Mauretania de "Su Gracia"
Los personajes de Candy Candy son propiedad de Mizuki e Igarashi y TOEI Animation Co., Tokio, 1976. Usados en este fic sin fines de lucro.
Capítulo 7. 1918-1923 Siberia.
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El conflicto siguió su curso. A finales de 1916 Maury fue reconvertida de nuevo en buque para transporte de tropas. Su gracia se enteró del peligroso viaje que haría transportando tropas canadienses desde el puerto de Halifax hacia Liverpool y movió sus influencias para que Candice permaneciera en tierra, en París, para ser exactos.
Hoy por hoy ya había transcurrido un año desde que se reencontraran y desde entonces, habían tenido pocas ocasiones para reunirse, prácticamente ninguna.
Las noches en las trincheras eran más torturantes que antes. Odiaba pensar que Candice estuviese en peligro. Los bombardeos por parte de los alemanes eran constantes en la capital francesa. En esos momentos de turbios pensamientos, su gracia se refugiaba en la desenfrenada pasión que habían experimentado juntos. Al principio todo había sido descubrimiento, pero pronto habían descubierto que no tenían tiempo para la cordura y el desenfreno de la sed mutua los aprisionaba en pasión y hasta lujuria. Eso a él no le molestaba en lo más mínimo: lo disfrutaba. En el fondo agradecía que nadie les hubiese jamás hablado de sexo, porque los límites los ponían ellos y hasta ahora, todos sus descubrimientos habían sido bienvenidas exploraciones cargadas de deseo. No sabía cuál era el mejor momento: cuando se llenaba de los gemidos apasionados y complacidos de la rubia, o cuando la miraba dormir cansada en sus brazos, aunque solo fueran unos pocos minutos. La amaba de todas las formas posibles, en la mezcla perfecta de lujuria y ternura.
Aún se avergonzaba ligeramente cuando recordaba la dura confesión que tuvieron que hacerle a Michael. Obviamente no le dieron detalles mayores, pero sí tuvieron que exponer su amor ante el médico para ayudarle a comprender la decisión de Candice. Tras avergonzarse sonreía con cierto aire de triunfo. Su gracia no se arrepentía. Una vez que la supo solo suya no hubo más límites entre ellos cuando lograban encontrarse entre las sábanas.
Sus pensamientos eran un marasmo total de escenas eróticas, peligrosas, miserables, valerosas, tiernas… de todo un poco. Estaba en un torbellino de emociones.
—Candy — suspiró en su fuero interno, mientras miraba fijamente la única fotografía que poseía de ella en el interior de su tienda.
Los germanos estaban concentrando sus esfuerzos hacia el norte de las trincheras y el batallón de su gracia había tenido ya un par de noches sin enfrentamientos.
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Durante este último año Candice permaneció como voluntaria a las órdenes de la Cruz Roja, así que no podría decirse que perteneciera a algún ejército en particular, aunque su participación se limitaba a los territorios aliados, por supuesto.
La joven estaba en la misma situación que Terry. En ocasiones se permitía soñar despierta, sonrojándose por completo con los recuerdos de los intercambios de sus jóvenes cuerpos. Se sorprendía constantemente evocando las atrevidas caricias que intercambiaba con Terry. Recordar sus manos posadas sobre sus blancos montes, o la humedad de la lengua masculina explorando su cuerpo y aún más, la delicadeza de sus dientes atrapando sus botones rosas, todo eso la volvía loca, sobre todo, cuando se posaba en ese botón protegido por la selva de su entrepierna… tenía que admitir que era una de sus caricias favoritas.
En realidad, para el vigor de su gracia, los encuentros eran insuficiente, podía contarlos con los dedos de una mano, pero por lo menos ahora poseía memorias en las cuales refugiarse. La próxima vez que la viera le pediría que fuera su esposa. Aunque seguramente pasarían varias semanas o quizás meses cuando eso sucediera nuevamente pues apenas habían pasado un par de días desde su último encuentro. Aún no había hablado con Su excelencia. No había tenido oportunidad. A decir verdad, tampoco había tenido la intención de hacerlo. Ya encontraría el momento apropiado. Él disfrutaba el secreto que rodeaba su relación. Era solo de él, egoístamente, no se la compartiría a su padre por el momento.
La ciudad de París estaba siendo bombardeada desde el mes de marzo de 1918, eso para su gracia era una pesadilla. Preferiría que las bombas cayeran en el frente de guerra y no sobre la población civil. Muchos civiles habían abandonado la ciudad y los pocos que permanecían, como toda población en guerra, sufría de enfermedades, hambre, fatiga, estrés, prostitución y delincuencia.
