Capítulo 8
Mientras caminaba alternaba la mirada entre mis pies en el suelo y la espalda ancha e imponente de mi maestro. De vez en cuando se me nublaba la vista, pero me limpiaba enseguida las lágrimas para que Shion no dijera nada; suficiente había tenido hacía un rato con su llamada de atención.
El Patriarca desaceleró el paso y movió la cabeza en señal de saludo: a un costado se encontraba mi amigo y futuro santo de Virgo. Shion no se detuvo, pero de todos modos le habló:
—Agradezco y celebro que cumplas con la tarea que te encomendé, Shaka. Pero hoy no demoren demasiado: mi discípulo va a pasar la noche en vela para refinar ciertos detalles que ya tiene indicados.
—Como usted ordene, su santidad.
Shion continuó su andar mientras que yo me frené a verlo alejarse, incapaz de detenerlo. Shaka se acercó a mí y me limpió la cara con un pañuelo que ya tenía preparado.
—¿Estás bien?
Vi a mi maestro por última vez y no contuve más las lágrimas. Abracé a Shaka y lloré como el infante miedoso que era.
—Mu, tranquilo —decía Shaka mientras me acariciaba la espalda con sus yemas que dibujaban círculos—. Todo va a estar bien, no llores.
Me aferré aún más al cuerpo de mi amigo. Tuve la impresión de que Shion se detuvo por un instante a vernos por sobre el hombro para luego seguir adelante.
Nos sentamos a la sombra de un árbol. Ubicado entre las piernas de mi compañero apoyé la cabeza sobre su pecho para escucharle los latidos que ayudaban a tranquilizarme. Shaka me acariciaba y de vez en cuando me daba un beso en la frente, mientras que yo sostenía su mano libre y también la besaba en las heridas producto del entrenamiento físico de ese día.
Me preguntó qué había provocado mi llanto, pero al querer explicarle me quebraba. No recuerdo el número de intentos hasta que lo conseguí.
—Nunca voy a ser el santo de Aries.
—Mu, las estrellas te eligieron para que lo seas. De lo contrario el Patriarca jamás te habría aceptado como su discípulo.
—Últimamente no hago nada bien.
—Solo son días de poca suerte. Cuando se terminen vas a dar un paso más para cumplir con el entrenamiento.
—Vos estás tan cerca ya —me incorporé para verlo de frente—. Tal vez te estoy retrasando.
Shaka sonrió, me agarró la cara y dijo:
—No importa si los demás consiguen antes sus armaduras, yo me voy a quedar con vos. Juntos vamos a convertirnos en santos de oro. Incluso si tienen que pasar cien años para eso, nunca te voy a dejar solo.
—Shaka —dije y lo abracé—, no me tengas lástima. Algún día va a ser necesario que sigas sin mí por tu propio bien.
—Voy a estar bien siempre y cuando te tenga a mi lado, Mu. Por eso no puedo dejar que te rindas.
—Podré haber mejorado en la pelea cuerpo a cuerpo, pero cuando se trata de usar las habilidades que son naturales por mis orígenes no soy tan bueno, mucho menos en las que requieren que use mi cosmos.
—¿Qué decís, Mu? Tus poderes psíquicos son los más avanzados. ¿Por qué ahora dudás tanto?
—No sé y mientras más lo pienso es peor.
Me separé del cuerpo de mi amigo para mirarme las manos.
—El maestro dijo que tiene que haber una señal que indique el momento para empezar con las prácticas para ser el herrero del Santuario.
—¿Qué tipo de señal?
—Algo del cosmos, pero todavía no la descubro.
Volví a recostarme sobre el pecho de Shaka y él me rodeó con los brazos.
—El maestro no tiene más discípulos. Los pocos que quedan de nuestro pueblo y que podrían aprender las técnicas no quieren involucrarse con el Santuario. Si no lo consigo, nadie va a reparar las armaduras... Sin un herrero el ejército de Athena podría desaparecer y con Shion se perdería un arte milenario... y todo porque no puedo entender mi propio cosmos.
Oculté el rostro en el pecho de mi amigo al que mojé un poco con mis lágrimas.
—Soy una deshonra para mis antepasados.
—Mu, creo que te olvidás de algo.
—¿De qué?
Me ayudó a sentarme y luego me enjugó las lágrimas.
—¿Por qué cierro los ojos?
—Para acumular cosmos.
—¿Y por qué el Patriarca me encargó que te ayudara a meditar?
—Porque así... voy a entender mi cosmos.
Sonrió satisfecho y me besó la frente.
—Mejor empecemos, así descansás para poder practicar toda la noche.
Entonces nos sentamos uno al lado del otro en la posición de loto. Formé el mudra dhyana con las manos, cerré los ojos y dejé que todo siguiera su curso; ya no me era complicado alcanzar el estado mental que tanto había buscado con las prácticas.
Mi cosmos y el de Shaka se encontraron, pero en lugar de repelerse fluyeron en tal armonía que parecían fundirse en uno solo. «El cosmos de Shaka es tan cálido y fuerte —pensé—, ¿por qué el mío no llega a ese nivel?». Me mordí el labio y las manos me temblaron de manera leve.
Sin embargo, sentí como si la energía de Shaka me rodeara en un intento de abrazo y logré tranquilizarme. «Si mi destino es realmente ser el santo de Aries, lo voy a conseguir —dije en mi mente—. No voy a permitir que el esfuerzo de todos los que me ayudaron se desperdicie». Poco a poco, casi imperceptible al principio, mi cosmos comenzó a aumentar. «Voy a ser un santo de oro y el herrero del Santuario. Aunque sea el único y el peso sea mucho para mi cuerpo, no voy a abandonar a mis amigos, al maestro Shion, mucho menos a Athena y a Shaka». Mi corazón latió con intensidad, caliente, pero a un ritmo lento.
—Mu —escuché a Shaka llamarme pero no respondí.
De pronto nuestros cosmos estuvieron al mismo nivel y no hice más que alegrarme. «El santo de Aries es el primer guardián —pensé—. De mí depende la seguridad de los demás. Si fallo, el peligro estaría un paso más cerca de Athena... y de Shaka... Eso no lo puedo permitir».
—Mu —volvió a llamarme mi amigo—. Mu, abrí los ojos.
No hice caso, seguí repitiendo para mí mismo cuál era mi misión y mayor deseo: proteger a mis seres más queridos.
—Mu, pará —Shaka comenzó a zamarrearme—. Es en serio, Mu, tenés que ver esto.
Abrí los ojos y me encontré con los de mi amigo bien cerca.
—¿Qué pasa?
—Mirá.
Me mostró las manos: las heridas que había besado hacía minutos ya no estaban.
—¿Cómo...?
—Fuiste vos, Mu. Vos me curaste.
—¿Qué? Yo no hice nada.
—Lo hiciste con tu cosmos.
—P-pero...
Se descubrió la rodilla vendada. El raspón que tenía era importante, seguro dejaría una marca.
—Intentalo.
—No sé si... Es decir, no tengo idea de cómo lo hice.
—¿Qué pensamiento se te presentó? Tratá de recordarlo.
Tragué grueso para luego asentir. Cubrí con la palma la rodilla de Shaka y concentré mi cosmos a la vez que recordé el deseo de protegerlo. Con una sensación ardiente la piel comenzó a repararse de manera lenta para terminar por cerrarse; no había rastro alguno, como si nunca hubiera existido la herida.
Shaka me miró con ojos brillantes y una sonrisa.
—Tal vez sea la señal que necesitabas.
Más tarde volví a probar si realmente podía cerrar las heridas de mis otros compañeros; con algunos fue más sencillo que con otros y en algunos casos no conseguí el mismo resultado que en Shaka. Aun así estaba seguro de que eso era lo que tanto había buscado.
