Disclaimer: Esta historia no me pertenece al igual que los personajes. ADAPTACION


Capítulo 16

Domingo, 10.18 a.m.

—Es un buen trabajo —dijo Edward, hojeando los tres informes mientras la limusina se dirigía a su oficina en el centro.

Seth Clearwater todavía jugueteaba con la corbata que Isabella le había devuelto.

—Gracias, señor —dijo aclarándose la garganta—. Me disculpo por mis acciones de antes. Yo no...

—Wilder te pidió que esperases en el despacho. Y no has hecho nada inapropiado. —De hecho, no había hecho nada de nada, pero Isabella podía ser difícil de tratar, en el mejor de los casos. Al menos Clearwater no se había meado encima al ser asaltado por una mujer vestida con una camiseta de tirantes y un tanga.

—No era ésa la primera impresión que deseaba causar.

Ed sacudió los informes.

—Consideraré esto como tu primera impresión. —Echó un vistazo al hombre de menor edad que tenía sentado frente a él. En realidad, habían coincidido en varias ocasiones, y aunque trabajaban en campos diferentes de CullenCo., había visto el trabajo del tipo y no había recibido más que elogios por parte de los superiores de Clearwater—. Sea como sea, ¿cuándo llegaste a Nueva York?

—El vuelo aterrizó a las siete de la mañana, señor.

—Llámame Ed, por favor. ¿Te ha buscado Sarah un lugar donde quedarte?

—No estaba segura de cuánto tiempo estaría usted en la ciudad. Le dejé mi equipaje a su mayordomo hasta que pudiera...

—Te quedarás en el cuarto de invitados —decidió Edward—. Nos quedaremos en Nueva York otra semana más, en principio. —Salvo que sucediera una catástrofe, claro estaba—. Dispondrás de un espacio considerablemente mayor en Palm Beach.

—Si me permite que lo pregunte, la dama, la señorita Swan, ¿ella es...? Quiero decir, ¿hay algo que deba saber a fin de realizar mi labor?

—Es poco probable que Isabella te haga otro placaje de nuevo. —Ed se contuvo de sonreír—. Robaron en casa hace unos días, como seguramente debes de haber oído. Hemos estado un poco nerviosos. —Técnicamente, habían entrado tres veces, al parecer el mismo tipo todas ellas, pero eso no era para divulgarlo de forma pública.

—Entiendo, señor... Ed. Naturalmente, debería haber anunciado mi presencia, pero... supuse que estaba ocupado.

Sí, en la habitación contigua. Ed volvió con el papeleo. Si Clearwater había escuchado parte de su conversación con Isabella, eso podría explicar la prisa del tipo por tratar de salir del despacho, y su manifiesto nerviosismo de esos momentos. Por otra parte, podría ser que Seth hubiera escuchado mientras mantenían relaciones sexuales, o tal vez se trataba de los nervios del primer día de trabajo.

Aunque Edward no había sido nunca paranoico en exceso, con Bella en su vida, sería una locura no ser un tanto cauto y prudente.

—Hoy debería ponerte en antecedentes —prosiguió. Se ganaba la vida midiendo a los oponentes; evaluaría a Clearwater del mismo modo—. Tengo un precio: ochenta y siete millones. Lo que no tengo es un plazo límite para cerrar la operación, o un acuerdo final por parte del ayuntamiento respecto a la revalorización del impuesto sobre la propiedad e incentivos fiscales.

—Durante el vuelo me documenté acerca de la titularidad comercial de propiedades en Nueva York —dijo Clearwater.

—Excelente —respondió Ed—, porque vas a presidir la reunión. Yo tengo otro asunto del que ocuparme esta mañana.

Su nuevo ayudante lo miró sin dejar de parpadear.

—Le ruego me disculpe, Ed, pero me leí un libro. Estoy más que dispuesto a ayudar, pero, francamente, me preocupa que pueda liarlo todo más que otra cosa.

—Deja que nuestros abogados se ocupen de las leyes estadounidenses y las inglesas, y estarán allí para aconsejarte. Haz uso de ellos. En estos momentos quiero ver qué puedes negociar en mi lugar. Conozco tu trabajo, y necesito saber si puedo o no contar contigo, Seth. Mejor averiguarlo cuanto antes.

