Capítulo 7
[La Historia, imágenes y personajes NO me pertenecen, los tome para entretenimiento, SIN ánimo de LUCRO]
Naruto estaba en el vestíbulo privado de la posada Golden Hart, en Kirigakure, pero no con el ficticio señor Nara sino con Obito Uchiha, cuyo rostro cuadrado estaba crispado en una mueca dolorosa.
Eso se debía a que estaba tratando de pensar.
—Bueno, Hatake necesita dinero —dijo, al fin—. Pero no es la clase de tipo que se lleva bien con otras personas, pues, si lo fuera, se habría quedado en Chippenham, cosa que hasta Hinata dijo, pero con ella se llevaba bien, y a tía Hana le gustaba bastante, porque era el único que sabía cómo tratar los ataques de ella.
—No tiene que llevarse bien con otros —le dijo Naruto—. Lo único que hace falta es que nos diga qué hacer. Gaara y yo estuvimos de acuerdo en que necesitamos a un medico con experiencia en el comité de planificación del hospital.
También necesitaba a alguien capaz de hablar con Hinata en su mismo idioma, y también hacerla escuchar y enfrentarse a los hechos. Y cuidarse más.
Pero Naruto había explicado todo eso en su carta. El grueso sobre estaba sobre la mesa, entre él y Obito, que lo miraba con aire de duda y que, por alguna razón, todavía era renuente a apoderarse de él.
—Es información del hospital —le dijo Naruto. Esto era cierto en parte, pero el grueso consistía en copias de los materiales enviados por Momochi, de modo que Hatake llegara hundido de hechos, para su encuentro intelectual con Hinata—. Espero que la propuesta le resulte irresistible. Si no, cuento con que tú utilices tus inigualables poderes de persuasión. Como hiciste con Momochi.
En cuanto Naruto comprendió que tenía que escribirle a Momochi, también comprendió que haría falta más de una carta. Los médicos tendían a oponerse y les gustaba conservar secretos; eso se lo había dicho Hinata.
Además, por lo general estaban demasiado ocupados con los pacientes para atender la correspondencia. Como no quería correr el riesgo de esperar meses, Naruto decidió buscar a Obito.
Lo que a Uchiha le faltaba de inteligencia lo tenía de leal y tenaz. Era leal a Naruto, e insistiría con toda terquedad hasta que Momochi le diese lo que había ido a buscar. Y así fue, cuando este comprendió que no tenía otro modo de librarse de Obito.
Naruto confiaba en que la lealtad y la obstinación de Obito también darían resultado con Hatake. El héroe de Hinata no parecía la clase de individuo que acude corriendo cuando un noble chasquea los dedos.
—Pero, si no resulta, podemos intentar otra cosa —agregó Naruto, al ver que Obito seguía ceñudo—. Sé que será más difícil que tratar con Momochi. Lo que estamos pidiéndole a Hatake es que abandone su consultorio, levante sus cosas y se marche, cosa nada insignificante.
E incluso si acepta, entiendo que necesitará algo de tiempo para arreglar sus propios asuntos. Pero quiero que te cerciores de que entienda que estoy dispuesto a cubrir todos los gastos y usar mi influencia cada vez que se necesite. Asegúrate de convencerlo de que soy un hombre de palabra, Obito, que esto no es un capricho de loco. Si tiene dudas, puede escribirle a Gaara.
Obito parpadeó con fuerza.
—Tú no estás loco, Kyūbi. No más que yo... y, mirándote bien, mejor que antes. Ella te ha hecho bien, ¿no es cierto?
—Claro que no estoy loco —dijo Naruto—. Y todo gracias a Hinata. Es maravillosa y yo me siento... muy feliz —añadió, con una sonrisa.
"Y quiero que ella sea feliz", añadió, para sí.
La expresión de Obito se aclaró, y en sus claros ojos negros brilló una luz.
—Sabía que te gustaría, Kyūbi. Sabía que te haría bien.
Naruto entendió lo que significaba esa luz y no le costó imaginar lo que Obito quería creer.
Pero Obito no había leído el comentario de Momochi acerca del informe post mortem, y, aunque lo hubiese hecho, no habría entendido ni una fracción de lo que logró entender Naruto. Y eso era mucho más de lo que había hecho siete años antes, mucho antes de que Hinata le explicase lo referido a la autosuficiencia del cerebro, que era lo que lo hacía tan susceptible de destrucción.