Al día siguiente corrí a la sala del Patriarca a la hora acordada y le comenté el descubrimiento a Shion. Me felicitó con alegría; a diferencia de la tarde anterior lo noté más aliviado.
Luego me llevó a la sala donde se guardaban las armaduras de oro, cada una en su caja de Pandora. En el centro se encontraba una cubierta por una tela blanca. El maestro se paró junto a ella y la descubrió.
—Imagino que debés conocerla. —dijo con una sonrisa.
—Es la armadura de Virgo.
—Estuvo esperando todo este tiempo para conocerte y que le hables del futuro santo al que va a proteger.
Me acerqué y coloqué las manos sobre la caja.
—Perdón por hacerte esperar.
—Llevémosla a que tome sol —dijo Shion a mis espaldas—. Vas a poder conocerla mejor si se siente a gusto.
Cargué la caja en mi espalda y salimos al balcón, donde saqué la armadura que resplandeció con los rayos del sol. Mi maestro tomó asiento a pocos pasos de distancia. No demoró más en comenzar el cuestionario para asegurarse de que reconociera cada pieza y supiera el nombre de cada santo de Virgo hasta la fecha.
—Veo que estudiaste hasta el detalle más mínimo.
Sonreí con una sensación cálida en las mejillas.
—Shaka me ayudó a estudiar.
—Entiendo —Asintió—. Le guardás mucho cariño a Shaka.
—Es mi amigo y lo quiero.
—No me cabe ninguna duda —Tomó aire—. Sin embargo, a veces es necesario hacer a un lado a los amigos.
—¿Por qué, maestro? —pregunté a la vez que me sentaba en el piso frente a él— ¿No es bueno tener amigos?
—Lo es, Mu, no quiero que te vayas con la idea contraria. Pero no debemos depender tanto de ellos. Algún día, por el motivo que fuera, no van a estar con nosotros.
—¿Algún día... ya no voy a poder ver a Shaka?
—Si todo sale como está planeado, se van a convertir en santos de Athena. Nosotros llevamos vidas muy arriesgadas, nunca se sabe cuándo podría ocurrir alguna tragedia.
Pensar en que alguna vez llegaría el momento de separarme de Shaka fue muy doloroso, tanto así que no pude retener las lágrimas.
Entonces Shion acarició mi pelo y dijo:
—No estés triste, Mu. Ustedes son muy jóvenes todavía: les quedan muchos años por compartir de ahora en adelante.
—Pero... no quiero separarme de Shaka ni de mis otros amigos.
—No hay que temerle a la soledad, sino aceptarla y comprenderla. Solo así vas a poder disfrutar aún más la compañía.
Me limpié la cara y pregunté:
—Maestro Shion, ¿usted no se siente solo? Todos sus compañeros murieron hace más de doscientos años.
—No tengo razones para sentirme así. Te tengo a vos, Mu, a tus compañeros, los demás santos, los soldados y aprendices, y todavía está Dohko.
—Pero el maestro Dohko no está en el Santuario.
—Eso no me impide ir a verlo de vez en cuando, tal como hacía con vos cuando estabas en Jamir.
Me hizo señas para que me sentara a su lado, a lo que obedecí. Se quitó el casco, sus mechones canosos se desparramaron con el viento y trató de acomodarlos. Luego colocó una de sus manos arrugadas sobre mi cabeza.
—Llevo vivo muchos años. Presencié los avances y retrocesos de la humanidad y en más de una ocasión me vi obligado a entrometerme en decisiones que tuvieron impacto en todo el mundo. No sé hasta cuándo pueda seguir siendo tu guía, Mu, y seguramente muchas veces pienses que el destino fue muy cruel con vos. Incluso yo llegué a pensarlo.
—Pero usted es muy fuerte, maestro.
—Estoy muy viejo y aunque no lo parezca mi cuerpo se agota día tras día.
Levantó la cara al cielo. El sol iluminó su mirada opaca y las arrugas.
—En momentos como este pienso en el camino largo que hice. Verlos a vos y tus compañeros cada vez más cerca de las armaduras de oro... me hace sentir tranquilo.
Me miró y ofreció una mano temblorosa. Sus dedos huesudos tenían incontables marcas. Cuando apoyé la mía sobre su palma la apretó fuerte; el temblor disminuyó un poco.
—Espero que algún día puedas pasarle todo lo que te enseñe a una nueva generación de herreros y santos, Mu.
—Le prometo que lo voy a hacer, maestro. No sé si llegue a ser tan bueno como usted, pero lo voy a intentar.
Shion sonrió. Luego miró a la armadura que se encontraba enfrente.
—En tres semanas es la llegada de Aries —dijo—. Tu séptimo cumpleaños.
—También es su cumpleaños.
—A mí edad se convierte en una rutina —rio bajó—. Creo que sería un buen momento para que aprendas el siguiente paso en el arte de la reparación de armaduras.
—¿En serio?
—Sin embargo, primero tenés que terminar con el reconocimiento de cada una. Todavía falta la mitad y en quince días está previsto que sean los exámenes para los santos de Cáncer, Capricornio y Piscis.
—Entonces tengo que apurarme.
Me levanté del asiento para acercarme a la armadura de Virgo. La miré detenidamente; reconocía cada pieza y qué parte del cuerpo debían cubrir. Sin embargo, había algo que llamó mi atención.
—Maestro —me volteé hacia él—, falta algo.
—Te diste cuenta.
Shion caminó hasta mi lado.
—No te preocupes: está bien guardado. El día que Shaka sea nombrado santo de Virgo yo mismo se lo voy a entregar.
—¿Cuándo... va a ser eso?
El maestro cerró los ojos y suspiró.
—Muy pronto.
—Entiendo... —dije a la vez que agaché la cabeza.
—Cada uno va a su ritmo, Mu. Lo importante es la constancia.
Aunque le había dicho que siguiera sin mí, tenía miedo de que Shaka se convirtiera en santo dorado antes que yo y que se alejara. Mi preocupación aumentó el día que Shura, Deathmask y Aphrodite consiguieron sus armaduras. A diferencia de mis compañeros que lucían entusiasmados, yo veía a Aries deslumbrante e inalcanzable.
Las lecciones y entrenamientos se habían vuelto pesados de nuevo. Estaba negado a la posibilidad de que mi destino también era ser un santo de Athena. Shion se dio cuenta de ello, por lo que le indicó a Shaka que volviera a acompañarme con la meditación. Con su ayuda pude remontar un poco mi estado como para que me tuvieran en cuenta a la hora de una misión fuera del santuario.
Fue cinco días antes de mi séptimo cumpleaños. Saga, como líder del equipo, eligió a quienes irían: además de un par de soldados también iríamos Shura -era su primera misión ya con la armadura de Capricornio-, Shaka y yo por estar bajo la tutela del santo de Géminis en varias clases. No nos dieron muchos detalles, solo que debíamos llevar un cofre bastante pesado hasta el Monte Atos sin levantar sospechas.
Llegamos poco antes del amanecer a los pies de una zona rocosa que teníamos que cruzar. Saga se paró delante de todo para darnos las últimas indicaciones.
—Por nada del mundo dejen de custodiar el cofre —les dijo a los soldados.
—Sí, señor.
—Shaka, lo más probable es que nos encontremos con asaltantes. Tu tarea es desorientarlos con ilusiones.
—Entendido.
—Mu, el camino es muy inestable y hay derrumbes todo el tiempo. Estate atento a las rocas que caigan y cubrí a todo el equipo; lo mismo si nos atacan con proyectiles.
—Sí.
—Shura, vas a ir atrás de todo. Tenés orden de responder al primer ataque.
—Bien.
