Un día soleado de invierno en la Bahía de San Francisco significaba que la temperatura llegaría a quince grados y que podría bajar la capota del MG. El aire fresco le aclararía las ideas y Hermione necesitaba estar lúcida para hablarle a Ron con franqueza sobre su relación. Se sentía mareada porque la noche anterior había salido con Mary y se había excedido un poco con el vino, la cena y el postre.
Mannings, tras acordar que sólo tenía que trabajar hasta el viernes de la semana siguiente, le había dado tanto que hacer que se había visto obligada a anular el fin de semana anterior con Ron. No le importó demasiado; sabía que también necesitaba tiempo para entender el significado de sus sentimientos hacia Narcissa. Él había aceptado su llamada con una resignación apática y su aprobación la había perturbado aún más. Después de colgar, se dio cuenta de que él ni le había preguntado por qué estaba tan ocupada.
Cada vez que enviaba un plano del CAD a la impresora, mientras esperaba que la pantalla se volviera a componer, se pasaba unos minutos pensando intensamente en Narcissa, y también en el sexo, en Ron y en los compromisos. Había llegado a la conclusión de que cualquiera que se encerrara con una persona en una cabaña acabaría por pensar que esa persona le atraía. Todos teníamos impulsos sexuales. Sí, estaba casi segura de que esos momentos con Narcissa habían sido pura casualidad. Se habría sentido mejor de no haber sido por ese «casi». En todo caso, lo que pudo haber sentido por Narcissa o lo que podía sentir por otras mujeres en el futuro no tenía nada que ver con sus sentimientos hacia Ron. Ahora ya sabía con certeza que Ron no sabía valorarla y estaba segura de que sus sentimientos hacia él no eran tan intensos para durar toda la vida. El ejemplo de sus padres le había enseñado a no esperar menos. No tenía idea de lo que implicaba todo eso, pero lo que sí sabía era que había algo entre Ron y ella que tenía que cambiar. O bien la relación se fortalecía y consolidaba, lo que parecía poco probable, o se separaban del todo… y esa idea la asustaba.
Dedicó su energía a disfrutar de la belleza del día. La autopista Junípero Serra era una de las más hermosas de la región; hacía que la ida a San José fuera soportable. El dorado apagado de las colinas cubiertas de hierba y las hojas verdes grisáceas de los eucaliptos resplandecían bajo la luz brillante del sol. El cielo estaba dolorosamente azul, como los ojos de Narcissa. De pronto se preguntó qué haría Narcissa con esa luz y esos colores. Intentó enfadarse consigo misma por volver a pensar en un tema que había decidido dar por zanjado, pero su corazón no se lo permitió. Por lo tanto, se obligó a pensar en Ron.
¿Qué iba a decirle? Se reprendió al ver que perdía toda su determinación. ¿Quería o no acabar con él?
En definitiva, ¿qué quería?
Narcissa aparecía en sus pensamientos, «Así es como se lo hacen las mujeres…».
Paró en la tienda y compró refrescos y bollos. Se detuvo un momento delante de los condones y metió un paquete en la cesta a desgana. Reconoció que se estaba armando de valor ante la perspectiva de acostarse con Ron. A lo mejor si lo hacía las cosas se arreglaban y todo volvía a la normalidad.
Frente a los zumos se dio cuenta de lo que acababa de decirse: que se sentía anormal. Había distorsionado sus impulsos hasta tal punto que hacer el amor con Ron sin ganas le parecía normal, mientras que meterse tranquila y fácilmente en la cama de Narcissa le parecía mal.
Pagó y se sentó en el coche aturdida. De no haber sido por Narcissa, ¿cuándo se habría dado cuenta de sus inclinaciones sexuales? ¿Después de casarse? ¿Debía alegrarse de no haber llegado a eso? ¿De no tener que dejar a alguien porque básicamente se había equivocado de pareja? ¿Después de tener hijos? Hijos… sí, quería ser madre, una madre tan buena como la que tenía ella. El mundo necesitaba buenos padres.
