"El amor entre el héroe elegido por las Diosas y de la princesa en cuyas venas corre la sangre de Hylia ha de florecer, puesto que sus almas están unidas para toda la eternidad. Da igual cómo empiecen, discurran o terminen las cosas; el amor aparecerá. Nada ni nadie podrá romper el fuerte lazo que los atrae, ya que están destinados a conocerse, a formar una amistad y a enamorarse perdidamente el uno del otro."

Daruk aún guardaba celosamente el recuerdo de aquel fragmento de uno de los libros de la biblioteca real que había hojeado a espaldas de todos en una de las pocas visitas que le hizo a la Familia Real cuando había sido nombrado recientemente elegido. Cuando sus ojos terminaron de desplazarse por las líneas de aquel sagrado tomo, creyó que esas palabras eran sumamente importantes, ya que hablaban específicamente de Zelda y Link, quienes eran indudablemente las nuevas reencarnaciones de aquellos muchachos que habían enfrentado un gran mal sin conocer la enorme repercusión que tendrían sus actos a lo largo de las eras. Pero… ¿amor? ¿Una princesa de alto rango enamorada de un simple caballero aspirante a pertenecer a la guardia real? Parecía un simple cuento de hadas, uno de esos en el que todo es posible.

Pero no. Sabía que no debía subestimar aquel incunable en el que se relataban de la manera más explícita posible las andanzas de todos los jóvenes que dieron su vida para erradicar el mal que amenazó sus tierras. Sabía que todo lo que se hallaba en las hojas no era un simple invento que tuviera el fin de darle falsas esperanzas a una joven cuyo destino y posición social impedían que pudiera sentir el cariño de un hombre que quiera compartir el resto de su vida con ella de manera sincera y sin intereses de por medio.

Era todo tan difícil… aunque ellos iban a ser los más afectados, tanto para bien como para mal. Daruk pudo percibir en la mirada de la muchacha un muy leve destello de un algo que no podía descifrar cuando tocó el tema de Link. Era obvio que sus ojos irradiaban felicidad y confianza, pero sabía que algo dentro de ella trataba de gritarle inútilmente que no era suficiente, que necesitaba más que una relación de amigos. La vocecita iría ganando terreno y pasaría de ser un casi inaudible susurro a un potente grito.

—Siempre supiste que no es suficiente, pero aún no eres plenamente consciente de ello.

oOoOoOo

Un escalofrío recorrió la espalda de la muchacha en cuanto escuchó esas palabras, quizás algo ininteligibles. Su cuerpo comenzó a temblar y sintió que sus manos sudaban. El sonrojo adornó su cara cuando el recuerdo de su escolta acariciando su mejilla se instaló de nuevo en su mente, haciéndole ver cómo una estúpida enamorada.

"Lo disfrutaste", le recordó su mente cuando se hallaba tumbada en su cama a oscuras. En el momento en el que Link había retirado su mano, ella rápidamente se dio cuenta de la situación, cosa que le hizo asustarse y huir como toda una cobarde, sin ni siquiera darle tiempo a su amigo a decirle algo. El bochorno era tal que no tuvo la valentía suficiente como para plantar cara a la situación y pedir explicaciones acerca de la enorme osadía que él tuvo para realizar eso.

¿Y qué diablos le iba a reclamar si no le molestó? ¿Sería tan realmente estúpida como para hacerlo? ¿Y si él lo hizo sin querer y su reacción lo alarmó o le dio una falsa idea? Sintió una oleada de pánico muy intensa arrasarla, cosa que hizo que se obligara a sí misma a mantener la cabeza fría y calmar la tensión que se había formado en sus músculos. Cerró los ojos con fuerza y suspiró profundamente, para luego abrir la puerta de su habitación y avanzar con sigilo por los pasillos, tratando así de no alarmar a nadie, ni siquiera a él.

—Volviendo a las viejas costumbres, ¿eh? —se burló Link a sus espaldas, logrando que los ojos de la princesa se abran bruscamente y el sudor comenzara a aparecer en su piel. Reprimió un grito mientras observaba con cierto temor la gran sonrisa del joven que actualmente se había colocado a su lado. En vista de que esperaba algún comentario suyo, tragó saliva.

—Eeh… hola… no sabía que habías salido —tartamudeó —yo… sólo iba a dar una pequeña vuelta.

