CAPÍTULO VIII

Advertencia: Este capítulo contiene escenas eróticas que pueden lastimar o herir susceptibilidades.

El Comité Internacional de la Cruz Roja tenía ya bastantes años de estar establecido en Ginebra Suiza, fundada en 1863, gracias a los esfuerzos de Henry Dunant, al considerar de vital importancia, cuidar y salvaguardar a los heridos, sobre todo en el escenario bélico.

La loable misión había atraído a miles de voluntarios que servían con gusto para ayudar ante el sufrimiento humano.

Cuando Candy había buscado donde podría seguir su carrera, no pensó ni dos veces en hacerlo en la noble institución. Como siempre, Albert estaba a su lado apoyándola.

Había pasado un año y medio desde que se habían radicado en Ginebra, aún a pesar de que Marcus, a quién la rubia le tenía mucho aprecio, aún por su apariencia nada agradable, les había pedido que se quedaran en Zurich, proposición que gentilmente habían declinado.

Albert había tenido que hacer viajes frecuentes a América para terminar de arreglar los asuntos comerciales en Estados Unidos, mientras la chica se incorporaba a las filas del movimiento de la Cruz Roja. También hacía turnos esporádicos en otros hospitales, sobre todo, para estar ocupada mentalmente, mientras el millonario americano se encontraba lejos.

Por obvias razones, dejó de consultar noticias relacionadas con el mundo del espectáculo americano. Entre menos supiera de Terry, mejor. La herida continuaba abierta y no sería fácil curarla.

Desde que había llegado a Inglaterra, se habían pasado viajando unas semanas más.

La vez en que el líder de los Andrey le llevó por primera vez a conocer a Marcus Storvik, había quedado fascinada con la mansión y la naturaleza que le rodeaba, sin embargo, la impresión que le había ocasionado el hombre al verlo por primera vez, había sido de temor.

Tuvo que pasar un poco más de tiempo para habituarse a su carácter y su expresión tan seria y distante. Pero consciente de que su forma de ser hacía milagros, trataba con mucha simpatía y ternura al señor Storvik, quien al ver la dulzura de la chica, suavizó un poco más su actitud hacia ella.

Al principio no entendía por qué veía al hombre solo por las noches, sin embargo, Albert le pidió fuera discreta y no tratara de indagar más allá de eso.

El suizo había sido muy amable al brindarles su amistad y darles alojamiento para que pudieran conocer su casa, y eso era muestra de interés por parte de él. La rubia dejó de juzgarlo.

El tiempo había pasado rápidamente y Albert debía comenzar a ver por sus negocios, por lo que Marcus les había dado muchas opciones para que se establecieran en Europa. Les había ofrecido su mansión, sin embargo, la chica no quería ocasionar problemas por sus costumbres tan extrañas. Además, el mismo Marcus le había comentado que la Cruz Roja tenía su sede en Ginebra, por si le interesaba seguirse dedicando a la enfermería. Así que, después de meditarlo bien, encontraron ahí una bella casa, pequeña pero muy acogedora y elegante, de la que Candy se hacía cargo. Cuando intentaba imaginar lo que diría la Tía Abuela, su protector la instaba a no cuestionar más y ya no volvía a preguntar.

Escribía muy seguido a sus amistades y al Hogar de Pony.

Les había dicho que se encontraba feliz y que estaba superando gradualmente su decepción amorosa, esto último, muy lejos de la realidad.

Annie y Paty no dejaban pasar la oportunidad de preguntarle si ya había conocido a alguien más, a lo que Candy les respondía firmemente, dejando en claro que por ahora, su corazón seguía sanando.

Muchas noches esperaba hasta estar en la soledad de su recámara y dar rienda suelta a su sufrimiento. Lloraba hasta más no poder y quedarse profundamente dormida. Nunca supo que Albert la escuchaba, recargado en la puerta, apretando las manos en señal de frustración y rabia, aún así, no perdía la esperanza de seguir intentando ganarse su corazón. Su devoción por ella se había acentuado aún más, por lo que su carácter fue tornándose mucho más posesivo.

Con el paso de los meses, fue creciendo en ella un sentimiento de enorme cariño y gratitud hacia el rubio.

Cierto día, en que ambos se encontraban libres de ocupaciones, caminaban por uno de los parques de la ciudad y la rubia, en un impulso, le tomó del brazo y ante el azoro de Albert, siguieron caminando y decidieron sentarse en una banca, al amparo de la hermosa luz del sol.

El día era muy bonito y comenzaba a hacer calor.

La chica iba con un ligero vestido que acentuaba su increíble figura y llevaba un bonito sombrero que le daba un aire a la vez ingenuo y muy seductor.

Albert la miraba con intenso fervor.

Ella tomó la palabra:

- Creo que nunca podré pagarte todo esto que has hecho por mí. Siempre has estado conmigo, defendiéndome, animándome, haciéndome parte de tu familia, y ahora, a pesar de los problemas que le ocasioné a la Tía Abuela, has decidido quedarte a mi lado, y yo... no sé que decirte. Siempre te estaré agradecida. No sabría como pagártelo – la chica bajó su mirada.

- Candy, no tienes nada que agradecer. Solo sigue siendo como eres – le tomó dulcemente la barbilla y posó su mirada azul sobre ella.

Se quedaron mirando por un momento y, en un arrebatado impulso, sus labios se fueron acercando y se fundieron en un delicado beso.

Albert sintió que el cielo se abría ante él para brindarle a uno de sus más preciados ángeles. Candy se apartó rápidamente, apenada. Al cerrar los ojos la imagen de Terry llegó a su mente. Se sintió un poco mal por eso, puesto que no sabría cuanto tiempo le tomaría a su corazón el seguir sanando y no quería lastimarle.

- Yo... lo siento – se separó el rubio muy apenado.

- Está bien... yo sé lo que sientes por mí, sólo quisiera pedirte un poco de tiempo. No sería agradable darte una falsa esperanza, sin estar plenamente convencida de lo que siento por ti – se sorprendió al escucharse decir eso.

- ¿Acaso lo has olvidado? – la expresión del magnate indicaba que su vida dependía de su respuesta.

- No quiero hablar de eso. Seguir recordando me lastima y tengo que olvidar por completo lo que pasó... allá. No ha sido fácil para mí volver a albergar una... ilusión – le contestó evasiva mientras le daba la espalda y cerraba los ojos en señal de profundo dolor.

- Yo no quiero forzarte a tomar una decisión. Es cierto que lo que siento por ti es muy fuerte, sin embargo, tomate el tiempo que necesites. Soy feliz de estar junto a ti – la tomó por los hombros y la instó a seguir caminando.

La pareja siguió conversando de cosas triviales durante un rato más.

Decidieron seguir caminando, y Albert sentía que los celos iban dominándolo inconscientemente, puesto que amaba y deseaba demasiado a esa mujer. Se tranquilizó sabiendo que finalmente la tenía junto a él. Siguieron con su camino, mientras ella tomaba su brazo. Hablaron largo rato de esos bellos recuerdos de infancia y juventud, que habían compartido antes.

Cuando regresaron a su hogar, Candy había decidido descansar un poco en su recámara, aunque Albert supo que volvía a pensar en él.

El rubio se quedó con expresión meditativa, mientras se distraía hojeando un libro:

- Le has hecho un enorme daño, Terrence. Nunca te lo perdonaré – su mirada azul se endureció. Continuó con su lectura.


