Capítulo XVI.
Cabalgar el viento


I.


Las despedidas nunca dejan de ser difíciles. Es la segunda vez que el príncipe Izuku Midoriya se despide de su madre sin saber cuándo va a volver a verla. Al menos, todavía tienen la noche entera.

Chiyo intenta decirle a Izuku que le preparó un cuarto, junto a la princesa Momo, pero su madre la interrumpe y le dice que Izuku dormirá con ella. «Como cuando tenía cuatro años y lo enterraba en mis cobijas» y ante eso Izuku no puede evitar ruborizarse, pero acepta. La noche es de él y de su madre y Chiyo no objeta. Sólo lo mira con esos ojos grandes y amables que tiene y le advierte que no haga a Inko ajetrearse demasiado.

Izuku asiente.

La cena la suben un par de sacerdotisas jóvenes y ponen sobre la mesa. Izuku intenta ayudarles, pero ellas no lo dejan. «No, Su Alteza, no es necesario». Él no insiste porque sabe que no sirve de nada. Después de cenar, Izuku ayuda a su madre a meterse en las cobijas y él se dirige hasta la palangana en una de las esquinas de la habitación para limpieza las manos, los brazos, la cara.

Hasta que se siente limpio de nuevo se dirige hasta la cama.

Su madre palmea a un lado.

—Ven. Escucha una historia.

—Mamá, Chiyo dijo que no debía ajetrearte tanto…

—Bah, una historia no hará eso.

—Nunca es una sola.

—Bueno, todavía es temprano, Izuku, escucha una historia. —El se da la vuelta y la encara en las cobijas. Alcanza a verle el rostro porque todavía hay un par de lámparas encendidas—. ¿Está bien?

—Está bien.

Izuko sospecha que su amor por las historias y su cuidado al contarlas —todas las que ha escuchado Katsuki en los meses que lleva viviendo en el norte, por ejemplo— tiene que ver con que sus primeros recuerdos estén llenos de la voz de su madre hablando sobre los romances épicos, los grandes héroes, las leyendas de ese tiempo en el que la madre todavía no caminaba sobre la tierra. Aprendió a dormir oyéndola.

—Había una vez un hombre con el cabello y la barba azules como zafiros. Eso no es extraño, por supuesto, pues el cabello existe en todos los colores, pero este hombre era especialmente famoso por lo cuidado de su barba, lo que hacía que todos miraran en su dirección… Era, por supuesto, un noble. Un marqués o un duque, no lo recuerdo.

Izuku sonríe, sabe las palabras que siguen.

—Depende de quien lo cuente… —agrega él.

Su madre le responde la sonrisa.

—Por supuesto. Pero este marqués sufría de una terrible maldición, pues había ofendido a las brujas mucho tiempo atrás —siguió su madre— y ellas lo condenaron a no conocer nunca el amor verdadero, puesto que todos los espíritus malignos se apoderarían de su ser tan pronto amara alguien de verdad y acabarían con el objeto de su amor. Por supuesto, esa es una maldición terrible, así que él buscó ayuda por todas partes… A los espíritus malignos no se los puede tentar. Ni siquiera los hechiceros se atreven a llamarlos. Pobres seres, atrapados entre el aquí y el allá…

—… en el eterno limbo entre la vida y la muerte —completa Izuku—. Lo sé. Se te ha olvidado la parte en la que recalcas que es una historia antigua, de la época de los nigromantes y la magia espiritista, ahora prohibida.

—Ya te las sabes mejor que yo.

—Sigue, por favor. —La voz de su madre es magia en sí misma. El hechizo es ese hilar de palabras, unas detrás de otra, tejiendo una historia con cuidado.

—Viajo y viajo y viajo. Fue a los Observatorios del oeste, que eran muy nuevos, casi acabados de construir, y pidió ayuda a los Grandes Astrónomos, pero ellos no pudieron romper su maldición. Siguió al oeste, hasta más allá del mundo conocido, donde se encuentra el bosque de los feéricos, los espíritus y las apariciones y un hada estival le dio un conjuro con el cuál podría mantener a los espíritus a raya. Cuando el hombre volvió del oeste contacto a los hechiceros más poderosos de todos los reinos, cuyas

—… cuyas fronteras no eran como son ahora, porque todas cambian. —Izuku no puede evitar las interrupciones, se sabe la historia de memoria—. Y así, en su casa, construyó un sótano escondido bajo siete candados. Allí habitaban los espíritus malignos que lo acechaban. Pasó el tiempo y se casó. A su esposa sólo le dio una instrucción: «nunca bajes al sótano».

Inko le pasa una mano por la frente.

—Cuentas las historias como yo.

—Aprendí de la mejor, mamá.

—Sigue, entonces.