Los americanos habían decidido unirse al conflicto un año atrás y las cosas habían comenzado a mejorar para los aliados, pero ahora, la noticia de que Rusia enfrentaba una revolución, de que su ejército se debilitaba y los bolcheviques tomaban el poder ponía nerviosos a los aliados.
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Una mala noche, el 9 de agosto de 1918, Candice fue llamada al alto mando americano, con la firme instrucción de completa discreción.
—¿Para qué soy requerida? — indagaba continuamente, pero no encontraba respuesta. Estaba intranquila. Por más vueltas que le daba al asunto, no comprendía por qué nadie le respondía. Se colocó su capa de enfermera sobre su uniforme que alguna vez había estado almidonado y lo siguió cautelosa, con un nudo en el estómago.
—Traiga solo sus pertenencias personales. Ha sido reasignada— apostilló el soldado que la guiaba.
El auto que habían enviado avanzaba por las calles parisinas en total sigilo, amparado por el manto de la noche. También su superior, un joven médico que había sido reclutado recientemente y a todas luces era solo un poso mayor que ella, había sido convocado. El joven jugueteaba con sus dedos, estaba visiblemente nervioso, aunque trataba de aparentar lo contrario; su mirada estaba perdida en hacia fuera del auto, pero Candice sabía que estaba ausente totalmente.
Candice había aprendido a guardar silencio y a esperar instrucciones; miró al chofer y luego al copiloto: sus rostros estaban serios, como si trataran de ocultar su impaciencia; pese a ello, Candice sonrió al joven médico —quien estaba sentado a su lado en el asiento trasero— y le sonrió para tratar de infundirle un poco de confianza. Fue inútil. ¿Cómo infundir confianza a una persona si tú misma careces de ella? No puedes ayudar a nadie si no estás en mejor posición. Un profundo suspiro fue la única respuesta del médico y la joven decidió perder el contacto visual y encerrarse en su lugar favorito: una cama, desnuda, en los brazos de Terry.
Se detuvieron frente a un edificio que estaba en la total penumbra. Solo un par de guardias estaban apostados en la puerta. A pesar de que era verano, Candice sintió un escalofrío recorrer su cuerpo y se estremeció bajo su capa.
Todo se les explicó en un pequeño discurso de instrucciones tras habérseles advertido una y otra vez que la misión para la que habían sido asignados era altamente clasificada como secreta: en Rusia, los bolcheviques habían tomado demasiado poder, cada vez más soldados rusos habían abandonado la Gran Guerra para unirse a la revolución, el zar había sido destituido y los aliados temían que los trenes, los puertos y las provisiones cayesen en manos germanas tras la pérdida del frente de oriente. Así que la Entente había acordado salvaguardar esos puntos estratégicos fortaleciendo al ejército blanco ruso, que era contrario a la revolución.
Candice y el joven médico fueron advertidos una vez más sobre la importancia de la misión y la urgencia de partir de inmediato. A partir de ese momento no podrían comunicarse con nadie, no habría correspondencia, ni despedidas de ninguna índole; ellos y el resto de los soldados que entrarían a territorio ruso estarían prácticamente desaparecidos. Era una orden, no había manera de rechazar la instrucción. Entrarían en completo silencio.
Fue en ese momento que Candice sintió que el suelo se movía. Hacía tiempo que no tenía noticias de Alistar. Lo había visto por última vez en un pub cerca Campos Elíseos. Stear le hablaba con ojos brillantes, como siempre, sobre sus alas… y Candice suplicaba constantemente que jamás se las cortaran. El escuadrón La Fayette fue al frente pocas horas después de aquélla última reunión y ahora ella recibía la instrucción de guardar completo silencio sobre su ubicación. ¿Cómo les diría a Stear y Terry? No. No podía. Simplemente no podría hacerlo. Sintió un escalofrío de temor e impaciencia recorrer su cuerpo. Ella se iría quién sabe a dónde en Rusia y ellos no lo sabrían. Afortunadamente se escuchaban rumores de que la Gran Guerra estaba por terminar.
El ejército norteamericano se uniría al japonés para defender el tren transiberiano y proveer condiciones favorables para que una legión checoslovaca pudiera abandonar Rusia y volver a territorio aliado. Pero eso era todo lo que podía saber. El tren transiberiano abarcaba una ruta muy grande, ella no sabía exactamente a dónde iría. Ya solo de pensar en el frío que tendría que soportar durante el invierno se acobardó.
Le sorprendió la urgencia con la que recibieron sus nuevos uniformes, más preparados para el invierno ruso; los hicieron responsables de las provisiones médicas, los presentaron con sus superiores y en poco más de tan solo una hora, estaban listos para partir.
