―Ese tal Jack es un estúpido, se hubiera salvado ―Levi habló al oído de Mikasa sin despegar la vista de la enorme pantalla del televisor en el que miraban Titanic―. Parece ser que no la amaba lo suficiente ―finalizó, dando un delicado mordisco en la parte más alta de su oreja.

El sol se escondía poco a poco en el horizonte y los escasos rayos entraban por las rendijas de las largas cortinas situadas en el gran ventanal al costado derecho de la pieza. Era un espacio grande, la cama matrimonial reposaba en el centro del lugar, flanqueada por mesas de noche a cada lado y, sobre estas, lámparas bastante modernas; la única diferencia entre las dos era que, en la del lado izquierdo reposaba un despertador, sabiéndose así el lado favorito del habitante del lugar.

Frente a la cama, yacía un enorme plasma encargado de otorgar entretenimiento a su dueño y a la visitante que ayudaba enormemente a que el colchón se tornara cálido. ¡Qué no hubiese dado Levi para que todas las tardes de sus sábados libres fueran así lo que restaba de su vida! Sentía que el espacio era demasiado grande para él solo y, con ese pensamiento egoísta, estrujó más fuerte las costillas de su amada en un abrazo demandante.

Lo cierto es que Mikasa deseaba lo mismo. Cuando apenas ponía los pies en el hogar de Levi Ackerman, el mundo exterior dejaba de existir y su mente creaba una burbuja donde sólo cabían ellos dos. Amaba pasar las tardes ―o, más bien, los días enteros― con él. Era refrescante.

Esta vez, optaron por quedarse en el hogar del azache y programar una tarde de películas; sin embargo, terminaron viendo Titanic a petición de Mikasa. Y, como uno mismo se traiciona, la fémina ahora estaba a moco tendido llorando por la muerte innecesaria de Jack. A Levi le provocaba un poco (solo un poco) de gracia ver a Mikasa gimotear como una niña por la película. Se miraba tan tierna con su naricita respingona toda enrojecida.

― ¡Claro que la amaba! ―replicó consternada―. Solo que ambos no cabían en la tabla ―su voz perdió poco a poco volumen, no muy convencida de su argumento.

―Bueno, me importa una mierda Jack…Ven acá ―alzó a Mikasa por debajo de los brazos para que se moviera y acomodara a horcajadas frente a él―. Deja de llorar, tienes la nariz tan roja como un tomate ―y besó sus ojos uno a uno.

Al concluir con la tarea, una apenada Mikasa tapó inconscientemente su nariz. No obstante, Levi era más astuto que eso y de forma peligrosa acercó su rostro al cuello de la chica, aspirando su aroma y depositando besos húmedos por toda la extensión de piel que su camisa caída de un hombro dejaba al descubierto. Solo se apartó cuando sintió a Mikasa tensarse encima él, y sonrió tan sensual al haber logrado su cometido. Entonces, con una de sus manos, apartó la que Mikasa utilizaba para tapar su nariz, mientras que la otra se dirigió al cuello femenino para acercarla lo más posible a él.

―Lo que a mí me importa es que te amo, Mikasa ―dijo antes de juntar su boca con la de ella, dando inicio a un apasionado beso.


Todo estaba planeado mucho antes de que Mikasa, Armin y Seth abordaran el avión rumbo a New York. Nada más estarían fuera de su hogar un mes, en el cual se hospedarían en casa de los padres de Mikasa. Este hecho ponía a Carla emocionada hasta las nubes, ya que por fin iba a compartir bastante tiempo con el único nieto que no tenía cerca. Sus ansias la obligaron a preparar con anterioridad una habitación especialmente para Seth, decorada y acondicionada por una cantidad excesiva de juguetes. Grisha también estaba muy contento esperando la llegada del trío.

En el aeropuerto, fueron recibidos por Eren, Annie y la pequeña Tara, la hija de ambos. Esta última era una pequeña de tres años, poseedora de hermosos ojos verdes y lacio cabello rubio heredado de su madre, aunque poseía más parecido físico a su padre.

