Capítulo 16

Bombones

No supo cuántas horas exactas había conseguido dormir y cuántas había permanecido despierta en la cama, dando vueltas sin parar, pensando una y otra vez lo que Quinn había terminado confesando tras aquella charla con Dave.

Jamás imaginó que algo así pudiese sucederle. Quinn si le había confesado en alguna que otra ocasión, que no tendría problema alguno en enamorarse de una chica. De hecho, lo que sucedió entre ellas estaba más cerca del amor, que de la amistad. Pero su confesión quedaba única y exclusivamente unida a ella, o al menos eso le hizo creer.

Durante su estancia en Nueva York, conoció a varios chicos, entre ellos a Jacob, y Rachel supo entonces que no caería jamás en los brazos de ninguna chica. Que tras lo que sintió por ella, nunca más se plantearía esa opción. Fueron muchas las situaciones que ambas vivieron, y en las que pudo notar como los celos se apoderaban de Quinn. Sobre todo, cuándo Finn aparecía en escena. Pero nunca fueron lo suficientemente importantes como para hacerla replantearse su orientación sexual. Unos celos que ella también sufrió cuando supo que Quinn pretendía dar un paso más en su relación con Jacob.

Rachel estaba convencida de que esa había sido la chispa que hizo saltar todas sus alarmas. El simple hecho de imaginar que Quinn compartiría su vida con otra persona, de una forma mas intima, fue todo lo que necesitó para darse cuenta de sus sentimientos. Que ese amor platónico con el que siempre se habían excusado, no tenia nada que envidiarle al amor de verdad.

Sonaba egoísta, muy egoísta, pero Rachel no fue capaz de aceptar su relación con Jacob. Y su necesidad, esa imperiosa necesidad por contar con Quinn a su lado, siendo la amiga que tanto había deseado, se esfumó para convertirse en una absoluta tortura cada vez que la veía de la mano de aquel guapísimo chico.

Las sonrisas que le regalaba, las miradas, los abrazos, los besos, todas y cada una de las muestras de cariño que se procesaban en público, habían logrado lo que el tiempo no fue capaz en ella. Que su corazón comenzara a sentirse vacío, a romperse poquito a poco por no ser ella la protagonista. Por no ser su protagonista.

Rachel comenzó a intuir que no iba a poder soportar mucho tiempo más aquella sensación, aquellos sentimientos que había conseguido camuflar como amistad durante el último curso de instituto, y los dos primeros años de carrera en Nueva York.

Aquella súplica en el aeropuerto el día que Quinn decidió poner tierra de por medio entre ellas, no eran súplicas de arrepentimiento. Era un lamento, una opción que no iba a poder soportar. De hecho, que Quinn se alejara de ella supuso un shock tan extraño y duro a la vez, que Rachel decidió terminar la relación que mantenía con Finn a distancia.

Necesitaba a Quinn en su vida, necesitaba tenerla cerca y durante aquellos tres años, luchó por conseguirlo, hasta que su desesperado intento comenzó a menguar y hacerla desistir.

Saber que Quinn había conocido a Michael al poco tiempo de llegar a San Francisco, y que había comenzado una relación con el chico, fue el tiro de gracia para su mermado corazón. Quinn había elegido. Había decidido que en su vida solo habría chicos, y eso, acababa con las mínimas posibilidades que aún creía tener con ella. Y de repente, después de tanto tiempo, y de haber sufrido tantos golpes, y estando viviendo el que probablemente sería el peor momento de su vida, llegaba esa confesión. Una confesión que le hacía participe de las intenciones de la rubia, con alguien que no era ella. Con una chica. Una completa desconocida. Alguien que ni siquiera existía.

Ver como la luz de la mañana entraba por la ventana de su habitación, le supuso un alivio tras la noche de insomnio, y remordimientos. Porque su consciencia volvía a rebelarse contra lo que estaba haciendo. Que Quinn se enamorase de una chica, era ya un sufrimiento para ella. Pero que esa chica fuese ella siendo participe de la mayor y más descabellada mentira que jamás imaginó llegar a hacer, era un completo caos. El mayor error que iba a provocarle.

Tenía tiempo en aquella mañana para tratar de encontrar una solución a sus remordimientos de consciencia. Una mañana en la que, su único plan, era hacerle llegar a Quinn la buena respuesta del Sr. Robinson, y quedar precisamente con él para firmar el que sería su nuevo contrato de alquiler. Y solo existía una persona en el mundo que pudiera ayudarla a calmar la consciencia, y ayudarla a encontrar una solución al mas que probable conflicto que se iba a presentar ante ella.

