Día 16. Fugaz

Número de palabras: 2823

Sinopsis: Cuatro veces en las que Aziraphale se dio cuanta de que amaba a Crowley (Y una vez que decidió defender el todo por el todo.)


Paris, 1793

Sí hay algo que a Aziraphale le fascinara tanto como los libros era la comida. Y como es bien sabido, Francia es el mejor sitio en cuanto a gastronomía se refiere. Aunque claro, tenía que admitir que, para ser un ángel, a veces caía en el pecado de gula y esto traía consigo consecuencias nefastas.

— ¿Te das cuenta lo que pudo haber pasado? —le dijo Crowley entre una letanía de reproches y regaños en su contra. — Serías el primer idiota en perder la cabeza por unas crepas, ¡Literalmente!

— Crowley… —habló el ángel antes de que el demonio siguiera vociferando en su contra. —Gracias… por salvarme.

Aquellas palabras fueron suficientes para acallar cualquier otra reprimenda que el demonio quisiera decir. Este tan sólo permaneció atónito e inmóvil en la silla de aquella cafetería parisina.

Al ver que el demonio permanecía sin decir nada, el ángel continuó hablando —Me… Me libraste de una buena. Siempre estás cuando más te necesito, Crowley. ¿Cómo lo haces? —dejo caer esa pregunta sin saber que esa frase había causado tensión en el demonio.

Crowley tosió levemente tratando de fraguar una respuesta que pudiera satisfacer los cuestionamientos del ángel. Tensó los labios, intentando oculta su sonrisa. No lo consiguió en absoluto y terminó de nuevo contemplando al ángel con aquella adoración detrás de sus orbes, afortunadamente, cubiertos.

— Será casualidad y nada más, ángel. —respondió llanamente. Aziraphale luchó para evitar reír incrédulamente "¿Casualidad, Crowley?" Aziraphale ya lo conocía lo bastante como para saber cuando el demonio mentía y cuando no lo hacía, solamente tenía la suficiente mesura para fingir que no lo notaba.

— Bueno, es que siempre estás en el lugar y momento adecuado. —es lo que optó por contestar el rubio.

El demonio simplemente le sonrió y Aziraphale tuvo que pretender que aquel gesto no había causado una revolución en su interior. Ese era el extraño efecto que el demonio parecía tener en Aziraphale, un efecto que tenía sobre él desde hace varios años y al cual le era imposible asignar un nombre.

Aziraphale aún no le encontraba nombre pero esa sensación dentro de él eran seis mil años de añoranza y de amistad que afloraban cariño en su corazón y causaba dolor en el pecho, sólo que aún era muy pronto para saberlo, así que simplemente se conformaba con emoción causara estragos en su interior.

— No tienes nada que agradecer. —oyó decir al demonio. Aziraphale volteó a verlo y Crowley siguió hablando. —Es decir, no te hubiera dejado morir ahí, hubiera sido bastante maldito de mi parte hacerlo.

"Ese es tu trabajo." quiso decir Aziraphale pero se contuvo. Si Aziraphale pudiera haberse visto a un espejo, se vería reflejado a sí mismo, mientras boqueaba al oír a Crowley. Ese pelirrojo que tenía delante de él, aquel con el que llevaba siglos compartiendo su amistad… Aquel que lo ponía con los nervios a flor de piel y que hacia el rubor subir por sus mejillas, aquel que provocaba sensaciones inexplicables dentro de él, tan… inefables.

— ¿Cómo vas a recompensarme, eh Aziraphale? —preguntó Crowley en un tono que a Aziraphale le sonó bastante coqueto y que sólo provocó que el rubio se pusiera más nervioso.

— C-Claro… Yo… —Aziraphale alzó la mirada hacia los ojos de Crowley, quedándose en silencio mientras le observaba. Quiso decir "Tal vez podríamos repetir, y volver a venir juntos", pero en vez de eso, tan sólo dijo: —Me tengo que ir.

¡Ahí estaba él y su complejo de Cenicienta! Huyendo cuando la situación se salía de sus manos, cuando no entendía lo que pasaba a su alrededor. Le costaría demasiados años saber que esa actitud solamente lastimaba el demonio frente a él, que trató de aparentar que la declaración del ángel no lo había amedrentando.

— Eh, sí, bien. —el demonio asintió con algo de confusión, alzando una de sus cejas en una expresión más parecida a un puchero que a otra cosa.