—Yo... muy bien. No lo decepcionaré, Ed.

Ed le miró directamente a los ojos.

—Eso espero —dijo serenamente.

Le entregó el sobre a Clearwater y le hizo algunas sugerencias, a continuación, pidió a Ben que detuviera la limusina delante de la entrada del edificio.

—Tienes mi número de móvil por si necesitas contactar conmigo —dijo cuando Seth se apeaba del vehículo—. Regresaré dentro de una o dos horas.

—Gracias por la oportunidad, Ed.

Tan pronto como Clearwater hubo desaparecido por la puerta giratoria de cristal, Edward se recostó de nuevo.

—Ben, ¿cuál es el mejor lugar de Manhattan para que te vean?

—¿Para qué le vea, quién, señor?

—Todo el mundo.

—Times Square.

—Bien. Llévame allí.

No podía decirse que fuera un buen plan, pero tan sólo había dispuesto de esa mañana para ocurrírsele. Y ya había funcionado en otra ocasión, la primera vez que había intentado localizar a Isabella. Esperaba que su padre fuera la mitad de listo que ella.

Ben aparcó la limusina en doble fila, a poca distancia del Planet Hollywood.

—Señor, ¿está seguro de que quiere que le deje aquí? Está muy concurrido.

—Eso es lo que quiero.

—Pero le van a acosar. ¿Quiere que le acompañe?

—No. Regresa a la oficina. —E hizo una mueca—. Pero estate disponible para una misión de rescate, por si acaso.

—Sí, señor. Buena suerte.

Edward respiró hondo y se apeó de la limusina. Le gustaba la privacidad. Teniendo en cuenta cuánta gente le conocía, estaba sumamente agradecido por tener sus altos muros y su seguridad de alto nivel. La privacidad en Manhattan no era un problema, a menos que una celebridad apareciera en algún lugar frecuentado por turistas.

Con su traje azul de Armani, camisa oscura de color burdeos y corbata negra, tenía un aspecto de lo más reconocible. Y con eso era con lo que contaba.

Tardó un minuto y medio. Abriéndose paso como pudo por entre la marea de taxis, que no cesaban de tocar los cláxones, vendedores ambulantes, y lo que parecían medio millón de viandantes, paseó por delante del ABC Televisión Center, imaginando que sería un buen lugar para que le vieran. Un grupo de jóvenes, dos o tres años menores que Isabella, todas ellas vestidas de animadoras con «Texas Tech» bordado en las camisetas, se apiñaron alrededor de él.

—Usted es Ed Cullen, ¿verdad? —trinó una de ellas.

Ed les brindó su sonrisa fotográfica.

—Así es.

—¡Os lo dije!

—Oh, ¿podemos hacernos una foto con usted?

—Por supuesto.

—¿Qué hace en Nueva York?

—Busco propiedades inmobilia...

—¿Conoce a Donald Trump?

La sonrisa de Edward se tambaleó, y volvió a afianzarla de nuevo cuando algunos turistas más se unieron a las animadoras.

—Sí, le conozco.

—¿Le llama «Donald»?

—N...

—¿A quién le interesa Trump? —dijo alguien—. Cullen tiene más pasta.

—Es más mono; eso es cierto.

Durante diez minutos hizo las cosas que menos le gustaba hacer: posó para fotografías y firmó autógrafos. La multitud continuó haciéndose mayor y más bulliciosa, pero al menos nadie le había robado la cartera o pisoteado aún.

Un agente de policía se abrió paso a codazos entre la multitud. Ahora estaba llegando a alguna parte.

—¿Va todo bien, señor Cullen?

Ensanchó la sonrisa y más flashes se dispararon.

—Sí, muy bien. Lo que sucede es que se me ocurrió que a pesar de todo el tiempo que he pasado en Nueva York, nunca había paseado por Times Square.

—Bien. —El agente dijo algo por la radio que llevaba prendida al hombro. Al otro lado, en Broadway, dos policías montados se encaminaron estrepitosamente en su dirección. ¡Ya era hora! Y finalmente uno de los equipos de noticias que escuchaban la radio de la policía salió del estudio que se encontraba detrás de él.

