CAPITULO 15
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Así fue como Aurea voló de vuelta en su magnífico coche dorado dándole vueltas en la cabeza al plan de sus hermanas.
El cuervo recibió a su esposa casi con indiferencia. Aurea se sirvió una espléndida cena con él, le deseó las buenas noches y se fue a su habitación a esperar a su sensual visitante.
De pronto él estaba ahí a su lado, más deseoso, más exigente en sus caricias de lo que lo había visto nunca antes. Sus atenciones la dejaron adormilada y saciada, pero se mantuvo firme en su plan y se esforzó en continuar despierta hasta que oyó la respiración apacible de su amante profundamente dormido. Entonces, se sentó con sumo cuidado, para no hacer ningún ruido, y a tientas buscó la vela que había dejado sobre su mesilla de noche.
DeEl príncipe Cuervo
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—¡Dios mío! —exclamó Bella, pensando en cuándo creía Jessica que nacería el bebé. ¿Acaso no faltaba un todavía mes?
—El doctor Billings está en la fiesta —dijo Edward, con tranquila autoridad—. Coge mí coche, muchacha, y ve a buscarlo inmediatamente.
Girándose le gritó la orden a John Coachman, agitando la mano para que acercara el coche.
—Yo iré con Meg —dijo Charlotte.
Edward asintió y la ayudó a subir al coche; también a la criada.
—¿Hay que ir a buscar a una comadrona? —le preguntó a Bella.
—A Jessica la iba a asistir la señora Stucker…
—La comadrona está asistiendo a la señora Lyle —interrumpió su suegra—. Vive fuera de la ciudad, a unas cuatro o cinco millas. En la fiesta oí a varias señoras hablando de eso.
—Vayan a traer al doctor Billings primero y después enviaré mi coche a buscar a la señora Stucker —ordenó Edward.
Charlotte y Meg asintieron.
Edward cerró la portezuela y retrocedió.
—¡En marcha, John!
El cochero le gritó a los caballos y el coche se alejó.
Edward le cogió la mano a Bella.
—¿Por dónde se va a la casa de la señora Newton?
—Por ahí. Está muy cerca.
La puerta de la casa de Jessica estaba entreabierta. Aparte de la franja de luz del vestíbulo que caía sobre el camino de entrada, se hallaba a oscuras. Edward empujó la puerta y entraron. Bella miró alrededor. Ante ellos estaba la escalera que subía a las plantas de arriba. Los peldaños de abajo se veían por la luz del vestíbulo, pero más arriba todo estaba oscuro. No había señales de Jessica.
—¿Se habrá levantado sola? —musitó.
Entonces se oyó un gemido proveniente de los peldaños en lo alto. Bella subió corriendo antes que Edward alcanzara a moverse. Lo oyó maldecir detrás de ella.
Jessica estaba caída en el rellano del medio. Bella agradeció que hubiera parado ahí y no seguido rodando por los peldaños del otro tramo, más largo. Estaba de costado, en una posición que destacaba aún más su abultado vientre. Tenía la cara blanca y brillante por el sudor.
Bella se mordió el labio.
—Jessica, ¿me oyes?
—Bella. —Jessica alargó la mano y Bella se la cogió—. Gracias a Dios que has venido.
Se interrumpió, retuvo el aliento y le apretó fuertemente la mano.
—¿Qué te pasa?
Jessica expulsó el aire.
—El bebé. Viene en camino.
Había lágrimas en sus ojos, y otras mojaban sus mejillas.
—¿Te puedes levantar?
—Estoy muy torpe, me duele el tobillo. El bebé viene demasiado pronto.
A Bella se le llenaron los ojos de lágrimas y tuvo que morderse el interior de las mejillas para controlarlas. Sus lágrimas ahora no le servirían de nada a su amiga.
La voz profunda de Edward interrumpió sus pensamientos:
—Permítame que la lleve a su habitación, señora Newton.
