Capítulo 7: Cuestión de impresión
Meses antes
Cada año, el personal de ACME encargado de la organización de la Convención de cazadores, científicos locos y depredadores elegía un proyecto entre todas las propuestas que recibía por correo durante el verano. El ganador tendría el privilegio de presentar su invento en la inauguración del evento y si al público le gustaba el producto final, la compañía no dudaba en ofrecerle a su creador una firma con ellos para incluirle en su catálogo. Por mucho tiempo, la fama y la cantidad sustanciosa de efectivo que venían de la mano con el premio había atraído a Lucas; envió una idea detrás de otra e incluso llamó a la gente de las oficinas centrales con el afán de persuadirles de recibirlo en persona para exponer sus ideas. Por más que exigió y se humilló, nadie quiso darle una cita, aquello estaba fuera de las reglas. No tuvo más opción que usar el servicio postal al igual que todos los aspirantes sólo para obtener un sello de rechazo en tinta roja en cada una de las páginas de sus propuestas. Para el plumífero, tal devolución era como recibir un golpe directo en el pico.
En el calendario del salón de profesores se marcaba cada año el día que ACME mandaba sus respuestas. Los Looney Tunes sabían, que apenas tuviera la negativa entre sus manos, Lucas estaría de peor humor que un demonio de Tazmania hambriento. Era una lástima que a pesar de aquella precaución siempre olvidaban la fecha fatídica. Cuando Bugs Bunny quitó la hoja, el pato los encerró asegurando la puerta y cada una de las ventanas de la habitación. El Coyote estuvo a punto de usar dinamita para conseguir la libertad, pero el conejo de la suerte le recordó que la aseguradora no los cubría contra explosiones para evitar reuniones dentro las instalaciones y como técnicamente el ave había apartado el horario tendrían que escucharle por una hora completa. Con los rostros aburridos, los prisioneros se sentaron en sus sitios designados, rogando porque tuvieran alguna sordera temporal de la nada.
Para sorpresa de las estrellas de las tiras cómicas, en lugar de una lista interminable de quejas, el plumífero comenzó a alardear sobre sus cualidades de genio. Bugs, al ser el primero en salir del asombro generalizado, tuvo la cortesía de preguntarle la razón de tan buen ánimo. El pato sacó una hoja con un enorme sello con la palabra «APROBADO» impresa en el centro y fue ahí cuando todos lo supieron: por fin era el año de ese pato ególatra.
No quiso dar detalles de lo que presentaría; le ponía paranoico pensar que alguien le robará sus ideas. Sin embargo, abrió una especie de convocatoria para un asistente que tendría una parte de la gloria y un porcentaje de las ganancias que él calificó como justo en los volantes que repartió entre sus colegas. Los más astutos sabían que ese pato mezquino terminaría dejándoles todo el trabajo duro y pagándoles una miseria, por lo que no caerían tan fácil.
―Bien, ¿qué me dices, enano? Se ve que te mueres por trabajar para un genio ―propuso el pato con el ego por los cielos.
―Presumido arrogante ―contestó el alienígena.
―¿Eso es un sí o un no? No tengo todo el día―preguntó el ave tomando el portapapeles que había llevado consigo desde que entró al aula.
―Terrícola insoportable, preferiría trabajar en las granjas de metanoen Urano (1) antes que ser tu asistente ―contestó el marciano parándose en la silla con las manos firmes sobre la mesa.
―Eso suena repugnante ―dijo el pato asqueado y continuó―: Cuando ya no soportes el hedor, vendrás arrastrándote a mí para que te deje volver al proyecto.
―¡Nunca estuve dentro! ―replicó Marvin exasperado.
El pato tomó el bolígrafo resguardado en el clip del tablero de madera y expresó:
―Tomaré eso como un definitivo tal vez.
El alienigena miró con irritación al plumífero, mientras éste tomaba nota en su lista de candidatos. Decidió que ya no iba a discutir con él, simplemente miraría el muro hasta que esa ridícula junta acabase.