Mikasa se encontraba ansiosa desde que puso el pie fuera de su hogar en Londres con una maleta en la mano, la cual apretaba excesivamente fuerte la agarradera del objeto. Después de recoger sus maletas por la banda corrediza y acercarse a los anfitriones del momento, la emoción no se hizo esperar. Abrazos, besos y saludos fueron la primicia en medio del lugar. Y, una vez terminado todo el repertorio de cariño, tomaron rumbo al carro de Eren que los esperaba en el estacionamiento.

―Aun no puedo creer que te hayas decidido a asomar tu nariz por aquí ―exclamaba Annie, agarrando la mano de Mikasa y apretándola en un gesto de felicidad.

―No te imaginas lo que costó hacerle entender que ya había pasado demasiado tiempo ―interrumpió Armin, dejando a la azabache con la boca abierta y una pronta respuesta de indignación.

― ¿Tiempo de qué, mamá? ―preguntó Seth, curioso.

― ¡Nada, cariño! ―casi grita alarmada, tapándole los odios a su hijo―. ¿Podrían, por favor, hablar de otro tema?

―Está bien, mamá paranoica ―arremetió Annie casi riendo―. ¿Ya te enteraste de la buena nueva de Pieck?

― ¿Qué sucede con Pieck? ―lo mencionado por Annie había llamado su entera atención―. ¿Está enferma?

― ¿Enferma? ―se echó a reír Eren―. No, ¡está embarazada!

― ¡Eren! Yo lo quería decir ―Annie exclamó ofendida, mirando con reproche a su marido. Este se encogió de hombros, riendo y restándole importancia.

― ¿Otra vez? Este sería el tercer embarazo. Vaya, sí que está buena la cosa entre Zeke y ella ―hubo una risa colectiva en el automóvil, exceptuando a los dos infantes que se mostraban tímidos y emocionados ante el encuentro.

La conversación durante el viaje a la casa paterna, se resumió a trivialidades acerca de la casa de eventos en Inglaterra y otros temas de la vida diaria. Fue una conversación amena en la que participaban, únicamente, los cuatro adultos. Tara se había quedado dormida a mitad de camino y Seth, en silencio, se impacientaba por llegar rápido a la casa de sus abuelos.

La bienvenida organizada por Carla no había sido otra cosa que exagerada, íntima y glamorosa al mismo tiempo, algo que solo esa mujer podía hacer. Toda la familia Jeager aguardaba junto a un delicioso buffet y mesas dulces. Mikasa reía y compartía, disfrutaba del momento con su familia, ya después de este viaje no sabía cuándo volvería a estar así con ellos.

Todo era igual y, a la vez, muy diferente. La casa continuaba siendo la misma, pero se notaban los cambios leves que Carla había hecho a raíz del nacimiento de cada nieto; los cambios más notorios eran en el jardín con toboganes de diversos tamaños, columpios, trampolín y una bonita casa del árbol. Al ver todo eso, le dio tanta nostalgia y pesar al sopesar en que Seth vivía nada más entre adultos y su único tiempo con niños de su edad era en el kínder. La voz de su consciencia, al ver lo feliz que se miraba su hijo jugueteando con los niños de Zeke, le advirtió en un susurro que se quedara junto a los suyos.

Armin también estaba feliz al notar el contento de su amiga, además de deslumbrado con cada detalle de la casa de Carla, su excelente cuchara y gusto culinario. Él, al nacer en una familia humilde, había labrado su camino a punta de esfuerzo, sudor y lágrimas; quedó huérfano muy joven y, al ser aceptado instantáneamente por la familia Jeager, no tenía palabras para agradecer todo el impresionante recibimiento. Era la primera vez que conviviría con ellos y eso le hacía feliz, ser parte de la familia lo hacía feliz.

Así transcurrieron los primeros quince días entre juegos y cenas. Zeke y su gran familia que creció considerablemente después de que Pieck haya dado a luz a dos hijos y espere uno en camino de recién tres semanas; Eren junto a Annie y la pequeña Tara; y ahora Mikasa junto a Seth y Armin. Las fiestas de piscina no faltaron, las salidas, compras y salón de belleza tampoco. Esa era la parte buena, mas Mikasa no podía olvidar la parte mala al recordar que en pocos días se acercaba el día de su partida. El tiempo pasaba volando.

Gracias a Eren, Seth le había tomado un gusto raro a las hamburguesas de McDonalds y a la afición de coleccionar el juguete gratis (hipotéticamente gratis) que traía la caja feliz. Ese era su principal objetivo.