Bella levantó la cabeza y vio que él estaba detrás de ella, con la cara muy seria. Le soltó la mano a Jessica y se hizo a un lado. Edward pasó las palmas por debajo de la mujer, se acuclilló, la acomodó en sus brazos y la levantó en un solo y fluido movimiento. Tuvo buen cuidado de no tocarle ni moverle el tobillo, pero Jessica gimió y se aferró fuertemente a su chaqueta. Edward apretó los labios; le hizo un gesto a Bella, y ella subió delante de él y luego lo guió por el corredor hasta la habitación de Jessica.
La estancia sólo estaba iluminada por la parpadeante luz de una vela sobre la mesilla de noche. Bella entró a toda prisa, la cogió y con ella encendió otras más. Edward se puso de lado para entrar y fue a depositar suavemente su carga en la cama. Sólo entonces Bella notó que estaba muy pálido.
Se inclinó sobre Jessica y le apartó un mechón de la frente.
—¿Dónde está Michael?
Jessica no pudo contestar inmediatamente pues le vino otra dolorosa contracción. Emitió un largo y ronco gemido y se le arqueó la espalda, que se levantó de la cama. Cuando pasó el dolor, estaba jadeante.
—Fue a Drewsbury a pasar el día, por trabajo. Dijo que estaría aquí mañana, pasado el mediodía. —Se mordió el labio—. Se va a enfadar muchísimo conmigo.
Edward masculló algo bruscamente detrás de Bella y se dirigió a una de las oscuras ventanas.
—No digas tonterías —le dijo Bella a Jessica en voz baja—. Nada de esto es culpa tuya.
—Si no me hubiera caído por la escalera… —sollozó Jessica.
Bella estaba intentando tranquilizarla cuando oyeron el golpe que dio la puerta de la calle al cerrarse. Había llegado el médico, lógicamente. Edward se disculpó y salió a recibirlo para conducirlo a la habitación.
El doctor Billings intentaba tener el rostro impasible, pero se veía a las claras que estaba muy preocupado. Le vendó el tobillo a Jessica, que ya estaba hinchado y amoratado. Bella continuó sentada en la cama cerca de la cabeza de su amiga, sosteniéndole la mano y hablándole con el fin de tranquilizarla. Eso no era fácil. Según las cuentas de la comadrona, el bebé se había adelantado en un mes más o menos.
A medida que avanzaba la noche los dolores de Jessica fueron en aumento y ella se fue deprimiendo más y más. Estaba convencida de que perdería al bebé. Dijera lo que dijera Bella, no servía de nada, pero continuó a su lado, sosteniéndole la mano y acariciándole el pelo.
Ya habían pasado algo más de tres horas desde la llegada del médico cuando entró la señora Stucker en la habitación como una ráfaga. Era una mujer gorda, de mejillas rojas y pelo negro salpicado ya por algunas canas; verla fue muy agradable.
—¡Jo! Esta es la noche de los bebés —dijo—. A todos les agradará saber que la señora Lyle ha dado a luz a otro hijo, el quinto, ¿se lo pueden creer? No sé por qué me sigue llamando. Yo me limito a estar sentada en un rincón haciendo calceta hasta que llega el momento de coger al recién nacido. —Se quitó la capa y la gran cantidad de bufandas que llevaba y las tiró sobre una silla—. ¿Tienes agua y un poco de jabón, Meg? Me gusta lavarme las manos antes de asistir a una dama.
El doctor Billings la miraba desaprobador, pero no expresó ninguna protesta al ver a la comadrona atendiendo a su paciente.
—¿Y cómo se encuentra, señora Newton? Lo está llevando bien, a pesar de ese tobillo, ¿eh? Caramba, eso tiene que haber sido doloroso. —La comadrona le palpó el vientre a Jessica, escrutándole la cara—. El bebé está impaciente por salir, ¿eh? Ha querido nacer antes de tiempo sólo para fastidiar a su madre. Pero no tiene por qué preocuparse. A veces los bebés son muy suyos respecto al momento en que desean salir.
Jessica se mojó los labios resecos.
—¿Vivirá y será sano?
