Hola todos ¿cómo están? Perdón por la tardanza he estado muy ocupada mudándome y soportando una crisis personal, tratando de mantenerme a flote animosamente. Ahora con estos tiempos de seguro todos me entienden. He empezado nuevos proyectos para motivarme. Y como finalmente tengo todas mis cosas juntas puedo retomar mi escritura de fanfics. Solo que no sé cuál escribir primero. JEJEJEJEJE
Ahora a lo que viene, este capítulo tomo ha un personaje que, valga notar es uno de mis favoritos, y le doy un toque muy oscuro a lo que suelo escribir de él. Tal vez vi algo de él que no había visto antes. Aunque canónicamente el tiene una personalidad oscura que no suele mostrar tan seguido. Espero les guste. Sigo con el desarrollo de Romano y Veneziano un poco más lento.
Pero antes de contarles yo, mejor léanlo con sus propios ojitos.
Hetalia no me pertenece.
Disfruten su lectura.
Gina y Mariolino se acomodaron en el asiento del copiloto. Se pusieron los cinturones mientras Veneziano ajustaba los espejos de la vieja camioneta. El tanque estaba lleno, así que sería perfecto para la mitad del camino.
Gina sacó su rosario—. Hoy es domingo, así que nos toca los misterios Gloriosos.
—Pero mujer, acabamos de oír misa ¿para qué rezar el rosario?
—Porque ninguno de los dos nos hemos confesado, y si morimos en la carretera quiero que la virgen interceda por nosotros.
— ¿Morir? ¿Quién dice qué...?
Veneziano aceleró de golpe. Ambos ancianos sintieron lo que un astronauta siente en el despegue. Una fuerza que los empujó hacia el espaldar del asiento, mientras la camioneta rompía la velocidad del sonido. Mariolino y Gina se tomaron de las manos y vieron como el paisaje eran solo líneas y puntos.
—Primer misterio... —dijo Gina con pánico en su voz.
—Dios te salve María... —respondió Marilino santiguándose y abrazando a su esposa.
Japón sintió un pequeño escalofrío en la espalda, que le trajo un no tan agradable recuerdo. Es que después de ver como Veneziano manejaba era difícil no jurar a todos sus Dioses que jamás en la vida dejaría que el llevara vidas preciosas en un auto. Esperaba que este presentimiento sea solo un producto de forzarse en pensar que era lo que le iba a escribir esta semana a Veneziano, y nada más.
Romano despertó en su habitación, su mirada estaba aún nublada y apenas se podía mover. España estaba a su lado, recortando cintas quirúrgicas y gasas para curarle el rostro. Intentó hablar pero ningún sonido salió de su boca. España no se dio cuenta que había despertado por el silencio de la habitación. Romano estiró un poco el brazo, y las ondas de dolor le recorrieron todo su cuerpo, pero continúo hasta hacerse notar ante España, jalándole como pudo la camisa.
— ¡¿Romano?!
Aunque la voz de España era normal para Romano era un ruido estridente. Cerró sus ojos por el shock. De inmediato España calló y se acercó lo más que pudo, le sujetó las manos para darle a entender que estaba con él y que no lo dejaría solo. Romano abrió sus ojos de nuevo y abrió la boca pero nada salió de esta, sentía la garganta tan cerrada que no sabía cómo es que podía respirar.
—Tranquilo, tranquilo—Romano no sabía si España se lo decía a él o a sí mismo—. Ya estas a salvo, ahora te pido que no te muevas que debo curarte esas heridas.
Romano asintió, sino hubiera sido porque no podía moverse ni hablar hubiera golpeado, pataleado y gritado del terrible dolor que la curación de España le causaba, y no, no era porque su cuidador era tosco o insensible, sino que cada roce era como que le pincharan una aguja, y la movieran por toda el área. España se sentía bastante impotente, a pesar de que estaba haciendo lo más delicado y suave posible el limpiar la herida, colocar las gasas, y asegurarlas; veía con desesperación como las lágrimas de Romano caían sin control por sus mejillas. Cuando terminó, le pasó un trapo húmedo por la cara de Romano, para limpiarlas. España se guardó esa imagen en lo más profundo de su mente, y después de este incidente nunca lo sacó a flote. Lo que sí estaba a flote era su creciente e incontrolable resentimiento hacía Veneziano.
