Buenas.

Me emperré en tener dos capítulos acabados antes de subir el primero para que no hubiera tanta espera entre uno y otro (y eso que este lleva meses acabado). Pos mira, 4 meses.

Hastaluegomaricarmen.

De hecho, hace tanto tiempo que hasta me avergüenza responder a los comentarios, pero bueno… Un abrazo enorme a todo el mundo y feliz fin de este año de m*****.

Si sigue alguien ahí, disfrutad :P

Advertencias: Sin advertencias especiales en este capítulo (salvo palabrotas coloridas en la mente de Yuuri :p).


16

Wolken

Nubes

Part II


Esa noche el sueño no le visitó durante horas. Algo que empezaba a volverse irritantemente común.

Sin embargo, esa vez no tuvo ninguna duda en que lo merecía.

Aunque la opción lógica hubiera sido ir directamente a hablar con Wolfram —gritarle, zaranderarle… quién sabe—, no se vio con fuerzas. La sola idea de encontrarse cara a cara con él en su voluble estado emocional le aflojaba las rodillas.

Al final, se metió en la cama sin demasiadas esperanzas y el iracundo deseo de que la mañana aportara claridad a sus ideas.

El ofensivo documento seguía sobre su mesita, arrugado por la fuerza de su puño. Lo miró en varias ocasiones con ira homicida y se preguntó si el dichoso papel se prendería fuego solo por el empeño que le ponía.

Acabó dando vueltas sobre sí mismo de un extremo a otro de la cama, pateando las sábanas y aporreando la almohada a intervalos regulares.

El silencio era sobrecogedor, solo alterado por el latido acelerado en sus oídos y la interminable letanía mental de improperios.

A pesar de su reticencia inicial, Greta había ido enamorándose más y más de la idea de un cuarto propio que poder decorar a su gusto. En las últimas noches se había dejado caer muy poco por su habitación, solo en aquellas ocasiones en las que se sentía especialmente vulnerable y necesitaba algún achuchón de más.

Oh, Greta.

¿En qué situación ponía a Greta lo que iba a suceder?

Había sido él quién la había adoptado, pero estaba seguro que Wolfram había firmado algo al respecto junto a él. De ahí que el nombre completo de su hija fuera Greta Shibuya von Bielefeld. En su momento no le había dado más importancia —tenía quince años, por todos los demonios— y tampoco había vuelto a dedicar ni un instante a pensar que el detalle podría acarrearles problemas legales a alguno de los tres.

Por no hablar de la reacción de la afectada en sí. Apostaba un brazo a que Greta le sabría totalmente responsable del giro en los acontecimientos. Algo que se encargaría de demostrarle en cuanto tuviera oportunidad.

Entonces un nuevo pensamiento, aún más aterrador, ocupó el lugar de sus complicaciones paternofiliales. De pronto el pecho le pesaba una tonelada.

¿Le insistirían en que buscara una nueva pareja oficial tras la disolución de su compromiso?

Le parecía improbable, sobretodo teniendo en cuenta que la anterior Maoh no había tenido una pareja estable desde bastante antes de su llegada a aquel mundo, pero no descartaba que le instaran a ello en aras de un beneficio político.

Esas cosas pasaban en aquel mundo. Con mucha frecuencia, a juzgar por las enseñanzas de Günter.

Tragó saliva al pensar en lo violentos que serían los próximos días. Con la velocidad media a la que corrían los rumores en Shin Makoku, en dos días todo el país sabría que habían anulado su compromiso.

En menos de dos semanas, la noticia habría llegado a cada rincón de las naciones adyacentes. Y sin duda un pequeño ejército de pretendientes de variopintos orígenes planificaría una ruta segura para presentarse allí a pedir su mano.

O no, quién sabe… ¿Seguía siendo Shin Makoku un país con el que valía la pena establecer alianzas?

Tal vez fueran sus propios consejeros los que le impulsaran a ello. Convenciéndole de aceptar a Lady (o, Shinou le librara, Lord) Lo-Que-Fuera para reforzar el mermado poder militar de la nación.

Sus cábalas iban volviéndose más y más catastrofistas y acabó preguntándose si lo que le impedía respirar no sería lo que solían describir como ataque de pánico. Intentó concentrarse en mantener una respiración profunda y rítmica, pero ello solo incrementó la sensación de ahogo.

¿Iban a ser así sus noches a partir de ahora?

Un único pensamiento permeó su estado de intranquilidad.

Tal vez lo merezco.

Tal vez.


Llovía, pero no se trataba de la gentil lluvia de primavera que revitalizaba la tierra y hacía brotar las semillas. Era aquel continuo diluvio que volvía el cielo macilento y acababa por abotagar el ánimo, ensombreciendo las esperanzas de volver a ver el sol.

Yuuri pestañeó con insistencia, incapaz de reconstruir los pasos que le habían llevado allí.

Empezó a avanzar. Hacia ninguna parte.

Sus pies se hundían en barro reciente, el lodo llegándole con cada paso prácticamente hasta la junta de la rodilla. Si daba un traspiés, se hundiría para siempre en aquella inmensidad fría y húmeda y nadie le encontraría jamás.

El pensamiento fue menos espeluznante de lo que debería.

Miró derredor. No reconocía el lugar en el que se hallaba, pero tenía cierto aire fantasmagórico. Sus ojos solo llegaban a atisbar árboles desprovistos de hojas; después, una inmensidad sombría bañada por la lluvia.

No. Sí había algo distinto en aquel todo uniforme. Necesitó un largo rato arrastrándose miserablemente entre el lodo para darse cuenta.

Wolfram estaba de pie en aquel panorama gris. De espaldas a él. Apenas podía ver su silueta vestida de azul y el fogonazo de cabello rubio.

A diferencia de él, sus pies no se hundían en el barro.

—¿Qué haces aquí, Wolfram…? —preguntó, avanzando hacia él.

Pasaron unos largos segundos en los que solo el goteo húmedo de la lluvia contra el lodo fue audible. Poco a poco, Wolfram se dio la vuelta y le dedicó una mirada arrogante acompañada de una sonrisa pretenciosa.

Yuuri frenó en seco. Luego retrocedió de un salto.

Ojos azules.

—¡Arg! ¡Shinou…! —chilló.

Los labios del otro se curvaron hacia arriba hasta darle una expresión burlesca.

Celebro tu agudez mental, Yuuri —canturreó.

En apenas un parpadeo, era Shinou el que estaba frente a él, con su aspecto glorioso de antaño (capa de terciopelo incluída). Como de costumbre, se movía con una dignidad y grandeza que nadie que Yuuri conociera podría imitar.

Y totalmente seco. Ventajas de la incorporeidad.

—¿Es esto un sueño?

Llámalo como quieras —se encogió de hombros el Rey Original—. No está sucediendo en el plano físico, si es lo que quieres saber, pero eso no hará que esta conversación no haya existido. Estoy conectado con los anteriores Maoh, así que no eres el primero con quien tengo este tipo de cara a cara.

Imaginó que Chêri-sama no se mostraría tan contrariada como él con aquel tipo de viajes mentales.

O sí. Siendo que era la otra única persona que conocía sobre cuyos hombros pendía la culpa de una guerra devastadora e imprevisible.

El rumbo amargo de sus pensamientos pareció deformar su expresión facial, porque Shinou se apresuró a puntualizarlo.

¿Por qué esa cara tan larga? ¿Tan desagradable te es mi presencia en tu acogedor reducto mental?

No tenía ningún motivo para seguirle el juego a Shinou, incluso cuando en su benevolencia intentaba aligerar una carga en sus pensamientos que dudaba que nada pudiera hacer menos pesada.

—Me confiaste Shin Makoku —susurró, a duras penas haciéndose oír por encima del goteo constante de la lluvia—. Imagino lo decepcionado que debes sentirte.

Para su asombro, el rostro de Shinou se suavizó, sus cejas arqueándose en un gesto compungido. Levantó un dedo en su dirección.

Solo voy a decir esto una vez, así que te aconsejo que le saques partido: nada que pudieras hacer hubiera evitado este cataclsimo, Yuuri —aseguró en tono comprensivo—. No más allá de pequeñas alteraciones que no hubieran afectado al curso de los acontecimientos. Todo esto estaba destinado a suceder.

Su estoicismo era preocupantemente similar al de Murata. Tal vez las cosas se veían con una perspectiva distinta, menos alarmada, cuando se vivían miles de años.

Quizá miles de muertes no suponían una pérdida significativa si se relativizaba con el paso de los siglos. El pensamiento le produjo una mezcla de rabia y amargura que amenazaba con comerle entero.

—¿Qué debería hacer ahora? —alcanzó a suplicar, elevando las palmas hacia el cielo—. ¿Qué puedo hacer…? Los leales a Shin Makoku pierden territorios cada día. Todavía hay muchos ciudadanos esclavizados por el Imperio y mueren decenas con el avance del frente.

La expresión de Shinou no varió ni un ápice. Era la mueca plana que aparecía en el retrato junto al que Yuuri había pasado prácticamente cada día de su reinado.

Confío en tu juicio —aseguró Shinou—. No te hubiera escogido si no fuera así.

—¡Parad con esto!

Su voz produjo un eco antinatural, opaco. Más que perderse en la inmensidad de árboles moribundos, resonó como si ambos estuvieran dentro de una caja firmemente cerrada.

