Capítulo 8
EL NIÑO es mío? ¿Está absolutamente seguro? –preguntó Sasuke, apretándose el teléfono a la oreja.
–Sí, es suyo –dijo una voz al otro lado de la línea y siguió hablando sobre genética y porcentajes.
A Sasuke se le aceleró el corazón. Sentía algo parecido a... ¿alegría?
Nada podía haberlo preparado para la profunda respuesta visceral que invadió su cuerpo.
Su hijo.
Su familia.
Las palabras resonaban en sus oídos, la sangre se le agolpaba en las venas.
–Gracias –dijo él, interrumpiendo al médico al otro lado del teléfono–. Sí, quiero el informe escrito.
Después de colgar, Sasuke posó la vista en la ventana, hacia las calles de Londres. El cielo era una mezcla de azul y nubes grises. Todavía no se había acostumbrado a tanta lluvia, a pesar de que se había mudado a vivir en Inglaterra hacía diez años.
De pronto, sintió nostalgia del sol de su Grecia natal. Recordó el olor de hierbas silvestres, la sal en el aire, la libertad de correr libre en la playa.
En Inglaterra, tenía un proyecto a medio empezar, la casa de retiro que iba a comprar en la campiña inglesa. Pero sus negocios estaban en la ciudad.
Debía pensar lo que era mejor para su hijo. Al menos, una cosa era segura. Su bebé crecería protegido y bien cuidado. Sería amado como él mismo nunca lo había sido.
Sumido en sus pensamientos, tomó el teléfono.
–¿Grecia? ¡No lo dices en serio!
–Es una idea excelente.
Al percibir la tranquila firmeza en la voz de Sasuke, Sakura estuvo a punto de ponerse histérica.
¿Qué iba a hacer ella en Grecia?
Respiró hondo una vez. Dos. Estaba encogida bajo el saliente de un tejado, en la calle, para cobijarse de la lluvia que ya le había empapado los pantalones, mientras iba a pie al trabajo.
Entonces, una imagen que había visto una vez en una foto asomó a su mente. Barcos de colores brillantes meciéndose en aguas cristalinas, en un puerto bañado por el sol. Toda la escena invitaba a la calma, a la felicidad.
Un frío goterón de lluvia le salpicó en la mejilla y le corrió por el cuello. Sakura tiritó.
–No puedo dejarlo todo para ir a Grecia. Tengo un trabajo y...
–Eso no es problema.
La voz profunda y varonil de Sasuke la hizo estremecer, pero no de frío.
Ese hombre ni siquiera le caía bien. ¿Pero por qué reaccionaba así a él?
–Lo siento. No te entiendo.
–He hablado con tu jefa.
–¿Que has hecho qué? –le espetó ella, levantando la voz.
–Le expliqué que necesitabas descansar y recuperar fuerzas...
–¿Le has dicho que estoy embarazada? –inquirió ella, furiosa. Sasuke Uchiha tenía el maldito talento de sacarla de quicio.
–Claro que no. Solo le he dicho que estoy preocupado por tu salud.
–Eso no es algo que tengas que hablar con mi jefa –dijo ella. No podía permitirse el lujo de irse de vacaciones–. Si quiero pedir unos días libres, lo haré yo misma. Pero no puedo.
–Claro que puedes.
–¿Cómo dices? –preguntó ella, subiéndose el cuello del abrigo.
–Tu jefa se alegra de que te vayas.
–No puedo dejar mi trabajo –insistió ella. Sabía que era muy probable que, si se iba unos días, se quedaría sin su empleo.
–¿Siempre eres tan obstinada?
–¿Y tú siempre diriges la vida de los demás?
Su risa, profunda y viril, le supo a Alice como chocolate caliente.
–Touché –dijo él–. Si estás preocupada por tu sueldo, yo cubriré tus gastos mientras estemos fuera. Y pagaré tu alquiler.
Sí, por supuesto que estaba preocupada por el dinero, reconoció Sakura para sus adentros.
Pero no era solo eso. Era la forma en que él se inmiscuía en su vida. Solo porque estaba embarazada de su hijo.
