Disclaimer: Esta historia no me pertenece, los personajes son de Stephenie Meyer y la autora es Hotteaforme, yo sólo traduzco sus maravillosas palabras.
Disclaimer: This story doesn't belong to me, the characters are property of Stephenie Meyer and the author is Hotteaforme, I'm just translating her amazing words.
Thank you Hotteaforme for giving me the chance to share your story in another language!
Gracias a Yani por ayudarme a betear esta historia.
Capítulo 8
—¿Qué le pasó a esa señora? —le susurra una niñita, no tan silenciosamente, a su madre. Tiene los ojos grandes y bien abiertos mientras se balancea en el asiento junto al que ella está parada; se mueve hacia enfrente y hacia atrás, libre del movimiento del autobús frenando y acelerando.
—No sé, cariño —responde su mamá cuando yo me muevo, alejándome hacia la ventana. Apoyo la cabeza en el frío vidrio, las calles de la ciudad pasan a mi lado. Puedo ver en el reflejo que ella me ve mientras especula—. A veces la gente resulta herida.
Casi quiero girarme hacia su hija y decirle que la vida es dura a veces, y que puede doler, y que las personas pueden lastimarte incluso cuando creíste que nunca podrían hacerlo, en formas en las que ni siquiera puedes imaginar.
Parpadeo para alejar una lágrima.
Estoy harta de llorar.
Necesito tres autobuses para llegar a casa de María, intento con desesperación mantenerme entera, intentando no perder por completo el control en público. Tres autobuses de gente viendo mi cara amoratada y mi mano herida, de ellos apartando la mirada como si tuviera alguna enfermedad. Excepto por la pequeña, que me mira con descaro hasta su parada, la única que hizo la pregunta que toda la gente debía estar pensando. Solo los niños dicen la verdad. ¿Los adultos? Que los jodan.
Salí del apartamento con un par de cartas metidas en mi bolso con la intención de ir a la cafetería y enfrentar a James. A medio camino, cambié de parecer. No hay explicación que pueda ser lo suficientemente buena. No esta vez. Esto es… demasiado.
Intenté llamar a Charlotte. No respondió y no esperaba que lo hiciera, en realidad no. No después de ignorar mis otros mensajes y llamadas durante la última semana. Me destroza más de lo que quiero admitir. La extraño, muchísimo. Pero lo entiendo.
En lugar de ella, llamé a María, y me dijo que viniera, sin vacilar, sin hacer preguntas. Así que eso hice, llevándome solo la ropa que tengo puesta. Agotada y harta, subo los escalones hacia su casa, una ligera llovizna humedece mi cara.
—Hola, bebé, ¿cómo has estado? —dice, lanzando un delgado brazo a mi alrededor y acercándome a ella en cuanto la puerta se cierra a sus espaldas. Está animada hoy, huele de forma muy empalagosa. Estudia mis ojos hinchados y mi cara durante un minuto con unas pupilas demasiado dilatadas para estar sobria—. Qué pregunta más tonta. ¡Jódelo, bebé! Jódelos a todos.
—Gracias por esto —digo, entrando torpemente al pequeño rellano, alegre de ver que no está ni de cerca tan mal como hace unas semanas.
María está hablando, pero no me puedo concentrar. Su boca se mueve con mucha rapidez. Sacudiéndome un poco, intento prestarle atención mientras ella me enseña la pequeña habitación extra que está junto a la cocina. Solo tiene una cama individual, pero es mejor que nada en este momento.
Cualquier cosa es mejor que nada en este momento.
—¿Quieres hablar sobre eso? —dice, pasando una mano de forma consoladora por mi brazo.
Me siento pesadamente en la cama, empujando mis pies en la desgastada alfombra rosa antes de inflar las mejillas y mirar al cielo, sintiéndome extrañamente entumecida.
—Hoy encontré unas cartas… —Trago pesadamente, intentando no llorar—. Eran de… préstamos, tarjetas de crédito… todas a mi nombre. Pero yo-yo no las saqué. Son como miles de dólares en deudas a mi nombre.
—¿Qué? ¿Es en serio? —Se queda boquiabierta, alzando mucho las cejas—. ¿Tú… fue… James?
Alzo los hombros con un encogimiento.
—¿Quién más pudo ser?
Se queda callada por un momento.
—Si eso es verdad, bebé, si él ha hecho eso… eso es fraude. Podría terminar en la prisión por mucho tiempo debido a eso. Estás segura que tú no…
—No hay nada a mi nombre. Ni siquiera tengo cuenta de banco. Él se ha encargado de todo.