—Pero su esposa bajó al sótano. Y todas sus siguientes parejas también. Cada vez juraba que no cedería ante el impulso del amor de nuevo… pero siempre ocurría. Y así conoció a su séptimo marido, que se quedó prendado de su barba y su cabello azules. Un hombre joven, guapo, con conocimientos de brujería. Su instinto le dijo que no debía ponerlo en peligro, pero el amor fue más grande. Se casaron y le dijo: «nunca bajes al sótano».

—Ah, no hay más que tentar a todo el mundo con lo prohibido para que ocurra. —Su madre soltó un suspiro y por un momento sus ojos se dirigieron al techo—. Por supuesto que el esposo bajó al sótano. Y por supuesto que liberó a los espíritus que poseyeron al pobre hombre; de no haber sido porque conocía de brujería, hubiera muerto.

»Su suerte fue haber estudiado con una vieja bruja que se empeñó en que conociera todas las ramas de la magia, aunque nunca fuera a usar aquellas prohibidas. Así pudo controlar a los espíritus y liberar, por fin, a su amado de la terrible maldición que cargaba. Y sin embargo…

La voz de su madre se apaga y ella se queda mirando al techo. Ambos conocen el final de la historia y ninguno quiere completarla. Izuku fuerza las palabras a salir, porque los bardos dicen que las historias incompletas vagan por el mundo tristes y desoladas.

—Los espíritus habían guardado los cuerpos de todas las demás esposas y esposos y el séptimo esposo no pudo soportar ver el horror. Amaba a su esposo, pero eligió alejarse porque supo que nunca más podría verlo a la cara sin recordar ese horror. Al menos, pensó, había roto la maldición.

Hay un silencio en el que Izuku se pregunta por qué su madre eligió esa historia. Siempre ha habido razones muy deliberadas para ello.

—Cuando me casé pensaba otras cosas de tu padre. Y luego… hubo un momento en que pensé que quizá… Algún día… mejoraría —murmura.

—Mamá. —Izuku se acerca hasta ella. Le pasa el brazo por encima para consolarla.

—Entiendo al séptimo esposo, ¿sabes? —dice ella—. Antes no. Y recuerdo que tú también me preguntaste… No sé, hubo algún momento en el que creí que sólo el poder del romance resolvía lo que había oculto en los sótanos del otro. Quizá sí, quizá exista en alguna parte.

—Tsuyu me dijo que sólo debería doler porque es tan grande que no te quepa dentro y nada más.

—Lady Tsuyu sabe. Si tu amor mueve montañas, Izuku, déjalo que las mueva. No hay muchos como…

—No sé… si… No sé… —reconoce. Es poco tiempo, pero Katsuki está clavado en su alma—. Quizá sí. Lo averiguaré tras detener la guerra. Espera aquí. Vendré por ti.

—Lo sé. —Hay una pausa—. ¿Quieres oír otra historia?

—Oh, vamos, ya sabes la respuesta a eso.

—Érase una vez el mago más poderoso sobre la faz de la tierra. Controlaba los vientos y, como los trataba bien, los vientos le contaban todo lo que pasaba sobre todo el mundo conocido…

También conoce la historia. Es otra trágica.

Izuku se queda dormido poco después con el arrullo de la voz de su madre.


—No olvides tener cuidado con esa espada.

—Sí, mamá.

—Sólo me estoy preocupado.

Inko Midoriya insistió en salir hasta el recibidor después del desayuno, que compartió con Momo e Izuku. Le preguntó muchas cosas a la princesa, especialmente sobre su familia. Las despedidas se están alargando y tienen que marcharse, pero Izuku supone que otro abrazo no hará que lleguen más pronto a ningún lado.

—Estaré bien. —Se agacha para tocarle los pies brevemente, en señal de respeto—. Volveré, ¿recuerdas?

Inko asiente.

Tiene lágrimas que se niegan a caer en los ojos. Izuku también se esfuerza por ocultar las suyas. En eso son muy parecidos.

—Que La Madre les cuide el camino —dice Inko, finalmente.

Ambos asiente y entonces ella se retira. Deja que sea Chiyo la que los acompañe hasta la salida del templo de Hosu, aunque, antes, Izuku hace una pequeña parada en el altar del templo. Mira un momento la figura de la madre antes de hincarse. Abre la bolsa del «equipaje» —la ropa descartada— y saca el tocado que usó en el baile del equinoccio, con las tres llamas. No es el que Katsuki mandó reparar, pero se le parece. Lo deja ante el altar de Nana Shimura, como ofrenda.

«Cuídanos», pide.

Momo también deja una ofrenda que Izuku no alcanza a ver y después vuelven al atrio y los patios del templo.

Chiyo los apura.

—No se queden más tiempo del que deben en Hosu —les dice—. Deben andarlos buscando en todas partes. No llamen la atención. Crucen la frontera lo más pronto posible. —Luego le agarra un brazo a Izuku, sin preguntar—. Tenga cuidado con esas cicatrices, Su Alteza. No me gustan. —Aprieta los labios—. Las marcas del toque de los hechiceros nunca son buenas. Me gustaría poder algo por ellas, Alteza.

