En un lugar, más allá de King's Cross, se reúnen los magos que han dado el paso. Cada cierto tiempo, no tienen claro cuánto porque allí no existen los días y mucho menos las semanas o los meses, a algunos se les concede la gracia de mirar por las ventanas. Las llaman así porque son huecos que permiten mirar fuera, permiten ver a los seres queridos que siguen con su vida en la Tierra.

En una ocasión, dos hombres son llamados a compartir la misma ventana. Al descubrirlo, se miran fatal. Recuerdan haber sido enemigos en vida, no entienden porqué les han llamado a la misma ventana. Al iluminarse, allí está: una gran mesa, que uno de ellos reconoce de su propia casa, con una numerosa familia sentada a comer.

Parece una celebración. Atónitos, observan la mezcla de cabelleras rubias y morenas, con alguna pelirroja intercalada. Se aprecian al menos tres generaciones de ojos grises, verdes y castaños.

Entonces, los enemigos se sobresaltan a la vez: han descubierto a la pareja sentada a la cabecera de la mesa. Están atónitos, nunca desde que están ahí las ventanas les han mostrado a la pareja, ahora ya claramente en sus setenta al menos.

Tomados de la mano, con idénticas sonrisas de felicidad, el Héroe del Mundo Mágico y uno de los últimos magos completamente sangrepura, contemplan a su familia, a sus descendientes, ríen de sus ocurrencias, hablan con todos sin dejar de sonreír.

Y en un momento dado, para total espanto de sus padres, se besan mientras su familia corea un "Feliz 50 aniversario" y aplauden.