—¿Rachel? —la voz de Jennifer sonaba alta y clara tras las manos libres de la morena, que metida en la cocina, ya preparaba café.

—Así me llamo —respondía.

—Hey…Vaya, me estás llamando. Que honor.

—No te quejes, mira la hora que es.

—Te recuerdo que yo estoy en Nueva York, así que mejor no hablemos de horarios —respondía automáticamente—. ¿A qué debo tu llamada?

—Quería saber cómo estabas.

—Mentira, no me lo creo. Seguro que te ha sucedido algo y no sabes a quien contárselo.

—Sí, sí que sé a quién contárselo, a mi mejor amiga que ahora me recrimina que la llame. ¿Puedes aclararte?

—Rachel, llevo media noche sin dormir, no esperes muy buen humor de mi parte.

—¿Qué te sucede?

—¿Recuerdas a Joss?

—Ajam…

—Pues eso me sucede, ha pasado la noche aquí y no me ha dejado dormir.

—Hey…hey, para…No quiero saber tu vida sexual.

—¿Vida sexual? ¡Já! Ojalá…El tipo vino, tomamos la última copa y se sentó en el sofá. Y no sabes lo que hizo.

—Ni quiero saberlo, te lo acabo de decir. Estoy a punto de desayunar, y lo último que me apetece ahora mismo es saber lo que haces con los chicos en tus noches de…

—Se puso a hablar de Star Wars, de los clones, los Jedis y no sé qué diablos más, Rachel —masculló interrumpiéndola, provocando la sorpresa en Rachel, que no tardó en esbozar una amplia sonrisa.

—¿Lo dices en serio?

—Toda la noche hablando de eso, Rachel. Te lo juro.

—¿De verdad? ¿No habéis…?

—No…Y te prometo que hice todo lo posible por lograrlo. Estuve insinuándome toda la noche. De hecho, hasta me desabroché la blusa para mostrarme un poco, y él se pensó que tenía calor. Así que decidió levantarse del sofá y abrir la ventana.

—No me lo puedo creer. ¿Y por qué no te lanzaste tú?

—Lo hice, me decidí y fui a pedirle que se callara con un beso y…

—¿Y qué? ¿Te rechazó?

—Se levantó del sofá otra vez para imitar los sonidos de Chewbacca.

—¡No! —exclamó completamente sorprendida— ¿De verdad hizo eso?

—Sí, y yo terminé estampándome sobre el reposa brazos del sofá. Dios, ha sido lo más ridículo de toda mi vida.

—Oh Dios Jen, lo tuyo con los chicos empieza a ser algo realmente digno de estudio. Deberías empezar a plantearte otras alternativas.

—¿Crees que me iría bien con las chicas? Porque si con los chicos me pasan esas cosas, no me quiero imaginar lo que me sucedería con una chica.

—No lo sé, pero igual funciona. Aunque a lo mejor te metes en un lio como el que yo tengo —soltó mientras ya tomaba asiento en el sofá, con una taza de café entre sus manos.

—Mmmm. Ok. Aquí viene el drama —bromeó Jen— Es Quinn, ¿verdad?

—Sí, por eso te he llamado. Estoy metida en el mayor lio de mi vida.

—Cuéntame.

—Ok, voy a ser breve… A Quinn le gusta Rebecca.

—¿Cómo? Quieres decir que le caes bien… ¿no?

—No Jen, quiero decir que anoche la escuché hablar por teléfono sin que se diese cuenta, y le dijo a su mejor amigo que Rebecca era de ella.

—Oh. Ok, Rachel. ¿Estás segura de eso? Quiero decir, estás convencida de que hablaban justamente de eso. Tal vez hayas sacado conclusiones erróneas, y…

—Conozco a su mejor amigo. Y por como hablaba Quinn, estoy convencida de que él le estaba dejando caer que podría resultarle interesante conocerme, o algo así. No sé., pero lo cierto es que Quinn fue clara.

—Ok. Y ahora yo pregunto, ¿a Quinn le gustan las chicas? Porque una cosa es lo que tú me dijiste que os pasó en ese verano, y lo que tú sientes por ella. Pero yo tenía asumido que a Quinn no le gustan las chicas.

—Esas son mis dudas, Jen. Que yo creía que no, que había elegido a los chicos. Pero ahora me he encontrado con una nueva faceta de su vida. Y no tengo ni idea de lo que hacer.

—Espera, espera… ¿Cómo que no tienes ni idea de lo que hacer?

—Bueno, es evidente que esto cambia mucho los planes que yo tenia…

—No, no, espera —volvió a interrumpirla—. Seamos claras, tú has ido ahí a ayudarla. Rebecca se supone que sólo va a estar unos meses y cuando todo vuelva a la normalidad, desaparecerás.