No había día en que Susana Marlowe viera en su dedo el hermoso anillo que Terrence Grandchester le había regalado. Nunca olvidaría esa noche en que el guapo actor le había pedido matrimonio, y más aun, le había anticipado que ya tenía listo casi todo.

La chica realmente no lo podía creer.

Esa noche, después del afortunado evento, le comunicó a su madre la inminente noticia, y la mujer abrazó fuertemente a su hija, no sin antes sentir una intranquilidad, que por no querer opacar la felicidad de su hija, le quiso externar en ese momento. Se dedicaron a la lista de invitados, misma que trataron de hacer demasiado selectiva, con base en la petición del joven.

Visitaban asiduamente las lujosas boutiques para seleccionar el modelo del vestido de novia, para hacer de ese evento, el más memorable en la vida de la chica. Terry les había dado luz verde para que no escatimaran en el ajuar de Susana, así que las mujeres se lucieron escogiendo lo mejor. Las visitas cariñosas y amorosas se seguían sucediendo ininterrumpidamente. Ya estaba convencida de que él le amaba.

Por su parte, Terry seguía con sus ensayos y saboreando el cada vez más cercano momento de descargar el golpe certero sobre su prometida.

Nikolas siempre le animaba a esperar un poco más, puesto que él ya tenía sus propios planes en cuanto sucediese la venganza de Terry. Sería su más grande secreto.

El tiempo pasó rápidamente y un día antes del enlace matrimonial, Terry se encontraba solo en su estudio con su habitual rutina de observar la pintura y charlar con ella. Robert le había dado unos días libres para que descansara y estuviera listo para su boda:

- Mañana es el día más alegre y a la vez más triste de mi vida, pecosa – le comenzó a narrar al cuadro - tú eres la que debería estar alistándose para nuestra boda, sin embargo... ella echó a perder todo, y sabes, no me arrepiento de lo que haré... ya no me interesa nada más en la vida, porque tendrá su castigo, aunque sé que nunca te volveré a tener a mi lado – su voz se quebró por el enorme dolor que todavía cargaba.

Sacó su armónica y se puso a tocar su inconfundible melodía, mientras sus lágrimas corrían por sus mejillas.

Cuando cayó la noche, Nikolas le visitó para cerciorarse de que el actor estaba más tranquilo por lo que se le venía:

- ¿Cómo estás, Terry, ya estás más que convencido de tu personaje para la actuación de mañana? – le preguntó cínicamente.

- ¿Tú que crees? Por supuesto que estaré a la altura de las circunstancias; la muy estúpida ni se imagina que mañana firma su sentencia de muerte – al decir esto último, un brillo anormal se asomó a las pupilas de su amigo. Terry no se dio cuenta.

- Me da mucho gusto, amigo, la verdad, tu futura esposa no se merece menos. La muy maldita piensa que realmente le amas ¿Podrías creerlo? Como si lo que cometió hubiera sido una cándida travesura – un aire bastante pernicioso se notaba en su manera de hablar, Terry se estremeció.

- Quiero que pague con lágrimas el resto de su vida por lo que me hizo, porque, así como nunca volveré a tener la oportunidad de estar con Candy, no le daré una sola posibilidad de tener un día en paz. Todo comenzará amigo mío, después de la luna de miel. La maldita arpía tendrá un calvario que solo la muerte le podrá arrebatar, aunque para que eso suceda falte mucho tiempo – señaló el aristócrata, con placer.

- Eso, mi querido amigo, nunca se sabe. La muerte llega cuando menos te lo esperas, así que no te predispongas, Terry. Nunca sabes si en un momento dado, ella misma se encarga de ayudarte con justicia – el ambiente se tornó muy pesado. Terry comenzó a sentirse intranquilo.

- ¿Qué quieres decir, Nikolas? – le preguntó con cierto temor.

- No quise espantarte, discúlpame, es que, también la odio sabes, la única diferencia, es que no me opondría en nada a que pagara con su vida por eso. Es más, creo que sería lo justo, pero dejémoslo al tiempo – trató de suavizar su tono. El ambiente había regresado a la normalidad y el ojiazul se sintió más cómodo.

- Pues tienes razón, ya tendrá su merecido. ¿Estás listo para mañana? ¡No me falles amigo! – cambió de tema.

- Estoy más que listo, Terry. Tengo que dejarte. Debo hacer algunas cosas. Mañana estaré puntualmente presente en tu boda. Descansa mucho y estoy para apoyarte – se despidió rápidamente y se dirigió a la puerta.

Terry le observó mientras salía del edificio.

Muchas veces le intrigaba que Nikolas fuera tan sincero en declarar su aversión a Susana, implicando a la muerte para hacerse cargo de ella. Pero no podía dejar de alegrarse de que se cobraría su venganza y con creces.

Siguió observando un rato más a su hermosa pecosa y se fue a descansar.

Robert Hathaway había mandado a arreglar el salón especialmente para el evento y se habían enviado invitaciones a todo el equipo que laboraba en ese momento para la boda. Sumados a ellos, estaban los escasos invitados de las Marlowe.

Aunque no estaba la prensa presente, el ambiente se sentía especial.

Los compañeros de Terry le habían prometido solemnemente no hacer declaraciones sobre el privado evento, para no exponer al escrutinio público su boda, algo que consideraba bastante personal.

Eleanor Baker y Richard Grandchester se encontraban presentes, por igual.

Terry les había dicho que todo se llevaría a cabo de manera sencilla y que las cláusulas del contrato matrimonial estipulaban que Susana no tendría acceso a la herencia de los Grandchester.

Él ya se había encargado de convencerla de que no era importante, puesto que su sueldo como actor cotizado le había hecho ganar una excelente fortuna. Obviamente la chica lo aceptó, ilusionada con verle enamorado de ella.

Los invitados se encontraban ya completamente reunidos esperando la entrada triunfal de la novia, tomando su lugar en las butacas que se habían dispuesto sobre el enorme escenario.

El juez se encontraba al centro del mismo, arreglando los últimos detalles de los papeles, mientras Terry y sus padres platicaban animadamente junto a Nikolas, cuya presencia parecía pasar desapercibida ante los ojos de los demás.

- Hijo… ¿puedo hablar contigo un momento? – le preguntó su padre, a lo que el joven accedió.

- Dices que no tendrá acceso a nuestras propiedades, ¿verdad? ¿Le has comentado lo del título nobiliario? – le cuestionó con sumo interés.

A pesar de llevarse bien con su hijo, no permitiría que una arribista y frustrada actriz pudiese disfrutar de los beneficios de la nobleza británica.

- No te preocupes querido padre; todo eso no le ha importado, aunque ya se lo he dicho. Sabe que gracias al teatro he hecho una buena fortuna y eso también ha influido para no tocar lo correspondiente a tu dinero – le respondió tranquilamente su vástago, para beneplácito del noble.

- No sé por qué, hijo, pero presiento que estás cometiendo un grave error al casarte con ella. Solo espero que puedas ser feliz, aunque sé que no le amas como a... – Terry le respondió bruscamente.

- No la menciones, su nombre no merece ser mancillado en esta boda – le ordenó sin darse cuenta que su padre le observaba detenidamente.

- Tu madre tiene razón, algo te traes entre manos y ojalá hijo, no salgas herido. La venganza no tiene buenas consecuencias y si me disculpas, tu futura esposa acaba de llegar – le señaló hacia la entrada.

