CAPITULO 7

A Candy se le atragantó la cena. A quien se le ocurrió sentarla al lado de Albert McAndrew tenían que haberlo torturado lentamente, porque aquella cena se le estaba haciendo eterna, aunque a su prima tampoco pareciese estar yéndole de maravilla al lado de Archie MacLaren.

El anfitrión las invitó a su mesa aquella noche y no pudieron negarse. Candy, por primera vez en su vida, pensó en simular un desmayo. Otro tema que le dio ganas de pegarse contra una pared fue la disposición de los asientos. Tom se sentó al lado de Annie y de Albert, quedando Candy entre McAndrew y Lachan Daroch. Este último tenía algo que la inquietaba, y no ayudaba mucho el hecho de que gruñera las respuestas más que pronunciar alguna sílaba coherente. Sin embargo, si lo observaba bien, podía ver en sus ojos una mirada aguda e inteligente, más de lo que quería aparentar, y el hecho de que quisiese ocultarlo era algo que estimulaba su curiosidad.

La cena era abundante y estaba deliciosa. Carnes, pescados y verduras varias adornaban las mesas sin que los comensales pudiesen quedar indiferentes a su aroma y sabor.

Para mortificación de Candy, sus tripas hicieron un ruido espantoso y sus traidoras mejillas se tiñeron de rojo. La verdad era que apenas había podido comer a lo largo del día debido a la irritación de garganta y esa noche, a pesar de ella, su estómago demandaba el alimento negado durante demasiadas horas.

Lachan Daroch, que hasta ese momento había abierto la boca solo para decir "agg y umm", eligió aquel entrañable momento para pronunciar sus primeras palabras, y su voz potente y ronca se escuchó sobre el murmullo general.

—Hay hambre, ¿ehhh? Esas tripas no mienten, umm…

Candy quiso morir en ese preciso instante, porque el ahogar al guerrero con sus propias manos podía calificarse de poco apropiado.

—Eso parece —contestó Candy con un proyecto de sonrisa que fracasó por completo por el sonrojo de sus mejillas, que ya se estaba extendiendo a su cuello. Si hubiese podido fulminarlo con la mirada, aquel hombre hacía rato que habría expirado. Y sin remordimiento alguno.

No quiso mirar hacia el otro lado. No podía ver la cara de Albert en ese preciso instante. Ahora no, y la pequeña carcajada que escuchó proveniente de él no ayudó en absoluto. Candy tuvo que controlarse contando hasta diez.

—¿Quieres que te acerque un muslo de pollo?

Candy sabía que desear que Albert la ignorase durante la cena era demasiado pedir, así que cuando escuchó su pregunta y el tono en el que la hizo, le dieron ganas de meterle a McAndrew la cabeza en el trasero del pollo.

Era costumbre que los hombres pusieran comida en los platos a las damas, pero ella no deseaba que ninguno de los dos le acercara una maldita cosa. Tenía dos manos para alcanzarlas.

—No, gracias. Eres muy amable, pero no es necesario.

Los ojos de Albert, centrados en ella, brillaron con cierta malicia.

—A tenor del sonido que he escuchado antes, creo que necesario no es la palabra. Yo diría más bien que es de vital importancia que comas. No queremos que el pollo se enfríe mientras decides y el pobre acabe en el plato de algún otro.

Candy miró a los ojos a Albert. Se estaba divirtiendo a su costa y estaba disfrutando de lo lindo, el pedazo de zopenco. Ella también podía hacerlo, así que con esfuerzo esbozó una sonrisa antes de responderle, como si Albert fuese su persona favorita en aquella estancia.

—Creo que deberíamos dejar al pobre pollo tranquilo. Y si te hace tan feliz acercarme algo de comida no seré yo la que arruine tu ilusión. ¿Puedes pasarme unas pocas verduras, por favor?

Albert, a pesar de lo que sintió al verla, de no olvidar su traición y conocer de primera mano la volubilidad de aquella mujer, se sorprendió a sí mismo disfrutando de aquel intercambió de palabras y de la expresión de Candy. Con las mejillas sonrosadas, las pecas atenuadas sobre su nariz respingona, el pelo ondulado y largo, que le caía como un manto sobre su espalda, del color del oro y esos ojos verdes enmarcados por las pestañas más largas que hubiese visto jamás, Albert pensó que seguía siendo la mujer más hermosa que había conocido en toda su vida. Y su mirada, fuerte, directa y llena de matices, fija en él, en ese preciso instante, retándole sin más, le hicieron admitir, en contra de su voluntad, que aquella mujer seguía siendo única.

