NADA DE ESTO ME PERTENECE, LOS PERSONAJES SON DE RUMIKO TAKAHASHI, SOLO ME DIVIERTO ESCRIBIENDO HISTORIAS
¡Hola a todos! no me maten, por favor. Ya sé que ha pasado mucho tiempo, y en mi defensa (más o menos) este ha sido un año terrible para mí, espero que los haya tratado mejor a ustedes, no solo por la pandemia sino también en lo familiar. Espero que estén bien, con sus amigos y familias seguras dentro de lo que cabe. Intenté terminar este capítulo hace meses, pero como empieza el drama, y este año ha sido drama, me bloqueé totalmente, lo siento.
Reviews:
Yaelinuyasha: en efecto, hay tensión por todos lados y Naraku no teme jugar sucio, ya se verá más de eso en este capítulo c;
YoAtzin: Me alegra que te haya enganchado la historia, y que consideres todo esto factible jeje, seré curiosa ¿qué otras historias quisieras leer? ya sé que me demoré mucho, pero aquí está el capítulo, gracias por la oportunidad c:
CONEJA: Tienes razón, tengo que ir desarrollado la historia equitativamente, eso a veces es difícil porque hay varios personajes y situaciones pero me las ingenio para que todo se vea lo más natural posible. Respecto a Kikyou, hay una escena de ella muy importante en este capítulo, y su personaje será algo complejo.
Sra. Grandchester: Sii, a mí también me encanta Jinenji. Y sobre Kikyou, su personaje será algo complejo, pero creo que tendrá un buen desarrollo.
Mztle68: Oww, muchas gracias por decir que está bonito jeje, disculpa la demora pero al fin aquí está la continuación.
AmyCat45: Bueno, hago mi mejor esfuerzo dándole su espacio a los demás personajes secundarios, intentando mover la trama con ellos, que bueno que eso te guste jeje. Y sobre Inu y Kag, efectivamente su relación está empezando, técnicamente hablando, y la transición tomará su tiempo, la guerra lo acelerará algo pero haré mi mejor esfuerzo en que no sea tan drástico el cambio jeje.
Lucy: Si, Jinenji hace un papel parecido, empujando a Inuyasha a enfrentarse a sus daddy issues, lo puse como primo de Kagome para que fuera más chocante para Inu. Naraku saldrá más, y sí va a interactuar con sus bastardos, ya lo verás c;
Monroe21: oh, disculpa :c espero que este capítulo sea más agradable.
Mizuki0709: Sip, de hecho Kohaku tendrá más desarrollo en los siguientes capítulos, y será importante también para el desarrollo de Sango. Sobre la relación InuKag, me alegra que disfrutes los pequeños detalles c:
Sin más preámbulo ¡disfruten!
Capítulo 16
La sombra descendió como un golpe hacia la princesa, Kagome se inclinó y recibió un fuerte impacto en su espalda, que la tumbó hacia el suelo. Rodó mientras emitía un quejido de dolor, los demás se movieron rápido para intentar ayudarla, pero la sombra se alzó y desapareció nuevamente. Sango se inclinó al lado de Kagome, en posición de ataque, mientras Inuyasha empuñaba su espada y miraba alrededor con desesperación, Miroku era el único que se veía más calmado, con ojos analíticos.
Kagome cerró los ojos y se concentró, podía sentir la energía de la sombra rodear el árbol y acomodarse para otro ataque, sabía que sus amigos no podrían contra una energía maligna, así que se alzó y buscó con la mirada su carcaj, lo encontró colgando en la correa de su caballo. Pearl estaba agitada, y si no estuviera tan cansada, ya habría corrido colina abajo.
Las piernas de Kagome resintieron el cansancio de la caminata cuando ella se puso de pie con un salto, pero no se inmutó, tampoco escuchó las advertencias de Sango o de Inuyasha de estarse quieta. La sombra descendió otra vez, Inuyasha intentó darle un golpe con su espada, pero ésta cruzó la sombra como si fuera aire, haciendo que la forma fantasmal emitiera un ruido similar a una risa. Kagome miró de reojo a la sombra formarse frente a Sango, pero Miroku la golpeó haciendo que un ligero resplandor emergiera de su mano, y la sombra descendió retorciéndose.
Repentinamente, una hilera se novicias vestidas en blanco salieron del templo sujetando rosarios de madera en sus manos, intentaban mantener sus rostros serenos, mientras entonaban un suave canto que provocó un tenue resplandor a su alrededor. Kagome pudo sentir que la sombra perdía parte de su energía.
—¡Rápido!—gritó Kaede, apareciendo detrás de las novicias—¡Es tu turno, Kagome!
Para ese momento Kagome había llegado hacia Pearl, sacó una flecha y la tensó con la rapidez de la práctica, la sombra intentó moverse, pero Kagome soltó la flecha y miró cómo resplandecía con fuerza mientras se incrustaba en la sombra, destrozándola, en una pequeña explosión de luz rosada. La flecha cayó al suelo, y ya no había nada.
Entonces, sintió que toda la energía abandonaba su cuerpo, a su alrededor todo se veía borroso. Sus amigos estaban bien, impresionados, pero a salvo, y no sintió energías malignas cerca.
—¡Ayúdenla!—gritó Kaede, pero nadie pareció reaccionar a tiempo.
Sus músculos desaparecieron, sus huesos pesaron, y la cabeza simplemente se desprendió de su ser, Kagome cayó al suelo dándose un fuerte golpe en el hombro, su mano sostenía aún con ligereza aquél viejo arco de madera fina que Inuyasha le regaló en la infancia.
—¡Kagome!
Inuyasha se inclinó a su lado y acunó su cuerpo con delicadeza, examinando a simple vista que no tuviera heridas. Respiraba suavemente, de forma casi imperceptible, y su piel estaba helada por los vientos de la tormenta.
—Tenemos que calentarla—dijo Sango, viendo las mejillas de Kagome comenzar a sonrojarse por el frío.—Vamos, entremos al Santuario.