Susana hizo acto de aparición junto a su madre, quien llevaba su silla de ruedas. A pesar de su discapacidad, la chica brillaba con su ajuar. Los murmullos no se hicieron esperar.

Ella solo tenía ojos para Terry, a quien divisó al lado de la mesa donde estaba el juez.

¡Se veía tan arrebatadoramente apuesto!

Sentía su corazón henchido de emoción y a punto de explotar.

Saludó con una inclinación de cabeza a sus padres, mientras su madre la entregaba a Terry.

El juez inició su rutinaria letanía, mientras el alma de Terry viajaba hacia el recuerdo de los ardientes momentos que había pasado con Candy, y que nunca se repetirían. Hizo un descomunal esfuerzo por no llorar.

Alcanzó a escuchar cuando Susana, con voz emocionada, le aceptaba como marido; el juez se dirigió a él y le hizo la clásica pregunta, a lo que Terry respondió con un breve "sí acepto".

No se manifestaron interrupciones y el actor de vez en cuando volteaba a ver a Nikolas, quien a lo lejos, asentía a ratos con la cabeza, infundándole ánimos. Llegó el momento de estampar su firma, y el joven lo hizo de manera autómata.

La madre de Susana no le quitaba la vista de encima.

Volteó a ver a Nikolas y trató de recordar su rostro. Creía haberlo visto en alguna otra parte, pero después, se le olvidó y ya no le prestó mucha atención. No cabía duda que aqueo misterioso hombre tenía una enorme persuasión mental.

Cuando terminaron las formalidades del enlace, se dio paso al brindis especial para la boda.

Comenzaron a llegar las bandejas con comida y bebidas, así como un enorme y hermoso pastel que degustaron todos los invitados, excepto claro, Nikolas, quien solo hacía señas de estar bebiendo de su copa de champaña.

Robert interrumpió para darle una noticia a la pareja:

- Aprovecho, amables invitados, para externar mi más grande y sincera felicitación a Terry por este memorable evento en su vida y a ti Susana, para que lleguen a formar una familia estable y feliz. Me permito, frente a los concurrentes, anticiparles mi regalo, el cual consiste en un viaje con todos los gastos pagados a las hermosas playas de Miami, así que chicos, aquí está su luna de miel – todos aplaudieron emocionados ante la mirada feliz de Susana y ante un Terry tranquilo y sereno.

- Muchas gracias, Robert. No te hubieras molestado. ¡Eres un gran amigo! Mira, Susie – la volteó a ver con ternura.

La chica lloró de la felicidad.

Creyó que Terry ya tenía listo lo de la luna de miel aunque igual y Robert le había persuadido con anticipación de que no lo hiciera. No se cuestionó más y siguió disfrutando de la recepción.

El festejo se prolongó por varias horas hasta la madrugada, donde unos incrédulos padres de Terry platicaban forzosamente con la señora Marlowe, mientras las chicas solteras rodeaban a Susana preguntándole sobre su relación y sus futuros planes.

El actor se había apartado un poco para hablar por un rato con Robert y después con Nikolas, quien ya se debía retirar. Se despidió de él, diciéndole que no se verían hasta unas semanas más tardes, pero sin embargo, quedarían en contacto a su regreso.

La segunda parte del plan ya estaba en marcha.

- ¡Mucha suerte amigo! – le dijo mordazmente Nicolás, mientras Terry hacía un descomunal esfuerzo por no carcajearse ante los presentes. La señora Marlowe no perdía detalle de su comportamiento.

- Gracias por tus buenos deseos amigos, y por todo tu apoyo. Creo que hemos llegado a ser un buen equipo, ¿no lo crees así? – le preguntó el actor.

- Ya lo creo, así que, si me permites, debo retirarme. Te deseo un feliz viaje junto a tu flamante esposa y nos vemos a tu regreso – se dirigió a la salida, mientras Terry regresaba junto a Susana.

- ¿Cómo estás Susie? ¿Te ha gustado todo, nena? – le preguntó seductoramente al oído, ante el nerviosismo de la chica.

- ¡Gracias, Terry! Ha sido lo mejor que me ha pasado en la vida. ¡Te amo! – le dio un fogoso beso sorpresivo y no le quedó más remedio que seguirle el ritmo.

Casi todos los invitados ya se habían retirado y los padres de Terry se acercaron a al pareja.

Richard habló:

- Hijo, te deseamos de todo corazón tu madre y yo que seas muy feliz. Quiero que sepas que mi regalo es por el bienestar de ambos – le dijo mientras extendía un elegante sobre a manos de Terry.

La mirada ambiciosa de la señora Marlowe no pasó desapercibida para Eleanor. Sabía que no había buenas intenciones en esa boda, pero prefirió comentárselo a su hijo más tarde.

- Hijo, te he hecho llegar tu regalo a tu casa. Espero que lo disfruten mucho – dijo con semblante sereno y apenas un atisbo de convencimiento del reciente evento.

Se despidieron de todos y se fueron del lugar.

La boda terminó y los Grandchester se dirigieron a un elegante hotel que Robert les había reservado para salir de viaje tan pronto. Pasaron a dejar a la madre de Susana, esperó a que la chica hiciera una breve maleta y se dirigieron al lugar.

Esa noche, aduciendo cansancio y fatiga por los preparativos del evento, Terry se quedó dormido. Susana recordó la petición de su flamante marido, pero lo amaba tanto que no le presionaría para consumar el matrimonio.

Eso vendría con el tiempo.

Mientras el ojiazul dormía, se dirigió al balcón de la terraza y se sumió en profundos pensamientos, mientras el cálido aire le cubría completamente.

Al día siguiente partirían a su viaje.

Negros presagios se cernían sobre la vida de la recién formada pareja.


Candy y Albert se encontraban, al otro lado del orbe, departiendo en una cordial cena.

Estaba más interesada en él. En su mente, los recuerdos felices pasados a su lado le iban llenando de alegría al rememorar su invaluable apoyo en cada instante de su vida, aún así, se seguía esforzando por llegar a amarle.

Albert no era indiferente al esfuerzo que ella hacía, por lo que comenzó a tratarla con mucho más amor. Para él, el solo hecho de estar junto a ella era el equivalente a estar en el cielo. Disfrutaba con enorme placer todos esos momentos en que podía estar juntos platicando, caminando, compartiendo tantas vivencias y recuerdos, que consideraba esos momentos, los más sublimes que hubiese experimentado en toda su existencia.

Seguía realizando un excelente trabajo como enfermera y el empresario, por su parte, estaba ejerciendo un magnífico posicionamiento de su empresa en algunos países europeos, como Francia, Suiza e Inglaterra.

Aunque viajaba a Estados Unidos esporádicamente, trataba de que sus representantes, Archie y George, le tuvieran los asuntos ya avanzados para que solo llegara a concretizar acuerdos o finiquitar adeudos.

No quería pasar mucho tiempo dejándola sola.

Hasta ese momento había mantenido oculto todo lo que tuviese que ver con Candy, ya que deseaba poder expresar a todos que finalmente ella había decidido amarle.

En uno de sus múltiples viajes a Estados Unidos, por medio de un contacto relacionado con el mundo teatral, supo que Terry se había casado con Susana Marlowe.

