Superficial Love
Disclaimer: Todos los personajes le pertenecen a J.K. Rowling. La trama, basada en la película To All The Boys I've Loved Before, es una idea solicitada por warelestrange.
N/A: Muchísimas gracias a AngelinaPriorincantatem, Mango y ImHollyBlue por betear este capítulo; a la creadora de la portada, Cygnus Dorado; y a warelestrange por la divertida idea. Y también a ti, quien me está leyendo.
Superficial Love
Hey, get out
I've got nothing left to give
And you give me nothing now
Read, my mouth
If you ever want me back
Then your walls need breaking down
-Naked by James Arthur
Por más que lo intentara, Draco no recordaba haber vivido una víspera navideña igual. Sus Navidades no habían sido sombrías ni tristes (exceptuando, por supuesto, las últimas), y, sin embargo, ninguna era comparable a la víspera navideña en la casa de Andrómeda.
El olor a galletas recién horneadas junto al de otras comidas, desconocidas para él, que la señora Weasley y Andrew Granger cocinaban; la música suave y alegre de la radio mágica; y las conversaciones animadas de todos los que ayudaban a poner la mesa, ultimaban las decoraciones, escuchaban la música o simplemente jugaban en la sala de estar… todo eso creaba un ambiente cálido, familiar y hogareño que él no terminaba de reconocer.
Además, nunca había estado tan cerca ni por tanto tiempo junto a muggles.
Cuando los padres de Granger sacaron de sus bolsillos unos objetos oscuros, pequeños y rectangulares, preguntándole a su tía por una «señal», recordó la conversación de los celulares que tuvo con Hermione. Los observó fascinado mientras Andrómeda les explicaba que sólo podían usarlos correctamente fuera de la casa, en la calle.
—Es por la magia. Cuando hay mucha magia en el ambiente, la tecnología no funciona bien —escuchó que Andrómeda les decía pacientemente.
—Pero si la tecnología no funciona bien en esta casa, ¿por qué tienen electrodomésticos? —preguntó Jane Granger, señalando unos objetos de la cocina y de la sala de estar.
Draco había reparado en esos extraños objetos el primer día que entró a la casa, pero, hasta entonces, ninguno había despertado su curiosidad. Una vez que la madre de Hermione los señaló, se preguntó para qué demonios servían y por qué su tía, una bruja sangre pura, conservaba objetos muggles. En su mansión no había nada parecido.
—Mi marido era hijo de muggles. Al criarse con muggles, estaba acostumbrado a usar refrigeradores, microondas, televisores… —enumeró Andrómeda con voz nostálgica—, así que trajo algunos a casa. Suelen funcionar, pero, como ahora hay muchos magos aquí, hay mucha magia.
Andrómeda no estaba siendo honesta, advirtió Draco. La razón por la cual «había mucha magia en el ambiente» eran los hechizos de protección de la casa, no la cantidad de magos. Pero su tía no podía ser honesta. Explicar los hechizos protectores y los motivos por los que habían sido conjurados resultaría demasiado complicado, sino sospechoso.
Después de todo, según Hermione, sus padres, aunque estaban enterados de la guerra, no sabían mucho.
—Ellos no saben casi nada de ti y de tu familia, mucho menos de tu participación en la guerra, y por ningún motivo deben enterarse, ¿está bien? —le había dicho apresuradamente antes de volver a entrar a la casa—. Ya les he ocultado muchas cosas. Si llegan a saber que fuimos enemigos directos y yo no les conté, no sé si me lo perdonarán.
De reojo, miró a la chica. Estaba sentada a su lado con las piernas cruzadas, cerca de la chimenea de la sala de estar, ayudándolo a entretener a Edward con unos juguetes demasiado chillones para su gusto. No es que estuviera especialmente interesado en juguetes para niños…
Granger le devolvió la mirada.
—¿Qué piensas? —le preguntó ella con una sonrisa.
—Que se te dan muy bien los niños.
Su sonrisa se ensanchó.
—¿De verdad lo crees? —dijo volviendo su atención al bebé, quien chupaba una pelotita rosa pálido y había cambiado el color de su pelo al mismo rosa.