Las distintas piezas de su vida empezaron a encajar y, al fin, surgió un conjunto que tenía sentido. Si quería hijos, debía tener relaciones sexuales con hombres; ésa había sido la falsa teoría que la había obligado a ignorar lo que podía haber pasado con Ginny y a mirar hacia Ron para su futuro.
Pasó media hora y después casi otra hora mientras asimilaba el secreto que acababa de descubrir. Le dio vueltas a la idea por todos los lados y siguió igual. Era una respuesta demasiado fácil, desconfiaba de ella. Pero tenía sentido. Explicaba las decisiones que había tomado de un modo que las demás no lo hacían. No se había trasladado a la otra punta del país por amor, sino para poder tener una familia. Idiota. Se sentía tan idiota. Recordó una valla publicitaria que había visto en San Francisco en la que se veían dos mujeres, una con la mano encima de la barriga hinchada de la otra, y decía algo sobre los valores de la familia. Le había parecido un anuncio típico de San Francisco, enrollado, pero por dentro se había sentido confusa y triste, y ahora sabía por qué.
Habían descubierto algo que ella ignoraba. Las lesbianas estaban en todas partes, mujeres con niños, bancos de esperma, anuncios para grupos de apoyo a padres y madres gays; lo había visto todo y sin embargo no se había dado cuenta de lo que podía significar para ella.
Pues bien, ahora ya lo sabía, y, desde luego, había tardado lo suyo en enterarse. Dejó la compra en el coche y entró al apartamento de Ron con una llave que ya había retirado del llavero. Él todavía no había llegado. Sólo tardaría unos minutos en recoger las cosas que había ido dejando en su casa y meterlas en unas bolsas de plástico. Al marcharse de Boston, habían tenido que amueblar las dos casas, por lo tanto ya se lo habían repartido todo. Ahora podía mirar hacia atrás y ver que aquello había sido el principio del fin.
Llevó las bolsas al coche y regresó al apartamento para esperar a Ron. Intentó pensar en lo que iba a decirle, pero no se le ocurrió nada brillante. Al oír la llave en la cerradura el corazón le dio un vuelco. La breve sonrisa desde el otro extremo de la habitación, la conmocionó. No había pensado en lo que sentiría al verlo. Se preguntó si alguna vez lo había amado profundamente. No, ya no necesitaba preguntárselo, sabía que no. Pero no había pensado que se sentiría así. Cuando Ron cruzó la habitación, Hermione se acordó de su risa contagiosa, y vio, una vez más, que era un hombre esbelto y atractivo con un estilo algo aburrido. Se acordó de los momentos buenos y divertidos, los museos que habían recorrido juntos, los picnics y las excursiones, los momentos de pasión en los que ella se había sentido satisfecha entre sus brazos.
Se obligó a pensar en Narcissa. «Así es como se lo hacen las mujeres…». El temblor en el estómago la obligó a ser objetiva respecto a lo que sentía por Ron. No quería hacerle daño, pero se había acabado.
—Hola, forastera. —La besó cariñosamente en la mejilla y tiró la cartera y las llaves en el sofá. Se apartó el pelo rojizo de los ojos. Ella abrió la boca para reprenderlo porque lo tenía demasiado largo, pero se contuvo. Vio que estaba pálido y parecía cansado; antes también lo reñía cuando no dormía lo suficiente o no comía bien—. ¿Cómo estás?
Una pregunta aparentemente sencilla. «Di algo —se dijo a sí misma—, estás atontada». —Muy rara— consiguió al fin articular. Abordar el tema con suavidad no iba a facilitarle las cosas a Ron. —Me han pasado muchas cosas.
Él asintió distraído, pero Hermione advirtió que evitaba su mirada a propósito. Por primera vez se le ocurrió que, quizá no era ella la única insatisfecha con la relación. Por un momento se sintió algo así como celosa y la traicionada.
—Tengo un trabajo nuevo.
Entonces sí que la miró.
—¿Ah, sí? ¿Qué ha pasado?