—Sí, ese es el plan.

—¿Entonces? ¿Qué es eso de que no sabes qué hacer? No tienes que hacer nada. Además, te recuerdo que tú no eres Rebecca, y si a Quinn le gusta Rebecca…

—Esas son mis dudas. Quinn no es la misma, y yo… Bueno, yo, yo cada día siento más por ella.

—Oh dios, no me jodas, Rachel. Si le das pie a algo más haciéndote pasar por Rebecca, vas a terminar haciéndole más daño. Y no es eso lo que queremos, ¿cierto?

—Jen, Quinn ha cambiado su actitud. Britt me dijo que desde que le sucedió el accidente, no permitía que nadie se acercara a ella, y por supuesto, ella no se acercaba a nadie. Que no quería conocer a nadie porque piensa que le van tener pena, o que nadie quiere estar con una chica ciega.

—¿Y qué me quieres decir con eso?

—Pues que, si le gusta Rebecca y va a intentar algo, es porque se va a desprender de ese miedo. Va a dar ese paso y eso si es bueno.

—Rachel, pero Rebecca no existe.

—Puede existir durante estos meses —respondía con apenas un hilo de voz.

—Oh dios, Rachel. No me puedes estar diciendo esto. Escúchame, si accedes a eso, le vas a romper el corazón.

—Si no accedo, se va a seguir sintiendo mal —le replicó tratando de convencerse así misma.

—No tiene por qué, si no te gustan las chicas, ella no podrá sentirse mal.

—Ya…pero…

—Pero qué…

—Ella se piensa que soy lesbiana.

—¿Cómo? Pero Rachel, ¿se puede saber qué clase de vida te has inventado?

—No fue culpa mía, surgió sin pensarlo. Su amigo, Michael, me invitó a salir el primer día que nos vimos y solo se me ocurrió la estúpida idea de decirle que era lesbiana para rechazarlo, y no caerle mal. Ahora el rumor se ha extendido y ella lo sabe. De hecho, creo que por eso parece que está dispuesta a dar ese paso.

—Rachel, ¿me has llamado para que te ayude, o para intentar convencerme que dejar que Quinn se acerque a Rebecca de esa manera está bien? Porque si es lo segundo, ya te digo que no está bien, que ninguna de las dos vais a salir bien paradas de eso.

—Pero piénsalo… ¿Sabes lo que va a suponer para ella saber que aún puede conseguir lo que quiere?

—Rachel, ¿qué va a pasar cuando te tengas que marchar?

—Empezaré a desilusionarle antes de que eso suceda. Conozco a Quinn lo suficiente como para saber qué cosas no le gustan en una persona, y si descubre que yo tengo esas cosas, dejará de buscarme o de interesarse. Así que no pasará nada.

—¿Y tú crees que las cosas del corazón son tan sencillas?

—Nadie habla de amor. Quinn no es una chica que se enamore tan fácilmente, apuesto a que lo que quiere es valerse por sí misma, comenzar a sentirse segura. Y no hay nada mejor que conquistar a quien te guste para hacerlo.

—Rachel, no te engañes…Te planteas eso porque has visto la oportunidad de tu vida. Estás loca por ella y te pueden esos sentimientos, pero tienes que ser fría. No eres tú, eres Rebecca. ¿Estás dispuesta a dejar que se enamore de alguien que no existe, y que se va a alejar de su vida?

No, no estaba dispuesta, pensó Rachel, que sentía como aquellas preguntas eran completamente coherentes. Pero algo en su interior la obligaba a llevar a cabo el nuevo plan, o, mejor dicho, a dejarse llevar y tratar de conseguir de una vez lo que tanto había deseado, y que con tanto empeño trató de destruir y camuflar durante aquellos años.

Tenía dos opciones, eliminar cualquier intención de acercamiento por parte de Quinn, algo que seguro iba a pesar en su maltrecho estado anímico. O bien, dejarse llevar, dejarse conquistar por la rubia y disfrutar de aquellos días que iba a poder estar a su lado, sabiendo que iba a tener un final anticipado, y con el peligro de realmente llegar a sentir algo más, y sufrir.

—¿Qué piensas? —interrumpió al ver que la morena no respondía.

—Pienso que la vida es para vivirla…Y que, si Quinn quiere dar ese paso hoy, no voy a ser yo quien la detenga.

—Oh dios mio —masculló Jen lamentándose—. Esto va a acabar peor de lo que te imaginas. Lo sabes, ¿verdad?

