DISCLAIMER: Nada de esto me pertenece. Los personajes pertenecen a Stephenie Meyer y la historia a LiLJiLL4286. Yo solo me adjudico la traducción.
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Capítulo beteado por Yanina Barboza, beta de Élite Fanfiction (www facebook com/ groups/ elite .fanfiction)
Capítulo 9
—Es algo bueno que tengamos que ir a la iglesia en una hora —susurró Edward en mi oído, cálido y suave. Era difícil contestarle cuando sus dedos bailaban por mi cuerpo, sus otros dedos trazando círculos en donde estábamos conectados—. Dios no está muy feliz conmigo ahora.
—Cállate —susurré en la oscuridad del asiento trasero de mi auto, mis labios inclinándose para capturar los suyos en un beso. Nos separamos pronto, nuestras pesadas respiraciones empañando las ventanas del auto y haciendo difícil que recuperáramos el aliento.
Era víspera de Navidad y teníamos algo de tiempo antes de encontrar a mis padres para la misa de medianoche en el centro del pueblo. Estábamos estacionados en una carretera abandonada cerca del Rec, y no había nada más que nosotros, la nieve en el suelo y el aire frío de invierno. El auto estaba apagado, y habíamos terminado de envolver nuestras compras navideñas y teníamos un poco de tiempo para nosotros antes de que la Navidad con los Swan comenzara. Era nuestra tercera Navidad juntos, y si es que era posible, amaba aún más la Navidad ahora que Edward la pasaba con nosotros en casa. Cada Navidad, mis padres lo dejaban dormir en nuestra casa en el sofá de la sala, y todos pasábamos el día de Navidad juntos en pijama, abriendo regalos y comiendo del gigantesco desayuno que mi mamá y papá cocinaban cada año.
Y cada año, todo comenzaba con la misa de medianoche. No era nuestra intención hacerlo justo antes de ir a la iglesia, pero algunas veces ese chico hacía que mis buenas intenciones se fueran volando por la ventana. Hacía frío en el auto pero no pasó mucho tiempo antes de que el calor irradiara en ondas de nuestros cuerpos, el sonido de Edward rasgando mis medias en los lugares correctos rompiendo la tranquilidad y la paz de las montañas a nuestro alrededor.
Sus manos sosteniendo mis caderas firmemente en mi lugar encima de él, los labios de Edward viajaron hacia su lugar favorito en mi clavícula.
—Tú me enloqueces, ¿lo sabes? —Sus palabras roncas sonaban cansadas mientras luchaban contra la ola entre nosotros.
Lo sabía, y me aferraba a ese tipo de locura todo el tiempo que caía desde el borde en el que él me ponía, él cayendo no muy lejos de mí.
—¿Tenemos tiempo de parar en mi casa? Definitivamente no puedo usar estas en la iglesia —dije, señalando mis medias una vez que nuestra respiración volvió a la normalidad y me había acurrucado a su lado en el asiento. Edward rio y alzó las manos en el aire.
—¿Qué esperabas? Te pusiste una falda y esas botas negras.
Me reí mientras movía mi cuerpo en todas las incómodas formas posibles para deslizar dichas botas de vuelta en mis piernas, abrochándolas una vez que estuvieron en su lugar. Me removí de vuelta hacia el asiento delantero, Edward siguiéndome de mala gana. Una vez que estuvo en el asiento del conductor, sacudió la cabeza con una pequeña risa.
—¿Cómo se supone que conduzca después de eso? —dijo, señalando con su pulgar hacia donde habíamos estado hacía unos minutos—. Aún no puedo sentir mis piernas.
Me estiré y apreté su mano con la mía, sus dedos entrelazándose con los míos antes de llevarlos hacia su boca para besarlos.
—Como dije, no tenías que romper mis medias. De otra forma podríamos habernos quedado aquí hasta que tuviéramos que irnos.
—Como dije, no pude evitarlo.
Manejamos de vuelta a mi casa sin hablar, ambos relajados y cómodos mientras música navideña sonaba suavemente desde el radio. Todas las casas de mi calle estaban adornadas con luces brillantes y otros motivos navideños, y una de las razones por las que amaba esta época del año era la forma en la que hacía que el mundo brillara, y realmente no creía haber visto algo más hermoso que el verde de los ojos de Edward bajo las luces navideñas que parecían seguirnos a todos lados.