—Faltaría más. No vaya a ser que dentro de unos segundos pase a ser un vago recuerdo y te quedes sin cenar. Lamentaría mucho que enfermaras por inanición.

Candy no podía creer que Albert hubiese dicho todo aquello en solo dos frases. Matarlo lentamente se le estaba quedando en poca cosa. Quizá torturarlo antes sería lo adecuado. Esbozó su mejor sonrisa, mientras por dentro maldecía a toda su familia.

—Es muy amable por tu parte. Lo tendré en cuenta —dijo Candy mientras cogía un muslo de pollo que había frente a ella y lo ponía en su plato sin mucha ceremonia.

—¡Qué temperamento, mujer! Aggg —dijo Lachan Daroch mientras escupía un trozo de algún tipo de masa roja y tierna por los huecos de su dentadura incompleta.

Una imagen innecesaria terminó por quitarle la poca hambre que poseía a esa altura de la cena.

Cuando volvió a mirar su plato, después de revolvérsele el estómago con el aggg de Daroch, vio una montaña de verduras al lado del pollo. Aquel pollo se estaba ahogando entre las piezas de verdura y, si ya no estuviese muerto, sin duda estaría experimentando una agónica asfixia. El hecho de que ese pollo le diera más pena que cualquier comensal de la mesa dejaba claro el estado al que la estaban abocando los dos elementos que tenía sentados a cada lado.

Intentó comer algo de las judías y zanahorias para llegar por fin a la carne, pero aquello era una misión imposible.

—¿Está todo a tu gusto? —preguntó Albert alzando una ceja.

Había visto la expresión de Candy. Sabía que se moría por tirarle la montaña de comida por encima de la cabeza. Su expresión, cuando volvió la cara y vio el plato, no había tenido precio. Los ojos se le abrieron y por un segundo Albert pensó que su boca sonrosada soltaría un exabrupto poco femenino, pero no fue así. La vio prácticamente morderse la lengua para contenerse. Su curiosidad y su sorpresa aumentaron cuando una Candy enojada y sorprendida dibujó una sonrisa templada y neutral, cambiando en un segundo, con un autocontrol y dominio en sí misma que Albert desconocía en ella.

Entonces también fue consciente de que Candy había cambiado en esos años. Cuando pensó que ya no contestaría a su pregunta, sus palabras llegaron hasta él en un tono de voz bajo, pero claro.

—Sí... si esto fuese el averno —contestó Candy en un susurro.

Albert soltó una carcajada, espontánea y sin filtros.

Candy lo miró con un movimiento rápido e instintivo de sus ojos. El sonido de su risa… Fue el primer momento de la noche en la que el dolor hizo acto de presencia y fue real. Dios mío, cómo había echado de menos ese sonido que siempre la había hecho sentir especial y que había calentado su pecho tantas veces que no se podía cuantificar. Tragó saliva y se dijo a sí misma que lo podía manejar, que podía trabajar con ese dolor y desterrarlo definitivamente. Habían pasado cuatro años desde que él había sido su mundo entero, y en ese tiempo ella había cambiado, había madurado y comprendido muchas cosas que al principio no sabía y que la hicieron desear abandonarse a los brazos de una muerte que la rondó durante muchos días.

Y allí estaba, cuatro años después. Parecía que habían pasado siglos y, sin embargo, una sola risa, su risa, se había colado en su interior, entre las cicatrices retorcidas y nervudas que protegían su maltrecho corazón haciendo que este latiese durante unos instantes, revolcándose en una agonía porque, maldita sea, ella lo había desterrado lejos para poder respirar, para poder moverse de nuevo, para poder vivir sin que el hecho de comenzar un nuevo día doliese demasiado.

Albert miró a Candy, que parecía ahora absorta en mover la comida de un lado a otro. Había olvidado que ella lo hacía reír y no de una manera superflua o estudiada, sino espontánea y cálida. En su día hubiese dado un brazo por saber por qué, después de todo lo que compartieron, después de las promesas dichas, ella se había marchado. Vio cómo el rostro de Candy se contraía de dolor, como si algo le hubiese hecho daño. Fue solo un segundo, pero a Albert aquel gesto no le pasó desapercibido.