—Cinco años, Jen. Llevo cinco años tratando de no aceptar lo que me sucede. Y tres años sin poder verla, sin poder abrazarla o hablar con ella directamente, y toda esa frustración se fue en el mismo instante en el que la encontré tras esa puerta y me regaló una de sus sonrisas. Evitarlo sería demasiado castigo para mí. Tengo la sensación de que ésta es la oportunidad que estaba esperando. La última para, al menos, intentarlo, y no puedo dejarla pasar.

—Ok, yo no te digo nada más. Eres consciente de lo que está bien y lo que está mal, y ya es decisión tuya qué camino elegir. Mi obligación es advertirte, para eso soy tu amiga y para eso me has llamado. Y creo que lo he hecho.

—Sin duda.

—Bien, pues…Supongo que me irás contando como va todo y cuando regreses con el corazón destrozado, aquí estaré para consolarte.

—Eso es lo que hacen las amigas, ¿no es cierto?

—¿Qué voy a hacer si no? —se lamentó de nuevo—. Ok. Será mejor que te deje, he quedado con algunas de las chicas para salir de compras, y seguro que llego tarde.

—Ok, gracias por escucharme…Te echo de menos.

—Sí, ya veo que me echas mucho de menos —se burló con sarcasmo—. Cuídate, por favor.

—Y tú. Cuídate mucho, y si ves una camiseta de Chewbacca, cómpramela. Me gustaría tener una…

—Piérdete —la interrumpió malhumorada segundos antes de cortar la conversación y dejar con una enorme sonrisa a Rachel, que volvía a recordar toda la charla y como poco a poco, se iba sintiendo más segura de hacer lo que quería hacer.

—Disfruta hoy, no pienses en el mañana —se repetía antes de acabar con el café que aún permanecía en el interior de su taza.

—¿Y qué vas a hacer hoy? —Dana interrogaba a Quinn que salía perfectamente vestida de su habitación, dispuesta a marcharse.

—Pues quiero ir al gimnasio y ver que horarios hay. Y también quiero ir a buscar algo.

—¿Mi regalo de cumpleaños? —se mostraba curiosa, provocando una traviesa sonrisa en la rubia.

—Mmm, no creo. Este año no te has portado demasiado bien.

—Ohhh no, ni hablar. Yo quiero mi regalo y me lo vas a comprar, ¿me oyes? —amenazó.

—Hey, los regalos no se exigen, ¿lo sabias?

—Yo sí, así que hoy vas a salir a buscarme el mejor y más bonito regalo del mundo, y me lo vas a dar el viernes.

—Tu cumpleaños es el sábado.

—El viernes a medianoche ya es sábado. Así que me lo das el viernes.

—Te lo daré si consigo encontrar algo. ¿No crees?

—Quinn, te lo advierto, no juegues con mi regalo —trataba de mostrarse seria—. Te juro que reviso todas tus cosas hasta que lo encuentre, y como no haya nada, me voy a enfadar.

—Oye… ¿tú no tenías que ir a trabajar?

—No me cambies de tema, te lo estoy diciendo completamente seria.

—Si…sí, claro. Vamos, vete a trabajar.

—Oh dios —se acercaba a la puerta—. Como no me compres nada, me voy a enfadar de verdad, Quinn.

—Vamos…venga…

—¿Te vienes conmigo? —cuestionó al verla esperándola en la puerta.

—Sí, quiero un café del Brooklyn.

—Ok —asintió al tiempo que abandonaba la casa. y Quinn, sujeta a su brazo, la seguía, manteniendo el mismo tono de humor y la conversación de su supuesto regalo.

El ascensor las dejaba en la entrada del edificio y apenas un par de minutos, ambas se despedían en la puerta del Brooklyn.

Quinn no dudó en entrar y llamar la atención de Paul, el camarero que ya se disponía a comenzar el día de trabajo.

—Hola Quinn, ¿qué tal?

—Hola Paul, buenos días —respondía con una enorme sonrisa—. Estoy perfectamente, eso sí, me muero por un café.

—Un café de los especiales, ¿no?

—De los que solo tú sabes preparar —sonreía.

—Mmm, ¿prefieres el café de Paul al mio? —María entraba en ese instante en la cafetería e interrumpía la conversación de ambos, provocando la sorpresa en la rubia.

—Hey…hola, no sabía que estuvieses aquí.

—No estaba, acabo de llegar y me marcho enseguida. Esto de ser empresaria es un asco. Yo solo quiero estar aquí, hablando con mis personas favoritas.