El ángel sonrió bobamente, dejando el dinero sobre la mesa y huyendo lo más rápido posible. "¡Pero que desagradecido, Aziraphale!" se reprendió mentalmente. Dio un rápido atisbo al pelirrojo, que seguir sentado frente a la mesa en la que ambos habían pasado la tarde.

El sentimiento que había ebullido en él durante toda la tarde estalló en miles de fuegos artificiales que le brindaron una nueva visión de la realidad, una sensación a la que le pudo poner nombre.

Recordó la sensación de alivio y agradecimiento que tuvo cuando vio a Crowley frente a él, como un caballero de brillante armadura llegando en su rescate. También recordó, con las rodillas flaqueando, el fugaz deseo que tuvo de caer en sus brazos y besarlo ferozmente, un deseo que desecho rápidamente por considerarlo absolutamente lujurioso.

"¿Será eso amor?" pensó. "Quizás."

"¡Quizás!" Se burló una parte de él. "Pero, ¿A quién crees que engañas, ángel terco?"


Londres, 1862

— ¡El sentimiento es mutuo! —sus labios se tensaron. —Obviamente.

Con aquella declaración encolerizada, Aziraphale abandonó a paso veloz al demonio. Con cada paso apresurado que daba lejos del pelirrojo, la sensación de furia parecía abandonar su cuerpo, hasta que finalmente, tras perder de vista a su acompañante, cayó en cuenta de que el sentimiento de enojo ya no lo avasallaba, había sido remplazado por pura aflicción.

Cuando se vio algo alejado de la multitud que se encontraba pasando el rato en el parque, se sentó en un banco y sin importarle lo que pudieran decir los demás, puso sus manos en su rostro y emitió un quejido. Fue un grito ahogado, un sollozo, un ruido de pura desesperación.

Intentó poner en orden sus pensamientos pero era casi imposible, la mente de Aziraphale no paraba de dar vueltas.

Recordó las palabras que Crowley, con pulcra letra, había anotado en ese papel: "Agua bendita." Simplemente acordarse eso hacía que su estómago se retorciera en un sentimiento de desagrado y se paralizara de puro temor. Trató de no imaginarse un mundo donde Crowley se había ido, un mundo donde ya no existiría ese encanto arrogante ni esa sonrisa altiva, ese pensamiento era sencillamente escabroso para él.

— No voy a darle una pastilla suicida a ese demonio. —se dijo a sí mismo, encorvando los hombros. No había muchas razones por las que un demonio pediría algo tan peligroso, ya sea un final rápido frente a un tormento inimaginable o una forma de caer luchando.

Cualquiera de las dos opciones era inaceptable.

"Tengo muchas otras personas con las que confraternizar, ángel." "No te necesito."

¿Qué habían sido todos los almuerzos desde que abrió la librería? ¿Acaso sus interminables noches tranquilas no significaban nada? ¿Las cartas que intercambiaban entre ellos, selladas y perfumadas? ¿El maldito paseo por el parque? Donde tenían sus propias rutinas y el… ¡Por Dios, hasta parecía que los benditos patos ya estaban acostumbrados a su presencia!

¿Por qué Aziraphale siempre había conservado y cuidado las simples flores de temporada que Crowley siempre le regalaba? ¿Por qué guardarlos entre delicadas hojas de papel escondidas de manera segura fuera de la vista en el segundo piso de la tienda, ese espacio donde solo ellos estaban permitidos?

Aziraphale no podía negar que aquellas palabras que había dicho Crowley no lo habían lastimado profundamente, pero no sabía el porqué.

Mentira. Sí lo sabía.

Pero el simple hecho de ponerle un nombre a sus sentimientos fue casi suficiente para destruir Aziraphale. Se sintió expuesto. Vulnerable. Todo lo que temía parecía mucho más cercano, mucho más real que nunca antes. Amaba a Crowley, y ese amor ciertamente los destruiría a ambos.

Le gustaría regresar y gritarle un "¡Porque te amo!" en la cara de ese demonio terco, entre otras mil y un razones por las que se niega a darle agua bendita.

Por supuesto, no hace nada de eso, porque sabe que existen fuerzas sobrenaturales que mantienen sus manos atadas y acallan cada uno de sus pensamientos.

La amenaza de ser descubiertos se esgrimía perpetuamente sobre sus cabezas y eso no hace más que callar y amilanar el... Cariño que siente hacia el demonio.

Se pregunta si eso es amor, preocuparse por alguien y enfurecer con la simple idea de que algo le pasara ¿No sería aquello una simple estima y nada más?