Romano después de eso se volvió a dormir, y por miedo a que algo le pasara mientras durmiera España no se movió ni un solo centímetro durante toda la tarde. Se atrevió a moverse cuando su estómago empezó a reclamarle algo, pero no podía, Romano estaba tan débil que había momentos en que parecía que no respiraba y ahí es cuando España saltaba de su posición, para luego sentirse aliviado al ver que Romano inhalaba y exhalaba con normalidad. Fue en esos momentos que España pensó que Romano no comió durante 7 días que estuvo inconsciente. Quería cocinarle algo pero otra vez el miedo le asaltaba. Como desearía que alguien viniera a ayudarle. Pensó en timbrarle a Francia, pero su celular estaba siempre ocupado, también pensó en Bélgica, Holanda, Canadá pero luego pensándolo mejor no serían de gran ayuda y empezarían a hacer preguntas innecesarias.
De la nada la puerta de entrada empezó a ser golpeada con gran fuerza e insistencia, y el timbre también. España esperara que quien sea que tocará solo se fuera pero escuchando que no sería así, bajó refunfuñando por las escaleras.
Eran poco más de las 10 de la noche cuando divisaron Roma, Mariolino y Gina rezaron unos 15 rosarios rogando a Dios por medio de la Virgen María que no les pasara nada; ellos, a pesar de conocer a Veneziano durante mucho tiempo, nunca lo habían visto conducir. Pero cuando finalmente la camioneta avanzó por las calles iluminadas de la gran capital Italiana ambos ancianos se quedaron anonadados por todo el cambio, ninguno había visto Roma en por lo menos 70 años. Sin embargo, cargados de curiosidad, ninguno habló sobre lo que veían y dejaron que el automóvil se dirigiera por las calles cada vez más estrechas hacia la casa de Veneziano.
Finalmente llegaron a la casa, solo una luz estaba encendida en ella, Veneziano la vio al parquearse en la entrada, reconoció la ventana de la habitación de Romano. En cuanto la vio se le vino la imagen de un velorio a la antigua, donde era el cuerpo estaba en una superficie plana, cubierto de blanco y rodeado de velas. En esa agonía imaginaria, puso el freno de mano apago el motor que daba sus últimos suspiros y bajó del auto. Encarando la puerta, buscó en sus pantalones por la llave.
— ¡Maldita sea! —dijo él golpeando el piso con su pie.
— ¿Qué pasa Feliciano? —preguntó Mariolino ayudando a su mujer a bajarse del auto.
—El día en que salí de la casa le devolví la llave a Romano.
—Bueno Feliciano, en ese caso debe tocar ¿verdad? —dijo Gina abrazando a su esposo, porque ambos empezaban a sentir un poco de frío en la noche otoñal.
Dudando al inicio, Veneziano respiró profundamente. Y tocó la puerta pero no hubo respuesta inmediata. ¿Habría alguien que cuidara de su hermano? Se preguntó, ¿Y sí Romano estaba completamente solo en casa y profundamente dormido con la luz prendida?
—Romano, me vas a tener que disculpar... —dijo mientras empezaba a aporrear la puerta.
Luego se acordó de que también tenía timbre y lo presionó con furia. Escuchó luego pasos pesados bajando por la escalera, siguió insistiendo. Hasta que finalmente la puerta se abrió.
España estaba iracundo, y al abrir la puerta se encuentra con un hiposo en la entrada, con una horrible barba rojiza, lentes gruesos y un cabello largo, enmarañado y apenas sujeto en una cola de caballo; a estas alturas no iba a permitir ninguna insolencia más.
Veneziano respiró aliviado al ver a España en la puerta, eso quería decir que Romano estaba en proceso de recuperación, jamás en la vida volvería a dudar del cariño que España le profesara a su hermano mayor. Pero a la vez agradeció el haber regresado, así ayudaría rápidamente a la recuperación de Romano, con él aquí el Primer Ministro debería sacar su suspensión de inmediato.
—Fra...
—Sea lo que sea que estés vendiendo, no estoy interesado. Gracias y Buenas noches—dijo España cerrando la puerta en la cara de Veneziano.
— ¡Uy! —susurró Mariolino a su esposa.
—No seas cizañoso, il signore Spagna no lo reconoció.
Veneziano se quedó con la boca abierta pero no permitiría que lo recibieran así en su casa. Volvió a tocar la puerta y el timbre. Los pasos de España regresaban por el pasillo. La puerta se volvió a abrir.
—Déjame entrar. AHORA— dijo Veneziano encarando a España.