—Pon a calentar agua, y tú trae un cambio de ropa para la princesa—Kaede dio órdenes a las novicias, que se movieron rápido.—Cuiden los caballos, hay que alimentarlos. Y también traigan comida para nuestros invitados y mudas de ropa.
Kaede caminó con movimientos lentos hasta donde Inuyasha intentaba reanimar a Kagome, colocó una mano sobre la frente de la princesa, y suspiró.
—Está bien, sólo está muy cansada. Todos síganme, la tormenta no debe tardar en llegar y ocupamos resguardarnos del frío.
—¿Y quién es usted?—preguntó Inuyasha.
—Soy la sacerdotisa Kaede, la encargada de éste Santuario y antigua guardiana de la Perla de Shikon. Vamos, síganme.
Cuidadosamente, Inuyasha cargó a Kagome cuidando que su cabeza reposara sobre su pecho, y caminó detrás de Kaede. Sango y Miroku guardaban silencio, mirando a su alrededor constantemente. Frente a ellos estaba la explanada principal y una serie de diversos templos, alumbrados con senderos de linternas de aceite. Kaede entró a un templo amplio justo frente a la explanada, al interior abrió una puerta, donde ya estaba preparado un lecho.
—Déjala ahí, joven príncipe—dijo—Kagome está bien, sólo ocupa descansar.
Inuyasha la recostó y acomodó su cuerpo en una posición cómoda, aunque el interior del templo era cálido, la cubrió con una manta. Se quedó sentado al lado de ella, no pasó mucho cuando unas novicias llegaron con agua caliente y paños.
—Ustedes también ocupan descansar, han tenido un viaje muy largo.
El rostro de Inuyasha parecía imperturbable, daba la impresión de que no había escuchado a la anciana sacerdotisa. Miroku sabía que para Inuyasha, la seguridad de Kagome siempre sería primero, y que no reaccionaría hasta estar convencido de que ella estaba bien.
—¿Qué era esa cosa?—preguntó el duque—Parecía una sombra viviente.
—Era un espíritu maligno, últimamente rondan mucho por aquí—respondió Kaede, notando los pocos ánimos de sus visitantes y sus bastantes dudas—Desde que Kagome se llevó la Perla de Shikon, los conjuros que protegen éste templo han ido perdiendo su fuerza. Los espíritus lo han notado, y desean atacarnos para quedarse con reliquias y almas, hemos conseguido ahuyentar a la mayoría, pero a veces se nos escapan algunos.
—Entonces éste lugar no es seguro—dijo Sango.
—Éste templo es el último en tener una protección, durará uno o dos días aproximadamente. Después de eso, el Santuario deberá ser custodiado todo el tiempo por sacerdotisas guerreras.
—¿Y por qué mandaste llamar a Kagome si éste lugar no es seguro?
—Porque tengo un plan de respaldo, desde luego ¿piensas que arriesgaré la seguridad de mi princesa?—lo último lo dijo con enfado—El Palacio de los Shikiomi posee conjuros muy poderosos, ahí estaremos a salvo. Los abuelos de Kagome ya están enterados.
—Entonces debemos ir cuanto antes—dijo Inuyasha, su voz sonó extraña y apagada, como si apenas estuviera consciente—Así Kagome estará a salvo.
—¿Pretendas sacarla en la noche al bosque con una tormenta viniéndose encima de nosotros? Muchacho, sé que deseas cuidarla, pero debes enfocarte.
Una novicia entró en ese momento sosteniendo una charola con té caliente y sopa, lo fue sirviendo mientras lo ofrecía a los invitados con calma.
—Han llegado muy rápido, asumo que casi no han descansado—continuó Kaede—Ocupan descansar, al menos ésta noche. En la mañana partiremos. No hay nada de qué preocuparse esta noche, muchachos. Cálmense.
—¿Qué tan lejos está el palacio de los Shikiomi?—preguntó Miroku.
—A una hora de distancia, más o menos—dijo Sango—No es nada lejos.
—Muchacha, por favor muéstrale a la Condesa Fukugawa y a su acompañante sus aposentos—ordenó Kaede a la novicia—Deben estar exhaustos.
La novicia asintió, pidiéndoles amablemente que la siguieran. Sango y Miroku la siguieron, demasiado cansados como para debatir, pero Inuyasha no se movió de su lugar, sentado al lado de Kagome.
—Me quedaré así, sacerdotisa Kaede—le dijo a la anciana.
Ella suspiró, sabiendo muy bien desde un inicio que ésa sería la respuesta del príncipe, y le pidió a la novicia que trajera comida para él.
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Kagura murmuró un par de maldiciones cuando su pie se resbaló sobre hielo otra vez, a unos pocos metros de distancia, Kanna se quedó quieta, esperando a que su hermana dejara de maldecir y retomara el ritmo en su andar.
—¡Esto es inaudito!—dijo Kagura con desdén—Soy la hija de un rey, ¡yo no debería estar caminando por estos senderos perdidos de los dioses!
—Hija bastarda—añadió Kanna, con la misma calma de siempre.
—Ja, tú no te salvas de ese defecto, hermanita—respondió Kagura con burla—De cualquier forma, tenemos sangre real.
—¿Y?
—¿Cómo que "y"? ¡somos nobles en alguna medida!
Kagura suspiró con enfado y detuvo su caminar, encontrado una roca lo suficientemente alta como para sentarse en ella, ¡cómo odiaba esto! su padre les había ordenado marchar hacia el Santuario de las Cuatro Almas, vigilando a la princesa Kagome, pero especificando no atacar a nadie en su comitiva hasta que les diera la señal. Kagura no comprendía la fijación de su padre por esa mujer, a su juicio la estúpida princesa Kagome Higurashi no era tan especial.