Hasta que, un día, ocurrió lo menos pensado.

― ¿Mikasa?

Esa voz le sonó conocida, algo lejana en sus recuerdos, pero conocida al fin y al cabo. Se volteó para descubrir al dueño, topándose con una mujer embarazada que la analizaba con asombro y curiosidad. Mikasa le sonrió antes de desviar su mirada portador de tal voz masculina, y sus ojos grises enfocaron a Jean, su ex marido, cargado a un pequeño niño en sus brazos.

― ¿Jean? Jean ―dijo con asombro y un deje de alegría―. ¿Cómo estás?

―Estoy… bien ―contestó un poco desconcertado por la reacción de la pelinegra al saludarlo. Nunca se imaginó volver a verla, ni mucho menos que ella lo recibiera a gusto como si nada hubiera ocurrido―. ¿Y tú? ¿Qué tal estás?

―Bien, muy bien la verdad.

―Ha pasado mucho tiempo desde la última vez que te vi, no he sabido nada de ti ―se sintió avergonzado al soltar aquello, pero no se le ocurrió nada más, estaba impactado.

―Me fui a Londres luego de todo lo que pasó. Ahora estoy aquí de vacaciones con mi familia.

―Te volviste a casar, me alegro mucho, yo… Yo también tengo una familia, mi hijo Leo ―y bajó al niño que cargaba en sus hombros para que saludara a Mikasa.

―Mucho gusto, Leo. Qué niño tan lindo.

―Y ella es mi esposa Sasha ―Mikasa le otorgó un apretón de manos junto a una sonrisa.

En ese momento, Seth se acercó al grupo, acaparando la atención de los presentes.

―Mamá, tengo hambre.

―Tienes que tener paciencia, ya casi es nuestro turno en la fila. Pero mira, hijo, él es Leo ―señalo al niño―, y ellos son sus padres, Jean y Sasha. ¿Por qué no le pides a Leo que sea tu compañero de juegos en el tobogán?

―Está bien… ―se encogió de hombros, acercándose sin timidez―. Hola, Leo, ¿te gustaría ir a jugar conmigo? ―el niño miró a su madre pidiendo permiso y ella asintió con la cabeza. Cuando ambos pequeños se alejaron, los adultos retornaron la plática.

―Es tu hijo ―habló Jean.

―Sí, es mi pequeño ―Mikasa titubeó por lo que diría a continuación―. Jean, yo… estoy contenta de verte feliz junto a tu familia.

―Mikasa, las cosas que pasaron… ―en ese momento, Jean sintió los nervios apoderarse del él y Mikasa bajó la mirada, avergonzada―. No tengo perdón ante ti…

―Jean, cariño ―intervino Sasha muy prudentemente―. No creo que Mikasa quiera hablar de eso ahora y un McDonalds tampoco es el lugar.

―Gracias, Sasha. Y felicidades por el bebé, es una pancita enorme.

―Sí ―la castaña sonrió, llevando su mano derecha a acariciar su abultado vientre por sobre el vestido―. Ya van cinco meses, me han tocado cambios fuertes.

―Lo imagino, estar embarazada es algo duro ―las mujeres continuaron la conversación acerca de embarazo y los bebés hasta que a Mikasa le tocó su turno en la fila.

Para sorpresa de los tres, los niños hacían un gran equipo jugando, cosa que llevó a sus progenitores a sentarse en la misma mesa.

―Estamos aquí hace unos quince días, tal vez más ―informó Mikasa―. Son vacaciones de un mes.

―Así que vives en Londres hace… ―Jean trató de hacer cuentas, pero lo único que logró fue rememorar una escena que le daba pena.

―Hace cinco años ―intervino Mikasa.

― ¡Wow! Es mucho tiempo lejos de tu familia, lo bueno es la compañía de tu esposo en Londres.

―Uh… no tengo esposo ―aclaró Mikasa, desviando la mirada al recordar la procedencia de Seth. Para su alivio, Jean percibió la incomodad en su semblante, así que nadie echó más palitos al tema.