—Estás loco si piensas que voy a dejarte entrar, sea lo que sea regresa otro día.
—No fratello, creo que no entiendes debes dejarme pasar.
—No en esta vida amigo—dijo España empezando a cerrar la puerta.
Viendo eso, Veneziano ya no aguanto más, y colocando su pie en la abertura de la puerta evitó que se cerrara. España que no quería saber más de eso le pisó el pie a Veneziano e intentó empujarlo para fuera. El pisotón dolió mucho, pero Veneziano se plantó en su posición y empezó a empujar la puerta para abrirse paso hacia dentro, España hacia lo mismo del lado contrario. Pero no contaba con Gina y Mariolino que al ver este tira y afloja de este malentendido decidieron ayudar a su nación empujando. España puede tener la fuerza necesaria para detener un toro de lidia en estampida con una sola mano, pero una cosa era su fortaleza como nación y su capacidad de usarla con los humanos, en esta ocasión creía que pelaba con un indigente cualquiera; obviamente España perdió el tres contra uno, cayendo hacia atrás.
Veneziano se abalanzó hacia el interior de su hogar, no se fijó en nada del interior del recibidor que si lo hubiera hecho, estaría en completo acuerdo en decir que nada había cambiado, la casa estaba limpia y ordenada. Pero como no estaba concentrado en la estética ni decoración de interiores, corrió hacia la escalera y subió los peldaños de tres en tres. Entró en la habitación, abrió la puerta sin tocar y lo vio despierto, sentado en la cama.
Romano se había despertado por el incesante ruido del timbre y de la puerta. No vio a España, así que supuso que él había ido a abrir la puerta. Con todas sus fuerzas apoyó sus brazos en el colchón y respirando profundamente se inclinó hacia adelante, el dolor era insoportable, los brazos le temblaban y su respiración le faltaba, no obstante continuó. Logró apoyar su cabeza en el marco de su cama, el frío del metal en lugar de reconfortarle le dio una sensación de terrible debilidad, porque el contacto con este le causaba un terrible escalofrío por su cabeza. Volviendo a usar sus manos y brazos, y respirando una vez más logró sentarse en una posición de 90°. Al lograrlo súbitamente la puerta de su habitación de su puerta fue abierta por un... ¿Hippie?
Veneziano lo miró fijamente sin atreverse a decir nada. Romano encaró sus ojos, porque no veía bien, pero no estaba atemorizado por este personaje, era algo en su presencia, su aroma, su forma de pararse que le era altamente familiar. Parpadeo varias veces y su vista se fue aclarando de a poco.
— ¿Fratello? —preguntó Romano, sorprendiéndose de finalmente poder hablar.
Veneziano derramando lágrimas de felicidad de ser reconocido por su mayor, se abalanzó hacia él y le dio un fuerte abrazo. Romano sintió la picazón cuando la barba de su hermanito tocó su mejilla pero no le importaba, abrazó a su hermano apretujándolo contra sí. Riéndose de la tortuosa apariencia de Veneziano. No obstante el menor lo abrazó con mucho cuidado, tenía miedo de que si lo apretaba más se fuera a romper, Romano estaba delgadísimo y pálido. Cuando finalmente se separó Romano lo agarró de la cara peluda que tenía y se puso a reír de gozo.
— ¿Qué se supone que es esto? —preguntó con una voz ronca y cansada.
— Sí, sé que no es de mis mejores looks—respondió Veneziano riéndose.
— ¡Por el santísimo amor de Dios y la virgen! —Gritó Gina en el portal de la habitación—. Signore Romano, está en los huesos.
— ¡Dios Santo mujer no grites!
—En este momento voy a prepararle algo de comer, no puede recuperarse si está así.
— ¿Nos permiten su cocina? —Preguntó Mariolino reteniendo a su esposa unos instantes hasta obtener el permiso.
—Están en su casa—dijo Romano.
Los ancianos bajaron las escaleras a cocinar algo rápido, saludable, y sustentoso. Veneziano volvió abrazar a su mayor, jamás en la vida ninguno de los dos se habían sentido tan contentos de volverse a ver.
—Regresé Romano.
—Me alegra tenerte aquí, ¿hasta cuándo te quedas? —preguntó Romano temeroso de la respuesta.
—Si me lo permites... —dijo Veneziano aterrado—...quisiera regresar definitivamente.