Para poder moverse más rápido y pasar desapercibidas, Kagura y Kanna iban solas por los senderos del bosque, sus dos caballos caminaban a sus lados tan cansados como ellas. Llevaban casi un día de retraso con respecto a la princesita, habiendo tenido que detenerse a levantar un improvisado campamento para soportar la primera nevada del invierno.
—No entiendo porqué a ti y a Hakudoshi les importa tanto eso—admitió Kanna, apretando un poco más las correas de sus caballos—Eso no cambia quiénes somos.
—Importa porque es parte de nuestra identidad—espetó Kagura—Según tú ¿quiénes somos, Kanna?
—Somos los hijos no deseados de un hombre malvado—volteó para verla de frente, su rostro usualmente inerte mostrando un poco de emoción—Condenados a desconocer el legado de nuestras madres para complacer los caprichos de nuestro padre.
Kagura se quedó sin voz. Sabía que Kanna era la más reflexiva de los tres, pero escuchar esa verdad con semejante frialdad heló su sangre más que la nieve a su alrededor. Kagura miró al suelo conteniendo su tristeza, hasta donde recordaba, su padre nunca tuvo hacia ella ningún sentimiento amable, solo expectativas. Y nunca conoció a su madre, ni Naraku dejó que algún sirviente misericordioso le revelara al menos el nombre de la mujer que le dio la vida.
"A ti solo debe importarte que eres mía" le dijo Naraku la única vez que preguntó por su madre "Y qué no he dejado que las bajezas de esa mujer te corrompan. Ahora, lárgate de mi vista, niña"
Quiso llorar ese día, pero se contuvo, y consiguió contener sus lágrimas hasta encontrarse a solas en su alcoba. Demostrar debilidad frente a su padre solo le conseguía castigos, y aprendió desde niña a no hacerlo.
Miró de reojo a Kanna, y comprendió que, en el fondo, los tres cargaban con esas mismas heridas. Nunca supo quién fue la madre de Hakudoshi, o de Kanna, los bebés simplemente aparecieron en las habitaciones privadas del Palacio Real, al lado de las de ella, atendidos por niñeras y siendo visitados por Naraku con la misma regularidad que él la visitaba a ella: una vez a la semana, para evaluar su desempeño en las rigurosas lecciones a las que fueron sometidos desde que aprendieron a caminar.
Solo de recordar esas lecciones las manos de Kagura se crispaban por el dolor y la ira de esos recuerdos. Institutrices crueles que la golpeaban cuando no recordaba una lección, entrenadores bestiales que la hacían repetir ejercicios hasta que sus músculos se desgarraban, competidores desalmados, siempre mayores que ella, deleitándose cuando conseguían hacerla sangrar en sus combates de entrenamiento. Durante años lloró en silencio en su alcoba, con heridas en el cuerpo y en su espíritu, hasta que una noche se quedó sin lágrimas y no volvió a lamentarse de su suerte nunca más.
Con sus lecciones terminadas y sus habilidades comprobadas, surgieron nuevos oponentes: sus propios hermanos. Incluso desde niños, Naraku siempre los instó a competir entre ellos, pero llegada la adolescencia, su competencia se volvió feroz. Kagura detestaba abiertamente a Hakudoshi, pero no tanto a Kanna, quizá porque no parecía realmente importarle ser la ganadora del juego.
"Pero… ¿la ganadora de qué?" pensó Kagura, rodeada de nieve en los bosques del Reino del Norte, obedeciendo ciegamente las órdenes de un padre malvado, como bien dijo Kanna.
—No lo tomes tan mal, Kagura—le dijo Kanna, después de que duró varios minutos en silencio—Ni tú ni yo pedimos nacer en ese Palacio, con ese padre. Simplemente fue nuestro destino.
—Pues maldigo al destino entonces—siseó con veneno en sus entrañas—Y tú también deberías hacerlo.
—¿Para qué? Eso no cambiará nada.
—¿Cómo puedes ser tan pasiva? ¡¿cómo?!
La voz de Kagura se quebró en medio del grito, la intensa ira que llevaba años acumulando haciendo que su cuerpo temblara, mientras que Kanna parecía una estatua, su blanco rostro no muy diferente de la nieve amontonándose en las copas de los árboles.
—Confundes la resignación con la calma, hermana—respondió la muchacha, tirando de las correas de los caballos—Vamos, si llega otra tormenta no creo que podamos resistirla, debemos encontrar un pueblo.
—Nunca seremos princesas, ¿verdad?—se preguntó Kagura en voz alta, sin importarle si Kanna le respondía o no—Por más que cumplamos las órdenes, por más que complazcamos a nuestro padre… nunca seremos princesas. Solo las hijas bastardas.
Kanna se quedó quieta, aunque su rostro no lo expresaba, en el fondo de su alma sintió un pinchazo de dolor por la forma en que Kagura habló de ese tema.
—No, nunca seremos princesas—se mofó de ella misma, riéndose sin pizca de alegría—No como esa Kagome, princesa del Reino del Norte, ¡ja!—siguió riéndose de manera tenebrosa—Somos hijas de reyes… y sin embargo, ella marcha con su escolta, y nosotras solo recibimos órdenes.
—Te conviene dejar de pensar así, Kagura—le dijo Kanna, sin mucha convicción.
—Oh, déjame quejarme cuanto quiera—espetó molesta de nuevo, parándose de la roca—Es lo único que puedo hacer.
Mientras su padre siguiera vivo, Kagura no tenía la menor libertad. Lo odiaba con cada fibra de su ser, pero hace años que dejó de intentar ser libre, todos los intentos que realizó desde que era una niña terminaron muy mal. Aún tenía cicatrices en su espalda por la severidad de los castigos conforme ella crecía.
Así que se quejaría, era lo único que podía hacer: quejarse, refunfuñar, resoplar, maldecir en voz alta por esta vida desgraciada. Y nadie, menos Kanna, iba a quitarle ese gusto.