Se detiene de nuevo.
—¿Cuánto?
—Como cincuenta mil en total, tal vez más.
Se hunde en la cama a mi lado.
—San-ta mierda. —Luego pregunta lo que mi mente ha estado gritando—. ¿Dónde está? ¿Qué-qué ha hecho con eso?
—No sé. Quiero decir, no he… —Me jalo el cabello, frotándome la cara—. No he visto ni un maldito centavo de ese dinero. ¿Cómo carajos me pudo hacer esto? ¿Cómo es que no lo sabía?
Nos quedamos calladas por mucho tiempo hasta que ella pone su mano sobre la mía y me da un firme apretón.
—De verdad que es el patán más grande de todos —anuncia de repente y luego me jala para ponerme de pie—. Necesitas una bebida. El alcohol lo resuelve todo.
Resulta que el vodka es la curita que nunca supe que necesitaba. Ella me prepara los tragos, sin refrescos y demasiado floja para ir a buscar Coca al 7-Eleven. Los primeros dos son asquerosos y me resisto mientras bajan por mi garganta y golpean mi estómago vacío, incapaz de contener el estremecimiento que pasa a través de mí.
Sin embargo, después de esos primeros dos, me hago profesional.
Baja muy fácil.
Tan jodidamente fácil.
Lamentamos nuestras elecciones de mierda en hombres frente a programas basura en la televisión hasta que estamos riendo y llorando en la misma cantidad, mi teléfono muerto desde hace rato. No quiero encenderlo. James ya debe saber que lo sé y no dudo que estará llamándome otra vez.
Pienso brevemente en Masen y en el último mensaje que envió, preguntándome si se preocupará si no le respondo por un tiempo. Me ha estado preguntando cómo estoy de vez en cuando, y eso nunca falla en provocarme un pequeño estremecimiento, a pesar de que tuve que cambiar su nombre en mi teléfono, solo por si James decidía revisarlo. ¿Otro hombre enviándome mensajes? Se volvería loco.
María me distrae cada vez que me quedo demasiado callada y funciona hasta cierto punto. Es una de esas personas con cientos de historias para contar; siempre tiene una para cada situación. Platica tanta chatarra que a veces me es difícil creerle.
—Mi peor experiencia haciendo un estriptís fue cuando tenía… de hecho, no. La peor fue durante mi primer mes —me dice, moviendo las manos mientras intenta calmarse a través de ataques de risa—. Estaba haciendo lo mío, sabes, frotándome con fuerza en este chico. Uno de esos hombres de negocios y, o sea, él estaba muy metido en eso, hasta que… —Se ahoga con la risa, tiene lágrimas en sus ojos—. ¡Hasta-hasta que me bajé de su regazo y vi que me había llegado la regla! Todo el frente de sus pantalones de vestir estaba manchado con la sangre de mi vagina, quiero decir… me sentí muy mortificada.
—Oh, Dios mío —jadeo intentando respirar, mis manos se aferran a mi cara entumecida con horror—. Oh, ¡Dios mío, no!
Se pone de pie, saltando con mucha emoción.
—¡Eso es! Tal vez pueda conseguirte trabajo en el club. —Agarra mi brazo con entusiasmo—. Pagan bien, ¡podrías pagar todos los préstamos en poco tiempo!
—Uh, ¡de ninguna forma! ¡De ninguna jodida manera! Ni siquiera sé bailar —digo, agarrando la botella y bebiendo de ella, el fuego ahora es un leve escozor—. Y, ¿por qué debería pagarlo yo? Yo no saqué ninguna de esas mierdas.
—No, no, no, estás mal —insiste María y se lanza para tomar el control remoto, tambaleante sobre sus pies—. Te he visto bailar, perra. Tienes un ritmo natural. Mira, miraaa —arrastra las palabras—. Yo gano como mil dólares casi todos los fines de semana, fácil. A veces más.
Cambia los canales hasta que encuentra uno de música, sube el volumen y me quita la botella.
Estoy asombrada, viéndola boquiabierta.
—¿Mil dólares en un fin de semana? ¿Estás jugando?
—No, bebé. Y tienes toda esa vibra en ti. —Sus manos revolotean en el aire cuando me señala.
—¿Qué?
—Esa vibra sexy e inocente. Pero, o sea, ya sabes, debajo de todo, eres una pícara. A los chicos les encanta eso.
Sacudo la cabeza, sonriéndole.
—Estás ciega.
Resopla.
