Siete:
"Te extrañé."
— ¿Qué te pasó? —me preguntó el señor Shuster, el profesor de literatura, cuando entré por la puerta quince minutos tarde.
Todos me miraron un poco sorprendidos, como si no se hubiesen dado ni cuenta de que no estaba en clase.
— Lo siento, no me encontraba muy bien —mentí.
— Sí, estás acalorada. Puede que tengas fiebre —dijo preocupado.
Fiebre de Quinn, pensé.
— No lo sé, podría ser… —disimulé.
— Si no te encuentras bien puedes ir a casa. No te preocupes —me ofreció amablemente.
— Gracias, pero ahora ya estoy un poco mejor. Preferiría quedarme –le contesté y fui a sentarme a mi pupitre.
El señor Shuster era uno de mis profesores preferidos. Tenía unos ojos risueños y cariñosos, y era el único que mostraba algún tipo de interés por los alumnos que intentaban aplicarse.
Las horas hasta ver a Quinn de nuevo se me hicieron eternas. Los lunes tenía que quedarse una hora más que yo, así que tenía que ir a casa andando. Aproveché ese momento para ducharme y cambiarme, y luego, vino a buscarme.
— ¡Hola! —me saludó contenta cuando entré en el coche antes de darme unos cuantos besos. — Te eche tanto de menos.
— ¡Yo también! —le aparté cariñosamente el cabello de la frente.
— ¿Te importa acompañarme a hacer unas compras? Me acaban de llamar para hacer un reportaje fotográfico sobre un artículo en una revista de viaje y me tengo que ir los próximos dos días.
— ¿Dónde? —le pregunté apenada.
— A los Alpes Suizos —me contestó, —Pero el jueves por la mañana ya estaré de vuelta. Preferiría quedarme contigo, pero no puedo decir que no.
Parecía triste.
— No te preocupes. Sobreviviré —intenté animarla un poco. —Además los Alpes son increíbles, seguro que te saldrán unas fotos magníficas.
— Te escribiré y llamaré cada momento que pueda, te lo prometo.
Estar en el supermercado con Quinn era una sensación muy agradable. Era como si estuviésemos viviendo juntas. Mirar los productos y hablar sobre cuál escoger puede parecer una situación poco interesante, pero a mí me resultaba de lo más placentera. Me sentía la persona más feliz del mundo al estar con ella. No quería que esa sensación acabase nunca.
— Sé que no debería comprar los azucarados… pero es que me gustan más que los naturales. No sé qué hacer — debatía sosteniendo dos yogures mientras leía las diferencias en los ingredientes de estos dos. —Tomaré los blancos y siempre le puedo añadir azúcar si me veo desesperada—m reía divertida por sus adorables ocurrencias.
Llegamos a su casa y guardamos la compra. Luego hicimos una pizza buenísima, y cuando estuvo lista, nos sentamos en el sofá y empezamos a ver una película. Yo estaba apoyada en sus piernas y ella me acariciaba la cabeza enredando sus dedos en mi cabello. No íbamos ni por la mitad de la película cuando empezamos a besarnos amorosamente otra vez, pero de repente volvió a sonar su teléfono.
— Perdona —se disculpó levantándose.
Vio su teléfono para saber quien llamaba. Le cambió la expresión al momento.
— ¡Mamá! —respondió con un tono que demostraba su agobio. —Sí, estoy bien, ¿cómo están allí?... Sí, mañana me voy hasta el jueves por la mañana… Sí… para lo de la revista… Sí… al final me contrataron.
Parecía agobiada y sin ganas de hablar. Poco a poco iba yendo hacia la cocina como si quisiese alejarse para que no pudiera oírla.
— ¿Otra vez? —gruñó cada vez más irritada. —Cuántas veces te he dicho que no quiero hablar más del tema. Estoy intentando ser paciente contigo pero me estás llevando al límite… No... Mamá, ya lo decidí. No te lo volveré a repetir. No va a ocurrir… Me da igual como esté… No... Ya veo que no hay manera de razonar contigo. Tengo cosas que hacer. Por favor, si es para hablar de esto, no me llames más. Adiós —y colgó.
La oí respirar profundo unos segundos. Luego volvió a mi lado.
— ¿Va todo bien? —le pregunté preocupada sentándome sobre sus piernas.
— Sí —contestó poco convencida.
La observé un momento. Intentaba ocultar dolor, pero su mirada, por mucho que intentara parecer normal, la delataba.
— ¿Estás segura? Sabes que puedes contarme lo que quieras —reintenté tranquilizarla acariciándole la mejilla.
— Sí. No te preocupes. Son disputas habituales entre familias —me contestó acariciando mi cuello con su nariz.
Yo sabía que había algo más, pero estaba claro que Quinn no quería hablar del tema, y yo, aunque quería creerle, algo me decía que en ese tema había más complicación de lo que me quería hacer creer, y esa sensación no me gustaba.