Shinou mantuvo la mandíbula cerrada. Tal vez con la misma firmeza que sus propios puños, que se estremecían por la fuerza que ejercía en ellos.

—Vuestra confianza me incomoda… —siseó—. Murata, Wolfram, Conrart… Todos hacéis lo mismo. Y empieza a irritarme.

Le dedicó una mirada airada, un extraño balance entre frágil y furibunda. Si aquel sueño se parecía en lo mínimo a la realidad, sus pupilas deberían ser verticales a aquellas alturas.

—Hasta ahora, no he hecho nada —espetó, con tan ímpetu que su propio cabello empapado le golpeó la cara—. No he conseguido cambiar nada. El país pende de un hilo y os empeñáis en seguir confiando en… . Es Gwendal el que está manteniendo todo a flote, y a decir verdad considero una bendición que él esté al mando. Pero os empeñáis en seguir creyendo que milagrosamente algo que yo haga solucionará todo este embrollo.

Para el final de su monólogo, se había quedado sin aliento… si es que ello era posible en un sueño. Dejó caer los brazos a ambos lados esperando que fuera señal suficiente de su derrota interna.

—Dame una sola razón por la que seguir confiando en mi criterio es el movimiento más favorable para Shin Makoku —exigió.

Tal vez exigirle al dios de los mazoku en persona no era el gesto más inteligente de su historial.

La deidad en cuestión no reaccionó como había esperado. Parecía más condescendiente que realmente exasperado.

Creía que esto había quedado claro hacía muchoreconoció Shinou. Se llevó una mano a la frente y dibujó una mueca resignada—. Supongo que sigues siendo solo un muchacho a pesar de todo…

Después le miró fijamente, y Yuuri sintió el impacto de su mirada como algo físico. Un cuchillazo de fuego frío.

No te escogí como mi sucesor porque fueras a ser el mejor estratega o un formidable guerrero —reconoció en tono de obviedad—. Ni siquiera por tu inteligencia, si me permites la observación.

Si una parte de él se indignó por el velado insulto, se encargó de sofocarlo, sediento por cualquier clarividencia que Shinou pudiera aportarle.

Te elegí porque Shin Makoku necesitaba alguien confiable al mando —sentenció éste—. Alguien que no se diera por vencido. Cuya entrega no tuviera límites. Alguien totalmente desligado del bucle de guerras y crueldades que por desgracia este país ha arrastrado durante siglos.

Pareció tomar aire. Curioso, dado que la lógica dictaba que no lo necesitaba en aquel estado onírico. Tras la breve pausa, su expresión se había suavizado.

Casi, casi, paternal. Si es que ello era posible en Shinou.

Si esperabas una reprimenda por esta guerra, no es ese el motivo de este encuentro —apuntó—. Ningún consejo que pueda darte será mejor que lo que ya estás haciendo ahora: confiar en los que te rodean. Seguir defendiendo los ideales por lo que fuiste escogido.

Lejos de reconfortarle, aquellas palabras le cortaron las alas.

El mensaje del Rey Original era claro y desprovisto de eufemismos.

Que no existían los milagros. Que sus deus ex machina se habían agotado.

Sus pensamientos parecían estar tomando una senda que Shinou no quería que recorriera. Sin duda no le servía de nada reducido una patética y autocompasiva parodia de rey.

Hablemos de algo más banal, ¿te parece?

Yuuri frunció el ceño; Shinou elevaba la barbilla en actitud sagaz.

¿Qué harás respecto al paso atrás de mi descendiente?

Necesitó unos vergonzosos segundos para entender la referencia.

—Lo sabes… —musitó—. Cómo no…

Acto seguido, el sentido común tomó el lugar de la desolación.

—Espera, espera… —gesticuló con labios y manos—. ¿Estamos en guerra y consideras prioritario lidiar con mi vida sentimental? ¿Es esto para lo que has decidido aparecer aquí?

Las palabras se atoraban en su garganta. ¿No era aquel el colmo del absurdo, incluso para los estándares de lógica de aquel mundo?

Aunque te cueste creerlo, me preocupo por él —se defendió Shinou, indiferente a su pasmo—. Es el último de mis descendientes... al menos por el momento. Si puedo elegir, prefiero que su nombre sea recordado por nobles motivos. Lo cual nos lleva de nuevo a esta conversación.

Le volvió el rostro, ofreciéndole un perfil sofisticado y absurdamente armónico.

Puedo ver que el movimiento de Wolfram te ha tomado con la guardia baja —era una aseveración en toda regla—. Tu mente está ensombrecida, turbulenta. No te deja pensar con claridad. ¿Has valorado que sea remordimiento lo que sientes?

La pregunta en cuestión le tomó desprevenido. De hecho ni siquiera comprendió su objetivo, llevándole a pestañear como si estuviera aturdido.

—¿Por qué debería?

Porque te avergüenzas de él —le acusó Shinou—. De lo que todo Shin Makoku pretende que seáis. Y en el fondo sabes que él no merece ésa reacción por tu parte.

—¡Yo no me avergüenzo de Wolfram! —bramó a la defensiva—. ¿¡Cómo podría…!?

No es una opinión —le contravino Shinou—. No la mía, al menos. Fue lo que el propio Wolfram le dijo a su hermano von Voltaire hace apenas unos días. Y el motivo por el que esa anulación decora tu mesita de noche.

Fue un golpe bajo. Directo a su centro. Dejándole desmembrado.

Esto no puede estar pasando.

Estoy convencido de que todo el país lo sabe, lo comenta. Eres el Maoh: tu vida privada es objeto de observaciones y opiniones a cada instante. Todo el mundo te ha oído clamar a los cuatro vientos que no correspondes a tu prometido. Que es un hombre y eso es antinatural en tu mundo natal. Que le rehúyes porque no soportas sus ataques de celos ni su insufrible temperamento.

Ante sus ojos, el aspecto de Shinou volvió a permutar al de Wolfram. De rasgos menos varoniles y complexión menos fornida, aunque la diferencia no era tan patente en los últimos años.

Que te escapabas de su alcance, incapaz de tolerar un instante más su presencia —su voz fue bajando hasta convertirse en un susurro cruel—. Que huías a la otra punta del mundo y él te seguía, recogiendo las migajas de tu atención.

Oír tales acusaciones en los labios de Wolfram, con su rostro estoico como cincelado en mármol, resultaba cien veces más doloroso.

¿Tienes idea de lo mucho que puede afectar eso a alguien involucrado en este mundo de nobles? parecía una pregunta retórica—. Una reputación como esa podría costarle su carrera militar. Su propio puesto entre los soldados. El respeto de sus subordinados por el que tanto ha luchado contra los que le acusaban de nepotismo.

Aquel Wolfram extraño hizo una floritura con la mano, un categórico gesto de obviedad.

Lleva años siendo objeto de burla de todo el país —aseguró—. Pero eso ya lo sabes, ¿no es así? Estoy convencido que las historias de Wolfram el Indeseable han llegado incluso a los ingenuos oídos del Maoh.

Apartó la vista, incapaz de soportar la sensación de culpabilidad que le carcomía las entrañas.

Oh, sí había remordimiento ahí. Incluso para los ojos de Shinou había sido evidente. ¿Lo sería también para los de los demás?

Muy pocas cosas podrían quitar tantas manchas de su historial —opinó el otro, implacable—. Tras tantos años en Shin Makoku, ya deberías saber cómo funcionan las cosas en este mundo.

Un diminuto rescoldo de autodefensa le impulsó a protestar.

—Sé todo lo que estás diciendo, pero no hace menos absurdo que me increpes a por ello… Fue él quien me pidió disolver el compromiso —garantizó—. ¡Gwendal me enseñó el documento con su firma!

¿Y no te has parado a pensar que no es lo que Wolfram desea sino lo que cree que será mejor para ti?

La insidiosa pregunta proyectó una imagen terrible en su cabeza. Una que ya había barajado en el pasado y había descartado en el acto porque chocaba frontalmente con sus esquemas.

Wolfram, mintiéndole a la cara y proclamando que deseaba anular su compromiso.

Sí, le creía muy capaz. Totalmente capaz de traicionar su propia sinceridad arrolladora para mantenerle en su burbuja.

—Nunca me lo ha dichoalcanzó a expeler.

Por supuesto que no —coincidió Shinou, en el tono de obviedad con el que se le habla a un niño tozudo—. Aunque de una manera distinta a la tuya, tiene el mismo lamentable defecto: restar importancia a su propio dolor para que no afecte a los que le importan.

Cruzó los brazos sobre el pecho. El engaño era perfecto, advirtió Yuuri, o tal vez solo de acorde con los detalles de Wolfram que estaban almacenados en su memoria.

Apartó la mirada. Era incómodo, violento. Un tormento innecesario por parte del Rey Original cuando ya se sentía lo suficiente miserable.

Está dispuesto a caer en desgracia, a ser degradado al hazmerreír del Reino, si está solo en su caída —atestiguó Shinou—. Una triste escasez de amor propio, si me preguntas a mí. No sé de dónde lo habrá sacado… No de mi rama de la familia, desde luego.

Escuchó a Shinou suspirar y se volvió hacia él para verle sonriendo contra su palma entreabierta.

Bien pensado, tal vez sea culpa mía —dejó caer—. De hecho, estoy convencido de ello.

"¿Culpa mía?"

¿Qué?

