Habían pasado tres días desde que Mai había recuperado su libertad y había conocido a los Piratas del Corazón.

A pesar de haber aceptado su propuesta de no unirse aún a su tripulación, los chicos y el oso le habían negado el irse del submarino hasta que sus heridas sanaran por completo. Al día siguiente de su despertar habían llegado a una isla donde la joven pudo abastecerse de lo necesario como ropa, artículos de aseo femeninos y pequeñas cosas que iba a necesitar.

Aquellos días en el submarino habían resultado ser un soplo de aire fresco en la ya oscurecida vida de la pelirroja, y la compañía había logrado borrar la sombra de su semblante y devolver la perdida sonrisa a los labios de la joven. Shachi y Penguin eran dos jóvenes revoltosos y graciosos. Las horas que pasaba con ellos se basaban en risas, juegos, charlas amenas e innumerables intentos de coqueteo fallidos por parte de los hombres. Su compañía le recordaba a cuando todavía era una inocente niña y jugaba con sus hermanos sin preocupaciones. Al contrario, el adorable oso era la dulzura personificada. Mai, decidiendo ayudar en todo lo que pudiera para pagarles la generosidad, acompañó a Bepo en la sala de navegación y le ayudó en todo lo que el animal necesitara. A medida que el oso se acostumbraba a su compañía los sonrojos fueron disminuyendo y las conversaciones se fueron extendiendo, pero aun así la mujer no consiguió que dejara de disculparse en cada intervención. Las horas junto a Bepo resultaban tranquilas, contrarrestado las pasadas con los dos jóvenes enamoradizos.

Y, por último, estaban aquellos escasos ratos que pasaba con el capitán de la tripulación. Law no solía andar mucho por el submarino, como pudo apreciar la joven, sino que se quedaba encerrado en su camarote o en la enfermería. En esos momentos Mai no sabía con exactitud qué podía hacer el hombre durante tantas horas allí dentro, pero a pesar de su curiosidad le parecía inadecuado preguntar. Ella no era quién para inmiscuirse. Pero había ciertos momentos en los que el capitán de los Heart Pirates salía de su guarida y pasaba el rato con su tripulación e invitada. Trafalgar era un persona muy seria, pocas o escasas veces le había visto sonreir y mucho menos reírse, a pesar de su aparente juventud, y a pesar de ello Mai disfrutaba su compañía. Le resultaba placentera, tranquilizante, e incluso reflexiva. La joven se sentía cómoda al lado del moreno a pesar del aura terrorifica que este parecía irradiar de forma inconsciente.

Poco a poco la mujer fue recuperándose de sus heridas y al cuarto día supo que su próxima parada sería el momento de abandonar a aquella tripulación.

Mai descansaba rendida en la cama. Durante aquel tiempo le habían cedido la habitación en la que despertó el primer día, y en su soledad podía reflexionar sobre todo lo que iba a acontecer en su vida.

Por fin era libre, pero ¿qué debía hacer ahora?

Muchas opciones se mostraban en su mente, cada cual más o menos inverosímil, pero solo había tres que consideraba las más acertadas. La primera, y menos probable, consistía en hablar con Trafalgar Law y aceptar unirse de inmediato a su tripulación. A pesar de la emoción que esta opción le hacía sentir, sabía que debía pasar a la clandestinidad por un tiempo para evitar ser descubierta por aquel demonio que la aterraba y unirse a una creciente y prometedora tripulación pirata no era la definición que ella tenia de pasar desapercibido. La segunda opción era un estúpido y suicida plan de venganza. Podría, dejandose llevar por la ira, el rencor y la vergüenza, ir en busca del hombre que había destrozado su vida y matarlo. A pesar de que su corazón, sediento de venganza, buscaba la sangre de ese demonio, su cabeza sabía que era algo imposible para ella. A pesar de odiar aquello, sabía que era cierto. Y por último, la tercera opción consistía en volver a casa. De las tres era la más acertada. Sabía que su hermano pequeño la recibiría con los brazos abiertos y su hermosa sonrisa en su juguetón rostro y el sólo pensarlo hacía que su corazón se encogiera.

