Oscuro Corazón
Los personajes no son míos la trama sí y no permito la distribución ni adaptación sin mi autorización.
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Capítulo 8
La habitación… cartas al amor
El frio le calaba hasta los huesos, pero se mantuvo inmóvil con las rodillas sobre la nieve fría. Pues sentía que era una tortura necesaria, una distracción al dolor que aquejaba su pecho. Jane, la sostenía de un brazo para no dejarla caer, de otra manera hubiera puesto también la palma de las manos en el piso congelado. No se dio cuenta en qué momento sus piernas flaquearon debido a la impresión de descubrir que experimentaba más pesar del que debería al pensar en el fatídico destino de Edward.
—Lo siento, señora. No quise molestarla —Jane se disculpó una y otra vez. Asustada de haberse excedido con sus palabras y que la mujer tomara represalias. La muchacha le hizo a un lado el cabello para revisar si su rostro continuaba en shock.
Isabella negó con la cabeza, cómo podía molestarse si la joven no hizo nada más que poner sus pies en la tierra. ¿Cuándo y cómo se perdió en un mundo en el cual solo ellos existían en esos momentos? Pequeños instantes con Edward en donde su alma quedó desnuda frente a él. Seguramente el hombre había memorizado cada parte de ella, incluso no dudaba ni por un segundo que hasta logró desentrañar los secretos y deseos oscuros de su corazón, que guardaba celosamente en lo profundo de su ser. Lo maldijo en silencio. Por ser un chico inteligente, un lector de almas.
Se decía que era despreciable por ser incapaz de corresponder el afecto sincero que le era dado tan desinteresadamente, por un hombre que se negaba a distinguir en ella los matices oscuros de su alma. Y aunque no aspiraba a demostrarle que lo quería lo suficiente para llorarlo, si pensó en hacerle saber que le importaba como lo haría un buen amigo al que se tiene en alta estima. Lamentó no haberlo conocido antes. Tal vez hubiera podido darle a Edward lo que tanto anhelaba: amor.
Amor verdadero, puro e incondicional; que nada tenía que ver con la lujuria. Un amor en donde no hay cabida para el egoísmo, sino de los que te dan fuerza de enfrentar el mundo y por los que eres capaz de realizar locuras: estúpidas e irracionales. Eso era exactamente lo que sentía por Jacob, su amor era fuerte e intenso y dolía como un demonio que te iba carcomiendo en vida por dentro.
«No, no amo a Edward Cullen. Nunca podría amar de nuevo de esa forma», intentó mentirse.
Inhaló y exhaló, hasta que recuperó de nuevo la serenidad. Jane, poco a poco la soltó alejándose de ella una vez que estuvo segura de que no se desvanecería a punto de desmayo.
Los copos de nieve comenzaron a caer a raudales, miró a su doncella que apenas y llevaba un abrigo adecuado para permanecer en la intemperie. ¿Por qué seguía allí? ¿Por qué no corría de regreso a la casa? ¿Por qué no la dejaba hundirse sola en su miseria? ¿No sentía el frio? Isabella no ignoraba el viento helado que golpeaba su rostro; fue en ese instante que notó el aroma de Edward en la prenda y la deliciosa calidez que se liberaba, avivándose ahora con su propio calor corporal. Y es que cuando Jane la abrigó, la gruesa tela todavía se percibía tibia.
Se da cuenta de que, a pesar de su ausencia, Edward, todavía le otorga protección. Ha estado tan expuesta que ya hasta puede predecir sus necesidades.
—Volvamos a casa Jane —ordenó, sin mirar a la joven.
—Sí, señora —respondió.
Jane se adelantó para abrir la puerta y dejar pasar primero a su señora; luego, la siguió de cerca hasta el inicio de las escaleras, porque vio a su señor sentado en el último peldaño esperando a su esposa. Isabella todavía estaba turbada, así que no fue capaz de percibir la silenciosa presencia de Edward al final de su camino.
Isabella subió corriendo y al mirar hacia arriba se encontró con Edward —con la cabeza gacha y la mirada puesta en sus manos, sentado obstruyendo su paso a la segunda planta—, por lo que se detuvo abruptamente a una corta distancia de él. Siendo demasiado tarde para cambiar de dirección, tragó saliva y levantó el mentón, antes de seguir subiendo hasta el hombre que no estaba preocupado en reconocer su presencia.
Edward mantuvo los ojos en su regazo, otorgándole la oportunidad de huir y esconderse en su alcoba; o enfrentar sus miedos y quedarse a su lado. Sin embargo, no hace ninguna de las dos cosas. No, ella se quita el abrigo y le dice con voz ronca:
—Lo siento —relame sus labios—, se humedeció con la nieve.
Edward sacudió la cabeza en forma negativa, arrancó de su mano la prenda y se puso en pie. Isabella al fin puede contemplar esos ojos verdes que le provocan a su corazón aletear como las alas de un colibrí, y le duele.
Edward se mantiene firme frente a ella, un peldaño más abajo otorgándole a ambos cercanía y comodidad. Dejó caer el abrigo al piso para poder rozar las mejillas de la mujer con sus pulgares suavemente y con ternura. Ladeó un poco la cabeza mientras que leía el alma de Isabella en su rostro. Finalmente le acomodó un mechón de cabello detrás de la oreja.
Isabella no puede evitar cerrar los ojos por el placer de la caricia o por el dolor nostalgico que el gesto le causaba.
—¿Ya estás mejor? —le preguntó amablemente, ella sabía que él conocía la respuesta. Pero le agradeció de todos modos su intento fallido de discreción.
—Sí. Solo… me duele un poco la cabeza —mintió sin mirarlo a los ojos. Ya no podía mentirle deliberadamente. Mantiene su vista en el cuello de la camisa de Edward. Lleva las manos hasta la tela desaliñada y la acomoda correctamente. Da dos palmaditas a su pecho antes de despedirse.
—Iré a mi alcoba a descansar.
—Está bien, yo estaré en mi despacho. Debo redactar un contrato así que… —no termina la frase, simplemente levantó los hombros en signo de resignación.
Isabella asintió, pero antes de marcharse… Edward la abrazó con fuerza transmitiéndole sin palabras la desesperación que albergaba su alma. De alguna manera sentía que se estaba alejando. Volvía a ser esa ave herida a la que tuvo la osadía de acoger y curar, sabiendo que existía la posibilidad de que ella pudiera soltar el vuelo en cualquier momento, abandonando a su hijo y a él. Si es que se rendía a sus encantos y se atrevía a dárselo.
—Edward…
—No, espera un momento. Por favor, solo un instante. Tienes frío y no lo notas; lloras y no sientes el dolor de tu pecho; déjame calentarte, permíteme consolar un poco a tu corazón.
Isabella notó que, efectivamente, estaba llorando. Le asombró darse cuenta de que creía que sufría por Jacob, cuando en realidad agonizaba por él. Se quebró emocionalmente. Maldijo en silencio a la vida, al destino y a Dios. ¿Por qué era cruel con los justos?
Le regresó el abrazo con toda la fuerza que tenía… No era justo que estuviera marcado para morir joven y dejarla sola. Tan lleno de ilusiones y con un deseo por vivir como ninguna otra persona. Él amaba la vida y a ella ni siquiera se le hubiera ocurrido la idea de que un día también morirá, nunca pensó en un propósito real por el cuál respirar cada día.
En cambio, él parecía vivir con él único propósito de hacerla feliz, pues se lo había confesado antes y aunque no lo creyó de primera ahora sabía que era verdad. Las razones podrían ser muchas o solo una, él quería dejar en ella una huella, para recordarlo de la manera en que sus padres no pueden hacerlo.