La capacidad de sacrificio va implícita en su naturaleza —aseguró Shinou—. Algo que fue intencionadamente buscado y cultivado incluso antes de que naciera. Tal vez me extralimité en la dosis exacta de entrega que buscaba. Un traspiés semejante al que cometí con Weller.

Antes de que Yuuri pudiera exteriorizar alguna de sus miles de preguntas fundadas, Shinou siguió con su explayado soliloquio.

Seleccioné con mimo el tipo de alma de debía tener el Tercer Hijo. Al igual que Gwendal von Voltaire y Conrart Weller. En el núcleo más elemental, muy poco fue dejado al azar en su concepción.

Yuuri no dejó que las descomunales implicaciones de lo que Shinou estaba diciendo calaran en él. En su lugar, dio rienda suelta al estupor más genuino.

¿Por qué me estás diciendo todo esto?

¿Que por qué?

Y ante su absoluto pasmo, Shinou se echó a reír.

Con el rostro de Wolfram.

No eran las carcajadas espontáneas de las que había disfrutado hacía solo unos días, tras una huída precipitada bajo la lluvia. Era una risotada burlesca, irónica, que en los rasgos y voz de Wolfram resultaba aterradora.

Shinou se recompuso lo justo para retirarse las lágrimas de las comisuras de los ojos e inclinarse hacia él, exponiendo parte de la dentadura ajena al hablar.

Abre los ojos, Yuuri: no hay un motivo trascendental para este momento —garantizó en tono desagradablemente petulante—. No estoy aquí para convencerte de que tomes un camino en particular y con ello soluciones el destino de este mundo. Ninguna opción que escojas respecto a mi descendiente cambiará el curso de los acontecimientos.

Una réplica airada hizo un amago de manar de su garganta, pero Shinou se adelantó.

Mis planes para Wolfram von Bielefeld terminaron en el momento en que Soushu arrancó su corazón —sentenció—. Su única parte en el Gran Esquema era ser una de las Llaves. Lo que ha venido después ha sido una amalgama de coincidencias y libre albedrío.. Literalmente no hubiera cambiado nada que Lord Bielefeld hubiera muerto en la defensa de Khrennikov, en la cama de Eberhart Seiffert o arrastrándose contigo a cuestas en aquella llanura helada.

Sus ojos eran una mixtura perfecta de verde y azul, implacables e incluso crueles.

Que le rompas el corazón por enésima vez no significará nada.

—¡BASTA!

El lúgubre entorno vibró con su grito, desestabilizándose momentáneamente como un castillo de arena golpeado por las olas. Se llevó las manos a la cabeza, tanto para mantener su propio equilibrio como para ofrecer una protección figurada a la acusatoria mirada de Shinou.

Basta…

El goteo de la lluvia sonaba denso, como si fuera brea en lugar de agua. Amortiguaba el sonido de sus propios latidos, deformándolo hasta convertirlo en un chirrido de fondo.

Tras un silencio que le hizo plantearse si no le habría dejado solo, aislado en aquella inmensidad oscura, se atrevió a mirar entre sus dedos estremecidos.

El cuerpo de Wolfram adoptaba una postura inusual, con la cadera prominente hacia un lado y la mano apoyada con indolencia sobre ésta. Su actitud que rezumaba una agresiva sexualidad le desconcertó.

—Oh, ¿no es lo que querías oír? —su tono era chulesco, totalmente ajeno, y a la vez sorprendido—. ¿No te alivia saber que no recae sobre ti una nueva elección significativa? ¿Que Wolfram no sea tan importante para el trazado de las cosas?

Que volviera a ser Shinou, con su aspecto de antaño, y no una copia milimétrica de su amigo, dio alas a su creciente indignación.

—¡Wolfram no es solo un objeto que puedas desechar cuando ya no te es útil! —bramó, su tono casi histérico—. ¡Es una persona, una buena persona! ¿¡Cómo te atreves a…!?

Ni siquiera registró el movimiento de Shinou en su dirección, pero de pronto sus rostros estaban a escasos centímetros. Una súbita parálisis le impidió retroceder ni un ápice, a merced de aquella omnipotente mirada azul.

El problema, Yuuri, lo realmente lamentable, es que ni siquiera te has atrevido a considerarlo —acusó, punteándole el pecho con un dedo. Notó perfectamente el contacto, no fantasmal sinó duro y sólido—. Has arrancado las posibilidades antes de que éstas se desarrollaran. En todo este asunto, has sido más cobarde de lo que jamás hubiera imaginado.

¿Estaba entendiendo mínimamente lo que Shinou insinuaba que debía hacer?

Estoy convencido de que tu otro yo no sería tan irritantemente apocado en esto —canturreó éste entre dientes antes de que encontrara su voz.

Yuuri tragó el nudo sólido en su garganta antes de hablar. Empezaba a tener la misma sensación de surrealismo que al principio de su aventura en aquel mundo; la de ser incapaz de comprender mínimamente cualquier patrón lógico en el comportamiento de los que le rodeaban.

¿Hablas del Maoh? Creo que quedó claro hace mucho que no podéis esperar de mí lo mismo que de él.

Shinou emitió una carcajada al aire, desenfadada y espontánea, y de pronto pareció más un chaval cualquiera apoyado en su motocicleta y menos el no-muerto Rey de los Mazoku.

—Tú eres el Maoh, Yuuri —puntualizó—. Es tiempo de que vayas asumiéndolo. Con todas sus consecuencias.

Oh, de eso se trataba.

"Tú eres el Maoh". "Debes actuar como tal". "Ser el perfecto soberano".

Sin importar lo que destruyas en el camino.

—Wolfram me odiaría —balbuceó—. Se odiaría a sí mismo y sería infinitamente peor. Si me atreviera a fingir que

La frase fue cortada por un bufido despectivo.

¿"Fingir"? —musitó Shinou. Había una burla implícita en su tono—. ¿Sigues empeñado con tanta vehemencia en ignorar lo evidente?

¿No podía estar implicando que…?

Cuando por fin puedas verlo, te preguntarás por qué has perdido tanto tiempo ignorándolo —garantizó Shinou—. Y lamentarás ése tiempo.

Avanzó hacia él, ligero como un retazo de niebla, para volver a mantenerse en su espacio personal. Sus ojos titilaban en la penumbra como los de un animal peligroso.

La elección está en tus manos. Y tendrás que tomarla pronto, Majestad.

La palma de su mano se apoyó en su frente antes de que Yuuri pudiera reaccionar.

Después, caía en la húmeda oscuridad.


Despertó con un jadeo doloroso emitido al dosel de la cama.

Se incorporó en un impulso violento, el corazón latiendo a tanta velocidad que parecía que iba a romperle las costillas.

Un frío imposible le incidió en el cuello y hombros empapados de sudor y le obligó a envolverse con la colcha para dejar de tiritar. Se dejó caer de nuevo contra la almohada como una gigantesca crisálida mientras intentaba normalizar sus alterados signos vitales. Cuando sus pensamientos se calmaron al mismo ritmo que su organismo, fue capaz de recordar el por qué de su súbito despertar.

No era tan ingenuo como para pretender que había sido un sueño sin motivos ni consecuencias.

Nunca —jamás— había casualidades cuando de Shinou se trataba. Y dudaba que hubiera sido del todo sincero con él. Al menos si la retahíla de situaciones anteriores servían de precedente. De Shinou (y también Murata) podía esperarse una desesperada lealtad por Shin Makoku, pero no total honestidad.

Sabía muy bién cuánto, cúando y cómo decir algo. Y a menudo no era todo. Solo lo indispensable para hacerles marchar a todos en la dirección deseada.

No obstante, era incapaz de restarle ni una sílaba de razón. Debía tener aquella reflexión consigo mismo tarde o temprano. Buceando en su propio centro para salvar aquel impás que parecía frenarlo todo.

Lo había ido aplazando, con motivos más o menos válidos, durante años.

No más.

Tomó aire e intentó organizar sus pensamientos. Tal vez ello hiciera el tránsito más llevadero.

Lo dudaba.

¿Qué sentía él por Wolfram?

¿Le gustaba? Más allá de lo obvio y lógico para alguien que había estado junto a él casi desde el principio. En cuya presencia parecía crecer la mejor versión de sí mismo.

Espera. Céntrate, Yuuri Shibuya. No voy a empezar la casa por el tejado...

Paso atrás.

¿Podía gustarle? ¿Podía sentir algo semejante al romanticismo por alguien que no fuera una mujer?

No si confiaba en sus propios antecedentes. Nunca había dedicado segundas miradas a los chicos allá en Japón.

Aunque, si era sincero consigo mismo, tampoco a las chicas.

Al menos nada más allá de miradas furtivas y avergonzadas cuando una chica le adelantaba a la carrera y una falda corta de uniforme ofrecía un fugaz atisbo de ropa interior. O una clase de educación física definía el elástico de un sujetador bajo la camiseta reglamentaria. Más curioso que realmente interesado.

Nunca había mostrado el deseo que la inmensa mayoría de adolescentes parecían compartir por tener una pareja. El primer beso, la primera vez… No era algo que le hubiera quitado el sueño. Más bien le llevaba a rodar los ojos y a pintar una sonrisa nerviosa cuando, inevitablemente, una conversación clandestina en el patio del instituto viraba hacia tales derroteros.