—Bueno, ya sabe que no puedo prometerle nada, querida. Pero usted es una mujer sana y fuerte, si no le importa que lo diga. Haré todo lo posible por asistirla a usted y a ese bebé.
A partir de ese momento la situación comenzó a verse con más optimismo. La señora Stucker instó a Jessica a sentarse en la cama, «porque los bebés se deslizan mejor hacia abajo que hacia arriba». Al parecer Jessica volvió a sentir esperanza. Incluso hablaba entre contracción y contracción.
Justo cuando a Bella le parecía que se iba a caer de cansancio en la silla, Jessica comenzó a gemir más fuerte. Su primera reacción fue de alarma, pensando que algo iba mal. Pero la señora Stucker estaba imperturbable. Y al cabo de otra media hora, durante la cual Bella se despabiló del todo, nació el bebé. Era una niña, diminuta y arrugada, pero capaz de gritar bastante fuerte. Ese sonido produjo una sonrisa en la agotada cara de su madre. La pequeña tenía el pelo moreno y todo en punta como las pelusas de un pollito recién salido del huevo; movía lentamente los párpados sobre sus ojos azules, y cuando la comadrona la puso en los brazos de Jessica, inmediatamente giró la cara hacia sus pechos.
—Bueno, pues, ¿no es la nenita más guapa que ha visto en su vida? —dijo la señora Stucker—. Sé que está muy agotada, señora Newton, pero tal vez le iría bien tomar un poco de té o de caldo.
—Iré a ver qué puedo encontrar —dijo Bella, bostezando.
Bajó lentamente la escalera. Cuando llegó al rellano vio una luz que salía de la sala de estar de abajo. Bajó el otro tramo, abrió la puerta y se quedó un momento en el umbral, mirando.
Edward estaba tumbado en el sofá de damasco, con las rodillas sobre un brazo y sus largas piernas colgando. Se había quitado la corbata y desabotonado el chaleco. Con un antebrazo se cubría los ojos y el otro le colgaba hasta el suelo; tenía rodeada con la mano una copa medio vacía de algo que parecía ser el coñac de Michael. Bella entró y al instante él apartó el brazo de los ojos, contradiciendo su impresión de que estaba durmiendo.
—¿Cómo está? —preguntó él.
La voz le sonó rasposa. Tenía la cara muy pálida, lo que le hacía resaltar los colores ya desvaídos de los moretones, y la barba naciente en la mandíbula lo hacía parecer un disoluto.
Bella sintió vergüenza; se había olvidado totalmente de él, suponiendo que se había marchado a su casa hacía horas. Sin embargo, todas esas horas se había quedado esperando ahí abajo para ver cómo le iba a Jessica.
—Jessica está muy bien —dijo alegremente—. Tiene una niñita.
La expresión de él no cambió.
—¿Viva?
—Sí. Sí, por supuesto. Tanto Jessica como la niña están vivas y bien.
—Gracias a Dios —dijo él, pero no se relajó su expresión tensa.
Bella comenzó a inquietarse. Encontraba excesiva su preocupación. Acababa de conocer a Jessica esa noche, ¿no?
—¿Qué le pasa? —preguntó.
Él suspiró y volvió a cubrirse los ojos con el brazo, en silencio. Estuvo tanto rato callado que ella pensó que no le iba a contestar. Finalmente le dijo:
—Mi esposa y el bebé murieron en el parto.
Bella acercó lentamente una banqueta al sofá y se sentó. Nunca había pensado en su esposa. Sabía que él había estado casado y que su esposa había muerto joven, pero no de qué manera. ¿La había amado? ¿La amaría todavía?
—Lo siento.
Él apartó la mano de la copa que estaba sosteniendo, la movió en un gesto impaciente y volvió a ponerla encima, como si estuviera muy agotado y no quisiera buscar otro lugar para apoyarla.
—No se lo he dicho para darle pena. Ella murió hace mucho tiempo. Hace diez años.
—¿Qué edad tenía?