"Sigue pensando eso, Aziraphale" se burlan sus pensamientos.


Londres, 1941

A Aziraphale jamás se le hubiera ocurrido pensar en sus sentimientos ni en sentir lo que mundanamente se le conoce como mariposas en el estómago. Al menos no en ese momento, entre los escombros de una iglesia destruida por una bomba, rodeado de cadáveres en un Londres sacudido por la guerra.

— Un milagrito cortesía de la casa, ¿Te llevo?

Aziraphale siente una sensación de alivio cuando ve como Crowley le tiende con un gesto vago y despreocupado su maleta de libros, completamente intacta. La toma inmediatamente y la abre, comprobando que sus adorados libros estuvieran en perfecto estado. Cuando se da cuenta de que es así, alza la mirada agradecido. Si pudiera verse a sí mismo en ese momento, se daría cuenta de la sonrisa tan pura que cruza por su rostro, una sonrisa bobalicona dirigida especialmente hacia Crowley.

Está a punto de agradecerle al demonio por su ayuda hasta que queda paralizado y las palabras se niegan a salir de su boca. No es miedo, es algo más fuerte.

Ve como Crowley camina con toda la gracia posible a través de los escombros que dejó la devastación de la bomba. El demonio desprende una desenvoltura y chulería que sólo alguien como él podría exhibir con total libertad. Aziraphale no puede dejar de verlo, de hecho, desde hace varios siglos que no puede quitarle la mirada de encima, sólo que ahora lo acompaña el acelerado martilleo de su corazón.

La mano de Aziraphale se aferra al asa de su maletín mientras sus piernas casi ceden a la fugaz sensación que cruzó por su cuerpo. Lo golpeó en una ola, cada emoción reprimida, siglos de miedo, dolor y ternura, cuidadosamente escondidos incluso para él mismo. Sí, amaba a Crowley y lo había amado durante casi toda la historia de la humanidad.

La sensación dentro de él es igual a la que había sentido hace varios años durante la revolución francesa, es la misma que surgió de su interior cuando le pidió agua bendita y Aziraphale sintió un súbito pánico frente a la idea de perderle. Sería demasiado terco si siguiera negando esa sensación, la misma que lo había acompañado desde hace siglos.

Por primera vez en años, se sintió verdaderamente liberado mientras ve como la realidad frente a él, cambiaba, dejándolo ver una nueva perspectiva, clara y luminosa.

"Es amor, eso es evidente." se dice a sí mismo. "Esa sonrisa es de amor."

Y entonces, se da cuenta, la sonrisa que siempre le ha dirigido a Crowley es más propia de un enamorado. Él ya se había rendido ante él desde hace mucho tiempo.

En el fondo, él ya lo sabía, era amor


Soho, 1967

Aprieta con mucho más fuerza el termo con diseño tartán que tenía en sus manos. Regula su respiración con pequeños ejercicios mientras espera que el demonio haga su aparición. Como lo lleva haciendo desde que llego, se pregunta sí en realidad fue buena idea venir aquí.

Finalmente, la puerta del automóvil se abre, dejando entrar a la figura de su viejo "amigo." A pesar de todo, sintió a la felicidad embriagarlo como siempre lo hacía al ver a Crowley.

Se tomó un momento para contemplar al demonio, con sus gafas oscuras con montura plateada y su peinado y ropa ad hoc a la época en la que se encontraban, Crowley parecía no haber cambiado nada aunque el sentía que ya habían pasado más de mil años desde la última vez que se encontraron.

— ¿Qué estás haciendo aquí?

Aziraphale tuvo que reprimir una mueca ante las duras palabras que salieron de la boca del demonio. El ángel lo miró en tono de disculpa, aunque sea brevemente. Escondió una sonrisa tímida antes de continuar. — Necesitaba hablar contigo.

Lo que pasó a continuación fue reprimido por la memoria de Aziraphale, que al parecer había querido olvidar los detalles más vanos de aquel suceso. Lo siguiente que recordaría el ángel de todo eso fue la mirada intensa del demonio, aquella que incluso oculta con gafas oscuras, escondía todo lo que temía.

Aziraphale le tendió el termo de diseño tartán. La voz de Aziraphale, como sus manos, tembló imperceptiblemente cuando dijo: — Cancela el robo.

Con reverencia, Crowley se estiró para tomar el termo, y los dedos de la mano izquierda del demonio rozaron el dorso de Aziraphale, lo que hizo al ángel soltar un respingo que casi lo hizo tirar el termo con agua bendita.

