Capítulo 7
—Lo lamento mucho. —Sakura se volvió hacia el conde de Surrey—. Me temo que no lo vi. Si pudiera compensaros con algo. Yo misma me encargaré de sus ropas...
—No hace falta. Quizá la culpa fue mía —contestó el hombre, soltando la piedra y sacudiéndose las manos—. Haruno —repitió, pensativo—. Me suena ese nombre.
Sasuke Uchiha se tensó. No era ningún tonto. Había visto cómo la joven chocaba a propósito con el hombre. Lo había visto él, y todos los que se encontraban observando a la arrebatadora dama que los encandilaba, balanceando el trasero mientras se ocultaba de alguien tras el puesto de frutas. Y si hubiera sido cualquier otro con el que tropezara, posiblemente no hubiera llegado a relacionar nada; sin embargo, ese Haruno que había repetido Namikaze le había recordado las acusaciones que se vertieron contra él cuando asediaron al clan de la joven.
—Soy Sakura, hija del señor de Haruno —se presentó ella con un gracioso mohín dirigido al conde.
—Es un gusto conoceros, milady. Siempre es un honor ser asaltado por tan bella damisela. —El hombre recorrió su mirada sobre ella con admiración, a pesar de que tenía el vestido chorreando y pegado a sus piernas.
—Será mejor que os acompañe a vuestros aposentos para que podáis cambiaros —dijo Sasuke, tomándola con suavidad pero con firmeza del codo. Ella se volvió hacia él, fulminándolo con la vista—. Insisto —murmuró con tanta rotundidad que no admitió réplicas.
—Espero que volvamos a vernos pronto —se despidió el Conde con una sonrisa que pretendió ser seductora pero que no llegó hasta sus fríos ojos cuando cruzó una mirada con Uchiha.
—Sí, yo también lo espero —añadió ella con amabilidad.
Caminaron en silencio hasta el vestíbulo, aunque con bastante dificultad a causa de los pies totalmente embarrados de Sakura, que la hacían resbalar continuamente. De no ser por el fuerte brazo de Uchiha, hubiera caído desparramada mucho antes de llegar. Una vez allí, Sakura se desasió de la mano que aún la sostenía.
—¿Siempre tenéis la costumbre de arrastrar a las mujeres de un lado a otro? —le enfrentó, con las manos en las caderas. Menos mal que no era consciente del aspecto que presentaba; de haberlo sido, hubiera salido corriendo a su dormitorio en menos que canta un gallo.
El hombre se hallaba serio, sus gestos firmes e inamovibles como una estatua romana.
—Sé lo que pretendéis, Sakura. Soy guardián, ¿lo habéis olvidado?
Ella arqueó las cejas, extrañada.
—¿Y qué pensáis que pretendo? Sólo fue un accidente.
—Una grandiosa casualidad. Tropezar con la persona que piensa que asesinó a su familia, ¿verdad? ¿Cuánto tiempo tuvisteis que esperar tras ese puesto para lanzaros sobre él?
Los ojos de Sakura brillaron, furiosos, y sus iris verdes se volvieron de hielo. No pudo controlar el impulso y la palma de su mano golpeó con fuerza el rostro de Uchiha. Se arrepintió en el mismo momento que vio su dura mirada, y con temor se alejó unos pasos de él.
—¿Y a vos qué os importa? —se atrevió a gritarle, enojada, sin hacer caso de los locos latidos de su corazón.
Sasuke no se había movido del sitio, y en su mejilla comenzó a aparecer una marca rosácea.
—Cuando alguien atenta contra la vida de alguno de los nuestros, me importa.
—¡Él no es de los nuestros! —rugió Sakura, agitada. Se acercó de nuevo al hombre y con los pequeños puños le agarró de la parte superior del plaid. Sus ojos se habían anegado en lágrimas—. Mató a mi padre —sollozó.
Sasuke tragó con dificultad. Los sentimientos que la joven dejaba traslucir lo conmovieron como nada lo había hecho nunca. Podía entenderla. Sabía lo que era necesitar vengarse de aquél que se lo había arrebatado todo, pero no había pruebas. No podía permitirle que atentara contra el conde.
Cuando Sakura rompió a llorar no le importó que aquel gigante la abrazara, consolándola, ni que acariciara su cabeza con suavidad. Tan sólo necesitaba un apoyo, un sitio donde poder liberar lo que su alma escondía, un hombro sobre el que llorar.
—Olvidaos del tema —dijo por fin Sasuke, sintiéndola temblar entre sus brazos—, debéis continuar con vuestra vida.
Ella levantó la vista, mirándole entre lágrimas.
—No me pidáis eso, por favor —rogó con un sollozo—. Tengo que hacer que él pague por todo...