—Bueno, él no se está quejando —respondió Draco, encogiéndose de hombros.
—Tampoco parece quejarse de ti —dijo Granger, dándole un juguetón empujón con su hombro.
—Nadie con buen juicio se quejaría de mí —replicó arrogante, conteniendo una sonrisa.
—Eso es muy cuestionable —se burló ella, haciéndole una mueca graciosa a Edward.
Se encontró a sí mismo resoplando divertido. Permaneció unos segundos observándola ensimismado hasta que se dio cuenta de que ella lo podría notar. Tomó uno de los juguetes frente a ellos y lo giró entre sus manos. Era una pequeña y bastante precisa imitación de un Bowtruckle desarmable.
Sacándole una de las patitas al Bowtruckle de juguete, se inclinó un poco hacia la chica.
—¿Qué le contaste a tus padres de mí? —preguntó en voz baja para que nadie más en la sala los escuchara.
—Oh, pues… —titubeó Hermione, dejando que Edward se llevara a la boca uno de sus dedos— que eres de Slytherin y no te llevabas muy bien ni con Harry ni con Ron, y por eso no éramos amigos. También, por eso, nunca hablé de ti con ellos antes. Como saben sobre la competencia de las casas, la usé para explicar… nuestra previa «no-relación» —dijo con una sonrisa apretando los labios.
—¿Y cómo se supone que nos hicimos amigos? —inquirió, sacándole la otra patita al Bowtruckle.
—Les dije lo mismo que a todos —se encogió de hombros—, que la guerra cambió muchas cosas, también mi forma de ver mis relaciones con mis compañeros. Una enemistad por casas… es una idea muy absurda e infantil. —Soltó una pequeña risa y lo miró de soslayo—. También les conté que eres de los mejores alumnos de nuestra generación y que solíamos competir por las notas. Eso nos hace tener cosas en común y que sea más creíble que nos hayamos acercado.
—¿Es cierto? —preguntó curioso.
—¿Qué cosa?
—Que competías conmigo por las notas.
—Oh, no, no en realidad… sólo en Pociones lo hice, pero muy poco —agregó con el ceño ligeramente fruncido—. En realidad, solía compararme a Nott —admitió soltando otra risa—. Bueno, lo sigo haciendo. Me ha ganado algunas veces.
—¿De verdad? —inquirió sorprendido—. ¿Theo te ha superado a ti, la sabelotodo, chica dorada y mejor bruja de nuestra generación?
—Esos son demasiados apodos.
—Tengo más. ¿Cómo es posible que Theo te haya superado? No sabía que a él le iba tan bien.
—Ustedes tienen la ventaja de haber nacido en un mundo de magos. Yo tuve que aprenderlo todo recién a los once años. Imagino que eso ayuda —suspiró ella—. Además —agregó inmediatamente—, él es estudioso. Muchas veces se quedó hasta muy tarde conmigo en la biblioteca. Bueno, no conmigo —precisó—, pero me entiendes.
—¿Me tengo que poner celoso? —se burló Draco.
—¿Qué? ¡Claro que no! —se rio ella, como si la idea fuese ridícula.
—¿Por qué no? —preguntó desconcertado, pensando que Theo se parecía mucho a Granger y no sería raro que salieran.
—¿En serio me lo preguntas? —inquirió la chica, sonriendo.
—Sí, en ser…
—Draco, ¿me puedes traer a Teddy? Tengo que darle su mamadera —los interrumpió Andrómeda, asomándose un segundo por la puerta de la cocina.
—Yo…
—Ve —dijo Granger, levantándose—, yo acompañaré a mis padres que se ven confundidos.
Con el paso de las horas, Draco fue entendiendo cuál era la diferencia. La vida en la casa de Andrómeda no había sido demasiado distinta a la suya en la Mansión. Edward definitivamente no permitía que fueran iguales, pero, ignorando las evidentes diferencias, como su nuevo cuarto, la poca familiaridad con el resto de habitaciones y vivir con dos personas más bajo el mismo techo, su rutina no había cambiado casi nada. Se levantaba temprano, se duchaba, se vestía y desayunaba con su madre. La ausencia de su padre no le resultaba extraña, pues, antes, Lucius pasaba mucho tiempo trabajando, ya sea en su estudio o fuera de casa. De modo que la cena, al igual que antes, era el momento que compartían juntos. Pocas veces, su padre bajaba al primer piso y cenaban los tres con Andrómeda; la mayoría de las veces, Draco y su madre subían a la habitación del tercer piso para acompañarlo.