Intentó alimentar su furia con esos pensamientos, aunque solo consiguió encogerse un poco más bajo el tejado.
–Piensa en el bebé –dijo él–. Necesita que estés descansada y sana.
–Muchas mujeres trabajan durante el embarazo –replicó ella, negándose a sentirse culpable por eso.
–Claro. Pero seguro que la mayoría agradecería tener tiempo para descansar. Además, tenemos que hablar y tomar decisiones de futuro. ¿No es mejor hacerlo cuando estemos tranquilos y de vacaciones?
Sakura se encogió otra vez cuando le oyó pronunciar la palabra «decisiones». Temía que él ya tenía tomadas sus decisiones respecto al futuro del niño y pretendía salirse con la suya.
–Ahora no puedo hablar. Llego tarde –se excusó ella. Tenía el rostro mojado por las gotas que arrastraba el viento.
–Tenemos que hablar. Pensar los detalles.
Sakura estuvo a punto de decir que no tenían nada de que hablar. Sin embargo, sabía que él tenía razón. Lo malo era que se sentía demasiado acorralada.
–Te llamo luego, Sasuke.
Pero colgar el teléfono no le sirvió para quitarse las palabras de él de la cabeza. Sobre todo, cuando llegó a la cafetería y Mei le preguntó cuándo se iba a Grecia con ese hombre tan guapo. También, le aseguró a Sakura que seguiría teniendo un puesto para ella cuando volviera.
Luego, cuando llegó a casa, su casero le confirmó que el alquiler del mes siguiente había sido pagado.
Al final, Sakura comprendió que no le quedaban más excusas.
Iba a irse a Grecia con el padre de su bebé. Era el único hombre con el que se sentía tentada de lanzarse a la aventura y vivir el momento.
Como siempre, Sakura se negó a ponerle las cosas fáciles. Cualquier otra mujer se habría entusiasmado ante la perspectiva de irse de vacaciones al Mediterráneo. Pero Sakura, no.
Sasuke apretó la mandíbula, mientras salía de la elegante mansión georgiana que acababa de inspeccionar. Siguió un sendero hacía el bosque, que conducía a un grupo de casas de campo.
Había planeado estar en Grecia hacía días. Sin embargo, estaba en la Inglaterra rural, esperando a Sakura. Ella había insistido en que tenía un compromiso al que no podía faltar. Por eso, había cambiado su agenda para ir a buscarla a Devon y, de paso, echarle otro vistazo a la propiedad que había planeado comprar. Era el mismo sitio donde Sakura había vivido con Hiruzen Sarutobi.
Apretó el paso al pasar junto a una mata de glicinias. Su dulce olor no combinaba con el amargo sabor que tenía en la boca.
Llegó al fin a otro claro y se topó con un grupo de casas de campo con ventanas blancas y macizos de rosas en las puertas.
Él había esperado encontrar un puñado de chabolas listas para ser derruidas. Sin embargo, parecían estar en perfectas condiciones.
Una risa llamó su atención. Al instante, se le erizaron los vellos de la nuca.
Sakura. La temperatura le subió al recordar su deliciosa risa cuando habían estado en la cama.
Sasuke apretó el paso y la vio en la puerta de una casita, junto a dos hombres. Uno tenía el pelo rubio y la sonreía. El otro, con una mata de pelo rojo, la rodeaba con un brazo de los hombros.
Algo oscuro y helado atravesó a Sasuke.
Celos.
Quizá, ella sentía una atracción genuina hacia los hombres mayores, pensó con una mueca.
O, tal vez, le resultaban más fáciles de embaucar.
Cuando se acercó un poco más, el trío se volvió hacia él.
–Sasuke.
La voz de Sakura sonaba agitada. Con su vestidito de flores, parecía una joven inocente. Cuando él clavó los ojos en sus mejillas sonrosadas, se dijo que nunca la había visto tan hermosa.
Ese pensamiento solo sirvió para empeorar su humor.
El hombre de pelo rojo afiló la mirada.