—Hey, no te quejes. Porque ya hablas mucho con tu persona favorita, que soy yo —masculló Quinn fingiendo algo de soberbia—. Y además eres la dueña de una de las mejores cafeterías de la bahía. ¿Qué mas quieres?

—Cierto —sonreía al tiempo que acariciaba la espalda de la rubia a modo de saludo—. La verdad es que no me puedo quejar, si supieras donde voy a ahora, es probable que me envidies.

—¿Dónde vas?

—A una degustación de pasteles —respondía divertida.

—Oh… ¿Y te quejas de ser una empresaria? Yo estaría encantada.

—Lo estoy, pero no estoy segura de que me vayan a gustar mucho. Son pasteles especiales.

—¿Y qué tienen de especial? Espero que no estés planteando dejar de servir la tarta de queso, porque entonces vamos a tener un problema.

—No, no, la tarta de queso no se mueve de la carta. Lo especial de los nuevos pasteles, es que son para vegetarianos. He decidido servir algunos aquí.

—Buena idea, San Francisco está llena de vegetarianos y veganos. De hecho, no sé cómo no se te ha ocurrido antes.

—Estuve pensándolo, pero no me decidí hasta que vi que rechazaban mi tarta de queso por no ser apta para ellos. Me dolió tanto el corazón que ya no puedo alargarlo más —dijo y Quinn no pudo evitar reír al escuchar el tono melodramático que la chica estaba adquiriendo tras aquella pequeña confesión, y que tan divertido sonaba.

—Cierto, negarse a comer la tarta de queso del Brooklyn, debe doler…Tiene que herir tu orgullo.

—Sin duda, además he sido muy bien aconsejada por alguien a quien conoces.

—¿Ah sí? ¿Por quién?

—Tu vecina nueva. —Nervios. No podía evitarlo, era escuchar que alguien la mencionaba, y los nervios se metían en su estomago a la velocidad de la luz.

—¿Rebecca? —balbuceó tratando de controlar la tensión que se apoderaba de ella, y fingir una naturalidad que le resultaba tremendamente complicada.

—Sí, me dijo que en Chicago no había un solo lugar sin que ofreciesen una alternativa a vegetarianos, y terminó por convencerme.

—Es cierto, bueno, no sé si en Chicago, pero en Nueva York si es algo muy normal. Así que buena elección.

—Ahora espero que no se haya equivocado con los pasteles.

—¿También te aconsejó con eso? —cuestionó curiosa.

—Sí, la verdad es que es muy amable y parece que sabe de lo que habla.

—Supongo que el que sea chef, debe ayudar —le respondió forzando la sonrisa. No solo por la tensión, sino porque había empezado a intuir que el tono que usaba María para hablar de Rebecca, no era de naturalidad, o indiferencia. Como podría serlo con cualquiera de sus clientes.

—¿Chef? —cuestionaba curiosa— ¿Es chef?

—Eh sí. ¿No lo sabias?

—No, no me ha dicho nada. De hecho, le pregunté a qué se dedicaba y me dijo que lo averiguase. Le gusta jugar mucho con la intriga.

—Ok. Acabo de meter la pata.

—Tranquila, no pienso delatarte. En realidad, me acabas de dar la clave para poder jugar yo también. Me voy a divertir un poco…

Aquella respuesta, lejos de tranquilizar a Quinn, consiguió ponerla más nerviosa.

Era evidente que algo estaba sucediendo entre ellas. Que María hablase de esa forma de cualquier chica, era prácticamente habitual en ella. Pero saber que Rebecca parecía seguirle el juego, ya no lo era tanto. O, mejor dicho, le dejaba entrever que había surgido una amistad más cercana entre ambas. Ya se lo avisó Michael días atrás. María no parecía perder el tiempo, y a Rebecca no parecía importarle que lo hiciera. Y eso no le gustaba en absoluto. De hecho, le sentaba mal.

—Por cierto, me dijo que a lo mejor se mudaba a vuestro piso. ¿Es cierto?

—Eh…sí, aún estamos a la espera de la respuesta del Sr. Robinson, pero parece que sí, que va a ser nuestra nueva compañera.

—Que suerte a tenido. ¿No?

—Eh, si bueno, en realidad yo le ofrecí la habitación.

—¿Tú?

—Sí. Ya sabes que estábamos dispuesta a alquilarla. Santana no va a regresar hasta dentro de un par de meses, y probablemente se vaya a vivir con Brittany. No sé, ella me dijo que estaba buscando un lugar mas económico, y justo nuestra habitación está libre.

—Ya. Menuda casualidad. Veo que no le detiene nada —masculló provocando la curiosidad en Quinn.

—¿Cómo? ¿A qué te refieres?