Algún día, no sabía cuándo ni dónde, ella sería libre. Volaría con el viento igual que lo hacen las hermosas plumas de las aves, desprendidas de sus creadores para unirse a las nubes. Pero hasta entonces… hasta entonces tenía que marchar sobre la nieve al lado de su media hermana, hacia el Santuario de las Cuatro Almas, y seguir espiando a la maldita princesa del Reino del Norte.
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La reina Izayoi caminó por un corredor de su palacio con expresión cansado, todo su cuerpo gritando por descanso, pero siguió caminando hacia la torre sur, donde debía atender su último y más importante compromiso del día.
Llevaba dos días de interminables juntas con los generales, marqueses y duques más importantes para planear la defensiva del reino ante el ataque del Rey Naraku. Para sorpresa de Izayou, la respuesta del Consejo de Guerra fue mucho más conciliadora de la que hubiese esperado: ella creyó que debatiría durante días defendiendo la causa de Kagome y la ausencia de Inuyasha, pero en realidad, casi todo el Consejo estaba a favor de la guerra.
La mayoría de los nobles en el Reino del Oeste conocían a Kagome desde que era una niña, vieron a la delicada princesita convertirse en una mujer inteligente y fuerte; no solo eso, sino que la princesa realmente ayudaba al príncipe Inuyasha, los nobles reconocían la influencia de esa encantadora mujer en su heredero, cuya personalidad iba centrándose al crecer y convivir más con Kagome.
Le tenían mucho aprecio a Kagome y no se tomaron a la ligera su coronación como princesa del Reino del Oeste, al convertirse en la prometida oficial de Inuyasha. Ella era ahora parte de la Familia Real, y la protegerían a toda costa. Además, el hecho de que el príncipe Inuyasha estuviera a su lado, protegiendo y ayudando a su prometida en este momento tan crítico, fue bien visto por casi todos los nobles, quienes expresaron en voz alta que así debía actuar un hombre de honor: respetando su palabra y protegiendo a su familia.
Izayoi sintió ganas de llorar cuando su pueblo respondió con tanto ímpetu y lealtad hacia su hijo y a la que consideraba su hija; sin embargo, seguía en extremo cansada y es que llevaba dos días sin apenas dormir y comiendo muy poco, procurando que su ejército tuviera las mejores estrategias y pensando las mejores maneras de que su ejército no sufriera.
Siendo reina durante décadas, Izayoi conocía bien las artes de la guerra y no era nada ingenua ante lo que se debía esperar en el combate si las cosas salían mal, pero rezaba con fervor para no llegar a tanto y se esforzaba en conseguir las mejores ideas para liderar a su pueblo.
Cansada, ojerosa y un poco más pálida de lo usual, la reina Izayoi subió los escalones hacia la torre sur, y entró a una de las alcobas. Era una bodega que ella frecuentaba constantemente, donde tenía algunos de los objetos que pertenecieron a su difunto esposo y a sus hace mucho tiempo fallecidos padres, pero ese día no fue a ver recuerdos, sino a encontrarse con una aliada.
Izayoi entró a la salita y encontró una veladora encendida, iluminando la habitación cada vez más oscura por el atardecer. Al centro, una mujer encapuchada se volteó para encararla y se inclinó, sus rodillas tocando el suelo y los ojos cerrados en señal de respeto.
—Mi reina—dijo la mujer.
—Bienvenida, baronesa—respondió Izayoi—¿Tuvo algún contratiempo llegando aquí?
—Lamentablemente sí.
—Levántate, y cuéntame de nuestros planes.
La mujer se alzó, y se retiró la capucha para presentarse con más dignidad ante su reina. El rostro de Kikyou parecía tan calmado como siempre, incluso más lindo, ya que había maquillado sus labios con un tono rosado y puesto sombra en sus párpados para verse más seductora.
—Me he demorado mucho más en regresar ante usted, mi reina, porque el rey Naraku envió a su hijo el bastardo Hakudoshi para seguirme, y tuve que usar rutas escondidas para perderlo en las fronteras.
—Entiendo, eso es lamentable—respondió Izayoi—Si el rey Naraku envió a Hakudoshi, entonces su confianza en ti está más comprometida de lo que creíamos.
—Eso mismo temo, mi reina, pero al menos conseguí que enviara a las bastardas hacia el Santuario de las Cuatro Almas.
—¿Estás segura de que sus hijas seguirán a Inuyasha y Kagome hacia las montañas?
—Sí, mi reina, yo misma las vi partir.
—Eso es bueno.
—Discúlpeme majestad, pero aún tengo mis reservas sobre este plan.
—¿Oh? ¿enserio?
—Perdone si hablo de más, pero mi reina, ¿no es peligroso que esas dos bastardas se enfrenten al príncipe? Después de todo, el sello no se ha roto.
—No, pero el sello no se romperá a no ser que Inuyasha realmente lo necesite—agregó la reina—Y para eso, debe pelear.
Kikyou no se vio muy convencida, pero bajó el rostro en señal de obediencia, la reina Izayoi sabía mucho más sobre el tema que ella.
—Gracias por preocuparte por mi hijo, Kikyou—dijo la reina—Pero te aseguro que hemos elaborado el plan menos riesgoso posible para empujarlo en la dirección correcta.
—Sí, mi reina.
—¿Qué otras noticias me tienes?
—Parece ser que Hakudoshi dirigirá los combates contra nuestro reino—dijo la baronesa—Pero eso aún no lo he podido comprobar.
—Compruébalo en las próximas veinticuatro horas, ¿sobre el Santuario no has tenido noticias?
—Solo que la princesa llegó sana y salva hace un par de horas, mi reina.
—Menos mal. Anda, ve y descansa por esta noche, tenemos aún muchas cosas que hacer los próximos días.
—Sí, mi reina.
Izayoi salió de la habitación y bajó las escaleras hacia su propia alcoba, pensando en lo que Kikyou le había comentado. Murmuró un rápido rezo para que Totossai y Myoga llegara pronto a con su hijo, y para que el sello se rompiera lo más pronto posible.
