9

SAKURA

No podía bajar.

Mis piernas se negaban a moverse; era incapaz de sostener mi propio peso. No había abandonado la cama desde que Sasuke se marchó. Las lágrimas iban y venían. Justo cuando paraban, volvían a aparecer otra vez. Sentía un dolor permanente en el pecho que no quería desaparecer.

Consideré el saltar por la ventana e intentar romperme el cuello, pero desde el primer piso no sería suficientemente alto. Sasuke parecía ser el tipo de hombre que guardaba armas en la casa, pero no había encontrado ninguna.

¿Cómo se había convertido mi vida en aquello?

El día antes de que me sacasen de la cama en mitad de la noche, acababa de finalizar mi rotación en la planta de cirugía. Mis pacientes me fascinaban; estaba preocupada de verdad por su recuperación y por sus vidas. Había sentido euforia, una subida de adrenalina. Sentía que estaba haciendo algo que tenía significado.

Y ahora estaba allí, a punto de convertirme en una esclava.

Sasuke entró en la habitación, con los ojos negros casi rojos por la ira. Me había llamado dos veces, pero seguí sin obedecerlo. No temía su furia, sólo estaba conmocionada por lo que estaba a punto de suceder.

―Tendrás que sacarme a rastras... ―Me abracé la cintura y esperé su ataque―. Pero me resistiré hasta el último momento, con gritos y patadas. Y cuando Bones me tenga, haré lo mismo con él.

Sasuke se aproximó lentamente, mirándome aún con un ligero desdén.

–Cambio de planes.

Lo miré, con la respiración agitada.

―¿Qué?

―Le he dicho a Bones que se marche; se me ha ocurrido una idea mejor, un castigo mejor.

¿Qué castigo podría ser peor que ser la prisionera de un loco?

―Eres mía... para siempre. ―Me miró fijamente, como si me odiase, como si durante la pasada hora le hubiese hecho algo terrible―. Eres mi prisionera, mi esclava. Harás lo que te diga sin tener que pedírtelo más de una vez. Te llevaré colgando del brazo allá donde vaya, para que todo el mundo sepa lo que le he hecho a Deidara Kamiruzu.

Me clavé los brazos en la cintura al agarrarme con fuerza. Parecía que me faltaba una pieza del rompecabezas, porque aquello no cuadraba. Me había acostado voluntariamente con Sasuke, obviamente con un motivo ulterior, pero era algo que no habría podido hacer con Bones por mucho que lo intentase. La bilis no hubiese parado de subirme por la garganta. Desde mi punto de vista, que me forzase a hacer todo lo que él quisiera era mucho mejor que irme con el imbécil que me había dejado un ojo morado.

―Jamás volverás a casa. Jamás escaparás. Ésta es tu vida hasta que mueras, o hasta que yo mismo te mate. –Me agarró del cuello, apretando con fuerza―. ¿Me has entendido? ―Me cogió de la barbilla cuando no contesté lo bastante rápido, y me forzó a mirarlo―. ¿Me entiendes?

Todo lo que pude sentir fue alivio. Nunca pensé que ser prisionera de Sasuke sería una bendición, pero comparado con mi anterior destino, lo aceptaba con los brazos abiertos. Sasuke era complicado y siniestro, pero no malvado como aquel otro hombre. Parecía que realmente tenía otra oportunidad en la vida, algo por lo que vivir.

―Sí.

Me liberó la barbilla.

―Pero nunca dejaré de intentar escaparme. Nunca obedeceré tus órdenes. Nunca actuaré como un perro. Lo único que acepto es ser tu prisionera, pero eso no significa que sea una prisionera voluntaria.

Debió ser suficiente, porque se marchó.

Cuando la puerta se cerró, volví a llorar. Pero esta vez fueron lágrimas de alivio; estaba tan agradecida que creí que me iba a explotar el corazón. Era la primera alegría que había tenido desde llegar allí, y a pesar de que resultaba patético sentirse agradecida por algo tan miserable, eso no cambiaba nada.

Las lágrimas siguieron cayendo.

.

.

.

Dormí por primera vez en tres días.