Esa noche, decidió comentárselo a la rubia, sobre todo para dejarle en claro que ahora más que nunca era imposible una probable reconciliación. Se encontraban platicando mientras paseaban por el centro de la ciudad y la había invitado a un pequeño lugar a cenar:

- ¿Sabes? Terry se ha casado – estudió cuidadosamente su reacción. La rubia aparentó indiferencia.

- Me da gusto. Finalmente hizo lo correcto, ¿no crees? – su mirada era un poco distante y su voz tenía un toque de dolor que trató de disfrazar inútilmente.

- Tenía una responsabilidad que cubrir. Creo que era lo justo – le siguió observando.

- Le deseo lo mejor del mundo, Albert. Él está en mi pasado, y yo no vuelvo la mirada atrás… te agradecería que no volvieras a mencionar nada sobre eso… – cambió el tema de conversación drásticamente. El rubio entendió

- Disculpa mi comentario. Prometo jamás volver a tocar el tema – pidieron su cena y continuaron como si nada hubiese sucedido.

Cuando la pareja regresó a su hogar, se dirigió hacia su recámara, con la intención de dormir un poco.

No atinaba a definir la sensación que le había ocasionado la noticia. Lo que sí reconoció fue el hecho de que todavía le seguía afectando puesto que ahora, lo sabía perdido para siempre, después de haber decidido finalmente, quedarse al lado de ella.

Algunas lágrimas resbalaron por su mejilla y sin poder evitarlo, con los ojos cerrados, fue quedándose dormida. No sintió cuando Albert entró para cobijarla, y darse cuenta de los rastros de lágrimas en sus ojos. Pero el odio hacía Terry se hizo aún más fuerte, al escucharle decir entre sueños, aquel nombre.

Días después de aquel pequeño incidente y para tratar de hacer que ella no se sintiera triste, la había invitado a salir esa noche a ver un espectáculo de variedad porque acababa de concretar otro negocio más y Candy había tenido un ascenso en el hospital donde trabajaba, a la par que seguía cosechando excelentes comentarios en el Comité Internacional de la Cruz Roja.

- ¡Ay, Albert! ¡Me siento tan feliz! ¡Hacía mucho que no me sentía tan bien! Gracias por todo. Eres muy bueno conmigo – le dijo mirándolo con infinito agradecimiento. Después de aquel día en que se había enterado de la boda del actor, su actitud se había vuelto un poco más animada y alegre.

- Candy, sabes que haría cualquier cosa por ti; no me gusta verte sufrir, mi niña. Soy tan feliz contigo – le tomó cariñosamente su delicada mano.

- Tengo ganas de tomar algo ¿Me acompañarías? – le invitó galantemente.

- Claro. Con gusto – le respondió mientras tomaba su brazo.

Se dirigieron a un discreto bar y estuvieron ahí un rato.

Mientras seguían platicando, Albert notó que Candy le observaba con más atención. Por un minuto, creyó percibir ciertas actitudes de coquetería, al verla tocar su copa con la yema de los dedos y llevarla de forma sensual a sus labios. Tal vez el vino la estaba desinhibiendo.

Después de un par de horas, decidió que era mejor salir de ahí, puesto que la chica se sentía un poco mareada. Había bebido un poco más de lo que solía acostumbrar. Esperaba que el aire despejara un poco su cabeza.

Pidieron la cuenta y salieron a caminar bajo la noche cuajada de estrellas.

La pareja iba conversando animadamente en dirección a su casa. Candy se mostrada mucho más cariñosa debido a los efectos del alcohol y empezó a reír mientras él le hacía algún comentario divertido. Estaba un poco sonrojada y no se dio cuenta que el magnate le observaba con demasiada atención. "¡Se ve tan hermosa!," pensó mientras la llevaba de regreso a su hogar.

Al llegar a la puerta de la recamara de Albert, no pudo contenerse y se acercó a Candy, comenzándola a besar.

La chica impulsivamente respondió.

Sus bocas se entrelazaron en un apasionado beso. Albert se separó un momento para abrir la puerta y al introducirse siguieron con sus candentes demostraciones de amor. Él bajó delicadamente por el cuello de la chica y ésta comenzó a gemir levemente.

La atrajo apasionadamente hacia sí. Candy se dejó hacer, mientras rememoraba esa inmortal mirada y la suavidad de su tacto, por lo que cerró los ojos y se dejó llevar por su recuerdo. Un leve calor comenzó a subir de su vientre a su pecho. La respiración de ambos se agitó. Los besos del rubio inundaron su cuello y sus orejas. La dureza de su entrepierna hacía evidente la enorme excitación que le embargaba. En un acto reflejo, tomó un seno de la chica. Candy gimió más fuerte. Albert reaccionó:

- Candy... yo... lo siento... perdóname, me dejé llevar – la miró apenado, mientras la chica seguía concentrada en lo que estaba sintiendo. Sus ojos estaban entrecerrados.

- No… no digas nada. Yo también lo deseo.

Aquella demostración de correspondencia desconcertó a Albert, quien debido a su enorme excitación, decidió proseguir con las caricias.

Se sentía en el paraíso al percibir aquellas correspondencias tan apasionantes de Candy.

Albert la cargó entre sus fuertes brazos y la llevó a la recámara.

La posó suavemente como si fuera un delicado objeto y continuó acariciándola. Candy se dejó hacer, sin abrir sus ojos, continuaba perdida en un mundo paralelo, el suyo.

La humedad entre sus piernas indicaba que se estaba preparando para recibirlo; en su excitación, la rubia le comenzó a desabotonar la camisa, lo que enloqueció al millonario. Empezaron a desvestirse lentamente, mientras besos, caricias y murmullos de amor se dejaban sentir en el ambiente. Albert bajó sus labios hasta sus senos, mientras la rubia se movía lentamente en una excitada danza erótica, hasta que sintió las caricias íntimas de Albert entre sus piernas. Quejidos inundaron la recámara, mientras sus manos acariciaban con fuerza su cabello, hundiendo los dedos en él, conforme el placer la abrumaba.

Separó dulcemente sus piernas y se acomodó sobre ella, mientras cubría su rostro de besos. Ella seguía concentrada en lo que estaba sintiendo. Sus mejillas estaban ruborizadas y su boca entreabierta pidiendo más. No pudo más y se abalanzó tiernamente sobre ella a la par que iba entrando en aquel cálido cuerpo.

Las embestidas iniciaron dulcemente para dar paso a movimientos más fuertes; la chica había empujado con sus piernas para sentirlo hasta el fondo de su ser. Rodaron sobre la cama, hasta que ella quedó encima de él. La vista era espectacular: sus ensortijados cabellos caían desordenadamente sobre su cuerpo mientras sus senos se movían al ritmo alocado de sus caderas. Albert la atrajo hacia sí y siguió acariciando su cuerpo. Los gemidos iban en aumento hasta que llegó el momento sublime de ese encuentro. Los dos llegaron al mismo tiempo, sintiendo como Albert inundaba su interior y repetía su nombre diciendo cuanto la amaba. Ella gritó y gimió, aunque fue inevitable que por unos breves segundos, su mente se aferrara a una imagen distinta, a otro hombre. Se quedaron así por un rato, fatigados, hasta que el sueño les venció.

Al día siguiente, Candy se despertó silenciosamente y sintió que unos brazos la tenían sujetada. Y volteó a ver con cierta culpabilidad que todo aquello no había sido un sueño aunque reconocía que había disfrutado mucho ese momento. El rostro de Albert estaba frente a ella, profundamente dormido.