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Inuyasha comió un poco de lo que la anciana Kaede le llevó y siguió sentado al lado de Kagome, cuidando su sueño. Según Kaede, ella no despertaría hasta la mañana siguiente, y era lo mejor para que repusiera sus energías, pero Inuyasha no encontraba consuelo en esas palabras.
Seguía rememorando los eventos de su llegada al Santuario. Esa sombra que los atacó era un espíritu maligno, y Kagome había tenido que usar sus poderes espirituales para purificarlo y así eliminar su amenaza. Desde que Kagome le confió los secretos de la Perla de Shikon y su ancestral linaje Shikiomi, Inuyasha había estudiado todo cuanto pudo de esas artes espirituales olvidadas hace siglos.
Entendía en teoría muchas de las cosas que Kagome podía hacer, pero verlo fue sumamente distinto. Nunca se esperó que ella pudiera usar las flechas para purificar espectros, usando ataques físicos para ejercer poderes espirituales. De hecho, Inuyasha no debería ser capaz de ver esas sombras, la mayoría de la gente no lo hacía y por eso no creía en las artes espirituales; por alguna especie de milagro podía al menos ver un poco de todo lo que Kagome veía, pero eso no significaba que pudiera ayudarla.
Y eso le provocaba la mayor de todas las rabias que había sentido hasta ahora. Kagome tuvo que enfrentarse sola contra un espíritu maligno porque ni él ni nadie tenía los poderes para ayudarla, ¿y qué se suponía que iba a hacer entonces? ¿quedarse sentado, observándola mientras peleaba y gritando un par de porras?
¡Él era un príncipe! ¡él era su prometido! Él debería ser capaz de ayudarla, de hacer algo más que solo observar. Había jurado que la protegería, pero no sabía cómo ni tampoco estaba seguro de tener la capacidad de hacerlo.
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Amanecía cuando Kagome comenzó a despertar, miró a su alrededor y reconoció la construcción sencilla de un templo en el Santuario de las Cuatro Almas, no sentía frío, pero supuso que era por la pesada colcha encima de su cuerpo. Lo que sí la sorprendió fue ver a Inuyasha, sentado con la espalda recargada en la pared, custodiándola como si fuera un perro guardián.
Recordando el ataque del espíritu maligno, Kagome pensó que Inuyasha debió asustarse por semejante enemigo, y que eso no le permitió descansar.
Con cuidado se sentó sobre el futón, sin querer despertar a Inuyasha, pero al mismo tiempo pensando que debería estar muy incómodo. Despacio, acercó una mano y la colocó en su hombro, el contacto físico fue suficiente para despertar al príncipe, cuyos sentidos no se relajaron en toda la noche.
—¿Kagome?—parpadeó rápido, intentando enfocarla.
—Buenos días—dijo ella con una leve sonrisa—¿Descansaste algo? ¿cómo estás?
—Keh, estoy bien—estiró un poco la espalda, Kagome pudo apreciar la mueca en sus labios por el dolor de sus músculos, pero él lo negó—¿Y tú? ¿te sientes mejor?
—Sí, estoy bien.
Inuyasha no se veía muy convencido de eso, pero Kagome no le dio tiempo de agregar algo más, poniéndose de pie para asomarse y buscar a Kaede. Inuyasha la siguió, agradeciendo el movimiento por sus entumecidos músculos; vieron a varias novicias realizando sus labores matutinas, y a la vieja sumo sacerdotisa de pie en el umbral del Santuario, casi esperándolos.
—Buenos días, sacerdotisa Kaede—le saludó Kagome con una voz ceremonial—Vine tan pronto como pude.
—Princesa—inclinó la cabeza en señal de respeto—Me place verla más repuesta. Ayer estaba muy cansada, asumo que fue por el viaje.
—No han sido tiempos sencillos para el reino.
—Desde luego—Kaede miró a Inuyasha, quien a pesar del cansancio, se veía listo para enfrentar cualquier peligro—¿Y usted cómo se encuentra, príncipe?
—Mejor sabiendo que Kagome está bien.
—Sí, anoche me pareció verlo preocupado por su integridad—continuó la sumo sacerdotisa—Como le reiteré anoche, ella está bien.
Kagome miró a Inuyasha de reojo, con el corazón pesándole por la culpa de saber que debió asustarlo mucho. Estiró su mano para agarrar la de él, dándole un ligero apretón y dedicándole una sonrisa más amplia, Inuyasha no le sonrió, pero sujetó su mano con fuerza y no la soltó mientras caminaban siguiendo a Kaede hasta otro de los templos.
Al interior de ese templo, más grande, estaban unas novicias preparando los alimentos de la mañana. Kagome e Inuyasha se sentaron enfrente de Kaede mientras les servían un desayuno sencillo, sin esperar a que se les unieran sus amigos.
—Como pudiste notar, Kagome, las protecciones de este Santuario han disminuido mucho desde que te llevaste la perla—explicó Kaede, bebiendo té—Por eso recomiendo que acudas al palacio de tus abuelos, estarás más segura ahí.
—¿Y porqué me mandaste llamar al Santuario entonces? Pudimos llegar al palacio ayer.
—Pensé que las protecciones durarían más, discúlpame por eso.
—Bueno, al menos podemos llegar en poco más de una hora, los caballos deben estar descansados—respondió Kagome con más calma.
—Ya he dado indicaciones de que los preparen, y también mandé notificar a los Barones, deberán tener todo listo para cuando lleguen.
—¿Vendrás con nosotros, no es cierto?—preguntó Kagome.
—Desde luego que sí, quiero enseñarte un par de trucos más con la perla, y con tu arco. Anoche pudiste defenderte bien, pero ocuparás más conocimiento si deseas seguir ayudando en esta guerra.
—Gracias, sacerdotisa Kaede.
Kagome iba a pararse, pero Inuyasha suavemente tiró de su brazo para mantenerla en su lugar y señaló sus alimentos a medio terminar.