Le dije que volvería rápido mientras se estacionaba en la entrada vacía, mis padres ya iban de camino a misa para que pudieran asegurarnos lugar a todos y no tuviéramos que quedarnos de pie al fondo de la iglesia. Deslicé mi llave en la puerta, girándola y apresurándome por las escaleras por un nuevo par de medias. Mis ojos notaron las cuatro botas que colgaban de la chimenea; ver la bota de Edward causó que mi corazón se llenara de una calidez que podría derretir la nieve de afuera.
Era la primera bota que había tenido, nos había dicho en su primera Navidad con nosotros hacía tres años, e hizo que nuestra chimenea luciera completa mientras colgaba junto a la mía. Me llenaba con una sensación de realización que ni siquiera sabía que me hacía falta.
El claxon sonó en mi momento de quietud, y sacudí la cabeza y desaparecí hacia mi habitación, poniéndome un nuevo par de medias y desechando las viejas.
—¿Qué te tomó tanto tiempo? —dijo Edward, el calor del auto a todo lo que daba y soplando mi cabello una vez que me senté junto a él y me abroché el cinturón—. Dijiste que volverías rápido.
Pensé en su bota mientas lo miraba, atrayéndolo hacia mí en un beso que le decía todo lo que necesitaba saber sin que yo dijera las palabras.
Él me sonrió porque lo sabía, esos ojos suyos brillando contra las luces navideñas blancas del garaje.
—También te amo.
Condujimos hacia la iglesia sintiéndonos invencibles y eufóricos.
—¿Cuándo vuelves al trabajo, Edward? —preguntó mamá mientras se acomodaba en el sofá después de misa. Eran casi las dos de la mañana y el largo día nos estaba haciendo efecto—. La abuela de Bella vendrá por unos días y quiere asegurarse de verte en algún momento antes de que se vaya.
—No hasta el viernes —contestó Edward, sentándose en el sofá opuesto de mi mamá. Felix oficialmente había puesto a Edward en la lista de empleados hacía unos meses, dejando que Edward limpiara el Rec. No podía ofrecerle mucho en términos de pago, pero era mejor que nada y era el único lugar en el que Edward de verdad quería trabajar. Con Edward siendo empleado del Rec, lo hacía sentir menos culpable acerca de dormir en la habitación de arriba.
Mamá le contestó con una sonrisa.
—Oh, aún mejor. Eso nos dará algunos días para estar todos juntos.
Me senté frente a la chimenea frente a Edward, recargándome contra sus piernas, mi cabeza descansando en su rodilla mientras sentía el cansancio deslizarse por mis huesos. Escuchamos mientras mamá enlistaba con sus dedos todos los planes familiares que tenía en mente para nosotros, y no estaba segura si iba a sobrevivir para cuando las vacaciones de invierno terminaran y volviéramos al semestre final de nuestro último año.
Por mucho que me cansara escuchar a mamá hablar y hablar, en Edward tenía el efecto opuesto. Él amaba cada segundo de eso y ni siquiera intentaba ocultar la evidencia de eso en su rostro. Lucía como un niño pequeño en, bueno, Navidad.
—Para el viernes, estarás más que listo para volver al trabajo —dijo papá mientras entraba a la habitación, palmeando la espalda de Edward mientras pasaba y se sentaba junto a mamá en el sofá.
Edward rio y sacudió la cabeza, continuando.
—Supongo que eso es lo bueno de trabajar en el Rec. Realmente no se siente como si estuviera trabajando con nosotros ahí todo el tiempo.
Incluso aunque estábamos en último año y teníamos mucho que hacer, Alice, Jasper y yo siempre teníamos tiempo para el Rec. Emmett y Rose estaban en la universidad pero incluso esos dos se las arreglaban para tener tiempo para el Rec. Y Edward era lo suficientemente afortunado para hacerlo y que además le pagaran por eso.
Mi papá estuvo de acuerdo.
—Sí, realmente te sacaste la lotería ahí. Felix parece ser un muy buen jefe.
—Sí, no puedo quejarme, en realidad.
Todo se quedó en silencio por unos momentos, cada uno perdido en nuestros pensamientos mientras la mañana se aproximaba. Edward nunca se quejaba acerca de trabajar en el Rec, incluso aunque la tensión entre Felix y Carlisle había escalado a un incómodo nivel que ponía a Edward en medio. Se aseguraban de mantener a Edward fuera de todas las áreas administrativas del Rec, dejándolo a cargo de tareas de vigilancia, pero Edward sabía que fuera lo que fuera que los tenía en desacuerdo no cambiaría pronto.