—Ed Cullen —dijo el reportero, abriéndose paso a codazos por entre el gentío—, ¿qué le trae por Times Square?

Repitió para la cámara la versión que le había contado al policía.

—La semana pasada le fue robado un valioso cuadro. ¿Ha descubierto nuevas pistas la policía?

—No. Tengo una reunión con Charlie, mi abogado, al mediodía. Imagino que vendrá a mi oficina.

La reportera cuyo nombre no lograba recordar se le quedó mirando por un momento, acto seguido, adoptó de nuevo su sonrisa profesional.

—¿Y qué puede decirnos de su novia, Isabella Swan? ¿Continúa la policía considerándola persona de interés?

Con el deber cumplido, Edward permitió que su sonrisa se tornara fría.

—Yo estoy personalmente interesado en ella, sin duda. En cuanto a la policía, eso tendrá que preguntárselo a ellos.

—¿Sonarán campanas de boda para usted este año, pues?

Ed la miró.

—Sin comentarios.

Estaba hecho. La entrevista sería emitida en las noticias matinales de las once en punto. Lo único que tenía que hacer a continuación era regresar a la oficina y esperar a que Charlie viera las noticias con tanta diligencia como Isabella, y que Veittsreig no, o que no estableciera una relación. Con respecto a lo extraño que pudiera parecer en el reportaje, era británico, y eso lo disculpaba casi todo.

.

.

.

—Mosquetones y cuerda de escalar, en orden —dijo Black, saltando al asiento del pasajero del Jeep Cherokee negro que había alquilado.

Isabella se incorporó de nuevo al tráfico.

—Esto es un rollo —gruñó—. De haber sabido que iba a perpetrar un robo en Nueva York, me habría traído mi propio equipo.

—¿Me equivoco o estás revolucionada por este asunto?

—Venga ya, lo de la otra noche fue una cosita de nada. Este es mi gran chute en cinco meses. No dejé el trabajo porque no me gustara.

Black se cruzó de brazos.

—Entonces, ¿por qué lo dejaste? Porque si estoy trabajando en una maldita oficina y concertando consultas sin un buen motivo, me voy a mosquear como una mona.

—Lo dejé porque tuve una muy larga racha de buena suerte, y tarde o temprano se me iba a acabar. Y porque tres personas fueron asesinadas a causa de mi último golpe. —Y debido a ese golpe había conocido a alguien que, por primera vez, la tentaba más que la mezcla de peligro y adrenalina de su antigua vida.

Era obvio que Black también conocía aquella parte, tanto si ella deseaba hablar de eso como si no, porque el ex perista dejó escapar un bufido al tiempo que arrojaba el equipo al asiento trasero.

—Dirígete hacia la Sesenta y tres. Conozco a un tipo que conoce a un tipo que podría proporcionarte un divisor electrónico de frecuencia.

Sonó su teléfono. Comprobó el número, con el ceño fruncido, pero lo único que pudo averiguar era que quienquiera que llamase lo hacía desde algún lugar de Manhattan.

—Hola —dijo, atendiendo la llamada.

—¿Es por eso por lo que me animaste a que saliera con Eleazar Denali? —le dijo la voz de Tanya, su cabreo se evidenciaba en la perfecta dicción británica de su discurso—. ¿Porque sabías que ibas a robarle al día siguiente?

—¡Ay que joderse! No he tenido nada que ver con eso, Tanya. No todo gira en torno a ti.

—¿Por qué, porque tiene que girar en torno a ti?

—Oye, que me has llamado tú.

—Porque no voy a consentir que abusen de mí. Te ayudé y así es como me pagas mi caridad. Esto es aún peor que lo que me esperaba de ti.

—¿La ex? —murmuró Black.

Bella asintió. El día menos pensado iba a hablar muy seriamente con Ed acerca de cómo era posible que se hubiera casado con aquella mujer. Al fin y al cabo, era él quien había introducido a la ex en sus vidas. Ella jamás se habría casado con Tanya; pero claro, su tolerancia para las gilipolleces era menor que la de Ed.