—Come, Kagome. Ya tendremos tiempo para prepararnos.
—El príncipe tiene razón—dijo Kaede.
Ella asintió, queriendo complacer un poco a Inuyasha para que se calmara. Cuando terminó de comer, le dio un beso a su prometido en la mejilla y salió para buscar a Sango y pedirle ayuda con los caballos. Inuyasha y Kaede se quedaron sentados uno frente al otro, con tazas de té a medio terminar y miradas penetrantes.
—¿No confías en mí, príncipe?—preguntó Kaede, cuya edad la hacía muy directa y difícil de intimidar.
—La verdad es que no lo sé—admitió Inuyasha, suspirando con pesadez—Parece tener buenas intenciones, pero no la conozco.
—Y sin embargo, Kagome confía en mí.
—Es por eso que le doy el beneficio de la duda, sacerdotisa.
Kaede sonrió de buena gana, terminándose su té de un solo trago.
—Me agradas mucho, muchacho—dijo ella—Tus sentimientos hacia mi princesa son puros y profundos, esta situación es mucho mejor de lo que pude haber anticipado.
—¿Habías anticipado esto?
—En cierta medida, sí—respondió la anciana con una melancolía cubriendo su rostro—Cuando la princesa nació, leí su suerte. La guerra era inevitable, pero su desenlace… ah, ese dependía de muchos factores. Le advertí al buen rey que el linaje del perro sería un aliado invaluable, pero nunca pude prever el porqué. Y ahora que el panorama se aclara, me complace que las aguas encuentren su cauce con naturalidad.
—¿El linaje del perro, dices?—aunque todo lo que había mencionado la anciana era importante, eso fue lo que más llamó la atención de Inuyasha—¿Te refieres a los Taisho?
—Así es.
—Si es así, entonces el rey debió acudir a mi hermano desde un principio—Inuyasa hizo poco por ocultar su descontento.
—¿No es tu nombre Inuyasha Taisho?—cuestionó la anciana sacerdotisa—¿Acaso no eres hijo de esa familia, heredero por todas las de la ley?
—Yo no…
—Ah, eso explica todo—suspiró la anciana, sin dejarle hablar—Por el sello aún no se ha roto. No has aceptado tu linaje.
—Hace ya semanas me coronaron oficialmente en el Reino del Valle—replicó Inuyasha con más enfado—Soy príncipe ahí por todas las de la ley.
—Sí, sí, una ceremonia bonita que da títulos inútiles… no, yo me refiero a realmente aceptar quién eres. Y de dónde vienes. Aún tienes dudas dentro de ti, puedo verlas en tus ojos, hasta que no aclares esas dudas no podrás ayudar a mi princesa.
—¿Qué tienen que ver mis problemas familiares con Kagome?—gruñó Inuyasha—¡El Valle no tiene injerencia aquí!
—Yo no hablo de reinos, joven príncipe, hablo de linajes—enfatizó la palabra con severidad—El linaje Taisho está en ti, y deberás aceptarlo.
—¿Solo porque usted lo dice?
Kaede lo miró decepcionada.
—Porque es lo que eres, joven príncipe.
Dicho eso, la anciana se puso de pie para retirarse.
—En el castillo de los Shikiomi encontrarán más información, hay cosas que no me corresponden a mi revelar.
Salió, dejando a Inuyasha con un nudo en el estómago que no le permitió terminarse su té. No encontraba relación entre los Taisho y cualquier cosa que pudiera ayudar a Kagome, pero si la anciana decía la verdad y los Shikiomi serían de más ayuda, entonces que así fuera.
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Sango y Kagome estaban en la caballeriza inspeccionando que los caballos estuvieran bien, como Pearl se encontraba algo inquieta, Kagome la acariciaba susurrándole palabras tiernas.
—Todo parece estar en orden—dijo Sango, cerrando la última bolsa de viaje que colgaba de la silla de montar de su caballo.
—Excelente, entonces debemos irnos—Kagome abrió la puertecita del corral para sacar a Pearl, en eso, Miroku llegó a la caballeriza con ojos expresivos.
Kagome tuvo una corazonada, y sin soltar las riendas de su yegua, abrió el corral de Fang y guio al caballo de Inuyasha fuera de la caballeriza, dejando a sus dos amigos solos. Ni Sango ni Miroku hicieron ademán de ayudarla a conducir a los dos animales hacia la parte delantera del Santuario.
—Buenos días—saludó Sango con un tono escueto, abriendo el corral de su caballo para sacarlo.
Pero Miroku cerró el corral, y se paró frente a Sango sin dejarla mirar hacia otro lado.
—¿Qué haces?—preguntó la condesa con asombro.
—Aclarar las cosas.
—¿De qué cosas hablas?
—De nosotros.
—Ajá, nosotros—Sango rio suavemente con mofa—Está delirando, duque.
Sango intentó nuevamente abrir el corral, pero Miroku no se apartó y colocó ambas manos sobre sus hombros, obligándola a mirarlo a los ojos.
—¡No sea atrevido!—alzó la voz.
—No quieras ignorarme—respondió Miroku—Y no quieras ignorar lo obvio. Sango, hace ya mucho tiempo que debí ser más directo con mis sentimientos hacia ti, pero dejé que las frivolidades de la juventud se interpusieran.
—¿Llama frivolidades a su reputación, no es así? por favor, no quiera dormirme con sus elaborados discursos, duque…
—Tú no eres ni has sido nunca receptora de esos discursos, Sango—continuó él—Yo siempre he sido sincero contigo.
—¿Y por qué he de creerle?
—Porque podemos morir—dijo él, con naturalidad en las palabras pero urgencia en su mirada—Porque nos enfrentaremos a fantasmas, espectros y poderes que no conocemos. Y si eso no fuera suficiente, a ejércitos de un rey loco.
—¿Así que el miedo lo sincera, eso quiere darme a entender?