—No, cariño, soy rubia. Créeme, estás más buena que algunas de las perras con las que trabajo. Al menos, una vez que ya no estés toda herida. Piénsalo, bebé. ¡Sería muy divertido trabajar juntas!
Terminamos medio vestidas, bailando alrededor de su sala hasta las estúpidas en punto, gritando las canciones de The Killers y Justin Timberlake al tope de nuestros pulmones. Cry Me a River nunca había sonado tan bien.
María piensa que es muy gracioso casi matar al chico de la pizza al abrir la puerta sin blusa, y no puedo hacer nada más que carcajearme en el fondo por su cara sorprendida. Se siente bien. Me siento bien, y es casi… casi suficiente para hacerme olvidar todo.
Casi.
En el fondo de mi mente, estoy preocupada de que James me encuentre aquí; palabras susurradas sobre mi piel; palabras que zumban alrededor de mi cerebro confundido.
No me vuelvas a dejar jamás.
No era una súplica.
Era una advertencia.
Sin embargo, él no sabe dónde vive María, así que espero estar bien. Tengo la esperanza de que él no me encontrará aquí porque solo Dios sabe lo que haría si me encuentra.
María se desmaya frente a mí, y me quedo despierta hasta que las aves están cantando, sentada en los escalones de atrás mientras el mundo se transforma lentamente, con el frío aire de la mañana en mi cara. Sé que estoy demasiado borracha cuando enciendo la punta equivocada de mi cigarro, el filtro se derrite, un tosco olor a quemado invade mi nariz hasta el punto en que me hace vomitar en las descuidadas hierbas junto a los escalones.
Entrando a trompicones a la casa, caigo de cara en la pequeña cama individual, todo el mundo gira rápidamente debajo de mí hasta que me pierdo en la oscuridad.
…
Nos metemos y salimos de entre la gente, tengo los dedos fuertemente entrelazados con los de María. La música suena fuerte, la gente está gritando y riendo, bebiendo y drogándose. Es sábado en la noche y estamos en casa de Janie. Es el único sábado libre que tiene María al mes, y tiene la misión de encontrar a Petey y enseñarle lo que se está perdiendo.
Si es que él está aquí.
Las fiestas de Janie siempre son algo más, es una niña rica o algo así; hace una fiesta una o dos veces al mes solo porque sí.
Yo no hablo mucho con ella; ella no tiene tiempo para mí: no soy su tipo de amiga. No soy rica, bonita, o lo suficientemente popular. No es que no reconozca mi presencia, pero es únicamente charla superficial.
Ha pasado más de una semana desde que abandoné nuestro apartamento y mentiría si dijera que me sentía feliz al estar aquí esta noche. Estoy aquí por María, después de que ella me rogó que viniera.
—Ah, ¿viste? Petey está aquí —se queja María, pasándome otra botella de cerveza y echándose hacia atrás su cabello rubio—. ¿Cómo me veo? —Hace puchero sus brillantes labios rosas.
—Preciosa.
Es la verdad.
Bajo la vista para verme, mi conjunto es tan negro como mi humor. Sigo sorprendida de que pude entrar en algunas de las ropas de María; un corsé de encaje con tirantes negro, con un bordado delicado en las copas que alzan mis tetas, y una de sus faldas de mezclilla igual de negra con la que ella me fastidió hasta que me la probé. Es cierto, tuve que acostarme para subirme la falda, pero sé que esto significa que he perdido peso. Supongo que eso es lo que te hace el estrés emocional.
María mira a Petey por un rato desde el otro lado del cuarto. Él no la ha notado, está concentrado en una conversación con algunos chicos que reconozco, pero de los cuales no puedo recordar sus nombres.
—¿Debería ir a hablar con él por ti? —digo, queriendo cumplir mi promesa de hace semanas.
—¿Lo harías? —dice, con los ojos bien abiertos y suplicantes.
—Sí, por supuesto. Dije que lo haría, ¿no?
Lanza sus brazos a mi cuello.
—Eres la mejor. —Me besa la mejilla y me alejo lentamente de ella, rodeando grupos de gente, intentando no pisar a nadie.
Afortunadamente Petey me mira cuando me acerco, ahorrándome el tener que pararme torpemente junto a él. Una sonrisa se posa en su rostro.
—Hola, B, hace mucho que no te veo. —Se para, envuelve un brazo en mi espalda y luego se aparta ligeramente, soltando un silbido bajo—. Te ves muy bien. Oigan, muchachos, ella es Bella, es la chica de James —me presenta a su pequeño círculo y les dedico un tenso saludo, mis mejillas se calientan.