Las pesadillas no me acosaron. Bones no me asaltó, cogiéndome de las tetas mientras echaba la cabeza hacia atrás y reía. No me rompió los huesos ni me persiguió con un bate de béisbol. Sólo soñé con las focas que nadaban a lo largo de la costa, durmiendo sobre las rocas hasta que rodaban por accidente y caían al agua.

A la mañana siguiente, me desperté sintiéndome fresca y agradecida.

Entré en la cocina con el estómago rugiendo; no recordaba la última vez que había comido. No había tenido mucho apetito durante los pasados tres días. Había tenido el estómago lleno de nudos.

Cuando doblé la esquina, vi a Sasuke allí de pie. Llevaba una camiseta negra con pantalones cortos de correr del mismo color. Una línea de sudor le manchaba la camiseta alrededor del cuello, sugiriendo que acababa de volver de correr. Estaba bebiendo café y miraba por la ventana, al parecer sumido en sus pensamientos.

Tras acostarme con él, no quise admitir que lo había disfrutado. Era un hombre atractivo, oscuro y misterioso, y aunque mi mente se sentía repelida por él, mi cuerpo no tenía la misma opinión. Era estúpido, pero sentía una ligera debilidad por él. Podría haberme hecho lo que hubiese querido aquella noche. Había tenido toda intención de matarlo, y a pesar de que él lo había sabido, me había dejado ir de todas formas.

No creía que fuera la persona malvada que insistía ser.

Ningún otro hombre hubiese parado. Ya tenía el glande dentro de mí. Me había tenido las manos sujetas a la espalda y agarrada del cuello; no habría podido hacer nada para zafarme.

Pero me dejó ir.

Sasuke seguía siendo mi enemigo, así que no podía tenerle cariño. Si alguna vez se me presentaba la oportunidad de escapar, la aprovecharía. Si alguna vez era cuestión de elegir entre él y yo, me elegiría sin pensarlo.

Pero seguía siendo una mujer.

Mi plan había consistido en ablandarlo, hacer que me desease lo suficiente como para que no me entregase a Bones. Si me convertía en alguien de valor para él, querría quedarse conmigo. No estaba completamente segura de si había funcionado; no había parecido sentir afecto alguno por mí tras acostarnos. De hecho, parecía odiarme incluso más. Su decisión de cambiar el castigo podría haber sido pura coincidencia, tener algo que ver con Bones o con las circunstancias. Nunca lo sabría, porque jamás me lo diría.

Debió verme en el reflejo del cristal, porque me habló.

―¿Has dormido bien?

―Como un tronco.

Dio un trago a su café y continuó mirando por la ventana. No hizo nada más; siguió callado e inmóvil.

Teyaki emergió de la cocina, vestido con una chaqueta blanca de chef por encima de su camisa y pantalones de vestir.

―Estaba a punto de preparar el desayuno para el señor Uchiha. ¿Le gustaría comer algo, señorita Sakura?

Mi estómago gruñó en respuesta.

―Por favor, comeré lo que sea.

Sasuke volvió a beber.

―Me alegro de que por fin hayas cambiado de actitud. La mayoría aprovecharía la oportunidad de tener un chef privado.

Teyaki ignoró los comentarios de su señor.

―Tendrá que ser más específica, señorita Sakura. Puedo preparar lo que sea. ―Me sonrió con cariño, una cálida contradicción con la frialdad de Sasuke. Tenía arrugas alrededor de los ojos, pero de algún modo lo hacían más amable. Era la única persona que se comportaba de forma remotamente agradable conmigo.

Debería aprovecharlo más a menudo.

–Comeré lo mismo que el señor Uchiha.

Sasuke se dio la vuelta y me miró al fin; tenía el frontal de la camiseta empapado en sudor.

―Llámame Sasuke... sólo Sasuke. ―Me miró intensamente, retándome con la mirada que me atreviera a contradecirlo delante de su mayordomo―. Nada más.

Asentí en silencio.

―Al señor Uchiha le gustan las claras de huevo revueltas acompañadas con verduras de hoja verde a la parrilla –explicó Teyaki―. ¿Querrá comer lo mismo?

No pude evitar hacer una mueca.

―Puaj, en absoluto. ¿Quién diablos come eso para desayunar?