—Había cumplido los veinte hacia dos semanas antes. —Torció la boca—. Yo tenía veinticuatro.
Bella guardó silencio, esperando.
Cuando él volvió a hablar lo hizo en voz tan baja que ella tuvo que inclinarse hacia él para oírlo.
—Era joven y estaba sana. Nunca se me pasó por la cabeza que parir al bebé la mataría, pero tuvo un aborto espontáneo el séptimo mes. El bebé era demasiado pequeño, no vivió. Me dijeron que habría sido un niño. Entonces ella comenzó a sangrar. —Se apartó el brazo de la cara y ella vio que tenía la mirada desenfocada, como si estuviera contemplando una visión interior—. No pudieron detenerle la hemorragia. Los médicos y las parteras lo intentaron, pero no pudieron. Las criadas no paraban de entrar con más toallas —susurró, contemplando sus horribles recuerdos—. Sangró y sangró y sangró hasta que se le fue toda la vida. Era tanta la sangre que el colchón quedó empapado. Después tuvimos que quemarlo.
Las lágrimas que ella había contenido para no preocupar a Jessica comenzaron a bajarle por las mejillas. Perder a una persona amada de esa manera tan terrible, tan trágica, debió ser algo horroroso. Y seguro que él deseaba muchísimo a ese bebé; ella ya sabía que para él era importante tener una familia.
Se cubrió la boca con una mano y el movimiento sacó a Edward de su ensimismamiento. Al verle la cara mojada por las lágrimas, soltó una maldición en voz baja. Se incorporó, se sentó bien y alargó las manos hacia ella. Sin esfuerzo aparente la levantó y la sentó sobre sus muslos sosteniéndole la espalda con el brazo. Le presionó la cabeza hasta dejarla apoyada en su pecho.
Con su enorme mano, le acarició suavemente el pelo.
—Lo siento. No debería habérselo contado. No es algo para los oídos de una dama, y mucho menos después haberse pasado toda la noche en pie preocupada por su amiga.
Bella se dio permiso para apoyarse en él, sintiendo maravillosamente consoladores el calor de su cuerpo y la caricia en el pelo.
—Usted debía amarla muchísimo.
La mano se detuvo un momento y luego reanudó la caricia.
—Yo creía que la amaba. Resultó que no la conocía bien.
Ella apartó la cabeza para mirarlo.
—¿Cuánto tiempo estuvieron casados?
—Poco más de un año.
—Pero…
Él la hizo callar apoyándole la cabeza en su pecho otra vez.
—No nos conocíamos mucho cuando nos comprometimos, y supongo que nunca hablé de verdad con ella. Su padre, que deseaba muchísimo el matrimonio, me dijo que ella lo aceptaba de buena gana, y yo simplemente supuse… —se le cortó la voz, y continuó con voz más ronca—: Cuando ya estábamos casados descubrí que a ella le daba asco mi cara.
Bella intentó hablar, pero él volvió a interrumpirla.
—Creo que también me tenía miedo —dijo, irónico—. Puede que usted no lo haya notado, pero tengo mi genio. —Le acarició suavemente la coronilla de la cabeza—. Cuando se quedó embarazada de mi hijo, yo ya sabía que algo iba mal, y en sus últimas horas lo maldijo.
—¿A quién?
—A su padre, por obligarla a casarse con un hombre tan feo.
Bella se estremeció. Qué niña más tonta debió ser su esposa.
—Por lo visto, su padre me había mentido. Deseaba tanto el matrimonio que, no queriendo ofenderme, le prohibió a mi novia que me dijera que mis cicatrices le daban asco.
—Lo siento, yo…
—Chss. Eso ocurrió hace mucho tiempo. Ya he aprendido a vivir con mi cara y a discernir cuando alguien intenta ocultar su aversión a ella. Incluso si mienten, yo normalmente lo sé.
Pero no conocía sus mentiras, pensó Bella, sintiendo pasar un escalofrío por ella. Ella lo había engañado y él no se lo perdonaría jamás si lo descubría.
