odiarme. Me gustaría tener su espontaneidad, ser capaz de decir lo que realmente deseo.

—Debes vencer esas barreras, Sakura, o de lo contrario nunca serás feliz.

—Lo sé —admitió ella secándose las lágrimas—. Creo que las barreras que usé durante años para que nadie me hiciera daño se han vuelto ahora contra mí.

—¿Sabes, Saku? —oyó entonces una voz a su espalda—. Soy especialista en saltar barreras.

Era Temari, que, oculta entre las sombras, había escuchado la conversación con el corazón en un puño.

—Temari, yo... —intentó decir Sakura, pero la emoción la pudo.

—Aunque tus barreras sean más altas que la Torre Picasso, las saltaré. Y ¿sabes por qué? Porque tú eres parte de mí y, a pesar de que a veces desee estrangularte por ser una petarda esnob y gruñona..., te quiero. Y, sobre todo, porque yo no voy a poder ser feliz si tú no estás a mi lado y lo eres también. ¿Te ha quedado claro?

Turbada, Sakura asintió, y se fundió en un cariñoso abrazo con su hermana que expresaba todo lo que no era capaz de comunicar con palabras.

Por su parte, el anciano, emocionado también, se enjugó las lágrimas con la esquinita de la sábana.

—Homura —murmuró Sakura al verlo—. ¡Ay, por Dios, no llores! Eso es lo último que quiero —dijo abrazándolo con ternura.

—Pero bueno —dijo Temari intentando que sonriera—. ¿No se supone que los highlanders no lloran? —Y, uniéndose al abrazo, agregó—: Pues vaya chasco, Homura. Un highlander como tú llorando por memeces de mujeres.

—No estoy llorando yo, muchacha —asintió él feliz mientras las abrazaba—. Es mi corazón el que llora.