―Un hombre que tiene este aspecto. ―Se pasó la mano por los abdominales duros como piedras, recalcándolos.

Puse los ojos en blanco.

―La arrogancia no es sexy.

―Tengo seguridad en mí mismo ―me corrigió.

―La seguridad se mantiene en silencio ―repliqué―. Y tú no cierras la boca.

En lugar de enfadarse, arqueó la comisura de los labios a modo de sonrisa.

–Estás mona cuando te haces la listilla.

Enarqué ambas cejas.

―¿Estás ligando conmigo?

―No. Si ligase contigo, estarías ya sobre la mesa de la cocina. ―La comisura de su boca siguió formando una sonrisa, pero los ojos le ardían, completamente decididos.

Se me enrojecieron las mejillas; Teyaki estaba allí mismo, oyéndolo todo. Teyaki continuó como si no hubiese oído nada en absoluto.

―Entonces, ¿qué le gustaría, señorita?

―Puedes llamarme Sakura sin más. ―El título era innecesario.

―No ―me interrumpió Sasuke―. La llamarás señorita Sakura.

Teyaki no objetó.

Pero yo sí.

―Si quiero que se dirijan a mí por mi nombre, se dirigirán a mí por mi nombre.

―En esta casa no ―amenazó Sasuke―. Soy el dueño de todo lo que hay bajo este techo; incluida tú.

Lo miré con asco.

―Eres una joyita, ¿lo sabías?

―¿Dirías que soy peor que Bones? ―replicó―. Porque estaré encantado de entregarte a él si es con quien quieres estar. ―Ocultó la sonrisa tomando un sorbo de café.

Ahora sí que lo odiaba.

―¿Qué será, señorita Sakura? ―preguntó Teyaki―. Puedo preparar cualquier cosa, sobre todo exquisiteces norteamericanas.

Pensar en comida me hizo olvidar a Sasuke.

–¿Puedes hacer tortitas?

―Las tortitas más esponjosas del mundo ―dijo Teyaki con una sonrisa―. ¿Algo más?

―¿Huevos con beicon? ―inquirí esperanzada―. ¿Y una tostada, quizás?

―Por supuesto. Ahora mismo. ―Sacó las cosas del frigorífico y empezó a trabajar―. Siéntese y tómese un café.

Me puse cómoda en unas de las sillas a la mesa y cogí la taza con ambas manos, sintiendo su calor.

Sasuke continuó apoyado contra la encimera mientras me miraba.

–Qué gran apetito para una sola persona.

―No es tanto cuando no has comido en tres días.

Rió entre dientes de forma casi inaudible y tomó asiento frente a mí a la mesa. Aquella mesa me gustaba más que la otra del comedor, donde me había sentado desnuda y Bones me había cogido las tetas como si ya fuera dueño de mi cuerpo sin haber pagado por él. Sasuke se bebió su café y me miró directamente; su mirada era oscura e intimidante. Sentía como si me estuviera desnudando con sólo la expresión de su rostro.

Me negué a sentirme intimidada por aquel hombre. No creía que fuese tan peligroso como decía ser. Nunca me había hecho daño a menos que le diese una razón para ello, y me escuchaba si rogaba lo suficiente. De hecho, me sentía agradecida de estar sentada frente a él ahora mismo, y no con aquel otro hombre.

Teyaki colocó los platos sobre la mesa.

―Que lo disfruten. ―Abandonó la cocina, dándonos privacidad. El plato pequeño de Sasuke era ordinario, sólo huevos y verduras.

Eso no era un desayuno.

Eché sirope en mis tortitas y tomé un bocado de beicon, sintiéndolo crujir entre los dientes. Gemí ante el sabor, sin pensar; mi estómago estaba al borde del éxtasis.

Sasuke me observó, sonriendo parcialmente.

–Nunca he visto a una mujer comer así.

―¿Cómo? ―pregunté―. ¿Como una persona que come comida de verdad? ¿Sólo pasas el tiempo con supermodelos?

Sonrió de oreja a oreja.

―Y ahí está otra vez.

―¿El qué? ―Cogí el tenedor y corté los huevos.

―Ese tonillo de celos. ―Dejó el café en la mesa y cogió su tenedor.