Él debió pensar que su estremecimiento se debía a la tristeza de su historia. Le susurró algo con la boca en su pelo y la apretó más a él, hasta que el calor de su cuerpo le eliminó el frío. Continuaron un rato así, en silencio, encontrando consuelo el uno en el otro. Fuera comenzaba a clarear; se veía un halo de luz alrededor de las cortinas cerradas de la sala de estar. Bella aprovechó la oportunidad para frotar la nariz en su camisa arrugada. Olía al coñac que se había bebido, muy masculino.
Edward echó atrás la cabeza para mirarla.
—¿Qué hace?
—Olerlo.
—Debo de oler muy mal en este momento.
Bella negó con la cabeza.
—No. Huele… bien.
Él le escrutó un momento la cara vuelta hacia él.
—Perdóneme, por favor. No quiero darle esperanzas. Si hubiera alguna manera…
—Lo sé —dijo ella, bajándose de sus piernas e incorporándose—. Incluso lo entiendo. —Echó a andar con paso enérgico hacia la puerta—. Bajé a buscar algo para Jessica. Debe de estar pensando qué me ha ocurrido.
—Bella…
Ella hizo como que no lo oía y salió de la sala. El rechazo de Edward era una cosa, pero la lástima…, no, no tenía por qué aceptarla.
En ese momento se abrió bruscamente la puerta de la calle y entró un desastrado Michael Newton. Parecía una visión salida del manicomio: sin corbata y con el pelo rubio todo en punta.
—¿Jessica? —le preguntó, mirándola con la cara desencajada.
Justo entonces, como si fuera una respuesta de lo alto, sonó el llanto de la recién nacida. La expresión de Michael pasó de angustiada a pasmada. Sin esperar la respuesta, subió corriendo la escalera, los peldaños de tres en tres. Cuando ya se fue perdiendo de su vista, Bella vio que sólo llevaba la media puesta en una pierna.
Medio sonriendo para sí misma, dio media vuelta para entrar en la cocina.
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—Creo que ya casi es el momento de plantar, milord —dijo Vulturi afablemente.
Edward entrecerró los ojos para evitar la fuerte luz del sol de primera hora de la tarde.
—Sin duda.
Después de una noche de muy poco sueño, no estaba con ánimo para conversación. Iba con su administrador caminando por un campo, examinándolo para ver si necesitaría una zanja de drenaje como la del señor Grundle. Daba la impresión de que los excavadores de zanjas de la localidad tendrían el trabajo asegurado durante una buena temporada. Vio que Jock venía saltando por un lado del seto que rodeaba el campo metiendo la nariz en las madrigueras de conejos. Esa mañana le había enviado una nota a Bella diciéndole que no era necesario que viniera a trabajar ese día; que lo podía aprovechar para descansar. Y él necesitaba darse un respiro; esa noche había estado a punto de besarla otra vez, a pesar de haberle dado su palabra de honor. Debería dejarla marchar; en todo caso, una vez que se casara no podría seguir teniendo una secretaria. Pero entonces ella perdería su fuente de ingresos, y tenía la impresión de que la familia Swan necesitaba el dinero.
—¿Tal vez si pusiéramos ahí la zanja de drenaje? —dijo Vulturi, apuntando el lugar donde Jock estaba excavando y levantando una cortina de barro.
Edward se limitó a gruñir.
—O tal vez… —Vulturi se giró y casi se cayó al tropezar con una piedra toda cubierta de barro. Se miró disgustado las botas embarradas—. Ha sido juicioso que no trajera a la señora Swan en esta salida.
—Está en su casa —dijo Edward—. Le dije que se pasara el día durmiendo. ¿Se ha enterado de que la señora Newton parió anoche?
—La dama lo pasó mal, tengo entendido. Qué milagro que tanto la madre como la niña estén bien.
—Un milagro, sí —bufó Edward—. Tiene que ser condenadamente tonto un hombre que deja sola a su mujer tan cerca del parto, sola con una criada.
—Supe que el padre estaba muy consternado esta mañana.