—Emparejarte con Eleazar era mi forma de corresponder a tu caridad. El resto probablemente no sea más que tu habitual mala suerte. Tal vez necesites un exorcismo.

—Sólo para liberarme de tus garras.

Isabella dejó escapar un bufido.

—No te quiero cerca de mis garras. Y en este momento estoy ocupad...

—Destruir mis oportunidades con dos hombres no te ha bastado, ¿verdad? ¡Tienes que tenderme una trampa para poder hundirme de nuevo!

—Fuiste tú quien le puso los cuernos al único hombre bueno de tu vida, luego te casaste con un asesino y saliste con otro. Cúlpales a ellos por cabrearme, y a ti misma por ser una ilusa. Yo no le he robado nada a Eleazar Denali. Adiós. —Cerró cabreada la solapa del móvil—. Ya tengo el día completo.

—¿De qué te culpa? —preguntó Black.

—Le insinué que era posible que le gustara a Eleazar Denali, así que ahora piensa que fue porque le han robado, y que la estoy saboteando otra vez.

—Por eso no intento emparejar a nadie.

—Gracias por tu apoyo.

—Eh. Gira a la derecha si quieres esquivar esa edificación de allí.

Asintiendo, Isabella puso el intermitente y viró a la derecha. Un Lincoln azul realizó el mismo giro dos coches por detrás de ellos. Al igual que también media docena de taxis, y cuando se pasó al siguiente carril, no la siguió.

—Tienes que girar a la derecha en la próxima esquina —señaló Black.

—Lo haré. Solamente actúo como si fuera una turista. —Esperó hasta que estuvieron a once metros del semáforo, luego se metió de golpe en el carril de la derecha y giró. Tras dar el intermitente y con algo más de velocidad, el Lincoln también dobló.

—¿Qué pasa? —preguntó su copiloto con la mirada clavada en el espejo retrovisor.

—Lo más seguro es que esté siendo paranoica. Pero si es uno de los hombres de Uley, no quiero que me vea recogiendo un divisor de frecuencia. Y si es uno de los de Vladimir, no quiero que sepan que estás en el ajo.

—¿Los teníamos detrás en la última parada?

—No que yo sepa.

—Entonces no. Gira otra vez y a ver qué pasa.

Poniendo el intermitente y haciendo el cambio de carril, esta vez en el orden correcto, dobló nuevamente. El Lincoln hizo lo propio, colocándose justo detrás en esta ocasión. Era evidente que este tipo había estado fijándose en sus regates previos con los taxis, y no iba a dejar que se escapase dando un giro en el último minuto.

—Despístalos.

—Tú alquilaste el coche. Si nos metemos en una persecución, será a ti a quien localicen.

—Ya habrán comprobado la matrícula, cielo. —Esbozó una amplia sonrisa—. ¿De verdad crees que utilizaría mi verdadera identidad? Isabella exhaló de alivio.

—Al menos uno de los dos no ha perdido la forma. ¿A nombre de quién está alquilado el coche?

—A nombre de Antoine Washington. De Brooklyn.

—Ah, una de las viejas normas. Saca el equipo del asiento trasero, ¿quieres?

Alargando la mano, recogió el equipo de escalar, el bote de pintura negra y los cortadores industriales de vidrio, metiéndolo todo en la mochila que Bella había llevado para la ocasión. Luego se abrochó el cinturón de seguridad.

—¿Preparado? —preguntó Isabella, sacando un trapo de su bolso y limpiando el volante, la palanca de cambios y la manilla de la puerta antes de dárselo a Black para que hiciera lo mismo en su lado. Se puso sus guantes de piel y aferró de nuevo el volante.

—Preparado.

—Agárrate. —Pisó el acelerador, poniendo cierta distancia entre el Jeep y el Lincoln. Luego metió marcha atrás y pisó a fondo. La parte trasera del Jeep se estrelló contra el Lincoln. Con un golpe seco, que pudo escuchar aun con las ventanillas subidas, saltaron los airbags del Lincoln. Poniéndose de nuevo en marcha, viró rápidamente a la derecha y luego a la izquierda, a punto de llevarse un taxi y un puesto de perritos calientes por delante. Aminoró la marcha en el siguiente giro a la izquierda, volviendo al límite de velocidad establecido por la ley.