—Una cosa más... Shaka, Mu: no peleen a menos que sea realmente necesario y no se separen el uno del otro. Ustedes son el escudo principal.
Terminado con eso empezó la marcha. No fue necesario ir demasiado lejos para sentir escalofríos. El Monte Atos era un lugar sagrado al que muy pocos hombres tenían acceso. Aunque ese no era motivo para ahuyentar a los ladrones que aprovechaban las rutas clandestinas.
—¿No sentís como si alguien nos espiara? —le pregunté a Shaka en tono bajo.
—Es porque lo están haciendo.
—¿Dónde están?
—Es mejor que me preguntes dónde no están.
Respiré hondo.
—Tranquilo, Mu. Nos entrenamos para cosas peores.
—S-sí... Pero...
—¿Nnh?
—¿Qué hacemos si... tenemos que matar a alguien?
—Saga nos prohibió atacar... Pero si es necesario creo que deberíamos hacerlo.
—¿En serio lo harías?
—Solo en un caso extremo —Apoyó la mano sobre mi hombro—. Si alguno de los dos tiene que hacerlo, yo me encargo.
—¿Eh?
—No voy a dejar que te pase nada malo ni que te manches las manos con sangre.
De pronto sentí que no debería estar ahí. Recordé que Shion me había dicho que no debía depender tanto de mis amigos y Shaka siempre me protegía. «¿Podré hacer lo mismo por él?», me pregunté.
Caminamos alrededor de media hora, aún estábamos lejos del destino. Entre las rocas y las escasas ramas se escuchaban pisadas, voces y quejidos.
—Shaka —habló Saga—, ¿podés con todos?
—Algunos... se escaparon de mi alcance —respondió con dificultad. Por alguna razón le estaba costando más de la cuenta.
—Hay algo en este lugar que afecta el cosmos —dijo Shura—. Siento el cuerpo muy pesado.
—Sí... —respondió el santo de Géminis. Luego se dirigió a mi amigo— Shaka, no abras los ojos a menos que sea necesario. Vas a tener que aguantar un poco más.
—Entendido.
—Estén atentos.
Volteé atrás. Shura me indicó que volviera a mirar para adelante. Me mordí el labio. No sabía a qué prestarle atención. El camino era estrecho, hacia arriba se levantaban rocas gigantes, muchas podrían caer en cualquier momento. A los costados sentía varias presencias.
Una flecha se clavó en el cofre que cargaban los soldados; enseguida lo soltaron para ponerse en guardia. Pegué mi espalda a la de Shaka. Shura dio un salto apoyándose de las piedras y usó a Excalibur. Muy cerca de mis pies cayó un cuerpo cortado lleno de sangre. Cerré los ojos. Se escucharon varias voces gritar al unísono. Cayeron rocas y flechas sobre nosotros; de no haber sido por Shaka habríamos resultado heridos.
—¡Mu, reaccioná! —me gritó— ¡No puedo yo solo!
Miré hacia arriba: un hombre sostenía una especie de arma de fuego muy sofisticada y apuntaba directo al cofre. Me concentré en levantar una roca enorme; con las manos temblorosas la dirigí hacia los atacantes. Shura y Saga se apartaron, el desconocido disparó y pulverizó la piedra. No tuve tiempo de relajarme: nos atacaban desde varias direcciones.
Mi cosmos no era lo suficientemente fuerte ni se encontraba estable para mantener la barrera que mi maestro me había enseñado, por lo que debí confiar en mi telequinesis y en lo que el ambiente rocoso ofrecía. Los soldados peleaban cuerpo a cuerpo contra los asaltantes. Shaka se vio obligado a abrir los ojos y alternar entre usar su cosmos como escudo o continuar con las ilusiones para despistarlos. Eran tantos y con diversas armas que los dos santos de oro no tenían tiempo de cerciorarse de que estuviéramos bien siquiera.
Las flechas no dejaban de llover; no alcanzaba a frenarlas a todas. Estaba mareado, las piernas comenzaron a pesarme. Vi en un costado a Saga listo para usar alguna de sus técnicas especiales. Un parpadeo y encontré un objeto que se acercaba a toda velocidad hacia mí. Mis pies se movieron en automático y logré esquivarlo.
Se escuchó una especie de trompeta y los asaltantes emprendieron la retirada. Los soldados estaban heridos, pero no pasaban de cortadas superficiales y golpes. Shura subió hasta un punto alto para asegurarse de que no hubiera nada sospechoso.
—M-Mu...
Escuché la voz de Shaka a mis espaldas y giré a verlo. Tenía la cara pálida además de las manos ensangrentadas. Había una flecha clavada en su abdomen.
—¡SHAKA! —grité al punto de creer que se me iba a desgarrar la garganta.
Corrí a su lado y apoyé las manos sobre la herida.
—No... Shaka...
Agarré la flecha, pero estaba resbalosa.
—No la muevas —dijo Saga.
Lo miré con los ojos llenos de lágrimas.
—Lo voy a curar.
—Así como estás Shaka se va a desangrar antes de que puedas usar tu cosmos.
—Pero...
—Hay que avisar al Santuario —dijo Shura una vez junto a nosotros.
—Yo me encargo. Vigilá a Mu.
Saga se alejó unos metros. Shaka no pudo soportar más estar de pie y debió recostarse. Apoyé suave la palma donde estaba la flecha; por más que lo intentara mi cosmos no lograba sacarla para frenar la hemorragia.
—Mu... tus manos... están llenas de sangre.
—No importa.
—Perdón.
—No hables —dijo Shura—. Tenés que conservar energía hasta que vuelvas al Santuario.
—¿Y... la misión?
—No podemos seguir hasta que no recibamos órdenes del Patriarca.
Shaka tosió y un hilo de sangre escapó de su boca.
—Shaka... No te mueras... por favor.
—Mu... algún día... voy a morir... pero no me importa.
—¿Q-qué?
—Deberías... saberlo.
Lo agarré de la mano.
—No podés morir... Todavía no sos... el santo de Virgo.
—Incluso si lo fuera... tarde o temprano...
—¡No, Shaka, no! No podés morirte... ¿Qué voy a hacer... sin vos? Dijiste que juntos íbamos a ser santos de oro. No me dejes... No me dejes solo.
—Mu... yo...
—Hay que llevarlo a la fuente de Athena —dijo Saga—. Van a mandar refuerzos. No podemos suspender la misión. Shura, quedate con los soldados.
—Entendido.
—Yo voy a llevar a Shaka al Santuario.
Saga se acercó a Shaka para levantarlo.
—Mu, soltalo.
—Pero-...
—No podemos perder más tiempo.
Poco a poco dejé ir la mano de Shaka y así el santo de Géminis lo cargó.
—La misión terminó, Mu. Volvés al Santuario.
Ya tenían todo listo, por lo que cuando llegamos a la entrada llevaron rápidamente a Shaka a la fuente de Athena. Saga no me permitió ir y me dio la orden de volver al dormitorio. Ahí me esperaban el resto de mis compañeros. Al verme cubierto de sangre se asustaron y rodearon para llenarme de preguntas.
—¡Mu, ¿qué pasó?! —preguntó Aioria— ¿Y esa sangre?
—Llamaron a Aphrodite y Deathmask para que fueran a la misión —dijo Milo—. ¿Por qué volviste tan pronto?
De nuevo los ojos se me llenaron de lágrimas.
—¿Dónde está Shaka? —preguntó Aldebarán.
Me mordí fuerte el labio para no llorar, pero fue en vano.
—Por mi culpa... Shaka...
Todos se pusieron pálidos, como si hubieran visto algo tenebroso. Me puse en cuclillas y lloré abrazado a mis piernas. No pude ver las caras de mis compañeros, pero sabía que estaban casi en las mismas condiciones.
