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Click

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—Muy bien, Peeta. Sube el mentón un poco y sostén esa mirada. Bien, bien, mantenlo así. Mantenlo así. Ahora sonríe un poco. ¿Puedes mirar hacia la izquierda un poco? Déjate llevar, sé que hay un poco de sol, pero te queda bien el reflejo en el pelo. Sostenlo así...

—¡Qué fotogénico eres, Peet! —comentó Johanna mirando la pantalla. Frunció el ceño cuando Marvin cambió de imagen—. Vaya... sí que tienes el toque.

—Gracias —masculló Peeta, sin abandonar ni la pose ni la sonrisa de niñato bien portado—. ¿Ya está?

—Ah, sí, sí —respondió Marvin, con una mueca de disculpa. Fotografiar a Peeta y a Johanna era sencillo; Peeta tenía un estilo natural, Johanna conocía perfectamente las fortalezas y debilidades de su cuerpo. Y sí que era fácil dejarse llevar cuando el resultado era tan bueno. El aire se llenaba de una especie de energía positiva, y todo mundo empezaba a dar un extra. Era casi mágico para Marvin—. Ya estamos listos contigo. Muchas gracias por tu trabajo.

—¡Uf! —gimió Peeta, estirando ambos brazos por encima de la cabeza. Agitó las piernas y saltó del taburete en un movimiento rápido—. Bueno, pues hasta aquí llego yo.

—Mmm —asintió Johanna—. Gracias por todo Marvin.

—Gracias a ustedes —saludó Marvin sin apartar la mirada del ordenador. Era un concepto simple. Gale quería que la nueva gira tuviera una armonía más orgánica y retro. Había decidido que el nuevo álbum implicara un cambio en el sonido de Blue Bird, que en su opinión, ya estaba estancado y la gente comenzaba a encasillarlos. Presuntuoso de mierda, pensó Marvin, cuando lo vio entrar con un vaso de café y el cigarrillo entre los dientes. Oh, bueno, ahora empieza el trabajo de verdad.

Pero hasta Marvin, con todo y odio, debía reconocer que la idea era buena. Nada de vestimenta especial, ni uniformes de color, ni sesiones perfectamente coreografiadas para hacer encajar a cada pieza de la banda. No. Ahora Peeta iba con sus jeans rotos, converse usadas, y una sudadera sin capucha de color blanco. Simple. Johanna, por otro lado, cargaba unos jeans holgados y una polera color negro (con el logo de la banda en pecho) que apenas le cubría el ombligo. Esos dos sintonizaban bien. Y los rumores durante la sesión se echaban a volar. ¿Serían pareja? Habían llegado juntos al estudio, dos horas más tarde la hora fijada, para mal de los nervios de Gale.

Pero tenía que haber algo más en esos nervios de Gale. Marvin no se consideraba a sí mismo un hombre perceptivo ni mucho menos, pero, ¿se tenía que enervar tanto al punto de largarse del estudio haciendo parir las puertas y jurando volver cuando fuese su turno? No era para tanto. A menos que hubiera una especie de regla no escrita sobre que los miembros de una banda no podían relacionarse entre sí. Si tal fuera el caso, tenía sentido el cabreo. Pero, si no... Y tampoco era seguro que fueran algo más, ¿no?

Suspiró.

Convivir entre tantas mujeres le estaba potenciando lo cotilla.

La oferta de portazos seguía vigente, y Gale evidentemente estaba a por la labor de hacerse notar. Marvin observó a Peeta, quien apacible, se despegó del brazo de Johanna y caminó hasta la figura impresionante del bajista de los Blue Bird. El hombre tenía cojones, admitió Marvin para sus adentros, porque la mirada de Gale destilaba hastío e indignación. Los vio caminar hacia la puerta que comunicaba hacia el pasillo, con suerte para la puerta que Peeta la cerrara cordialmente. Miró a Johanna, su rostro incómodo, con los brazos cruzados a la altura del pecho, y el zapateo constante con el pie derecho, casi marcando los segundos que pasaban.

Si Gale quería empezar un espectáculo, puesto entonces él se adelantaría con la sesión de Cinna.

—¡Eh! ¡Cinna! ¿Empezamos?

El pasillo se encontraba libre de comensales. El estudio de Marvin era de los mejores, pero no sólo por la calidad de su trabajo sino además por la ubicación. El tipo había acondicionado una vieja bodega en las afueras del Capitolio. Llegar hasta ahí era poco accesible, aunque tampoco se podía descontar todo con los paparazzi. Así y todo a Gale eso le valía menos que nada. Acorraló a Peeta contra el ventanal y le pasó la lengua por la piel expuesta del cuello hasta la oreja.

—Así que me cambiaste por Johanna —jadeó, antes del morder el lóbulo con aros y todo—, o me vas a venir con que en un mes no has caído en la tentación de inyectarte una mierda.

Peeta cerró los ojos. Con firmeza, empujó el cuerpo pesado de Gale.

—¿Llegaste a un acuerdo con ella también? —insistió Gale, apretando la muñeca de Peeta con rabia—. ¿Prefieres que te lo chupe ella?