Durante el día, Draco buscaba formas de matar el tiempo. Así fue como cayó en la cuenta de que Edward le caía bien. Dado que estaba en la edad de copiar sonidos, era gracioso hacer que repitiera palabras. Draco sabía que su nombre era muy difícil de pronunciar para un bebé, pero al menos había logrado que dijera «dado» y con eso se daba por satisfecho.
También le gustaba conversar con Andrómeda. Solían hablar mientras la ayudaba a mantener la casa en orden, cuidaban a Edward o la acompañaba en sus horas de trabajo. Ella era parte de la Oficina de Enlace con Duendes del Ministerio. Irónicamente, nunca había hablado con un duende (sin contar todas las veces que había ido a retirar dinero a su bóveda en Gringotts). Su trabajo consistía en escribir, editar y corregir contratos entre magos y duendes para que fueran lo más justos posible y todos quedaran contentos. Por lo que ella le contaba, no era nada sencillo. Sin embargo, aunque le solía dar muchos dolores de cabeza, disfrutaba ser mediadora y contribuir en la paz entre magos y duendes. Además, por suerte, su trabajo no requería que fuera frecuentemente al Ministerio: podía hacerlo perfectamente desde la comodidad de su hogar.
Y cuando no estaba con Edward o su tía, Draco invertía su tiempo leyendo. A veces, junto a su madre en la sala de estar. Otras, dando vueltas en el patio trasero.
Definitivamente una vida (durante vacaciones) no muy distinta a la suya en la Mansión. Le faltaba más patio (hectáreas, de hecho), más libros (extrañaba su biblioteca), más comida de alta cocina, más libertad para salir y más -o algún- sirviente que le trajera cosas, pero… no estaba mal.
Sin embargo, las cosas habían cambiado con la llegada de los invitados de Andrómeda.
Esa era la diferencia.
Antes, reinaba el orden y la organización. Incluso teniendo a un bebé que lloraba cada cierto tiempo, exigiendo alguna necesidad básica, el ambiente era bastante silencioso. Pero con los Weasley, Potter y los Granger invadiendo la casa…
Escuchaba risas y gritos todo el tiempo. Estaba casi seguro de que oyó explosiones en la habitación de los hermanos mayores Weasley. Veía gente bajando y atravesando rápidamente las escaleras y pasillos, yendo a buscar comida o a alguien con quien conversar. Se encontró a la chica Veela, Fleur, haciendo «galletas navideñas» con Weaslette en el comedor, la mesa llena de hojas de muérdago, acebo e hiedra, además de cintas, cartón, papel de regalo y otros objetos que no alcanzó a identificar flotando por todos lados. Y luego estaban los señores Granger, quienes, una vez acostumbrados a los objetos mágicos y al controlado caos mágico, interactuaban animadamente con los señores Weasley, Andrómeda y su propia madre. En algún momento de la tarde, creyó escuchar a alguien de ese extraño grupo sugerir ver los álbumes de fotos familiares luego de que Andrew y Jane enseñaran su «automóvil».
Y él… él, de pronto, se encontraba sentado con los últimos tres Gryffindor con los que jamás creyó poder mantener una conversación civilizada: al frente, Weasley; a su lado derecho, Granger; y a su lado izquierdo, Potter con Edward en los brazos. Todo porque aceptó el reto de la Comadreja y estaba dispuesto a vencerlo en su estúpido juego de ajedrez. En parte, aceptó porque el cuatrojos insinuó que no se atrevería y no iba a consentir que lo creyeran un cobarde. En mayor parte, porque realmente creyó que iba a ganar. Pero, para el maldito dolor de su orgullo, había subestimado a Weasley.
Draco estaba seguro de que iba a perder, lo que en lo absoluto significaba que no lucharía por al menos terminar la partida dignamente.