El muchacho asintió mientras arqueaba ligeramente una ceja, bastante confundido por la manera nerviosa con la que le hablaba. Tratando de entender algo, la miró a los ojos aunque le fuera un poco complicado por culpa de lo sucedido ayer.

Y como podía comprobar, en la mirada de la princesa se atisbaba cierto temor, un temor que él compartía y entendía a la perfección.

"Diablos, ¡¿qué he hecho?! ¿Y si ella no quiere seguir siendo mi amiga debido a lo sucedido en Rudania? ¡No, por favor no!"

Sin embargo, se obligó a salir rápidamente de su guerra interna al escuchar cómo alguien carraspeaba a sus espaldas. Desviando la mirada a un lado, ambos pudieron ver la mirada inquisitoria del dueño de la posada, quien observaba la escena con cierto aire de desconfianza. Aprovechando el pequeño momento, Zelda huyó con la máxima rapidez hacia el exterior del lugar bajo la mirada apenada de su acompañante, quién tuvo que hacer un pequeño esfuerzo para no mostrarlo.

"¿Esto es el fin? ¿Se acabó está complicidad? ¿También la amistad? Espero por todas las Diosas que la respuesta no sea que sí", pensó mientras se retiraba hacia el área de entrenamientos como una sombra.

oOoOoOo

Cuando al fin pudo verse sola, disminuyó el ritmo de sus pasos mientras verificaba que estaba sola en medio de una de las múltiples elevaciones de terreno sobre las que se había fundado el lugar. Resignada por su reciente comportamiento, miró durante unos segundos hacia abajo, recorriendo visualmente el mismo lugar por donde vino. Por unos segundos la idea de volver con él y lanzarse a sus brazos pidiéndole perdón le resultó tentadora, mas se obligó a sí misma a caminar en la dirección opuesta a sus deseos.

No se sentía lo suficientemente estable de manera emocional para volver a enfrentarlo. Sabía que estaba haciendo de una simple caricia el fin del mundo, pero no podía evitar asustarse al pensar en la agradable sensación que había experimentado al cerrar los ojos y dejarse llevar. No era apropiado pensar en lo que ella pensaba.

Porque muy en el fondo aún deseaba más. Mucho más.

Antes de que sus pensamientos más íntimos invadieran su mente, sacudió la cabeza y continuó su camino hacia la cima. Ahora que lo pensaba, escapar de Link no le parecía tan mala idea, puesto que tenía la oportunidad perfecta para refugiarse en un lugar apartado y poder pararse a meditar en todo lo que últimamente estaba cambiando. En ocasiones eso era lo mejor para ella, ya que necesitaba un rato para asimilar los cambios de la vida, aprender de sus errores y elegir sus nuevas metas a largo y corto plazo.

"Aunque seas alguien que vive bajo el tormento de un destino impuesto, eres una persona sabia que sabe valorar las cosas de manera justa y realista. Es algo difícil de ver y que se aprecia", le había comentado su escolta en uno de sus múltiples encuentros, consiguiendo otra sonrisa por parte de la princesa, cosa que solía ser habitual al tocar esos temas de esa forma.

Lo de ser inteligente lo reconocía, era algo que había notado desde que tenía uso de razón. En parte fue lo que la motivó a tratar de incluir la investigación en su vida, un área reservada especialmente para las grandes mentes del reino. Como siempre fue todo un prodigio en el área, no hubo muchos problemas a la hora de asignarle pequeñas tareas de investigación y experimentación, de las cuáles siempre se obtenían grandes resultados. Rhoam, sin embargo, siempre se mantuvo inflexible en su postura de que no debía enfocarse en ese área, que podría dedicarse a ello todo lo que ella quisiera cuando el Cataclismo fuera derrotado, pero que ahora rezar debería ser su único y más importante deber.

"¿Y luego qué? ¿Y si muero? ¿Y si todo termina y me veo en obligación de asumir el trono y casarme con alguien que no conozco por culpa de la presión, quien acabará quitándome mi libertad?", pensaba siempre, demasiadas veces. La solución sería básicamente comportarse de manera cortante contra aquellos que le quisieran imponer un marido, pero sabía de sobra que eso no iba a servir de mucho, ya que lo harían igualmente. Para que le hicieran caso tendría que recurrir a recursos… algo extremos, los cuáles quizás terminarían por enfadar a su pueblo.