Supuso que la ausencia de interés o de una inclinación clara le habían hecho etiquetarse en la norma. Encajar en lo esperado. Sacudirse el intrascendental conflicto porque no afectaba a su vida.

Hasta entonces, se dijo con lapidaria resignación.

Pero ya no era tan sencillo como reducirlo a una rígida dicotomía de "me gustan las chicas" o "me gustan los chicos".

Para su constante frustración, a nadie parecía importarle tal dilema en aquel mundo. No entre los mazoku, al menos. Todos sus allegados se habían encargado de dejarle claro que la inmensa mayoría de mazoku no hacía distinciones entre sexos respecto a sus compañeros sentimentales. Lo cual borraba una muy buena aportación a su ya de por sí corta lista de excusas.

Si es que debía seguir aferrándose a tales excusas en primer lugar.

¿No sería más sencillo aparcar los dilemas y dejarse llevar? ¿Mecerse en algo que sin duda Wolfram le regalaría incluso en aquellos tiempos terribles?

El pánico volvió a cortarle la respiración y le obligó a pasar unos largos y bochornosos segundos obligando mentalmente a sus pulmones a seguir funcionando. Había una cuestión más apremiante allí, una que se erguía por encima de sus (tardías) disyuntivas emocionales.

Wolfram no merecía aguardar tanto tiempo para esperar una reacción por su parte, fuera en el sentido que fuera.

La acusación de Gwendal seguía pendiendo sobre su cabeza como una especie de figurada guillotina. Un peso frío y constante en su nuca y pecho.

¿Sería así? ¿Era tan mezquino en el fondo?

¿Había estado manteniendo a Wolfram encadenado a él todo aquel tiempo? ¿Aunque fuera de forma inconsciente?

¿Incluso cuando era evidente que Wolfram quería zanjar el asunto cuanto antes?

El cansancio empezaba a pesar en su mente y cuerpo; cerró los ojos cuando empezaron a escocerle en una mezcla de extenuación y lágrimas. Se sumió en la acogedora oscuridad tras sus párpados.

No.

"No inconsciente del todo."


Para cuando llegó el amanecer, tenía un dolor de cabeza galopante martilleándole el cráneo. Vestirse fue un auténtico calvario cuando cada movimiento incrementaba las punzadas dirigidas a su cerebro. No resultaría sorprendente si alguna prenda no hubiera terminado en su lugar correcto.

Emergió de su cuarto cual terrorífico zombie, con equiparable palidez y monumentales ojeras, para encontrarse con un visiblemente preocupado Conrart.

—¿Ocurre algo, Yuuri?

El bueno de Conrart, tan difícil de engañar.

Hubiera sido fácil soltar la clásica negación cliché. Una respuesta plana que apaciguara el comprensible desasosiego de Conrart.

El cúmulo de emociones, aún desentrañables para él, le negaron aquella posibilidad.

—En realidad, sí.

Siguieron andando uno junto al otro. En su posición siempre un paso por detrás de él, Yuuri agradeció que Conrart no pudiera ver su expresión.

—Wolfram ha solicitado disolver nuestro compromiso —reconoció—. Gwendal me entregó ayer el documento firmado por él.

Experimentó una ligera decepción cuando no escuchó a su padrino emitir ni un suspiro. Ni tan solo alteró su ritmo. Le miró de soslayo, inquisitivo.

—¿Tú lo sabías, Conrad?

Su padrino negó levemente con la cabeza.

—No —aseguró—. Pero no me sorprende.

No pudo evitar hacer una mueca mientras volvía la vista al frente. ¿Acaso todos lo habían visto venir? Seguía siendo patéticamente lento. Ingenuo.

—Gwendal fue muy claro al respecto —confesó. Apenas pudo mantener su voz a un nivel audible—. Me acusa de mantener a Wolfram atado a mí, sin permitirle avanzar. Una parte de mí cree… no, sabe que dice la verdad.

Otra parte de él esperaba que Conrart le contradijera en su autoinculpación, pero permaneció benditamente callado. Coincidiendo en silencio con su hermano mayor. Lejos de sentirse traicionado, Yuuri solo experimentó la culpabilidad más rotunda.

—Gwendal tiene razón —admitió, muy bajito. Apenas pudo oírse por encima del eco de sus pasos—: debería firmar la disolución. Dejar atrás este asunto.

Se humedeció los labios cuarteados antes de soltar la siguiente aseveración.

—Así Wolfram tendría la oportunidad de… buscar a alguien más —murmuró, casi en exclusiva para sí—. Alguien que pueda corresponderle como se merece.

Un tipo ajeno de rabia incipiente le retorció el estómago al visualizar el rostro anónimo de algún pomposo noble sonriéndole a Wolfram. Sus manos enguantadas entrelazadas. Unos dedos pálidos de perfecta manicura deshaciendo los lazos de su camisa interior y deslizando la tela por sus hombros…

—Me temo que esa oportunidad hace tiempo que no existe para él —apostilló Conrart, sacándole de su trance colérico—. Tal vez nunca lo haya hecho.

Yuuri levantó la cabeza con tanta rapidez que por poco se provocó un latigazo cervical.

—¿De qué estás hablando?

No hubo respuesta.

Se detuvo de golpe, su pie suspendido sobre el suelo a medio paso.

—¿Conrad? —lanzó, volviéndose para mirarle.

El gesto de su padrino era circunspecto, tenso en todos los detalles esenciales. Triste hasta donde podía decir.

Era la expresión que había esgrimido desde el principio en la antesala de una verdad lapidaria.

Justo antes de revelarle el destino de Wolfram.

Justo antes de confesarle las acusaciones que los Diez lanzaban sobre él.

—No tomes esto como un intento de influenciar tu decisión —suplicó Conrart—, solo como un padrino que quiere sincerarse con su ahijado. O un guardaespaldas que no quiere esconderle nada a su Rey.

Había aprendido con excesiva lentitud qué era lo que aparecía en el rostro de Conrart.

Culpabilidad. Por verse obligado a pinchar su burbuja.

—Yuuri —empezó tras un dilatado silencio—: dudo que, llegados a este punto, Wolfram pueda rehacer su vida.

Pestañeó varias veces. Imaginó que su ausencia de reacción no era lo que Conrart esperaba.

—¿Qué quieres decir…?

Conrart echó sendas miradas inquietas a los lados: no parecía cómodo con tener aquella conversación en un lugar tan público. Le tomó de un hombro con diligencia, empujándole contra una esquina aleatoria que les proporcionara un fantasma de intimidad. En su desconcierto, Yuuri se dejó guiar sin apenas oponer resistencia.

Los ojos de Conrart, aquella fascinante fusión entre castaño y plata, estaban fijos en él sin pestañear.

—Es algo que sucede a menudo entre los mazoku —aseguró—. Cuando un mazoku ama, lo hace con tanta entrega que a veces no puede pasar página.

Yuuri escuchaba las palabras, el tono consecuente, pero el significado de las mismas no permeaba en su cerebro. Los dedos de Conrart, aún en su brazo, se hundieron en la tela de su casaca.

—Sospecho… no, que ése es el caso de Wolfram —concluyó con abatimiento—. Debía resultar evidente desde hace mucho, pero supongo que todos lo hemos pasado por alto hasta… ahora.

Los músculos de su rostro sufrían involuntarios espasmos, sin duda impulsándole a dibujar una sonrisa burlona por lo ridículo de la situación.

Nada de lo que Conrart decía tenía sentido. Ninguna lógica en absoluto.

Si había algo de verdad en sus palabras, había un tremendo pero en toda la situación.

¿Por qué?

¿Por qué Wolfram había firmado la anulación si realmente se encontraba en un punto de no retorno?

¿Por qué condenarse a un porvenir tan deprimente?

Buscó enloquecido, analizando detalles. Cualquier argumento que desentramara aquella terrible verdad.

No encontró ninguno.

El detestable noble anónimo ya no estaba en su perspectiva.

Solo un Wolfram con el corazón eternamente roto. Añorando algo que nunca sucedería.

Porque

Apretó los dientes hasta que le dolió la mandíbula.

—¿Dónde está Wolfram? —siseó.

Su padrino no respondió en el acto, tal vez considerando lo juicioso de revelarle la ubicación de su hermano. Yuuri se humedeció el labio inferior antes de volver a intentarlo.

—Conrad: ¿dónde está Wolfram ahora?

Su voz sonó ajena, grave. Juraría que un estremecimiento había recorrido a Conrart de los pies a la cabeza.

Al final, los hombros de su padrino perdieron toda la tensión.

—En las caballerizas —acabó por decir, con la voz empañada de resignación—. Quería montar un rato en los alrededores del castillo.

Antes de que concluyera la frase, él ya corría hacia el exterior.

Sus pies apenas rozaban el suelo debido a la velocidad, o al menos así lo sentía. Apenas registró los múltiples rostros con los que se cruzó, las voces que intentaron llamar su atención o el camino que recorrieron sus pasos (aunque solo había ido a aquel lugar en una ocasión).

Su mente solo registraba ruido. Un chirrido intenso que desintegraba cualquier pensamiento en formación.

Para cuando se plantó ante el edificio en cuestión, diminuto en comparación al gigantesco hogar de los Spitzwerg, estaba sin aliento y sudaba dentro de la camisa. Adentro había caballos de todos los tamaños y colores. Incluso ubicó a Yuki, de un blanco cegador, dormitando sobre un montón de paja en uno de los cercados.