—Hay un aparcamiento a la derecha —dijo Black, comprobando el retrovisor lateral. Bella ya había echado un vistazo por el suyo. Nadie les seguía.

—Lo veo.

Bajó la rampa, sacó un ticket y aparcó el Jeep. Limpió las llaves del coche y las arrojó al asiento antes de bajarse y cerrar las puertas del coche utilizando el trapo, primero uno y luego otro. El coche seguramente habría desaparecido al cabo de diez minutos, pero eso sería beneficioso para ella.

—No creo que estés perdiendo la forma, cielo —dijo Black, entregándole la mochila y precediendo el camino hasta las escaleras—. Ha sido estupendo.

—Gracias. Tan sólo espero que el tipo del Lincoln fuera un policía. —

Cargándose la mochila al hombro, le siguió hasta la calle—. ¿Qué te parece si dividimos el resto de la lista de la compra y me reúno contigo delante de la Torre Trump a las...? —Echó un vistazo a su reloj—. ¿A las tres? Eso nos da otro par de horas.

Black asintió

—Iré a por el divisor electrónico y los alicates. Tú ve a por las gafas de infrarrojos y a por el termómetro.

—Y luego prepararemos el plan.

Dejó que Black encontrase un taxi primero, a continuación anduvo otra manzana antes de parar uno. Podía escuchar múltiples sirenas en la distancia, pero dado que nadie en la calle reaccionaba o miraba alrededor, tampoco ella lo hizo.

Cuando se acomodó en el asiento trasero del taxi, un Mercedes Benz alquilado pasó de largo por su lado a una velocidad superior a la permitida. Pudo ver brevemente un cabello negro y un par de gafas de sol RayBan. Eleazar Denali. Toda una coincidencia, a menos que también él la hubiera estado siguiendo. ¿Sospechaba acaso que le había robado el Picasso?

—Siga a ese Mercedes —dijo, señalando.

—De acuerdo —el conductor arrancó—. ¿Es usted poli? —preguntó, chapurreando en inglés.

—Soy su esposa —respondió, adoptando una expresión herida y ofendida.

—No quiero disparos desde mi coche, señora.

—Tan sólo quiero saber a dónde va. Nada de disparos.

—Muy bien.

Denali dio la vuelta a la manzana, luego a la siguiente. Sí, la estaba buscando. Era demasiado bonito que le diera su apoyo invitándola a fiestas... aunque por entonces aún tenía su Picasso. Lo más probable era que Tany la hubiera traicionado. ¡Genial! El día menos pensado recibiría una llamada rechazando sus servicios. Si todo el asunto del robo tenía mayor repercusión en Palm Beach, Hale no sería el único que la llamaría desde allí. Tenía que preguntarle a Carlisle Facinelli para ver si alguien había cancelado sus citas con ella a causa de este embrollo. Maldito Charlie y maldito Vladimir Veittsreig. Si no podía trabajar como consultora de seguridad, no sabía qué demonios haría para evitar volverse loca.

—Ya es suficiente —le dijo al conductor. En su lugar le pidió que la acercara al hipermercado de electrónica más próximo. Lo más seguro era que Veittsreig y su banda tuvieran equipo de sobra, pero si iba a desempeñar el papel de una profesional, iría equipada adecuadamente. Era una cuestión de orgullo; al fin y al cabo, ella era Bella Swan, la hija de Charlie. La chica que había superado a su padre en el negocio y a la que éste guardaba rencor por ello desde entonces.

Pero, si tanto rencor le guardaba, ¿por qué lo había arreglado para que formara parte del golpe? ¿Pretendía que la pillara la INTERPOL, tal como parecía pensar Ed? Para ser sincera, lo ignoraba. Charlie la manipulaba igual que hacía con los demás, pero, después de todo, era su padre.