—Eso no le hizo ningún servicio a su mujer anoche —dijo Edward secamente—. Sea como sea, la señora Swan estuvo toda la noche en pie con su amiga. Me pareció justo que se tomara el día libre. Al fin y al cabo ha trabajado todos los días, aparte del domingo, desde que comenzó su trabajo de secretaria.
—Sí, desde luego. A excepción de los cuatro días que no vino cuando usted hizo su viaje a Londres.
Jock había hecho salir a un conejo y lo iba persiguiendo.
Edward se detuvo y se giró hacia el administrador.
—¿Qué?
—La señora Swan no vino a trabajar mientras usted estaba en Londres. —Tragó saliva—. Es decir, aparte del día anterior a que usted volviera. Ese día trabajó.
—Comprendo —dijo Edward. Pero no lo comprendía.
—Sólo fueron cuatro días, milord —se apresuró a decir Vulturi, para suavizar las cosas—. Y había terminado todo lo que tenía que copiar, me dijo. No fue que dejara el trabajo sin hacer.
Edward miró el barro sobre el que estaba pisando, pensativo. Recordó lo que le dijo el cura esa noche en la fiesta acerca de un «viaje».
—¿Y adonde fue?
—¿Ir, milord? —preguntó Vulturi, al parecer buscando una evasiva—. Esto, eh…, no sé si fue a alguna parte. No lo dijo.
—El cura me comentó que había hecho un viaje. Él creía que había ido a hacer alguna compra.
—Es posible que se equivocara. Vamos, si una dama no encontrara lo que desea en las tiendas de Little Battleford, tendría que ir a Londres a buscar algo mejor. Y no creo que la señora Swan haya ido tan lejos.
Edward emitió un gruñido. Volvió a mirar el suelo junto a sus pies, aunque esta vez con el entrecejo fruncido. ¿Adonde había ido Bella? ¿Y a qué?
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Bella afirmó bien los pies y tiró de la manilla de la vieja puerta del jardín con todas sus fuerzas. Edward le había dado el día libre, pero ella no podía dormir tanto rato. Puesto que se había pasado la mañana descansando, se le ocurrió que podría aprovechar el tiempo libre de esa tarde para plantar los rosales. La puerta se mantuvo tercamente cerrada un momento, y de pronto cedió y se abrió tan de repente que casi la arrojó al suelo de espaldas. Se quitó el polvo de las manos, cogió su cesto con las herramientas y entró en el jardín abandonado. Había estado ahí con Edward hacía poco más de una semana. En ese corto tiempo se había producido un enorme cambio entre las viejas paredes. Asomaban brotes verdes en los cuadros y por las grietas del sendero de ladrillo. Algunos eran de malezas, lógicamente, pero otros tenían un aspecto más refinado. Incluso reconocía algunas plantas: las puntas rojizas de tulipanes, las hojas abriéndose en forma de roseta de la aguileña, y las hojas grises lobuladas del pie de león.
La llenaba de placer descubrir cada tesoro. El jardín no estaba muerto, sólo había permanecido dormido.
Dejó el cesto en el suelo y volvió a la puerta a buscar el resto de los rosales que le regalara Edward, y que había dejado fuera; había plantado tres en el pequeño jardín de su casa, y los otros se habían mantenido vivos en los recipientes con agua. En cada uno ya se veían diminutos brotes verdes. Los contempló un momento, pensando. Ellos le habían dado esperanza cuando Edward se los regaló; y aunque la esperanza ya estaba muerta, no encontraba justo dejarlos perecer. Los plantaría esa tarde, y aunque Edward nunca más volviera a visitar el jardín, bueno, ella sabría que estaban ahí.
Volvió al jardín con unos cuantos y los dejó en el embarrado sendero. Se enderezó a mirar buscando un lugar adecuado para plantarlos. En otro tiempo el jardín había tenido un trazado, que en esos momentos era imposible distinguir. Encogiéndose de hombros, decidió repartirlos por igual en los cuatro parterres principales. Cogió la pala y comenzó a remover la tierra del primer cuadro arrancando las malas hierbas.