Con tono confiado, le ordenó a su único alfil en juego moverse tres cuadrados a la izquierda en diagonal.
—¿Estás seguro de eso? —preguntó Weasley concentrado en el tablero, sin levantar la vista.
—Por supuesto que estoy seguro —respondió él orgulloso.
—Entonces, jaque mate —dijo el otro, antes de ordenarle a una de sus dos torres a posicionarse frente al rey de Draco.
Potter y Granger se rieron con ganas. Draco estuvo de soltar una grosería enfadado cuando advirtió que era una risa distinta.
No se reían de él.
Granger posó una mano en su brazo, llamando su atención. Ella sonreía y sus ojos brillaban.
—Yo sólo le he ganado cinco veces…
—¡Tres!
—… pero ya has abierto el marcador —siguió ella, sin apartar los ojos de él—. A ver si nos ayudas a desinflarle un poco el ego que tiene por el ajedrez.
Sobre el hombro de Granger, vio a Weasley dándole los cinco a Potter.
—Quiero la revancha —exigió Draco—. Dos de tres.
La Comadreja, después de intercambiar miradas con Potter, asintió con una sonrisa y volvió a ordenar las piezas.
Varios minutos después, luego de volver a perder, Draco musitó, entre dientes y con tono burlón:
—A Weasley vamos a coronar.
Por un segundo, creyó que decir eso había sido un error. Sin embargo, enseguida el trío de amigos soltó una carcajada. Él apenas pudo contener a medias una sonrisa.
No, no recordaba una víspera navideña igual. Era distinta, extraña y, no obstante, agradable.
Sin embargo, lo que más le sorprendía no eran las risas o los gritos, ni la gente corriendo, haciendo manualidades o conversando sobre automóviles, electrodomésticos o fotos familiares. Tampoco lo que más le sorprendía era ser vencido por Weasley o siquiera estar jugando pacíficamente con él.
Lo que Draco encontraba más raro era el hecho de que, al parecer, él era bienvenido en aquel cálido ambiente familiar.
La tarde rápidamente se convirtió en noche y la hora de cenar los sorprendió. A nadie le hubiese importado cenar más tarde si no fuera por la señora Weasley. Según ella, todos debían dormir temprano si querían tener la energía necesaria para disfrutar correctamente el esperado veinticinco de diciembre, comenzando por la entrega de regalos antes del desayuno.
Nadie se atrevió a discutirle.
Granger se ofreció a poner la mesa y Draco enseguida se ofreció a ayudarla, aprovechando la oportunidad de evitar que la señora Weasley lo pillara sin hacer nada.
—¿Vas a cenar con nosotros? —preguntó la chica, sacando los platos—. Para saber cuántos lugares debo poner.
Draco suspiró, anticipando que esa víspera no iba a terminar bien.
—No. Tengo que hablar con mi padre, ¿recuerdas? —dijo, intentando ocultar el temblor en su voz—. Además, siempre cenamos juntos los tres. Mi madre ya subió. No puedo dejarla sola.
Granger se volvió a él con todos los platos en sus brazos. Draco se apresuró a ayudarla, ganándose su sonrisa.
—Me parece bien que los acompañes —dijo ella amablemente—. ¿De verdad no quieres que te ayude con lo de tu padre?
Evitando sus ojos, lo consideró. No aceptar su ayuda, sino no hacer lo que pensaba hacer.
Pero estaba decidido. No había otra manera de manejar la situación.
Con una sonrisa muy bien ensayada que sabía que pasaba por auténtica, le respondió:
—No te preocupes, tengo un plan.
Una vez que terminaron de poner la mesa, Hermione y Draco se dirigieron a la cocina, donde Andrómeda había dejado preparada una bandeja con la cena de los Malfoy. A la chica no le pasó desapercibido lo rutinario que resultaba la situación. Era evidente que Andrómeda había preparado cientos de veces una bandeja similar y que Draco había tenido que llevar cientos de veces una bandeja similar a la habitación de sus padres.
—Entonces… —dijo Draco, con la bandeja en las manos, listo para subir—, nos vemos mañana.