Se acomodó en el sofá, pero no se le veía relajado. Hermione se sentó en la butaca y se lo explicó brevemente. Ron la felicitó, aparentemente atento a lo que ella le contaba, aunque con la mirada en cualquier otra parte menos en ella. Cuando acabó su relato, él divagó un rato sobre su proyecto informático, pero de un modo deshilvanado, como si le costara concentrarse. Hablaba como si no quisiera explicar demasiado para que ella no se interesara demasiado, igual que ella. De pronto, Hermione pensó que ninguno de los dos iba a echar leña a un fuego que ambos sabían que estaba apagado. Se quedaron un momento en silencio y Hermione intentó luchar contra un incontenible sentimiento de tristeza que le atenazaba la boca del estómago. De pronto, Ron se incorporó y empezó a hablarle directamente a ella en lugar de hacerlo a la pared.
—He estado meditando. —Se apoyó lentamente sobre un codo en el brazo del sofá—. ¿Últimamente has pensado hacia dónde vamos? Me refiero a nosotros.
Un año atrás, Hermione, quizá, hubiera sospechado que Ron iniciaba una propuesta de matrimonio.
—Sí, lo he hecho. —Le contempló los dedos recordando su tacto cuando la tocaban. ¿Debía sentir asco? No lo sentía; sólo reconoció que él no la transportaba a las alturas que ahora sospechaba que existían—. Da la impresión de que ya no nos queda nada de… chispa —dijo al fin. Ron suspiró aliviado. Hermione pensó que tampoco era necesario ser tan sincero.
—Entiendo lo que quieres decir —repuso.
Ella enderezó la espalda y respiró hondo.
—No sigamos arrastrando esto, ¿de acuerdo? Asumo mi parte de responsabilidad.
Ron miró fijamente la mesilla y Hermione advirtió que las pestañas inferiores se le humedecían.
—Lo siento —dijo él.
Ella estiró las manos y cogió las de Ron.
—No lo sientas. Creo que podemos decir que es una decisión conjunta. Lo… lo había decidido antes de venir y ya he recogido mis cosas. También lo siento.
—¿Hay alguien más?
«Así es cómo se lo hacen las mujeres…». El corazón le dio un vuelco cuando respondió.
—Nadie en particular. Pero…
—Yo sí tengo a alguien. Me sabe mal… Salimos por primera vez el fin de semana pasado, sucedió algo y no podría mentirte. Vales demasiado y no puedo hacerte algo así. Pero no puedo… no puedo volver a estar contigo. Quiero estar con ella.
El arrepentimiento se abrió paso con fuerza. Hermione se dio cuenta de que él le contaba la verdad aunque no tuviera por qué hacerlo y se alegró de su sinceridad. Significaba que ella tenía que responderle del mismo modo.
—No te preocupes. Creo… —Hermione tragó saliva y prosiguió—. Creo que los dos sabíamos que se estaba acabando y eso nos abrió los ojos para ver nuevas posibilidades. Espero que ella te dé todo lo que necesitas.
—Yo también espero que encuentres la felicidad. —Le estrechó las manos.
Hermione se dio cuenta de que no estaba obligada a contarle que le gustaban las mujeres; podía desaparecer de su vida y él nunca lo sabría. Pero ¿y si enteraba después? ¿Pensaría alguna tontería, como que se había vuelto gay por su culpa? Y finalmente, era posible que no le importara lo que él supiera y lo que no supiera, pero sí le preocupaba cómo se sentía consigo misma. Él había sido honesto con ella. Además, si no podía decírselo a Ron, quizá tendría problemas para decírselo a los demás.
Ni se le ocurrió la posibilidad de no contárselo a nadie.
—Creo que hay algo que debo decirte. —Le soltó las manos y se reclinó en la butaca—. Quiero que sepas toda la verdad. Creo que… que prefiero a las mujeres. Creo que soy lesbiana.
Él la miró un buen rato como si no la hubiese entendido y apartó las manos. Parpadeó y sacudió la cabeza. Palideció y después la frente y las mejillas se le arrebolaron.
—¿Qué?
—Creo que soy lesbiana. —Lo repitió sin el menor temblor.
—¿Dices que crees que eres… que crees que te gusta acostarte con mujeres? ¿Lo has… lo has…? Ya sabes.
Ella sacudió la cabeza.
—No, pero he estado lo suficientemente cerca para darme cuenta de que no he sido consciente de unos sentimientos que siempre he tenido.