―¿E-e-esas gran-gran-granjas son re-re-a-a…? ¿Son de verdad? ―preguntó Porky al marciano en voz baja.
―No, pero sí existieran serían una opción mucho más viable que laborar con este pato insufrible ―respondió el alienígena con el mismo volumen por gentileza―. No trabajaría con él, ni aunque me ofrecieran ser el villano principal de una serie con tres temporadas completas dónde Tom Jones cantará el tema principal.
―E-e-eso fu-fu-fue muy es-es-pe-pe-ci-ci-especifico ―dijo el cerdito confundido.
―¡Ey, silencio, rosadito! Ya tendrás tu turno ―expresó el pato mirando a su compañero con severidad y viendo de nuevo la lista, preguntó―: ¿Qué tal tú, conejo?
―Claro, Lucas, en cuanto me entregues los reportes de tus tutorías, me ayudes con el nuevo menú escolar, me apoyes con los horarios nuevos y me acompañes en las entrevistas para contratar al nuevo profesor de deportes tal como prometiste que lo harías desde el inicio del año―contestó el conejo sacando una torre enorme de papeles.
El plumífero sudo frio e hizo como que no había escuchado lo que Bugs le había solicitado.
―¿Qué me dices tú, coyote? ―cuestionó Lucas.
«Ya tengo un ave con quien lidiar, gracias», respondió Wile E. observando con hastío al correcaminos que estaba sirviéndose agua del dispensador.
―A ti también te podré en los definitivos tal vez ―dijo el pato y añadió―: ¿Y tu primo el zorro?
―E-e-es u-u-un lo-lo-lobo ―corrigió el Porky.
―Amigo porcino, ya te dije que luego vendrá tu turno, estoy yendo en orden ―contestó Lucas.
―¡¿Orden?! A ver, hijo estás mal, digo, hijo estás mal. La letra «B» de Bugs Bunny va antes que la letra «M» de Marvin el Marciano y la «W» de Wile E. Coyote debería estar hasta el final de la hoja y no antes que la «R» de Ralph Lobo, si vas a hacer una lista en orden alfabético, hazla bien, digo, hazla bien ―regañó el gallo con su fuerte acento sureño.
«Su lista no está ordenada alfabéticamente», expresó el canido y arqueando la ceja, agregó: «¿Debería ofenderme que me colocarás como tu tercera opción?».
El pato aclaró la garganta, no esperaba que alguien se diera cuenta de su estrategia.
―Por favor, sólo dejen que Lucas continué ―dijo el conejo mordiendo una zanahoria.
―Gracias, Bugs, por eso eres mi segunda opción ―contestó el pato y escribiendo en la tableta, continuó―: Aunque el coyote me sorprendió, así que se merece ser mi nueva segunda opción.
«Eso no cambia mi decisión», expresó Wile E. volteando el letrero. «Ni aunque tu invento comprobará la hipótesis de que aquello a lo que llamamos universo sea sólo uno entre infinitos espacios, la cambiaría».
―Tu argumento sonó más científico que el del enano. Haz convencido a esta mente privilegiada. Ahora eres el primero en la lista ―dijo Lucas haciendo el cambio.
«¡Felicidades por el ascenso, Wile E.!», exclamó el correcaminos aplaudiendo.
La presa sonreía con sinceridad. Le alegraba que el coyote fuera reconocido por su inteligencia. El depredador no entendía como es que ese pájaro azul lograba hacerle olvidar que lo detestaba en el instante menos esperado. Era incómodo y pocas veces buscaba una frase adecuada para seguir en su papel de enemigo con esa ave entusiasta.
«Umm... ¿Gracias?», contestó el canino desviando la mirada.
―¡Como se atreve a dejarme en el segundo puesto! ¡Qué indignante! Seguramente que ese petulante ni siquiera entendió lo que dijo el coyote ―masculló el marciano.
―Creía que no estabas interesado ―dijo Silvestre.
―¿Me estabas escuchando? ―cuestionó el alienígena con los brazos en jarra.