Sabía que debía odiarla, pero ahora ya ni siquiera albergaba ese sentimiento. El odio había sido el eje central de sus sentimientos el primer año después de su abandono. Después, la certeza de que aquello tenía que ser un error, un malentendido. Luego, el vacío y el amargo sabor de todos aquellos sentimientos que creyó verdaderos y que en realidad eran tan falsos como su apariencia, sus besos, caricias y palabras. Y por último, la indiferencia, o eso creía.

Desde el mismo momento que la había visto, había deseado exasperarla, mortificarla, desenmascararla y ver en su rostro la expresión de dolor que por un segundo se adueñó de sus facciones en la mesa, sentada a su lado. Y, sin embargo, cuando ello ocurrió, para su sorpresa, no le gustó, no saboreó ese triunfo. Nada más lejos de la realidad. Y en contraposición, se sorprendió disfrutando con su verborrea, con ese intercambio de palabras, con su ingenio, su control, su carácter y de su sentido del humor que, sin proponérselo, le había hecho reír de verdad.

Albert tuvo que sostener una nueva sonrisa cuando vio a Candy soltar el muslo del pobre pollo y dar un respingo cuando la voz de Lachan sonó fuerte cerca de su oído. Estaba claro que ella no se había percatado de su cercanía.

Candy miró a Daroch con el entrecejo fruncido.

—No eres muy simpática, ¿umm? Bueno, solo quería preguntarte por tu caballo. Es un ejemplar único. Me gusta muchísimo.

Candy siguió mirándole, aunque intentó suavizar su expresión.

—¿Y cómo sabe cuál es mi caballo? —preguntó algo recelosa.

Lachan soltó una carcajada que hizo que parte de su comida saliera despedida de su boca. Candy tuvo que moverse rápido para sortear un trozo de carne que iba directa a su cara. Aquella cena se estaba volviendo más peligrosa por momentos. ¿Quién decía que iba a aburrirse? Lo que hubiese dado por ello en ese preciso instante.

—No sea tan desconfiada. Me fijé en él en las caballerizas, cuando dejé al mío. Le pregunté al encargado de las caballerizas. Él me dio su nombre. No pensaba que iba a sentarme esta noche a su lado. Una afortunada coincidencia, ¿eh, ummm?"

—Yo no lo describiría así —dijo Candy mirándole fijamente.

Lachan pensó que aquella mujer era mucho más interesante de lo que pensaba. Era muy hermosa, de eso no cabía duda, pero le gustaba mucho más ese carácter combativo. Dios, sería muy gratificante domarla, a ella y a su caballo. Bajo su dominio se le quitarían las ganas de mirarle directamente. Él podía enseñarle quién era el que mandaba en realidad, darle una lección que no olvidara jamás.

—Llámelo como quiera, pero quería saber si el dueño de ese caballo estaría dispuesto a vendérmelo. Lo quiero.

Candy pensó que no había conocido a nadie que le cayese peor en tan corto espacio de tiempo. Este hombre era peligroso. Lo vio en el brillo de sus ojos cuando la miró, como si estuviese esperando el momento para poder castigarla por la impertinencia de haberse atrevido a contestarle. Ese tipo de hombres, Candy los conocía bien. Su padre era uno de ellos.

—La dueña de ese caballo soy yo y no está en venta —le contestó volviendo a su comida e intentando zanjar aquella conversación que no quería seguir manteniendo. Cuanto menos contacto tuviese con él, mejor.

—Una mujer dueña de un caballo. No diga sandeces… umm —exclamó Lachan entre dientes, como si lo que había dicho Candy hubiese sido una ofensa personal.

Candy había intentado no llegar a aquello, pero Lachan Daroch no le había dejado otra alternativa.

Se volvió lentamente y miró a aquel hombre a los ojos, de forma directa, tajante, y dejó que su carácter tomara las riendas.

—No sé con qué clase de mujeres está usted acostumbrado a tratar, pero créame que tienen todo mi respeto y les doy el pésame por tan ardua tarea. En cuanto a si digo sandeces, no acostumbro a hacerlo porque tengo algo que se llama inteligencia y que me ayuda a no decirlas. Créame, debería probarlo alguna vez. Y en lo referente a si soy la dueña de ese caballo, la respuesta sigue siendo que sí, porque en su clan no sé cómo serán las cosas, pero en el mío, el de Thane MacLeod, una mujer es dueña de su caballo, y el mío no está en venta ni ahora ni nunca.