—¿Tan malo era yo en la cama? —Parecía perdido y dolido.
—No. Sabía que pensarías eso —repuso, en un tono cada vez más áspero—. No tiene nada que ver contigo. Tiene que ver con lo que siento.
Contigo me lo pasaba bien en la cama.
Era una mentira piadosa porque no siempre que él quería hacer el amor a ella le apetecía. Se prometió a sí misma que fingir pasión iría a parar al mismo sitio que los condones.
—Entonces, ¿por qué? No lo entiendo.
Ése era el Ron de los últimos tiempos. Hacía pucheros cada vez que estaba convencido de que ella se había portado mal con él. La última vez que habían ido al cine y ella le había sugerido que no se arruinaría si pagaba las entradas, había tenido exactamente la misma reacción. Pero, no, siempre pagaban a medias, había dicho él, eran una pareja que funcionaba en términos de igualdad.
—¿Y tú por qué te has enamorado de otra persona? ¿Por qué una persona prefiere hacer el amor así como lo hace? Hay miles de maneras de hacerlo, y miles de maneras que ni siquiera se me han pasado por la cabeza. Lo único que sé es que cuando busque a una persona para compartir mi vida buscaré a una mujer. —Le volvió a dar unas palmadas en las manos pero él las apartó—. Espero… espero que a pesar de esto me desees felicidad.
La boca de Ron se retorció y esbozó una mueca desagradable.
—Espero que entres en razón.
—No seas imbécil —repuso ella con aspereza—. Yo sí que deseo que seas feliz.
—Lo seré. Al fin y al cabo, lo mío es normal.
Hermione abrió la boca para replicar, pero volvió a cerrarla enseguida. No sabía qué decir. No estaba preparada para defender las virtudes de un estilo de vida que ni siquiera conocía. Le Lanzó "La Mirada", de momento era lo mejor que podía hacer. La nuez de Adán de Ron subió y bajó
—No nos vamos a pelear por eso. Hermione suspiró.
—Quiero que sepas que no te dejo por otra mujer. Los dos lo dejamos. Y el que está con otra eres tú.
Se quedó mirándola con dureza durante un rato, y al fin dijo:
—Entonces, ha llegado el momento de decirnos adiós.
A Hermione, su propio adiós se le atragantó en la garganta, lastimándola.
Salió de la autopista en Palo Alto, bajó la capota y volvió a casa por el camino más largo. La puesta de sol en grana y bronce sobre los acantilados de Pacifica auguraban que al día siguiente el cielo estaría despejado.
La luz en la cabaña era deficiente, hacía frío, se tardaba demasiado en ir al pueblo para hacer la compra. El disolvente para limpiar los pinceles dejaba un olor desagradable por toda la casa, sobre todo en la buhardilla.
Alimentar las estufas era agotador. Había intentado hacer galletas pero se le habían quemado tanto que hasta había tenido que tirar las fuentes. Incluso le había escrito a sus padres, aunque no les dijo gran cosa a excepción de la altura de la nieve y que sola estaba bien. Sus padres habían expresado claramente que desaprobaban a Amelia, pero, al contrario que los padres de ésta, no le habían dicho que para ellos estaba muerta; simplemente no podían verla a menos que se reformara. Cuando escribió para comunicarles la muerte de Amelia, su madre le respondió con un himno religioso de la hermandad perfectamente copiado, acompañado de un amable pésame. Hasta le dijo que comprendía su dolor. A partir de entonces, escribirse con sus padres le resultaba más fácil. No se exigían nada. Después de todos aquellos años de frialdad, pudo desearles una feliz Navidad.
El día de Navidad lo pasó mortalmente aburrida y echó de menos el bullicio de una gran comida y alguien con quien compartirla. Los días en los que era sincera consigo misma reconocía que echaba de menos a Hermione. Por primera vez desde la muerte de Amelia, Narcissa se sentía encerrada en la cabaña, encerrada e irritable. Hasta el ruido metálico del collar de Butch la ponía nerviosa.