―No a propósito ―respondió el felino para después señalar sus orejas―. Los caninos no son los únicos con un sentido de oído desarrollado.
―Agregaré eso a mí base datos y sí, tienes razón, no me interesa ayudar a este terrícola narcisista ―respondió Marvin irritado contrayéndose en su asiento.
―¡Por favor, amigos, presten atención! ―dijo el conejo y tras el silencio de los presentes, agrego―: Como decía, dejen que Lucas continúe, tal vez la junta se acabe más rápido si dejamos que se le desinfle la cabeza.
―¡Sí, claro búrlate del pato! ―expresó el ex cazador de monstruos con sarcasmo y regresando su atención al coyote añadió―: Tu primo el zorro ¿estaría interesado?
―Q-q-que e-e-es u-u-un lo-lo-lobo ―corrigió el Porky.
Los ojos del pato giraron con molestia y expresó:
―Sí, sí, él puede ser una marmota si lo desea ¿Crees que acepte?
Tiempo actual
Tras el reclamo, Calamidad sintió una tensión gradual en el pescuezo a medida que sus pies abandonaban la firmeza del piso. Era claro que el choque había sido un accidente y sin embargo, el sujeto con el que compartía especie estaba demasiado irritado como para pasar por alto su descuido. Los nervios invadieron el rostro del chico, tomando la forma de una sonrisa enorme que sólo logró empeorar el humor del más alto.
―¡Te atreves a enseñarme los dientes! ¿Estás buscando una paliza, chiquillo? ¡Contesta! ―expresó infame canido, recibiendo una negativa reiterada del más joven ―¿Qué te pasa mocoso? ¿Te comió la lengua el gato?
Como si hubieran sido invocados por la frase misma, Silvestre y Penélope pasaron corriendo por la recepción a toda potencia. Fue el mentor de Peluso, quien desafiando a la atracción gravitatoria quedó suspendido en el aire cuando escuchó aquel dicho que consideraba una injuria para los gatos domésticos.
―¡Oye a nosotros no nos levantes falsos! ―protestó Silvestre escupiendo gran cantidad de saliva.
El gato no estaba dispuesto a soportar ofensas hacia los felinos y mucho menos de un coyote, no después del mal rato que estaba pasando por causa de esa especie. Antes que pudiera recordar la razón primaria de su marcha a toda velocidad, su cuerpo se vio estrechado entre los brazos del zorrillo más famoso de los Looney Tunes.
―Al fin te dejas alcanzar por el amour ―dijo la mofeta melosa, incluso cuando el otro se retorcía tratando de evitar las caricias y besos no consensuados―. Oh mi vida, tu es ma moitié (2) y ahora que te he encontrado podemos estar juntos como un solo ser ardiendo con pasión desenfrenada.
―¡Ya suéltame, zorrillo acosador! ―expresó el gato, poniendo los pies en el pecho de Pepe para obligarle a distanciarse―. ¿Qué no estás viendo quién soy?
―Oh por supuesto que lo sé, eres un sueño hecho realidad, mi fierecilla amada ―aseguró la mofeta haciendo caso omiso de las muestras de rechazo del gato.
―¡¿Tu fierecilla amada?! ¡¿Qué?! ¡¿Éstas ciego?! ¡Escúchame atentamente Pepe Le Pew! Unos coyotes locos nos jugaron una mala broma a Penélope y a mí. Esos sinvergüenzas nos pintaron líneas blancas en el lomo con la única intención de meternos en este embrollo absurdo contigo. ¡No somos zorrillos y yo ni siquiera soy una mujer! ―explicó el gato, subiendo el tono y liberándose del agarré reveló―: ¡Soy Silvestre, grandísimo torpe!
―Bueno, nadie es perfecto (3)―dijo el narcisista besándole la mano.
―Sí, muy gracioso ―le contestó el gato apartándose con un gesto de repudio.
―No estaba tratando de ser gracioso mon petit chaton (4) ―contradijo el otro sonriéndole coquetamente.
