DISCLAMER: Y, después de años, ¡aquí estamos de nuevo! ¡No sé si me habréis echado de menos pero yo a vosotrxs millones, no os hacéis idea!
Volvemos con un breve one shot que apareció un día en mi mente y tomó forma en el papel del tirón, en una sola tarde. Y, sinceramente, fue un placer volver a escribir de nuestras chicas. Parece que mi cabecilla no es ajena a este resurgimiento swanqueenil que está invadiendo estas semanas las redes y se ha dejado contagiar.
Por cierto, hablando de redes, en twitter estoy reviendo y comentando (con la calma) la serie. Sí, podéis llamarme masoca, entro por la puerta grande la definición de dicha palabra. Así que, si queréis acompañarme en este periplo, estáis más que invitadxs.
Y también estoy subiendo todos los fics, incluido el que aquí os traigo hoy, en Wattpad. Sí, he sucumbido al lado oscuro de la mano de V-Swing. Y he de reconocer que, aunque hay cosas que todxs sabemos y que pueden no convencerme, obvio, me gusta mucho lo cercano que es el intercambio autorx/lectorxs. Es un punto a su favor que, sin duda, le falta a ff . net, y por eso os animo a todxs lxs que queráis a buscarme por allí.
Por último sólo decir que estoy muuuuuuuuuy feliz de haber vuelto y que el título de este fic está basado en la letra de una canción. Si recordáis, ya sabréis mi p*** agonía con los títulos, pero espero que os guste, tanto el título como el fic, y si seguís por aquí y os ha gustado, ¡nos leemos en los reviews!
Un abrazo enorme a todos y ¡nos leemos! ^^
"Would you hold my hand?"
¿Hay algo después de la muerte? Hay mucho. Muchísimo. Y es mucho más complejo que el cielo o el infierno. Es un lugar eterno, indescriptible, imposible de contener en un simple relato. Es todo y es nada.
Para algunos, horrible. Para otros, el descanso eterno que jamás soñaron encontrar. Para unos cuantos, un nuevo periplo, un camino que recorrer antes de llegar a su auténtico hogar.
¿Y entre estos tres puntos? Millones de grises, pasos intermedios, lugares entre uno y otro lugar.
Y, aunque parezca complicado, este Más Allá no es más que el reflejo de cada alma. Un espejo en el que observar quién has sido y hacer frente a esa imagen durante el resto de la eternidad.
Hay quienes han de vivir mirando a la cara a una bruja malvada, una mujer sin corazón, una madre infernal, un ser diabólico disfrazado de una sonriente y aristocrática mujer llena de poder y podredumbre. Y vivir sin poder apartar los ojos de esa imagen es el peor de los infiernos. Y, aunque no es tan sencillo como hablar del clásico averno, si le preguntas a Cora te dirá que esa es la más fiel representación del castigo eterno. Un lugar oscuro, solitario, doloroso, lleno de monstruos y ninguna paz.
Hay quienes se encuentran en un barco que surca aguas sin destino alguno, porque no saben dónde ir. Y, a pesar de contar con una compañera de timón, son incapaces de encontrar su rumbo, porque son incapaces de aceptar quién se ha sido durante toda la vida. Ese destino no es tan horrible si se compara con la agonía eterna, pero no permite que tu alma se tumbe, suspire y descanse. No, es una eterna búsqueda, un viaje sin final, una molesta e irritante sensación de no llegar a ningún sitio, aunque no dejes de caminar.
Desde que Hook aterrizó en el más allá con el estómago abierto por culpa de una botella de ron que otro borracho encajó en sus tripas, no ha dejado de navegar. Contra aguas turbulentas, contra olas medio muertas, contra vientos feroces o brisas sin vida. Y, desde que llegó, Mila estuvo ahí, con los ojos húmedos, una sonrisa eterna y un corazón lo suficientemente grande como para permanecer a su lado. Aunque ese viaje a la nada no sea su periplo. Sólo espera que Hook, algún día, logre llegar al puerto en el que ambos puedan descansar. El puerto en el que ella vivía durante una eternidad pasada y del que accedió a salir para poder estar con él.