Un hombre, cariñoso, pasional que va por la vida con el corazón en la mano ofreciéndolo como si fuera de lo más normal. Sin cuidado, sin temor a ser herido. Sabe que él desea que lo recuerde como el único hombre que en realidad la amó y que al final, le dará ese niño porque no querría irse de este mundo sin dejar una huella palpable para todos.
Isabella lo soltó primero, trató poner distancia entre ambos y ser fuerte. Así que intentó limpiar sus lágrimas con el torso de sus manos, pero Edward fue más rápido y con un pañuelo que sacó del bolsillo de su chaleco, las limpió con ternura. La acción galante y tierna la hicieron sollozar como una de esas mujeres que lloran horriblemente en pie delante del féretro de su esposo. ¿Quién iba a limpiar sus lágrimas después?
Era patético, lo sabía. Llorarlo de ese modo si todavía estaba vivo. Fue en ese momento que se dio cuenta de que en realidad no importaría, si él descifraba o no, lo que su tonto corazón sentía por él. De hecho, pensó que algún día podría decirle que lo lloraría igual o peor cuando decida dejar este mundo. Que supiera que no lo olvidaría nunca, porque es el hombre más bueno que ha conocido. Y que de alguna manera lamentaba no amarlo con locura y con los ojos cerrados; pero que lo quería y mucho, evidentemente.
—Tranquila amor mío, estoy aquí a tu lado. Ya nada va a dañarte. Nada te va a ocurrir, lo prometo. Yo no soy él, nunca te abandonaría Isabella. Estás a salvo, tu corazón está a salvo.
Pero, Isabella era una experta en reconocer las promesas vanas y tontas que se hacen cuando se ama, ella las conocía, pues fueron las mismas que hizo, que le hicieron. También reconoció la mentira en cada sonido de su voz, porque todo eso se iría al carajo en el momento en que muriera, dejando al mundo sin colores y hundido en la miseria.
Una puñalada atravesó su alma, destrozó su pecho e hizo pedazos a su corazón. ¡Qué horror! ¡Qué sufrimiento! Le dolía tanto como nunca antes había experimentado la agonía; porque, aunque muchas veces se juró que moriría sin Jacob, la cruda verdad era que seguía viva; perteneciéndole a otro hombre; disfrutando de las caricias depravadas y, sensuales de su nuevo y bello amante.
Anhelando nada más que sus dulces mentiras fueran realidad: que él se quedara siempre a su lado, ya que su ausencia ahora es lo único que puede dañarla; Edward se había convertido en su salvador y su verdugo; y a pesar de eso, con gusto le entregaría el corazón para que permaneciera a salvo en sus manos.
Entre sus brazos, Isabella deseó haberlo conocido antes cuando todavía era digna y pura, para ser solo de él, de Edward Cullen, no de Jacob, nunca de Jacob, no de otro.
«¡Oh Dios! ¿Lo amo? Lo amo», se reveló Isabella en su mente.
Sus piernas perdieron la fuerza, que si Edward no la hubiera estado sujetando ella habría caído al piso aparatosamente. Isabella se aferró a su torso, como su única tabla de salvación. Edward nunca había visto a una mujer llorar tan dramáticamente. La escena era terrible a sus ojos, pues era tanto el dolor que expresaba Isabella mientras lloraba y gritaba, que creyó que enloquecería o moriría.
—¡Ralph! —Edward gritó en vano pues los gritos de angustia y sollozos histéricos habían retumbado por toda la casa asustando al personal que, pronto corrieron al lugar de donde provenían.
Jane estaba al pie de la escalera con las manos en la boca, asustada, a la vez que asombrada pues era la única que sabía la razón del estado de su señora. Ella lloraba por su esposo, por aquel hombre que la amaba ciegamente. La mujer se había quebrado al chocar con la realidad de que un día iba a perderlo y si ella se negaba a reconocer los sentimientos de su corazón perdería demasiado.
Ralph subió las escaleras de prisa mientras gritaba a Jane para preparar un té, a Mike le ordenó traer al médico. Porque la joven parecía haber perdido la razón. Y sabrá Dios, cómo se lidia con alguien en ese estado.
La señorita Collins al ver a su señora enloquecida, negó con la cabeza y torció los labios. Al parecer la niña idiota ya se había dado cuenta que estaba enamorada de su marido. Detuvo a Mike por el hombro.
—No necesita un médico. Yo me encargo.
Después subió las escaleras a paso tranquilo, vio como Edward levantó a Isabella para llevarla en brazos hasta su habitación, él ni siquiera se dio cuenta de lo que hacía. Nadie lo vio. Edward, había dejado de ser ese chico debilucho que conoció hacia unos meses. ¡Mira lo que el amor y las ganas de existir provocaban!
Edward rompió su promesa y entró a la alcoba de su esposa, depositándola en la enorme cama. Pero la hermosa mujercita todavía se aferraba a su cuerpo, así que tuvo que forcejear un poco con ella para que soltara su cuello. Pensó en recostarse a su lado, pues parecía que no lo quería lejos, que lo necesitaba y no iba a fallarle.
Collins lo detuvo, lo tomó del brazo y lo alejó de Isabella. La joven se encogió y escondió su rostro en una almohada, pero la mujer mayor, la forzó a mirarla. Luego, le dio dos grandes bofetadas que dejó a todos estupefactos. Los gritos pararon, las lágrimas bañaban todavía sus mejillas y algunos gimoteos salían de sus labios, moderadamente.
—Señores, ¿pueden dejarme a solas con la señora?
Edward miró a Isabella que ¡gracias a Dios! parecía haber vuelto en sí. Asintió a la mujer y salió de la habitación, Ralph, lo siguió.
—Me puedes explicar, ¿Por qué tanto drama? —La mujer mayor se sentó en la orilla de la cama, junto a Isabella. Aunque su tono de voz era frío y carente de emociones, sus manos quitaban de su rostro los cabellos mojados por las lágrimas de la muchacha, con ternura.
—Se va a morir —respondió con voz entrecortada y casi echándose a llorar de nuevo. Respiró hondo para no caer en otra horrible crisis nerviosa.
—Ya lo sabías, Isabella.
Isabella colocó su mirada hacia la pared. Pensando en qué la mujer tenía razón, ella lo sabía la diferencia era que ahora lo lamentaba porque estúpidamente se enamoró de nuevo del hombre equivocado.
—Pero no quiero que muera… —expresó con dolor.
Collins suspiró pesadamente antes de hablar:
—Te daré un consejo —dijo la mujer mientras sujetaba el rostro de la muchacha y la hacía mirarla a la cara—: has como si no lo supieras y no lo mires con lástima. El señor Edward no lo apreciaría. ¡Mejor gózalo! No seas una idiota perdiendo el tiempo con algo que esta fuera de tu control. Dile que te haga ese niño, tal vez así no se lleve con él, tu alma cuando perezca, niña.
Collins abrazó a la muchacha y dejó que manchara su estimado vestido con lágrimas. El sonido de dos toques a la puerta atrajo su atención.
—¿Quién es? —preguntó, Collins.
—Soy Jane, traigo un té para la señora.
—Adelante.
Jane entró con la bandeja, mirando constantemente hacia la cama donde se encontraba Isabella. Colocó el servicio suavemente en la mesilla, tomó la tetera y vertió la infusión caliente en la taza de porcelana. Cuando se giró para entregársela a su ama, pudo echarle un mejor vistazo, se contentó pues ya parecía más tranquila. Así que con voz suave preguntó:
—¿Azúcar?
—No —respondió Collins, en nombre de Isabella. Se acercó a Jane y le quitó la taza de las manos—. Ve a las cocinas y busca algo productivo qué realizar.
—Sí, señora.