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Finalmente esa tarde Edward encontró a Bella en el jardín. Estaba irritable. Llevaba unos quince minutos buscándola, desde el momento en que Vulturi le dijo que ella estaba en la propiedad. En realidad, no debería haberla ido a buscar, ya que esa misma mañana había tomado la decisión de no hacerlo más. Pero una parte dentro de él parecía ser constitucionalmente incapaz de mantenerlo alejado de su secretaria cuando sabía que estaba cerca. Así pues, cuando la vio estaba ceñudo, fastidiado por su falta de fortaleza. Y continuó ceñudo detenido en la puerta admirando el espectáculo que ella le ofrecía. Estaba arrodillada en la tierra plantando un rosal. No llevaba cofia y le caían sobre la cara unos mechones que se le habían desprendido del moño en la nuca. Y a la radiante luz del sol de la tarde, esos mechones castaños brillaban dorados con visos rojizos.
Sintió una opresión en el pecho. Le pareció que esa opresión podría ser de miedo. Arrugó más el ceño y echó a andar por el sendero. Sin duda el miedo no era una emoción que debiera sentir un hombre fuerte como él al encontrarse ante una mansa viudita.
Bella lo vio.
—Milord. —Se apartó un mechón de la frente, dejándose una mancha de tierra—. Se me ocurrió plantar hoy sus rosales, antes de que se murieran.
—Eso veo.
Ella lo miró extrañada pero claramente decidió no dar importancia a su extraño humor.
—Voy a plantar unos cuantos en cada cuadro, puesto que el jardín tiene forma simétrica. Después, si lo desea, podríamos rodearlos con lavandas. La señora Newton tiene unas hermosas lavandas bordeando el camino de atrás, y sé que le encantará dejarme que corte unos cuantos esquejes para plantar en sus jardines.
—Mmm.
Bella había interrumpido su monólogo para quitarse otro mechón de pelo, y se dejó más barro en la frente.
—Porras. Olvidé traer la regadera.
Levantó una pierna para ponerse de pie, pero él se le adelantó:
—Quédese ahí. Yo iré a buscarle el agua.
Echó a andar por el sendero sin hacer caso de la protesta que ella comenzó a formular. Cuando llegó a la puerta, un repentino impulso lo hizo detenerse. Después, al recordarlo, siempre se preguntaría qué habría sido ese impulso que lo hizo detenerse. Se giró a mirar hacia ella. Seguía arrodillada en el suelo junto al rosal; estaba apretando la tierra alrededor con las dos manos. En ese momento, cuando él la estaba mirando, ella levantó la mano y con el meñique doblado se metió un mechón de pelo detrás de la oreja.
Él se quedó inmóvil, paralizado.
Durante un terrible minuto, que a él le pareció eterno, no oyó ningún sonido, como si la tierra hubiera temblado y su mundo se hubiera desmoronado a su alrededor. Entonces en su cabeza resonaron tres voces simultáneamente, susurrando, musitando, balbuceando, y luego se separaron formando frases coherentes.
Vulturi junto a la zanja: «Cuando este perro estuvo desaparecido varios días pensé que nos habíamos librado de él».
El cura Jones en la fiesta de la señora Mallory: «Yo pensé si no se habría comprado un vestido nuevo en su viaje».
Nuevamente Vulturi, esa misma mañana: «La señora Swan no vino a trabajar mientras usted estaba en Londres».
Una niebla roja le oscureció la visión.
Y cuando se despejó la niebla, ya casi estaba encima de Bella, y comprendió que había echado a andar antes de que se hubieran hecho comprensibles las frases. Ella seguía inclinada junto al rosal, totalmente inconsciente de la tormenta que se avecinaba, hasta que él se detuvo ante ella. Entonces levantó la cabeza y lo miró.
Él debía llevar reflejado en la cara el conocimiento de su engaño, porque a ella se le desvaneció la sonrisa antes de que se le formara totalmente.