―Grisha y Carla deben estar contentos de tenerte aquí…

Amena. Era una conversación amena y extraña, muy extraña. Tanto Jean como Mikasa no se imaginaron nunca algo así. Ella no guardaba rencor ni resentimiento, lo sucedido había sido perdonado hace muchas lunas, desde el momento en que tuvo a Seth en sus brazos el día del parto. Jean sentía algo de culpa por cómo la trató al final de su matrimonio, pero también un alivio lo embargó al ver que la mujer era feliz y saludable. Sasha, por su parte, no tenía nada que ver con el pasado entre ellos, pero se sentía orgullosa de su marido.

Al terminar todos de comer sus hamburguesas, se despidieron en la salida del local. Jean se ofreció a llevarla hasta la casa de sus padres, pero ella declinó la oferta porque debía a juntarse con Armin y Annie en el centro comercial a unas cuadras cerca de ahí. Fue una despedida rápida acompañada de una promesa de Seth y Leo que acordaron volver a jugar juntos.

Al reunirse con sus dos confidentes, les relató cada mínimo detalle de lo sucedido dentro del establecimiento; el encuentro con Jean y todo lo que sintió, confesándoles no haber percibido nada negativo hacia él. Annie no lo podía creer y se mostraba asombrada con la madurez de su amiga respecto al tema. En cambio, Armin dejó entrever fácilmente lo orgulloso que se hallaba. Los rencores del pasado no eran nada buenos ni positivos.


Era un viernes por la tarde perteneciente a la tercera semana de vacaciones. El el teléfono en la casa de Carla sonó como cualquier otra llamada entrante y el ruidoso aparato fue atendido por una de las ayudantes del hogar. Posteriormente, fue pasado a Mikasa tras anunciar que la llamada era destinada a ella. ¿Quién la llamaría? No tenía ni la más mínima idea.

― ¿Hola?

― ¡Hola, Mikasa! Habla Jean.

―Jean, pero, ¿cómo? ―preguntó, dudosa y extrañada.

―Bueno, hay contactos que nunca se borran, ¿cierto? Sé que debe asombrarte, pero de parte de Sasha y mía te invitamos a Seth y a ti a nuestra casa mañana. Leo espera jugar de nuevo con tu hijo.

― ¿Nos invitas a tu casa? ―no lo podía creer. Si se hubiera visto en un espejo, seguramente hubiera reído ella misma de su cara.

―Sí, ¿aceptas?

―Claro ―dijo sin pensar muy bien la respuesta.

―Genial, anota la dirección ―Mikasa corrió a buscar en un cajón lápiz y papel, escribiendo en este la dirección que Jean le dictaba.

―Gracias, ahí estaremos ―cortó la llamada con un vacío en el estómago, pues haber aceptado la invitación de Jean por puro impulso ya no le parecía tan buena idea.

Carla, la primera persona que se atravesó en su camino, preguntó extrañada la causa de la obvia expresión de espanto y asombro estampada en su rostro. Mikasa solo atinó a contestar "el cielo va a caer sobre mí un día de estos" sin saber realmente lo que decía.

El día pasó veloz, más rápido de lo esperado, y se la pasó la mayor parte del tiempo debatiendo seriamente entre ir o no a la casa de su ex marido. Personalmente, se sentía embrollada con lo que podía acontecer y lo que no. Pero, por otro lado, sería de muy mal gusto no asistir si ya había aceptado. No le quedaba de otra.

Esa noche, durante el amoroso beso de buenas noches, le dio la noticia a su hijo pequeño.

Por la mañana, su madre le dio a entender que no estaba muy de acuerdo con la imprevista salida, pero al final no refutó en su decisión. En el fondo, la mujer sabía que todavía existían deudas emocionales que debían ser saldadas, y en su corazón esperaba que Jean como Mikasa aclararan de una vez por todas esos pecados que cargaban sobre los hombros para que sus corazones amaran libremente.

Ese sábado, el corazón de Mikasa estuvo inquieto. Sabía perfectamente que ya había perdonado a Jean, se notaba a simple vista el cambio en él gracias a su nueva esposa e hijos. Eso le agradaba, reconfortaba su corazón saber que Jean haya encontrado el verdadero amor de una familia en su corazón.

Por lo tanto, mientras conducía hacia el complejo del hogar perteneciente a su ex esposo, decidió que no se dejaría llevar por pensamientos negativos cuando la vida le brindaba la oportunidad de redimirse.