Hermione asintió.
—Nos vemos mañana.
Él se quedó quieto un segundo, como si estuviera inseguro de qué hacer luego. Entonces, se inclinó y le dio un rápido beso en los labios.
—Me dijiste que no tenía que preguntar —dijo con un guiño, antes de salir de la cocina.
Hermione agradeció que nadie más estuviera en la cocina para ser testigo de su sonrojo. Sólo quería olvidar toda la ridícula escena de ella y Malfoy en el patio. Estaba considerando seriamente nunca volver a sentarse en un banco con él.
—¿Hermione?
Se giró. Harry estaba asomado en la puerta. Se veía un poco preocupado.
—Sí, dime, ¿pasa algo? —preguntó, rogando que su sonrojo no aumentara por culpa de la presencia de su amigo.
—¿Has visto a Ginny? Hace un rato no la encuentro y la señora Weasley quiere que estemos todos para cenar.
—Eh… sí —respondió, tratando de recordar la última vez que había hablado con su amiga—, creo que subió a nuestra habitación a buscar algo, ¿quieres que vaya a…?
—¿Podrías? —preguntó Harry esperanzado—. La señora Weasley no quiere que nadie se vaya del comedor y…
—No hay problema —lo interrumpió Hermione sonriendo—, ya la traigo.
—Gracias, Hermione, eres la mejor.
Harry desapareció en el momento preciso para no presenciar el efecto de sus palabras. ¿Por qué tenía que seguir afectándola tanto? ¿Cuánto tiempo había pasado desde que comenzó a sentir cosas por él? Cuatro meses. Cuatro largos meses. ¿No era eso tiempo suficiente? ¿Cuánto faltaba para que se le pasara su absurdo enamoramiento?
Con un respiro hondo, Hermione se encaminó al segundo piso. A medida que se acercaba a su habitación compartida, empezó a escuchar voces discutir. No tardó en identificar quiénes discutían.
Las voces provenían de la habitación de Draco.
Ella de verdad no quería espiar. No está bien meterse en temas ajenos. Tampoco es como si eso la hubiera detenido antes. Pero, pensó, ese tema no era tan ajeno a ella, ¿no? Además, moría de curiosidad por saber qué «plan» tenía Draco. Se había visto tan seguro al afirmar que no necesitaba su ayuda…
Sigilosamente, se acercó a la puerta y se concentró en la conversación.
—¿Crees que soy estúpido, Draco? —escupió furioso Lucius.
—No, padre —respondió estoicamente.
—¿Crees que nunca me iba a enterar de que estabas ensuciando nuestro apellido y nuestra larga tradición metiéndote con una sangre sucia? Y no cualquier sangre sucia, sino precisamente con Hermione Granger.
—No, padre.
—¿Acaso no te das cuenta que no sólo estás terminando con la pureza de una antiquísima familia pura, sino de dos, también la de tu madre? ―exclamó enfurecido―. ¡Sabes lo legendarios que son los apellidos Malfoy y Black! ¿Cómo es posible que cometas semejante traición contra tu familia y tus valores?
Pensó sacar a colación a la dueña de la casa, su tía, una Black recientemente enviudada de un nacido de muggles. ¿Acaso ella no había ya «ensuciado» el apellido? ¿No habían perdido la pureza los Black por culpa de Andrómeda? Pero sabía que no funcionaba así. La pureza era más importante si la conservaban los varones, pues eran ellos los encargados de preservar el apellido.
Andrómeda ya no era una Black, ni para los tapices, ni para los Malfoy ni para ninguna otra familia pura. Era una Tonks y sus acciones dejaron de importar en el momento en que aceptó la mano y apellido de un sangre sucia.
En cambio, él era un Malfoy. Él no podía dejar de ser un Malfoy. Por eso, tenía un deber: mantener su descendencia pura.
—…criado así. Después de todo este tiempo, después de todos mis esfuerzos por mantener esta familia…
—¿Me dejarás explicarme, padre? —lo interrumpió Draco.
—¿Explicarte? ¿Qué vas a explicar? ¿Que te has enamorado de una impura?