—Hola —digo, haciendo una pequeña sonrisa, demasiado cansada para entrar en detalles—. Escucha, ¿puedo hablar contigo por un segundo? —Asiente y nos alejamos un poco de las burlas de sus amigos.
Petey se ve tan avergonzado como me siento, pero le quita importancia, se apoya en una pared cerca de la puerta, tiene la camisa de cuadros abierta y le da un trago a su botella grande de SoCo*.
—María —digo, y en cuanto su nombre sale de mi boca, él sacude la cabeza.
—Bella.
—Petey —respondo—. ¿Es en serio esta vez? ¿Sobre terminar todo definitivamente? Porque ella lo lamenta. Ha sido un desastre desde que la dejaste.
—Me engañó. Otra vez, B. —Su voz suena tensa y mueve su peso, subiendo un pie para apoyarlo en la pared blanca.
—Lo sé. Lo siento. Creo que ella no pretendía emborracharse tanto. Quiero decir, no puede recordar nada. De todas formas, ¿quién se acuesta con una chica así de borracha? Está muy destrozada por todo eso.
Presiona la boca en una tensa línea. Me ofrece su SoCo, así que le doy un trago, viéndolo. Su cuerpo está tenso, la mandíbula apretada, las cejas oscuras fruncidas.
—¿Cuánto se supone que debo aguantar, B? Soy un jodido idiota. Ella sabe que la amo, la amo con locura. ¿Entiendes lo que digo? Pero no puedo dejar pasar eso así de fácil. —Mira a su alrededor—. ¿Está aquí?
—Sí, tiene la noche libre.
Se ríe con un poco de amargura.
—Ese es el otro problema. No dejará de quitarse la ropa, ¿o sí? De ahí viene todo este asunto. Quiero decir, yo puedo cuidarla, ¿sabes? Podemos conseguir un lugar para los dos, pero ella no lo acepta. Solo quiere desnudarse para otros hombres y eso me mata. —Sacude la cabeza de nuevo y se pasa la mano por su corto cabello negro, exhalando por la nariz—. Carajo.
—¿Hablarías con ella al menos? —Le regreso la botella y me enjuago con cerveza.
—Lo pensaré.
Golpetea la botella con sus dedos, mirando a su alrededor y acercándose más para dejar la boca junto a mi oreja.
—¿James anda por aquí? Podría usar un poco de eso. ¿Sabes a qué me refiero? —Se aparta—. Oye, ¿qué pasa?
—No estamos, um, ya no estamos juntos. —Me encojo, jugueteando con la etiqueta de mi botella.
—Ah, hombre, es una pena. —Se detiene, sus ojos buscan los míos, sus cejas se alzan—. ¿O no es tan malo?
—No sé. —La verdad—. No es tan malo.
Extrañamente, me siento bien con eso. No como me sentía hace unas semanas en casa de Charlotte. María piensa que estoy reprimiendo mis sentimientos, pero si lo estoy, estoy contenta. Ya estoy… harta.
—Huh. —Está inquieto, se balancea sobre sus pies—. Pues me lo guardaré para mí. —Mira hacia su grupo de amigos—. Mantendré alejados a los lobos.
Sonrío débilmente.
—Gracias. Pues debería… te veré por ahí. Espero que estés bien, Petey, de verdad. —Le doy un apretón a su brazo.
Me giro para irme, pero al hacerlo alguien se mueve y tengo que mirar dos veces lentamente.
Sentado en la sala abierta con Janie y sus amigos, con una rubia bronceada en su regazo, está Masen.
Lo miro por un segundo. Nunca antes lo había visto aquí… mis ojos se posan en la chica y me giro rápidamente, un golpe inesperado de celos se desgarra a través de mí.
Mi corazón golpetea.
¿Qué está haciendo él aquí?
¿Por qué estoy celosa?
Encuentro a María en la enorme cocina, sirviéndose generosos tragos de sambuca en la isla de mármol blanco.
—¿Entonceeees? —pregunta impaciente, frotándose sus labios mientras pone un trago en mi mano, y entrelaza su brazo con el mío. Nos los tomamos antes de responder, intento sacarme la imagen de Masen del cerebro.
Bufa y rueda los ojos cuando termino de resumir lo que me dijo Petey.
—Gracias por intentarlo, B. Supongo que ya veremos qué pasa. Eres una buena amiga… —Agarra un segundo trago y se lo toma—. Hablando de eso… ¿todavía no habla Char contigo?