―Voy a hacer de cuenta que no escuché eso ―respondió el otro con fastidio y dirigiéndose a su habitación exclamó―: ¡Y deja tranquila Penélope, zorrillo enano!
Pero la advertencia del felino fue ignorada colosalmente. El zorrillo volvería al ruedo y rastrearía a la dama que se había escapado de su agresivo romanticismo.
―Disculpen mes amis (5), ¿alguno de ustedes vio a una femme fatale que pasó por aquí? ―preguntó el donjuán cuando calculó que Silvestre ya no podía escucharle.
«Se fue por ahí», dijo Calamidad.
El brillo de las luces centellantes en la enorme flecha incorporada en el letrero se vio reflejado en los ojos de la mofeta entusiasmada.
―Gracias, en el nombre del amour ―dijo el amor platónico de Fifi La Fume.
«De nada», respondió el chico conteniendo el aliento.
―¡No sufras más tesoro mío, tu amado ya va en camino! ―cantó Pepe saltando alegremente, ignorando que el chico le había dado una dirección errónea para ayudar a la cotutora de Peluso.
Ante la peste insufrible a mofeta minando el ambiente el coyote mayor agitó la mano vigorosamente para disipar el castigo que sufría su nariz. Estuvo a punto de soltar al niño y correr de nuevo a su habitación con tal de escapar del hedor, cuando detectó algo que le obligó olfatear los alrededores. Aún con el olor a almizcle en el aire reconoció un aroma conocido y para su desconcierto también estaban presente las notas de fondo de una fragancia que no había percibido en años; pensó que estaba alucinando, pero su cuerpo insistía que estaba cociente. No tardó en darse cuenta que aquella esencia de hecho provenía del coyote gris, quien a su vez trataba de entender el porqué de pronto el adulto parecía menos violento.
«Señor, ¿podría bajarme ya?», preguntó Calamidad cuando el coyote comenzó a olfatearle más de cerca.
―¡Viste la cara de ese gato pulguiento! ―dijo una voz, acompañada de una risotada conjunta, que hizo que el canido regresara de su trance.
Un trío de coyotes con indumentaria que combinaba perfectamente con la de su captor, se acercaba con brochas y una lata de pintura de color blanco. El coyotito supo enseguida que fueron ellos los culpables del mal rato que el profesor Silvestre y la señorita Penélope estaban pasando.
―Oye jefe, ¿ya terminó tu tiempo a solas? ―preguntó el menos agudo de su pandilla aún con una carcajada atorada en el estómago.
―No, en realidad bajé porque la introspección es mejor en compañía de una multitud de desconocidos ―respondió el líder con fastidio zarandeado al niño de un lado a otro, mientras hablaba.
―Oh, por supuesto ...un segundo ―dijo el otro haciendo un conteo con sus dedos como si de esa forma pudiera hallar la respuesta.
―Sí, no te desgastes con eso ―respondió el más bajo de la pandilla, a sabiendas que su amigo no era bueno para entender la ironía y mirando al jovencito preguntó―: ¿Quién es ese niño?
El líder del grupo no estaba seguro si podía dar una respuesta.
―Oh yo sé, es el niño del señor Wile E. ―expresó el coyote menos brillante para sorpresa del grupo.
―No sabía que Wile E. tuviera un hijo ―respondió el más robusto del grupo.
―Wile E. no tiene hijos de ser así, lo sabría ―dijo el jefe algo irritado, pero aunque la información que había soltado su compañero era algo ambigua, fue suficiente desvelarle algo que no había considerado―. No obstante, tiene un protegido, ¿no es así Calamidad Coyote?
―¡Disculpe, señor Coyote Kid! ―expresó una voz melodiosa que hizo que el jefe de la banda quisiera escapar del lugar en breve.
―¡¿Por qué me haces esto señor del desierto?! ¡Oh claro! Se perfectamente el porqué ―expresó el mencionado, recordando ciertas acciones malintencionadas.
«¡¿Usted es el El Coyote Kid?!», exclamó el chico.
―El mismo que viste y calza ―respondió el líder.