—Lucius, si lo dejaras hablar, quizás… —dijo Narcissa con un dejo de súplica.
—¿Me vas a decir que tú apruebas que nuestro hijo esté con esa… esa…?
—Padre, no estoy con ella —lo cortó Draco.
Hubo un momento de silencio. El chico se sintió inmensamente incómodo estando de pie frente a sus padres, ambos sentados en los sillones de su habitación con la comida humeante sobre su escritorio.
—¿Qué quieres decir, Draco? —preguntó, entonces, Narcissa.
Miró a su madre. Se preguntó qué pensaría ella de la situación. ¿Prefería que su único hijo estuviera realmente saliendo con Hermione o prefería que fuera una farsa para el beneficio de ambos? Después de todo, él había visto los esfuerzos de Narcissa por ser amable con Andrew y Jane Granger.
—Es falso, ¿está bien? —dijo, dirigiéndose a su padre—. Todo es falso. Es una relación por conveniencia. Hemos firmado un contrato.
—¿Falso? —repitió Narcissa desconcertada.
—Sí, no es real, no estoy con ella —afirmó Draco, sin dejar de mirar a su padre—. Es sólo… una relación por conveniencia —repitió.
—¿Cómo podría resultarte conveniente tener una relación con ella? —preguntó lentamente su padre.
Draco tragó. Sabía que podía convencer a Lucius. Sólo tenía que demostrar que su plan realmente estaba funcionando.
—Padre, ¿qué opina el mundo mágico de nosotros ahora? —Esperó unos momentos para que lo meditara. Al ver su rostro en blanco, se respondió a sí mismo—. Nos odian. A mí me odian. A ustedes los odian. ¿Por qué estamos viviendo aquí? Porque todos nos odian. Y cuando digo todos, me refiero a todos.
—Querido, no creo que eso sea… —intentó Narcissa.
—Es cierto, madre —la cortó Draco, aún sin mirarla—, yo lo he vivido todos los días en Hogwarts. Y ustedes deben de saberlo por todas las cartas con amenazas que recibieron y que seguro les siguen enviando.
—¿A qué te refieres con que lo has vivido en Hogwarts? —exclamó Narcissa—. Lucius, ¡debemos hacer algo! No puede ser que…
—Madre, ni siquiera lo pienses ―la detuvo―. Además, por eso mi contrato con Granger es tan conveniente.
Hubo otro segundo de silencio. Su padre lo miraba con atención. Ya no había furia en su expresión. Al verlo acomodarse en el sillón para escucharlo más cómodamente, Draco supo que se lo había ganado.
—Explícate —dijo Lucius con calma.
—Piénsenlo: si ella, una hija de muggles, heroína de la guerra, mejor amiga de Potter y la cerebro del trío dorado me perdona mis pecados y no sólo acepta ser mi amiga, sino mi pareja, ¿qué va a pasar con la opinión de los demás? —Sus padres, nuevamente, se quedaron en silencio—. Yo les digo que va a pasar: va a cambiar. La gente es tonta. Y como es tonta, es muy influenciable. Si ven que alguien a quien consideran modelo a seguir cambia de opinión, entonces la gente va a cambiar de opinión o, al menos, va a considerarlo. La opinión pública depende muchísimo de las figuras públicas. Tú, padre, lo sabes mejor que nadie. Y, nos guste o no, Potter y compañía son figuras públicas. De modo que, si me gano la confianza y amistad de Granger, me gano la de Potter, la de Weasley y, de paso, la de la mayoría del mundo mágico. Una vez que eso ocurra, ustedes son los siguientes en abandonar la lista de odiados.
Observó a su padre, orgullosamente sentado sujetando su bastón, sosteniéndole la mirada. A veces, le sorprendía lo mucho que lo conocía incluso sin haber pasado tanto tiempo juntos. A veces, la mayoría de las veces, le molestaba pensar lo importante que le resultaba su opinión y aprobación. ¿Por qué tenía que ser así? ¿Por qué no podía simplemente mandar todo a la mierda y olvidarse de lo que Lucius opinara?