—Me cuidaré —dice Izuku. «No hay problema», es lo que quiere decir.

—Buen viaje —les dice, a las puertas del templo.

Y con eso están otra vez en el camino.


No es problema cruzar el río que divide la frontera entre el norte y el sur. Siempre hay balseros que están dispuestos a hacerlos sin hacer demasiadas preguntan y aceptan cualquier cosa que valga un poco. Momo paga con un par de joyas que lleva en su bolsa.

Después de eso, el camino se hace mucho más difícil. Sienten la devastación que van dejando los soldados de Hisashi Midoriya. No se acercan demasiado a todas las aldeas porque su ropa del sur podría hacer que los vieran como enemigos pero, de lejos, se veían los estragos del fuego y la destrucción en algunas y en otras podían ver los resultados del saqueo —aunque las casas permanecieran enteras.

Durmieron a la intemperie varias noches y Momo se encargó de cazar una liebre y algunas palomas para que pudieran comer. Izuku resultó ser mejor para encontrar plantas comestibles. Después encuentran un caballo perdido —seguramente víctima de los saqueos— y el viaje empieza a ir mucho más rápido. El ejército va justo delante de ellos, descubren el día que pueden ver el humo de sus enormes hogueras. Sin embargo, Izuku sabe que es imposible alcanzarlos o rebasarlos pocos días. Sólo ve el humo en el horizonte y se hinca en el sueño y le pide a la Madre que Katsuki esté bien. Pide también por Ochako y Tsuyu y Mina y Denki y Eijiro y todo el castillo de los bárbaros. El norte nunca se ha merecido la devastación a la que se ve sometido por culpa del sur. Quieren sus tierras, sus campos, sus aldeas, sus árboles, su madera. La región de los bárbaros es un lugar enorme tan solo comparada con un reino del sur.

Así que siguen la marcha como pueden siempre tras el ejército, pero nunca cerca de alcanzarlos. En algún momento se quedan demasiado atrás, porque se ven obligados a tomar desvíos, a evitar a la población que también va en un éxodo de una aldea quemada a otra que todavía resiste.

Algunas resisten y consiguen alejar al ejército, no por nada los guerreros bárbaros son temibles. Algunas sobreviven a duras penas, pero los soldados se llevan todo lo que pueden cargar. Izuku y Momo las ven a lo lejos. No se atreven a acercarse.

Hasta que llegan al bosque.

—No deberíamos pasar la noche aquí… —murmura Izuku. Todavía están en los lindes. Pueden buscar otro lugar mejor para armar un campamento improvisado. Están a tiempo. Queda luz.

—Los árboles nos protegerán…

—Hay hechiceros que salen por la noche —corta Izuku—. Los Shie Hassaikai. No son agradables.

Eso es un eufemismo. A veces todavía sueña con Chisaki, el del pico de pájaro, el que lo agarró y le causó las cicatrices de los brazos.

—Aunque siento que este lugar es conocido… Había por aquí… —Sigue caminando. Momo lo sigue algunos metros. Sólo lo recuerda visto por encima, pero juraría que el claro está cerca. Y no se equivoca. Unos árboles más allá llegan a un pequeño claro que Izuku reconoce al momento porque ese si lo ha visto al ras del piso y encuentra la roca que Eijiro movió la última vez que estuvieron allí—. ¡Oh, ayúdame a mover esto!

Momo lo hace y entre los dos descubren la trampilla.

Izuku es el que toca.

—¿Tooru? ¡¿Koji?!

El segundo es quien les abre. Se muestra sorprendido de verlo. Hace un gesto con la mano. «Hola», entiende Izuku.

—¡Siento aparecer de improviso! Reconocí el lugar y…

Se interrumpe cuando Koji les hace una seña para que entren y ambos bajan las escaleras después de que Momo deje al caballo que los llevó hasta allí amarrado a un árbol. El guardian de la tierra no lo deja hablar hasta que no están sentados en los cojines en la salita. Momo no comenta nada, aunque su rostro es una obvia mueca de curiosidad.

—Ella es Momo —presenta Izuku, señalándosela a Koji—, Momo Yaoyorozu. Es una princesa. —Ante eso, Koji intenta hacer una reverencia y Momo sonríe un poco, ante el gesto—. Él es Koji Koda. Guardian de la tierra. Y me pregunto dónde está Tooru…

Koji sonríe.

—La llamaré —murmura y su voz es apenas audible. Luego alza la cabeza y hace algo. Abre la boca, pero no sale de ella ningún sonido que Izuku o Momo puedan oír. Sin embargo, Izuku puede jurar como la tierra se mueve y llama a la guardiana del aire con todas sus fuerzas.

Cuando Koji termina el llamado se dirige a la cocina y levanta una taza. Izuku asiente.