—Ya sabes, Quinn —sonreía—. Es mucha casualidad que justo cuando Santana se marcha, ella busque habitación o un lugar mas económico. ¿Cuánto tiempo lleva aquí? ¿Una semana?

—Eh… Sí. Pero ¿por qué dices que es mucha casualidad? —preguntó sin poder evitar recordar las mismas palabras que Santana le había dejado caer el día anterior. Que todo parecía perfectamente planificado por Rebecca.

—Esa chica ha debido buscar alojamiento con tiempo, ¿no? Y si la ha buscado por aquí, y ha hablado con el Sr. Robinson, es evidente que sabia que teníais la habitación libre. Podría haberos preguntado antes de alquilar su apartamento. ¿No?

—Oh, no. No, pero el cambio viene porque le han surgido unos gastos que no esperaba tener, y bueno, la chica necesita ahorrar un poco —se excusó.

—¿Qué gastos?

—Pues, pues no lo sé.

—Blanco y en botella.

—No te entiendo.

—Vamos Quinn, esa chica no pierde el tiempo.

—¿Por qué no me entero de lo que estás tratando de darme a entender?

—Vamos Quinn —se desesperó.

—Aquí tienes, tu café —Paul dejaba el vaso de café perfectamente preparado delante de la rubia, pero Quinn lo ignoró. Su única intención en aquel instante era saber a qué se refería María.

—¿Crees que quería estar en nuestro piso desde el principio?

—Lo que creo es que esa chica alquiló el departamento pensando que era un buen lugar para vivir, y cuando te conoció se dio cuenta de que había cometido un error. En cuanto ha visto que la habitación estaba libre, zas… Ha jugado sus cartas para que la metas en tu casa. Y ya sabes con qué intenciones…

—No, no las sé. Y suena muy preocupante eso que dices, porque te recuerdo que estoy ciega, y voy a meter a una desconocida en casa. Si me dices que todo lo ha planificado, voy a empezar a sospechar que…

—Que le gustas, Quinn —soltó interrumpiendo su sermón—. A esa chica se le cae la baba contigo. Es algo evidente —añadió logrando que a los nervios que se habían adueñado de ella, se le sumaran un incipiente rubor en sus mejillas.

—¿Qué? ¿Tú también me vas a decir eso?

—No es un invento, Quinn. Me es suficiente verle la cara cuando habla de ti, o te ve. Igual que me fue suficiente mirarla una sola vez para saber que jugaba en mi equipo —sonrió divertida.

—¿Se le nota? —preguntó sin siquiera pensarlo, y la sonrisa en María se hizo más evidente.

—Demasiado para llevar aquí menos de una semana. Es más, juraría que esa chica ha tenido un flechazo contigo. Y veo que no soy la única que te lo ha dicho.

—Santana me dijo que le resultaba extraño prefiera cambiar un apartamento entero por una habitación, pero yo no le veo nada raro. Quiero decir, es lógico que una chica que aún no tiene trabajo en esta ciudad, pues termine buscando algo más económico para vivir. Además, está sola, y supongo que el hecho de tener más compañía, también es un plus para que tome esa decisión.

—Pues no sé, Quinn. Yo no puedo asegurarte que haya sido una estrategia, pero que está interesada en ti, está clarísimo. Así que prepárate para recibir alguna indirecta, aunque me da a mi que esa chica es mas de directas —bromeó.

—No…No creo que eso pase —trató de sonar convincente, pero su mente ya no estaba en la conversación, sino en cómo lograr averiguar que todo aquello que decía María, era cierto. Porque si era verdad, si era cierto que mostraba interés en ella, todo sería mucho más sencillo para lo que ya rondaba por su mente—. Rebecca no haría algo así conmigo…—añadió.

—Bueno, tú sabrás, pero yo en tu lugar, iba preparando alguna excusa, o le dejaba claro que no te interesan las chicas —dijo provocando el silencio absoluto de Quinn. Que, en ese instante, no encontró, o, mejor dicho, no fue capaz de responder al consejo que recibía, sin terminar delatándose. Sin confesarle que se moría de ganas porque algo así, le sucediera. Y se limitó a dejar el dinero de su café sobre la barra, y volver a guardar su cartera en el bolso que portaba, intentando calmarse y no demostrar que los nervios seguían haciendo de las suyas en ella—. Mira, vas a tener la oportunidad de hacerlo ahora —musitó María haciéndola reaccionar—. Ahí viene la chef.

—¿Qué? Deja de bromear, María.

—No es broma —susurró—. Hola Rebecca —saludó rápidamente y Quinn volvía a tensarse confusa.