Porque era su padre. Era quien le enseñó a caminar apropiadamente, a mover una varita, a montar una escoba. Quien le explicó lo especial que era, no sólo para sus padres, sino para el mundo entero. Era quien le compartió fuentes de conocimiento increíbles y le dio permiso para jugar en su estudio y leer de su biblioteca. Quien lo felicitó por cada logro y lo animaba a tener más. No habían pasado mucho tiempo juntos, pero Lucius se había encargado de no estar ausente en su vida y Draco no podía hacer vista gorda a ese detalle.
Y tampoco podía evitar admirarlo. Lo admiró años atrás por todo el poder tenía, tanto político y social como adquisitivo. Lo admiraba en ese momento recordando cómo luchó por protegerlos, a él y a su madre, en su propia casa cuando el Señor Tenebroso y un montón de mortífagos se adueñaron de ella. Lo admiraba en ese momento al ver cómo, aún después de todo, se mantenía firme y no permitía que las circunstancias lo echaran abajo o que los demás lo convencieran de que era una escoria.
Lo único que se debía recordar no admirar era su terquedad. Debía recordarse que había cosas que su padre le había enseñado que no eran correctas. No debía olvidar que ya no compartía muchas de sus tradiciones y valores. Porque, aunque era su padre, no era la figura perfecta que alguna vez quiso imitar.
—Supongo que tienes un punto —dijo Lucius, trayéndolo rápidamente al presente—. Sin embargo, ¿cómo puedes estar seguro de que tu plan va a funcionar? ¿No arruinaría eso la imagen de ella, volviéndola inútil?
Sonrió internamente.
—Padre, ni siquiera debo estar seguro de que funcionará porque ya está funcionando. —Dejó pasar un momento para que sus palabras surtieran efecto—. Horace Slughorn celebró una fiesta de Navidad antes de que comenzaran las vacaciones. Hubo muchos invitados, muchos conocidos de ustedes e importantísimas figuras del mundo público. Ahí pude comprobar lo mucho que cambia la actitud de las personas cuando tengo a Granger colgada del brazo. Les aseguro que mi plan está funcionando de maravilla.
—¿Y qué es lo que gana la señorita Granger con todo esto? —cuestionó Narcissa—. Si es una relación por conveniencia, algo debe ganar.
Draco se volvió a su madre por primera vez en mucho rato.
No estaba contenta. Ella hubiese preferido que fuera real. ¿Acaso ya no le importaba la pureza de sangre?
—Eso… me temo que no puedo decirlo —respondió lentamente—. Es un secreto. Su secreto.
—Entonces —dijo Narcissa—, esta chica, Hermione, ¿no te gusta?
Draco negó con la cabeza.
—Y yo tampoco a ella. Estamos fingiendo.
—Demasiado bien.
—Me conoces, madre.
—Pero no a ella.
—Estoy seguro de que no está interesada en mí —aseguró Draco.
—¿Y cuándo planean terminar con esto? —preguntó su padre.
Tragó.
—Marzo, probablemente. No puede durar demasiado poco si queremos que parezca algo auténtico. Y también pretendemos que sea en buenos términos. Nuestro plan sería inútil si volvemos a enemistarnos al final.
Sus padres intercambiaron miradas. Narcissa había ocultado su molestia y Lucius se veía satisfecho.
—Bien, me parece un plan ingenioso —dijo su padre al fin—. Sin embargo, te aconsejo que tengas cuidado, Draco. —Esperó nerviosamente que su padre terminara la idea—. No vaya a ser que se te olvide que estás fingiendo después de hacerlo por mucho tiempo.
Draco resopló.
—No te preocupes, padre, eso no va a pasar. —Luego de unos instantes, agregó—: Ella no sabe que les he contado esto. Se supone que no le diríamos a nadie. Así que… les pido discreción, también con ella.
Una vez que sus padres asintieron, se sentó junto a ellos para cenar.
Hermione se alejó rápidamente de la puerta y corrió lo más sigilosamente que pudo a su habitación vacía. No se percató de la ausencia de Ginny hasta que entró unos momentos después. Se limpió disimuladamente las mejillas antes de girarse a la chica.
―¡Hermione! ―exclamó Ginny―. No sabía que… ¿Estás bien?