Niego con la cabeza.
—No. —Me muerdo el labio, luego le doy un trago a mi cerveza—. ¿Le has dicho algo? ¿De que me estoy quedando contigo?
—No, bebé. No sabía si querías que le dijera. Pero lo haré, si quieres.
Asiento lentamente.
—Por favor. La extraño, ¿sabes? Siento que perdí mi mano derecha.
Sonríe con tristeza y me doy cuenta de lo difícil que debe ser para ella estar en medio de esto.
—Ella solo necesita tiempo, B.
Agarro otro trago, tomándomelo.
—Espero que tengas razón.
—Y me tienes a mí, B, no estás sola. —María se ve sincera—. Lo digo de verdad. Quédate tanto como necesites, me gusta tenerte cerca. Y lo estás haciendo muy bien sin él.
—Gracias —digo, luego con más determinación—. Me siento… como si se hubiera ido un gran peso de mí.
—Se nota. —Sonríe en grande—. Y sabes lo que dicen. Para superar a un chico, métete debajo de otro. —Alza las cejas sugestivamente y me río.
Dos cervezas y unos cuantos tragos más tarde, me tropiezo hasta encontrar un baño, intentando no buscar a Masen en mi camino. Ni su camiseta blanca, ni su cabello oscuro o sus bíceps, ni sus ojos oscuros. Nop.
Me alegran los dos minutos de espacio mientras me inclino sobre el lavamanos y miro mi reflejo. Se asoma una clavícula ligeramente bronceada, unos hombros bronceados se van aclarando al bajar a un escote más pálido. María hizo maravillas al tapar los moretones amarillos y la pequeña cicatriz roja sobre mi ceja que ni se puede notar, unas sombras oscuras y un labial rojo atrevido me hacen ver más compuesta de lo que me siento.
Me retoco el labial antes de salir, un poco reticente de regresar con María y el espectáculo que está haciendo para beneficio de Petey cuando piensa que él la está mirando. Es doloroso.
Se ríe un poco más fuerte, sus movimientos son más exagerados, sus coqueteos más explícitos. Le dije que era demasiado, pero se rio y me ignoró, siguió hablando con un tipo y su amigo borracho que se la mantiene hablando con mis tetas en lugar de mi cara.
Petey se ve como si alguien le hubiera robado su cachorro, así que podría estar funcionando; le daré eso. Ocasionalmente me hace muecas al otro lado del cuarto y tengo que esconder una sonrisa tras mi mano.
Me permito una mirada hacia donde había estado sentado Masen hace rato mientras voy de regreso, pero ya no está ahí. Tampoco está la rubia, y me alegra un poco.
…
Estoy parada fumando en el porche de atrás, me rodeo con un brazo, flexionando la mano cuando comienza a cosquillear. La fiesta ruge detrás de mí, adentro. Puedo escuchar a la gente borracha cantando y riendo, la música palpita, y sin embargo me siento desconectada.
María estaba hablando con Petey cuando salí del baño, así que agarré una botella de cerveza y me salí para darles espacio, tampoco quería ser molestada por nadie más.
La puerta se abre detrás de mí con un largo rechinido, pero me mantengo firme, mirando hacia la oscuridad del jardín, disfrutando de la forma en que el frío se aferra a mi cara y mis piernas en esta falda ridículamente corta.
Las pisadas avanzan detrás de mí hacia mi lado antes de escuchar el chispeo de un encendedor. Una. Dos. Tres veces. Las brillantes brasas de un cigarro encendido en mi periferia.
—Hola —dice una voz que reconozco al instante—. Creí haberte visto.
No se ha ido después de todo.
—Hola —digo con un suspiro, todavía intentando no pensar en la rubia que estaba hace rato en su regazo o en la forma en que los celos suben por mi espalda.
—No deberías estar aquí sola —me dice, girándose hacia mí, exhalando humo por la orilla de su boca y recargándose en la barandilla de madera—. Nunca se sabe lo que acecha en la oscuridad.
Le doy una larga calada a mi cigarro antes de responder.
—¿Como tú?
—No estoy acechando, Bella —dice con una sonrisa irónica. Me encojo de hombros.
—¿Acosando entonces? —replico, llevándome la botella a los labios para darle un trago—. ¿Qué estás haciendo aquí?
—Te ves… bien —responde, mirándome. Sé que se refiere a mi cara, pero aun así puedo sentir un sonrojo, no se me escapa la forma en que sus ojos viajan lentamente por mi cuerpo, de pies a cabeza. Al menos me veo bien, a diferencia de la última vez que me vio.