Sin importar lo mucho que todos odiábamos escuchar cosas como esas, Edward nos lo decía de todos modos. Quizá había estado sucediendo desde el inicio pero solo ahora que habíamos crecido nos dábamos cuenta.
—¿Están listos para sus regalos, ustedes dos?
Era una tradición en nuestra casa abrir un regalo en Nochebuena, y Edward y yo nos miramos con emoción, y momentáneamente todos olvidamos lo cansados que estábamos. Todos le contestamos felices a mamá.
—¡Sí!
Se estiró detrás del sofá y nos tendió a todos un regalo, y Edward y yo les dimos cada uno un regalo a mis padres.
Los regalos no eran mucho, solo una pequeña muestra de lo agradecidos que estábamos con ellos. La relación entre mis padres y Edward durante los últimos tres años era casi tan profunda como la mía con Edward.
Casi.
—Bien, saben la regla. Solo uno. —Mi papá nos miró con su expresión del jefe de policía y se salió del personaje un segundo más tarde con una risa que arrugó sus ojos y su bigote.
Miré hacia Edward detrás de mí.
—Tú primero.
Tomó un profundo respiro y comenzó a abrir el regalo, el papel para envolver rápidamente se convirtió en parte de nuestra chimenea mientras abría la caja. No era mucho, solo un par de guantes de nieve que quería para poder limpiar la entrada del Rec, pero él los miró como si fueran la respuesta a las preguntas de la vida.
Después de una ronda de abrazos y agradecimientos, se giró hacia mí y señaló hacia el paquete que estaba en mi regazo.
—Bien, Bella. Tu turno.
Todos asintieron emocionados mientras los miraba antes de deslizar mi dedo bajo el papel. Era ligero y abrí la caja lenta y dudosamente.
Bajo la tapa y la capa de papel estaba una carta sellada con mi nombre en ella. Reconocí el emblema en la esquina del sobre y mi corazón se aceleró.
—Oh, Dios. No creo que pueda abrirlo. Tú hazlo —dije, dándoselo a Edward. Él lo miró, su rostro sabiendo todo cuando vio la dirección de Nueva York en el sobre.
—De ninguna forma. Esto es todo tuyo —dijo, su voz temblando de emoción. Miré sus rostros, tratando de que mi ansiedad no me hiciera vomitar mi cena por el suelo. Con un profundo respiro, puse mi dedo índice bajo el sello y abrí lo que dictaría mi futuro.
Señorita Isabella Swan, nos complacemos de informarle que…
—Entré. No puedo creerlo. ¡Entré! —Salté y estaba de pie antes de que lo supiera, mostrándoles la carta a mis padres y Edward tan rápido que no creo que alguno de ellos tuviera la posibilidad de verla en realidad por mi emoción.
—Por supuesto que lo hiciste, cariño. —Mamá se estiró para abrazarme, envolviéndome en sus brazos mientras el reflejo de la chimenea se veía en sus lágrimas.
—Estamos muy orgullosos de ti, Bells. —Escuché la emoción en la voz de mi papá mientras ponía una mano en mi hombro. Lo abracé con fuerza una vez que mamá me dejó ir, y después de un largo abrazo, me soltó y me giré hacia Edward, quien tampoco podía dejar de sonreír.
—No lo dudé ni por un segundo —susurró, y me derretí contra él. Me abrazó con fuerza, ninguno de los dos hablando.
—¡Si la mía llegó entonces también la tuya!
—Quizá. Revisaré cuando llegue a casa.
—Será fantástico.
Esa noche, en lugar de soñar con hadas de azúcar, visiones de Edward y la NYU me llevaron a un inquieto sueño.
—Rose me envió un mensaje y dijo que Felix no está ahí y necesitan una llave para abrir el Rec.
Edward y yo estábamos en mi habitación, descansando de otra excursión con mi familia. Estaba segura de que podía escuchar los ronquidos de papá llegar desde la mecedora en la sala. Edward se estiró y tomó su teléfono de mi buró. Se frotó los ojos y se incorporó.
—¿Felix no está ahí? Es mediodía.
Me encogí de hombros, girando sobre mi estómago y llevándome las mantas conmigo.
—Quizá está ocupado con su familia por las fiestas.
—Lo dudo. Ha estado discutiendo con su esposa muy seguido últimamente. —Sacudió la cabeza y se puso de pie.