Esa noche me volví a quedar con ella. Una vez Quinn se durmió, no pude evitar que mi mente se apoderara de mí. Tardé muchísimo en quedarme dormida, y cuando lo hice, el sueño fue inquieto. No podía parar de pensar en la conversación de Quinn con su madre.
Algo me inquietaba, pero no sabía el qué. Decidí dejar aquellos pensamientos apartados y concentrarme en el hecho de que estaba con Quinn. Decidí creer lo que ella me decía, era más fácil y menos doloroso que pensar que me ocultaba algo.
Quinn me dejó cerca del colegio a la mañana siguiente, y se despidió de mí con un tierno beso. No me había bajado del coche aun que ya la echaba de menos.
— El jueves por la mañana ya estaré de vuelta. Te prometo que te voy a escribir y a llamar todos los días.
— Sip—le contesté apenada.
— Ve con cuidado, por favor —me pidió preocupada.
— Sí, tú también —le contesté mientras me tomaba la mano.
— Rachel, te quiero muchísimo.
— Y yo, Quinn, yo también te quiero muchísimo. Te voy a echar de menos.
Me dio un beso y salí del coche.
— Hasta el jueves, cielo.
Me sonrió y yo le devolví la sonrisa. Empecé a caminar hacia el colegio. Me giré un segundo para ver si se había ido y la vi aun allí mirando cómo me iba. Me hizo un gesto con la mano y se lo devolví.
Después escuché como el coche arrancaba y se alejaba. Me hubiese gustado pensar que era más fuerte de lo que en realidad era. Los siguientes días se convirtieron en un suplicio. Echaba tanto de menos a Quinn que cualquier preocupación que hubiese podido tener sobre la llamada de su madre se me olvidó completamente. Era una sensación de agonía no tenerla cerca. Jamás me había sentido de esa manera, ni siquiera cuando Leroy quedó en coma. Quinn me escribía cada dos horas como máximo, y me llamaba dos veces al día, pero aun así la sentía muy lejos.
No quería echarla de menos, quería tenerla a mi lado. El jueves por la mañana me levanté con más ganas que nunca de ir a clase. Ni el frío, ni el viento helado que me hacía gotear la nariz, pudieron con mi ánimo.
Estábamos ya todos sentados en nuestros sitios esperando que llegara Quinn a clase.
Habían pasado diez minutos y aún no había llegado. La clase ya estaba alborotada y el ruido no hacía más que ponerme más nerviosa. Santana me estaba tirando pedazos de goma, pero ni siquiera eso podía distraerme de observar la puerta obsesivamente. Ya empezaba a pensar que jamás volvería a ver a Quinn cuando la vi aparecer apresurada por la puerta, sosteniendo su maletín de piel. Tenía las mejillas y la nariz un poco sonrojadas, como si le hubiese dado el sol y se hubiera quemado un poco. La verdad es que le hacía resaltar todavía más esos preciosos ojos avellana que tenía.
— Perdonen por el retraso —se disculpó mientras se dirigía rápidamente hacia su pupitre.
Me miró y tuve que ocultar una sonrisa de felicidad y de alivio. Contemplé como ella también se alegraba de verme. Vernos por primera vez después de esos días de separación, y que tuviese que ser en clase, era lo peor.
Quería correr a sus brazos y besarla.
— Por favor, abran todos el libro por la página 42. Quiero que hagan un resumen del capítulo. Después pediré que cada uno vaya explicando un apartado, así que presten atención.
La clase soltó un conjunto de exclamaciones que mostraban claramente que no tenían ganas de hacer nada, pero Quinn no mostró piedad. Se sentó y sacó unos cuantos papeles y empezó a ordenarlos. Pocos minutos después, curiosamente, me vibró el teléfono.
'Eres tan hermosa' –escribió.
'Tú lo eres aun más. Veo que te dio el sol' —le contesté.
'Sí, hizo muy buen tiempo. Era un sitio muy bonito. Tendremos que ir algún día'
'Te eché muchísimo de menos'
'Y yo a ti también princesa'
'Tengo muchas ganas de darte un beso' –le escribí.
La observé un momento y ella me desvistió con su intensa mirada.
'¿Por qué no vas al lavabo?' –me preguntó en un nuevo mensaje.
'Ahora no tengo ganas' –le respondí un poco confundida por su pregunta.
'Podría ir a verte'
¡'Ah! No lo había entendido'
'Bueno, ¿entonces vas o no?'
'Se va a notar mucho si salgo yo y luego sales tu detrás mío, ¿no?'
'No lo creo. Por favor. No puedo aguantar ni un segundo más sin besarte' –me suplicó.
'No lo sé… nos van a descubrir' —le dije dudando nerviosa.
'Por favor' —y puso un emoticono de cara triste— 'Hazlo como regalo de cumpleaños.'