Salió de la habitación sin atreverse a mirar de nuevo a Isabella, realmente no le sorprendió encontrarse con el señor Edward en el pasillo, esperándola seguramente para interrogarla. Lo vio mover cabeza hacia un lado indicándole que lo siguiera.
Ambos entraron a la alcoba, Edward se hallaba totalmente desaliñado, el cabello regularmente peinado hacia atrás, estaba desordenado debido a que constantemente lo jalaba por la preocupación. Caminaba de un lado a otro con la camisa desfajada, como un león enjaulado, furioso, aunque no sabía por qué.
—¿Cómo está?
Jane, qué nunca lo había visto así. Suspiró, tenía un poco de miedo de decirle que ella le había provocado esa crisis de histeria.
—Está más tranquila, señor.
Edward asintió, sintiéndose un poco más tranquilo. Miró a la muchacha que le rehuía la mirada constantemente, y que imposiblemente estaba tranquila y cohibida.
—¿Qué paso allá afuera? —preguntó.
—No… no lo sé. Ella solo parecía pensativa. No me dijo nada. ¿Por qué habría de decírmelo? No soy más que una doncella, nadie en realidad.
Edward, la miró fijamente, achicando los ojos.
—Si fueras nadie para ella, nunca te habría dado esos vestidos. Una fortuna en ellos, a mi parecer.
—La señora fue muy amable con las chicas y conmigo. Pero si le ha molestado su noble decisión, los devolveré. Es más, ahora mismo hablaré con las otras doncellas, y ya le informo que no los hemos usado. Lo digo por si le preocupa que unas sucias criadas mancillen la piel de su esposa… —respondió la joven con un tono ofendido.
—¡Jane! No es lo que quise decir y lo sabes. Isabella te estima sí, pero yo creí que eras de las pocas personas en el mundo que no se pueden comprar. Pensé que nuestra amistad nos daba la ventaja de la lealtad. Mas veo que Isabella te ha arrebatado de mi lado y que ha comprado tu fidelidad.
—Mi lealtad está con usted, señor. Pero no sé nada —ella respondió temblorosa y con lágrimas en los ojos.
Edward que creía conocer a la joven, le creyó. Tras un fuerte suspiro manoteó indicándole a Jane que saliera.
A penas amanecía cuando Isabella se levantó de la cama, tomó una manta y unas botas; salió de su habitación descalza, no deseaba despertar a nadie. Su único deseo era contemplar el amanecer. Algo que hacía mucho en casa de su tía y que por lo regular había funcionado para calmar su corazón adolorido y la mente llena de promesas e incertidumbre.
Descendió las escaleras y caminó directo la puerta trasera que conducía al jardín, allí, se puso las botas y salió de la casa para enfrentarse con el frio de la madrugada. Bajó hasta el último peldaño de la escalinata y se sentó; se echó la manta en los hombros y se abrazó a sí misma.
Estuvo un rato así entre la oscuridad de la noche y el inicio de un nuevo día, nunca antes se había sentido tan en armonía con el amanecer.
El sonido de unos pasos cadenciosos la hizo cerrar los ojos. Esperaba que no fuera Edward, no quería verlo o soltaría a llorar de nuevo. Era inevitable, no sentir pena y dolor por él.
—Creí que tal vez le apetecería una bebida caliente —le dijo Ralph.
Isabella abrió los ojos para encontrar a su mayordomo tan pulcro como siempre, ofreciéndole una taza con una bebida que olía a chocolate caliente. Ella debería parecerle de lo más aberrante: despeinada, con los ojos hinchados, lágrimas secas en las mejillas, labios resecos, camisón blanco nada recatado…
Tomó la taza y dio un sorbo. El hombre, también tenía su propia bebida en la otra mano. Permaneciendo de pie y mirando como la luz comenzaba a bañar la copa de los árboles, dio un trago.
—¿Cómo lo hacen?
El mayordomo bajó su mirada hacia la joven. La vio dar dos palmaditas a su lado, pidiéndole en silencio que se sentara con ella. El hombre mayor lo hizo, no por obediencia, aunque debía hacerlo; sino porque la chica era un completo acertijo, muchas de sus acciones simplemente no tenían sentido. Y bueno se consideraba un buen cazador y la muchacha parecía en ese instante un siervo tembloroso lleno de terror, como si estuviera en las puertas de la muerte.
—No comprendo. Disculpe —respondió el hombre observándola a los ojos.
—Esme y Carlisle. ¿Cómo hacen para soportar el dolor de saber que lo perderán? —su voz se quebró con las últimas palabras.
De todas las cosas que se le pasaron por la cabeza, de todas las maquinaciones cuya mente hizo de las posibles razones por las que la chica se puso en ese estado, ninguna se acercó más que la otra a la realidad.
El hombre se echó atrás soltando un suspiro cansado y luego miró de nuevo hacia el frente.
—Supongo, señora, que el tiempo adormece el alma.
Isabella soltó un sollozo.
—¿Carlisle?
—Lo ama tanto como Esme. Pero, no debe juzgarlos tan duramente. Ellos han hecho por Edward lo que ha estado en sus manos. Y su matrimonio con usted, es solo para darle una esperanza o luz a su vida. Ellos no podrían darle eso, lo intentaron una infinidad de veces.
Ralph, atrajo a la joven a un abrazo. Porque le pareció ver en ella lo que Edward había visto desde el principio. Fragilidad.
—Lo siento, le he ensuciado su traje —se disculpó alejándose del hombre.
—No pasa nada —dijo mientras negaba con la cabeza—. Solo prométame que lo intentará.
—¿Qué? —preguntó confundida.
—Ser feliz con él. El tiempo que Dios le preste de vida a nuestro Edward.
Ella vio en sus ojos el cariño que el hombre tenía por su esposo.
—Lo ama… —afirmó.
—Como el hijo que nunca tuve.
Isabella le regaló una sonrisa melancólica, el mundo perdería mucho.
Era la mañana del 15 de diciembre de 1912 que Isabella junto con su fiel doncella comenzó la búsqueda de la habitación secreta de la primera dama de la mansión. Recorrieron el tercer piso minuciosamente. Habitaciones de invitados, salones de reposo, galerías, baños, cuartos vacíos; sin encontrar nada.
La habitación de Isabella fue volteada patas arriba, suponiendo que sería obvio que estuviera allí. Más no fue así.
Agotada, sudorosa y sucia regresaba a su habitación para lavarse y cambiarse antes de ir al comedor a cenar con Edward.
—Hola, siento haber tardado tanto —Isabella se disculpó con un joven que bebía su sopa medio fría.
Edward levantó la cabeza para dirigir una mirada especulativa a la pequeña mujer que lo tenía anhelándola y suspirando por los rincones de su habitación.
Estaba desconcertado. Desde el día en que ella huyó de él azorada, las cosas entre ellos se habían enfriado como si un balde de agua fría los hubiese bañado. Se preguntó que habría querido decirle en esa ocasión que se había aterrorizado tanto para alejarse de él de esa manera.
Estúpidamente pensó que todo estaba yendo bien y que incluso se sentían cómodos uno con el otro. Evidentemente se equivocó. Tal vez Isabella simplemente se había cansado de fingir que disfrutaba de su compañía, tal vez él se confundió y ella realmente lo desprecia.
Asintió lentamente con la cabeza y respondió:
—No te preocupes. —Luego de un silencio incómodo le preguntó—: ¿Cómo ha ido tu día?
—Bien, limpiando las habitaciones principales.
Isabella mordió un trozo de pan y llevó a sus labios la cuchara para probar la sopa.
—¿Para qué? —Edward no pudo detener el veneno en su tono.
—¿Cómo? Pronto será año nuevo y mi tía acostumbraba a limpiar la casa y dejarla impecable para recibir un año lleno de abundancia y esas cosas locas que a las ancianas se les ocurre —respondió y dio otro sorbo a la sopa.