—¿Por qué? —La revelación de Edward había hecho que me sentara, mis mantas cayendo junto a mí.
—No lo sé en realidad. Creo que por eso ha estado tan distraído.
—Sí, quizá. ¿Irás a abrir?
Edward sacudió la cabeza.
—No tengo permitido supervisar a nadie. Iré y pondré un letrero en la puerta de que estamos cerrados.
El Rec cerrado durante horas normales de operación no se había visto antes.
—¿En dónde está Carlisle?
—Seattle con la familia de Esme. Volverá el sábado.
—Iré contigo entonces.
—¿Segura? No tienes que hacerlo.
—Por supuesto que quiero.
Nos llevamos mi auto al Rec, yendo lentamente por el hielo de la nevada que había caído en la noche. Llegamos ahí un poco después, Rose y Alice estaban afuera esperando en los escalones junto con otros chicos que recientemente habían descubierto la alegría del Rec.
—¿Qué hacemos ahora? —se quejó Alice.
Rose contestó sin dejar de mirar su celular.
—Podemos ir al centro comercial. Tengo algunas tarjetas de regalo de Navidad para gastar.
Lo más importante que sabía del Rec era que a pesar de que era el catalizador de las relaciones favoritas de mi vida, también sabía que era un trasfondo y que no importaba en dónde pasáramos el tiempo, lo único que importaba era que todos estuviéramos juntos.
Emmett y Jasper nos encontraron en el centro comercial y nos la pasamos bien incluso aunque Rose y Emmett aún no estaban juntos. Era difícil para cualquiera de nosotros ser hostil hacia el otro dado que habíamos crecido juntos y habíamos celebrado todos los ritos de paso de la vida. Estábamos en la misma montaña rusa, algunos más alto o más bajo dependiendo de nuestro lugar en el juego.
Por el resto del día, nos olvidamos acerca de Felix y la nube negra que estaba sobre el Rec. Ignoramos las miradas obvias que Emmett y Rose se lanzaban el uno al otro cuando pensaban que el otro no estaba mirando. Comimos demasiado en el área de comida y gastamos mucho más de lo que nuestras tarjetas de regalo tenían por ofrecer. Arrojamos nuestras cosas en la cajuela del auto y solo condujimos, sin saber a dónde nos llevaría la noche o el futuro.
Por el momento, no nos importaba.
No por mucho tiempo.
—¿Cómo es esto posible? ¿Cómo es que aún no has tenido respuesta de ellos?
Estábamos conduciendo a casa después de la escuela en el viejo auto de Carlisle que dejaba que Edward usara, y había estado hablando acerca de los dormitorios en la NYU mientras conducíamos hacia el Rec. Lo miré en shock, sin comprender por qué aún no había recibido su carta de aceptación. No había forma en la que no lo aceptaran; tenía excelentes notas y habíamos escrito un ensayo maravilloso para acompañarlas. El pensamiento de estar en la costa este con Edward hacía que me emocionara porque el otoño comenzara.
—No lo sé, Bella. —Edward rodó los ojos y giró a la derecha—. Quizá vieron mis notas y se rieron y tiraron mi solicitud.
—Cállate. No es gracioso.
No era gracioso en lo absoluto, especialmente porque él tenía mejores notas que yo y apenas y estudiaba, el pequeño cretino.
—¿Por qué estás tan preocupada al respecto? Llegará. —Podía decir que estaba ansioso por cambiar de tema pero no iba a rendirme.
—Es marzo. Debiste haber tenido respuesta a estas alturas. Ten —contesté, sacando mi teléfono—, llámalos.
Me arrojó el teléfono de vuelta, sus ojos nunca dejando el camino mientras conducíamos.
—No voy a llamarlos.
—¡Tienes que hacerlo!
—No, no tengo.
—¡Edward, sí, sí tienes que hacerlo! —La frustración en mi voz estaba al máximo nivel y traté de controlarla dado que pelear con él era una de mis cosas menos preferidas por hacer.
Vi su mandíbula tensarse en enojo, su nariz ensanchándose mientras exhalaba. Se estaba preparando para la batalla.
—Nunca envié la solicitud para a NYU. ¿Estás feliz ahora?
—¿Qué? ¿Qué significa eso? —Estaba gritando ahora, mi corazón latiendo y el pánico instalándose poco a poco en todo mi cuerpo.
Esto cambiaba todo. Absolutamente todo. Todo lo que habíamos planeado en los últimos meses había sido para nada, y él sabía durante todo este tiempo que nunca había enviado una solicitud.