—Es lo que estoy afirmando. Sango, no negaré mis errores, ni mi reputación poco confiable, pero… pero debes saber, que para mí tú siempre has sido mucho más que una amiga.
Sango seguía mirándolo a los ojos, pudo ver en su expresión el recelo, y la ternura, el profundo debate interno que sobrellevaba esa mujer temerosa de entregarle su corazón a un hombre en quien no confiaba del todo.
—Si el destino está de nuestro lado, entonces saldremos de esto y quizá podamos construirnos juntos un futuro—dijo Miroku—Pero si no… no quiero dejar este mundo con el pesar de sentimientos que no pude confesar por mis descuidados hábitos de estúpida juventud.
—¿Y se supone que debo caer en sus brazos solo por esas palabras?—preguntó Sango, su mirada severa, pero su voz mucho más dulce que antes.
Miroku sonrió, deseando acariciarla, pero sabiendo que eso no tendría el efecto en ella que él quería.
—No, ésa no es mi Sanguito—respondió con una sonrisa soñadora—Pero quiero que lo pienses, Sango. Solo eso te pido.
Apretó sus hombros con cariño, y luego abrió el corral y sacó su propio caballo. Sango se quedó en la caballeriza sola varios minutos, con el corazón acelerado y lágrimas contenidas en sus ojos, intentando por todos los medios calmarse.
Necesitaba hablar con Kagome más tarde, pero antes que nada, ocupaba saber exactamente qué era lo que ella deseaba de su vida, cuando la guerra terminase.
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Kagome encontró en la entrada del Santuario a Inuyasha, visiblemente frustrado, y no pudo contenerse más. Llamó a una de las novicias que estaba cerca para que sujetara las riendas de sus caballos, y se acercó a su prometido con la firme convicción de terminar sus inquietudes de una vez por todas… o al menos la mayor parte de ellas.
Se paró frente a él, con la firmeza de un roble, mirándolo a los ojos con una expresión determinada y sujetó sus manos para que no se le ocurriera alejarse. Como siempre, cuando tocó su piel Kagome sintió un agradable hormigueo en su cuerpo, pero ignoró la sensación para concentrarse en Inuyasha.
El príncipe tenía una expresión triste, como si estuviera siendo acechado por un fantasma que nadie más que él pudiera observar. No se parecía al fuerte, seguro de sí mismo, y engreído príncipe del que Kagome estaba tan enamorada. Apretó sus manos entre las de ella con más fuerza y forzó a su voz a sonar conciliadora.
—Inuyasha, dime por favor, ¿qué pasa?—cuestionó dulcemente—No estás bien, no quieras ocultármelo.
—No es nada, Kagome—respondió él, cerrando los ojos y haciendo ademán de alejarse.
Pero Kagome no se movió, quedándose más firme que un roble, sin soltarlo, sin quitar el dedo del renglón, presionándolo con su presencia y voz más suave aún.
—Es algo, yo lo sé… somos solo tú y yo, por favor, sé honesto conmigo Inuyasha.
El príncipe frunció el ceño, viendo a su prometida con el corazón acelerado y una rabia incapaz de expresar, porque ¿cómo podía enojarse contra esta bella mujer, que estaba solo intentando ayudarlo?
—No puedo protegerte, Kagome—siseó con impotencia, sintiendo todo su orgullo quebrarse cuando lo mencionó en voz alta—No puedo defenderte de este enemigo.
Cualquier otra persona hubiera pensado que este asunto se solucionaría con un par de palabras amables, pero Kagome sabía que no era el caso. Conocía bien a Inuyasha, de casi toda la vida, para él defender a sus seres amados era todo, representaba el máximo honor y compromiso que él podía expresarle a sus seres queridos. Si él sentía que no podía protegerla, en la mente de Inuyasha, era ero equiparable con no ser capaz de amarla.
—No—dijo ella, su voz sonando un poco más seria—No aún.
—¿Aún?
—Estos peligros… llevan siglos sin existir, al menos no como verdaderas amenazas—dijo Kagome—Es normal que no sepas enfrentarlos aún.
—¿Acaso crees que tengo poder espiritual, Kagome?
—Puede ser, después de todo tú puedes ver el resplandor de la perla. Solo Kaede y yo lo vemos.
—Aunque así fuera, podría tardarme meses en desarrollar el poder suficiente para serte de ayuda, Kagome.
—Quizá en el campo de batalla—siguió ella, sabiendo que con Inuyasha solo se podía ser directo y genuino, las palabras bonitas nunca iban de la mano con situaciones de riesgo, no con él al menos—Pero en la vida diaria, eres a quien más necesito Inuyasha.
Él vio la sinceridad de su expresión, y eso lo desarmó. Suspirando, Inuyasha colocó su barbilla sobre la cabeza de Kagome, y ella reaccionó abrazándolo con fuerza, disfrutando la sensación de su calor.
—Necesito tu presencia, tu fuerza, tu comprensión… —continuó ella, sincerándose totalmente—Tu valentía… tu cariño. Te necesito.
—¿Y si no es suficiente, Kagome?—preguntó el príncipe con miedo, dejando que su dolor se transmitiera en su voz—¿Y si algo te pasa y no puedo evitarlo?
—Oh, Inuyasha, yo también tengo ese miedo—admitió, dejando que las lágrimas emergieran libres—Me aterra pensar que esta guerra pueda costar tu vida… ¿qué sería de mí si no vuelves después de una batalla, peleando contra mis enemigos? ¿crees que eso no me hiela la sangre, me paraliza el alma?
—No seas tonta, Kagome, no hay soldado mortal que pueda herirme—replicó él, abrazándola con más fuerza—Pero espiritual…
—Aprenderás, yo sé que sí, y pelearemos juntos. Te prometo ser cuidadosa, pero tú debes prometerme lo mismo.