—No hay necesidad de eso. ¿Por qué no le ordenas a la señorita Collins que se encargue? Después de todo ella y Ralph son responsables de la casa.
Isabella negó y depositó la cuchara en el plato. Llamó a la doncella que se encontraba de pie al lado de Ralph, con una mirada y un asentimiento de cabeza. Demostrando la seriedad y ademanes elegantes con las que fue rígidamente educada para figurar el papel de una esposa perfecta.
Edward estaba frustrado porque esa no era su esposa. No era esa chica alegre que gozaba de la incomodidad de los sirvientes por sus comentarios osados y descarados. No se divertía sonrojando las mejillas de las doncellas o hasta del mismo mayordomo con alguna conversación con él, llena de connotaciones sexuales.
La doncella se acercó a Isabella y retiró el plato de sopa. Luego colocó frente a su esposa un plato con un par de pastelillos y una taza con té y regresó al lado de Ralph, quien también esperaba alguna orden de su parte.
—No, lo haré yo.
Edward estaba comenzando a desesperarse, ¿qué le ocurría? ¿qué había pasado con esa camarería y coqueteo? Ya nada de eso había, ni siquiera intentaba coaccionarlo. Se alejaba de él como un barco a la deriva.
—No entiendo ¿por qué…?
—He holgazaneado demasiado, ¿no te parece? —preguntó sin mirarlo a la cara.
—No —su voz retumbó en las paredes. Señal para que Ralph, le diera la seña a la doncella para abandonar el salón. Cerró la puerta tras de sí, dejándolos solos.
—Bueno supongo que estás acostumbrado a que todo gire a tu alrededor y supones que yo haré lo mismo, pero te equivocas Edward. Soy la señora de la casa y no descuidaré por más tiempo mis deberes.
Isabella quería estar a su lado, pero también entendía que si no hallaba esa dichosa habitación siempre tendría la duda en su corazón con respecto a lo que siente por Edward. ¿Era amor o compasión? Creía que si encontraba la prueba de que uno podía volver a amar intensamente por segunda ocasión, entonces realmente se creería irrevocablemente enamorada de su esposo. Sería más fácil para ella aceptarlo y claro, decírselo.
El rostro mezquino y frio de Isabella, desquició a Edward.
—Andar haciendo la limpieza no es tu deber.
—No lo hago, solo inspecciono y realizo notas de lo que falta por comprar y lo que ya no es útil para que sea desechado.
Edward bajó la vista, pero su ceño fruncido no se borró. Relamió sus labios.
—Está bien —dijo antes de soltar los cubiertos, coger la servilleta que tenía sobre las piernas y luego dejarla caer sobre su plato. Se puso de pie arrastrando la silla con sonido estridente.
Isabella levantó la mirada hacia él. Lo miró confundida, aunque no sorprendida de verlo molesto. Edward caminó hasta ella, puso ambas manos sobre la mesa inclinándose hacia el rostro de Isabella. Estaba furioso.
—¿Qué? —preguntó retándolo.
—¿Por qué te alejas de mí?
Maldijo Isabella en su mente.
—No lo hago, ¿sabes? No deberías ser tan mimado.
—Sí lo haces, no has dormido en mi habitación.
—Bueno, tengo mi periodo. No estoy de humor para tus toqueteos —respondió con molestia. Una fachada cada vez más difícil de representar. Antes lo maldecía porque no le importaba, pero ahora…
—¿Otra vez?
Isabella levantó la vista asombrada.
—¿Me llevas las cuentas?
—Llevo las cuentas de los negocios, Isabella. Tener un hijo contigo es uno muy bueno para los Cullen. Ya ves… La aritmética es mi pasión —respondió con burla—, sé cuántos pasos he sumado hacia tu corazón y cuántos me has restado tú, sé qué no deseas que los multiplique más y qué ahora intentas dividirnos de nuevo. No lo hagas, por favor —dijo depositando un beso en su frente.
Después, Edward se irguió y caminó fuera del comedor, encerrándose en la biblioteca.
Jane trenzaba el cabello de Isabella, mientras escuchaba con atención el plan cuya querida ama había ideado para distraer a Edward. Al parecer, el señor estaba muy molesto con su señora por ya no pasar todo el tiempo con él. Jane bufó internamente.
«¡Qué posesivo, resultó el señor!»
—Entonces cuando usted salga con él mañana ¿yo robo la llave y busco los planos de la casa?
—No, robarla sería muy peligroso. Tomarás una barra de jabón y marcarás la llave en ella, después, envía a Mike con un Cerrajero. Dile que es de la puerta de mi habitación que deseo que la tengas tú.
—De acuerdo. ¿Para qué queremos la llave si todavía no encontramos la habitación?
—Para estar listas. Quiero entrar a ese lugar en el mismo instante en que la hallemos.
—Está bien, señora —respondió la joven mientras soltaba la trenza ya atada por la punta.
—Ahora retírate, y no falles mañana que será tu única oportunidad de hacerlo.
—Sí. Ojalá logre convencer al señor de salir mañana.
Isabella sonrió y dijo:
—Nunca dudes de mis métodos de convencimiento.
Todavía le dolía ver a Edward. Pero no podía continuar huyendo del hombre caprichoso y persuasivo. Porque él no se lo iba a permitir, le quedó más que claro en la cena; además, ya no quería hacerlo. Isabella se rendía al fin, lo extrañaba, no sus besos, no sus caricias; era su risa, su charla, su compañía. En pocas palabras: a él en su máxima esencia.
Tras dar un largo suspiro, caminó hasta la puerta que conectaba las habitaciones; se adentró pensando que lo encontraría enfurruñado en la cama, pero ya tenía un plan para contentarlo y con suerte lograría que él saliera con ella al siguiente día.
Sin embargo, le sorprendió encontrarse con la habitación vacía y un plan bien elaborado arruinado.
—¿Edward?
Revisó el baño encontrándolo desierto y oscuro. Pensó que seguramente él no tardaría demasiado; de esta manera no vio la necesidad de salir a buscarlo. La habitación era extremadamente fría cuando la chimenea estaba apagada, por lo que subió a la cama y se recostó de lado mirando el lugar desocupado de Edward. Y como el desconsuelo todavía persistía en su corazón, se preguntó si así sería en el momento en que, el hermoso querubín, abandonara la tierra. Un espacio vacío.
¿Miraría por horas cada rincón de la casa en busca de un recuerdo, de una visión de Edward? «Hasta el amanecer tal vez», se respondió tragando fuerte el nudo en su garganta.
Vio el libro que Edward siempre leía antes de dormir sobre la mesa de noche. Tomó la vela que él utilizaba para leer. Recordó el día que le dijo que leer bajo la luz de la vela tenía un lado romántico, que resultó ser cierto. Los poemas, que Edward leía para ella, nunca hubiesen sido mejor de buenos, siendo recitados bajo otra luz, más lumínica como la de la bombilla.
Inspeccionó la caratula, descubriendo que no había un título, así que, al abrirlo y leer el nombre del autor, una sonrisa se formó en sus labios. Ahora comprendía, que nunca hubiese conseguido escandalizar a su marido, pese que se lo propuso al principio, ya sea para que la odiara y la echara de su hogar; o adorara, como parecía ser el caso. Pero vaya sorpresa que sea llevado al descubrir a un hombre filosófico, poético, con una fuerte apariencia virtuosa, aunque su corazón y su alma se desvelan en el vicio que es su cuerpo.
Cerró el libro y se levantó de la cama, nunca ha sido paciente, por lo que iría a buscarlo. Tomó la vela y caminó fuera de la habitación. Mientras recorría el pasillo en dirección a las escaleras para bajar al despacho de Edward, escuchó el sonido de la música de Chopin.