'¿Pero cuándo es tu cumpleaños?'
'Hoy' —y puso una cara sonriente y un pastel con velas como emoticonos.
'¿Hoy? ¿Y por qué no me lo dijiste?' —le escribí enfadada. — 'Te podría haber preparado algo, o por lo menos haberte comprado algún regalo'
'Te lo iba a decir antes de irme pero se me olvidó. Además no quiero que te gastes dinero en mí. Sólo quiero muuuuuchos besos'
La observé con mirada de reproche pero pronto tuve que abandonar mi actitud ante tal magnifica sonrisa.
'Bueno, ¿entonces vas a ir al lavabo?'
Me quedé pensando un segundo. Tenía muchas ganas de besarla, y hacerlo en los lavabos del colegio ere muy excitante y emocionante.
'Ajam' –contesté. – 'Pero no salgas enseguida después de mí. Deja pasar unos minutos.'
Sonreía. Alcé la mano para poder hablar.
— ¿Puedo ir un momento al lavabo, por favor Miss Fabray? —pedí educadamente.
— ¿Es muy urgente? —contestó traviesa.
— Un poco, sí —le contesté con mirada de reproche por haberme hecho aquella pregunta, la cual parecía divertirle aun más.
— Deacuerdo Berry, ve entonces, pero date prisa que empezaré pronto a hacer las preguntas sobre el tema.
Le reprocharía sus descaradas palabras. Se lo estaba ganando. La fulminé con la mirada antes de salir.
Entré en el lavabo y esperé unos minutos nerviosa hasta que Quinn entró por la puerta.
No me dio ni un segundo para reaccionar cuando me empujo suavemente dentro de uno de los cubículos y me apretó contra la pared mientras me besaba.
— ¡Feliz cumpleaños Quinnie! —la felicité entre besos y jadeos.
— ¡Gracias! —contestó en un segundo que tomaba aire para seguir besándome.
La excitación siguió subiendo y Quinn se apretaba cada vez más a mí, y fue entonces cuando, por primera vez, noté como no llevaba sostén. La sensación era rara, pero a la vez interesante.
La observé un momento y ella me miró, dándose cuenta de lo que acababa de descubrir.
Sin dejar de mirarme y haciéndose camino entre mis piernas, se apretó todavía más a mí, prestando especial atención a esa zona con una de sus piernas. Sonreí encendida soltando una especie de jadeo espontáneo. Siguió besándome, cada vez con más intensidad. Las dos intentábamos oprimir los jadeos que nos salían como acto reflejo.
De repente, se oyó como alguien entraba por la puerta. Nos quedamos quietas intentando no hacer ningún ruido, pero el hecho de que nos podían descubrir, y de que teníamos que estar más quietas que nunca, pareció excitar aún más a Quinn. Empezó a darme besos en el cuello mientras empezó a mover su mano. Al principio la puso en mi cadera, pero poco a poco la fue bajando, acercándose cada vez más a la parte delantera de mi pantalón. Mi corazón se aceleraba cada vez más y mi cuerpo temblaba. Me estaba costando mucho no soltar ningún gemido, y eso, a Quinn, parecía gustarle. Entonces bajó su mano un poco más y la puso en mi centro pero por fuera del pantalón. Poco a poco fue moviendo sus dedos haciéndome perder cualquier tipo de control que podía quedarme. Cuando por fin salió quien fuese que había entrado, pude al fin relajarme un poco más.
— ¿Te gusta? —me susurró al oído.
— Sí —le contesté tímida antes de volver a soltar otro gemido.
No podía ni siquiera pensar con claridad. Lo único que quería era a ella en ese momento. Esa sensación me gustaba, y mucho. Quinn volvió a subir su mano y la metió por dentro de mi jersey, y entonces empezó a bajarla por el interior de mi pantalón. En un momento de pánico, justo antes de que llegase a bajo del todo, la agarré el brazo impidiéndole seguir. Me quedé unos segundos respirando hondo un poco nerviosa.
— Si quieres que pare dímelo y m detendré en seguida —me dijo sin mover su mano.
La verdad es que esa nueva sensación me daba una mezcla de miedo e inclusobvergüenza, pero a la vez el cuerpo me pedía que la dejara seguir. Quinn empezó a besarme el cuello poco a poco dándome tiempo para pensar, pero aquel era mi punto débil, y pronto dejé de poner resistencia. Le solté la mano, la besé con fuerza y dejé que siguiera bajando.
—Hermosa—acarició su nariz con la mía y recargó nuestras frentes para que la vergüenza se fuera de mí.
No sé bien cómo explicar la sensación pero sin duda me gustó, y desde luego queríabrepetir. Empezaba a dudar si llegaría virgen a los dieciocho porqué a ese ritmo no podría resistirme, y aun quedaban dos meses para mi cumpleaños.