—¡Sí, por favor! —dice, quizá con demasiado entusiasmo. Hace ademán de ponerse en pie para ayudar a Koji a preparar un té, pero él niega vehemente con la cabeza y frunce el entrecejo cuando Izuku intenta insistir.

Momo no dice nada hasta que tiene una pequeña taza de té en sus manos.

—Así que… —se dirige a Koji—, ¿guardián de la tierra?

Él asiente e Izuku completa la información.

—También los hay del aire y del fuego y el agua… Tooru me lo explicó. No tuvimos mucho tiempo, pero…

Momo asiente.

—Interesante… No sabía…

—Creo que sus historias no son tan comunes en el sur —dice Izuku—. Pero protegen la tierra… nuestro mundo conocido…

Koji asiente, diciéndole que va por buen camino en su explicación.

Se están terminando el té cuando la trampilla se abre y entra una ráfaga de aire por ella. Despeina a Momo y a Izuku y los hace sentir el clima del exterior.

—¡Lo siento! ¡Lo siento! —El príncipe reconoce la voz de Tooru y tiene que seguir la dirección de la voz para encontrar su silueta apenas visible—. ¡Vine apenas pude! ¡Escuché el llamado, pero…! ¡Oh, Izuku! ¡Tengo malas noticias!

Siente que palidece inmediatamente.

—¡Llevo días haciendo que las corrientes de aire vigilen a ese maldito ejército! No es muy grande, pero la destrucción que causa… ¡Están ante las puertas del palacio!

—¿Atacaron?

—Van a… Oh, no tenemos tiempo. Vi el caballo fuera, pero a trote el palacio todavía está a días de aquí, podrías llegar muy tarde. No… —Sacude la cabeza o al menos eso se imagina Izuku al sentir el aire que los golpea a los tres. Momo está demasiado impresionada como para decir nada—. Tengo una idea. Son sólo dos entonces… Podría ser cuestión de horas…

Koji alza mucho los ojos y le hace un par de señas.

—¡Oh, puedo hacerlo perfectamente! Me llevará más tiempo que si fuera uno sólo, pero…

—¿Qué está pasando? —pregunta Momo.

—¡Tendrán que zurcar el viendo!

—¿Zurcar el…? —Izuku abre mucho los ojos.

—¡Cabalgar el viento!

Izuku sigue sin entender.

Les queda claro después, cuando están afuera, despidiéndose, después de que Koji les hubiera asegurado que cuidaría al caballo mediante señas y Momo le haya dado las gracias por el té caliente que definitivamente necesitaba para recuperar un poco de energía.

—Las corrientes los llevaran, pero tienen que asirse a ellas —indica Tooru.

—¿Cómo se puede asir uno al viento? —pregunta Momo.

—¡Concentrándose! —Y entonces una corriente los levanta.

—¡No, espera, Tooru! —Izuku aletea en el aire con los brazos, pero no cae.

—¡Me aseguraré de que lleguen sanos y salvos!

—¡Tooru!

Le toma un momento entender lo que está ocurriendo; lo único que puede hacer es concentrarse para no caer en el aire y cerrar los ojos por el vértigo de la velocidad. Pero no cae en picada y, en vez de eso, siente como el viento lo lleva. Eso debe parecerse a tener alas y poder volar, piensa. Como Eijiro o como el consejero de la corte de los Todoroki.

Abre los ojos.

Es cierto, están cabalgando el viento.


II.


Vuelve en sí cuando alguien está moviéndole los brazos. No sabe dónde está, pero el clamor de la batalla ya se oye lejano.

La cabeza le da vueltas y no siente su capa. Parece que se la han arrancado.

Mierda.

Tiene que centrarse. Intenta mover los brazos, pero los grilletes lo impiden.

Mierda.

Otra vez.

—Ey, Himiko, no fue suficiente el hechizo —dice una voz—. Míralo, ya está despertando.

Mueve los brazos de nuevo y eso sólo hace sonar las cadenas a su espalda. Alguien las jala. Katsuki abre los ojos y lo primero que ve es el rostro de Shigaraki enfrente de él e intenta lanzarse sobre él pero alguien jala la cadena de los grilletes. También una mano se clava en su nueva; unas uñas rasposas y mal cortadas están a nada de sacarle sangre.

—No hagas ningún movimiento del que después te arrepientas.

Reconoce la voz. Dabi.

También la sensación en su nuca. La mano se calienta y la piel le arde. No lo quema, pero sí va a dejar una marca. Como la última vez, piensa. Vuelve a mover los brazos. Una, otra, otra vez. No logra soltarse.

—Vas a arrodillarte ante mí, Rey Bárbaro —espeta Shigaraki—. Y en consecuencia, ante Hisashi Midoriya. Esta vez tenemos las de ganar. —Sonríe. Enseña todos los dientes y a Katsuki le recuerda a las sonrisas de los niños traviesos—. Vas a pagar por las cicatrices que le dejaste al príncipe…

—¡MENTIROSO! —El alarido casi le destroza la garganta, pero no le importa—. ¡Sabes que esas cicatrices son el toque de un hechicero y…!