Obito no entendía que esa destrucción no podía repararse ni detenerse, que ni Hinata podía lograrlo. No sabía que, cuando empezaba el declive, continuaba sin cesar, como había pasado con Rasenrengan Hall, que iba desintegrándose calladamente bajo la superficie, hasta que el techo se cayó.
Obito creía que "bien" equivalía a "curado", y Naruto no tuvo corazón para explicarle la diferencia.
—Me gusta muchísimo, Obito —le dijo—. Y me ha hecho un bien inmenso.
Hinata quería construir el hospital en Konohagakure. Lo cual significaba que quería quedarse allí de manera permanente. Estaba ante la ventana de la biblioteca, mirando afuera, y Naruto la veía desesperada.
Estaba de pie ante la mesa donde poco antes había dejado varios esbozos arquitectónicos del hospital e insistía en que le respondiera a la pregunta que le había hecho todos los días, los últimos cinco días, no había querido presionarla.
Desde su encuentro clandestino con Obito, habían pasado dos semanas y Naruto no había recibido respuesta.
Entretanto, Hinata había enfermado. Su semblante alternaba entre una palidez intensa y un violento sonrojo, y estaba irritable, sin duda porque dormía mal. La noche pasada se incorporó de las almohadas, farfullando algo así como extravasación de una u otra cosa.
-Hinata, no puedes vivir aquí—dijo, en voz calma, pero con la mente agitada por imágenes futuras de la esposa que lo preocupaban.
-Me gusta este lugar —dijo—. Desde el momento que llegue, me he sentido como en mi hogar.
-Este clima no es saludable. Hasta en los valles se fija la humedad y….. La gente pobre no puede costear el traslado de sus parientes enfermos a los alojamientos de la costa, ni viajar ida y vuelta para visitarlos.-Se dio la vuelta.
— La gente de los páramos necesita un hospital moderno. Y la humedad no es importante. EI baño es húmedo y frío, y personas en todos los estados posibles de enfermedad y decrepitud viven aquí mientras reciben las aguas.
-Este no es un sitio saludable para ti —insistió—. Llevas aquí sólo dos meses y…
Se quito el cabello del la cara. Dilo, se ordenó. Era hora de dejar de fingir, su esposa estaba enferma, y era él quien la enfermaba; por lo tanto, era hora de enfrentarse con eso, con o sin Hatake.
"Ese tipo ya debería de estar aquí, maldito sea", pensó Naruto. Hatake sabría qué hacer, qué decir, se lo consideraba un médico experto, brillante. Resolvería el enigma que exasperaba tanto a Hinata y la haría ver los hechos de frente.
—No estás bien —dijo Naruto—. No comes ni duermes bien, estás cansada y… no te muestras razonable. La otra noche estuviste dos horas enfurruñada, porque dijiste que la cena era "aburrida".
—La cocinera tenía que usar especias —dijo Hinata, rígida, con las manos formando puños a los lados—. Mandé a buscarlas a Londres y le dije a la cocinera todo lo relacionado con la flema, la congestión, y como reducir la presión por exceso de fluidos, pero ella no me hizo caso y lo que hizo fueron... gachas.
Naruto suspiró. Había hablado con Iruka, quien, a su vez, habló con la cocinera, que afirmó que las especias picantes provocarían indigestión a Su Señoría, y eso era lo que le impedía dormir por las noches. La cocinera había dicho que cualquiera sabía que "revolvían la sangre".
—La cocinera está preocupada por ti —le dijo—. Todos estamos preocupados por ti.
Hinata puso los ojos en blanco.
—Oh, qué encantador. Estoy a punto de hacer un descubrimiento médico, y nadie coopera... porque se les ha metido en la cabeza que deben preocuparse. —Fue hasta la mesa—. Si yo fuese hombre, aceptada como científico, sólo estaría "preocupada" por mi trabajo. Pero, como soy una mujer, lo que sucede es que tengo un ataque de hipocondría, y deben rebajarme la sangre. Rebajármela. —Estampó el puño contra la mesa—. Pocas veces he oído ideas tan medievales. Ya es un milagro que pueda pensar, siquiera, con semejante nube de tonterías y ansiedad enturbiando el ambiente alrededor. Como si no fuera suficiente problema concentrarse en este conc...
Se interrumpió, miró, ceñuda, los dibujos, y se alejó de la mesa, yendo hacia la puerta.
—Necesito aire fresco.
Pero Naruto llegó antes y se interpuso.