Candy sintió la mano de Albert rozar la suya por debajo de la mesa. No se había dado cuenta de que la tenía cerrada en un puño haciendo que los nudillos prácticamente adquirieran una tonalidad blanquecina hasta que Albert los había rozado. Algo dentro de ella despertó y salió de la bruma a la que las palabras de Daroch la habían arrojado.

Seguía mirándole fijamente, y se dio cuenta de que Lachan estaba haciendo un verdadero ejercicio de contención por no decir algo que pudiera acabar en una guerra entre sus dos clanes. Sabía que ella no era una mujer cualquiera, era la cuñada de Thane MacLeod, uno de los clanes más fuertes de las Highlands. Cuando la cara de Daroch adquirió un tono escarlata, Candy empezó a preguntarse si era posible que la cabeza de aquel hombre saltara en mil pedazos. El temblor que acompañaba a su mirada asesina clavada en ella no decía nada bueno.

Candy estaba pensando en cómo explicar a su cuñado que los había abocado a una guerra el primer día de su estancia allí cuando vio la mirada de Daroch clavarse por encima de su hombro, y suavizarse como por arte de magia. Observó cómo Lachan se contuvo y se volvía a centrar en su plato mientras por lo bajo susurraba.

—Eso ya lo veremos.

Candy volvió su atención nuevamente sobre su propia comida, aunque el apetito acababa de perderlo, solo de verla le entraban nauseas. El dolor de garganta seguía ahí, latente y molesto. El dolor de cabeza llegando a cotas más altas y unos pequeños escalofríos recorrían su cuerpo como hormigas que surcaban su piel por azar. Decididamente, habría sido mejor haberse quedado descansando.

La mano de Albert, que momentos antes había rozado la suya, ya no estaba, y la razón por la que la echó de menos era que aquella ausencia dolía demasiado. Sabía que había escuchado su conversación con Lachan, y lo sabía por ese roce en su piel, en su mano. Albert siempre lo había hecho de forma inconsciente cuando quería tranquilizarla o reconfortarla. Era su manera de decirle que estaba con ella. Y ese pequeño gesto, después de tanto tiempo, después de tantas heridas, hizo que casi se fracturara en mil pedazos. Porque sabía que él tenía motivos para odiarla, para que ese gesto nunca hubiese vuelto a existir entre ellos y sin embargo lo había hecho. ¿Por qué? Ella no quería sentir, no quería volver atrás, porque también tenía sus motivos para odiarlo, y sin embargo… Miró a Albert, necesitaba saber el porqué de esa pequeña muestra de compasión y Candy contuvo una pequeña exclamación. Los ojos de Albert estaban llenos de furia, de una controlada a duras penas. Esa mirada sería capaz de helar el infierno. Había una promesa en ella y era de las que acababa con sangre entre las manos. Candy supo el preciso instante en que Albert se percató de que ella lo estaba observando porque esa mirada, esa sentencia andante se desvaneció y tornó a sus ojos una expresión mucho más tolerante, templada y distante.

Albert miró a Daroch desde el mismo instante en que escuchó a Candy ponerlo en su sitio y prever la reacción de aquel necio. Maldita sea si iba a permitir que Daroch mirase a Candy de aquella manera, con aquella amenaza implícita en sus ojos. El tocar su mano fue instintivo, y cuando lo hizo no la retiró porque esa Candy, la que había hecho que Lachan Daroch estuviese al borde de un ataque de cólera, era la Candy que él conocía, la que mantenía la mirada pasase lo que pasase, la que se revolvía y gritaba cuando algo era injusto, la que no se dejaba intimidar ni avasallar.

Albert mandó el mensaje adecuado cuando Daroch vio su mirada por encima del hombro de Candy y entendió que Albert no iba a permitirle comportamientos de aquel tipo. Ni con Candy ni con nadie. Eso fue lo que se dijo así mismo cuando de madrugada aún pensaba por qué tuvo que rozar su maldita mano.

...

Ame este capitulo. Los diálogos me parecen magníficos y el carácter de Candy me encanta. Ambos me encantan.