—No es el mejor cumplido que he recibido esta noche —respondo, mirando el humo alzarse y girarse, el alcohol me hace sentir un poco más valiente.
Una lenta sonrisa se extiende en su cara y sacude la cabeza, el cabello le cae sobre los ojos.
—No. Apuesto que no.
Inhalo.
Exhalo.
—Déjame ver tu mano.
Le ofrezco mi mano cuando se endereza, acercándose más, la cicatriz roja sobresale en mi palma. Yo misma me quité los puntos hace unos días con pinzas esterilizadas y tijeras.
—¿Te ha causado algún problema? —pregunta, tomándola en su mano más grande, trazando la cicatriz con la punta de su dedo.
—Entumecimiento, sensación de hormigueo. Podría ser peor —le digo con honestidad. Me mira y no estoy segura si el repentino golpe de atracción que siento hacia él es solo de mi parte.
Mi estómago revolotea, mi corazón se acelera, mi mano cosquillea por su toque.
Le doy otra calada, mirándolo mirarme, y durante un breve segundo creo que se va a inclinar para besarme.
—Lo siento —dice suavemente, sin soltar mi mano.
—No es tu culpa —digo, apartando la vista, de regreso al jardín.
—Lo es en parte. —Se aparta su despeinado cabello y me suelta lentamente—. ¿Con quién viniste?
—Con una amiga. La última vez que la vi estaba hablando con su ex y no quería interrumpir, así que… —Me encojo de nuevo—. ¿Tú?
No logra responder ya que la puerta se abre tras nosotros de nuevo, lanzando un chorro de luz al jardín.
—Masen, ahí estás —gorjea una voz. Me doy la vuelta y veo a la rubia de antes parada en la puerta, mirándonos—. ¿Vas a venir?
—Estoy bien —dice Masen, despidiéndola, apenas dedicándole una breve mirada. Sin embargo, yo sí la miro y noto la forma en que ella me está viendo.
Se acerca para pegarse al brazo de Masen, y me cuesta todo mi esfuerzo no rodar los ojos ante su actitud pasivo-agresiva.
—Hola —dice con dientes muy blancos y largos miembros bronceados—. Soy Kate, creo que no nos hemos conocido.
—Bella —digo con un pequeño gesto. Mis ojos se deslizan hacia Masen, que se ve frustrado. La posición de su mandíbula, su cuerpo sigue inclinado hacia mí y no hacia ella… es revelador.
—Bella…. ¿o sea, la Bella de James?
Hago una mueca, preguntándome cómo es que apenas esta noche noté que nadie se refiere a mí como un individuo, sino como una persona que le pertenece a alguien más. Como una posesión. Tal vez antes no me importaba, pero ahora sí.
—No soy la Bella de James —respondo débilmente, deseando poder tomarme mi cerveza e irme.
—Oh. Podría haber jurado que él te estaba buscando —sigue Kate, su sonrisa es tan grande y falsa como su bronceado.
Mi cara palidece rápidamente, mis ojos se agrandan.
Oh, carajo.
—¿Aquí? O sea, ¿ahora mismo? —pregunto, con la esperanza de que ese no sea el caso.
—Um, sí.
Si él me encuentra aquí… si me encuentra aquí con Masen. Mis piernas se están moviendo. Necesito irme. Ya.
—Lo siento, tengo que irme. Disfruten del resto de su noche. —Les lanzo a ambos una sonrisa tensa, intentando ser sincera, pero muriendo un poco por dentro.
—Eso haremos —dice Kate detrás de mí al mismo tiempo que Masen dice—: Bella, espera.
Finjo no escucharlo, encuentro mis pies mientras bajo corriendo los escalones del porche, mis tacones resuenan en la madera, el sonido de acaloradas voces se va quedando atrás.
Solo necesito salir de aquí antes de que todo estalle.
*Southern Comfort: es un licor estadounidense a base de alcohol rectificado con frutas, especias y sabores de whiskey.
En el último capítulo la mayoría estaban súper enojadas con Bella porque había regresado con James, pero fue sólo un desliz, ven como ahora sí va en serio con esto de dejarlo. Ufas, ¿qué pasará ahora? Esperemos que Bella logre irse antes de que James la vea. Y Masen estaba muy bien acompañado en la fiesta, pobre Bella no era así como quería encontrarlo.
Mil gracias como siempre por sus comentarios, alertas y favoritos :)