Inmóvil en medio de la oscuridad, intentó identificar de donde provenía la melodía dulce y nostálgica; era el sonido inconfundible de un piano, estaba segura, lo que no podía conciliar en su mente era saber de dónde exactamente venía.
Continuó caminando hacía la planta baja, pensando que era un fonógrafo, aunque no había visto uno en casa, pero como todavía le faltaba revisar esa sección, era probable que la música proviniera de allí. Tal fue su sorpresa al descubrir que el sonido se pronunciaba más fuerte en el siguiente piso. Estaba desconcertada porque ella junto con Jane habían revisado habitación por habitación y nunca se encontraron con un fonógrafo o un piano, ¿entonces?
Armada de curiosidad y nerviosismo subió las escaleras y recorrió el pasillo pasando de largo una, dos, tres puertas y abrió la última encontrando nada… Estaba oscuro, pero el sonido provenía de allí. Observó con mayor detenimiento y se percató que el librero escondía una puerta secreta de donde salía la luz.
Con el corazón en la mano se acercó y abrió un poco más esa puerta y se adentró a la habitación secreta. En una esquina estaba Edward tocando el piano maravillosamente bajo la tenue luz de las velas. No se había percatado todavía de su presencia.
Isabella observó el escondite que, si no era ancho, sí era por lo menos la mitad de una habitación común. Había un caballete, varios cuadros con paisajes; algunos mostraban a una dama, de espaldas o de perfil; pero nunca se veía su rostro ya sea que estuviera cubierto por su cabello, sombrero o por las sombras del atardecer. Eran hermosas, por supuesto.
Cuando se dio la vuelta encontró, el retrato de una mujer desnuda, con la cabellera rubia; ojos grandes y azules que le daban una apariencia cautivadora; y las pecas en la piel de sus mejillas y cuello estaban bien definidas por el pintor, parecían una cosilla dulce; la figura de su rostro ovalado le daba un aire de inocencia.
No le llamaba la atención la desnudez de la musa del pintor, no, era como sí ella solo estaba desnuda para él, lo único que podía observar Isabella aparte del bello rostro, es el lugar en el que se hallaba postrada: un diván colocado cerca de la ventana de lo que parecía ser la misma habitación que ahora ocupaba. La hermosa dama era Siobhan.
Su corazón palpitaba fuertemente, de nuevo miró a su alrededor, no era la habitación de Siobhan, era la de Liam. Entonces eran dos habitaciones. Dedujo. Se giró para ver a Edward observándola mientras resbalaba sus largos y delicados dedos sobre las últimas notas de la canción. Tragó saliva y dio algunos pasos más cerca de él.
—¿Qué quieres? —Edward le preguntó con tono amargo y molesto, provocando que Isabella diera un paso atrás. Él no parecía estar de humor, ni con el ánimo para apreciar su compañía. Lastimó su orgullo.
—Vine a buscarte.
Edward sonrió con amargura; negó con la cabeza, antes de tomar un vaso del piso que no había notado antes Isabella, al lado también estaba una botella de Ron. Estaba bebiendo.
—Dijiste que no sabias tocar el piano —reclamó.
El joven terminó la bebida de un solo trago y volvió a colocar el vaso de donde lo había tomado. Después se giró por completo hacia ella.
—Tus cambios de humor, me causan dolor de cabeza —su voz sonaba cansada, fastidiada.
—Lo lamento si te he causado problemas. Siento no ser lo que esperas. Y tenía que intentar hacer lo correcto.
—¿Lo correcto?
—Es que no soy buena para ti, Edward. Creo que tu padre siempre lo supo y por eso hizo esa propuesta disparatada. Supongo que pensó que si en algún momento me voy el daño sería menos. Sin embargo, no contó con que te aferrarías a mí a una ilusión; lamento hacerte daño—lo decía de verdad. Lamentaba herirlo, era tan puro… y ella estaba marcada por las cosas terribles que le hizo a Leah, aunque lo merecía.
Ahora estaba más segura que nunca de que si hubiera conocido a Edward antes que a Jacob, se hubiera enamorado de él perdidamente. Pero como el «hubiera» no existe, ella nunca tuvo realmente una oportunidad contra el destino. Isabella simplemente no es una buena persona. Nunca lo sería.
—Entonces ¿qué haces aquí? —volvió a preguntar, con un tono lleno de ¿odio?
No, ella no quería esos feos sentimientos en un alma tan buena y pura. Esas sensaciones solo estaban hechas para personas con un alma negra y horrible como la de ella.
—Me cuesta trabajo resistirme a ti —confesó—. Ya ves, soy egoísta. Y pensé que, si ya he cometido demasiados pecados para asegurar mi alma en el infierno, entonces ¿qué es uno más?
—¿Infierno? —preguntó con el ceño fruncido.
—No hace falta que lo entiendas. No importa en realidad.
—Entonces, no lo hagas. No te resistas, Isabella —Edward se inclinó hacia el frente para alcanzar la mano de la loca y dramática mujercita, atrayéndola con fuerza hasta él.
Isabella, pegó la frente contra la de Edward, sujetando el rostro de su querubín con ambas manos, había decidido aprovechar cada momento con él. Cerró los ojos y le susurró:
—Soy malvada, Edward. Te haré daño, lo sé.
Y no mentía, sabía que cuando él descubriera quién era su amante, se horrorizaría, la rechazaría porque, ¿qué persona buena o en su sano juicio cometía tal pecado contra su sangre? ¡Dios, era una escoria de la sociedad!
—Shhh —se alejó de ella y silenció su boca con la punta de sus dedos— ¡Guarda silencio, mujer! Déjame a mí decidir lo que es bueno o malvado para mí.
Edward depositó un beso en su mejilla con delicadeza; se puso de pie e hizo a un lado el cabello de la mujer dejando al descubierto su cuello. La mordió suavemente, con su lengua acarició la piel sensible y apretando los labios en la rica piel blanca, la succionó.
La escucho gemir, la sintió temblar, sus pequeñas manos sosteniendo su camisa en puños atrayéndolo más cerca de su cuerpo. Sin soltarla la levantó y sentó sobre el viejo piano sin importarle maltratar las teclas.
Isabella abrió las piernas y las enredó en la cintura de Edward, la botella de ron se volcó manchando la duela. Pero que importaba, ya estaba manchada de pintura, lágrimas y sangre de dos mujeres que amaron y desearon a un hombre tan malvado y egoísta como la misma Isabella hace más de un siglo.
Edward, el hombre siempre cariñoso, romántico y gentil; estaba ardiendo en llamas y deseo. Apasionado en ese instante, arrancó a tirones el camisón de la joven dejándola expuesta a sus ojos, a sus manos urgentes de estrujar su carne, cada parte de su delicioso cuerpo. Sonrió con malicia.
Si ella se consideraba malvada, entonces ¿qué era él? Un depravado, que soñaba con proporcionarle las caricias más sucias y, los besos más prohibidos; ansiaba poseer su cuerpo como nadie lo había hecho antes, tomar su corazón y tragárselo, porque no concebía la idea de que Isabella volviera a posar sus atenciones a ningún otro. La deseaba de todas las formas: vestida o desnuda; despierta o durmiendo, silenciosa o habladora; dulce o grosera; traviesa o sensata; llorona o gritona; la quería tanto, cuyo deseo por esa mujer lo hacía sentirse cada vez más en el infierno y se temía que si algún día la perdía se mataría. La seguiría a donde fuera, si ella estaba segura de que su alma se iría al averno, por supuesto que sí, acabaría con su vida para asegurarse de no ser perdonado por Dios y así poder seguirla a la oscuridad.