Ni un fogonazo de cabello rubio. Aunque sí descubrió una cabeza rojíisima emergiendo junto a un semental moteado de gris que estaba cepillando.

—¡Majestad…! —exclamó Rohnan, la infaltable sonrisa pintando su rostro. Llevaba días sin veros. ¿Qué novedades hay de…?

Una parte de él lamentó profundamente no dedicar ni un instante a conversar con aquel muchacho que tanto les había ayudado, pero tenía asuntos más acuciantes entre manos.

—¿Dónde está Wolfram? —le cortó.

El joven se cuadró en el acto, con toda seguridad captando la urgencia en su tono.

—Acaba de salir con uno de los caballos de Lady Spitzwerg, señor —balbuceó, apuntando a la puerta en el otro extremo del establo.

Como si de una señal se tratase, vio el perfil de su amigo recortado con la foresta del fondo, enfundado en azul y caminando junto a un estilizado caballo blanco.

Cuando su cerebro quiso registrar la realidad, ya estaba corriendo. Más bien volaba, saltando obstáculos y arroyando a quien quiera que se cruzara en su camino.

En aquellos cortos instantes, Wolfram ya había montado al níveo corcel y lo animaba a ganar velocidad con un firme golpe de espuelas.

Ante el escaso tiempo de reacción, hizo lo más inteligente que se le ocurrió: interceptó la trayectoria de Wolfram con su propio cuerpo.

Vale, se dijo una fracción de segundo más tarde, con 400 kilos de caballo arramblando en su dirección: "inteligente" no era el término adecuado.

Efectivo, tal vez.

No por nada Wolfram había montado a caballo desde que levantaba pocos palmos del suelo. Sus manos apenas tuvieron que dar un firme tirón a las riendas para que el animal se detuviera en seco, sin siquiera derrapar pero con un memorable relincho de sobresalto. La enorme cabeza dio unos cuantos bandazos; Wolfram esperó a que el caballo se calmara para dirigirse a él.

—¿¡Has perdido la cabeza!? —rugió—. ¡Podría haberte arroyado…!

Yuuri permaneció boquiabierto mirando hacia las alturas. Desde aquella perspectiva, la visión era igual de arrebatadora que aquella primera vez, con él sobre su trasero al pie de la escaleras. Con una belleza dorada en la misma entrada del Pacto de Sangre.

Si no fuera porque sus ojos parecían desprovistos de toda esperanza.

—Hablemos —exigió con firmeza.

Wolfram entornó los ojos. Sus nudillos eran blancos entorno a las riendas.

—No creo que sea un buen moment-

Ahora —gruñó Yuuri.

Casi —casi— sonó al Maoh. Aunque éste parecía estar durmiendo en algún rincón de su subconsciente.

Su tono debió ser lo bastante autoritario, porque Wolfram cuadró los hombros y procedió a descabalgar con aquella agilidad líquida que siempre había caracterizado sus movimientos. Tironeó con gentileza de las bridas del caballo para atarlo a un árbol cercano.

Después se le encaró: decir que su cara era de pocos amigos era una flagrante subestimación. Cruzó los brazos frente al pecho un gesto que Yuuri había aprendido a identificar como menos amenazador que de autoprotección.

—¿De qué se trata esta vez, Yuuri?

Su tono era hastiado. Un matiz que nunca hubiera esperado dirigido a él.

No permitió que la culpabilidad le nublara el juicio. Debían tener aquella conversación y él no podía dejarse aplastar por el miedo paralizante que le arañaba el pecho.

—¿No tienes nada que decirme?

Acusatorio, casi agresivo. Quizá en exceso.

Los labios de Wolfram permanecieron firmemente cerrados, así que Yuuri luchó por contener los temblores en sus brazos y piernas y presionó de nuevo. Todo el aplomo concentrado en una mezcolanza de desengaño y espanto.

—¿Solicitar a mis espaldas una anulación de compromiso a Gwendal es lo mejor que se te ocurre? —lanzó, abriendo los brazos a ambos lados.

Se sostuvieron la mirada durante segundos interminables. No quedó muy claro si era un pulso por el dominio de la situación o un simple desafío a la resistencia ajena.

Al final, Wolfram dejó caer el increíble entramado de pestañas doradas y con ello se rompió el hechizo.

—Es así como debe hacerse —aseguró—. Tú y yo ya habíamos tenido una conversación al respecto. Teníamos un acuerdo: el siguiente paso lógico era iniciar los trámites legales.

Lo decía con fría apatía, como si fuera simple burocracia. Literalmente, un trámite.

Su indiferencia le cabreó más de lo que nunca hubiera previsto. En especial porque Wolfram era alguien que siempre expresaba su frustración a la máxima potencia, sin preocupación ninguna de los tímpanos dañados en el proceso.

O así había sido. Antes de…

Tragó saliva.

—He hablado con Conrad —admitió en un murmullo.

Para alguien que no lo conociera, probablemente su fachada estoica sería perfecta, pero él notó más que vio el estremecimiento que zigzagueó por la columna vertebral de Wolfram. De los pies a la cabeza.

Como si hubiera partido de su mismo núcleo.

—¿Es verdad que crees que no vas a pasar página…?

El silencio que siguió, la anticipación, le permitieron observar la escena desde una perspectiva interesante.

Él, acorralando a Wolfram. Exigiéndole respuestas.

Como si el universo se estuviera riendo en su cara.

El gesto de Wolfram se quebró, sus labios apretándose en una línea torcida que dejaba ver un atisbo de blanco.

—Estúpido Weller… —masculló—. No entiendo para qué complica algo que debería ser tan sencillo.

Toda esperanza de que aquello fuera una pesadilla, una puerta abierta a que su propia crueldad no hubiera destruido a Wolfram, se disolvió en el acto. La cabeza empezó a darle vueltas y un sudor frío le impregnaba ya la piel.

—Entonces es cierto… —murmuró.

Cojeó, las piernas bamboleantes como si les hubiera extraído los huesos que las mantuvieran erguidas. El árbol caído a sus espaldas fue una casual bendición que le impidió caer desplomado.

Permaneció mudo, con la mirada fija en el infinito y su capacidad de orquestar pensamientos coherentes totalmente anulada. Se apretó las manos entre las rodillas para que el violento temblor no fuera tan evidente.

—No sé si durará para siempre —admitió Wolfram con serenidad—. No puedo asegurar que vaya a ser perpetuo, pero es mi realidad ahora. Es lo único que debo saber.

Dejó caer los brazos a ambos lados, lánguidos. En el límite de su campo visual, Yuuri juraría que sus hombros se estremecían.

—Je…

Yuuri irguió la cabeza para mirarle. En aquella postura, no podía dibujar con exactitud su expresión, pero adivinaba una sonrisa rígida que forzaba sus comisuras más allá de lo natural.

—No puedes empezar a imaginar lo mucho que me cabrea esto… —musitó Wolfram—. Lo mucho que he llegado a odiarme

Ladeó la cabeza sobre el hombro; más bien la hizo rodar, un gesto robótico y carente de todo entusiasmo. Su mirada, en cambio, era lo más cargado de emociones que Yuuri recordaba haber visto en su vida.

En sus vidas.

Como si él, desplomado en medio del bosque y más aterrorizado que nunca antes, pequeño y perdido, fuera la condensación viviente de todos sus deseos. De todo lo que mereciera ser atesorado en el universo.

—Lo he intentado, Yuuri —aseguró Wolfram. Su voz era como terciopelo, una caricia en sí misma—. Por el bien de ambos, te juro que lo he intentado. Pero es más fuerte que yo. Más que todas las mentiras y pretensiones que me he repetido a mí mismo hasta la saciedad.

Era lo más parecido a una confesión que Yuuri había oído en su vida en labios de Wolfram.

Por supuesto, había estado implícito desde hacía años. En sus gestos y actos. En sus intensas miradas que fingía no percibir.

Porque era más fácil no enfrentarse a las implicaciones.

Pero allí estaba Wolfram; bajo un entramado de luz y sombra, confesando sin tapujos una debilidad manifiesta.

Y si bien algo recóndito, tímido, se calentó por dentro al ser consciente de tal devoción, un pavor pueril a las expectativas se encargó de empujarlo al mismo rincón en el que había permanecido durante años.

"Cobarde. Miserable cobarde" parecía gritar el Maoh dentro de su cráneo.

Wolfram se pasó la mano por el cabello. Suspiró.

—No debes preocuparte. Nadie se muere por no ser correspondido.

Le dio la espalda, con tanto ímpetu que el cabello rubio se agitó sobre su nuca. De pronto, Yuuri sintió un fugaz y apremiante deseo de hundir la nariz en aquel cuello de palidez lechosa.

—¡Espera! —gritó.

Sus piernas habían saltado como un resorte sin que su voluntad interviniera en el gesto. Al menos funcionó, llevando a Wolfram a detenerse tras apenas dos pasos.

—¿¡Por qué me dijiste entonces que querías anular el compromiso!? —chilló, confundido—. ¿Por qué, Wolfram...?

—Te mentí —aseguró Wolfram. En tono bajo, categórico.

Y de todas las verdades absurdas de aquel mundo delirante, a Yuuri le pareció la más inquebrantable de todas. Negó con la cabeza, sonriendo como un maníaco aunque su campo visual empezaba a nublarse.