Ella llegó a la conclusión de que todo había sido preparado desde mucho antes, lo único que faltaba era el recurso humano que fue incrustado en la misión hasta que fue estrictamente necesario. Tenían que proteger la misión.
Un par de autos Phantom de la Rolls Royce se dirigió por el Sena hacia el norte de la ciudad. Candice, el médico y un grupo de cuatro jóvenes oficiales más se unirían al batallón que ya los esperaba para su partida.
Ella lo vivió todo como en un sueño. A pesar de que después trataba de recordar esa furtiva salida, no recordaba nada y era normal porque la joven no prestaba atención a los detalles. En lo único que sus pensamientos se concentraban era en los ojos zafiros de Terry y en el vacío que invadía su alma lentamente.
Justo en ese momento comenzó un nuevo bombardeo; la joven miró el fuego aparecer en diferentes puntos de la bella ciudad mientras susurraba un "te veré luego, Terry" y secaba con disimulo una lágrima. Tiempo después se sorprendería y analizaría con cierta culpa. ¿Cómo pudo ser testigo del que sería el último bombardeo sobre París y solamente haber tenido pensamientos para Terry? Conocía la respuesta: Lo amaba por sobre todas las cosas.
Nada en la historia de sus superiores sonaba coherente. ¿Por qué debían entrar a Rusia como ladrones, por la barda trasera? ¿Acaso no era un aliado? Es cierto, ahora lo entendía, el pueblo ruso se reveló contra el zar, contra el hambre, contra la guerra, contra la aristocracia. Los rusos tenían nuevos pensamientos socialistas y un tal Lenin los dirigía en su lucha.
Los aliados no estaban jugando, pronto descubrieron que las órdenes eran reales… el frío de Siberia no era una mentira, se metía hasta sus huesos. Algunos soldados buscaban calentar su cuerpo con bebidas alcohólicas que unos pocos contrabandistas rusos se atrevían a acercarles. La longitud que debían resguardar era tan larga que el ejército americano se dividió en pequeños regimientos a lo largo y era normal ser atacados por los bolcheviques que ahora estaban reforzados por los desertores del ejército rojo.
Y eso fue lo que lo que cambió el rumbo de la historia Candice White y Terry Grandchester.
Una de esas tardes en que la joven no tenía idea de cuánto tiempo había pasado ya en medio de la nieve —aunque solo habían sido un par de semanas—, apostada en un vagón abandonado que hacía las veces de consultorio médico, mientras elevaba sus pensamientos hacia Terry, preguntándose cómo estaría, qué pensaría de su ausencia, si la estaría buscando, si su excelencia sabría de esta misión y lo habría tranquilizado… una de esas tardes su pequeña compañía no resistió el ataque y ella, el médico, con unos pocos soldados más fueron tomados prisioneros por los bolcheviques.
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Albert había escrito una suplicante misiva a Alistar pidiéndole que la buscara. Obviamente esa carta no era necesaria, pues el primogénito de los Cornwell había ya puesto de cabeza todo París en la búsqueda. No podía alejarse demasiado y tampoco podía dedicar todo su tiempo a las indagaciones, pero los contactos que tenía habían fracasado en su deseo por ayudar a la rubia enfermera. Lo vieron sufrir, más de lo que un buen amigo sufriría por una chica, pero fueron discretos y se guardaron sus preguntas. Stear tuvo que sufrir en silencio el desvanecimiento paulatino de la esperanza de encontrarla con vida. ¿Cómo se lo diría a Archie? Su hermano moriría, lo sabía porque él mismo se sentía morir cada día. Desgraciadamente, Alistar ya no tuvo tiempo para seguir buscándola, su vida se desvaneció pocas semanas después. Cuando la familia Andrew recibió la noticia de "Muerto en combate", Albert comprendió que el dolor de una desaparición era superior al de la muerte. Candice estaba desaparecida y era un dolor insoportable. Ella no debería ser parte de una estadística más.
—Archie, ¿cómo te sostienes? — Albert estaba preocupado por el más joven de sus sobrinos. Se había convertido en un ser taciturno y parsimonioso.
Por supuesto que Su gracia tampoco había perdido el tiempo. Había indagado diligentemente el último destino de la joven y se frustraba porque había desaparecido en París. Casualmente, las últimas bombas habían caído sobre la ciudad el 9 de agosto, la misma noche en que Candice había desaparecido. Cuando la Gran Guerra terminó unos meses más tarde, nadie pudo encontrar a Candice. Nadie sabía nada de ella.
—Por favor, solo una vez más — suplicaba a las compañeras de trabajo de Candy — solo una vez más vuelvan a relatarme cada detalle, quizás hay algo que no estamos viendo.