Un destello en su mente rodó a través de la marejada. Un maletín lleno de libros. Bancos de madera humeantes. Esos dedos rozando los suyos, los papeles ahora invertidos.

Pero esto fue mucho más que un simple milagro demoníaco para salvar los amados libros del ángel. Esto es... es...

— ¿Debería decir gracias? —le cuestiona el demonio.

— Mejor no.

El silencio cae sobre ellos y es Crowley, como siempre, quien rompe la glacial tensión que se forma a su alrededor.

— Te llevaré, —dijo Crowley, con una voz repentinamente urgente. —A cualquier lugar al que quieras ir.

La sonrisa angelical de Aziraphale no llegó a sus ojos. Bajo las luces de neón de la calle Soho, miró con fascinación al demonio. Absolutamente le gustaría aceptar la invitación del demonio e ir a cualquier parte, aunque solo fuera para perder el tiempo. Pero no podía. Desde la última vez que se habían visto había caído en cuenta de que incluso si aceptara los sentimientos que tenía por el demonio, eso no quitaba que aún existía la amenaza latente de ambos bandos. No iba a arriesgar al demonio. Se juró a si mismo que lo protegería, aunque eso significara tenerle que romperle el corazón en el proceso.

— Vas demasiado rápido para mí, Crowley.

La frase sale casi como un susurro y Aziraphale siente que su alma caía en picado desde lo alto. Cada decisión que tomaba considerada desde todos los ángulos. No se arriesgaría a dañar a quien amaba por simple capricho. Incluso sus propios pensamientos y deseos estaban regulados, mantenidos detrás de una pared que había construido mucho antes de aceptar sus sentimientos por el demonio.

Su corazón apenas puede soportar aquello, así que fingiendo que la mirada desolada de Crowley no lo había afectado en lo absoluto, Aziraphale hizo una retirada apresurada.

El ángel rubio cruza la calle vacía con apremio en sus pasos. No había ningún indicio en el andar del ángel que sugiriera que sabía qué nuevo infierno había arrojado a la hiperactiva imaginación del demonio. Pero la sabia, y le dolía demasiado.

"¿Qué acabas de hacer, ángel terco?"

Se reprende mentalmente. Lo único que sabe es que aquella frase no significa algo imposible. Significa que aún no está listo, que espera en el futuro poder ser libre de amar al demonio sin tener que temer, que tenía la esperanza de amarse libremente en algún punto.

Quizá el demonio iba demasiado rápido para él, pero eso no significaba que no estaban sincronizados. Quizás algún día ambos irían al mismo ritmo.


Londres, 2019

Aziraphale sonríe con adoración mientras ve como el intricado anillo de compromiso brilla bajo el efecto de la luz.

Se quita el anillo y lo guarda celosamente en uno de sus bolsillos. El ángel, con guantes puestos, daba vuelta a las hojas al vetusto ejemplar que había adquirido hace unos días. Un pequeño regalo de boda, ¡Ja! Eso era lo que había dicho como excusa para poder añadir aquel libro a su extensa colección de obras y escritos, a la que su ahora prometido no hacía más que ayudarla a crecer con tantos ejemplares de primera edición que traía para él con cada visita que daba a la librería.

"¡Y hablando del rey de Roma!" piensa al sentir como una presencia demoniaca entra a la librería pero su sonrisa pronto se borra cuando se da cuenta de que no es Crowley. Habían pasado tanto tiempo juntos que Aziraphale ya era capaz de reconocer la presencia de Crowley sin tener que mirarlo, y aunque esa aura si fuera demoniaca, no pertenecía a su demonio.

— ¡Aziraphale! —clamó la voz desconocida con severidad. Aziraphale tiembla, porque a pesar de jamás haber escuchado esa voz, cualquier ser angelical era capaz de reconocer ese profundo tono barítono.

Reuniendo todo el valor posible, alza la mirada, encontrándose con la alta figura de un hombre delgado, bastante atractivo, con brillantes ojos azulados que daban la impresión de mezclarse con verde, acompañado por pómulos afilados y un porte aristocrático que hacía temblar todo a su alrededor.

Nada más ni menos que Satanás, el rey del infierno mismo.

Decidido a enfrentarlo, se quita los guantes y como una muestra del férreo amor que siente hacia Crowley, se coloca su anillo de compromiso antes de dirigirse al rey infernal, listo para enfrentarlo.

Es ahora o nunca.