Pero ese puerto nunca llega. Porque Hook no es capaz de entrever el sacrificio que ella está haciendo. Porque da por descontado que se merece ese sacrificio, que es la obligación de Mila, que eso es amar. Y continúa navegando porque no entiende que el amor no es manipulación, que el amor no es esclavo, no es engañar y mentir, que el amor ha de ser libre, no egoísta. Que cuando amas de verdad no intentas acallar a la otra persona, ni cambiar su esencia, ni modelarla para que sea parte de ti. Sino que sois dos seres individuales que eligen crecer, ser mejores cada día, vivir, apoyarse y, sobre todo, eligen hacer todo esto juntos. Sin chantajes, sin condiciones. Libres y como un equipo. Como iguales.
Esa es su lección, su pase directo al puerto donde arribar para siempre. Pero no puede o no quiere ver más allá. Aparta su propio reflejo como si fuese una molesta cortina que le impide distinguir su destino y se niega a pensar más allá. Porque no le gusta lo que ve. Porque no quiere verse. Y así convierte su peregrinaje en su última parada. Sin importarle, una vez más, estar condenando a alguien a un infierno inmerecido por su santa voluntad.
Sin embargo, el Más Allá esconde otros tantos millones infinitos de historias y finales eternos. Si dejamos atrás sus oscuras tinieblas, esos avernos autoinfligidos, ascendemos hasta lo que, comúnmente, bautizaremos como Cielo. Un lugar que es, en realidad, exacto al Infierno. Pero cuando el reflejo de las almas es brillante, puro, la luz que emerge de él ilumina todo a su alrededor y la vida eterna es, sin lugar a dudas, un precioso espectáculo.
Además, al no arrastrar cargas, ni dolor, ni deudas pendientes, eres libre. Libre de caminar por otros reflejos. De compartir otros cielos. De vivir con esas almas que se enredaron con la tuya, que formaron parte tanto de tu vida como de tu propio ser. De reencontrarte con las personas de las que jamás quisiste despedirte.
Hay almas que pasean con ese anhelo, encontrar a personas que formaron parte de ella en vida. Familiares, amigos, amores que dieron sentido a su existencia. Y todas ellas, si lo merecen, obtienen su recompensa. Son recibidas por esas personas que añoran, convirtiendo ese lugar en Su Lugar.
Y, por esa misma razón, se produce un curioso fenómeno.
Si un observador pudiese deslizarse entre cielos y lugares descubriría que hay varias Reginas.
Eso es, Reginas. En plural.
En un dulce, tranquilo y recóndito paraje campestre, anclado en un eterno verano, una dulce e inocente Regina de apenas 18 años sonríe a un dichoso Daniel. Es una amazona sin igual, llena de vida y dulzura. No ha dicho una sola palabrota en toda su eternidad Es probable que no conozca ninguna. Y es la viva imagen del primer amor: ojos brillantes, felicidad absoluta, confianza ciega y una total entrega a ese joven mozo de cuadra. Un chico que no era siquiera un hombre cuando murió y que le devuelve esa entrega con creces, con una ilusión que no entiende de límites.
En un bosque cerrado lleno de árboles milenarios, hay una pequeña y acogedora aldea escondida de las miradas entrometidas. En ella, se suceden los brindis de vino caliente, las fiestas en la hoguera, los banquetes con carne de caza para todos los familiares y amigos, los días otoñales y cálidos. Y allí, un arquero callado, de modales antiguos y maneras toscas, disfruta de una compañera de aventuras igual de intrépida. Una reina que ya no lo es más. Que se ha adaptado al bosque como si ese siempre hubiera sido su reino. Que, junto a la joven Marian, se ha convertido en una segunda madre para el hijo de Hood. Que, para el arquero, es amor, es confianza y es su mayor pilar. Una Regina feliz y aventurera. Una Regina que recuerda sólo a medias a la alcaldesa que un día gobernó Storybrooke, a la regente que dominó tierras y países bajo su reinado del terror.