Peeta abrió los ojos.

—¿Cómo está Glimmer? —preguntó.

Gale sintió esa pregunta como un golpe de aire frío en el rostro. Toda la secuencia no duró más de dos segundos: Peeta preguntando, Gale perdiendo el control, alzando el brazo y descargando un golpe. Un puñetazo en el pómulo, un directo y crudo. Peeta no era tan alto como Gale, tampoco igual de firme. Quizás, a cualquier otro un golpe así no lo movía un centímetro, pero a Peeta lo tiró abruptamente contra el piso.

La impresión no fue suficiente para calmar la ira. Gale se abalanzó sobre el cuerpo caído. Lo tomó por la sudadera en el pecho y lo levantó hasta su cara. La expresión de Peeta le hizo hervir la sangre. Quería matarlo ahí mismo y poner fin a su agonía, quería besarlo, tocarlo. La frustración se mezcló con celos e ira. ¿Qué mierda estaba haciendo? Él era el líder de la banda, el coordinador, el manager, había asumido todos los roles posibles y controlaba ya casi todas las esferas de la creación, ¿no decía él que Peeta era indispensable para el éxito de Blue Bird? ¿acaso no lo necesitaba para que las canciones que escribía brillasen en los top mundiales? Se le estaban soltando las costuras y aquello era peligroso. Tenía que controlarse. Tenía que volver a respirar. Tenía que... Tenía que...

Tenía que...

Pero se inclinó igualmente, lentamente, hasta casi sentir el calor del aliento agitado de Peeta sobre sus labios.

—Oye. —Gale cerró la boca en el último segundo—. Enfermito, ¿me escuchaste? Déjalo ya.

Peeta agachó la cabeza, escondiendo la mirada en el suelo. Krista Rockbell, y Vice Hannah de los Spun se mantenían a poca distancia de ellos de brazos cruzados. Mala cosa. Gale afinó el oído, pero no lo suficientemente rápido. Johanna salió también como flecha salvaje. Muy mala cosa. Gale bufó. Tiró del borde de su camisa y la acomodó en el interior de sus pantalones, haciendo acopio de paciencia para lo que el par empezaría a disparar.

—Oye, Gale —dijo Vice Hannah. La mujer tocaba la batería en una banda punk; tenía buenos brazos—. ¿Qué tal el closet?

Krista soltó un sonido áspero de principio de risa, que luego cubrió con una de sus enormes manos. Medía un metro y noventa y tres centímetros, y sabía darles uso. La parejita caminó en direcciones opuestas, rodeando a Gale, sin apartar la vista nunca. Llevaban unos pantalones desteñidos con demasiados usos, bototos toscos, y poleras rasgadas en lugares azarosos. A Vice se le alcanzaba a notar el encaje del sostén a través de la tela, y Krista, iba de libre, con más sujeción en las muñecas (llevando las típicas cadenas de cuero y púas) que en las tetas. A las dos se les caían los piercing de la cara, y en el pelo la grasa se hacía oler. Con todo, Spun había vendido dos millones de copias en dos días, un récord absoluto para una banda de ése estilo.

—Y mira que no tengo cara para decir nada contra los tuyos —continuó Krista—, pero hombre, tú, me das todo el asco.

—Es que es chocante salir de una sesión para toparte con la escena de un enfermito acosador —comentó Vice Hannah, fingiendo alta alcurnia. Frunció el ceño y un mechón de pelo se le vino sobre la frente—. Aprende a respetar a los hombres, payaso —señaló con bronca— o vete enseñando a la Glimmer esa a que te haga bien el trabajo, digo, a ver si así por fin se quitan las ganas.

Gale sonrió de medio lado.

—El tren para irse a la mierda las está esperando, ¿a eso iban, no?

—¡Gale! —bufó Johanna, quien saliendo del estupor corrió hacia Peeta. Gale abrió la puerta del estudio y plantó un portazo—. ¿Peet? ¿Estás bien?

—No te preocupes, Jo —dijo Krista. Con toda la delicadeza que era capaz de manejar tomó a Peeta por el mentón y le levantó el rostro—. Mira que mierda le hizo a tu cara bonita. Pelotudo, hijo de su...

—¿Todo bien Peeta? —insistió Vice, sacando un caja de cigarrillos del bolsillo trasero de sus jeans—. ¿Discusión de banda? ¿Celos de maricón no asumido?

—¡Eh! —gruñó Krista.

Vice alzó ambas manos en señal de disculpa.

—No me vengan a negar que Peeta lo trae calentito —añadió Vice. Encendió el cigarrillo—. Que quiera dárselas de super macho prepotente y guardia de la paz, es su problema. Aquí nos nos andamos con caretas. Y mira que no tengo ni un prejuicio contra nadie, pero este pesado... es que no lo aguanto al enfermito ése.

—Más tóxico no se puede ser —comentó Krista.

Peeta sonrió.

—Estoy bien —dijo, aunque no lo parecía. Johanna tuvo la sensación que algo más grave que la agresión de Gale le recomía el cerebro. Pánico, otra vez. ¿Qué había pasado realmente? ¿Qué había visto?—. Crisis de los treinta. Nuestro Gale se pone mayorcito.