Dentro de la tienda de electrónica pasó de largo los televisores, los teléfonos móviles, los iPods y las Xbox 360. Únicamente disponían de dos clases de prismáticos de caza con visión nocturna e infrarrojos, pero el más ligero parecía servir. Normalmente se decantaba por un equipo de menor calidad, prefiriendo depender de su destreza y no de una pieza de ingeniería con diminutas partes susceptibles de romperse, pero el Metropolitano contaba con tecnología punta. Tendría que amoldarse.

A medio camino del pasillo de los televisores escuchó el murmullo de una voz conocida, y se detuvo. Ed, cuyo rostro aparecía multiplicado en alrededor de veinte aparatos, se encontraba en medio de una multitud, con el logotipo de Planet Hollywood por encima de su hombro derecho. Se acercó como un rayo al aparato de televisión más próximo y lo encendió.

—...arlie, mi abogado, al mediodía. Imagino que vendrá a mi oficina.

La periodista preguntó algo acerca de la tal Swan y luego sobre el matrimonio. Después del «sin comentarios» que respondió Ed, Isabella dejó de escuchar.

—Taimado hijo de perra —farfulló, apresurándose hacia la línea de cajas y pagando las gafas; no tenía ningún sentido que le echaran el guante por robar en una tienda mientras reunía material para un golpe de dos millones y medio de dólares.

Una vez fuera tomó otro taxi y se dirigió hacia Brookstone. Seguramente tendrían termómetros meteorológicos digitales. Y después iría a la oficina de Ed y averiguaría por qué demonios intentaba ponerse en contacto con su padre.

Edward se paseó tranquilamente a lo largo de los ventanales que cubrían una de las paredes de la sala de conferencias. Seth Clearwater se encontraba a su espalda, en la mesa de conferencias, ejerciendo su paciencia británica y su mordaz cortesía, había hecho ciertos progresos con la Comisión de Fomento de Nueva York.

Resultaba extraño mantenerse al margen durante una negociación pero ya había tomado la decisión de que su vida con Isabella no iba a discurrir del mismo modo que su matrimonio con Tanya Cullen Witherdale y cualquier otro apellido que hubiera añadido a los anteriores.

Había estado expandiendo sus negocios, convirtiendo la riqueza en un imperio, y había tenido mucho éxito. También había sido un fracasado. Y no era de los que tropezaban dos veces en la misma piedra. Y Bella... se negaba a perderla por pasar demasiado tiempo centrándose en metros cuadrados y márgenes de beneficios.

Sonó su teléfono.

—Cullen —dijo después de descolgar.

—Señor —escuchó la voz de María—, en el vestíbulo hay un abogado, que dice llamarse señor Charlie y desea verle. No figura en la list...

—Hágalo pasar.

Había venido. Desde el extremo más próximo de la sala de conferencias, Edward tan sólo podía ver tres de los seis ascensores con los que contaba el edificio. Cuando pasaban veinticinco minutos de las doce, un hombre salió del ascensor del vestíbulo y se detuvo de camino a recepción para echar un vistazo a su alrededor.

Edward le observó a través de las paredes de cristal de la sala de conferencias.

De constitución media, una cabeza más bajo que él, cabello castaño entrecano, con un bonito traje gris de aspecto muy caro y un bonito maletín; perfecto para amoldarse a una oficina exclusiva. Era un tipo a quien en cualquier otro momento, o más bien antes de conocer a Isabella, hubiera olvidado después de echarle una ojeada.

Mezclarse era, también, la especialidad de Isabella. Era una verdadera camaleona, y sólo cuando había llegado a conocerla mejor, había descubierto a la verdadera Isabella: divertida, resuelta e incluso un poco compasiva.

Sin embargo, otra cosa que le había enseñado su propia vida, dedicada a evaluar personas y circunstancias, era a observar atentamente. Y de ese modo, reparó en los altos pómulos del hombre, sus dedos largos y el desenfado con el que se movía. Conocía esa forma de caminar, y era igual a la de Isabella. Y por tanto, aquél era su padre: Charlie Swan. En carne y hueso.

Sin dirigir una sola palabra al grupo que discutía a su espalda, abrió la puerta de la sala de conferencias y se adentró en la zona de recepción.