—No… —insistió—. Tú eres incapaz de mentir. Menos en algo como esto…

Wolfram se cruzó de brazos, tal vez porque no sabía qué hacer con unas manos estremecidas.

—Te sorprendería los extremos a los que puede llegar alguien desesperado —aseguró en un fantasma del tono erudito que había usado en el pasado para hablarle de los aspectos más básicos de aquella realidad extraña—. Mentir, matar. Traicionar los principios más básicos de uno. Hubo un tiempo en el que todos esos límites, sencillamente, se volvieron asumibles.

Hablaba en pasado, notó con pánico. Como algo dejado atrás. A esperas de ser cicatrizado.

—Te has cansado de esperar, ¿no es así? —lanzó al aire.

La ocurrencia agitó algo familiar en Wolfram, que entornó los ojos en una versión desmejorada de su expresión más jactanciosa.

—Creía que había quedado claro que ninguna espera será demasiado larga —se burló.

Yuuri no movió ni un músculo, perplejo. Era como encontrarse ante un rompecabezas enorme del que uno sabe que faltan piezas elementales.

—Entonces no lo entiendo —concluyó, derrotado—. Y tú no me ayudas a entenderlo.

Deseó que no sonara a acusación, sino a súplica. Hizo un movimiento desesperado y tironeó del puño de su casaca. Como un niño lo haría para llamar la atención de su madre.

—¿Por qué, Wolfram…? —musitó—. ¿No crees que me debes una explicación…?

Se vino abajo en cuanto comprobó la ausencia de reacción del aludido, firme en su postura que vaticinaba una fuga. Agachó la cabeza entre los hombros, tal vez un desesperado intento de ocultar las lágrimas que empezaban a formarse en sus párpados.

—Suponía que teníamos ese nivel de confianza —reconoció—. Es lo menos que podía esperar después de tener una hija en común —probó, con una sonrisa titubeante en los labios.

Advirtió apenas una fracción de segundo después que jugar la carta "Greta" no había sido una estrategia sabia.

Wolfram se hizo hacia atrás con violencia, tirando de su brazo para desprender sus dedos y dejarle aferrando aire. Sus ojos eran un fogonazo esmeralda, incendiados por un súbito fervor colérico.

—¿Quieres saberlo, Yuuri? —masticaba las palabras más que vocalizarlas. Su postura era la de alguien que se dirigía al combate—. ¿De verdad vas a obligarme a decirlo?

Y antes de que Yuuri pudiera reaccionar, Wolfram estaba gritando con voz estrangulada y las manos transformadas en puños.

—¡Porque intento mantenerte al margen, gigantesco idiota! ¡Porque no tienes por qué cargar con algo que es sólo mío! —aulló, golpeándose el pecho con una mano cerrada.

Un golpe semejante traqueteó en su propia caja torácica, desmenuzándole al completo.

No dolió menos que cuanto una flecha le atravesó el pecho en las cumbres de Nimander.

No, no era cólera lo que ardía en los ojos de Wolfram.

Era dolor. Puro e inadulterado.

Interminable.

—Me rompieron. Seiffert consiguió quebrarme, Yuuri —inclinó la cabeza y cerró momentáneamente los ojos, consumido de dolor—. No soy digno de seguir siendo tu prometido. ¿No puedes entender algo tan obvio, tan sencillo?

Yuuri no pudo más que reír, un sonido incrédulo y hasta cierto punto ofendido.

—¿Y quién lo dice? —replicó, con una risotada amarga alojada en el fondo de la garganta—. ¿Quién decide cual es el nivel de dignidad necesario para ser la pareja real? ¿No debería ser ése mi criterio, quien soy el Maoh…?

—No todo en este mundo funciona como tú desearías, Yuuri —protestó Wolfram, negando sin demasiado ímpetu—. Por muy Maoh que seas, hay cosas que ni siquiera tú puedes cambiar. Y esto nos hubiera estallado en la cara tarde o temprano si yo no hacía algo al respecto.

Yuuri dejó caer los brazos, descorazonado. La lógica de Wolfram era hermética. Tan impenetrable que no dejaba ni una pequeña ventana para intentar hacerle entrar en razón.

—Por favor, Wolfram…

—No puedo hacerte eso —insistió Wolfram—. No puedo hacérselo a Greta.

—¿Esto es por tu orgullo, por esa estúpida idea tuya de que el honor es lo más importante?

Inexplicablemente, se sentía un poco decepcionado. No le parecía un motivo lo suficientemente válido.

—No es solo eso... —replicó Wolfram, negando con la cabeza—. No es solo eso, Yuuri…

Y entonces se congeló, los ojos desorbitados como si ante sí se hubiera presentado una aparición. Una mano ascendió rauda, estremecida, a tocarse el pómulo.

Mientras Yuuri miraba, una lágrima le burbujeó en la comisura izquierda y resbaló por su mejilla hasta perderse en su barbilla.

—Wo-wolfram… —tartamudeó.

Deseó con todas sus fuerzas borrar aquel instante. Retroceder sobre sus pasos y corregir cualquier movimiento, cualquier palabra, por sutil que fuera, que hubiera conducido a aquel momento.

Nadie sabía lo mucho que le atormentaba verle llorar. Lo mucho que contradecía sus más felices recuerdos hasta resultar doloroso. Desesperanzador.

Tras un momentáneo estupor, Wolfram tomó aire con una inhalación estremecida y se frotó furiosamente los ojos. Las lágrimas, sin embargo, ya habían empezado a correrle por las mejillas enrojecidas, delineando el rostro desencajado.

—Maldita sea, esto es patético… —balbuceó, la voz ronca—. Me prometí a mí mismo que esto no iba a pasar…

Se sorbió la nariz con fuerza y se volvió hacia el cielo, una mano apoyada en la cadera mientras la otra se esforzaba por mantener las lágrimas a raya. A aquellas alturas ambos estaban llorando, con mayor o menor elegancia. Yuuri incluso sentía las lágrimas correrle por el interior de la nariz, resbalando en su labio superior.

La escena en sí debía ser un tanto lamentable vista desde fuera, se dijo. Más tratándose del Maoh y su prometido.

No podía importarle menos. Su mundo estaba a un paso de desmoronarse y el decoro estaba en lo más bajo de su escala de prioridades.

Wolfram pareció tomar las riendas de sus propias emociones, aunque Yuuri podía notar los estertores en su pecho a través de la casaca azul de Bielefeld. Cuando volvió el rostro al frente, lo hizo tras la barrera de sus dedos entreabiertos.

—Ya me he dado por vencido, ¿sabes? —susurró con voz ronca—. Me dejé vencer el mismo día que comprendí que, no importa lo que haga o diga, tú nunca vas a corresponderme.

Retiró la mano de su rostro, casi dejándola resbalar. Por mucho que intentara forzar un aire de serenidad, Yuuri veía con claridad los ojos inyectados en sangre y las mejillas quemadas por las lágrimas.

Sin duda un reflejo de su propia expresión descompuesta.

—Solo… me he negado a admitirlo durante mucho tiempo —sentenció Wolfram—. Demasiado tiempo.

Había una leve sonrisa en su rostro. Desapasionada y triste, pero indudablemente aliviada. Se llevó las manos a la espalda y las entrelazó, estirándose como un gato enorme y dorado.

—Todo lo que ha pasado tras el Imperio no ha sido más que un detonante —prosiguió, la cabeza ladeada sobre un hombro y los irises apenas visibles entre la matriz de pestañas—. Un soplo de realidad. Una razón tan buena como cualquiera para no volverme atrás en una decisión que debería haber tomado hace mucho.

Yuuri pestañeó varias veces antes de ser capaz de recuperar el control de sus cuerdas vocales. No veía con claridad, todo ante él acuoso e inestable.

—No puedes estar hablando en serio… —su voz sonó chillona y desagradable incluso a sus oídos.

—Nunca he hablado más en serio en toda mi vida, Yuuri —aseveró Wolfram, sin concederle la cortesía de subir el tono—. Solo te pido que seas igual de sincero y consecuente conmigo.

¿Cuántos ultimátums iban a dejarle caer en veinticuatro horas? Debería existir un límite moral.

Desde luego, aún lloroso y un tanto traumatizado, no estaba al cien por cien de sus capacidades para tomar una decisión vital con tantas ramificaciones.

—Quiero hablarlo, Wolfram —insistió—. No quiero que suceda… así.

Algo en sus palabras debió resultar hilarante, porque acto seguido Wolfram estaba sonriendo. Una mueca grotesca enmarcada en rastros de lágrimas.

—¿Por qué pareces tan contrariado?

"Sí… ¿por qué?" susurró una voz insidiosa en algún punto en su cabeza.

¿Era el Maoh?

—¿No esto lo que has querido desde el principio? —le espetó Wolfram—. ¿Desde el accidente que lo inició todo? ¿Deshacerte de mí…? —su tono iba cayendo e impregnándose de ponzoña al mismo tiempo.

—¡No…! —protestó con fiereza, dando un salto involuntario hacia adelante—. Nunca he querido esto —gesticuló, señalándolos alternativamente a ambos—. Alejarte de mí. Eso no.

Wolfram permaneció inmóvil durante unos larguísimos segundos. Tan largos que Yuuri empezó a marearse al contener la respiración.

Tras un leve suspiro, Wolfram se envolvió los brazos con las manos. Casi pareció tiritar en su propio abrazo.