—Hinata, está lloviendo —le dijo—. Y tú... —El resto de la frase se perdió, cuando le miró el rostro, que estaba enrojecido. Y el busto ascendía y bajaba rápidamente, como si hubiese corrido kilómetros. Frunció el entrecejo—. El vestido se encogió.
Hinata se miró.
—Es un milagro que puedas respirar —le dijo él—. Me sorprende que las costuras del corsé no se hayan abierto.
Hinata retrocedió un paso.
—No es sorprendente —repuso, apartando la mirada—. Esto les pasa todas las mujeres de mi familia. Somos tan obvias... —Lanzó un suspiro largo y trémulo—. Estoy... en cinta.
—Oh. —Se tambaleó contra la puerta—. Ya entiendo, sí, claro.
El cuarto estaba oscuro y giró a su alrededor, al tiempo que dentro de él cayó otra oscuridad, como un peso enorme. Le dolieron los ojos y la garganta, y su corazón era una cuña de dolor dentro del pecho.
—¡No! —gritó la mujer—. ¡No te atrevas a darte por vencido, Naruto! No pienses en ponerte enfermo ahora.
Se arrojó a él, que tenía los brazos cruzados, y los abrió, por reflejo, para abrazarla.
Apoyó la cabeza contra el pecho doliente.
—Estoy feliz—le dijo, temblando—. Quiero a nuestro hijo. Y quiero que tú estés.
—Oh, Hina.
—No es imposible —le dijo—. Lo único que necesitamos son siete meses más. —Se echó atrás y le dedicó una sonrisa tan temblorosa como su voz—. Si yo fuera una elefanta, sería diferente: el período de gestación es de veinte meses y medio.
Naruto logró lanzar una carcajada temblorosa.
—Sí, veamos el lado positivo. Al menos, no eres una elefanta.
—Hacia el final, tendré una apariencia similar. No querrás perderte ese espectáculo, ¿verdad?
Naruto entrelazó los dedos en la cabellera salvaje.
—No, no me lo perdería, mi amor. Estás presentándome una tentación irresistible.
—Eso espero. —Le palmeó el pecho—. Las motivaciones del paciente pueden tener un efecto muy pronunciado en el tratamiento; eso es lo que dice Hatake. —La voz ya tenía casi el timbre frío y normal—. Tendría que haberle dicho antes lo del niño, pero es un período inseguro, y no quería hacer que te ilusionaras inútilmente. Pero tal vez exageré con las precauciones. No es frecuente que las mujeres de mi familia aborten.
"Siete meses más", pensó Naruto. Antes de que su esposa llegara, le habían dado menos, y ya hacía dos meses que Hinata estaba.
Y, sin embargo, estaba mejor que su madre en esta etapa. Las visiones no habían empeorado, no degeneraron en demonios. Su ánimo seguía siendo relativamente estable. No sufría de súbitos accesos de melancolía o de inexplicable alegría o furia.
En lugar de eso, gozaba del feroz embeleso de hacer el amor con ella y de los momentos de tranquila alegría de trabajar juntos, haciendo planes para algo que valía la pena.
Según Momochi, su madre había estado coherente hasta el final. Loca y viviendo en un mundo propio, perverso, pero coherente... y astuta, a veces hasta malvada.
Quizá no se habría hundido en ese mundo plagado por demonios si el mundo real hubiese sido más comprensivo para con ella y le hubiese ofrecido alegría y la sensación de ser útil y apreciada, digna de cariño. Quizá podría haber vivido un poco más y muerto de manera más apacible.
No era imposible.
"Unos meses más", se dijo. Lo suficiente para ver al niño. Qué maravilloso sería. Y, si resultaba imposible, por lo menos le habría dado un hijo a Hinata, que sin duda le alegraría el corazón y disiparía cualquier inclinación que tuviese de persistir en el duelo por él.
Con todo, el deseo de Hinata de quedarse allí no era buena señal. Le convenía empezar una nueva vida en otro lugar, alejarse de los recuerdos tristes. Pero en cualquier momento llegaría Hatake, se tranquilizó Naruto. El admirado maestro le haría ver las cosas de otro modo.
Naruto atrajo a su esposa estrechándola contra sí.
—Intentaré mantener una actitud positiva —le prometió, con voz suave.
—Y tienes que hablar con la cocinera —musitó ella, con la boca apoyada en la camisa—. Recuérdale quién es el doctor en esta casa. Le ordené curry para la cena... ¡y tiene que estar caliente.