Abrumada por la densidad del ambiente, causada por sus pensamientos, la mujer decidió que lo mejor sería salir de la habitación y tomar algo de aire. O bueno, todo el aire que se podía tomar en un submarino bajo el agua.

Sigilosa como una sombra, Mai caminaba por los laberínticos pasillos apenas iluminados. Ya era de noche y la calma reinaba en el lugar. Sin tomar un rumbo en concreto la pelirroja se dejó llevar por los pasillos apenas haciendo ruido, solo el leve y amortiguado sonido de sus pies descalzos contra el suelo de metal.

A pesar de ser de noche no hacía frio. El calor era algo permanente en aquel submarino, para desgracia de Bepo.

Después de un tiempo no supo con exactitud cuánto había andado, ni tampoco donde se encontraba. Los pasillos y corredores le parecían todos demasiado parecidos y todavía no había encontrado la forma de orientarse entre ellos. Gruñendo por su despiste se dispuso a encontrar a alguien que la ayudara.

Le costó un buen rato, pero tras muchas maldiciones y suspiros cansados al fin la joven apreció el resquicio de luz por debajo de una puerta. Sin dudarlo si quiera, Mai abrió la puerta y se encontró frente a ella lo que su intuición supuso era la enfermería.

La habitación era grande, casi como un dormitorio, y toda ella era blanca y metálica. Una gran estantería llena de libros, seguramente de medicina, ocupaba gran parte de la pared del fondo. A su lado había varios armarios altos con puertas de cristal que mostraban varios tarros con liquidos y utensilios que ella no sabía para qué servían, y frente a ella había un sencillo escritorio de madera lleno de montones de papeles.

Curiosa se internó más en la habitación.

A su derecha tres camillas básicas eran separadas por dos biombos de tela blanca parecidos a los que suele haber en los hospitales. No había ni rastro de suciedad en toda la sala y el olor a desinfectante era intenso pero soportable.

La habitación estaba vacía por lo que Mai se concedió el capricho de curiosear un poco. Con lentitud admiró fascinada todos los títulos de los libros que componían la estantería para luego pasar a mirar lo que contenían los botes del armario de cristal. Había pequeños animales, plantas, e incluso creyó distinguir algún que otro trozo de un cuerpo humano, para su consternación.

Ajena a todo no se percató de la llegada del ocupante de la habitación.

Una figura observaba, apoyada en el marco de la puerta, como la pelirroja cotilleaba su territorio de forma poco escrupulosa. Law era un hombre muy receloso de su intimidad, y siempre había detestado cuando las personas se entrometían en sus asuntos o en su habitación. Siempre cuestionaba a aquellos que invadían su privacidad, por ello se extrañó al no sentir esa burbujeante necesidad al ver a la mujer mirar sus cosas. Tras unos segundos de reflexión, llegó a la conclusión de que como la pelirroja lo hacía con tanto cuidado y sin tocar nada no era exactamente un intrusión a fondo.

–Deberías estar durmiendo– fue plenamente consciente de como la mujer saltó levemente al escuchar su voz. La había pillado por sorpresa. Se giró para mirarle y una pequeña sonrisa adornaba su pecoso rostro.

–No podía dormir– fue su obvia y simple contestación.

–¿Y eso te ha llevado a husmear mis cosas?– inquirió, sin en verdad estar molesto, simplemente curioso.

–No exactamente. Decidí dar una vuelta y me perdí– confesó encogiendose de hombros. –Deberia poner indicaciones en su submarino, capitán.

Law no necesitaba ser un genio para captar el tono bromista en su voz.

–Supongo que tendremos que arreglar eso para cuando decidas unirte a nosotros– y Mai no necesitó ser una genia para captar el mensaje.

Había pactado con Trafalgar Law y su tripulación que se uniría a ellos, pero en un tiempo más adelante. Ellos habían respetado su decisión, y ella se lo agradecía enormemente. Pero aún así sentía que no estaba haciendo del todo bien. El pensamiento de regresar al mar, la libertad de la piratería, el formar parte de algo tan salvaje hacía que la adrenalina bullera impaciente en su sangre.

La sonrisa en sus labios se tornó en una mueca melancólica.