Dejó los troncos de leña junto a la cocina de leña con gesto cansado. Su mirada apática divisó el teléfono. Buscó impulsivamente el número de Minerva y lo marcó sin pensárselo dos veces.
—La casa está perfecta —le dijo Minerva con tono tranquilizador—. El servicio de mantenimiento de casas se ha portado muy bien. No han robado nada. Por mi parte, no he tocado el jardín como me dijiste, pero, en serio, creo que tienes que hacer algo antes de la primavera. Andrómeda conoce a un jardinero fantástico.
Minerva tenía una voz arrulladora y sensual, de la que no era en absoluto consciente. Más de una mujer había disfrutado escuchándola, incluida Narcissa.
—Creo que voy a volver pronto —dijo Narcissa—. Quiero volver, será una buena terapia.
—Estoy de acuerdo y tengo muchas ganas de verte. Andy y yo hemos estado muy preocupadas.
—Estoy mejor. Todavía me siento… no estoy del todo recuperada. Pero, bueno, de todos modos, voy a volver. Vuelvo a casa.
—Me muero de ganas de verte, Narcissa. Llámame en cuanto llegues. Me apetece muchísimo.
Minerva suspiró con fuerza por el teléfono. Lo hizo con una sinceridad tan inocente que Narcissa sonrió. Se había pasado dos años alejada de sus amigas. ¿Por qué se había apartado de las personas que Amelia y ella querían?
La perspectiva de volver a su tarde solitaria la obligó a buscar otro tema de conversación.
—¿Qué tal estuvo el baile del sida?
—No fui, pero me han dicho que estuvo muy bien —respondió.
Le resumió cuánto se había ganado y cuánto se había gastado. Soltó nombres y noticias de diferentes secciones: recaudación de pasta gansa, gente nueva del ambiente, lesbianas importantes, amigas íntimas de lesbianas importantes y primas donas. Minerva era voluntaria el ciento por ciento del tiempo que no pasaba en su trabajo de gerenta intermedia de una gran compañía de seguros. Se sabía al dedillo los nombres de centenares de personas que recaudaban dinero para el sida, el cáncer de pecho, la violencia doméstica, el teatro experimental y proyectos artísticos de lesbianas y gays. Narcissa se había hecho amiga de Minerva después de que ésta la convenciera de formar parte del jurado en una exposición de arte lésbico.
—Así que si vuelves cuento contigo, ¿de acuerdo?
—Perdona, pero ¿dónde dices que es?
—No has escuchado nada, ¿verdad? Te estoy hablando de la cena de la Fundación Antisida.
—¿Sólo hay eso? —Narcissa sonrió para sus adentros.
—Claro que no. Te invitaré por lo menos a un acontecimiento al mes. Hay que volver a ponerte en circulación.
—No sé si quiero volver a la circulación —repuso Narcissa. Le costaría ir a cenas y bailes sola. Tampoco sabía qué representaba Luna en su vida.
—Claro que lo sabes —chasqueó Minerva—. Me encargaré de presentarte amigas divertidas para conversar y, si quieres algo más que conversar, tendrás que apañártelas sola.
El tono de Minerva se volvió claramente provocador. Narcissa entornó los ojos.
—Para eso no estoy en circulación en absoluto. Todavía no.
—No puedes pasarte toda la vida viviendo como una monja.
—Por lo que sé, hay monjas de lo más cachondas que no se privan de nada. A ver… ¿quién fue la que me lo dijo? —se preguntó en tono imperturbable.
Minerva rio con malicia.
—Bueno, creo que sé un par de cosas sobre monjas y sexo, teniendo en cuenta que llevo seis años presenciando los éxtasis de Andrómeda.
Al colgar, una hora después, Minerva había conseguido que se comprometiese a asistir a varios acontecimientos y le había arrancado la firme promesa de que iría a cenar a su casa para que Andrómeda pudiera prepararle sus últimas recetas.
Chasqueó los dedos y Butch abandonó su lugar junto a la estufa para acariciar las piernas de Narcissa con el hocico.
—¿Quieres volver a casa, muchacha?
A Butch se le iluminaron los ojos y el movimiento de su rabo dibujó un sí en el aire.
—¿Sí? Pues yo también.