—Ya te lo dije, Yuuri: no quiero tu compasión —sentenció—. No la acepto.

Y sin más le dio la espalda, su postura adivinando una huida inminente.

Un jadeo ahogado quebró el pecho de Yuuri. Todas sus alarmas se dispararon, contaminándole los pensamientos de pánico.

"No me abandones… Por favor, no me abandones…"

Lo vio con meridiana claridad: si le dejaba ir entonces, nunca le recuperaría.

La simple idea le aterrorizó. Le resultó totalmente insoportable.

Porque ya había estado una vez ante tal alternativa.

No le dejó marcharse. Le aferró por el antebrazo, dándole la vuelta de un violento tirón.

—¡Yuuri, suéltam-¡

En un impulso totalmente aislado del más básico sentido común, de su poder de decisión, se inclinó sobre el rostro furibundo y estampó los labios contra los de Wolfram.

Su mente estaba en blanco.

Su cuerpo era ligero, casi intangible. Algo sabía dulce contra su lengua.

Un molesto zumbido de fondo le imposibilitaba ser consciente de absolutamente nada.

Wolfram estaba rígido contra él. Inmóvil. No podía apreciarlo a aquella corta distancia, pero intuía que sus ojos estaban desorbitados. Su cabello y pestañas le acariciaban el rostro.

Oh, joder. Olía a girasoles. A verano y a sol y a todo lo bueno y cálido de aquel mundo.

Debieron ser solo unos segundos, hasta que fue incapaz de mantener la postura y retrocedió unos centímetros. Su mano seguía firmemente cerrada sobre la muñeca de Wolfram.

Un Wolfram estupefacto. Con una expresión indescifrable y los ojos casi saliéndose de sus órbitas. Como si no hubiera decidido por qué emoción dejarse llevar entre un abanico interminable.

Solo un diminuto pedazo de aquella enormidad llegó a alcanzarle.

Acababa de besar a un chico. Más que eso: a Wolfram, que era más que un hermano para él.

¿Desde cuándo había estado ahí aquel imperioso deseo?

Pestañeó varias veces, registrando el adorable rubor en las mejillas de Wolfram, su expresión patidifusa, y se inclinó a por más.

Todo el caos del universo pareció ordenarse.

Oh.

Le gustaba.

Los labios de Wolfram eran como había imaginado que serían los de su primera novia. Suaves, cálidos. Invitantes. Húmedos. Sabían a fruta fresca, a lágrimas y a algo ácido que no conseguía recordar.

Quería hacerlo otra vez. Y otra, y otra... Era como si nunca fuera a cansarse.

Un ruidito, a medio camino entre suspiro y gemido, borboteó en la garganta de Wolfram. El sonido hizo cosas curiosas en su estómago.

Wolfram seguía sin reaccionar. Como si besara una estatua inamovible.

Como si acabara de…

El momento debió ser fugaz, solo hasta que las implicaciones le golpearon y la extraña complacencia fue sustituída por pánico.

Sus labios se despegaron con un sonido obsceno cuando Yuuri se hizo bruscamente hacia atrás, trastabillando y evitando por poco caer de espaldas. No pudo evitar el impulso de llevarse una mano a la boca para contener la exhalación mortificada que abandonó sus labios.

Wolfram parecía catatónico, labios entreabiertos y ojos inmensos. Su cuerpo entero forzado en una postura antinatural. Ni siquiera siguió su insistente movimiento de retroceso con la mirada.

Yuuri intentó hablar diversas veces, pero la voz no le salía, solo balbuceos inconexos. Era incapaz de pensar con claridad, de ver una salida factible a su alcance.

"Dios mío… La he jodido. La he jodido pero bien."

Tras varios intentos, logró hacerse oír por encima del machacante silencio.

—Lo siento, Wolfram —se disculpó—. Olvida lo que acaba de pasar...

Entonces los ojos de Wolfram sí rodaron en sus cuencas hasta posarse en él.

—Yuuri...

Sonó a ruego. Sus ojos brillaban en el entramado de sol y sombra cuando levantó una mano titubeante hacia él.

—Yuuri... —repitió, casi obnubilado.

Y él hizo lo más cobarde que había hecho jamás.

Huyó. Echó a correr en dirección al castillo como si le persiguiera el mismo diablo. Hasta que casi tropezó con sus propios pies y el corazón pareciera querer salírsele del pecho.

Ni una vez miró atrás.


Sus articulaciones tardaron una eternidad en recuperar el don del movimiento.

Durante lo que solo fueron segundos pero en su mente se alargó por horas, Wolfram permaneció clavado en el punto exacto en el que Yuuri le había dejado. Solo sus ojos se habían movido, siguiendo la trayectoria rectilínea del joven que acababa de…

Oh.

¿Había pasado de verdad?

¿Seguía en el sueño inducido de Shinou y no lo había percibido?

No.

Un idilio onírico no contendría tantas imperfecciones. Tanta confusión y palabras inseguras y gestos cruentos como puñaladas.

Y…

El calor ajeno aún en los labios.

"¿Qué acaba de pasar…?"

Se metió las manos en el cabello y se lo revolvió furiosamente, despeinándolo en todas direcciones.

"¿¡Qué demonios acaba de pasar…!?"

¿Había sido el impulso del momento? ¿El pánico, retorciendo las intenciones de alguien llevado hasta el límite? ¿Una jugada desesperada? ¿Un intento de salir de una duda paralizante?

Fue incapaz de sentir ni un breve chispazo de felicidad, de la tan ansiada euforia que debía acompañar a un primer beso con el objeto de sus afectos.

Cuando el más mínimo rescoldo de ilusión parecía querer formarse, era sofocada por la expresión horrorizada, culpable, del rostro de Yuuri cuando sus labios se habían despegado.

El desconcierto fue rápidamente desplazado por una impotencia cegadora.

En un fatífico instante, acababa de desandar todo el camino recorrido en las últimas semanas. Solo había necesitado uno de aquellos gestos de Yuuri —siempre imprevisibles, a menudo bendecidos por la suerte— para que todo se desmoronara.

Para que volviera a ser el joven ingenuo y perdidamente enamorado que fuera antes de Seiffert. Consumido por un deseo que, reiteradamente, se le mostraba como inalcanzable.

Toda su resolución había sido arruinada con un simple y, en apariencia, irreflexivo impulso. Como si Yuuri fuera un niño que destruyera cuantos castillos de arena encontrara a su paso.

Sin maldad, pero absoluto desconocimiento de las consecuencias.

Intentó serenarse mientras regresaba a desatar el caballo, firmemente decidido a cumplir con lo que le había llevado allí. Necesitaba un respiro.

Lo necesitaba más que nunca.

"¿Por qué no me dejas ir, Yuuri?"


Había hecho un encomiable trabajo esquivando a Wolfram durante todo el día. Ciertamente intachable.

Por la cuenta que le traía.

Fácil durante la mañana, mientras lo único que se exigía de él era sentarse en su improvisado despacho y firmar un documento tras otro, todos ellos peticiones de ayuda. Era sencillo desconectar con el entorno y entregarse a la mecánica tarea.

Leer. Preguntar a Conrart. Firmar. Leer. Pedir consejo a Günter. Firmar. Chupado.

La dificultad había escalado al aumentar su compañía de sus dos guardaespaldas (porque Günter bien entraba en dicha categoría) a todos con los que se reunían puntualmente en el inmenso comedor. Lo había salvado con mayor o menor discreción suplicándole a Sangria que le trajeran la comida a su habitación con la excusa de trabajo atrasado.

No tocó nada, incapaz de ingerir ni un bocado, y se sintió inmensamente culpable al alejarse de puntillas y verter el impresionante estofado bajo uno de los parterres de Lady Cecilie (aunque un par de gatos dieron buena cuenta en cuestión de minutos).

Incluso se entregó a una intensa sesión de footing como no había emprendido en meses. Una que duró más allá de la caída del sol y que le reportó dar al menos ocho vueltas al perímetro del castillo Spitzwerg. Acabó sudando a mares y con la resignada certeza de tener unas gloriosas agujetas al día siguiente.

Cualquier cosa para evitar enfrentarse cara a cara con la verdad. La odiosa verdad.

Que no había sido tan desagradable como la lógica debería dictarle.

(Nada en absoluto)

Que lejos de resultar incómodo e indeseable, cada fibra de su ser ansiaba repetirlo una y otra vez hasta mapear cada detalle.

(Cada delicioso reducto de calor y aliento extraños)

En honor a la realidad, Wolfram tampoco parecía tener ningún interés en coincidir con él. La experiencia le había enseñado que pocas cosas podían interponerse entre Lord Bielefeld y lo que quiera que se propusiera en un momento dado.

Que no le viera ni un instante en todo el día era una prueba palpable de que se sentía tan confundido y aterrorizado como él. Aunque dudaba seriamente que por los mismos motivos.

Un baño de casi una hora fue una inmerecida perlongación del limbo en el que se había confinado donde ningún pensamiento intruso conseguía importunarlo. Por desgracia, fue interceptado por una cabeza cubierta de rizos en cuanto puso un pie fuera del cuarto de baño.

Al bajar la vista, encontró el rostro acusatorio de su hija (ciertamente, no tan cerca del suelo como antes, algo a lo que aún intentaba acostumbrarse).