Veneziano esperó la respuesta mordiéndose el labio inferior. El sacerdote del pueblo había sido claro cuando se confesó; estaba bien enojarse con alguien pero Dios promulgaba el perdón, así que le pidió a Veneziano que hiciera lo correcto y regresara a su casa, disculpara a su hermano que charlaran sobre su relación y de ser necesario acudieran a terapia familiar para ayudar en la situación. Además de otras tareas que Veneziano debía cumplir. Romano en cambio sintió que el peso de sus hombros le era liberado en la mayor parte, tenía ganas de llorar, reír, gritar; tantas emociones juntas en tan pocos minutos que creía que tal vez esto era una terrible quimera.
—No tienes que preguntar, esta es tu casa.
Mientras España seguía de pie en la entrada de la habitación con una mirada de indiferencia hacia el recién llegado, grabó todo este emotivo momento en su celular y se lo envió a alguien que de verdad le interesara, a él no. Por un lado agradecería que Veneziano hubiera regresado para ayudar a su mayor, pero por el otro hubiera deseado que todo esto finalmente acabara, en el fondo empezó a pensar que era mejor que Veneziano se fuera definitivamente para no volver jamás. Así el bienestar emocional de Romano estaría asegurado. Pero se guardó esos sentimientos, ya tendría ocasión de compartirlos con los aludidos después. Ahora lo importante era la recuperación de Romano.
Gina subió al poco tiempo con un plato sencillo de sopa de tomate, con pan. Y en el comedor había la misma sopa con más acompañantes. Veneziano preparó la habitación de huéspedes para los ancianos. Y él se encaminó a su habitación; a pesar de que Romano le insistiera en quedarse a dormir en su habitación, Veneziano le cedió ese honor a España. Descubrió que su cuarto quedó tal y como lo había dejado hace casi 7 meses. Viéndolo de esa manera después de pasar meses reflexionando tal vez habría exagerado, o tal vez no; se quedó mirando ese desastre cuando sintió una presencia detrás de él.
— ¡Fratello España! —dijo recuperándose de un susto terrible —. ¿Necesitas algo?
—De ti nada.
La actitud de España era hostil, y eso le hizo sentirse bastante incómodo. Pero decidió manejarlo con cautela.
—Entonces...
—Mira Veneziano, tenemos mucho de qué hablar.
—Si claro, dime ¿de qué quieres hablar?
— ¡Quiero que te alejes definitivamente de Romano!
A Veneziano, le dio un ataque de risa. España, no lo veía de esa forma. —Buena broma, Fratello España—dijo el después de terminar de reír.
—Es extraño que te parezca una broma cuando yo no estoy riendo.
—Fratello, si creo que sé a dónde va esta conversación me parece que no es el momento ni el lugar para ello.
— ¿De verdad crees eso?
—Sí, y te pido que te vayas de mi habitación.
— ¿Así que ahora es tu habitación? —preguntó España sarcástico—. No fue lo que diste a entender hace 7 meses.
—Fratello—dijo modulando la voz para no gritar de la indignación—. Vete antes de que no responda de mis actos.
España se fue, sin antes mirarlo con reproche y mandándole un mensaje de advertencia como diciéndole que no podía irse sin antes hablar de este asunto con él. Feliciano nunca lo había visto así. Respirando profundamente hizo a un lado el desorden, y se acostó en su cama destrozada, las sábanas estaban heladas, pero por alguna extraña razón se durmió ni bien tocó la almohada o lo que quedaba de ella. Tal vez porque ya no iba a permitir que nada lo afectara.
A la mañana siguiente, el Primer Ministro llegaba a la puerta de su oficina, sacaba las llaves de su bolsillo; al intentar introducirla en el cerrojo se topó con una sorpresa alarmante, la puerta estaba abierta. Entró y ojeó la habitación, a simple vista no había nadie, pero que equivocado estaba.
— ¡Buongiorno signore! —dijo Veneziano dando una vuelta en el sillón al famoso estilo del Padrino solo le faltaba el gato.
— ¿Quién es usted? ¿Cómo entró aquí? ¡Llamaré a seguridad!
—Pero signore, Romano me dijo que me había mandado llamar. Además di la autorización de que el resto no llegara hasta el mediodía.
— ¿Veneziano? —dijo el Primer Ministro mirándolo de pies a cabeza, y criticándolo con la mirada por su apariencia.