―¿Qué? ―pregunté incrédula―. No estoy celosa.

―Obviamente imaginas el tipo de mujer con el que me acuesto y asumes que deben ser supermodelos. Y tienes razón; nunca he dormido con una mujer que no fuese absolutamente despampanante. ―Tomó un bocado y me miró atentamente mientras masticaba; su mandíbula trabajó sin hacer ruido.

Sabía que me estaba lanzando un piropo a propósito, pero me negaba a sentirme alagada.

―La única mujer de la que estoy celosa es Karin, y sólo porque vuelve a casa todos los días.

―Pero en realidad nunca se va del trabajo. Trabaja mucho desde casa.

―¿Haciendo el qué? ―No comprendía del todo a lo que Sasuke se dedicaba. Había dicho que vendía información, pero ¿a qué se refería exactamente? No parecía ser un agente del gobierno de ningún país en particular.

―Muchas cosas. Es el engranaje más importante de mi máquina. ―Tomó otro bocado, casi acabándose la comida de lo escasa que había sido―. No sabría qué hacer sin ella.

―Ahora sí que estoy un poco celosa.

Sonrió.

―Lo supuse. Eres de las celosas.

―Tengo celos de que la respetes tanto mientras que a mí no me muestres respeto alguno. ―Obviamente, aquel hombre no era tan cerdo como decía ser. Karin no era una esclava a sus órdenes; era libre de hacer lo que quisiese, y quedaba claro que confiaba en ella.

―¿Por qué iba a mostrarte respeto cuando no te lo has ganado?

―¿Disculpa? ―Enarqué las cejas―. Llevo semanas aquí encerrada, y no he tenido un ataque ni he intentado suicidarme. Por supuesto que me merezco algo de respeto.

Bebió café, sin que pareciera importarle lo que acababa de decir.

–Hace falta mucho más que eso para impresionarme, monada.

Quería pedirle que dejase de llamarme así, pero no serviría de nada.

–Entonces, ¿ahora qué? ¿Vas a tenerme aquí encerrada para siempre?

–Entre otras cosas ―respondió, sin dar más detalles.

―¿Qué quieres decir con eso?

―¿Qué tal si no te preocupas por esas cosas? ―Cortó las verduras de su plato y tomó unos bocados.

―No soy una mentecata. Debes tener alguna idea de lo que harás conmigo. Merezco saberlo.

―Tu sentido del privilegio me confunde. ―Masticó lentamente, alargando los segundos entre frases―. Te dije que ahora eras de mi propiedad... indefinidamente. Harás lo que te diga cuando te lo diga. Tu vida ya no es tuya, así que no te mereces nada.

Quise estrangularlo. Justo aquella mañana me había sentido agradecida de que no dejase que Bones me llevara, pero ahora quería matarlo otra vez.

―En cuanto lo aceptes, llegarás a apreciar la oportunidad que se te ha dado.

―¿Oportunidad? ―inquirí, casi atragantándome con la palabra―. ¿Consideras que la esclavitud es una oportunidad?

Tragó, moviendo la garganta en el proceso. Tenía la barbilla cubierta de una espesa sombra de barba que le llegaba hasta la garganta.

―Soy uno de los hombres más poderosos del mundo. Soy más rico que muchos países. Nunca estarás más a salvo ni serás más rica que cuando estés conmigo. Puedes tener cualquier cosa que se te ocurra.

―Eso no me sirve de nada si lo que quiero es libertad.

―La libertad está sobrevalorada ―dijo con frialdad―. ¿Crees que pagar un préstamo de estudiante gigantesco sólo para poder recibir una educación es libertad? ¿Crees que pagar una suma ridícula cada año en impuestos mientras te dedicas a salvar vidas es libertad? ¿Crees que vivir en un país donde siempre te verán menos calificada que a un hombre es libertad? ―Negó lentamente con la cabeza―. Hay muchas más cosas en la vida, monada. Puedo enseñarte el mundo. Puedo enseñarte cosas que ni siquiera puedes concebir en ese cerebrito tuyo tan inteligente. En lugar de quejarte todo el tiempo, cierra la boca y aprecia lo que tienes justo delante de las narices.