Ahora embonaban las piezas, su parecido con Wile E., su vestimenta y el grupo de forajidos que estaba bajo su servicio.
«Conozco su trabajo. Usted es el actor prodigio que dejó todo para vivir al estilo del Viejo Oeste», expresó el Tiny Toon emocionado.
―Vaya un chico conocedor ―dijo el Coyote Kid.
Una muestra de interés fue suficiente para que el forajido le liberara al fin. Sus ganas de darle un buen escarmiento a su congénere se habían esfumado. No existía mucha gente que tuviera aquel dato sobre su pasado y ni hablar de alguien tan joven.
―¡Disculpe, señor Coyote Kid! ―repitió la dama sin perder la dulzura.
―Señorita, si es por lo del cuarto me gusta tal y como está ―dijo el coyote con desgano.
―No señor Coyote, hay una llamada para usted en recepción ―explicó la mucama y mirando al pequeño coyote agregó―: ¡Hola, lindura! ¡Bienvenido al Hotel Tazmania! ¿Te puedo ayudar en algo?
«¿Tienen habitaciones disponibles aún?», preguntó el coyotito, recuperando la noción del tiempo.
―Oh sí, tenemos dos, pero una está reservada para el señor Wile E. Se supone que ya debería estar aquí, me preguntó si estará bien ―respondió la koala.
«Él está bien. Yo vengo con él. Me adelanté para que él no perdiera su reservación», dijo el niño sobándose la nuca.
―¡Qué buena noticia, ven conmigo, ahí en frente está el señor Bob! ―dijo mucama tomando de la mano al coyote gris y de paso la del Coyote Kid.
―¡¿Oiga y porque me lleva a mí también!? ¡Yo ya estoy hospedado aquí! ―cuestionó el coyote intentando zafarse del agarre.
―Porque usted tiene una llamada pendiente― respondió ella sonriendo.
―¡Vaya, que mujer tan fuerte! ―expresó uno de los seguidores del Coyote, viendo como su jefe era arrastrado con facilidad.
―¿Me viste cara de guardería, Constance? ¡No hospedamos niños sin acompañante! ―dijo el pelirrojo con la vista clavada en un periódico.
―Pero señor Bob el viene de parte del señor Wile E. ―replicó la marsupial.
―Claro que sí y yo conseguí un papel en la nueva serie de Spielberg― respondió el tipo de mala gana.
―Señor Bob, en el libro de reservaciones se específica que el señor Coyote traería a un jovencito con él―dijo mucama.
―Sabes muy bien que no aceptamos niños solos y mucho menos si no tengo confirmación del supuesto tutor, ¿o tengo que recordarte el incidente con el par de orejones locos? No puedo torcer las reglas. Es un no rotundo ―dijo el pelirrojo.
―Yo respondo por él― expresó el Coyote Kid, llenando el libro de visitas
Para Bushwhacker no pasó desapercibido el par de billetes de alta denominación que el forajido metió entre las páginas justo antes de cerrarlo.
«¡Gracias señor!», expresó el chico.
―Lo que sea por el alumno predilecto de Wile E.―dijo el forajido.
Los seguidores del coyote se devolvieron miradas cómplices cuando notaron una sonrisa que camuflaba sus verdaderas intenciones.
―Bueno, siempre hay una excepción a la regla. La doce es toda tuya ―expresó el gerente descolgando la llave de acceso, sólo para cambiar de opinión cuando el forajido expresó un número con los dedos―. Quiero decir la trece. Olvidé que Constance no la ha limpiado.
―Señor Bob acabo de terminar la limpieza, la señora Mum me supervisó ―dijo Contance.
―¿Dije sucia? Quise decir que no tiene tan buena vista―explicó el gerente.
―Yo pensé que era iguales, digo son unos metros de diferencia, pero se ve el mismo paisaje hermoso― dijo la koala.