—El mismo que viste y calza. Ahora...—dijo Veneziano levantándose del asiento, y con una señal le indicó que se sentara, su superior le obedeció—...quisiera que por favor me digas ¿Quién te dio la autorización de quitar a mi hermano de sus funciones?
El Primer Ministro se asustó por la mirada y aura molesta que Veneziano proyectaba hacia él.
—Es primordial que tú estés aquí. Romano no está a la altura de tu trabajo y...
Veneziano golpeó el escritorio iracundo—. ¿De qué datos te basas en que Romano ha hecho un mal trabajo si no veo ningún problema en el territorio?
—Bueno, he de decir... que sí no hay problemas visibles pero... la eficiencia es distinta tu trabajas más rápido.
—Si yo lo hacía rápido es porque tengo más experiencia pero jamás he dudado de mi hermano, y como ves no ha habido ningún caos que no sea el de siempre.
— ¿qué supones que...?
—Más te vale que lo reincorpores ¿estamos? —dijo acerándose él y colocándose frente a frente.
—Sí claro. Pero ya que estás aquí ¿te espero mañana?
—No— el hombre sentado lo miró incrédulo—. Yo nunca dije que iba a regresar, sigo en mi año sabático. Romano seguirá trabajando y no pisará la oficina hasta que se restablezca del daño que le has causado, y si no quiere venir espero que le hagas llegar el papeleo por e-mail. ¿Capisci?
—Capisco.
Veneziano salió de la oficina y camino por el pasillo hacia las escaleras, y cuando ya estaba en el rellano de la misma se apoyó en la pared y respiró profundamente. No estaba preparado para lo que había hecho; haberse atrevido a invadir la privacidad de su jefe y hablarle así, sobre todo hablarle en ese tono fue para él un logro agridulce. Se sentía tan bien finalmente dejar que su boca hablara con lo que pensaba, pero a la vez sentía que no era su estilo, lo habían educado de una forma que incluía tratar bien a los demás aunque te trataran mal a ti. Le encantaría decir que Austria tenía la culpa de eso, lamentablemente eso no lo aprendió de él, la culpa era del patriarca de la familia Medici.
Después de quedarse ahí por cinco minutos, continuó su camino hacia el primer centro automotriz abierto. En exhibición había una flamante camioneta, moderna, y lustrosa. Cuando entró le prestaron mucha atención, al menos no de los vendedores sino de seguridad. Una vendedora se acercó y le preguntó si estaba interesado. Veneziano con una cortesía e inteligencia que muy pocos habían presenciado expresó no solo su deseo de adquirir dicho vehículo sino también de proveer ciertos accesorios para dicho automotor. El personal del lugar se quedó boquiabiertos y después de unos minutos de confusión cumplieron sus requerimientos de inmediato.
Al llegar a casa, Mariolino quien estaba intentando reparar la camioneta con mucho esmero se sorprendió al ver una de último modelo ser parqueada en la entrada de la casa.
— ¡Feliciano, esa camioneta es hermosa!
—Lo sé, servirá para llevar las zanahorias y los tomates al pueblo, ¿no crees Mariolino?
—No hablará enserio, ¿yo manejar este armatoste?
Veneziano le dio las llaves, y de inmediato Mariolino subió a la camioneta y dio varias vueltas por el barrio para practicar. Cuando Gina se enteró de esto no supo cómo reaccionar, le agradaba la idea de tener un auto nuevo, sino que temía que fuera demasiado nuevo para ellos. Finalmente accedieron a ir de compras solos en el nuevo auto. Todo esto se realizaba mientras la vieja camioneta era llevada por la grúa de un mecánico a repararla.
Cuando Veneziano se quedó solo en la puerta de entrada pensó que todo esto parecía el final de un mal sueño que tendría final feliz. Continuaba pensando en esa posibilidad cuando después de pasar el pequeño pasillo de la puerta de entrada, alguien le cubrió la cabeza con una funda de almohada, de la tela más oscura que recordaba tener. Intentó forcejear y zafarse de este ataque pero no pudo con la gran fuerza de su adversario, lo sujetó de manos y le dio un golpe en la cabeza. Cayó al suelo, y lo único que recordaba eran susurros lejanos.
Mientras tanto Romano descansaba apaciblemente en su habitación ajeno a todo este barrullo.
¿Les gustó? Espero que sí.
Si tienen alguna observación, crítica, sugerencia y/o comentario. No duden en dejarme un review.
Los veo en dos semanas y cuídense mucho.