Se incorporó de la cama. Buscó una bata y se dirigió a su recamara, donde rápidamente se metió al baño, ahí abrió la llave del agua y se metió a la tina, se sentó. Se encontraba aturdida y un enorme dolor de cabeza le taladraba las sienes:

- Tal vez pueda amarle – se dijo internamente, aunque no muy convencida.


Albert había despertado buscando su presencia, se dio cuenta que ya no estaba. El vacío dejado a un lado suyo se lo hizo entender, se estiró perezosamente con placer y recordó lo sucedido la noche anterior.

Había sido un sorprendente encuentro. Algo en su interior le indicaba que Candy quizá ya estaba sintiendo algo por él y eso le animó sobremanera.

Se quedó pensativo durante un buen rato y después se incorporó de su cama. Necesitaba enfrentar la situación de una vez por todas. Se dio una ducha rápida y se dispuso a bajar a la cocina. No la encontró, imaginando que estaba en su recámara.

Se dispuso a cocinar el almuerzo.

Durante ese momento, la idea de visitar a su amigo Marcus, a quién tenían muchos meses de no ver, se le vino a la cabeza. Le propondría a Candy que pidiera unos días libres para que pudieran quedarse en su mansión. Hizo planes, mismos que quería comentar a Candy, así que subió a verla, tocó a la puerta de su recamara, pero no obtuvo respuesta, volvió a tocar,

- Candy… – la rubia apareció de pronto en la puerta con una tímida expresión en el rostro, aunque esbozaba una leve sonrisa.

- Albert... yo... – su voz se convirtió en un susurro.

- No digas nada – la tomó de los brazos y le sonrió - Yo... fui el hombre más feliz del mundo

- Me siento bien, en verdad.

Aquello fue música para sus oídos. ¡Por fin parecía querer abrir su corazón a él!

- ¿Es verdad esto que dices?

- Sí pero sólo te pido que sigas dándome tiempo para poder olvidar.

- Sabes que siempre tendrás mi apoyo, pequeña.

- Gracias por todo.

Candy le dio un apasionado beso al que correspondió gustoso. Después, se dirigieron hacia la cocina. Cuando tomaban el desayuno, y después de algunos comentarios sobre asuntos triviales, Albert le explicó a la joven su plan:

- Albert, por supuesto que me encantaría visitar a Marcus. Siempre ha sido tan gentil conmigo – Candy cerró los ojos recordando sus días en aquel lugar.

- ¿En serio irías conmigo?, puedo rentar un auto y conducir hasta allá – propuso el rubio.

- Pero Olaf podría ir a traernos; recuerdo que el camino no era muy confiable – le dijo la chica inquieta.

- No hay de que preocuparse Candy; no pasará nada – la tranquilizó Albert, sin conseguirlo, mientras acariciaba su mejilla y la observaba intensamente. Siguieron con sus actividades y organizando su próximo viaje.

Las siguientes semanas los sumergió en una rutina de trabajo y salidas a todo tipo de atracciones. Ambos estaban estrechando su relación y trataban de estar juntos el mayor tiempo posible, como dos enamorados aunque la rubia le insistió en no tener encuentros íntimos hasta que realmente estuviera concencida. No quería seguirle traicionando puesto que aún amaba a Terry.

Por su parte, Albert se volcó en atenciones hacia ella, para hacerle sentir en confianza, y no escatimaba en demostrárselo.

Con el paso del tiempo, ella fue sintiendo como su cariño hacia aquel hombre rubio que tanto le había dado iba aumentando en su corazón. Disfrutaba tanto estar a su lado, aunque, muy en el fondo, un triste recuerdo seguía latente. Uno que se negaba a partir.

Cuando el tiempo para viajar a Zurich llegó, la pareja se encontraba echando sus pertenencias en el interior del auto. Les costaría varias horas llegar, sobre todo porque habría que dirigirse todavía a las afueras de la ciudad. Ya le habían avisado a Marcus que viajarían por la tarde para llegar de noche, y poder departir un rato con él. Albert convenció a su amigo de que no mandara a Olaf por ellos. Querían ir admirando el hermoso camino que les llevaría a su casa. A pesar de tanta insistencia por parte del suizo, terminó por apoyar la decisión del americano.

Abordaron el auto con plena ilusión de pasar unas buenas vacaciones. Albert condujo mientras conversaba de todos los temas posibles con la rubia. Le había comentado a Candy que quería saber si habría consecuencias por lo que había sucedido y ella lo tranquilizó, sabiendo en el fondo, que era difícil que pudiera procrear. Tendría que meditar bien el momento exacto para hacérselo saber. No sería una buena noticia para el rubio, sobre todo, viendo lo ilusionado que estaba por lo que había sucedido. Se sintió peor, pero lo pudo fingir.

Cambiaron el rumbo de la conversación hacia los últimos acontecimientos laborales.

El clima se estaba poniendo feo.

Una sorpresiva lluvia torrencial les había tomado por sorpresa al salir de Zurich, horas después de haber salido de Ginebra. Albert empezó a ponerse nervioso al percatarse que el camino era más difícil de lo previsto, sin embargo, por no alarmar a la rubia se tranquilizó. De repente, un movimiento brusco del volante hizo que el vehículo se precipitara al costado de la carretera haciendo que el auto diera varias volteretas, dejándose llevar por las peligrosas pendientes.

Sin poder evitarlo, Candy tuvo un último pensamiento dedicado a un hombre de ojos azules, antes de caer en un profundo pozo negro.

Desafortunadamente, un trágico accidente había ocurrido antes de poder llegar a casa de Marcus.

El auto había sufrido un aparatoso golpe.

Igualmente en aquellos momentos al otro lado del mundo, sin saber bien por qué, un hombre de cabellos castaños, sentía un enorme dolor en su corazón.


Terry y Susana habían partido tan pronto como pudieron hacia Miami. Durante todo ese tiempo, Terry se había tratado de mostrar igual que siempre, sin embargo, ya le estaba costando un poco más, razón por la que a veces se mostraba irritado algunas veces. Su flamante esposa trataba de reconfortarlo con mimos y caricias para tranquilizarlo, a lo que el joven reaccionaba con evasivas sonrisas o con miradas indiferentes. Otras veces, su cambio era tan radical que la joven olvidaba su mal carácter. Terry la abrazaba y trataba más que bien. Cuando llegaba la noche, se dirigían a la recámara y aduciendo que no estaba preparado todavía, se volteaba para dormir, ante la mirada comprensiva de ella.

- Seguramente piensa en ella; pero por ahora no le diré nada. No quiero hacerlo enojar. Un poco más de tiempo y ahí tendrá que oírme – se había prometido internamente la chica.

La luna de miel fue sencilla y cariñosa. Susana había volcado todos sus esfuerzos para atraer la atención de Terry hacia ella y poder hacerle que la tocara, sin éxito alguno.

Cuando regresaron a Nueva York, Terry le tenía otra sorpresa a la chica: había comprado una residencia elegante en un lugar exclusivo, donde a la chica no le faltase nada, y siempre tuviera los mejores cuidados. Como era de esperarse, Susana y su madre no pudieron contener la enorme alegría al recorrer la hermosa casa. Estaba exquisitamente amueblada y solo faltaba que se instalaran pronto.