Aioria se inclinó a mi lado y puso una mano sobre mi hombro. Cuando vi su cara húmeda el dolor se hizo más fuerte; no dudé en abrazarlo y sollozar.
—¡No quiero que muera! ¡Prometió que íbamos a ser santos de oro juntos!
—Shaka es muy fuerte, Mu —dijo Camus—. No se va a morir tan fácil.
—¿Y tu poder? —preguntó Milo— ¿No intentaste curarlo?
—No pude... Mi cosmos no...
—Mu —la voz de Aioros me llamó.
Me aparté de mi compañero para ver al santo de Sagitario.
—Hermano, ¿y Shaka?
—Está en la fuente de Athena. Tienen que sacarle una flecha del abdomen. Pero estén tranquilos. Una vez que lo bañen con el agua de la fuente va a empezar a sanar.
Me puse de pie e intenté limpiarme la cara. Luego le pregunté a Aioros:
—¿Puedo verlo?
—Todavía no —respondió y acarició mi cabeza—. Andá a asearte y descansar. Tenés el resto del día libre.
Hice lo que Aioros me dijo. Ya en mi cama no dejaba de dar vueltas, llorar y reprocharme por lo que había pasado. Aldebarán intentaba animarme, aunque sin éxito. Los demás se asomaban desde la puerta cada tanto. Las horas pasaron así.
Abrí los ojos cuando sentí que alguien me tocó el hombro al tiempo que me llamaba.
—Mu, despertate.
—¿Saga? —Me senté sobre la cama— ¿Qué pasó? ¿Y Shaka?
—Es mejor que lo veas vos mismo.
Seguí a Saga por el camino a la fuente. No era un lugar que conociera personalmente, solo por lo que me habían contado. Ya era de noche, pero a lo lejos alcanzaba a divisar la estatua de Athena. Por alguna razón, verla me hizo sentir más tranquilo.
Cuando llegamos el santo de Géminis me guio por los pasillos y ordenó que no hiciera ruido ya que no tenía permitido estar allí. Luego me indicó que podía pasar a una habitación mientras él esperaba afuera.
Abrí la puerta e ingresé. Estaba oscuro a excepción de una lámpara pequeña junto a la cama donde se encontraba Shaka. Me acerqué despacio a verlo: parecía dormido, tan tranquilo, ajeno a toda molestia. Tenía la cara pálida, hasta los labios. Pasé saliva con mucha dificultad.
—Shaka...
—Mu.
Lentamente me dejó ver sus ojos azules. La sonrisa leve en su cara me hizo tan feliz que no contuve las lágrimas.
—No llores, Mu.
—Tuve mucho miedo... Pensé que no te iba a ver nunca más.
—Perdón.
—No tenés que disculparte. Fui yo el que no frenó esa flecha.
—Si te hubiera servido de apoyo en ese momento... no habrías tenido que esquivarla.
Me acarició la mejilla.
—No me gusta verte llorar por mi culpa. Tu cara... es más bonita cuando sonreís.
—Perdoná... Es que estoy feliz... de que sigas conmigo.
—Mu... siempre voy a estar con vos... Hasta el final.
Los días siguientes Shaka debió quedarse en cuidados intensivos para hacer reposo. Yo iba a verlo después de los entrenamientos y me quedaba con él hasta la hora de cenar. Hablábamos de muchas cosas, lo mantenía al tanto de lo que pasaba con nuestros compañeros, de los ejercicios o simplemente algo que veía y pensaba que a él le interesaría.
—Te traje estos libros. Estaban en la biblioteca de la casa de Aries.
—Gracias. ¿Cuál debería leer primero? —preguntó mientras los revisaba— ¿Eh? ¿Este está en tibetano?
—Ah, sí. Se me habrá mezclado con el resto. Shion me lo leía cuando vivía en Jamir.
—¿De qué trata?
—Es sobre nuestro pueblo. Lo escribió la persona que me cuidaba antes.
—¿Cómo era esa persona?
—Era bastante mayor, aunque no me acuerdo su cara siquiera. Siempre estaba leyendo y escribiendo. Intentó enseñarme, pero... creo que se enfermó y no pudo hacerlo.
—¿Nunca le preguntaste al Patriarca?
—Me da la impresión de que no le gusta hablar de eso. No sé si fue un sueño o pasó de verdad, pero una vez discutió con esa persona. A partir de entonces iba todos los días a verme y así empezó mi entrenamiento.
Posé la vista sobre el libro en las manos de Shaka.
—Creo que esa persona no quería que viniera al Santuario.
—¿Por qué pensás eso?
—Quedan muy pocas familias puras. Según lo que está escrito ahí, al nacer un hijo tienen que informarle al Patriarca y él decide si deben entregarlo al Santuario para que empiece su preparación como santo o herrero y llevarlo a Jamir. Ya nadie lo hace.
—Entonces esa persona no quería que fueras un santo.
—Tal vez... Pero... el libro no está terminado... Creo que no pudo... —me llevé una mano al pecho— Cada vez que lo leo siento algo muy cálido.
—Quizás lo escribió para vos. Así nunca vas a olvidar tus orígenes.
—No lo había pensado así.
—¿Está bien que lo lea?
—¡Sí, leelo! Me gustaría mucho que aprendieras más sobre mi pueblo.
—Aunque no entiendo muy bien el tibetano —dijo mientras hojeaba el libro.
—Yo puedo enseñarte.
—¿Lo harías?
—Sí.
—Gracias —dijo con una sonrisa tierna.
Me senté a su lado en la cama. Él sostenía el libro mientras yo le indicaba cómo debía seguir la lectura. Entendió y reconoció varias sílabas bastante rápido.
—«Desde entonces... hemos... jurado lealtad... a Athena».
—Aprendés rápido.
—Se aprende rápido cuando se tiene un buen maestro.
Su comentario hizo que la cara se me pusiera roja. Esa clase de palabras se habían hecho habituales desde el día de la misión y aun así no me acostumbraba. No era que me molestaran, al contrario, me gustaba que me elogiara y tratara de animarme constantemente.
Las pestañas de Shaka se movían de manera leve cuando pasaba la vista sobre las palabras en las hojas. Su sonrisa era encantadora, me daba una sensación cálida que me hacía cosquillas en el estómago. Era tan tierno escucharlo intentar pronunciar las sílabas que apenas reconocía y sonaban gracioso pero adorable a la vez.
Cuando me di cuenta de que había pasado tanto tiempo mirándolo y el corazón me latía acelerado supe que algo no andaba bien. Sacudí la cabeza para luego bajar de la cama.
—¿Mu?
—Tengo... cosas hacer. Mejor me voy, no quiero llegar tarde.
—Está bien. Gracias por haber venido hoy también.
—N-no fue nada.
Me dirigí a la salida casi a las corridas.
—Mu.
Frené en seco y giré a verlo.
—Quiero decirte algo importante.
—¿E-eh?
—Mañana te lo voy a decir.
Mi corazón bombeó con más fuerza. Asentí, me despedí de mi amigo y salí rápido para alejarme de allí. Caminé sin prestar mucha atención de a dónde me dirigía; en la casa de Aries logré reaccionar.
Tenía los latidos y la respiración agitados, además de un hormigueo en el estómago. Me temblaban las manos, las piernas y todo el cuerpo. Tuve que sentarme contra un pilar o de lo contrario hubiera caído al piso. La vista se me puso borrosa; al parpadear se me escaparon gotas gruesas.
Escondí la cara entre las piernas y me estiré el pelo. Los sentimientos que experimentaba eran demasiado intensos; me gustaban mucho, pero al mismo tiempo daban miedo. Miedo de que pasara algo y perder a Shaka para siempre.