Entre besos, caricias y gemidos, Edward se quitó la camisa y se desabrochó los pantalones, maldijo sus estúpidas promesas, mandó al diablo todo; él iba a hacer suya a esa mujer. Porque la amaba. ¡Al carajo el mundo! ya no le importaba que ella no lo amara o mínimo lo quisiera, no quería morir mañana y que en el último instante de su vida pensara en lo muy arrepentido que estaba por no haber disfrutado de su mujer.
En ese momento, en el que uno se encuentra desvariando de urgente pasión a las puertas del paraíso, miró los ojos de Isabella, nublados, tan nublados por el deseo y la victoria como podría estar una persona que sabe que ha derrotado a su enemigo más feroz. Tan divina la visión para Edward, que con gusto le regalaba la victoria.
Ya no le importaba, el alcohol en su sangre hacía flaquear su voluntad, lo sabía. Esa era la razón por la que había bebido toda la tarde. Estaba cansado de intentar hacer lo correcto con ella, una mujer incorrectamente perfecta. Quería amarla, su sangre drogada de pasión insatisfecha nublaba su razonamiento, su cerebro; con imágenes de ella postrada desnuda en su cama, abierta muy, muy abierta, recibiendo su miembro erecto con júbilo y placer.
Más en un pestañeo, ambos, se dieron cuenta, que su momento soñado tampoco era ese. Había algo en el ambiente que de pronto las fuertes llamas de deseo se apagaron.
No fue duda, ni la rivalidad de hacer la voluntad del otro, no fue el desprecio hacia la sumisión de los deseos de la carne ni del corazón. fue la comprensión de saber que, si ocurría en ese instante, ninguno de los dos podría definir jamás si alguna vez se amaron o solo era la pasión lo que ambos sentían el uno por el otro.
Isabella fue la primera en moverse. Desenredó las piernas de la cintura de Edward, con sus puños lo empujó ligeramente hacia atrás y luego cerró sus piernas escondiendo su sexo de él, y con sus brazos cubrió sus senos, bajó la cabeza y miró hacia un lado. Temiendo que él pensara que lo estaba rechazando, lo hacía, sí, pero no de la forma en que se rechaza a alguien a quien se desea.
A quien se desea para amar.
Edward sabía, que podía convencerla de darle aquello que siempre estuvo dispuesta a regalarle. Solo que ahora ella ya no quería darle su cuerpo, comprendió que estaba retándolo a ganarse su corazón. Él, bien podría estar ardiendo en el fuego de la lujuria, pero esa inclinación realmente no era lo suyo, sino de Isabella. Así que sonrió mientras se agachaba para recoger su camisa y con ceremoniosa atención vistió con la prenda, manchada de sudor y alcohol, a su mujer.
Isabella levantó la cabeza y cuando sus miradas se cruzaron le dio a Edward la sonrisa más hermosa y perfecta que nunca le había dado; y que no olvidaría.
¿Qué era un momento de sexo y lujuria, comparado con una sonrisa que significaba que prometía el corazón y la vida misma?
Ambos salieron de la habitación, no sin antes de que ella notara una ventana.
Cuando al fin estuvieron acostados en la cama de Edward, muy abrazados y más tranquilos, Isabella, se animó a preguntarle.
—¿Qué era ese lugar? —sus dedos formaban figurillas en su pecho desnudo.
—Una habitación secreta para el señor de la casa —respondió mirando el techo. Pensativo o tal vez intentaba no perder el control y comerse a besos a la mujer.
—¿Y no hay una para la señora? —Isabella una mujer de sangre caliente, comenzó a bajar la mano inquieta hasta el estómago del joven que aparentaba no sentir sus insinuantes caricias.
—No, la casa fue construida antes de que él arquitecto y dueño se casara. No pensó en su esposa.
Lo vio cerrar los ojos y apretar los labios en una línea dura. Una buena señal para ella que pretendía enterrar la mano bajo las sábanas. Lo hizo.
—¿Pero sí en su amante? —preguntó ahora susurrándole en el oído al chico que permitió tan sumisamente que ella jugueteara con los rizos de su sexo.
—Obviamente —gimió.
—No es tan secreta, después de todo. Porque había una ventana.
Tomó su miembro y con su pulgar comenzó a jugar con la punta húmeda. Edward relamió los labios y giró su rostro hacia ella.
—Sí, supongo que solo un buen observador la encontraría.
Ambas miradas intensas, se retaban.
—¿Cómo la encontraste?
—Buen observador —dijo cerrando los ojos cuando ella comenzó a bombear suavemente.
—¡Ah! ¿Lo eres, Edward?
El comenzó a reír.
—¡Qué va, mujer! Está en el plano de la casa, recuerda que él la construyó y la llave me fue entregada con la documentación. —Dijo rápidamente y luego—: ¡Oh, Dios! ¡Sí, así!
—¡Oh! ¿Qué más encontraste en ese lugar?
—Solo… las pinturas y el viejo piano.
—Entonces ¿esa mujer no era su esposa? El lugar donde fue pintada parecía mi alcoba.
Los movimientos de su mano, nunca se detenían, ni dudaban. Edward estaba disfrutando el pequeño desahogo.
—Sí, es ella. Supongo que guardaba allí lo que no le servía —respondió antes de llevar su mano para unirse a la de Isabella y marcar un nuevo ritmo.
—El piano sirve.
—Tal vez… Uff… odiaba la música.
—O amaba la música y también amaba pintar al óleo. Tal vez, amaba a su esposa después de todo.
Isabella, mordió el lóbulo de su oreja y luego lamió dentro de ella.
—¿Encerrándola en un cuarto oscuro? —preguntó él.
—No iba a mostrarla desnuda frente a sus amigos y familiares ¿o sí?
—No. Tiene usted un punto, mi señora.
Edward quitó la sábana que escondía sus manos y su sexo desnudo, una señal para Isabella de lo que acontecería. Pero ella estaba muy feliz así que llevó sus labios hasta su miembro, abrió la boca y sacó un poco la lengua dándole la bienvenida a su simiente. Una imagen que Edward recordaría para toda la vida.
—¿Qué? ¿Por qué me miras así? ¿Te has molestado, porque te he seducido?
—Solo lo has logrado porque estoy ebrio y no pienso bien lo que hago…
Jane apretaba las cintas del corsé a una Isabella, brillante como no lo había estado en los últimos días, Edward también parecía extasiado en felicidad.
—Entonces ¿son dos habitaciones?
—Sí, pensé que habías visto el plano.
—Lo siento señora, creo que soy más bruta de lo que pensé.
—Nada de eso, no lo viste fue todo.
—Bien, contaré las ventanas y las habitaciones de la casa.
—De verdad Jane ¿limpiaste todas las ventanas de la casa?
—¡Ah! Ahora entiendo… cuando le dije al señor que ya había terminado de limpiar las ventanas como lo ordenó, él me dijo: «No te creo, Jane» —imitó la joven con voz gruesa y exagerada—. Creí que insinuaba que era una holgazana. Pero las limpié por dentro de la casa.
—¡Ah! ¡Qué descarado! A mí me niega que haya otra habitación, me niega la leyenda y la historia de amor de Siobhan. Creo que nos está timando a ambas.
—¿Cree que ya sabe que estamos buscando la habitación? —preguntó con tono asustado.
—No lo sé. ¿Le has dicho algo o te ha preguntado?
—No.
—Entonces no lo creo. No hubiera estado refunfuñando por mi falta de atención.
—¡Eh! Siempre, fue un chico caprichoso.
—No lo dudo. ¿Sabes qué estoy pensando?
—No.
—Que deberías aprovechar que no estaremos en casa, reúne a dos chicas más para que te ayuden a contar las ventanas y a revisar de nuevo el cuarto y tercer piso. Tú robas lo que te pedí y revisas la planta baja.
