XVI
Hambre
Una pequeña de cabello rubia salió despavorida de su escuela; pegaba una caja metálica a su pecho como si estuviera hecha de cristal, que estuviera por romperse con tan sólo un toque. Detrás de ella corrían tres niños más, una niña y dos varones; había malicia en sus miradas, y dibujaban una retorcida sonrisa en sus rostros. La niña rubia tenía miedo, por eso hacía todo lo posible por escapar de sus perseguidores, ¿Qué planeaban hacer? Ni ella lo sabía, no quería quedarse a averiguarlo.
—¡Entrega esa lonchera, pelos de elote! —exigió la niña rodeada por los dos varones; sus trenzas castañas brincaban sobre sus hombros sin parar. No corría tan rápido como la rubia, pero mantenía el paso—¡Te lo ordeno!
—¡Déjame sola, Emilia! —exclamó la rubia.
—¡más les vale no perderla de vista! —les espetó a los niños a ambos lados. Los varones asintieron—¡Te vamos a alcanzar, Lucy!
La pequeña Lucy dobló a la derecha en una esquina, corrió hasta llegar a otra esquina y giró a la izquierda; los otros niños la seguían de cerca. Debía pensar en un plan, una medida de escape rápida e inesperada. Eso es...INESPERADA; los otros niños jamás llegarían a pensar que ella se escondería en "Ese" lugar, y como no tenía más opciones, y que comenzaba a cansarse, decidió hacerlo sin pensar, y que pasara lo que dios quisiera.
Lucy siguió de frente un par de calles más, y a la mitad de la tercera, la cual tenía una cerca de madera podrida, se metió en el hoyo que ahí se encontraba; su uniforme nuevo se rasgó un poco pero logró meterse por el hoyo. Ya ahí se escondió bajo una lona desgastada hasta que los niños que la perseguían se perdieran a la distancia. Escuchó los pasos de esos niños pasar de largo hasta que ya no los pudo oír; Lucy respiró aliviada. Finalmente un poco de paz y tranquilidad; apartó la lonchera metálica de su pecho y la miró fijamente; gracias al cielo que no le había pasado nada, para ella era muy especial pues fue el último regalo de su padre antes de perecer. "Cuídala bien, mi linda florecita. Te tiene que durar muchos años", dijo el señor horas antes de fallecer. Lucy no pudo evitar soltarse a llorar después de recordar a su padre, lloraba con sentimiento; su madre le pedía que fuera valiente, y fuerte, ¿Pero qué niño de ocho años que recién perdió a su padre lo sería? Era como pedirle que bajara la luna y las estrellas, claro que hacía su mejor esfuerzo por su madre, pero era duro. Demasiado duro.
Lucy soltó un sollozo; algo se movió detrás de ella, lo que llamó su atención. Una inmensa mole de trapos sucios y trozos de tela se alzó frente a ella, haciéndola retroceder completamente aterrada de lo que veía; salió de abajo de la lona y se volteó hacia el lugar de donde vio a esa cosa extraña, retrocedió lentamente sin apartar la mirada, caminando de espaldas. De pronto chocó contra algo y se volvió; uno de los niños que la estaba persiguiendo la encontró, le arrancó de sus manos la lonchera y la levantó unos centímetros en el aire sujetándola del cuello de su camisa.
—¡Bájame! —chilló. Emilia y el otro niño entraron por el hoyo de la cerca y la niña sonrió maliciosamente al ver a Lucy sometida.
—¡Jajaja! Por fin te encontramos, ahora la lonchera es mía.
—¡No! ¡Esa lonchera es de mi papi, me la regaló! —Lucy pataleaba y sacudía las manos para liberarse del agarre del niño, sin éxito alguno—¡DÁMELA!
—¡Es mía ahora, chillona!
—¡NO!
De pronto la inmensa mole de tela salió de su escondite, asustando a los niños; el chico que sujetaba a Lucy la bajó, y al igual que Emilia y el otro niño, miraban con terror la enorme cosa que salió. De entre los trozos de tela salió una cosa verde brillante, ninguno de ellos sabía qué era, no le encontraban forma; repentinamente salió violentamente de entre la tela, se trataba de un dragón, el cual rugió con fuerza. El trío de bravucones gritó con desesperación y salieron corriendo del lugar, dejando a Lucy a su suerte; la rubia se colocó boca arriba cubriendo su cabeza con ambos brazos y cerrando con fuerza los ojos, luego soltó un fuerte grito.
—¡Oye, oye! —dijo una voz. Lucy dejó de gritar un abrió los ojos; ese dragón de tela había desaparecido, y en su lugar quedó un crío flacucho con la piel cubierta de tierra y lodo, los cabellos rosados alborotados y mugrientos, vistiendo lo que parecía ser un camisón mal cocido, y no tenía zapatos—¿Estás bien?