—¿Qué has hecho esta vez, Yuuri?

Su reacción fue pestañear en exceso como si tuviera algo molesto en la nariz.

—¿A qué te refieres? —lanzó, fingiendo inocencia.

Greta puso los brazos en jarras. Era un gesto tan Wolfram que verlo le resultó violento.

—Wolfram está muy deprimido —siseó—. O enfadado; no lo sé, porque no quiere hablar con nadie. Es evidente que has hecho algo.

"Sí, Greta. Le he besado. En la maldita boca.

Por todos los demonios, he besado a tu otro padre mientras era un mar de lágrimas y estábamos en pleno clímax de la discusión sobre nuestro compromiso."

Sonaba espectacular en su cabeza.

¿Se puede ser más idiota?

—No tengo ni idea de qué estás hablando.

Oh, Greta incluso había logrado copiar el arqueo de ceja de Wolfram, aquella expresión suspicaz que dejaba en claro que no creía ni una palabra. Tras unos tensos segundos, la muchacha se hizo hacia atrás sobre sus talones y le ofreció un perfil ceñudo.

—No voy a insistir, porque tú también estás triste —aseguró, su tono mucho más diplomático—. Pero debes saber que no soy la única que se ha dado cuenta.

La última frase silenció cualquier réplica que hubiera intentado articular. El semblante de Greta se suavizó hasta borrar cualquier rastro de enojo.

—Conrart está preocupado. También Gwendal —confesó Greta, dejando caer los brazos sobre el vuelo de su falda—. Y Günter dice que todo el castillo murmura sobre vosotros. Sé que a ti no te importa, pero sí a Wolfram.

El corazón de Yuuri se rompió un poco más al comprender que Greta ni siquiera aspiraba a que sus padres se reconciliaran, sino que le estaba aconsejando a él, como Maoh, de las repercusiones de aquel embrollo.

¿Cuándo había crecido tanto? ¿Tres años daban para que una niña pasara a ser tan consecuente?

—Solo quería decírtelo —aseveró Greta—, porque tiendes a pasar por alto estas cosas. Lo que quiera que haya pasado… —tomó aire y entornó los ojos—… no dejes que vaya a más.

Yuuri aún estaba anonadado cuando la muchacha cerró los brazos entorno a su torso en un efusivo pero fugaz abrazo.

—Buenas noches, Yuuri —le deseó.

Intentaba desesperadamente ocultar lo abatida que se sentía. Yuuri la tomó por las mejillas y le besó la coronilla.

—Buenas noches, Greta.

La niña giró sobre sus talones y salió al corredor. Yuuri cerró la puerta con un crujir de goznes hasta quedar sumido en una densa penumbra.

Tras unos segundos a solas con el latido embravecido de su corazón, dejó caer la cabeza hasta que impactó con la puerta con un sonoro "cloc". Y volvió a hacerlo. Así hasta cinco veces.

"Greta… Ojalá fuera tan sencillo"

No había retorno posible, fuera cual fuera la dirección que tomaran. Su impulso desesperado lo había cambiado todo.

¿Lo peor?: ni siquiera tenía claro por qué lo había hecho. Qué había intentado conseguir.

O si había existido un motivo, en realidad.

Aquella era la opción más terrorífica, se dijo mientras se abotonaba mecánicamente la camisa del pijama.

Que el gesto en sí no hubiera perseguido ningún objetivo más que satisfacer una curiosidad. Un deseo que había estado allí quién sabe durante cuánto tiempo.

Cuando por fin estuvo metido en la cama, no pudo más que cubrirse la cabeza para edificar una pantomima de armadura entre él y el exterior. Se cubrió el rostro con ambas manos hasta que todo rendija de luz desapareció de su perspectiva.

"Quería solucionarlo todo… y lo he fastidiado más. Cualquier otra cosa cualquiera hubiera sido mejor que esto"

Shinou, ¿cómo iban a salir de aquello?

Contuvo el aliento al oír la puerta de su cuarto abrirse con un fantasmagórico chirrido.

No era Conrart. Siempre llamaba antes de entrar.

Tampoco Greta. Incluso siendo ya más una señorita que una niña, seguía abriendo las puertas con entusiasmo infantil. Y dudaba que le honrara con su compañía tras la conversación que acababan de tener.

Se hundió más en las profundidades de las frazadas al tiempo que intentaba hacerse inaudible e invisible por igual.

Escuchó los pies descalzos avanzar en su dirección. Pasos cortos pero decididos; livianos. Después, justo cuando un jadeo constreñido hizo amago de formarse en su garganta, pararon.

Tras un silencio prolongado en el que solo oía su propio pulso acelerado, se atrevió a sacar la cabeza del nido de cobijas y mirar hacia la puerta.

Wolfram estaba de pie a unos metros de la cama. Vestido con una camisa blanca de seda y unos anchos pantalones a juego; la tela era tan ligera que se le arremolinaba entorno a las rodillas por cada mínimo movimiento.

Estaba demasiado oscuro para definir su expresión. Y Yuuri dio gracias por ello.

Se preguntó si iba a quedarse allí para siempre, tal vez hasta que el sueño les venciera a alguno de los dos, pero tras un tiempo exageradamente dilatado Wolfram dio un paso en su dirección. Decidido, casi marcial.

Y luego otro.

Yuuri permaneció petrificado en su vergonzosa postura como un animalito acechado por un depredador.

Fue menos terrible de lo anticipado. Wolfram se sentó al borde de la cama, se tumbó hasta recostar la cabeza en la almohada y se cubrió con las sábanas.

Clavó los ojos en los suyos. Sin pestañear. Solo lanzando mil preguntas mudas.

Permanecieron larguísimos minutos en silencio, solo mirándose a los ojos en la quieta penumbra. Estaban tan lejos en los extremos de la cama que ni extendiendo el brazo podrían tocarse.

Se sintió mil veces agradecido de que fuera Wolfram el que se aventurara a hablar primero.

—Yuuri: no te sientas culpable.

Su voz sonaba cansada y resoluta. Yuuri pestañeó como si fuera estúpido.

(Así se sentía).

—¿Por qué?

Wolfram no titubeó al emitir una respuesta, apenada pero cargada de aceptación.

—Por ser incapaz de quererme.

No. NO.

Algo monstruoso empezó a aullar dentro de Yuuri, pero tan en el fondo de su ser que fue incapaz de exteriorizar ni una palabra. Un nudo asfixiante de culpabilidad y otras emociones que no sabía etiquetar.

—No tienes obligación de corresponderme. No temas que te abandone mientras me necesites —musitó Wolfram, con los bucles de oro escondiendo parte de su mirada.

Hubiera preferido los gritos, las acusaciones retumbando en los muros y despertando a todo el castillo. La lógica explosión de cólera de un joven no correspondido.

Aquel Wolfram ya no existía.

El que se tendía a su lado, con la cabeza fría y el semblante decidido, había hecho las paces con no conseguir lo que deseaba.

—Siempre estaré a tu lado. Mientras eso sea lo que desees —garantizó—. En calidad de qué… Bueno, hasta donde me permitas.

Y entonces sonrió. Una sonrisa demasiado triste que intentaba contener un millón de emociones desagradables.

—Nada ha cambiado en realidad —aseguró.

Los ojos de Yuuri se habían llenado de lágrimas antes de que terminara la frase.

No lo merecía.

No merecía a alguien como Wolfram postrado a sus pies, leal hasta las últimas consecuencias.

Era rematadamente triste e injusto. Y su infantil indecisión lo empeoraba todo.

Estaba llorando antes de darse cuenta, sollozando en voz baja con las lágrimas corriéndole por las mejillas y mojando la almohada bajo su cabeza. Lloraba con tanta fuerza que estaba seguro que la cama se sacudía con él.

A duras penas consiguió contener el impulso de hundir el rostro en el pecho de Wolfram y descargar sobre él su impotencia. Arroparse en el calor que exudaba cada fibra de su cuerpo.

Deseaba más que nada sentir su tacto tranquilizador, su cercanía que parecía curarlo todo.

El espacio entre ambos, no obstante, no se redujo ni un milímetro. Retenidos por sus propias disyuntivas que les aplastarían en cuanto osaran rozarse.

Se cubrió el rostro con la sábana y siguió llorando durante horas, hasta que sus ojos y garganta dolieron demasiado para seguir haciéndolo.

Por la mañana, Wolfram no estaba en la habitación.


¿Me he pasado de melodrama?

Me he pasado de melodrama.

Piedad. Os recuerdo amablemente que la mitad de escenas de esta historia (o al menos la idea general) fueron escritas cuando una servidora tenía unos tiernos dieciséis. Si hubiera empezado este fanfic desde 0 ahora, hubiera cambiado muchas cosas, habría menos escenas rimbombantes… pero es que le tengo cariño a esta historia tal como es y solo pensar de borrar un pasaje me duele tela.

No exijáis demasiado jausja.

P.D. ¡Que levante la mano a quien le salen diálogos de p*** m*** pero después no sabe cómo cohesionarlos!

¿Nadie? ¿Nop?

Pues eso.

P.D.2. Quiero dejar claro que el esquema mental de Yuuri es el mismo que el mío, que en mi cabeza suelto mil palabrotas y me saturo con facilidad bajo presión hasta que deja de tener sentido lo que estoy pensando. Pensamientos random por doquier. Una jaula de grillos, vaya.