No sabía qué me enfadaba más: él por mentirme acerca de enviar la solicitud o él por no valorarse.
—¿Qué otra cosa podría significar? Significa que te dije que envié mi solicitud pero nunca lo hice.
Estaba sorprendida y la expresión en mi rostro lo mostraba.
—Ni siquiera sé qué decirte en estos momentos.
Estaba furiosa ahora. Viendo rojo.
—No hay nada qué decir. Sabía que me rechazarían así que me ahorré el tormento de hacer algo por ninguna razón. Así que no envié solicitudes a ningún lado.
¿A ningún lado? Ni siquiera podía comprenderlo.
Si no solicitó ninguna escuela, eso significaba que yo me iría a Nueva York en unos meses y él se quedaría aquí.
Sin importar lo enfadada que estuviera con él, con la forma en la que me mintió y pensaba tan mal de sí mismo, mi corazón casi se detuvo ante el pensamiento de los dos siendo separados por el tiempo y la distancia que Nueva York significaba.
—¡¿Por ninguna razón?! No puedo creer que estemos teniendo esta conversación ahora. ¡Te negaste la oportunidad!
—Tú eres quien tiene oportunidades, Bella. No yo.
Algunas veces, él era su peor enemigo, y usualmente yo era su voz de la razón cuando se trataba de él sintiendo pena por sí mismo. En la superficie él siempre parecía contento con lo que la vida le había dado pero todos esos sentimientos de no ser digno o ser abandonado siempre explotaban y se manifestaban en diferentes aspectos de su vida.
Esta vez los sentimientos de insuficiencia se manifestaron en forma de solicitudes para la universidad.
Tironeé de mi cabello y lo miré con incredulidad.
—No te entiendo, Edward. No podías esperar por la oportunidad de dejar Forks por cualquier otro lugar, ¡y ahora te quedarás!
—Bella, mírame. Seamos realistas, ¿de acuerdo? No tengo una residencia permanente. Ni siquiera sé cómo solicitar apoyo económico…
—Eso es mierda, Edward, y lo sabes. ¿Sabes que todos los consejeros de la escuela están ahí para ayudarte con este tipo de cosas? Yo podría haberte ayudado, o mis padres podrían…
—Estoy cansado de ser el caso de caridad de todos.
—¿Cómo puedes pensar eso de ti?
No me contestó. No tenía que hacerlo.
Nos sentamos en la entrada del Rec, ignorando a todos mientras pasaban el rato afuera, disfrutando el aire de los primeros días de primavera. Carlisle y Felix habían puesto las mesas de picnic de nuevo y la mayoría de nosotros prefería pasar nuestro tiempo afuera en estos días.
—Bella, la universidad no parece ser para mí y…
—No puedes decir eso. ¡Ni siquiera lo has intentado aún!
—Solo lo sé, ¿de acuerdo? Lo sé. —Sonaba firme en su decisión y sabía que no lograría que cambiara de opinión—. Lo sé justo como sé que Nueva York es solo un lugar. No es más grande que nosotros, Bella. Nada lo es.
—¿Estás seguro?
Sollocé, mi enfado disolviéndose en lágrimas ante el pensamiento de estar separada de él. Lo más que habíamos estado separados era el verano antes de que estuviéramos juntos cuando Edward se vio envuelto en un mar de hogares temporales y grupales, y aún odiaba pensar en ese tiempo.
—Sí, estoy seguro. Te amaré en donde sea que estés, boba.
Se movió para alzar mi barbilla y que estuviera mirándolo, perdiéndome en el acero verde de sus ojos a través de las lágrimas en los míos. Llevó sus labios a los míos en un beso tan reconfortante que me hizo creerle, hizo que creyera todo. Era suave y gentil, calmando mis miedos mientras sus labios y lengua bailaban lentamente con los míos.
Edward tenía razón.
Nueva York era solo un lugar. Había mucha distancia, casi lo máximo a lo que podían estar dos personas en los Estados Unidos, pero estábamos hablando de nosotros.
Éramos más fuertes que esas cosas. Que todas las cosas.
Y hasta una semana antes de cuando se suponía tenía que partir, aún lo creía, y pensé que él también lo hacía. Excepto que de repente ya no lo hacía.
Y me dijo que no había forma en la que fuera a funcionar conmigo estando allá y él quedándose aquí.