Por enésima vez Terry había escuchado el mismo relato: Ella estaba de guardia, al finalizar iría, como de costumbre, a llevar un poco de pan a una pequeña huérfana que dormía en las ruinas de la que había sido su casa muy cerca del hospital y luego volvería para descansar en su dormitorio. Esa tarde sus amigas la habían visto más cansada de lo normal, pero como siempre, ella intentaba esconderlo. No había nada raro en su comportamiento, seguiría su rutina y nada más.
Los años siguieron su curso. En 1919 la esperó cada día, despertó cada mañana para recorrer todo tipo de hospitales y siguió cada pista que llegaba a sus manos. Se apostó por horas en los puertos ingleses, franceses, daneses, e incluso en los germanos. Y, aunque Rusia había renunciado a la guerra unos meses antes de que terminara, se aventuró a visitar Arcángel, porque había escuchado que un ejército americano había llegado hasta ahí para defender provisiones.
En 1920 cambió de estrategia y viajó a Estados Unidos para seguir sus instintos, tratando de pensar como ella… pero eso ya lo había hecho Albert. No había dejado de preguntar por ella en absolutamente ningún hospital de la unión, había tardado un año, pero había contratado investigadores privados para que la buscasen y nada… no había indicios de Candy.
La fe de Su gracia comenzó a volatilizarse. Su padre insistió en que debía cesar su búsqueda, debía cuidar de sí mismo. Terry ni siquiera había podido atender sus emociones de fin de la guerra; para él todo seguiría vivo mientras que no tuviera noticias de ella… de Candy.
Estaba demacrado, había perdido aún más peso del perdido durante el conflicto. Su sonrisa no existía más, su ceño estaba constantemente fruncido, concentrado, tratando de que sus pensamientos le dieran un nuevo indicio, pero nada. Quizás su padre y los Andrew tenían razón, quizás era una más de los desaparecidos en aquél último bombardeo.
En 1921, siguió buscando, aunque con mayor quietud. En el fondo trataba de aceptar las conclusiones de su padre, pero seguía atendiendo cualquier pista. Ese año comenzó a aceptar su desaparición. Ella no volvería. La sentía viva, pero seguramente estaba enloqueciendo. La memoria de su cuerpo le reclamaba el cuerpo de Candice. Sus dedos buscaban acariciarla, explorarla, llegar hasta sus más íntimos rincones, su imaginación le decía que aún no había terminado de aprender con ella, había escuchado a su regimiento hablar sobre las intimidades con sus novias o amigas y él quería seguir descubriendo ese comportamiento, pero solo con ella. Su corazón latía y él sabía que era a causa de ella. ¿Qué podría hacer para vivir? ¿Cómo viviría sin ella?
En 1922 cumplió 25 años. Ahora podría desafiar a la cámara de los lores. Ahora le sería permitido sugerir un nombre para quien deseaba como compañera.
Su corazón estaba hecho pedazos.
Susana… quizás si cumplía los deseos de Susana él podría al menos encontrarle sentido a su vida. Hacerla feliz sería una justificación para seguir viviendo, respirando… sobreviviendo más bien. Estaba listo para continuar.
Para su excelencia fue prácticamente un sacrilegio permitir que su gracia tomara por esposa a una plebeya; sin embargo, se sentía en deuda con él. Supo que ya no podría impedirlo, así que terminó por dar su brazo a torcer. Su Majestad y la cámara de los lores pusieron muchos obstáculos y lo único que aceptaron fue un matrimonio de la mano izquierda, uno donde su gracia no perdiera sus derechos como heredero aparente y donde Susana no tuviera derecho a los títulos, privilegios y propiedades de Terrence Graham Grandchester. A Terry no le importó en lo absoluto la resolución de la cámara, aunque Susana se sintió sumamente decepcionada. Se casaron al iniciar la primavera de ese mismo año.
Un año después, en 1923, cuando la guerra civil en Rusia terminó, se dio liberación a los presos y Candice White estaba lista para volver a casa. Esperaba con todo su corazón reunirse con quienes amaba; abrazaría a Stear y a Archie, Albert le daría consuelo y jamás volvería a separarse de Terry; al menos eso era lo que ella planeaba.
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De mi escritorio: La entrega de este capítulo ha significado todo un reto. Estuve por varios meses sin equipo. Enfrentando esta pandemia llena de Home Office, pidiendo a mis hijas que me prestaran sus computadoras, pero solo podían hacerlo por breves momentos. Finalmente pude recuperar mi computadora hace un par de días y de inmediato comencé a escribir. Ya estoy trabajando en los siguientes capítulos. Gracias por su paciencia.
Maly
Torreón, Coahuila, México., a 2 de enero de 2021.