—Aahh...¿D-Dónde está el dra-dragón? —quiso saber Lucy. Aquél niño pelirrosado sonrió.
—Era yo —contestó con orgullo. Lucy estaba confundida.
—¿Te-Te puedes transformar en uno?
—Sí —afirmó el niño llevándose ambas manos a la cintura con orgullo—, pero sólo puedo hacerlo una vez al día.
—¿En serio?
—No —el niño rió a carcajadas, Lucy frunció el ceño—. Me puse una máscara, mira ahí está.
El niño señaló a su derecha, donde a pocos metros se encontraba una enorme máscara de dragón verde. Lucy aún estaba en el suelo, aunque eso no la detuvo en ver con asombro la máscara; se volvió hacia el niño y lo encontró frente a ella con la mano extendida, se ofrecía a levantarla del suelo. Dudó por unos segundos, pero al final aceptó.
—¿Porqué te estaban atacando esos niños? —le preguntó el pelirrosado una vez que estuvo de pie.
—Querían quitarme mi lonchera —respondió Lucy con la miraba gacha.
—¿La que dijiste que era de tu papá? —cuestionó. Lucy asintió levemente. El pelirrosado le echó un rápido vistazo a la lonchera: Era blanca con los bordes dorados, el asa era negra, y en el centro había un dibujo de un superhéroe vistiendo un traje rojo brillante—¡Oye, es Igneous, El Poderoso!
—S-Sí... —masculló Lucy, levantó la mirada y notó que el pelirrosado estaba asombrado.
—¡Sólo hay diez de esas aquí! ¿Cómo la conseguiste?
—Mi...mi papá era Igneous.
—¡¿QUÉ!? —exclamó al mismo tiempo que extendía ambos brazos a los lados—¡¿Tu papá es Igneous!?
—Bueno...lo era.
—¿Qué?
—Él falleció hace una semana.
El niño se arrepintió de haberlo mencionado. Lucy se deprimió otra vez.
—Perdón —se disculpó el niño—. No lo sabía.
—E-Está bien, no pasa nada.
Hubo un pequeño silencio entre ellos, aunque no fue incómodo; sólo...neutral. El niño pelirrosado se acercó a Lucy y le acarició el brazo con delicadeza para no asustarla.
—Está muy bonita tu lonchera —dijo. Lucy alzó la mirada—. Cuídala bien, te tiene que durar muchos años —Lucy amplió los ojos como platos. Esas fueron las mismas palabras que le había dicho su padre.
El niño pelirrosado le dio la espalda y comenzó a alejarse de ella. Lucy reaccionó y lo llamó antes de que se fuera.
—¡O-Oye!
—¿Qué?
—¿T-Tienes hambre? —el niño levantó ambas cejas. Lucy alzó la lonchera—Aquí tengo dos sándwiches, puedo convidarte uno.
—Gracias, pero no tengo hambre —dijo, luego, como una broma pesada, su estómago gruñó. El niño pelirrosado se sintió avergonzado. Lucy rió por lo bajo—. Bueno...uno no me haría daño.
—¡Qué bien! —Lucy abrió la lonchera, sacó uno de sus sándwiches y se lo ofreció al pelirrosado—. Ten.
—Gracias.
Ambos buscaron un lugar en dónde sentarse para comer; sobre una tabla de madrea un poco sucia, se dispusieron a disfrutar de la comida. El niño pelirrosado bajó la mirada y vió el vestido roto de Lucy.
—Se te rompió —señaló. Lucy bajó la mirada y se puso triste.
—Ay no. Mi mamá me lo acaba de comprar.
—Yo te puedo ayudar —agregó el niño—. Puedo coser muy bien.
—¿De verdad?
—Sí. Yo mismo cocí mi propia ropa, ¿Ves? —Lucy examinó la ropa que usaba el niño frente a ella, titubeó por un par de segundos, luego abrió la boca para responder.
—Te quedó muy bien —aunque era una mentira, ella no quería lastimar los sentimientos del niño; no después de lo que hizo para ayudarla. El niño pelirrosado volvió a sentarse con satisfacción.
—Lo sé.
—Oye... —musitó Lucy—, me ayudaste y todo, pero no sé tu nombre.
—¡Ah! Es cierto —el niño pelirrosado se limpió la mano derecha con su camisón y se la extendió a Lucy—, me llamo Natsu.
—Y yo soy Lucy —dijo apretando la mano de Natsu.
—¿Quieres ser mi amiga?
—¡Claro que sí!.
FINALE.
Nota del autor:
¡AAAHHH! ¡AMÉ COMPLETAMENTE ESTE CAPÍTULO! Hasta me hizo llorar :')