—Hola. ¿Qué tal estáis? —dijo Rachel, y Quinn supo que no mentía. Inconfundible. Y no solo por su voz, también por su presencia. Ni siquiera supo por qué fue capaz de percibir lo que percibió. Pero allí estaba de nuevo esa sensación, ese extraño escalofrío que recorría su espina dorsal, y se reflejaba en cada poro de su piel. Lanzándola a un pasado que ya creía haber olvidado.

—Bien, aquí, hablando de pasteles y bombones —le respondió María, mientras Quinn trataba de seguir mostrándose firme.

—Buena conversación, sin duda —musitó sonriente—. ¿Qué tal Quinn? ¿Cómo has dormido?

—Eh…Hola Rebecca, muy bien. He dormido como un bebé.

—Me alegro, tienes muy buena cara —se detuvo lanzando una mirada a María que ya se adentraba en la barra, y daba algunas explicaciones a Paul—. Ambas la tenéis —susurró—, pero la diferencia es abismal.

No supo si reír, o simplemente tratar con normalidad aquel primer halago que recibía de la chica después de saber, o al menos eso decían Santana y María, que estaba interesada en ella.

—No sabes cuánto me gustaría poder compararte a ti —espetó sin ser consciente del tono con el que lo decía.

—¿Compararme?

—Eh sí, me gustaría mucho poder decir que tú también tienes buena cara —se detuvo—, y que la diferencia también es abismal —susurró—. Pero me temo que voy a tener que conformarme con tu tono de voz, y éste me dice que estás contenta. Por lo que intuyo que tú también has dormido bien.

—Totalmente. He dormido muy bien, y feliz.

—Me alegro, me alegro mucho…

—Rebecca, ¿qué vas a tomar? —Paul se acercaba a las chicas e interrumpía la conversación.

—Café, para llevar, por favor.

—¿Te vas? —cuestionó Quinn sin pensar.

—Sí, tengo que arreglar un par de asuntos. ¿Y tú? ¿Estás esperando a alguien?

—No, voy, voy a solucionar también unos asuntos. Quiero conocer los horarios de un gimnasio que hay aquí cerca, y también buscar un regalo para Dana. El sábado es su cumpleaños y me va a matar si no le compro nada.

—Oh… ¿Y necesitas ayuda? ¿Sabes que comprarle?

—Pues la verdad es que no tengo ni idea. Supongo que algo se me ocurrirá, es la primera vez que voy a comprar un regalo sin verlo —bromeó.

—Bueno, si lo prefieres, puedes dejarlo para otro momento y yo te acompaño.

—¿Tú?

—Sí, además…Eso del gimnasio me interesa.

—¿Sí?

—Sí, aunque mi objetivo número uno ahora mismo es saber si hay algún lugar con piscina cerca.

—Tenemos una en el bloque.

—Sí, pero no veo a mucha gente utilizándola. No sé, me gusta que haya más gente.

—Bueno, quizás porque aquí la gran mayoría prefiere ir a la playa.

—¿Tú no?

—Eh…sí, bueno. Yo solía ir, pero meterte en el mar a ciegas es un tanto claustrofóbico.

—¿Claustrofóbico?

—Sí. Curioso, ¿verdad? Estás en el océano, y sientes que te asfixias. Es una sensación extraña. Me, me agobia demasiado. No sé cómo explicarlo.

—¿Y acompañada?

—¿Acompañada?

—Sí, me gustaría poder bañarme en el Pacifico. ¿Cuál es la mejor playa?

—Pues, una de las mejores es Ocean Beach.

—Ok, tomo nota… ¿Y cuándo vamos a ir? —cuestionó en el mismo instante en el que Paul dejaba el café sobre la barra, y Rachel se disponía a pagarle. El gesto sorprendido de Quinn no pasó desapercibido para ella.

—¿Quieres que te acompañe?

—Me encantaría, si insistes —respondía divertida logrando que la sorpresa de Quinn, terminase transformándose en una de sus sonrisas mas naturales—. ¿Qué? Dime que no es un gran plan. Esa sonrisa te delata.

—No, claro. Es, es un buen plan, pero no sonrío por eso.

—¿Entonces por qué sonríes así?

—Porque veo que, si algo te interesa, vas a por ello. ¿No es cierto?

—Por supuesto. De eso se trata. De ir a por lo que quieres.

—Ok. Además, eres directa.

—Lo intento. Por cierto, te recuerdo que aún me debes una visita turística por la ciudad. No creas que me olvido tan fácilmente de esos detalles. Así que, puedes meter en esa ruta, nuestra visita a la playa.