El Coyote Kid viendo que el pelirrojo estaba a nada de caer en un círculo vicioso con la marsupial persistente, expresó:
―Señorita Constance, ese detalle, aunque parezca sin importancia es lo que logra que cada habitación tenga un panorama único y créeme si el gerente ha dicho que la habitación trece tiene la mejor vista es por su vasta experiencia. ¡Oh sí, casi lo olvido, querida! Retomando lo de la llamada ¿Podría pasármela? No quiero hacer esperar más de lo debido a quien sea que este al otro lado de la línea.
«¡Yo preocupándome por tu seguridad y tú aquí a gusto pidiendo servicio a la habitación!», regañó El Coyote, observando la variedad de alimentos en el carrito que habían dejado en su cuarto. «Y cuando dicen todos los gastos pagados, realmente no incluye servicio a la habitación, ya lo pregunté».
«Es de parte de un colega suyo», dijo el coyote gris.
«¿Quién?», preguntó el coyote.
―¡Un costillar de cordero a la parrilla! ¡Dame un poco Calamidad! ―dijo Ralph tomando una pieza, ávido de consumirla.
«¡No sabemos quién mando eso!», expresó el coyote.
―Es del menú del hotel. No les conviene descuidar la comida ―explicó el lobo ―Además no detecto nada extraño. ¡Relájate y come con nosotros!
«Estoy en medio de algo importante con mi alumno, no puedo olvidar lo que hizo solo porque está carne se ve dorada, jugosa y tan apetecible…. », dijo el coyote comenzando a salivar y controlando su antojo agregó: «¡Esto es serio!»
―La carne es tan tierna que se resbala del hueso ―cantó el ladrón de ovejas, moviendo la pieza irresistible frente a Wile E.
«Sólo consulta conmigo antes, ¿quieres Calamidad», dijo coyote devorando el costillar sin demasiada etiqueta.
Después del almuerzo copioso, el coyote dio un pronunciado bostezo, su cuerpo reclamaba un descanso después de trabajar horas extras. Ralph le convenció de dormir una horas antes de la inauguración, mientras él y Calamidad daban un primer vistazo a los stands, con suerte a esa hora ya estarían abiertos en su mayor parte.
El coyotito estaba fascinado con la variedad de inventos enfocados al rastreo, inmovilización, captura, y en casos extremos a la destrucción de cualquiera que representará un festín y/o amenaza en los planes de los depredadores, cazadores y/o científicos locos que utilizaban la marca Acme para sus actividades. No había ideas demasiado osadas o ridículas para la empresa si lo pensabas era probable que ellos tuvieran lo necesario para cubrir tus necesidades en su inventario o en su defecto estaban trabajando en eso.
―Con su permiso criaturas terrícolas, abran paso, haré los últimos ajustes al invento sorpresa de este año. Les prometo una experiencia inolvidable ―expresó Marvin caminando por el pasillo principal con una caja de herramientas plateada.
Los comentarios diversos no se hicieron esperar. Entre la incertidumbre y el deslumbramiento, resaltó una idea en común: un alienígena trabajando en un invento para ACME, era bastante prometedor. El marciano se apresuró a levantar una manta que cubría un enorme aparato en el escenario; presionó un código y luego un lector biométrico de reconocimiento facial le dio el acceso al interior de la máquina.
―¡Increíble! ―expresó el lobo.
―Suena algo ambiguo, yo diría inconcebible ―contestó alguien a sus espaldas.
―¡Hola Silvestre! ¿Otro malentendido con Pepe Le Pew? ―dijo Ralph.
―¿El chico te dijo? ―preguntó el gato con la pata en el rostro.
«Yo no le dije», dijo Calamidad defendiéndose.
―No hubo necesidad. Te delató el aroma a jugo de tomate y lamento infórmate que aún no eliminaste el olor a mofeta por completo ―contestó el ladrón de ovejas.
Esto fue corroborado por la gente que se tapaba la nariz al pasar cerca del felino.
―¡Maldito zorrillo empalagoso! ¡Me bañé tres veces! ―exclamó el tutor de Peluso cruzándose de brazos.