Incluso aunque fue él quien me convenció en marzo de que estaríamos bien.
Ahora él estaba evitándome y con solo una semana antes de que me fuera, todo lo que quería hacer era estar con él. Quería pasar cada último minuto con él, más que con mis padres, y mi corazón se rompía con cada minuto que pasaba.
Estaba arriba en mi cama, acostada con mi cabeza en las almohadas, cuando mamá subió y golpeó suavemente mi puerta.
—¿Qué estás haciendo? —preguntó, acostándose como una niña pequeña junto a mí en la cama.
La miré con extrañeza.
—Nada —me quejé, girando mi cabeza en la dirección opuesta. No estaba de humor para su entusiasmo cuando mi vida rápidamente se estaba yendo por el drenaje.
Sabía que algo pasaba pero como siempre, esperó hasta que estuviera lista para hablar del tema. Se sentó, palmeando mi pierna mientras caminaba hacia mi puerta.
—Salgamos de la casa por un rato. Ven conmigo al supermercado.
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Querido diario,
Es chistoso cómo sueñas con las cosas cuando eres pequeño. Dibujas esta imagen en tu cabeza y es casi imposible que la realidad sea incluso mejor que el sueño que has soñado a través de los años.
Puedo decirte eso: nunca pensé que estaría en un avión de camino a la NYU sintiéndome como me siento ahora.
En mis sueños, sonrío tan brillante como el sol estridente a través de la ventana del avión.
En mis sueños, me remuevo en mi asiento durante todo el vuelo, y veo a mi papá en mi sueño bromear acerca de cuán emocionada estoy porque finalmente esté sucediendo.
Mi mamá está ocupada preocupándose por los horarios de las orientaciones y los electrodomésticos aprobados para los dormitorios. Bueno, en mis sueños, lo está.
La realidad no podría ser más diferente de ese sueño que tenía, el sueño al que me aferraba, desde que era niña.
Sin importar lo mucho que lo intente, no puedo encontrar ni una onza de felicidad acerca de mis próximas aventuras en Nueva York. No podría importarme menos la nueva manta que mamá me compró o el gas pimienta del que mi papá está parloteando.
En su lugar trago otra ola de náusea mientras la distancia entre Edward y yo se hace más grande, cada milla me lleva más y más lejos de él y nuestros sueños que pensé que podríamos alcanzar incluso a través de cuatro años de universidad al otro lado del país.
Más lágrimas amenazan con salir, incluso aunque pienso que no es posible que una persona llore tanto como yo lo he hecho en los días desde que Edward y yo terminamos. Justo cuando pienso que ya no tengo más lágrimas para llorar, mi cerebro me recuerda en dónde estoy, en un avión sin él, y mi corazón se rompe de nuevo, y las lágrimas caen de nuevo. Mamá me tiende otro pañuelo, y lo tomo sin siquiera mirarla, llevando mis rodillas hacia mi pecho para ocultar lo rota que estoy.
No veo cómo pueda recuperarme de esto.
Lo he amado desde que tenía diez años, e incluso aunque viví nueve años antes de eso sin conocerlo, no sé cómo vivir una vida sin él ahora.
No sé cómo funcionar en un mundo en donde él no es una parte de mi vida.
Más importante, no quiero hacerlo.
No quiero conocer nuevas personas.
No quiero experimentar la vida universitaria sin ser capaz de contarle al respecto.
Me mata que no sabré lo que está haciendo en casa. No sé en dónde vivirá ahora que el Rec cerró para siempre. No sé en dónde trabajará.
Siento como el avión comienza a descender a la tierra, hacia mi nueva realidad.
Y hay otra cosa que no sé.
No sé cómo arreglar algo de esto.
FIN DE LA PARTE I.
Bueno, por fin llegamos al punto del primer capítulo, básicamente el primer capítulo es la continuación de éste y la entrada del diario de Bella es lo que pasa después del primer capítulo, cuando ella se va a Nueva York :(
¡Mil gracias a las chicas que dejaron sus reviews!, gracias a:
Yani B, Tata XOXO, Paola Lightwood, bbluelilas, somas, alejandra1987, Olga Javier Hdez, NaNYs SANZ, Liz Vidal, Car Cullen Stewart Pattinson, Isis Janet, Adriu, Leah de Call, Adyel, Pameva, tulgarita, Lady Grigori y PknaPcosa.
Estoy muy emocionada por comenzar la segunda parte de esta historia, así que nos leemos el viernes ;)
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