Esa había sido otra treta del actor para quitarse por un tiempo de encima, los esfuerzos de ella por querer acostarse con él. Le había rogado a Robert que le diera trabajo en cuanto regresara para dedicarse a la obra. Lo menos que estuviese en casa, mejor para él.

Pudo ver a Nikolas poco después de haber regresado de su viaje. Terry se las ingeniaba para verlo en algún bar y ahí desahogarse de toda esa carga emocional negativa que le inspiraba vivir bajo el mismo techo que su esposa:

- ¡Ya no la soporto, Nikolas, la odio! – le confesaba el joven mientras fumaba un cigarrillo. Nunca bebía.

- Aguanta amigo; quedamos que el cambio sería gradual. Si todo lo sacas tan rápido, no será lo mismo que irle clavando la daga de a poco –habló metafóricamente, mientras miraba comprensivamente al ojiazul.

- Tiempo es lo que me falta para poder seguir soportando a esa maldita – una palmada de apoyo caía en su hombro.

- Ánimo, que lo mejor está por venir. Sé que ya comenzará a reclamarte pronto. Las mujeres difícilmente se callan cuando algo les molesta. Verás que de a poco empiezas a soltarle parte del veneno que te arrojó – le recomendaba con una sonrisa para reconfortarlo.

Para sacarlo de esos pensamientos, seguían hablando de sus proyectos a futuro, logrando que el joven recuperara rápidamente su habitual actitud. Sobre todo, porque esos planes ya no tocaban a su ahora esposa.

Conforme pasaban las semanas, Susana y su madre se la pasaban recorriendo la enorme mansión para ajustarle algo a la decoración, o simplemente, por el gusto de recordar que ahora tenían una propiedad millonaria. Terry nunca faltaba a casa, sin embargo, la mayoría de las veces, cuando llegaba de los ensayos, la chica ya estaba dormida. Con sumo cuidado volvía a cerrar la puerta, y se dirigía a otra habitación para descansar ahí.

Susana siempre le oía llegar, y se quedaba esperando a sentir al menos su presencia al lado de ella, pero al escuchar que cerraba la puerta tras de sí, se quedaba frustrada, maldiciendo a la rubia, por haberse interpuesto una vez más, en su vida.

- ¿Es qué nunca dejaras de molestarnos, Candy? – la rabia afloraba con las lágrimas en sus ojos. Sus manos apretaban la cobija con todo el coraje que pudiera reunir.

Al principio no quiso comentarle nada a su madre, por no ocasionar más problemas entre ambos. Sin embargo, después de los primeros meses, ya debía comenzar a enfrentar a Terry por no cumplir sus deberes maritales.

Una noche, mientras esperaba a que llegara el actor del teatro, se acomodó en su recámara, indicándole a su madre que esperaría a su esposo. La señora Marlowe no sospechaba hasta donde estaban de mal los problemas de su hija.

Como siempre, Terry llegó a su casa, sigilosamente se asomó a la recámara, y su sorpresa fue enorme cuando al abrir la puerta, la luz se encendió iluminando a la chica sentada en su silla de ruedas, con un aire molestó:

- Creo que debemos hablar Terry – le pidió muy seriamente la joven.

- Susie, es muy tarde para que estés levantada. ¿Qué te parece si hablamos con calma el fin de semana? Robert me ha cargado mucho el trabajo – le respondió con calma el actor.

- ¡No, tiene que ser ahora! Me tienes que explicar, si todavía sientes algo por Candy, porque creo que te he dado mucho tiempo y te he dado la comprensión suficiente como para que puedas cumplir ya tus deberes maritales ¿No lo crees? – la chica comenzaba a alterarse, pero aún así, no gritó.

- Susana, te he dicho que no me gusta hablar de ese tema. Creo que te he demostrado con creces mi amor hacia ti, como para que me vengas ahora con eso – le respondió sin ganas el actor.

- Pues exijo mi derecho a pasar la noche con mi marido – la chica se quitó la bata quedando desnuda ante sus ojos.

Terry se quedó callado observándola. La miró de pies a cabeza y acto seguido, tomó una cobija de la cama y se la aventó:

- Estás loca. Cúbrete. Estoy cansado, así que me retiro – dijo mirándola con indiferencia y salió dando un portazo, mientras el rostro de la chica se contorsionaba en un rictus de rabia y coraje.

- ¡Me las vas a pagar, Terrence!, ¡nadie me desprecia como tú lo acabas de hacer! – se volvió a poner su bata y se fue a dormir.

El actor se encontraba ya en su habitación, con una sonrisa en los labios. ¡Que rica era la venganza!, largamente esperada durante tanto tiempo. Lo mejor estaba por venir. Tenía que desquitar todo su coraje.

Su virginal esposa, permanecería en ese estado, de por vida.

- Con esto inicia la tercera etapa, mi querida Susie; no sabes, como la disfrutaré, mientras te vas consumiendo con tu odio y tu rencor – una expresión de alegría aparecía mientras apretaba de la emoción su almohada.

Al día siguiente, la chica se dirigió rápidamente al cuarto de su esposo, en cuanto se despertó, para encontrarse con el lugar vacío. Iba acumulando la impaciencia y coraje. Aún así, siguió sin decirle nada a su madre, ante la cual aparecía como si nada sucediese...aunque la señora Marlowe no le creyera.

Los días pasaban, y Terry a veces llegaba, a veces no. La chica le reclamaba, en cuanto tenía oportunidad, y otras, era tan escurridizo que solo llegaba, recogía papeles y se volvía a salir, para la rabia de su esposa.

Finalmente, las cosas explotaron.

Todas las noches, Terry aparecía con marcas de besos, la ropa a medio acomodar, y oliendo a otras mujeres, mientras la chica se deshacía en un mar de lágrimas, junto a su madre, quien ya se había dado cuenta de los problemas que traía la pareja:

- ¡Eres un desconsiderado, no mereces a mi hija, todavía que casi da la vida por ti, no agradeces nada, ya me imaginaba que algo te traías entre manos! – le recriminaba su suegra.

Terry les mirada divertido.

Muchas veces cloqueaba como una gallina cuando la señora Marlowe iniciaba con su retahíla de insultos. Otras, solo les miraba y escuchaba pacientemente, hasta que, en cuanto se callaban, se despedía para salir ignorándolas olímpicamente. Salía con una enorme carcajada, ante el desconcierto de las mujeres.

La situación comenzó a ponerse más densa.

Terry ya no se paraba mucho por ahí, evitando inclusive las comidas en la casa, por temor a que le envenenaran. Ya sabía que esas dos locas eran de cuidado. Nikolas le había prevenido de sus probables intenciones. Así que se refugiaba en su estudio, donde se ponía a admirar su cuadro y tocar su armónica.

Cierta tarde, Susana llegó más temprano de lo normal al teatro.

Le pidió a su madre que la ayudara a entrar al camerino de Terry, y grande fue la sorpresa de las dos, al asomarse a la puerta, y ver que el joven se encontraba haciendo el amor con una de las actrices secundarias. Los gemidos de la chica se podían escuchar desde fuera. Tardaron un momento en prestar atención a los sollozos de Susana y los gritos de su madre, mientras la jovencita trataba de vestirse apresuradamente y salir corriendo apenada del lugar, mientras Terry las veía cínicamente, aún con rastros de su visible excitación.

- ¿Qué haces aquí, Susana? – le preguntó visiblemente molesto el chico.