—Señor Charlie, supongo —dijo con voz grave. Los ojos castaños del hombre se volvieron para evaluarle.

—Mi cliente, supongo —replicó, imitando la inflexión de Edward.

—En efecto. ¿Me acompaña a mi despacho?

—Usted primero.

—María, no me pases llamadas —dijo Ed, precediendo el camino hasta su despacho. No se volvió para comprobar si Charlie le seguía, pese a desear hacerlo.

Dentro del despacho, le indicó a Charlie que tomara asiento y él ocupó la butaca de al lado. Podía sentarse tras su escritorio, supuso, pero se trataba de una reunión delicada. Aquel hombre era el padre de la mujer a la que amaba, y probablemente también la mayor amenaza para su permanente bienestar.

Comenzarían estando ambos en las mismas condiciones.

—Tal vez deba presentarme formalmente —dijo al cabo de un instante—. Soy Ed Cullen.

—Ya sé quién es. El inglés que se está tirando a mi hija.

—Si lo prefiere así. —Ed inclinó la cabeza. La prueba había comenzado—. Desde mi punto de vista, es un poco más complejo.

—Debe de serlo, si es que le ha contado que no estoy muerto.

—He oído que en estos momentos trabaja con la INTERPOL. ¿Es eso lo que ha hecho durante los últimos tres años?

—Directo a la yugular, ¿no es cierto? ¿Es así como ha atrapado a Bella?

Ed hizo caso omiso de la pulla por el momento.

—Tan sólo lo pregunto porque al menos durante los cinco últimos meses ha sabido dónde residía Isabella exactamente, y nunca ha intentado siquiera ponerse en contacto con ella hasta hace tres días. Y unas horas después de eso, fue arrestada. Resulta un tanto sospechoso.

—¿Cree que le tendería una trampa a mi propia hija?

—Si lo creyera con seguridad, le dispararía ahora mismo. En caso de que no lo haya dejado bien claro, no me agrada usted.

—Por supuesto que no. Hiere su ego que esté dispuesta a dejar de revolcarse con usted para pasar tiempo conmigo, ¿no es cierto? Supongo que no es usted tan importante para ella como lo soy yo.

—Sin duda le causa usted más problemas que yo.

—Cierto. Como que he sido yo quien le ha hecho salir por la tele y que su fotografía salga publicada en los periódicos. Entienda una cosa, Cullen: le he enseñado todo lo que sé a esa chica, y ha ganado millones haciendo exactamente aquello para lo que la crié. Usted no es más que un largo fin de semana para ella.

—No soy yo quien tuvo que hacer un trato con las autoridades para salir de prisión. Creo que tal vez ella le ha superado.

—Que le jodan, Cullen.

Ah, con que había metido el dedo en la llaga.

—¿Por qué decidió involucrarla en esto, después de no molestarse en llamarla en tres años?

—¿Involucrarla, en qué? Es usted un paranoico, Cullen.

Ed esbozó su flemática sonrisa profesional.

—Si usted no lo sabe, no seré yo quien se lo diga. Pero me parece que, dada su... afiliación con la INTERPOL, cualquier contacto con Isabella no puede ser bueno para ella. Máxime en circunstancias tan dudosas.

El ladrón se inclinó levemente hacia delante.

—Bella se cree que lo sabe todo. Pues no es así. Y educarla es mi trabajo. No el suyo.

—Podemos estar de acuerdo en discrepar en eso. Lo único que me preocupa es si quiere o no lo mejor para Isabella. Resulta que creo que no. Y me pregunto si debería darle una paliza de muerte por ponerla en peligro, Swan —Ed no conseguía sentirse cómodo pensando en él como Charlie—, se recostó al fin en la silla contraria.

—Tengo mis motivos para ponerme en contacto con ella.

—¿Y estos son?

—Si ella no se los ha contado, entonces no me los pregunte a mí — sonrió—. Quizá no estén tan unidos como se cree.

Edward mantuvo su precario temperamento bajo control tan férreamente como le fue posible. Cuanta más información pudiera obtener de este hombre, mejor sería.