Una mano atrapa su barbilla.

Shigaraki se ríe y por un momento eso es todo lo que suena. La risa se estrella en las paredes, gorjea, cae al suelo y estalla. Es la peor carcajada que ha sonado en el palacio de los reyes bárbaros.

—¿Y tú crees que a alguien le importa?

—¡No hagas esto en nombre de Izuku! —espeta Katsuki—. Odio a la gente que miente y…

Shigaraki agarra sus collares y lo jara hacia delante. Trastabilla, perro las manos de Dabi aun lo mantienen en un equilibrio precario.

—Voy a disfrutar esto, Rey Bárbaro. Voy a poner a este reino de rodillas y luego su Majestad me lo recompensará haciéndome parte del consejo. La sombra detrás del trono…

Katsuki vuelve a forcejear con las cadenas.

Intenta mover las piernas, pero también tiene grilletes en ellas y sólo trastabilla de nuevo.

Suena una risa de mujer. No tan fuerte o tan horrible como la de Shigaraki, pero deja un eco desagradable en la habitación. Katsuki no sabe cuál es hasta que entorna lo ojos y en la oscuridad distingue su trono, que apenas si usa.

No es que sea el símbolo que consideran en el sur, pero cuando Shigaraki le suelta la barbilla y se dirige hasta él vuelve a intentar soltarse, aunque sepa que es inútil y todavía sienta las extremidades adormecidas. Pero no quiere a ningún hechicero del sur sentado allí. No quiere a Shigaraki, sobre todo, con el trasero en esa silla.

No tuvo una ceremonia de coronación.

Los reyes bárbaros nunca la tienen.

Son reyes si el resto de la gente los acepta, si dejan vivir en paz y si evitan las guerras. No hay una coronación, nadie se arrodilla ante ellos y nadie les jura lealtad. Saben que si son crueles la población se pondrá en su contra. Si son demasiado débiles y las guerras se los comen, todos pierden. Katsuki sabe que no puede perder esa guerra.

La primera vez que se sentó en esa silla, su madre le revolvió el cabello.

«Necesitarás una corona», dijo.

Lo único que había a la mano era un cráneo de ciervo que habían cazado días antes. Esa ha sido su corona desde entonces.

Tiene más valor que cualquier tontería llena de joyas que se ponga Hisashi Midoriya en la cabeza.

Pero Shigaraki se sienta de todos modos y Katsuki no puede impedirlo.

De fondo se oyen gritos. Pero están muy lejos. Katsuki oye espadas chocar y ese sonido horrible y asqueroso que son espadas hundiéndose en la carne de alguien más. Oye gritos agónicos y no puede saber de qué bando son. ¿Están ganando o perdiendo? Tampoco sabe si influye su ausencia y la de Shigaraki y la de la mujer y la de Dabi.

—Dabi —ordena Shigaraki.

Le hace un gesto, para de que aproxime.

Dabi le da un puntapié y entonces Katsuki sí aterriza en el suelo. Antes de que pueda ponerse en pie —aunque lo intenta—, Dabi lo agarra del cabello para obligarlo a medio incorporarse y clava un pie en la parte trasera de sus rodillas, obligándolo, así, a arrodillarse frente a Shigaraki. Con el otro pie mantiene las cadenas en el suelo, no importa lo mucho que Katsuki forcejee.

La fuerza de Dabi no es normal, comprende.

—Te dije que ibas a arrodillarte ante mí.

La risa de Shigaraki vuelve a resonar por toda la habitación. Se embarra por las pareces como pus.

Katsuki no contesta nada. Sólo lo mira clavándole todo su desprecio. Y luego le escupe. La saliva aterriza a los pies de Shigaraki.

El hechicero se pone en pie.

El silencio aplasta todo en ese momento. Incluso parece que Dabi y la mujer dejan de respirar.

No hay que negar que Shigaraki tiene presencia.

Incluso Katsuki tiene el deseo de desaparecer un poco, no llamar tanto la atención. Su orgullo grita dentro de sí —¡y ojalá pudiera salvarlo en ese momento!— pero lo único que va a sacarlo de allí es un milagro y nada más. Que los bárbaros ganen y que lo encuentren antes de que esos tres lo hagan papilla.

Se esfuerza en buscar dentro de sí y jalar desde sus entrañas hasta la superficie de su piel la valentía que le queda; en esas situaciones ya no es más que pura temeridad desesperada, pero no le importa, porque ya vio a la muerte —a Shigaraki— a los ojos una vez y sabe de lo que es capaz.

—¿Y tus otros aliados? ¿Te abandonaron?

Otra risa y, carajo, Katsuki quiere arrancarse los oídos para no oírla nunca más.

El hechicero se acerca hasta él y le agarra la barbilla. (Tres dedos, cuenta Katsuki).