«Tendría mejores resultados con una solución de peróxido de hidrógeno, bicarbonato de sodio y detergente lavaplatos», comentó el coyote gris, apuntando la receta con las cantidades exactas en una hoja.
―Probaré lo que sea para desasearme de este olor desagradable ―dijo el gato tomando el papel y tras unos segundos, cuestionó―: ¿No se me caerá el pelo con esto verdad?
«No, profesor», contestó Calamidad.
―Lo siento, hoy no tuve un buen día, confiaré en ti, después de todo eres el más inteligente de la Looniversidad Acme junto con ella ―expresó Silvestre señalando hacia el escenario.
Ahí, vieron a Marcia saliendo del interior del aparato con su propia caja de herramientas morada, su tío asomó medio cuerpo y hubo un cruce de palabras escueto antes que el adulto se adentrará de nuevo en las entrañas de la máquina. Un suspiro pesado salió de la niña, mientras revisaba el sistema de audio. No porque fuera algo por debajo de su capacidad, sino porque no tendría otra cosa que hacer después de eso. Incluso con todos los inventos alrededor su tutor le había ordenado quedarse en la tarima hasta que él le dijera lo contrario.
―Probando, probando ―expresó la chica quitando el micrófono de la base.
Algunas personas fijaron la atención en ella por un momento antes de continuar interactuando con los expositores o simplemente tomar folletos antes de convencerse de indagar más sobre un artefacto en particular. El rostro de la marciana enrojeció cuando vio una mano amiga agitándose cerca de un puesto especializado en trampas para aves corredoras; intentó devolver el saludo, olvidando que tenía el dispositivo de entrada entre sus manos, el cual fue rodando hacia las bocinas. Las ondas sonoras del micrófono salieron amplificadas en los altavoces en un bucle que tomó la forma de un sonido agudo y estridente que casi hizo que los canidos en el lugar se arrancaran los oídos.
―¡Mis más sinceras disculpas, terrícolas, en especial a aquellos que poseen un sentido del oído más evolucionado como es tu caso Calamidad! ―expresó la marciana casi gritando cuando recuperó el micrófono.
―¿Por qué no le das una mano a tu amiga? ―sugirió el lobo, aún con las orejas cubiertas.
El chico se dirigió al escenario, supuso que la pelirroja sólo estaba nerviosa por el exceso de gente.
―Eso fue tierno, aunque doloroso para los tímpanos ―comentó el ladrón de ovejas sonriendo.
―Sí, supongo ―contestó Silvestre bajando del techo de un puesto cercano.
―¿Dirías que tú y Lucas son cercanos? ―dijo Ralph
―La mayoría de las veces ―respondió el gato y cuando sus pies tocaron el piso, añadió―: ¿Por qué la pregunta?
―Es sólo que tengo curiosidad, ¿qué fue lo que hizo el pato para que Marvin aceptara ser su asistente? ―inquirió el lobo mirando al estudiante de Wile E. subir a la tarima dónde se harían las presentaciones estelares.
―Nada en absoluto ―contestó el felino en contra de todas las posibilidades.
―Entonces no lo odia tanto como dice ―comentó el ladrón de ovejas sonriendo.
―No lo soporta ―expresó el gato con honestidad.
―Eso, no me aclara nada ―dijo el canido dubitativo.
Silvestre observando con recelo la invención cubierta por un velo de misterio más allá de la tela que le cubría, reveló:
―El marciano no es su asistente, es su suplente.
Notas
(1) Duck Dodgers: véase el capítulo de año 2003, To Love a Duck.
(2) Tu es ma moitié/Eres mi media naranja.
(3) Frase icónica de la película de comedia Some Like It Hot de 1959, dirigida por Billy Wilder.
(4) Mon petit chaton/Mi gatito.
(5) Mes amis/ Mis amigos.
Gracias por leer y comentar esta historia.
También agradecimientos para acosta perez jose ramiro y maestro jedi por sus comentarios ya Pinkley hairbow, BuhoOscuro16, flex tape y loonytunecrazy por sus favoritos y/o alertas.