—Serás pesado, hombre —chilló Vice Hannah, pasando un brazo por sobre los hombros de Peeta—. Está bien feo ese magullón. ¿Vamos por hielo?

Krista sonrió y miró a Johanna.

—¿Estaban grabando?

Johanna negó con la cabeza.

—Sólo adelantamiento de la sesión fotográfica. Gale quiere empezar el nuevo disco el mes que viene.

Krista frunció el ceño.

—¿Antes de terminar el disco? —preguntó—, plan, me chupo el dedo, luego lo meto en la nariz.

—Rarísimo —comentó Vice.

—Serán guarras —bufó Johanna, negando con la cabeza—. Pero sí, movidas de Gale. Ése es el nivel.

Del otro lado de la puerta la intermitencia de flashes y gritos comenzó a acelerar. Krista hizo un gesto con los ojos, a la vez que Vice maldecía por bajo, y Johanna se tapaba la cara con una mano. Peeta se mantenía inmóvil, abstraído de todo.

—Si siguen así, no encontrarán a nadie que quiera trabajar con ustedes, chica.

—¿Crees que no me lo veo venir? —comentó Johanna—. ¿Y si mejor nos vamos? ¿Ya terminaron?

—Sep —respondió Krista, frunciendo los labios en un gesto infantil—. Tu chica te espera, así que déjanos a nosotras a este bombón. ¿Vale?

—Chicas —empezó Johanna—, no lo lleven por malas andanzas.

—Pues yo había pensado hacer un trío en mi casa, pero ahora que te pones así, pues ya no —comentó Vice, examinando la cara de Peeta—. Espabila, hombre, que Johanna te va a dejar a nuestra custodia.

Peeta parpadeó y luego se frotó los ojos con los dedos. Alentó una sonrisa en su rostro, que luego acompañó de una mirada traviesa. Allí estaba el Peeta muñeco, no el Peeta de verdad. Y Johanna se preguntó si no sería mejor cancelar con Matu y llevarse a Peeta de regreso a su departamento.

—¿Me van a obligar a hacer un trío? —preguntó.

—¡Obligar dice! —chilló Krista, con una carcajada. Abrazó a Peeta también y empezaron a caminar—. Si fueras una nena, ya vieras lo que te hacía, mi blondo bello. Pero... naciste con la cosa esa entre las piernas, así que paso.

Peeta hizo un puchero y miró a Vice.

—Eres muy príncipe para mi gusto, hombre, pero te quiero como a un perro.

—Serán brutas —comentó Johanna, siguiéndoles el paso.

Miró a Peeta, que ya parecía más repuesto, preguntándose si realmente era buena idea dejarlo solo después de lo Gale. Ya no era sólo una sensación, estaba segura, aunque no tenía pruebas, que algo estaba afectando la mente de Peeta, llenándole de terror. Y cuando Peeta se ponía así sólo podían esperarse las peores cosas. No quería entregarlo. No quería dejarle partir. Las chicas hablaban de una fiesta, y ya se imaginaba lo que vendría con eso. Quizás el problema de Peeta no era su melancolía eterna, ni el pasado. Quizás el problema de Peeta era...

—Mmm, Jo, ¿puedo ir a dormir contigo de nuevo?

Johanna asintió. Y el rostro de Peeta recuperó el color. Era la primera vez que Johanna venía a una persona rejuvenecer en tiempo real, rejuvencer y volver a la vida. Qué mierda está pasando con Peeta...

Aunque su renuencia fue a peor, no pudo decir nada más.

—¿Dormir con Jo? —comentó Krista, poniendo una cara extraña. Apretó más a Peeta, casi como haciendo una llave de lucha libre—. Mmmm, blondo travieso.

—Me falta el aire —se quejó Peeta, intentando quitarse a la mujer de encima. Aleteó con ambos brazos, y estiró el cuello lo más que pudo—. Kri..Kri...Kriss..taaa..taaaaa

—Oye, Krista —advirtió Vice, con cara de incertidumbre—. Como que se está poniendo azul...

—¿Ah? —comentó Krista. Un casi desmayado Peeta se deslizó por el contorno femenino hasta tocar el suelo con las rodillas—. ¡Oye! ¡princeso!

—¡Que no les he dejado ni cinco minutos a solas con Peeta y ya me lo matan, par de brutas! —regañó Johanna.

—Oye, Peeta. Revive.

—¡Así no, Krista! ¡Deja de zarandearlo!

—¿Esto se considera homicidio? —preguntó Vice Hannah. Peeta tomó una bocanada profunda de aire—. Ah, no, falsa alarma. ¡Está viiiiiivooooooooo!

—¡Viiivooooooooo! —secundó Krista, con voz de tenor. Y haciendo uso de su fuerza, cargó a Peeta en brazos—. Venga, princeso, y así te estabas ofreciendo para un trío...

En medio de las risas, Johanna no pudo evitar pensar que quizás estaba exagerando.

Horas mas tarde se lamentaría por no haber exagerado más.

Quizás el problema de Peeta... somos nosotros.

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Continuará