–¿Sabes Trafalgar? Antes de esto, del laboratorio, de mi amo, yo también fui una pirata– se alejó de la estantería llena de frascos y se recostó contra la mesa del moreno. Law no pudo más que sorprenderse, a pesar de no demostrarlo.

–¿Formabas parte de una tripulación? – indagó, deseando saber más de eso. Jamás hubiera dicho que la joven frente a él fue una mujer de mar. Los ojos escarlatas de la pelirroja volaron vagos hasta la pequeña y redonda ventana, quedandose así fijos en la inmensidad del océano.

–Fui la capitana de una tripulación.

El repiqueteo del motor se oía como un ronroneo lejano pero presente.

–¿Qué ocurrió con ellos? –el instinto infalible de Law le decía que esa historia no terminaba bien, pero aún así preguntó.

–Mi amo los mató.

Sin duda, la conversación estaba tomando matices cada vez más oscuros. El moreno no contestó, simplemente se le quedó mirando con analítica atención, como hacía con todo el mundo. Ella, a su vez, despegó al fin la mirada del mar y la centró en él.

–¿Por eso no deseas quedarte? ¿Temes que es pronto para unirte a otra tripulación?

Ella negó.

–Lo mejor para mí ahora es esconderme por un tiempo. Desaparecer. Pero, aún así, no me veo capaz de abandonar el mar ahora que soy libre y he vuelto a él.

Law entendía ese sentimiento. Esa pertenencia al mar, el adictivo de su vaivén, la esencia a sal, lo inesperado del momento, el abandono al ingobernable océano. Era una sensación tan particular, tan atractiva. Cuando el mar te había terminado de seducir, ya nada podía sacarte de ahí.

–¿Estás segura entonces de tu decisión? –interrogó. La mujer se quedó pensativa unos momentos, como recapacitando sobre sus decisiones, o convenciendose de la que creía correcta.

–Sí. Partiré al East Blue en cuanto desembarquemos en la próxima isla– dijo con convicción. La seguridad brillaba en su mirada.

A pesar de eso, el moreno pudo sentir como el rostro de ella la traicionaba. Todo su ser parecía gritar al son del mar, sin embargo ella sometía esa revolución por miedo. Miedo a ser encontrada. Miedo a su amo.

Law no sabía quién era ese sujeto, pero su aversión por él sólo iba en aumento.

Aún así, y más tras la confesión sobre la muerte de su tripulación, entendía su postura. Él siempre había tratado de mostrarse como un hombre inapelable, sin sentimientos, pero sabía que esa fachada caería al verse su fiel tripulación comprometida.

De esa forma, no pudo más que asentir.

–Entonces lo mejor será que duermas esta noche. Mañana avistaremos tierra.

Mai no dijo nada más, al igual que él, pero la simple mirada que compartieron bastó para comprender lo que decían sus pensamientos.

Tras aquella conversación, la mujer descansó en paz. Sin embargo, la mañana siguiente no fue tan placentera para la tripulación.

Como bien había informado Law, antes del mediodía una isla entró en el radar. Penguin, Shachi y Bepo no se despegaron de la mujer hasta que el submarino se halló atracado en el puerto.

Allí, en cubierta, Mai admiraba como los cuatro Heart Pirates se despedían de ella, unos más estoicos que otros. No pudo más que sonreír con tristeza.

–Gracias, por lo que habéis hecho por mi. Os debo la vida.

Los dos hombres y el oso hicieron el burdo intento de esconder las lágrimas. Aunque no se mostrara tan expresiva como ellos, y a pesar de haber estado tan poco tiempo con ellos, Mai también sintió pena al separarse de aquellos extraños personajes que tan feliz la habían hecho los últimos días.

Un par de pasos por delante de su tripulación, Trafalgar Law se subió el gorro para dejar a la vista sus ojos.

–¿Estás segura de que no quieres quedarte?

Ella asintió.

–Nos veremos muy pronto, capitán.

Él esbozó una ligera sonrisa.

Así, la mujer saltó hasta el muelle y, con paso seguro, dejó atrás una etapa para empezar una nueva plagada de aventuras.