—Él me gusta —dije al aire—. Shaka me gusta mucho.
—*—*—*—
Las caricias circulares sobre mi hombro fueron suficiente para despertarme. Giré hacia la derecha y ahí estaba Shaka, tan deslumbrante y hermoso, bañado por los rayos del sol que entraban por la ventana; parecía un ángel. Me apoyé sobre el colchón para verlo mejor.
—Sha-...
Con un dedo sobre mis labios me obligó a guardar silencio.
—No hagas ruido o vas a despertar a Aldebarán.
Miré a mi otro amigo que aún dormía. La verdad era que él tenía el sueño muy pesado y casi nada lo despertaba.
—Vestite. Te espero afuera.
Tardé unos minutos en despabilarme. Me vestí y fui a encontrarme con Shaka. Era una mañana fresca, lo que ayudó a despertarme por completo.
—Shaka, ¿qué hacés acá? Deberías estar descansando.
—Me dieron el alta anoche.
—Pero todavía es muy pronto para que hagas fuerza
—Estoy bien —me regaló una sonrisa—. Además, hay algo importante que quiero mostrarte.
—¿Qué es?
Shaka me agarró de la mano y comenzamos a caminar. No tenía idea de lo que planeaba, pero cuando llegamos a la entrada de las doce casas imaginé que quizás su intención era llevarme hasta el sexto templo.
Fuimos por los pasadizos secretos. A pesar de que era un camino más corto, le costaba un poco caminar aunque lo negara: estaba decidido por completo a llegar a la casa de Virgo. Una vez allí me guio por un pasillo hasta lo que parecía una puerta enorme.
—¿Qué hacemos acá? —le pregunté.
—Prometí que te lo iba a mostrar.
Empujó la puerta con el cosmos y apenas se abrió llegó un aroma conocido a mi nariz: «El perfume de las flores». Frente a mí se presentó un jardín inmenso, con flores por todas partes, pétalos que revoloteaban y dos árboles en el centro que enseguida identifiqué.
—Vení.
Shaka volvió a agarrarme de la mano y me llevó hasta quedar en medio de los dos árboles. No dejaba de mirar todo lo que nos rodeaba; nunca había visto nada semejante. Incluso pensé que seguía en un sueño.
—¿Tenés hambre? —preguntó mi amigo con una canasta en mano.
—Shaka... ¿Qué es todo esto? Los sales... ¿Por qué?
—El Patriarca dijo que una de mis tareas como santo de Virgo va a ser la protección de este lugar. Estaba esperando el momento adecuado para traerte.
De la canasta sacó el libro que le había prestado el día anterior.
—No pude avanzar mucho, pero me gustaría aprender más sobre tu pueblo.
Dejó la canasta en el suelo y con una sonrisa dijo:
—Quería que este momento fuera especial. ¿Qué mejor día que tu cumpleaños?
No pude soportar tanta felicidad. Sin reparar en lo que hacía abracé a Shaka con todas mis fuerzas. Él me acarició la espalda y también me rodeó con sus brazos.
—Te acordaste.
—Para mí también es un día muy especial... El día en que nació... la persona que más quiero.
—Shaka... gracias.
Luego nos sentamos a desayunar lo que había preparado: ensalada de frutas, un par de tostadas con dulce y té. Mientras tanto me contaba sobre lo que había podido leer del libro; se lo notaba muy entusiasmado. Su sonrisa y mirada dulces me llenaban de felicidad; no necesitaba nada más para seguir viviendo.
A pesar de que fuera uno de los mejores momentos de mi corta existencia, la presión en el pecho se estaba volviendo insoportable. Fijé la vista en el suelo y clavé los dientes en mi labio inferior. De nuevo había regresado el miedo.
Mi amigo decía algo sobre un festival por la llegada de la primavera, pero no le presté mucha atención. Con el estómago revuelto agarré un poco de pasto, sin arrancarlo, apreté los párpados y le dije:
—Shaka... me gustás mucho.
Quedó con la boca abierta, pero enseguida sonrió y acarició mi mejilla.
—Vos también me gustás mucho, Mu.
—¿E-en... serio?
—Pensé que ya lo tenías claro.
—Pero... no es... como a un amigo más.
—Lo mismo digo, Mu.
Me abracé las piernas; tenía la cara caliente y el corazón acelerado.
—¿Está bien sentir esto? —pregunté— Vamos a ser santos de Athena y... no tenemos permitido...
—No sé —dijo y bajó la mirada—. Mientras más lo pienso... más crece este sentimiento.
—¿No es peor para vos? Se supone que abandonaste todo por el nirvana.
—No podría haber abandonado algo que no tuve... hasta que te conocí.
—Perdón.
Shaka me dio un beso en la frente y luego pegó la suya con la mía.
—No vuelvas a pedir perdón por algo de lo que no sos culpable.
Lo abracé, nos recostamos en el pasto. Shaka jugaba con mi pelo mientras le acariciaba el pecho. Los pétalos rosados caían sobre nosotros y nos impregnábamos del perfume de las flores.
—Tal vez no haya problema hasta que no seamos santos —dije.
—¿Y si seguimos sintiendo lo mismo cuando lo seamos?
Pensé unos segundos con la vista en el cielo que comenzaba a tener su azul típico de la mañana.
—Entonces no sé si quiero serlo.
—¡¿Qué?! —Se sentó de golpe— ¡Ah!
—¿Estás bien?
—S-sí... —dijo al sobarse el abdomen— ¿Cómo es eso... de que no querés ser santo?
—Prefiero renunciar a la armadura de Aries antes que dejar de quererte.
—Pero... Mu... El Patriarca... Sos su único discípulo.
Agaché la cabeza. Shaka me agarró de las manos.
—Prometimos que seríamos santos juntos... Eso es más importante que... tus sentimientos por mí.
Todavía sin levantar la cara le pregunté:
—¿No te pone triste saber... que no vamos a poder estar juntos cuando seamos grandes?
—Mu...
—Shion y el maestro Dohko... están separados hace más de doscientos años. Sus otros compañeros y amigos murieron en la última guerra santa. Aunque diga lo contrario, sé que se siente solo... Puedo ver cómo su alma llora... cada vez que lo recuerda.
Shaka reposó la cabeza sobre mis piernas y dijo:
—Tal vez cuando Athena regrese podamos preguntarle... qué deberíamos hacer.
—Creo que tenés razón.
Me miró con una sonrisa.
—Pero hasta que no seamos santos de oro no debería haber problema, ¿o sí?
Reí bajo.
—Entonces va a ser nuestro secreto.
El tiempo que pasamos en el jardín se me hizo corto aunque fueron horas. Cuando volvimos a adentrarnos a la casa de Virgo nos encontramos a Shion que acababa de llegar. Lo saludamos como se debía y sonrió.
—Felicitaciones a los dos.
No entendimos a qué se refería.
—A Shaka por haber recibido el alta y a Mu por su cumpleaños.
—Muchas gracias —respondimos al unísono.
—Veo que ya empezaron los festejos.
—Ah... Shaka me preparó el desayuno y hablamos sobre libros.
Shion sonrió de una manera que me supo triste.
—Maestro, ¿pasa algo malo?
—No, todo lo contrario. Es preciso que vayan a prepararse.
—¿Para qué? Si se puede saber.
—Por ser un día especial decidí llevarlos fuera del Santuario.
El paseo quizá le hubiera parecido una tontería a cualquiera, pero para nosotros que debíamos acatar órdenes las veinticuatro horas del día era como las vacaciones que nunca tuvimos. Lo mejor de todo fue el lugar a donde Shion nos llevó: después de tanto tiempo volví a los Cinco Picos.