—No —responde simplemente—. ¿Recuerdas a Magne? —Katsuki alza las cejas, no tiene ni idea de quien le habla—. ¿O de dónde crees que salieron esas cadenas que nunca podrás romper?

Ah, la maga que controlaba el metal.

—¿Vas a matarme? ¿Cómo hiciste esa vez con mis padres?

—No —dice Shigaraki. Suelta la barbilla de Katsuki y su manos se pasea por su pecho desnudo—. Quizá hubiera sido mejor que te matara entonces, Rey Bárbaro. —Katsuki traga saliva. Le pesa la existencia en ese momento y el esfuerzo que hace por no mostrarlo es norme—. Lo hice demasiado rápido. No tenía experiencia. No… Esta vez me aseguraré de que te rindas y ruegues que te mate.

Katsuki no respira.

Y entonces Shigaraki lo toca por primera vez con cinco dedos, deliberadamente.

El toque de los hechiceros es una maldición.

La historia y las leyendas cuentan que, en los albores del mundo, cuando los Primeros Hombres Reinaban sobre el continente y sus canciones se alzaban hasta el cielo; cuando la humanidad empezaba a dar los primeros pasos; cuando no había mitos, ni leyendas, ni cuentos y los bardos empezaban a entonar el presente para guardarlo en la memoria, aparecieron los magos. Ellos fueron primero, porque los Dioses Sin Cara les dieron la bendición de la magia pura sobre su cuerpo. Todavía no existía la magia de la herbolaria, ni la nigromancia, prohibida tantos años atrás. Luego llegaron los brujos, que aprendieron el idioma de la magia, del bosque, de las plantas, de la herbolaria. Al final, apareció otro grupo cuando ya nadie lo esperaba. Hombres y mujeres que usaban la magia en la entraña de los seres vivos, la magia la gente misma. No era una magia oscura, porque ninguna lo es por sí sola, pero aun así los dioses maldijeron a todos los hechiceros. Su toque sería fatídico si no aprendían a controlarlo. Había hechiceros que canalizaban esa energía de manera espiritual, los más avanzados. La mayoría sólo se contentaba con aprender a usarlo a su antojo, aun cuando era sumamente difícil. Los Dioses Sin Cara los maldijeron en lo alto del monte de la Dama de la Montaña, por los siglos de los siglos y todas las generaciones venideras; un castigo a esos hechiceros originales que se creyeron mejores que los creadores mismos y osaron jugar con la vida.

Shigaraki sabe controlar su parte maldita, de eso Katsuki no tiene duda. Cuando lo toca y una línea de su piel empieza a hacerse añicos y empieza a quedar la marca, tan similar a las que tiene Izuku, sobre su pecho, todo duele.

Aprieta los dientes. Intenta concentrarse en cualquier otro dolor, pero no puede.

—Pero no te mataré ni cuando me ruegues, Katsuki Bakugo —espeta Shigaraki.

Katsuki se queda con las palabras en la boca, atoradas entre el corazón desesperado por un milagro y la garganta, ese lugar donde se esconde todo su miedo y su furia.

«No voy a rogarte nunca…»

—Pero cuando te rindas que llevaré ante encadenado ante su Majestad. —Shigaraki levanta los dedos de su piel y por un momento el dolor le da tregua. Deja caer la cabeza, en un intento desesperado por recuperar la respiración, pero apenas si puede. Mueve los brazos, pero es inútil. Las cadenas de Magne no se romperán. Shigaraki lo obliga a alzar la cabeza de nuevo, jalándole el cabello—. Y haré que te arrodilles ante él y que le beses los pies y que te humilles.

—Nunca.

Es patético, la manera en la que su voz intenta canalizar la furia y, sin querer, acaba delatando sus miedos.

—Matarte sería un honor, Rey Bárbaro. Su Majestad no cree que merezcas ni uno solo.

Katsuki siempre ha seguido con el código de honor no reconocido de los bárbaros.

Pelear para defenderse, nunca iniciar las guerras. Buscar la paz a costa de todo y de todos. De todos los sacrificios y de todas las lágrimas. «Busca la paz, Katsuki», oye la voz de su madre en su cabeza, «porque sin ella las sonrisas están condenadas a desaparecer». Pelear de frente. Honrar la batalla. Honrar a su contrincante.

Shigaraki no tiene ni idea de todo eso.

No hay nada honorable en humillar a un rey.

La mano de Shigaraki vuelve a su pecho. Una y otra vez. En algún momento ya no puede mantener los dientes apretados.

Los gritos suenan y no parecen suyos.

Echa la cabeza para atrás y no ve estrellas, solo el techo de su palacio. Aun así ruega a los Dioses Sin Cara. Un milagro, pide. Esa vez necesita un milagro para proteger a su gente.

No puede perder.

Su tierra está en juego.