Mientras los oscuros pensamientos acerca de su futuro seguían discurriendo por su mente, decidió levantarse y abandonar el lugar. Quería creer que aún tenía tiempo para cumplir sus metas antes de que la desgracia llegara al reino, pero esa era una cuestión tan difícil de acertar que la obligaba a no relajarse y seguir insistiendo para demostrar que todos aquellos que la criticaban estaban totalmente equivocados.

Unos minutos después de haber reiniciado la marcha, se detuvo abruptamente, casi por acto reflejo. Le pareció haber visto algo en el terreno mientras estaba en sus cosas, como una pequeña irregularidad. Con atención buscó de dónde provenía aquella falla, topándose para su sorpresa con una especie de túnel pequeño escondido entre las rocas. Su instinto le advirtió de que a lo mejor meterse ahí era peligroso, pero su curiosidad era mayor y bloqueaba todas las señales de peligro en su cabeza.

"Entra".

"Entra".

"Entra".

Ya no lo aguantaba; era una persona deseosa de descubrir el secreto que se escondía ahí. Sin importarle nada el hecho de que podía estar siendo observada por cualquiera, se agachó y comenzó a gatear con algo de dificultad por el agujero, el cuál era de su tamaño, o quizás un poco más, pero no lo suficiente como para moverse sin tener que sentir cómo su trasero rozaba constantemente el techo. A medio camino se topó con que el pasadizo sufría una especie de pendiente hacia abajo, así que en ese momento estaba a nada de tratar de dar la vuelta. Sin embargo, un calor bastante agradable provenía de ahí abajo, y una certeza apareció en su mente.

"¡Termas!"

Inconscientemente su mente viajó al momento en el que se encontraba leyendo uno de los fragmentos de un libro que tomó prestado de la biblioteca el día anterior a su partida, uno que explicaba la existencia de unas termas escondidas en una cueva. Según la leyenda, estas estaban únicamente reservadas para personas con un destino excepcional, transformándolas en un lugar de pausa en el que el calor aleja sus fantasmas, purifica su alma, y la llena de determinación.

Una bendición de las Diosas, básicamente.

oOoOoOo

Aunque le haya costado lo suyo, logró descender hasta la zona sin hacerse mucho daño, sólo con algunos rasguños como máxima expresión de su pequeña aventura. Cuando llegó, una pequeña sonrisa de satisfacción apareció en su cara en el momento en el que se paró a observar el cálido lugar, en el cual destacaba la gran terma de aguas sumamente apetecibles situada en el centro del todo. Mientras contemplaba maravillada el pequeño paraíso que tenía exclusivamente para ella en estos momentos, se sacó uno de sus guantes y mojó una de sus manos. Una sensación agradable subió desde su brazo hacia su cabeza, dejándola enormemente complacida. Por si fuera poco, se detuvo a observar impactada cómo el líquido hacía desaparecer el daño que había quedado en su piel.

—Necesito investigar acerca de estas aguas. Una pena no tener algún tubo de ensayo a mano —musitó a la vez que se ponía en pie y se sacaba el otro guante. Como si estuviera en trance, comenzó a quitarse todas las prendas que poseía de manera algo pausada, quedando finalmente en ropa interior. Sin dudarlo demasiado, introdujo su cuerpo en la calidez de las aguas, terminando por sentarse y cerrar los ojos —. Diosas, esto es maravilloso.

Por supuesto que lo era. Una especie de energía pura había comenzado a introducirse en su piel y viajar por el cuerpo, aunque principalmente se detuvo en su cerebro. Poco a poco, sus miedos más intensos fueron desplazados a un lado, sustituyéndolos por recuerdos agradables. Su infancia, sus largas tardes jugando en los campos, los días que gastaba investigando, las sonrisas que Link consiguió sacarle, la fantasía de sus labios sobre los de él…

—¡¿Qué?! —exclamó abruptamente ante la visión. Sus mejillas comenzaron a arder al recordar la escena, en la cuál ambos aparecían abrazados y besándose con dulzura. Sentía extrema vergüenza de su cara en esa situación, la cuál denotaba un gozo tremendo y unas eternas ganas de presionarlos más, tatuarse el recuerdo de tan apasionado e íntimo contacto.

Lo peor de todo era que le encantaba, que se sentía bien al pensar en su escolta tratándola como más que una amiga. Lo más probable era que el deseo de prolongar sus abrazos o querer acercarse más a él influían en toda esta locura, y quizás por primera vez, escondida entre las rocas, envuelta en el calor y en un estado de tranquilidad espiritual nunca antes alcanzado, se dio la oportunidad de permitirse prolongar la fantasía. Tenía la idea de que era una tontería de un día, una idiotez que tan pronto como viene se va, pero nada que la tuviera que preocupar.