Frente a la enorme cascada, sentado en las piedras, estaba el santo de Libra.
—Perdón por hacerte esperar, Dohko —le dijo Shion.
El maestro Dohko se giró a vernos y sonrió.
—Qué bueno que hayan llegado.
Solté la mano del Patriarca y me adelanté a llegar con el caballero de Libra.
—Maestro Dohko, tanto tiempo. ¿Cómo está?
—Oh, Mu. Estoy muy bien, gracias —Me acarició la cabeza—. Parece que creciste desde la última vez... Lo que me recuerda: feliz cumpleaños.
—Muchas gracias.
Miró detrás de mí; Shion se acercó con Shaka de la mano.
—Maestro, él es Shaka —dije—. Es el futuro santo de Virgo.
—Así que Shaka... mucho gusto.
—E-el placer es todo mío, maestro —respondió con una reverencia.
—Shion me contó mucho sobre vos. El potencial que tenés es enorme, no cabe dudas de que vas a conseguir la armadura de Virgo muy pronto.
Aunque los cachetes colorados de Shaka me dieron ternura, al mismo tiempo dolió: si hasta el maestro Dohko lo decía, entonces iban a nombrarlo santo de oro antes de lo que hubiera deseado y con eso se alejaría para siempre de mí.
—Mu —me llamó mi maestro—, tengo algunos asuntos que tratar con Dohko. ¿Por qué no van con Shaka a jugar?
—Como usted diga —Agarré a mi amigo de la mano para llevarlo—. Vamos, Shaka.
—No se alejen mucho y no dejes que haga demasiado esfuerzo; todavía no se recuperó por completo.
Asentí a las últimas indicaciones de Shion a medida que nos alejábamos. En el descenso no dijimos nada; yo iba pensando en tantas cosas y Shaka tardaba en adaptarse a ambientes nuevos. Llegamos a la entrada del bosque y lo solté para que caminara por sí solo.
—Mu, me doy cuenta de que algo te molesta —dijo.
Mis pies se detuvieron; no me atrevía a mirarlo. Luego me hizo girar por los hombros y me obligó a levantar la cara con un toque suave en mi mentón.
—Ya sabés que podés decirme lo que sea. Voy a tratar de ayudarte.
Suspiré y dije:
—Shaka... vas a ser santo de oro mucho antes que yo.
—¿Qué?
—Shion me lo dijo hace unas semanas y ahora el maestro Dohko también.
—No tiene por qué ser así. Son palabras que dicen los grandes para hacernos sentir bien.
—¿Y por qué yo me siento mal cuando alguien me lo recuerda?
Agaché la cabeza; la vista se me comenzó a nublar.
—Tengo miedo... Me da mucho miedo perderte.
Shaka pasó los brazos alrededor de mi cuerpo y me acarició la espalda como solo él sabía hacer. Me estremecí, las lágrimas se desbordaron; el calor y roce de la persona más importante para mí era lo único que me hacía sentir seguridad. «Quiero estar siempre así —pensé—, solo con él, que nunca dejemos de sentir esto».
Nos alejamos un poco. Sus ojos eran más azules y profundos que el mismísimo cielo en ese día soleado, incluso me reflejaba en ellos; eran hipnóticos, me hicieron perder como si me hundiera en agua cálida, cristalina y tan calma que podría dormir una siesta.
—No importa si me nombran santo de oro antes —dijo—. Mu, yo siempre, siempre te voy a querer y cuidar.
—¿En... serio?
—Sí —Sonrió—. Es una promesa.
—Shaka... —lo abracé con todas mis fuerzas— Yo también siempre, siempre, hasta la eternidad te voy a querer y cuidar. Nada ni nadie va a cambiar lo que siento.
Estar con Shaka era lo que más feliz me hacía y lejos del Santuario era mejor: no teníamos que preocuparnos porque Saga o Aioros nos llamaran la atención, ni soportar las bromas de Milo y Deathmask. Observar pájaros, ver los distintos tipos de plantas, conversar sobre cualquier tema que surgiera en el momento, eso era todo lo que necesitaba. Sus manos enlazadas con las mías, las caricias, su sonrisa y mirada azul eran un extra que me hacían pensar que estaba frente a la criatura más hermosa del mundo.
Caminamos un rato entre los árboles, nos mojamos un poco en el río y luego volvimos con Shion y Dohko que nos esperaban con té y cosas dulces. Fue entretenido escuchar sus anécdotas de cuando eran jóvenes, de cómo era Athena, de lo difícil que fue para mi maestro levantar el Santuario desde abajo, entre otras cosas.
Las horas pasaron muy rápido. De pronto entreabrí los ojos y el sonido del agua que caía con fuerza me llegó a los oídos. Mi cabeza reposaba sobre el regazo del Patriarca que acariciaba suavemente mis mechones. Ese tipo de muestras de cariño no eran habituales, por lo que fingí seguir durmiendo para no arruinar el momento.
—Ya va a empezar con las prácticas de reparación —dijo el maestro Dohko—. ¿No era lo que más te importaba?
—Me preocupa presionarlo demasiado.
—¿Después del entrenamiento físico que pudo haberlo matado?
—Si llegara a pasarme algo, Mu sería el único que conozca las técnicas de reparación. Me gustaría que aprendiera lo más pronto posible, pero...
—Si tanto te preocupa, deberías mandarlo de vuelta a Jamir hasta que complete su formación.
—En este preciso momento, con seis candidatos a santos de oro cercanos a recibir las armaduras, abandonar el Santuario es lo que menos debería hacer. Atender a su entrenamiento en Jamir complicaría aún más la situación.
—Ciertamente que hayas decidido venir es prueba de lo urgente de este asunto.
Shion suspiró.
—Para ser honesto, mi mayor preocupación... es que se vuelva más dependiente de Shaka.
Con esas palabras sentí que se me aplastaba el pecho.
—No debería acercarse a él hasta que no tenga el dominio total de sus emociones y pensamientos... Pero también es cierto que Shaka es el más indicado para ayudarle a conseguirlo.
—Debe haber otra manera. Si tanto se te complica, podés mandarme a Shaka para que me encargue del resto de su entrenamiento.
—No creo que sea conveniente ni necesario. Está muy cerca de conseguir la armadura, tal vez un mes o dos.
«¡¿Tan pronto?!», pregunté a mis adentros. De la impresión moví levemente la cabeza. Temblaba un poco, por lo que me aferré a las telas que vestía mis maestro para tranquilizarme y que no se diera cuenta de que estaba despierto. Su respuesta fue volver a pasar los dedos por mi pelo.
—Me veo obligado a presionarlo más y que se ponga al nivel de Shaka para que consigan las armaduras al mismo tiempo —dijo—. Tal vez lo agote demasiado, pero es preciso que aprenda cuanto antes el arte de nuestros ancestros.
Fue duro pasar de tener sospechas a escucharlo de la propia boca de mi maestro: no estaba listo para ser el santo de Aries y mucho menos el herrero del Santuario. A pesar de la promesa que hicimos, si no me esforzaba por conseguir la armadura, corría el riesgo de convertirme en una carga para Shaka, además de que sería una deshonra y mancha para el Patriarca.
Unos días después Shion me entregó los últimos pergaminos que debía estudiar antes de las prácticas. Guardaban todos los secretos en el arte de la reparación y eran difíciles de comprender. Leer solo la mitad de uno me llevaba un día entero; el maestro pasaba a verme varias veces para comprobar mi progreso. Leerlos todos me llevó dos semanas.
En ese lapso no pude descuidar el entrenamiento físico ni la meditación. Si no hubiese sido por eso, los únicos momentos para ver a Shaka habrían sido a la hora de las comidas y de ir a dormir.