–He oído que vas a llevar a Sakura a Grecia –comentó con voz profunda y grave, como las olas chocando en un acantilado–. Espero que sepas cuidarla.
–¡Sasori! –le reprendió ella, frunciendo el ceño.
–Claro que voy a cuidarla –afirmó Sasuke, sosteniendo la mirada del otro hombre–. Estará mejor conmigo que matándose a trabajar.
–Eso dice ella –comentó el viejo tras un momento y se volvió hacia Sakura–. No te olvides que aquí siempre habrá un sitio para ti. Deidara y yo te hemos echado de menos.
Sakura esbozó una cálida sonrisa.
–Quizá Deidara me haya echado de menos. ¿Pero cómo vais a meter a otra persona más en vuestra casa? Además, te conozco, Sasori. Seguro que has estado tan ocupado pintando que ni siquiera sabes en qué mes vivimos.
Entonces, ella se volvió hacia Sasuke.
–Dejad que os presente. Sasuke, este es Sasori Akasuna, un viejo amigo de la familia y este es Gaara Sabaku, que ha venido de visita desde Londres. Gaara, Sasori, este es Sasuke Uchiha.
Sasuke les estrechó las manos, sorprendido por la fuerza con que Sasori le apretaba, como si quisiera medir su fuerza.
–¿Un amigo de la familia?
–Sí –repuso Sakura–. Mi padre y yo nos mudamos a la casita del fondo después de... cuando yo tenía doce años. Sasori y Deidara eran nuestros vecinos. Cuidaban de nosotros.
–No más de lo que tú has cuidado de nosotros, en los últimos años, cuando Hiruzen enfermó.
–¿Hiruzen? –preguntó Sasuke. ¿Estaban hablando de su examante?
–Hiruzen Sarutobi –contestó Sasori–. Nuestro amigo y casero. Vivía en la casa grande que usted va a comprar. Creó esta colonia de artistas con su mujer, hace años. Era un buen hombre –recordó, meneando la cabeza–. A diferencia de su horrible sobrino.
El tercer hombre intervino.
–Bueno, es hora de que regrese a Londres. Gracias por vuestra ayuda, Sakura y Sasori –se despidió y les estrechó las manos–. Os enviaré invitaciones para la inauguración.
–Lo estoy deseando –dijo Sakura con un brillo de emoción en los ojos.
–Encantado de conocerle, señor Uchiha. Quizá también lo veré a usted en la inauguración.
Mientras Gaara Sabaku se alejaba en su coche, Sasuke se volvió hacia Sakura.
–¿Qué inauguración?
–Gaara organiza una muestra del trabajo de mi madre, en Londres –le explicó ella, orgullosa y emocionada–. Le prometí reunirme con él para darle algo de información sobre mi madre, para incluirla en los libretos de la exposición.
Sasori Akasuna hizo una mueca de desaprobación.
–¿Él ni siquiera lo sabe? ¿Y vas a ir a Grecia con él?
Sakura se encogió de hombros, incómoda.
–No es lo que parece. Nosotros no...
Sasori arqueó sus cejas rojas y Sakura se sonrojó. Sasuke no tenía ni idea de qué estaba pasando, pero ella parecía nerviosa. Quizá, no le había contado al viejo qué era lo que tenían en común. Sexo y un bebé en camino.
Una extraña actitud proveniente de una mujer que había vivido abiertamente con su amante.
–Es hora de que nos vayamos –dijo Sakura–. Londres está lejos. Dale a Deidara un abrazo de mi parte y...
–No te olvides la mermelada que te ha preparado. Me regañará durante días si te la dejas aquí.
Sakura asintió y, tras dedicarle una mirada preocupada a Sasuke, corrió a la entrada de la casita.
Apenas había salido de su campo de visión, Sasori habló.
–Espero que la próxima vez que Sakura venga a casa tenga mejor aspecto – advirtió el hombre, mirando a Adoni con severidad–. Por ahora, no has hecho buen trabajo cuidándola, por mucho dinero que tengas –añadió, contemplando su traje hecho a medida con desaprobación–. Ella no está sola. Si le haces daño...