Kagome se separó de él para verlo a los ojos, sus manos reposando sobre el pecho de Inuyasha, él la miró contemplativo. Sabía que la amaba, pero la intensidad de estos sentimientos seguía confundiéndolo, dejándolo al mismo tiempo indefenso e invencible ante lo que pudiera ocurrir.
Buscando algo de claridad entre estas confusas sensaciones, Inuyasha se inclinó y besó a Kagome en los labios. Ella suspiró en el beso, dejando que él posara sus labios tiernamente sobre los de ella, moviéndolos con delicadeza en una caricia casta. Inuyasha la abrazó por la cintura, pegando su cuerpo contra el de él, la pureza del acto desapareciendo cuando una electricidad recorrió sus cuerpos y los hizo suspirar otra vez, profundizando el beso despacio, pero con seguridad.
Kagome respondió rodeando el cuello de Inuyasha con sus brazos, acercando más sus rostros, restregándose sus cuerpos en el proceso. La pasión que había despertado entre ellos era nueva pero bien recibida, y le dio a Inuyasha más claridad de lo que esperaba. Así como Kagome era su debilidad, también era su fortaleza, era ella la que inspiraba este poder dentro de sí mismo y la fuente de sus mayores virtudes.
Antes de que la pasión se volviera incontenible, Inuyasha se separó de Kagome, escuchando el suspiro de decepción que la princesa emitió con mucha naturalidad. Ella lo miró a los ojos, sonrojada pero complacida, sus brazos aún abrazándolo por el cuello.
Esto era nuevo y excitante, pero además de la típica pena que cualquier muchacha inexperta siente, Kagome no se sentía nada mal. Inuyasha era su prometido, algún día sería su marido, y más que eso, era su compañero. Kagome tenía el sentimiento de que, mientras él estuviera a su lado, todo estaría bien.
—Te amo—susurró Kagome, su aliento golpeando el rostro de Inuyasha—Estamos juntos con esto.
—Sí…
Inuyasha la besó otra vez, con más ternura que antes.
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El General llevaba un día entero acomodando a sus tropas en la frontera del Reino del Oeste, armando un campamento lo suficientemente competente para mantenerlos ahí, pero también ligero para levantarlo cuando recibieran instrucciones de marchar. El Rey Naraku les ordenó esperar en la frontera a que llegara su bastardo, Hakudoshi, quien entregaría las instrucciones para enfrentarse al Reino del Oeste.
Se suponía que el muchacho debió llegar desde el amanecer, pero el maldito bastardo seguía sin aparecer y el sol se había ocultado dos horas antes.
Siempre que había un bastardo de por medio, pasaba algo como esto. El Rey Naraku nunca perdonaba ningún error, y el General aprendió mucho tiempo atrás a solo obedecer y callar sus críticas, al menos con el rey. Pero con sus mocosos bastardos… ah, era tan difícil mantener la compostura. Hijos de mujeres desconocidas, aparecidos de repente en el palacio sin mayor distinción que ser los supuestos hijos del monarca, el trío de escuincles era un dolor de cabeza para todos los nobles y militares.
La mayor, Kagura, era terca y voluntariosa, pero al menos seguía las órdenes y tenía astucia. La menos, Kanna, era su favorita, tranquila y sabiendo exactamente cuál era su lugar desde que era niña. Pero el mediano, Hakudoshi… ese era insufrible. Altanero, arrogante, y prepotente, demandando siempre un trato especial cuando no era digno de eso.
El General honraría gustosamente a cualquier príncipe digno, legítimo, que su rey tuviera en el futuro. Pero Hakudoshi era un bastardo, el producto de algún romance superficial, el muchacho debería agradecer que el rey tuvo la bondad de hacerse cargo de él, y no tentar a su suerte creyéndose el heredero del reino solo por servir a su padre.
Finalmente, bien entrada la noche, un caballo se hizo camino por el campamento y llegó hasta la tienda del general, Hakudoshi se apeó del corcel y miró al general con una sonrisa burlona.
—Buenas noches—saludó, con falso respeto.
El General quiso darle un golpe, pero no quería rebajarse por un hijo ilegítimo.
—Señor Hakudoshi—respondió con voz contenida—Esperamos instrucciones del rey.
—Ah, sí, eso… se perdieron.
—¿A qué se refiere, señor?
—Se perdieron, he buscado pero no parece que el documento haya sobrevivido al viaje—dijo con mofa—En fin, tendrán que seguir mis órdenes.
—Solo seguimos órdenes del rey.
—Pues ahora seguirán las órdenes del hijo del rey.
—¡No tienes ninguna autoridad sobre mí!—gritó el General, fuera de sí—¡Eres un bastardo, no un príncipe!
Hakudoshi miró al general con la misma sonrisa burlona, luego, antes de que pudiera reaccionar, saltó hacia él y sacó una filosa daba de debajo de su manga, incrustándola sobre su pecho inmisericorde. El general cayó de rodillas, respirando con dificultad y mirando el mazo de la daga, debatiéndose entre sacarla o dejarla ahí, cuando Hakudoshi empuñó su espada y la ondeó sobre su cuello, decapitándolo en el acto.
—¿Alguien más opina como él?—preguntó Hakudoshi, mirando a los soldados y oficiales a su alrededor. Nadie respondió—Bien, eso pensé. Desháganse de este cuerpo.
Entró a la tienda del difunto general, disfrutando inmensamente la conmoción y el miedo de los soldados.
¡Eso es todo por ahora!
¿Qué les pareció? espero que haya valido la pena la espera. La escena entre Izayoi y Kikyou iba a dejarla para el próximo episodio, pero decidí que aquí tenía mucho más sentido, dando más claro el panorama de la guerra.
¡Y ya salió Hakudoshi! ¿qué les pareció? eventualmente tendrá sus escenas con sus hermanas y con el propio Naraku, de hecho, el rey Naraku ya tendrá una escena importante en el próximo capítulo.
Espero les haya gustado, les mando un saludo y un fuerte abrazo, gracias por leer y no olvidarse de este fic ¡mil gracias!