—¿Estás bien, Mu? Te noto más pálido que de costumbre.
Me tomé mi tiempo para inhalar el aroma del sahumerio que impregnaba el ambiente en la casa de Virgo. Luego respondí:
—Estoy bien. No te preocupes.
—¿Seguro?
Asentí con la cabeza. Shaka puso cara de congoja, se levantó de donde estaba sentado para ubicarse frente a mí y agarrarme de las manos.
—No quiero que te pase nada malo.
—Shaka... Tranquilo. Todo está bien, en serio. Solamente estoy un poco nervioso de empezar con las prácticas.
—¿Te gustaría tomar un té para los nervios antes de ver al Patriarca?
Le sonreí y besé la frente.
—Gracias, pero no es necesario.
—Pero-...
—¿No tenés que ir a entrenar con Saga? Es mejor que no lo hagas esperar. No ahora que estás tan cerca de ser el nuevo santo de Virgo.
Poco a poco quedó cabizbajo.
—¿Vas a dejar de entrenar conmigo?
—No, pero voy a dedicarle menos tiempo.
Me arrodillé para abrazarlo. No perdió ni un segundo en corresponderme con fuerza.
—Shaka, aunque no entrenemos tanto como antes, no olvides que te quiero más que a nadie.
—¿Es por mi culpa?
—¿Eh?
—¿Soy una distracción?
Lo miré a los ojos; se estaban comenzando a llenar de lágrimas.
—No seas tonto, Shaka.
—Pero... el Patriarca dijo que... no deberías depender tanto de mí.
—¿Vos también lo escuchaste? —Asintió con los ojos apretados— Quiero ser fuerte por vos. Solo así voy a poder defenderte y cuidarte de ser necesario.
—Mu...
Le sequé una lágrima y luego apoyé apenas mis labios sobre los suyos. Rápidamente los cachetes se le pusieron colorados.
—No llores, ¿sí? Todo va a estar bien.
De nuevo volvió a abrazarme.
—Todavía no somos santos —dijo—. Voy a demostrarte cuánto te quiero lo más que pueda hasta que llegue ese día.
Quería a Shaka como a nadie y sabía que el sentimiento era mutuo. No podíamos escapar a nuestro destino de ser santos de Athena; con cada nuevo paso que dábamos hacia esa meta parecía como si las circunstancias se dieran para complicar todavía más el poder estar juntos. Sin embargo, tal vez por un deseo infantil, estábamos decididos a darlo todo por algo que no comprendíamos en su totalidad. De lo único que estaba seguro era que Shaka ocupaba mi mente la mayor parte del tiempo y solo pensar en él me hacía sentir feliz, triste, enojado y frustrado por la vida que nos había tocado, pero también me daba fuerza y valor.
«Voy a convertirme en santo, pero por nada voy a dejar de querer a Shaka», esa fue la conclusión a la que llegué. Así me dirigí al taller de la casa de Aries y esperé a que llegara mi maestro para la primera lección práctica. Cuando Shion apareció me hizo varias preguntas que contesté sin demasiadas complicaciones. Luego buscó en un aparador los instrumentos que usaríamos. Para ese entonces se me retorcía el estómago de la emoción y los nervios, lo que empeoró cuando dejó un recipiente con vendas y una daga frente a mis pies.
—Antes de comenzar con las reparaciones propiamente dichas tengo que asegurarme de que podés controlar tu cosmos como se debe para esta labor.
Agarró las cosas dentro del recipiente y me entregó la daga. Miré la punta filosa, luego a mi maestro.
—Si bien solo usamos sangre de santos en caso de que una armadura muera, habrá ocasiones en que no haya otro aparte del herrero, por lo que tenés que estar preparado para dar tu sangre y poner en práctica las técnicas de reparación a la vez.
Tragué grueso.
—Recordá que es el último recurso. El santo de Aries es la primera barrera de protección de las doce casas y, si además vas a ser el herrero, tus compañeros van a contar con vos para su protección casi total.
Asentí levemente. Seguro estaba pálido. Shion me acarició el pelo y continuó:
—Sé que suena a una responsabilidad muy grande, pero yo pude hacerlo y confío en que vos también, Mu. Vas a cumplir un rol esencial en el ejército de Athena.
Se arremangó la túnica. Las arrugas producto de la edad se mezclaban con las cicatrices.
—Seguimos siendo humanos, pero con un buen control del cosmos soportamos las hemorragias. La primera prueba es que eleves tu cosmos para mantenerte consciente lo más que puedas.
—¿E-elevar... mi cosmos? ¿Y si... me desangro antes?
—No voy a permitir que mueras, si es lo que te preocupa, Mu. Es preciso que me mantenga a tu lado en todo momento de la práctica para asegurar tu bienestar. Pero todo va a depender de tu cosmos y poder mental.
Miré detenidamente mis muñecas; sabía dónde y cómo cortar para conseguir una buena cantidad de sangre, pero no podía evitar asustarme. «No creí que tuviera que hacerlo tan pronto —pensé—. Tal vez Shaka lo presentía y por eso estaba preocupado».
—Hasta que no pases esta prueba no tenés permitido acercarte a ninguna armadura —dijo Shion.
La mano con la que sostenía la daga me temblaba. Acerqué la punta a mi piel a la vez que se me aceleraron la respiración y los latidos. El filo sobre la zona exacta, cerré los ojos, ardió.
—*—*—*—
—Mu —me llamó una voz a la lejanía—. Mu, es hora de que despiertes.
Moví las piernas y me saqué las sábanas hasta la cintura. Parpadeé varias veces, luego miré a mi derecha donde se encontraba Aphrodite.
—El Patriarca quiere verte en la casa de Aries cuanto antes —me dijo.
Con el cuerpo tembloroso logré sentarme, pero estaba mareado. Me froté los ojos, el sueño no se me pasaba.
—¿Mu?
El llamado de Shaka me hizo reaccionar. Lo miré: se notaba preocupado mientras se levantaba de la cama; se acercó a paso rápido.
—¿Te sentís mejor? —preguntó.
—Estoy... un poco mareado.
—¿Pensás ir a practicar así?
No respondí.
—El Patriarca te trajo inconsciente anoche. ¿Qué pasó? ¿Por qué tenés la muñeca vendada?
Entonces me percaté de la herida que tenía y recordé lo que había hecho. Evidentemente no pasé la prueba.
—Mu...
—Perdón por interrumpir —dijo Aphrodite—, pero el Patriarca me dio órdenes de llevarte hasta la primera casa después de que desayunaras, Mu.
—No puede ir así.
—Como ya dije: son órdenes de su santidad.
—Pero-...
—¿Pensás ir en contra del Patriarca, Shaka?
—Él debe saber que Mu no está en condiciones de practicar hoy.
—Si eso creés, andá a decírselo vos mismo. Yo solo cumplo órdenes y no puedo hacer más aunque quisiera.
—Está bien, Shaka —le dije—. Es parte de mi entrenamiento —Forcé una sonrisa—. Puedo soportarlo.
Apoyé un pie en el piso para levantarme, pero al querer hacer lo mismo con el segundo no aguanté y caí.
—¡¿Mu?!
—No te acerques —le dijo el santo de Piscis.
—¡No puede mantenerse en pie, no va a poder entrenar así!
—El Patriarca dijo que nadie intervenga. Tiene que poder levantarse por sus propios medios, es parte de su prueba.
—¿Qué?
Me serví de las manos para, con toda mi voluntad, intentar incorporarme. Agarrado de las sábanas logré ponerme de pie; todo daba vueltas. Me fui hacia atrás, por suerte la pared detuvo la caída. Esperé unos segundos hasta que pude mantenerme erguido por mis propios medios.
—Te espero en el comedor —dijo Aphrodite y salió del cuarto.