- ¡Eres un desgraciado!, ¡maldito!, ¡te odio! ¿Por qué, Terry, por qué me haces esto?

- ¿Por qué? – contestó con calma y cinismo -, ¿todavía lo preguntas? Tienes mucho que pagarme y esto, ha sido sólo el inicio – les dijo mientras tomaba su tiempo para vestirse y salir del camerino ante los insultos de ambas.

Sus compañeros de teatro preferían mantenerse al margen de todo juicio. No querían sufrir el mal carácter del actor.

Robert había hablado muchas veces con él, sin éxito, y optó por hacerse también a un lado; eso sí, le pidió a Terry que sus aventuras extramaritales las realizara en otro lado, y no en el teatro. El aristócrata se disculpó ante él y le dio su solemne palabra de que no lo volvería a hacer. Por supuesto que la joven que había estado con Terry fue severamente reprendida y tiempo después, tuvo que dejar la compañía.

Nikolas había seguido apoyando desde cierta distancia a su amigo. Al igual que él, podía sentir la enorme satisfacción de verlas sufrir, por fin, después de tanto mal que habían hecho. Algunas veces aparecía en casa de Terry para ser testigo de las escenas de celos e insultos. Las mujeres no se detenían ante nada, y ni siquiera su presencia parecía importarles al gritarle al actor, quien las observaba divertido.

El tiempo fue pasando y la situación se fue haciendo cada vez más y más difícil. Terry raramente aparecía por esa casa. Se encontraba preparándose arduamente para una extensa gira que le haría viajar durante algunos meses, por todo los Estados Unidos.

Una noche antes de salir de viaje, tuvo que ir a la casa por unos documentos que necesitaba para viajar. Cuando llegó, las dos mujeres se le fueron encima. Empezaron a gritarle y atacarle verbalmente. A donde quiera que se asomaba Terry, ahí estaban las dos mujeres para estarle agrediendo. Alcanzó a divisar que no estaba la servidumbre que estaba a las órdenes de ellas. Seguramente les habían dado el día, con tal de estarle reclamando a sus anchas:

- ¡No te saldrás con la tuya, no te imaginas qué gusto y qué felicidad, que a pesar de que no estés conmigo, tampoco lo estés con ella! – le gritó ya fuera de sí.

Aquello molestó muchísimo a Terry y se digirió hacia ella:

- No la metas en esto; y que te quede claro maldita arpía, que aunque no esté conmigo, siempre vivirá en mí. ¿Crees que yo podré tomar tus brazos haciéndolo como con los de ella? ¿Crees que podré besar tus labios sin pensar en los de ella? – ella lo miró sorprendida – no Susana… ni muerto podré olvidarla, ella… - parecía saborear lo que diría a continuación, su mirada cambió al decirlo –, fue mía… ¿Entiendes? ¡Fue mía! Sus besos, sus caricias, su cuerpo están tatuados en mi piel… por eso jamás podré tocarte… - la miró, en sus ojos había un total desagrado, como si mirara a un insecto repugnante – no podría siquiera tenerte cerca de mí… - dijo con desprecio - no sabes que bien me lo pasé entre sus brazos, solo ella ha sentido lo que es ser amada por mí y eso querida, es algo que nunca sabrás – le espetó cruelmente el chico.

La rubia se encendió:

- ¡Me da gusto, aunque siempre quedará como tu amante, porque ante la sociedad soy tu esposa, Terrence, y eso nadie lo podrá negar! – ya había perdido el control. Su cara estaba llena de rabia. Su madre le hacía segunda a su lado.

El actor irrumpió en fuertes carcajadas ante el asombro de las mujeres. Mucho tiempo de sufrimiento por fin iba viendo la luz.

- ¡Jajajajajajaja, ay Susie, nena, jajajajaja, no sabes qué risa, jajajajaja! – las lágrimas por el esfuerzo que le ocasionaba el reírse, asomaron a sus ojos –, ¡esa boda, maldita estúpida, jajajajaja, esa boda fue y es falsa, todo fue montado, jajajaja, bueno, salvo los buenos actores que asistieron sin saber nada, jajajaja! ¿Y sabes qué? ¡No me interesa lo que quieras hacer, porque nuestra unión no fue más que una farsa, jajajajaja! El juez actuó bien, ¿verdad Susana? ¿Qué tal mi actuación? ¡Arriba esas palmas, público querido! – hizo una reverencia como si de verdad escuchara las ovaciones.

Las dos mujeres quedaron congeladas al escuchar repentinamente todo lo que Terry les confesaba.

No podían hablar.

Susana sintió que un enorme peso le caía encima, aplastándola como a una cucaracha. Sus sentimientos se vieron reducidos a la más grande de las miserias. Las lágrimas parecían no tener fin. Su madre seguía sosteniendo su mano.

- Todo esto fue planeado, mi querida "esposa", desde que te volviste a entrometer en mi vida, acusándome de un embarazo falso, e impidiéndome estar al lado de ella, a quién siempre consideraré el amor de mi vida. No está conmigo, tienes razón, pero vivirá en cada poro de mi cuerpo que respira, porque juntos conocimos lo que es el amor y eso es algo que tú jamás podrás hacer. ¡No sabes por cuánto tiempo he estado soñando con este momento, tanto martirio ser el novio cariñoso y fiel, preocupado y comprensivo, tener que besarte aunque por dentro estuviera a punto de vomitarme al oler toda la asquerosidad que albergas en tu pobre espíritu!, ¡no sabes que enorme gusto, por fin, después de muchos meses, poder confesártelo! – el inglés se había relajado y la risa se había convertido en un semblante de amargura.

Susana y su madre no atinaban a decir algo.

Aquello era demasiado.

Terry aprovechó para salir de prisa, dejándolas en la más profunda de las soledades. En la calle, el chico había tomado su auto y se dirigía a su secreta morada. Su alma se encontraba ya en paz. Por fin había sacado todo ese veneno que le carcomía el espíritu. La gira se encargaría de aclararle la mente y por fin, después de la oscuridad, la luz se volvía a asomar a su vida. Varios pares de ojos brillaban a lo lejos en la oscuridad. Habían divisado toda la pelea. Estaban preparados.

Un hombre salió de la oscuridad que le cubría y se dirigió hacia la casa. Pudo divisar por las enormes ventanas que las mujeres comenzaban a discutir. Prefería actuar de manera sorpresiva. Les habían encargado un arduo trabajo y la paga había sido buena. Las referencias sobre ellas ya las sabía de antemano. Con una seña, hizo que sus otros dos acompañantes le siguieran. Llevaban filosos cuchillos, preludio de un violento evento que se avecinaba. Se adentraron en la casa, tomando por sorpresa a las mujeres, mientras les tapaban la boca. Una sanguinaria masacre dio inicio, mientras destazaban a aquellas dos mujeres indefensas. No tuvieron piedad para acabar con ellas. Los cuerpos habían quedado irreconocibles a causa de las despiadadas puñaladas que recibieron. La muerte se respiraba esa noche.

Pasaron algunos días, y la gira había comenzado con un excelente recibimiento. Teatro que pisaban, lugar con localidades agotadas. El talento del actor estaba ya consolidándose. Las críticas de los medios en cada lugar que pisaban, eran avasalladoras.

Algunas de esas noches, había coincidido con Nikolas. Habituado ya a sus horarios nocturnos, aprovechaban alguna noche de descanso para platicar de sus vidas. Terry le había puesto al tanto de lo de Susana, y su amigo solo le había dado una palmada amistosa en el hombro.