—¿Y sí la señorita Collins me regaña por «holgazanear»?
—Dile lo que estamos haciendo y que si le dice algo a Edward la voy a echar a la calle.
—¡Huy! A mí me va a echar.
—¡Qué va! Edward, te adora.
—Listo, señora. ¡Vaya y deslumbre con su luz y belleza a mi señor!
—Creo que es más fácil sacarle los ojos. ¿Sabías que lee al marqués de Sade?
—¡Oh!
—Sí, así me he quedado yo. Supongo que mis dulces artimañas para seducirlo debieron parecerle juego de niños. Estoy tan avergonzada.
Ambas mujeres salieron riendo de la habitación.
Edward caminaba con Isabella por las calles decembrinas de Chicago, de tienda en tienda compraban regalos para la familia Cullen. Aunque ella vio una bonita pipa la cual le recordó a su padre no la compró, pues sabía que la despreciaría solo por ser un obsequio de ella.
—No has comprado nada para tus padres —le hizo notar, a su esposa que miraba ahora un bonito sombrero de dama.
—No. No creo que les agrade que arruine sus fiestas con mis obsequios.
Aunque intentaba no sonar dolida, Edward fue capaz de notar la tristeza en sus ojos.
—Son tus padres, te perdonaran algún día —la animó.
—Lo dudo de verdad —ella lo miró y se puso el sombrero para modelárselo. Edward asintió.
—Mi madre me dijo que tenías una hermana mayor, ¿qué hay de ella?
—No lo sé, se casó y se fue con su marido. Pero no sé dónde viven ahora.
Entonces se dio media vuelta dejándolo mirando su espalda. Impidiéndole leer más en su rostro.
En el momento que Jane vio el carruaje de sus señores partir, se dio la vuelta y fingió subir las escaleras, alegando que tenía mucha tarea pendiente, arreglando la ropa de su señora. Cuando todos se fueron a cumplir con lo suyo, volvió a bajar y fue directo al despacho de su señor. Nerviosa se dirigió a la caja fuerte y la abrió, Edward continuamente la había enviado a buscar esto o aquello, siendo ella de su confianza tanto como Ralph conocía la combinación de la caja.
Estaba entretenida buscando los planos y la llave de la puerta que no notó a su tío observándola de pie en la entrada del despacho.
—¡Jane! —Habló fuerte, entrando y cerrando la puerta tras de sí.
—¡Ay! Santo Dios, tío me has espantado.
La pequeña mujer tenía la mano en el pecho. Había saltado y tirado los planos que estuvo buscando. Los levantó.
—¿Qué se supone que haces?
Y fue de esa manera que una inocente confesión, desencadenó la lealtad infinita de la servidumbre a la señora Isabella, a la que todos habían estado culpando del sufrimiento y mal humor de su señor. Sin embargo, conocían la leyenda de la casa y sabían que, si la señora estaba buscando la habitación secreta que su señor les había prohibido buscar e incluso, hablar de su existencia, era porque la joven buscaba la bendición de vivir con el amor de su vida por el tiempo que Dios les dispusiera. Creyeron que Isabella deseaba tener un romance inmortal con su bello esposo. Las jóvenes románticas y casaderas suspiraban enamoradas de la simple idea:
Una joven que fue mancillada y abandonada por un canalla y que pensó que la amaba, termina casada con el hombre que resulta ser el amor de su vida. Pero como las buenas historias inmortales siempre están plagadas de tragedia, el buen hombre estaba condenado a muerte.
Algunas lloraron, pues se imaginaron a la pobre chica sufriendo por la muerte de su esposo. Es más, dedujeron que su arranque de histeria hacia unos días había sido el descubrimiento de su amor por el señor. Así que jurando no decirle nada al señor Edward, la plantilla entera de sirvientes se encontraban buscando la entrada de la habitación por cada rincón de la casa.
La señorita Collins, también ayudó, aunque bien sabía ella que Isabella buscaba la habitación más por motivos egoístas que otra cosa, pues la conocía bien. Pero, ¿quién era ella para romper los corazones de las jovencitas que con suspiros y sollozos buscaban esa bendita entrada a quién sabe dónde?
Edward estaba feliz, Isabella caminaba a su lado y lo sujetaba fuertemente del brazo. Así que se sentía el rey del mundo. La sonrisa de la noche anterior le había sido regalada constantemente ese día. Cada que ella lo sorprendía mirándola. Entraron a una cafetería, Mike que los seguía de cerca, regresó al carruaje, dejándolos solos.
Una mujer que había visto de lejos a Isabella, caminó hasta el lugar donde la vio entrar, con aquel caballero. Una cosa deliciosa parecía. Isabella estaba sonriente, como nunca antes. Curiosa porque hasta donde sabía Isabella, estaba enamorada de un tal Jacob Black y la suponía ya casada con su amor. ese hombre que estaba con ella no se parecía en nada a la descripción de su joven amiga.
—¿Isabella Swan?
Isabella levantó la mirada para encontrarse con su mejor amiga del internado en Francia.
—¡Tanya! —Isabella gritó de alegría y abrazó a la joven rubia.
Edward se puso de pie de inmediato y esperó a que las damas terminaran con sus abrazos, besos y lloriqueos. Edward sonrió, esa faceta de Isabella, alegre y amigable era nueva para él.
—¡Oh! Pero qué sorpresa, mírate. Estás bellísima —mencionó la rubia a Isabella.
—Edward, te presento a Tanya, una amiga del internado.
Tanya lo miró a los ojos y pestañeó coquetamente. A Isabella le pareció tierno el sonrojo de Edward.
—Gusto en conocerla señorita, soy el esposo de Isabella.
Tanya, levantó las cejas y giró su rostro para ver a su amiga. Isabella le dio una sonrisa melancólica que contaba que su ilusión de volver al lado de Jacob no se cumplió.
—¡Vaya que sorpresa! Tenemos que tomar té en mi casa, para ponernos al día.
—¿Vives aquí?
—Sí, ¿recuerdas que estaba prometida?
—Sí.
—Bueno la boda se llevó a cabo hace un mes y ahora estamos aquí por los negocios de mi esposo. Estaremos solo un par de meses y…
Edward observó a Isabella hablar con esa mujer, por primera vez la vio cómoda en la presencia de alguien más que no sea él o la servidumbre. La familia Cullen y sus padres los Swan habían extinguido la luz que proyectaba cuando hablaba con ilusión. Isabella tenía una luz propia que no solo lo cautivaba a él, sino también a todo aquel que tenía la fortuna de llamarse su amigo.
Cuando finalmente regresaron a casa Jane esperaba a su señora en la puerta. Un poco nerviosa y desilusionada, habían barrido la mansión sin encontrar la bendita puerta de la habitación secreta.
Cuando Isabella bajó del carruaje no pudo evitar mirar hacia la fachada observándola minuciosamente. Edward, le dijo que había sido observador y que por eso había logrado encontrar aquella habitación. ¿Le estaba diciendo que tenía que observar mejor la fachada? Edward se colocó a su lado y la condujo dentro de la casa.
—Jane, ayuda a la señora a cambiarse de ropa.
—Sí, señor.
Edward beso la mano de su esposa antes de retirarse hacia su despacho para trabajar un rato o al menos hasta que la cena fuera servida.
Cuando Jane estuvo sola con Isabella le confesó que su tío la había descubierto husmeando en la caja fuerte. Y que no le había quedado alternativa que la de confesarle todo a su tío.
—Pero no debe preocuparse, en realidad fue una buena idea ya que nos hubiera llevado mucho tiempo revisar la casa como lo hicimos.
—¿Y no la encontraron?
—No, señora.