Con pasos temblorosos busqué mi ropa y me vestí. Paré un momento a ver mis manos; las sentía raras, como si las tuviera dormidas y frías. El vendaje en la muñeca derecha estaba manchado de sangre. No recordaba cuándo Shion me atendió y mucho menos que me dejara en los dormitorios.
De pronto, un cepillo por mi pelo: Shaka me estaba peinando.
—¿Por qué...?
—Si no puedo ayudarte con lo demás, por lo menos puedo hacer esto.
Miré a través de la ventana; apenas había luz natural. Si enfocaba bien podía ver mi reflejo y el de Shaka en el vidrio.
—¿Por qué tenés esa venda? —preguntó sin dejar de peinarme.
No estaba seguro de si era correcto contarle, pero no iba a estar tranquilo hasta que no lo supiera. Antes de explicarle tomé aire.
—Cuando una armadura muere, necesita sangre de un santo para volver a vivir.
—¿Qué?
Giré para darle una sonrisa. Sus ojos abiertos aportaban aún más a la expresión de sorpresa.
—No puedo darte muchos detalles, pero te prometo que no voy a morir por esto.
—Mu...
Tiró el cepillo en la cama, me abrazó por el cuello para darme un beso en los labios. Con ese gesto me llené de energía de golpe. Sus ojos desbordados y la boca de durazno en un puchero hicieron vibrar mi pecho.
—Cuando sea el santo de Virgo podés usar mi sangre para que vos nunca tengas que dar la tuya.
—Shaka... —le enjugué las lágrimas— Mi Shaka... —Besé sus mejillas— Gracias por preocuparte por mí, pero sé que vas a estar esperándome siempre, así que no voy a morir para poder verte.
Decirlo había sido más fácil que llevarlo al hecho. Aunque no tuviera que cortarme todos los días mi cuerpo comenzó a debilitarse cada vez más. Shion vivía repitiéndome que elevara mis cosmos, que era la única forma de sobrevivir y pasar todas las pruebas, pero no lo conseguía. Ya no rendía lo suficiente en los entrenamientos físicos tampoco, lo que solo lograba preocupar a Shaka.
En varias ocasiones Saga y Aioros tuvieron que obligarlo a separarse de mí para que pudiera hacer sus propios ejercicios. No me dejaba solo si tenía la oportunidad. Me sentía agradecido por sus cuidados, pero también me veía a mí mismo como una carga. Lo peor era que de esa manera Shaka también se estaba retrasando en su formación como santo.
—A esta altura ya deberías tener el nivel base de un santo de plata como mínimo —dijo Shion—, pero apenas llegás a bronce. ¿Qué tanto estuviste haciendo con Shaka para no haberlo conseguido y él sí?
Me daba vergüenza mirarlo.
—¿Vas a permitir que él sea nombrado santo de oro antes que vos? Como mi discípulo me parece una total falta de respeto.
Fue increíble no haber derramado ni una sola lágrima delante de mi maestro; eso lo guardé para cuando estuve a solas con mi amigo en la biblioteca de la primera casa.
Sentados contra una pared, Shaka me abrazaba y consolaba con caricias y palabras dulces. Incluso lloró conmigo cuando el dolor se hizo insoportable. Sus brazos, aunque pequeños, eran mi mayor refugio. Solo él borraba mis lágrimas, la congoja y las preocupaciones para transformarlas en sonrisas y valentía.
—Vas a ser el mejor santo de todos, Mu.
—Todavía me falta mucho —suspiré.
—Al Patriarca y al maestro Dohko les llevó tiempo también —Me apretó la mano—. No te pongas triste por lo que él diga.
—A veces da mucho miedo.
—No debe saber qué palabras usar para animarte.
—Gracias por estar conmigo hoy también.
—Te lo había prometido, ¿no?
Me dio un beso en la frente que provocó un cosquilleo por todo mi cuerpo.
—Shaka... —Entrelacé mis dedos con los suyos— ¿Podés hacerlo otra vez?
Sonrió amplio y volvió a besarme.
—¿Y en los labios? —pregunté.
Su cara tomó color. Afirmó con la cabeza y no demoró más en unir nuestros labios; fue un contacto pequeño pero me bastó con eso. Los dos reímos para luego abrazarnos. Cerré los ojos y me dediqué a disfrutar de su temperatura y caricias.
—Mi Shaka.
—Mi Mu.
—Te quiero tanto, tanto.
—Yo te quiero mucho más.
Hundí la cara en su pecho y me llené del perfume a flores.
—¿Puedo hacerlo otra vez? —preguntó.
—¿Qué cosa?
—Besarte... en la boca.
El calor aumentó, sobre todo en mis mejillas. Apreté los párpados y moví la cabeza de arriba abajo. Volvimos a enlazar los dedos para después hacer lo mismo con nuestros labios. La humedad y suavidad de su piel me provocaba cosquillas en la panza.
Nos dimos varios besos cortos entre que repetíamos cuánto nos queríamos.
—¿Podremos hacer esto cuando seamos grandes? —pregunté.
—No sé —respondió—. Pero no me parece divertido ser grande y santo si no podemos hacerlo.
Sus palabras me hicieron reír y volvimos a besarnos. «¿De qué sirve crecer si por ser santos no vamos a poder estar juntos?», me pregunté.
—¿Mu, Shaka?
La voz de mi maestro llegó a mis oídos y nos separamos poniéndonos de pie. Shion estaba al pie de las escaleras boquiabierto.
—NOTAS FINALES—
Y hasta acá este capítulo.
¿Qué les pareció?
No sé si lo había dicho, pero van a ser tres capítulos seguidos con los recuerdos de Mu, por lo que falta bastante para saber cómo va a reaccionar.
La continuación va a venir en navidad.
Por otra parte, tengo un nuevo fanfic, se llama Sleepover y por el momento solo está disponible en Sweek; cuando tenga más capítulos lo voy a subir a Wattpad y Fanfiction.
Ahora sí, mis comentarios.
Shaka es MUY sobreprotector con Mu, no tengo idea de cómo terminó siendo así XD
Me gusta hacerlos cariñosos entre sí, se me hacen muy inocentes y que su amor es real. Por momentos me parece que no va acorde a su edad, pero me acuerdo que desde preescolar hasta segundo grado tuve una compañera que estaba enamoradísima de otro compañero; lo estuvo por años y él huía de ella (nota: todo el curso le hacía bullying y se terminó cambiando de colegio). Un par de años después la volvimos a encontrar en el curso de primera comunión y le había pegado la pubertad. Mi compañero estaba más que arrepentido XDDDDD
No sé si se nota, quizás en el siguiente capítulo sea más evidente, pero Shion sí le demostraba bastante afecto a Mu, pero tampoco lo recordaba. Me gusta imaginármelo como viejito, no sé por qué lol
Algo que me pasa al escribir a los santos de oro es que en teoría son muy poderosos y hay que buscarle la manera de bajarles el nivel de poder. ¿A alguien más le pasa? XD En este caso con Shaka y Mu no hay tanto problema porque todavía están en entrenamiento, pero Saga y Shura ya están más avanzados y me complicaron un poco la vida (?)
Me altera un poco hacer a Mu tan débil, pero ya se va a hacer fuerte en un par de capítulos, lo prometo.
¿Quién creen que era la mujer que escribió el libro para Mu? Había dicho que tengo pensado hacer otro fanfic con el pasado de los dorados de este universo, así que ahí va a aparecer (aunque creo que es medio obvio e igualmente la van a nombrar).
¿Qué les parece que va a pasar ahora que Shion los descubrió?
Creo que eso es todo.
Como siempre les recuerdo que pueden seguirme en mis redes sociales.
Cuídense.