―Sí, sí ―dijo enseguida, terminando de secarse―, sólo me entró una pestaña al ojo y no lograba sacarla. ―Miró a su amiga y vio que tenía los ojos rojos―. Tú… ¿estás bien?
Ginny rio, haciendo un gesto para restarle importancia.
―Sí, no te preocupes. Sólo me estaba maquillando y me entró un poco de polvo ―dijo, volviendo a reír.
Hermione estaba segura de que Ginny había creído su mentira tanto como ella había creído la suya.
¿Un review por un adelanto? ;)
Les dejo los comentarios de mis betas jijiji
Una vez que la madre de Hermione los señaló, se preguntó para qué demonios servían y por qué su tía, una bruja sangre pura, conservaba objetos muggles.
N/E-Mango: Ay, Draco, por favor, tu tía dejó a su familia por su amor que era un hijo de muggles. Qué más explicación quieres.
—Que se te dan muy bien los niños.
N/E-Holly: Tengan los suyos pls
—¿Me tengo que poner celoso? —se burló Draco.
N/E-Ange: Claro que si!
—¿Qué? ¡Claro que no! —se rio ella, como si la idea fuese ridícula.
—¿Por qué no? —preguntó desconcertado, pensando que Theo se parecía mucho a Granger y no sería raro que salieran.
N/E-Mango: Blaise: O_O
—A Weasley vamos a coronar.
N/E-Ange: JAJAJAJJAJAJAJAJ
—Padre, no estoy con ella —lo cortó Draco.
N/E-Holly: DUDEEEE BRIGIDO
—¿Y qué es lo que gana la señorita Granger con todo esto? —cuestionó Narcissa—. Si es una relación por conveniencia, algo debe ganar.
N/E-Mango: Bueno, empezando por lo obvio... Su hijo.
Después de todo, él había visto los esfuerzos de su madre por ser amable con Andrew y Jane Granger.
N/E-Ange: Ahhhh es mas bonita!
—No vaya a ser que se te olvide que estás fingiendo después de hacerlo por mucho tiempo.
N/E-Holly: oh amigo, si supieras que se la quiere comer con papas fritas
Nota larga, perdón.
Bueno, si has llegado hasta aquí, quería darte las gracias, de verdad. Fueron seis largos meses de espera, lo sé, así que agradezco que sigas leyendo esto. Lo bueno es que he salido de mi hiatus voluntario. Lo increíble es que Superficial Love CUMPLE DOS AÑOS hoy, 19 de enero de 2021. Y lo no muy bueno es que me atrasé en mis estudios. Crucemos dedos para que sea sólo un semestre más y al fin pueda ser lanzada desempleada al horrible mundo laboral.
He promocionado esto varias veces, pero escribí un three-shot Theo/Blaise que es parte del "universo" de Superficial Love. Lo pueden encontrar en mi perfil con el título "Era culpa de él". No es "necesario" leerlo si no les interesa o no les gustan las parejas M/M, PERO yo les recomiendo hacerlo para tener algo así como un background de los Slytherin de la historia, y también para saber qué pasó en Hogwarts a modo general. No es ni por si acaso un fic del que estoy orgullosa, pero sí me entretuvo escribirlo y me sirvió para entenderlos un poco más (y también shippearlos un montón).
En fin, léanlo si pueden. Y si les gusta la pareja, tengo recomendaciones muy buenas para alimentar su corazón "Bleo" jijiji.
Por último, una noticia que estaré anunciando más oficial y regularmente: me voy a Ao3. Quienes me conocen (o están en el grupo de Facebook "YO TAMBIÉN ESTOY ESPERANDO OTRO CAPÍTULO DE MUÉRDAGO Y MORTÍFAGOS") saben que amo esa plataforma. Esto no significa que borraré mis fics de aquí, sólo que no publicaré ninguno nuevo acá (las continuaciones prometidas de algunos OS sí las subiré como capítulos nuevos en Fanfiction). Todo lo nuevo que escriba/traduzca lo subiré sólo a Ao3, además de resubir todo lo que he publicado aquí.
De nuevo, muchas gracias por seguir aquí.
¡Nos leemos!