—¿Has visto las ventanas por fuera? ¿Las han contado por dentro?
—Sí, mi tío se encargó de eso.
—¿Los muebles fijos en las paredes?
—Sí, señora. Todo.
—Él dijo que solo un observador lo vería. Trae plano.
Jane lo tomó de la mesilla y lo extendió en la cama. Era viejo y un poco borroso de algunas partes.
—Cuando revisamos la casa, no nos preguntamos, por qué había otro despacho en el tercer piso. Supusimos que es para los invitados que se estuvieran hospedando. Pero, en realidad era el despacho del antiguo señor.
—¿Por qué arriba y no abajo? No sería lógico pues es más pequeño.
—¿Por qué?...
—Por la habitación.
—¡Sí! Ahora, vamos rápido arriba.
Salieron de la alcoba mirando de un lado a otro en busca de Edward. No andaba por el pasillo por lo que ambas echaron a correr al siguiente piso de la casa. Cuando llegaron a la puerta del despacho vacío, reían como unas niñas apunto de hacer una travesura. Entraron y observaron a su alrededor.
La habitación era totalmente masculina.
—¿Por qué tendría su despacho en este piso? ¿No era de suponer que debería estar a la mano de cualquier visita? —preguntó Jane.
—No sí él necesitaba continua privacidad. Edward dijo que fue un arquitecto. En ese cuarto—señaló el librero que escondía la habitación secreta—, hay pinturas hechas por él. Incluso su esposa está inmortalizada en sus cuadros y uno de ellos sin ropa.
—¿Sin ropa? ¡Oh, Dios mío! ¡Qué vergüenza!
—Sí esta es la habitación del hombre artísticamente huraño, entonces ella recibía las visitas en la planta baja. Esme preparó la habitación de té ¿no? —Jane asintió— ¿Quién estuvo con ella arreglándola?
—Yo ayudé un poco. La otra chica fue la doncella de la señora Esme.
—¿Cómo era esa habitación? —preguntó Isabella.
—Pues no había nada, salvo una enorme alfombra en el piso. ¿Es que no ha visto el techo de ese lugar?
—No.
—Hay una hermosa pintura. Supongo que solo debías recostarte y mirar el techo. Pero la que, si no cambio nada, fue el despacho que ahora es del señor.
Isabella, miró a la joven.
Ambas salieron de la habitación y bajaron corriendo las escaleras, salieron de la casa, Jane comenzó a contar los pasos desde donde comenzaba el despacho hasta donde terminaba. Observaron la ventana y con cuidado se acercaron, para observar por dentro. Edward estaba entretenido escribiendo.
Entraron de nuevo a la casa, en el pasillo comenzaron a contar los pasos, fue entonces cuando Isabella notó la diferencia. De ese lado del pasillo había dos puertas, mientras que del lado izquierdo tres. No recordaba que el despacho fuera tan grande. Le dio un codazo a Jane y le señaló la diferencia. Ambas caminaron a la puerta más alejada y entraron. Descubrieron que esa habitación era incluso más pequeña que el despacho de Edward.
—¿Sacaste la copia de la llave?
—Sí, envíe a John con el cerrajero. Sacó la llave de su bolsillo y se la dio.
—No, debes guardarla tú. Si Edward me la descubre… Hoy a media noche, entraremos.
—¿Cómo va a deshacerse del señor?
—Ya no saldré de mi habitación. A la hora de la cena le dirás que me quedé dormida y que has intentado levantarme pero que no desperté.
A media noche, Isabella colocó el seguro de la puerta que conectaba a ambas habitaciones, y salió por la otra lo más silenciosamente posible. Bajó las escaleras con rapidez, cuando llegó al despacho, Jane ya estaba buscando en la madera alguna hendidura extraña donde pudiera caber la llave.
—No, Jane. La otra habitación tiene un dispositivo detrás de un libro que descubre la puerta.
Comenzaron a quitar los libros colocándolos en el piso bajo el mismo orden. Iniciando desde la parte central hacia los lados.
—Dios que trabajo, solo espero que mi señor no nos descubra o nos meterá a la cárcel por intento de robo de libros.
Isabella, sonrió. Limpió el sudor de la frente con el torso de la mano. Llevaban media pared y todavía no encontraban nada. Quitaban una fila de libros y luego la volvían a colocar. Entonces ocurrió la magia, Isabella, quitó un libro y el sonido de un clic las hizo mirarse una a la otra. Metió la mano en el espacio ahora vació y vio una palanca que se mantenía en su lugar por el peso del libro.
Observó el libro, no tenía título y era negro, de hecho, era idéntico al que Edward tenía en su habitación. Por curiosidad lo abrió y era otra de las escandalosas obras del Marqués de Sade.
—¿Qué pasa, señora? —preguntó Jane al ver la sonrisa de Isabella.
—Edward tiene un libro idéntico a este en su habitación. Supongo que estaba en el librero del despacho de arriba.
—¡Oh!
—¿Estás lista?
—Sí.
Isabella tomó la mano de Jane y la puso en la palanca. La joven negó con la cabeza —pues creía que era algo que debía hacer la señora, era su historia, su leyenda— pero Isabella sabía que estaba igual de emocionada y que deseaba hacerlo tanto como ella. Así que ambas jalaron al mismo tiempo hacia abajo activando el ingenioso dispositivo. Dieron dos pasos atrás, permitiendo que el mueble descubriera la puerta que habían estado buscando.
Las dos se quedaron de pie un buen rato, con miedo a moverse o simplemente asombradas.
—Nunca lo hubiese imaginado. Digo, que se encontrara aquí —mencionó Jane.
—Yo tampoco —respondió Isabella. Qué le pidió la llave a Jane extendiendo la mano.
Con prontitud la joven la sacó de su cuello, pues le había puesto un cordón para siempre llevarla con ella.
Isabella colocó la llave en la hendidura con manos temblorosas mientras Jane tomaba la vela y se acercaba a Isabella por detrás. La puerta se abrió y ambas chicas se adentraron. Isabella no podía creer lo que sus ojos veían.
Una habitación totalmente femenina. Una mesa en el centro con lo que parecía un juego de té. Al acercarse vieron que hermosas joyas estaban sobre la vajilla, collares de perlas y diamantes, pulseras de jade y esmeraldas, pendientes de diamantes y peinetas con rubíes. También estaba un cepillo y un espejo de mano de plata. Parecido al que tenía ella en su habitación. Echó un vistazo a Jane, que seguía estupefacta.
—Las joyas de Siobhan —dijo Isabella, viendo como la rubia asentía.
Isabella tomó un pequeño cofre y lo abrió creyendo que encontraría más joyas; tal vez más valiosas. Su corazón comenzó a palpitar fuertemente al ver el contenido del cofre. Eran cartas.
—Jane
La joven soltó una taza de té que había llamado su atención, pues tenía plasmada bonitas imágenes de una pareja. Cada taza era una escena diferente. Al parecer contaba una historia, que no pudo leer, pues su señora la distrajo.
—¡Son las cartas del señor Liam?
—Sí.
—Pronto amanecerá. Hay colocar todo de nuevo —dijo Jane.
—Jane, nadie debe saber que la encontramos.
Jane observó las manos temblorosas de Isabella.
—Sí señora.
Salieron de la habitación, acomodaron todo y regresaron a sus respectivas habitaciones.
Isabella llevó consigo el cofre con las cartas de amor.
Nota:
Ok… La cabeza me va ha estallar. Lo juro. Muchas gracias a todos los lectores que están comentando la historia y disculpen por llegar tarde, pero bueno el capítulo fue más largo de lo previsto.
El próximo el domingo de la siguiente semana.
¿Me regalas un review? Me encantaría saber lo que piensas.
Un abrazo desde México.
Besos.