Cierto día, el inglés se encontraba ensayando en la mañana en uno de los teatros de la gira, cuando llegó Robert a pedirle que debían hablar de manera urgente:

- Hijo, es urgente que te regreses a Nueva York. He recibido un telegrama... yo... lo siento mucho – le dijo su amigo.

- ¿Qué le ha pasado a mi madre, Robert?¡Dímelo! ¿O acaso mi padre...?

- Terry, ha pasado algo espantoso desde que saliste de tu casa – calló un momento, tragó saliva y prosiguió con el mensaje – la policía te está buscando: encontraron muertas a tu esposa y tu suegra.

Terry sintió que un balde de agua helada le caía intempestivamente en el rostro:

- ¿Qué has dicho? – el chico estaba pasmado ante la noticia.

- Debes regresar. Te alcanzaré en unos días más. De todas maneras, ya he puesto un abogado para que te lleve el asunto. Eres inocente, puesto que las Marlowe fueron asesinadas después de que saliste de tu casa. Nada parece decir que tú lo hayas hecho – el empresario se mostró muy comprensivo.

- Me voy hoy mismo; discúlpame, no me esperaba esto – se dirigió rápidamente a su hotel y preparó su viaje de regreso.

El camino se le hizo interminable hasta llegar a Nueva York.

Llegó a casa de su madre, quien estaba hecha un mar de lágrimas esperando a que apareciera su hijo:

- ¡Dios mío! ¿Estás bien, Terry? Estábamos preocupados. Tu padre viene de Londres, tardará semanas en llegar. Ya te habrá dicho Robert lo qué pasó. Tienes que ir a la policía, hijo; estaré contigo – su madre apretó su mano.

El inglés no respondió. Se sentía como si todo fuera una pesadilla. Odiaba a Susana, pero, no deseaba su muerte. ¿Y si alguien los había escuchado discutir?

No se predispuso, y en cuanto pudo, apareció en la comisaría para rendir su declaración

Fueron los peores días desde que Candy le había abandonado.

Tuvo que ir a reconocer los cuerpos...o lo que quedaba de ellos. Habían sido brutalmente masacrados; le explicaron que habían sido destrozadas y el lugar había quedado regado con las vísceras y sangre. Las pesquisas periciales y las declaraciones de los testigos habían podido dejar a Terry libre de toda sospecha.

Al parecer, los que cometieron semejantes actos, iban por las joyas y dinero del actor, ya que los objetos de valor jamás fueron hallados. Pero esa saña con que habían sido asesinadas, nunca lo olvidaría.

Sus padres y amigos estuvieron con él en el funeral de las Marlowe. Curiosamente, nadie supo lo de la boda falsa, por lo que asumiendo que las habían asesinado esa misma noche en que habían tenido la pelea, las mujeres se habían llevado el secreto a la tumba con ellas. Una desolación comenzó a penetrar su corazón.

Robert le dio unas semanas de vacaciones, pero aún así, el actor se rehusó a tomarlas. Un enorme cargo de conciencia se había instalado en su mente y le taladraba dolorosamente durante varias noches. Su madre le llevó a ver varios doctores, y le diagnosticaron síntomas de depresión. Había perdido peso y unas profundas ojeras se asomaban a sus ojos. Dejó de ir al teatro y al poco tiempo, dejó de comer. Estuvo internado durante varias semanas, mientras su madre no se despegaba de él:

- Hijo, no debes estar así de mal; no eres culpable de lo qué pasó. Yo siempre supe de los problemas que tenías con Susana, sin embargo, ella también se fue con su carga de culpa por la maldad con la que te separó de Candy – su mano se aferraba con ansias a la de su hijo, mientras el joven seguía con la mirada perdida en el infinito.

Cuando pudo estar un poco mejor, Eleanor se lo llevó a su casa. Cual madre amorosa, se desvivía por su hijo. Le leía libros y le daba ideas para desarrollar nuevos personajes. Con mucho cariño, Terry fue regresando nuevamente a la vida. De a poco comenzaba a comer más y su cuerpo lo fue demostrando. Aunque reservado, ya podía llevar una plática con interés. Aunado al apoyo de sus amigos y del inseparable Nikolas, el joven fue recuperando la animosidad por vivir.

Cuando comenzó a ir al teatro, sus compañeros le recibieron con un enorme aplauso, lo que provocó lágrimas en él. Robert le trató con mucha condescendencia y Terry, comenzó a vivir nuevamente.

Meses después de haber iniciado su recuperación emocional, el joven se encontraba interpretando un nuevo personaje, basado en las clásicas obras de Shakespeare, provocando llenos totales y un éxito inusitado en la sala teatral.

Salía de ahí y se dirigía a casa de su madre, donde le acompañaban ella y Nikolas a departir un poco más tarde después de la función.

Una tarde en que Terry iba caminando distraído por la calle, divisó a lo lejos un quiosco de periódicos. Como acababa de recibir varios premios de la crítica, le entró la curiosidad por saber que decían de él. Compró varios ejemplares, y se dirigió a uno de los parques de la ciudad para leer con calma. Hojeó la sección de espectáculos y con orgullo leyó las alabanzas que daba la prensa de su actuación. Se las mostraría a su madre y a Nikolas. De repente, sin querer, llegó a la página de los obituarios. El mundo se detuvo a su alrededor, al leer la enorme esquela que se publicaba en las páginas centrales:

"La familia Andrey agradece las condolencias y muestras de apoyo recibidas por el sensible fallecimiento de Candice White Andrey y William Albert Andrey, durante sus honras fúnebres. Rezamos y pedimos a Dios por el eterno descanso de sus almas"

Enormes lágrimas rodaban por su rostro cuando llegó a su casa. Eleanor no entendió hasta que Terry le extendió el periódico. Abrazó a su hijo y el joven, lloró en absoluto silencio.

La depresión regresó y agravó el ánimo del joven. Sin embargo, Terry no lo demostró. Sólo Nikolas presentía que su amigo no estaba bien. Una actitud derrotista le comenzó a rondar por la cabeza. De repente sintió que solo atraía desgracias y maldiciones a los que le rodeaban.

- ¿Terry, qué pasa? – le preguntaba animosamente Nikolas.

- Estoy bien, es solo que no puedo creer que Candy esté muerta. No termino por aceptarlo – le respondía escuetamente el joven.

Pasaron varios días en los que Terry había decidido irse a su estudio, aludiendo que quería tener un poco de privacidad. La situación se hizo más delicada.

Varias noches, después de aquella última en que Nikolas intentara hablar en vano con él, se dirigió hacia su apartamento. Un presentimiento terrible le había llevado a visitarlo en ese momento. Grande fue su sorpresa, al entrar al lugar, ver todo en un completo desorden y en la más profunda de las oscuridades. Por suerte, sus ojos no tuvieron ningún problema en hallar la luz. Una terrible sorpresa le esperaba en el baño:

El joven actor se encontraba al interior de la tina, con los brazos extendidos, mientras su mirada se perdía en el infinito. Profundas heridas atravesaban sus muñecas. Un reguero de sangre se extendía por el piso.

¡Terry había intentado suicidarse, y no le quedaba mucho tiempo de vida!

Nikolas tomó una decisión arbitraria, que cambiaría por siempre el destino del joven actor aristócrata.