Y, a pesar de este curioso fenómeno, ocurre algo aún más extraño. Cuando Emma, con canas, unos centímetros menos de altura, algo de artrosis, arrugas de vivir y reír, y miles de aventuras a sus espaldas, llega al Cielo, su reflejo brilla con una fuerza inaudita. Un brillo que le devuelve la imagen de una joven Salvadora que luchó hasta su último aliento por la felicidad de los suyos, que no se rindió jamás, que supo afrontar su destino y lo hizo con la mayor de las sonrisas.
Y a esa Emma luminosa, de cazadora roja, rizos salvajes y botas para patear culos de villanos la reciben con los brazos abiertos y los ojos llorosos sus padres, los abrazos llenos de cariño de Neal, los saltos de alegría de Ruby y la cálida sonrisa de la abuelita… Medio Storybrooke, una buena parte del bosque encantado, lo mejor de su vida.
Pero allí no hay ninguna Regina. Ni dulce e inocente, ni salvaje y aventurera. No importa que su alma se haya enredado de tantas formas con la de ella que sus vidas no se entiendan sin la presencia de la otra. Que Emma jamás haya dejado atrás a Regina, que hayan luchado codo con codo, que nadie haya nunca protegido y peleado por Emma con la ferocidad que lo ha hecho la ex Reina Malvada. Que compartan un hijo y su familia de tres sea todo lo que ambas mujeres pudieron jamás desear. Que Regina conociese los más recónditos lugares del alma de la Salvadora, que Emma pudiese leer cada gesto, suspiro, mirada o movimiento de la reservada alcaldesa como si fuera la más nítida de las señales.
No hay ninguna Regina.
Pero es el Cielo. Y allí no se entiende de preocupaciones. Por eso, Emma disfruta de una ciudad enorme, entremezclada con un bosque lleno de vida y magia. Y existe tranquila, feliz, en un descanso sempiterno y merecido.
Uno que sólo se ve alterado con la llegada de Mulán durante uno de los largos días de verano, o la de Pepito Grillo justo a tiempo de compartir con él un precioso atardecer, o incluso la dulce aparición de Belle. Pero ni rastro de Regina. Sólo paz y ese eterno descanso.
Hasta que Emma se marcha. Junto con sus padres, y con un pequeño y rechoncho hombrecito de cara risueña pero ojos tristes. Se marcha no muy lejos. A lo que parecen años luz y, al mismo tiempo, un suspiro. Se marchan siguiendo un sendero bañado por la claridad más penetrante que Emma ha visto jamás allí. Y eso que se trata del Cielo. Se marchan y, al hacerlo, encuentran a una delgada y regia figura, de pelo blanco, peinado impoluto, tacones algo menos vertiginosos de lo acostumbrado y una dulce y confundida sonrisa. Su reflejo brilla cada vez más y entonces Emma la ve.
No es una Regina. Es Regina.
No es una joven inocente, no es una aventurera heroína. Es eso y mucho más. Es su auténtico reflejo, es su alma y las infinitas capas que la componen. Es la Reina Malvada redimida, y la joven de corazón enorme e inocente, la madre abnegada, la alcaldesa de hierro y bondad, la heroína nacida de las cenizas de una mujer rota y traicionada. Es todas las Reginas que Emma recuerda y quiere. Es ella. Llena de claroscuros, imponente, regia, dulce, esperanzada. Sus ojos miel clavados en los de Emma, su cabello recuperando su negro azabache.
La Salvadora sonríe y, dejando atrás a sus padres y a Henry Sr., se acerca hasta ella y susurra: "Bienvenida a casa, Gina. Te he echado de menos."
Sí, el Cielo tiene muchas formas de crear pequeños paraísos, perfectos y completos.
Sí, puede haber muchas Reginas.
Pero descansar con la esencia real de una persona sólo está reservado para las almas gemelas.
FIN
Disclamer: ¿Qué tal? ¡Espero que os haya gustado mucho! Por cierto, ¿Cómo lo habríais titulado vosotrxs?
