VIII.
—¿Por eso estás así? ¿Ya sabes sobre la magia?
La pregunta de Diana la desconcertó tanto como la lechuza que tan solo una semana atrás había aparecido frente a su ventana. Audrey tuvo la vertiginosa sensación de que desconocía el mundo que la rodeaba y, probablemente percatándose de lo aturdida que debía sentirse, su amiga le quitó el libro que todavía sostenía contra su pecho y se sentó a su lado en el sofá.
—Me di cuenta de que Weasley era un mago en cuanto lo vi —le explicó. Hablaba con lentitud, porque probablemente sería un impacto para Audrey descubrir que ella también le había ocultado información acerca de sí misma—. Si te habló sobre el Estatuto del Secreto, ya sabes que yo tampoco podía decírtelo.
—¿Eres una bruja?
—No, soy una squib.
La razón de que Audrey nunca hubiera indagado acerca de su pasado era porque estaba al tanto de lo doloroso que le resultaba rememorarlo. Los padres biológicos de Diana la habían abandonado cuando era pequeña y, hasta que el matrimonio Miller la adoptó, vivió durante algunos años en un orfanato. «Mi papá también nos dejó», le había confesado Audrey a su vez, cuando finalmente compartió su historia con ella. «Bebía demasiado y mamá lo echó de casa. No volvimos a verlo». Relatar sus respectivas experiencias había contribuido a que fortalecieran su amistad, aunque no estaba enterada de que los padres de Diana eran magos que, al descubrir que su hija no tenía ningún tipo de habilidad mágica, decidieron que viviera en el mundo muggle. Sin ellos. Estaba tan indignada que ni siquiera se molestó ante el hecho de que se lo hubiera ocultado por tanto tiempo.
Tampoco estaba molesta con Percy, solo genuinamente confundida. Tenía que admitir que desde el momento que lo conoció su vida cambió de muchas maneras, incluso cuando todavía ignoraba su secreto. Hasta entonces no había mantenido una relación con un hombre que durara más que un par de meses, ya que ella misma se encargaba de terminarlas antes de que se convirtieran en un asunto serio. Su prioridad era finalizar sus estudios y, además, consideraba que todavía era joven como para involucrarse sentimentalmente con nadie. Su madre no era de la misma opinión y se lo había hecho saber. También sostenía que desde que estaba con Percy parecía más "organizada", aunque Audrey no estaba segura de a qué se refería con exactitud y tampoco se lo preguntó.
Nunca se había encontrado en una situación como la que estaba atravesando ahora, pero después de quedarse a solas con sus pensamientos por unos días, ya tenía las ideas más claras. Irónicamente, aunque Diana renegaba del mundo mágico, era la única persona que podía comprenderlo y explicarle cómo funcionaba, así que esa tarde decidió llamarla.
—Si los magos necesitan comunicarse —le dijo Audrey mientras jugaba con el cable del teléfono, inquieta—, ¿dónde consiguen las lechuzas?
—Puedo escribirle si quieres hablar con él.
No estaba segura de cuánto demoraría su respuesta ni en qué forma llegaría. Evidentemente un teléfono hubiera sido un medio de comunicación más rápido y efectivo, pero Percy nunca había tenido uno y ahora comprendía el motivo: donde vivía no utilizaba electricidad porque podía prescindir de ella. Audrey no tuvo más remedio que esperar.
Una hora después tocaron a la puerta y se apresuró a abrirla. Percy vestía su traje habitual, pero parecía ligeramente agitado y tenía una barba incipiente, como si no se hubiera afeitado en varios días. Aquello la sorprendió, porque contrastaba con su aspecto siempre impecable, sin una sola arruga en la camisa y los zapatos lustrados.
Después de saludarse, ambos levemente incómodos, Audrey se hizo a un lado para dejarlo pasar. Una vez que estuvieron el uno frente al otro, él comenzó a hablar con el tono que utilizaba cuando daba alguno de sus discursos, a los que ella ya se había acostumbrado. Lo conocía tan bien que sabía que debía haber planificado con antelación qué decirle, procurando elegir cuidadosamente sus palabras.
—Audrey, espero que durante este tiempo hayas podido reflexionar sobre todo lo que te expliqué…
—Te extraño —le interrumpió Audrey de pronto. A diferencia de Percy, dijo lo primero que se le vino a la cabeza, directa y espontáneamente. Él parecía asombrado—. Incluso cuando te quejas del desorden o del ruido o de que fumo a escondidas…
—Porque es un hábito pernicioso.
—O cuando usas palabras como "pernicioso". Solo tú hablas así.
Percy entonces esbozó una sonrisa, porque estaba implícito que aceptaba su condición mágica, o de lo contrario no se habría puesto en contacto con él. Hizo amago de acercarse, pero ella lo detuvo posando una mano sobre su pecho.
—Todavía hay cosas que quiero saber —declaró, alzando las cejas—. ¿Cuál es tu trabajo real?
—Trabajo en el Ministerio de la Magia, en una de las oficinas del Departamento de Transporte Mágico.
—Al menos sí trabajas en una oficina.
Audrey sonrió y entonces, como solía hacer cada vez que él regresaba del trabajo, empezó a quitarle la corbata.
Sí, el final es un paralelismo con la viñeta anterior. La verdad disfruto mucho escribir de esta pareja.