Y sí, en esos momentos había cometido un grave error, pero aún no era consciente.

Unos ruidos la sacaron de su pequeño trance, haciendo que todos sus sentidos se pusieran alerta, que saliera del agua con rapidez y que con su respiración acelerada se tratara de esconder en alguna esquina mientras se iba vistiendo con toda la agilidad que le era posible, cosa que se veía dificultada por el estado relajado en el que se encontraba su cuerpo. Por fortuna, le dio tiempo a colgarse de la cintura su tan preciada piedra sheikah en el momento en el que una figura se colaba en el interior de la cueva, dando por finalizada la sensación de soledad que la había envuelto todo el tiempo y sus ojos se engrandecían de la sorpresa de verlo allí, con su semblante más serio de lo habitual.

—Link… —susurró algo espantada, pero a la vez incómoda por haber tenido que cruzarse con él después de fantasear de una manera que nunca debió. Para su desgracia, aquella mirada azulada que tanto conocía se posó sobre la suya, y aunque la expresión del joven se había dulcificado ligeramente, no abandonaba esa cautela con la que parecía manejarse.

—Supuse que estabas aquí —terminó diciendo después de unos segundos de absoluto silencio —. Sabía que en cualquier momento ibas a descubrir la existencia de este sitio, pero pensaba traerte aquí hoy… si no hubieras escapado.

La muchacha acabó agachando la cabeza al escuchar el pequeño tono de reproche que su amigo había empleado al dirigirse a ella, sintiéndose un monstruo cuando captó la tristeza con la que hablaba. ¿Por qué tuvo que ser tan cobarde? ¿Por qué no lo dejó pasar y siguió adelante?

—Perdón… —logró musitar con voz rota —. Soy una estúpida. Por culpa del miedo me alejé de ti. Estaba asustada de que me dedicaras una mala mirada, o de que estuvieras incómodo conmigo, o que no quisieras hablarme, o…

—¿Por qué iba a hacerlo? —la interrumpió él, confundido pero a la vez afectado por culpa de las lágrimas que se habían comenzado a agolpar en los ojos ajenos —. Zelda… ¿Qué te pasa? Por favor, dímelo. Déjame ayudarte.

—Yo… yo… —musitó, terminando por quebrarse y abrazarse a él, sintiendo el reconfortante olor de la túnica del elegido y los acompasados latidos de su corazón —. Pensé que ya no querrías hablarme ni ser mi amigo por culpa del lo ocurrido ayer en Rudania. Me sentí estúpida por haber disfrutado la caricia que me diste creyendo que fue por un impulso y que… no sé, me dices que soy una persona inteligente cuando en realidad demuestro ser una idiota impulsiva e insegura que solo sabe arruinar las cosas. Porque temo que aquella estupidez haya terminado con nuestra amistad y que sólo me hables por obligación o por miedo a hacerme daño.

Link la estrechó con más fuerza entre sus brazos.

—Si soy sincero, yo también pensé que mi gesto te había descolocado, y en cierto momento te haya incomodado. Pero me alegra saber que te sentiste bien, ya que esa era mi intención. El gesto fue totalmente voluntario, uno cariñoso de mi parte… porque creo que es lo que necesitabas en esos momentos. Y quiero seguir hablándote, Zelda. Por nada del mundo iba a dejar de hacerlo —se sinceró, acariciando con suavidad su cabello y esbozando una sonrisa cariñosa, volviendo a sentir de nuevo la paz interior que tanto necesitó experimentar.

Sin pensarlo demasiado, un suspiro de enorme alivio salió de los labios de la joven, dando por hecho que se había liberado de un gran peso que la carcomió durante horas. Ahora había aprendido la lección, y aunque era una persona que habitualmente rehuía las caricias y gestos que denotan cariño, no le pareció tan malo recibirlo por parte de su escolta, ni tampoco ofrecérselo a él. Era una buena forma de sentirse querida y protegida.

Sin embargo, no todo fue tan fácil, ya que la fantasía que había ocupado su mente instantes atrás volvió a su cabeza.

"Siempre supiste que no es suficiente, pero aún no eres plenamente consciente de ello".

La vocecita en su cabeza tenía razón, siempre tuvo razón.