El dolor lo sume en el letargo y después de eso ya no sabe nada más. Vuelve en sí cuando siente los dedos de alguien clavándose en su brazo. Levanta muy bruscamente la cabeza —al menos lo intenta— y ve a la bruja rubia sobre él. Himiko, se llama. Tiene los labios rojos de sangre le enseña unos dientes picudos en una sonrisa.

—Tu sangre me será muy útil. —Sonríe y Katsuki no entiende lo que está pasando.

El mundo es muy borroso. Lo ve a pedazos. Todo se tambalea y él siente que está en medio de un remolino que no puede controlar. Intenta incorporarse, pero sus manos siguen en los grilletes y su equilibrio sufre. Está a punto de estrellarse en el suelo y sólo lo no hace porque una mano caliente lo agarra del cabello.

«Dabi».

Al menos sus pensamientos todavía forman algo coherente.

—No ha suplicado —dice a voz de Dabi—. No podemos alargar esto por siempre.

—Lo hará. Torturarlo no es mi único método —responde Shigaraki—. ¿Ya está despierto?

—¿Despierto? Sí. —La bruja suena una risita. Su risa se parece a lanzar burbujas al aire y oírlas explotar a todas en asincronía—. ¿En sus cinco sentidos? Lo dudo.

Katsuki intenta fijar la mirada en algo y la fija en ella.

Va vestida a la manera del sur. Como Lady Tsuyu o Lady Ochako. Mangas anchas, color marrón, sin bordar, aunque sí con unos cuantos detalles estampados. El cuello del vestido es azul oscuro, como el cinturón que lo fija a su cuerpo, y también es sencillo. Lo único raro de su atuendo es el collar que lleva al pecho, con varios viales que le cuelgan de él, todos llenos de un viscoso líquido rojo. Entorna más los ojos cuando intenta averiguar que es, pero el olor que ella despide es inconfundible. Sangre.

—Si no suplica por él, lo hará por otros…

—Oh, pero no tienes a su príncipe… —se queja la bruja—. Que dijiste que lo quería tanto…

—Suplicó que no le hiciera daño…

—Izuku… —El nombre sale ya roto de los labios de Bakugo—. ¿Qué hiciste con…? ¡¿Qué le hiciste a…?!

No puede terminar ni una sola frase. Tomura Shigaraki ya no lo está tocando, pero el sigue sintiendo un dolor intermitente en todo el cuerpo. El Rey Bárbaro alza la cabeza y encuentra al hechicero sentado de nuevo en su trono. Shigaraki se pone en pie para acercarse a él, arrodillado de nuevo, con las manos de Dabi firmes sobre sus hombros.

—Oh, Rey Bárbaro, a tu príncipe no le hice nada. —El hechicero sonríe, enseña todos los dientes—. Después de todo, Izuku será como un hermano para mí cuando Su Majestad me dé el derecho de sentarme en su consejo, a su lado derecha. Cuando me otorgue todo el poder y sea yo quien gobierne a la sombra todos los años que Izuku Midoriya sea rey…

Katsuki le escupe.

No puede evitarlo. Sólo quiere callarlo. No volver a oír nunca el nombre de Izuku en sus labios.

Shigaraki se limpia con el dorso de la mano.

—… pero primero, tienes que rendirte. Por las buenas o por las malas. Tenemos otros planes. Dabi quiere el sur. No podemos estar aquí por siempre. Quiero oírte decir que el norte es mío

—Nunca.

—Vas a rendirte. Se te olvida que conozco tus miedos. Se te olvida que te los mostré a la cara.

Su madre. Su padre. Esa mirada de tristeza que le dirigió su madre cuando, con sus labios, sin emitir ningún sonido, le dijo a la distancia que se salvara él. La mirada rendida de Masaru cuando comprendió que sólo quedaba la muerte. Los ojos valientes de su madre, que se enfrentó a la muerte como a la vida.

Katsuki está a punto de responderle que no importa porque ya mató a sus padres e Izuku no está allí. Está a punto de espetar que los hombres y mujeres bárbaros son fuertes y no se rendirán sin dar batalla cuando se da cuenta del silencio sepulcral afuera.

No hay gritos, no hay espadas, no oye al filo de la espada hundirse en la carne de nadie.

—Himiko, haz que los traigan.


Dabi obliga a Katsuki a ver.

A Mina es a la que lanzan primero dentro del cuarto, escoltada por una mujer enorme a la que reconoce como Magne. Encadenada, con una mordaza, probablemente para que no invoque ninguna clase de magia. Su vestido morado está hecho jirones sobre su cuerpo. Llora y, por la mirada que le dirige, Katsuki comprende que ya perdieron y que le está pidiendo perdón.

Kyoka es la siguiente. Tiene la mitad de la cara ensangrentada y Katsuki no puede ver uno de sus ojos. Se tambalea y un hombre con una máscara la sostiene.

Hanta después. Parece ileso, pero está encadenado y Katsuki no puede estar seguro. O jala del brazo una criatura con escamas que parece un lagarto.