Naruto rió entre dientes.
—Sí, cascarrabias. —La besó en la coronilla—. Pero antes veamos qué puede hacer el doctor Naruto para endulzar tu ánimo.
Diez días después, Hinata recordaba la conversación y los métodos empleados por Naruto para endulzarle el ánimo. Desde entonces, había usado las mismas técnicas: besarla, acariciarla hasta disipar la irritación, sacándola de ese talante enojoso, atrayéndola a sus brazos fuertes para llevarla ida y vuelta al paraíso, y dejarla aturdida de embeleso.
Ahora, sentada en el consultorio de Kabuto, se concentró en esas sensaciones deliciosas para contenerse, para no dejarse llevar por la irritación y causarle daños corporales graves, tal vez fatales, al médico.
En realidad, no era la primera vez que se humillaba ante doctores, y Naruto era mucho más importante que su propio orgullo.
Dedicó a Kabuto una sonrisa de disculpa.
—Sólo quisiera saber si ese material prueba, con certeza, qué fue lo que hizo que el cerebro de la señora Namikaze sufriese un colapso.
Kabuto la miró ceñudo y luego al informe que tenía en la mano.
—En estos casos, no se puede probar absolutamente nada. Se hacen inferencias lógicas, basándose en hechos observables y en la historia del paciente. La señora Namikaze no bebía en exceso ni ingería opio, que es lo que conduce a la insania tóxica.
No sufrió fiebre alta antes ni durante la desintegración. Y, si hubiese recibido un golpe en la cabeza, como usted supone, ¿no le parece que el médico de la familia, Orochimaru, habría mencionado ese pequeño detalle en su comentario de la historia médica?
—¿Y si lo ignoraba? —insistió Hinata.
— Orochimaru es un hombre competente. Supongo que sabe reconocer una conclusión cuando la ve.
—Pero uno no puede, sencillamente, verlas —dijo—. La señora tenía amantes. ¿Y si uno de los amantes se lo hizo? Si le provocó un traumatismo tan grave como el que estamos diciendo, tal vez ella no le recordase. —Ladeó la cabeza—. Por casualidad, ¿interrogó usted a la doncella? A menudo los criados saben más de los secretos de la familia que lo; miembros de esta.
Kabuto se quitó las gafas y se frotó los ojos.
—Me pregunto cómo es que, a esta altura, lord Rasenrengan no está con camisa de fuerza — musitó.
—Yo también me lo pregunto. Si no fuese así, yo no habría venido a fastidiarlo. Sé que tiene que haber una explicación lógica, pero no puedo hallarla.
Kabuto se puso otra vez las lentes sobre la nariz.
—Eso puede ser a causa de una imaginación hiperactiva y muy melodramática, y una falta de atención a los hechos observables.
— Dígame en qué me equivoco.
El hombre empujó el informe de la autopsia hacia ella.
—Supongamos que su pequeña teoría es correcta, lady Rasenrengan. Su pongamos que el estado de la señora Namikaze se desencadenó a raíz de un golpe en la cabeza, recibido muchos meses antes de la aparición de los primeros síntomas de locura traumática, como suele suceder. ¿Qué diferencia habría? En la historia del hijo aparecen abundantes episodios de violencia física fiebre, alcoholismo, por no hablar de otra cantidad de estados mórbidos de organismo, todos de consecuencias similares.
Quizás esto no se le haya ocurrido a usted. Tampoco parece darse cuenta de que un hombre puede heredar un temperamento y, con él, la predisposición a un estilo de vida irracional; autodestructivo. No tiene en cuenta la degeneración moral del paciente, el comportamiento racional y la apariencia salvaje. Sea cual fuere el daño inicial los síntomas indican con claridad un deterioro progresivo.
Ante esto último, la frágil paciencia de Hinata estalló. Se puso de pie.
—Mi esposo no es ni ha sido nunca degenerado, irracional o autodestructivo —dijo, con rigidez—. Tiene un poderoso instinto de conservación... si no, no habría sobrevivido ni un mes en los inquilinato londinenses, y menos todavía años. —Recogió el informe de la autopsia lo metió en su bolso—. Me cuesta creer que se le haya pasado esto por alto —le dijo—, y tampoco que usted, un hombre de ciencia, le haya diagnosticado insania sólo en virtud de cómo lleva el cabello.
Salió a zancadas.