—¿Qué papel juega Isabella en todo esto? —insistió—. Usted ha contactado con la INTERPOL para informarles de los tejemanejes, supongo, de modo que la está colocando en una situación directa de peligro.

Por primera vez el sereno semblante de Swan denotó una leve irritación.

—Ella sabe perfectamente cuánto peligro corre. Sopesar el riesgo y la recompensa, y decidir si tomar parte o no forma parte del oficio. Me parece que ha decidido que quiere trabajar de nuevo con su padre.

—Aunque esté retirada.

El padre de Isabella rio entre dientes.

—Claro. Igual de retirada que Michael Jordán, imagino.

Ed tomó aire lentamente para serenarse, obligándose a relajar el puño en que se habían cerrado sus dedos.

—Y usted sabe esto porque ha estado muy unido a ella desde que tomó la decisión.

—Conozco a mi chica. ¿Para eso quería verme? ¿Para poder reprenderme por no involucrarme más en la vida de mi hija?

—No cuando sé la clase de problemas que su reaparición le ha causado.

—Quizá, como usted dice, deberíamos estar de acuerdo en discrepar, Cullen. Usted lo llama problemas, y yo digo que a ella le encantan. Y está trabajando conmigo de nuevo porque sabe que su anciano padre todavía puede enseñarle algunas lecciones —se puso en pie y recogió su maletín—. Así que, si eso es todo, tengo otra cita pendiente.

—Cuando la INTERPOL intervenga para arrestar a Veittsreig y a su banda, ¿qué tiene usted pensado para Isabella? —insistió Ed, levantándose igualmente—. ¿O acaso eso ni siquiera se le ha pasado por la cabeza?

—Sé lo que tengo pensado para mí. Asumiré un nuevo nombre y me compraré una casa grande y bonita en el Mediterráneo. Parece que Isabella ya tiene pensado lo mismo para ella. No el cambio de nombre, aunque supongo que está en ello. No creo que necesite mi ayuda a ese respecto.

Ed dejó que el hombre se encaminara hasta la puerta.

—Su hija es una joven increíble —dijo cuando Swan agarró el pomo—. Y no porque sea una ladrona. Y menos aún debido a cualquier influencia que usted haya podido ejercer en su vida.

—Claro. Leí las noticias. Se conocieron porque ella estaba robando en su casa. Así que, adelante, dígase a sí mismo lo que sea que necesite para poder dormir por las noches, Cullen. Como ya le he dicho, conozco a mi chica. Es igualita a mí. Adiós, Cullen. —Con una presta sonrisa, que ni por asomo poseía el encanto de la de su hija, Charlie Swan salió por la puerta y se dirigió a los ascensores.

Cuando Swan desapareció, Ed se fue hasta la ventana. Suponía que lo que había deseado de Charlie había sido una garantía de que alguien en la banda cuidara de Isabella o, al menos, estuviera de su parte. Lo que había oído no le había tranquilizado en absoluto. Todo lo contrario, de hecho. Trabajará para el bando que trabajase, la INTERPOL no tendría más aprecio a Isabella del que le tenía el Departamento de Policía de Nueva York.

Aún menos, seguramente. Y sin un trato como el que tenía Charlie Swan, probablemente aprovecharían la oportunidad para ponerla a la sombra durante treinta o cuarenta años. Estaban solos, a menos, claro estaba, que a su reducido grupo se les ocurriera algo.

Más preocupante aún era que Charlie parecía creer que le estaba enseñando a Isabella algún tipo de lección. Teniendo en cuenta las circunstancias, podría tratarse de varias lecciones: robar un museo; traicionar a tu banda y trabajar para la INTERPOL; o no confiar ni siquiera en tu padre cuando se trataba de asuntos de dinero. Cualquiera de ellas aterrorizaba a Edward.

En cuanto a su padre, puede que Charlie afirmara que Bella era igual que él, y puede que incluso lo creyera. Sin embargo, Edward sabía que no era así, porque conocía a Isabella Marie Swan. Y sabía que ella podía hacer lo correcto; aun a costa de su propio bienestar.

Y su bienestar estaba firme e irrevocablemente ligado a su corazón.