Denki es el siguiente. Katsuki puede verlo llorar, pero no puede evitar el alivio al descubrir que parece prácticamente ileso. No tiene sangre sobre su capa, que tiene partes rasgadas y Katsuki sólo alcanza a ver como su cicatriz ahora le llega hasta la mejilla, consecuencia de su propio poder. Un hombre rubio con una cicatriz en la frente se encarga de él.

—¿Y bien? ¿A quién tengo que matar primero? —pregunta Shigaraki—. Una lástima que esta vez no nos pudiéramos a enfrentar a un dragón. Teníamos una trampa lista para él… —Suelta un suspiro fingido y sobreactuado que irrita a Katsuki—. Entonces, ¿a quién torturo primero hasta matarlo? Tienes a tu consejo enfrente, Rey Bárbaro, elige.

—¿Y Lady Ochako y Lady Tsuyu? —pregunta Katsuki.

—Oh, ellas están bien, por supuesto. Son nobles del sur y volverán al sur una vez que hayamos terminado aquí.

Bien, piensa Katsuki. Al menos a ellas no les van a hacer daño.

—Deja a mi consejo en paz.

—Dime que te rindes.

—¡Déjalos en paz!

—Magne…

Mina se mueve, aterrada. Intenta soltarse, pero la mujer le rompe el brazo antes de que pase algo. El grito se lo come la mordaza.

—¡Déjalos en paz!

Shigaraki se vuelve hacia él.

—Ríndete. O suplícame. Disfrutaré ambas cosas.

Katsuki no le quita una mirada que considera los suficientemente furiosa de encima pero, por un momento, lo considera. Nunca ha caído más bajo que en ese momento y no hay ningún milagro en la puerta esperando para entrar.

Denki entiende lo que está pensando porque niega muchas veces con la cabeza.

—Uno… Se me acabará la paciencia, Rey Bárbaro —dice Shigaraki—; dos…

—Jura que no les harás nada si me rindo.

Shigaraki alza una ceja.

—Así que era tan fácil… —Se inclina ante él, siempre viéndolo desde arriba, humillado. Le pone una mano en el hombro que, por un momento, duele demasiado. Aprieta los dientes, pero el dolor se va inmediatamente, tal y como vino—. ¿Te rendirás?

—¡Júralo! ¡Jura que los dejarás libres si me rindo y te dejo arrastrarme hasta tu corte!

La sonrisa de Shigaraki es la más satisfecha que ha visto nunca. Es la de un niño que acaba de encontrar el truco perfecto para obtener doble postre a la hora de comer.

—Suplícame.

Katsuki aprieta los dientes, pero lo considera. No puede enfrentarse a las lágrimas desesperadas de Mina, ni a las devastadas de Denki; mucho menos a la expresión desoladora de Hanta o a las heridas de Kyoka. No quiere perder y no quiere la humillación, pero para ganar tiene que sobrevivir. Siente que se va a quemar por dentro si suplica y que no quedará nada que valga la pena, pero tiene que vivir.

Así que baja la cabeza. Ya no puede enfrentarse a los ojos rojos de Shigaraki.

—¡No, Katsuki!

Tampoco voltea a ver a Denki. Sólo sacude la cabeza.

Las palabras están a punto de salir de su boca cuando se oye el ruido. Katsuki está averiguando todavía a manera en la que se construye una súplica cuando la puerta cae al piso de par en par.

Alza los ojos que se llenan de polvo y no sabe si están ante amigos y enemigos.

Comprende que es un milagro cuando oye su voz, su grito, cuando su espada se estrella contra la de alguien más.

—¡KACCHAN!


Notas de este capítulo:

1) Me tenía muy guardado lo que pueden hacer los guardianes. Tooru se comunica con las corrientes y estas le hacen caso, por eso puede pedirles que dejen a Momo y a Izuku cabalgarlas. Es cansado y esas cosas, pero ajá. Por eso hace tantos capítulos di lata con ellos. No está inspirado en nada en particular, pero la fantasía no se creó en un termo al vacío así que seguro que saqué los elementos de diferentes cosas.

2) El primer cuento que le cuenta Inko a Izuku es una adaptación de Barba Azul, mi cuento favorito de los compilados por Perrault (y las ilustraciones que le hizo Gustav Doré son muy buenas). La leyenda del origen de magos, brujos y hechiceros que recuerda Katsuki tampoco viene de ninguna parte en particular, salvo que los dioses maldiciendo cosas son muy comunes por todos lados. Del segundo cuento de Inko, ya verán. Y sí, al este, muy al este, más allá de los Grandes Astrónomos y los observatorios por ahí mencionado hay un bosque mágico que no le pertenece a los hombres. Cualquier inspiración con la corte de Titania, la Reina de las hadas es pura coincidencia… No es cierto, obvio hay inspiración de allí.

Andrea Poulain