—Y yo te recuerdo que tú me debes una cena —le replicó justo cuando Quinn lograba alzar la mirada dejándose guiar por el sonido de su voz, y la centraba en sus ojos por pura casualidad durante algunos segundos.

—Lo sé —balbuceó Rachel sintiendo como la saliva caía de golpe por su garganta— Y va a ser muy pronto…

—¿Ah sí? ¿Cuándo?

—Cuando me instale en tu casa —le dijo tras ver como regresaba a perder la mirada en el suelo, y se sorprendía al escucharla.

—¿Has hablado con el Sr. Robinson?

—Ajam —respondía completamente sonriente—. De hecho, en media hora tengo que estar en su oficina para firmar el nuevo contrato.

—¿Hablas en serio?

—Totalmente en serio.

—¿Y no te puso trabas? ¿Cómo es posible que hayas logrado convencerlo tan rápido? Va a dejar de ganar dinero…

—Quinn Fabray, acabas de decir que, si algo me interesa, lo consigo…Te responde eso a la pregunta.

—Cierto —musitó visiblemente satisfecha—. Intuyo que realmente te interesa ser mi nueva… Nuestra nueva compañera.

—No te haces una idea —dijo tomando el vaso de café.

—Ok. ¿Y cuándo te mudas?

—Pues, cuando la habitación esté lista y firme el contrato.

—La habitación está completamente preparada.

—Bien, entonces, supongo que mañana será mía.

—Mañana…—susurró— Perfecto. Avisare, avisaré a Dana y a Michael.

—Ok —murmuró Rachel sin perder detalle de cada gesto que le regalaba. Siendo plenamente consciente de que Quinn estaba realmente interesada en que se instalase lo más pronto posible. Y eso no hacia otra cosa más que incitarla a seguir adelante, a pesar del temor que ya había empezado a acusarla.

Sabia que no estaba bien. Lo sabia porque las palabras de Jennifer seguían merodeando por su mente, y flirtear con Quinn como lo estaba haciendo, podía ser el mayor error de su vida. Pero no podía evitarlo. No podía no regalarle los oídos sabiendo el bien que le hacía. No podía dejar pasar la oportunidad, si la veía sonreír como lo hacia cada vez que alguna indirecta salía de ella—. Bueno, será mejor que me marche. Cuanto antes firme, antes podré instalarme. Y antes podrás llevarme a esa playa de la que hablas.

—Tienes razón. Cuanto antes lo hagas, antes podré confirmar que eres chef, y antes podrás acompañarme a buscar el regalo de Dana.

Sonreían y lo hacían las dos a la vez, como si realmente estuviesen viéndose la una a la otra, y se contagiaran ellas mismas.

—Adiós, María, adiós Paul —alzó la voz para despedirse de ambos, que aún seguían hablando tras la barra, y que no dudaron en devolverle el saludo— Ok, Quinn —se dirigió a la rubia—. Te dejo que disfrutes del café.

—Bien. Que vaya bien.

—Eso espero. Te veo luego, ¿de acuerdo?

—¿Luego? ¿Dónde? —preguntó sin ser consciente de que la morena ya comenzaba a alejarse de ella.

—Donde siempre, en la terraza —espetó divertida, provocando de nuevo la sorpresa en Quinn, y la sonrisa casi pétrea en su rostro. Tanto, que no logró apartarla de ella ni en ese instante, ni en los siguientes minutos en los que estuvo dentro de la cafetería. Unos minutos en los que María no la perdió de vista. No le habló hasta que vio como parecía disponerse a abandonar el local también.

—¿Te vas?

—Eh sí. Tenia pensado algunos planes, pero me voy a volver a casa para organizar todo un poco.

—Me parece perfecto. Voy a estar aquí toda la mañana, asi que si te aburres, ya sabes.

—Lo tendré en cuenta. Gracias. Pero no creo que me aburra. Es probable que dedique el día a limpiar el apartamento.

—Bueno, no es un plan agradable, pero supongo que tendrás tus motivos para ello —replicó sonriente, y Quinn asintió de igual manera. Por supuesto que lo tenía. Una nueva invitada que tenia que ser recibida de la mejor forma posible—. Cuídate, Quinn.

—Gracias, María. Por cierto, procura no comer demasiados pasteles y deja algunos bombones para las demás —bromeó cuando ya se decidía a abandonar la barra—. No te vayan a sentar mal.

—Tranquila, los pasteles serán para mí, pero los bombones te los dejo a ti —respondió con toda la intención.

—Así me gusta —susurró Quinn tras devolverle la sonrisa antes de abandonar por completo la cafetería—. Los bombones…para mí.