Sasuke la besó. No pensaba hacerlo; de hecho, ni se le había pasado por la cabeza hacerlo en aquel momento. No obstante, ella enmudeció de repente. Sakura apenas movía los labios y su lengua le rehuía con timidez, sin embargo no se apartó. El hombre se apoderó de sus labios, blandos y suaves, y cuando su lengua acarició el cálido aliento, la aplastó más contra él, saboreando con ansia su interior. Sintiendo la delgada espalda entre sus brazos, el cuerpo femenino se adaptó con exactitud a cada una de sus curvas como si perteneciera desde siempre a ese lugar: a sus brazos... Sasuke apartó los labios de ella, súbitamente asustado por su descubrimiento.
El beso terminó con demasiada prontitud, y Sakura pestañeó con fuerza sin poder apartar la vista de aquellos hermosos labios que se habían atrevido a explorar su boca. Deseó que volviera a hacerlo, aun así se apartó, limpiándose con el dorso de la mano.
—No debisteis hacer eso —le increpó con voz temblorosa. Su ira había desaparecido como por arte de magia. Los ojos negros la hechizaban con un oscuro sortilegio, incapaz de apartar la mirada de ellos.
Sasuke asintió sin decir palabra. No estaba arrepentido de haber probado aquellos labios, ni de haber olido la suave fragancia que desprendía la gruesa y larga trenza de tonos rosados. Ojalá no tuviera que arrepentirse de los nuevos sentimientos que se iban despertando en él.
—No volváis a atentar contra nadie si no queréis ser castigada. Prometedlo.
—No puedo hacerlo. Si pensáis que debo ser encerrada en las mazmorras, ¡adelante! —Ella levantó el mentón, orgullosa—. Mientras ese hombre viva, yo iré tras él. —Se recogió las faldas para marcharse, y pronto se dio cuenta de que el gigante salía con paso firme hacia el exterior.
Sasuke Uchiha fue a reunirse con los guerreros, sin dejar de pensar en ningún momento en la terca muchacha. La mantendría vigilada mientras estuvieran en Carrick, una vez que llegaran a sus tierras le ofrecería su ayuda. No iba a matar al hombre, ni mucho menos. Sasuke no era ningún asesino. Si tan sólo tuviera una prueba... Aunque después de lo que pasara durante esos meses, Namikaze decidiría en qué bando quedarse. Si elegía a Eduardo... entonces no sería asesinato. Pero esos pensamientos tampoco podía revelárselos a la joven. La muy estúpida pondría en pondría en peligro a toda Escocia si conociera los planes.
Quizá ella tenía razón y debía encerrarla en las mazmorras.
Sonrió cuando ese pensamiento cruzó por su cabeza. La imaginó con una suave camisola adhiriéndose a su cuerpo. Con los brazos en alto y los grilletes, que colgaban del techo de piedra, alrededor de sus muñecas. Con las piernas ligeramente abiertas, los labios húmedos, los pechos...
—¡Muchacho! —Lo llamó Asuma por dos veces—. ¿Qué ves en la mesa que te parece tan hermoso? O puede que tus pensamientos estén con la bella pelirosa de Haruno.
Los ojos de Sasuke brillaron ardientes por unos segundos, y despejó sus pensamientos como quien aparta una mosca con la mano.
—Vamos a desafiar a alguien —respondió Sasuke con una amplia sonrisa hacia su amigo, señalando los juegos. Se tomó una jarra de cerveza en apenas tres tragos y después la golpeó sobre la mesa.
—Sí, participemos —asintió Asuma Sarutobi, mirando al resto de los guerreros—. Vamos, acabaré con todos vosotros.
Se armó un gran revuelo cuando los Guardianes y sus hombres se acercaron al campo de juego.
Varios vasallos corrieron de un lado a otro del campo, en busca de las armas que los guerreros iban a utilizar.
Todos los ojos se clavaron en ellos, observando cómo limpiaban sus dagas y las cambiaban de una mano a otra, en rápidos movimientos.
Uchiha sintió un extraño calor y, cuando alzó la vista hacia las gradas, descubrió a lady Haruno junto con Konan y Yahico. La joven lo miraba con intensidad, sin embargo no le devolvió la sonrisa. Se había cambiado de ropa con rapidez y nadie parecía haberse dado cuenta de lo ocurrido. Todavía.
—Creo que le gustáis mucho, Sakura —susurró Konan a su lado—. Apuesto a que si gana, os pedirá una prenda como regalo.
—¿Y si no se la doy? —contestó, frunciendo los labios.
—Os pedirá un beso.
Sakura dio un ligero respingo, y Konan le entregó un suave pañuelo de seda.
—¡Pero es vuestro! —le dijo Sakura, acariciando la prenda.
—Ahora no. Os lo regalo.
Sakura asintió, buscando al gigante con la vista y lo encontró mirándola. Escondió con velocidad el pañuelo tras la espalda, pero él ya lo había visto y su hermosa boca pintó una amplia sonrisa divertida al tiempo que asentía con la cabeza.
—Va a ganar —susurró Sakura con las mejillas encarnadas.