Sasuke levantó una mano en señal de rendición.
–No tengo intención de hacerle daño –aseguró él. Por una parte, le molestaba la arrogancia del hombre y, por otra, le producía curiosidad que Sakura tuviera tan acérrimo defensor–. Si hubiera sido por mí, habríamos estado de vacaciones ya hace una semana.
–Ah –dijo Sasori–. Ella sabe plantarse. Si no fuera así, nunca habría podido dirigir esta finca.
–¿Dirigir la finca? –preguntó Sasuke, frunciendo el ceño.
El otro hombre asintió.
–Es ridículo, ¿verdad? La gente pensaba que Hiruzen estaba loco por entregarle las riendas de todo a una niña. Pero ella aprendió rápido y se conoce la finca como la palma de su mano. Adora este lugar. A diferencia de ese asqueroso sobrino de Hiruzen. Él lo hubiera echado todo a perder.
–¿Quieres decir que Sakura Haruno dirigía la explotación de toda esta finca? –preguntó Sasuke, atónito. No era posible. Además de la casa principal, que estaba en excelentes condiciones de conservación, había granjas, bosques, plantaciones, ese grupo de casitas... y todo parecía en perfecto orden.
–Así es –afirmó Sasori. Su sonrisa se desvaneció–. Aunque eso no significa que yo apruebe lo que hizo Hiruzen, si te soy sincero. Fue muy egoísta al sobrecargarla así. ¿Pero quién puede culparlo?
Sasuke tenía curiosidad por saber más. Pero, al mismo tiempo, sentía reticencia ante las historias de Sakura con su viejo amante.
–Ya estoy –dijo ella con un tarro de mermelada en la mano. Los miró con gesto especulativo.
Sasuke no entendía nada. ¿Era una cazafortunas con talento para llevar negocios? Sasori Akasuna no parecía la clase de hombre que se dejaba seducir por una cara bonita. Aun así, era muy protector con ella. También, era obvio que Sakura había dejado las tierras en buenas condiciones, a pesar de su precaria situación financiera personal.
¿Su pobreza era real o era solo un truco para ganarse su compasión?
Sasuke no encontraba la respuesta.
Sakura besó a Sasori en la mejilla y le prometió enviarle fotos de Grecia. Sasori le murmuró algo sobre tener cuidado.
Luego, Sakura y Sasuke tomaron el sendero que atravesaba el bosque.
–¿De qué estabais hablando Sasori y tú? –preguntó ella, agitada.
–De ti.
–¿Qué pasa conmigo?
–Me contó que dirigías las gestiones de estas tierras. ¿Por qué no me lo habías mencionado? –inquirió Sasuke. Sus investigadores privados no le habían contado eso, aunque sí que ella había tenido acceso a las cuentas de Sarutobi. Eso, según él, había sido prueba de su avariciosa manipulación.
–¿Por qué tenía que haberlo mencionado? No es importante.
–Me haces pensar que eras la amante de Hiruzen Sarutobi.
Al instante, ella dio un respingo, llena de repugnancia.
–¡Eso es mentira! Has llegado a esa conclusión tú solo –le espetó Sakura con la respiración acelerada–. No tengo por qué darte explicaciones de mi pasado. Además, no creerías la verdad aunque la tuvieras delante de tus narices.
Sasuke la miró a sus ojos, que parecían heridos, y se le contrajo el pecho.
–Ponme a prueba.
–¿De veras? –replicó ella, poniéndose en jarras. Levantó la barbilla–. ¡Te has creído que puedes juzgar a los demás! Nada de eso es asunto tuyo.
Sakura se dio media vuelta y salió corriendo.
Sasuke la observó alejarse. Los rayos de sol pintaban su pelo de mechas rosas y la cadencia natural de sus caderas despertaba su deseo sin remedio.
Era la madre de su hijo.
Sasuke estaba ligado a ella. Necesitaba conocerla, entenderla. Por su propio bien.
Porque todavía la deseaba.
Pretendía volver a poseerla, pero poniendo él las condiciones.
Y se negaba a que volviera a dejarlo plantado.