El tico timbre del ascensor sonó apenas las puertas se abrieron y dieron lugar a un pasillo elegante. Frente a ella se alzaban unas puertas dobles hechas de roble y, con su positiva resolución ―otorgada mayormente por la insistencia y alegría contagiosa de Seth―, se animó a tocar el timbre. Pronto, una de las puertas se abrió, y Mikasa fue recibida por una simpática Sasha que, sin dudarlo un segundo, le entregó un muy cálido abrazo como su enorme barriga mejor se lo permitía. No tardaron en oírse los gritos contentos de ambos niños al saludarse efusivamente.

―Leo era un trompo dando vueltas de un lado a otro esperando a que vieran ―le comentó Sasha, al tiempo que la guiaba a la sala de estar―. Jean está en la terraza armando unos cometas. No tardará en bajar con este alboroto, es la batiseñal de que llegaron.

Las dos mujeres se echaron a reír. Dicho y hecho, un contento Jean bajó al instante, saludando animadamente a Mikasa. Posteriormente, raptó rápido a los niños para comenzar con la mañana de juegos que él mismo había preparado y planificado minuciosamente.

Mikasa y Sasha se acoplaron al instante como si se conocieran de toda la vida. Entre risotadas y chistes, prepararon un delicioso almuerzo.

Era cuestión de segundos darse cuenta de lo cálida que era Sasha, un ángel caído del cielo que había iluminado la vida de su ex marido, todo lo que él se merecía. Y, silenciosamente, se lo agradecía. Su alma permaneció tranquila porque esa mujer consiguió todo lo que ella no y eso le suministraba una paz indescriptible. Jean era un buen hombre en el fondo, solo que ambos tomaron malas decisiones durante su matrimonio que acabaron mal, demasiado mal.

La mañana siguió tranquila, muy contaria a la hora del almuerzo que fue un tornado arrasador, tan bulliciosa y divertida entre anécdotas y ocurrencias disparatadas de los pequeños.

Al caer la tarde, los adultos se sentaron en los sofás del living, mientras que Seth y Leo corrieron a jugar videojuegos una vez que los juegos al aire se volvieron monótonos, dándose por acabados. De esa forma, comenzó la conversación que tanto Jean como Mikasa necesitaban.

―Gracias, Mikasa, por aceptar venir hasta acá ―dijo Jean―. No sé de qué manera agradecer tu amabilidad.

―No, Jean. Ustedes fueron tan amables al recibirnos.

―Deja de decir tonterías. Mi casa siempre tendrá la puerta abierta para las personas queridas, porque, aunque no lo creas, lo eres.

―Ahora el que dice tonterías eres tú… ―liberó una corta risilla.

―Mikasa, quiero que sepas que soy diferente, yo cambié completamente y no soy el mismo de antes gracias a Sasha. Espero que en nosotros encuentres, por lo menos, una amistad.

―El pasado ya pasó ―comentó, suspirando―, es pasado y…

―No, Mikasa, quiero pedirte perdón ―la interrumpió Jean, agachando la cabeza. Sin embargo, Sasha acarició su espalda para animarlo a continuar―. Tomé muy malas decisiones contigo y te alejé de mí. La manera en que te fuiste de la casa esa noche, lo que hice… ―un sollozo atravesó su garganta―. Quiero redimirme contigo, ser amigos. Gracias a Sasha, su amor y comprensión puedo pedirte ahora que me perdones… ¡Por favor!

A ese punto, Jean lloraba realmente arrepentido por el pasado y también por el presente lleno de amor que se le fue obsequiado como una bendición. La vida le había ofrecido una segunda oportunidad y estaba tan agradecido, tanto…

―Y, ¿sabes?, no me importa la procedencia de Seth ni lo que ocurrió en el pasado. Solo te pido perdón ―de imprevisto, Jean alzó la vista cuando sintió las delicadas manos de Mikasa arropando las suyas.

―Jean Kirstein, yo te perdoné hace mucho tiempo, no tengo ningún rencor hacia ti.

La sonrisa que dibujaba en sus labios fue suficiente prueba para el hombre supiera que ella revelaba la más pura verdad.


Disculpen la tardanza, fue gracias al lío que tengo como vida. Sé que ya ha pasado más de un año desde la última actualización, pero ojalá el capítulo les haya gustado. Nos leemos.