Aioros lo sabía, sabía que era un pecado, era algo delaznable y aborrecible, digno de arder en el eterno e implacable infierno...

Lo sabía y aún así no podía parar, no podía rechazarlo, no podía dejar de besarlo, no podía dejarlo..

Su calor era como una droga, tan dañino pero a la vez tan dulce e imprescindible, no podía respirar sin un beso suyo, la sola idea de alejarlo de él le causaba escalofríos...

Deseaba que fuese un simple capricho, mero deseo carnal o vínculo fraternal, pero desgraciadamente sus sentimientos lo traicionaron...

No sabía cuando sucedió, pero sucedió.

Se enamoró de Aioria, su propio hermano...

Athena era la única consciente de aquellos sucios sentimientos que Sagitario comprendía hacia su único familiar vivo, le dejó en claro que era verdadero amor, que el amor no es pecado...

Pero Aioros no lo sentía así...

Se sentía sucio, depravado, la peor escoria que hubiese pisado la tierra, eso era lo que su mente le gritaba, lo que su moral le repetía...

Y aún así no podía evitar amar a su hermanito, no podía detener a su acelerado corazón cuando este lo tocaba, no podía evitar enfurecerse ante la sola idea de que alguien se lo quite, no podía impedir que el anhelo de lo prohibido se colase en su mente y alma...

Se colaba el deseo de lo que no podía tener y aún así lo quería...

Aioria era lo inalcanzable, su cuerpo era su tentación y sus labios la fruta prohibida, el fruto de sus más secretas fantasías y aquello capaz de llevarlo a la locura..

Y posteriormente, perdió contra la pasión que despertaba en él el menor, su corazón venció a su voluntad... No pudo más.

Acabó tomando a Aioria, probó la fruta prohibida, cayó en la tentación de la que era imposible escapar, en una adicción de la que no se recuperará jamás...

Un dulce pecado, eso era Aioria.

Su dulce pecado del que no sentía el menor arrepentimiento...