Acércate a mí

Un juego. Como si Regina fuera de carácter juguetón, pensaba Emma. Y en ese momento preciso, bajo las amenazas joviales de la morena, la rubia se quedó desconcertada, dubitativa, escrutando la mirada intensa de la alcaldesa para intentar saber si debía o no confiar en ella, dejarse guiar en su juego impetuoso y malicioso, preguntándose a dónde la llevaría esa diosa. Aún vacilante, con su cerebro en ebullición, los pensamientos disparados en una montaña de preguntas mientras Regina enarbolaba una de sus victoriosas sonrisas, digna en su expresión altiva, demostrándole a Emma que ella tenía el control y que siempre lo tendría.

Las manos sudadas, la garganta hecha un nudo. "¿A qué juego retorcido conduciría todo esto…?", los pensamientos de la rubia se hicieron más apremiantes, a media que sus ojos se perdían en los de la reina, que ahora tenía sus manos en sus propias caderas con expresión insistente.

–Parece que Miss Swan está reflexionando demasiado…

–Es usted retorcida

–Oh, no se haga la santa, no sería creíble. Además no le he pedido la luna. Solo intercambiar los papeles.

–No veo de qué papeles habla. ¿Me va a dar su trabajo y toma el mío?

Emma había hablado con ironía, con una sonrisa, mientras la morena se acercaba murmurando, con expresión depredadora y unos aires felinos que acompañaban el conjunto.

–Caliente…

Cosa que desconcertó a la rubia, que retrocedió un paso, la voz vacilante. No era indiferente al nuevo jueguecito de Regina, se sentía de verdad caliente, el rostro y el cuerpo entero.

–No es divertido…¿A qué está jugando?

–¿Sí o no?

–Dígame el fundamente de su juego…¡Después responderé!

–¡No! Soy yo quien da las cartas…Quien dicta las reglas…

–Entonces…¿Las reglas?

A medida que las palabras se multiplicaban, la rubia retrocedía, y la morena avanzaba en el estrecho espacio que separaba sus cuerpos. Sus voces se hacían más cálidas, más sensuales, una octava más baja a cada segundo, único testigo del ambiente y de la tensión presente entre las dos mujeres.

–Invertimos los roles, se lo he dicho…Yo me enamoro perdidamente de usted, y usted me rompe el corazón…

–¿Y por qué eso es un cambio de roles? Yo no estoy…

–Miss Swan…Deje de negarlo ya…

–Oh, ¿y usted me dice eso?

–Completamente…Yo siempre he actuado en consecuencia.

–¡Contra un muro!

–Usted misma

–Pero, no veo por qué yo le rompería el corazón…

–Porque yo he roto el suyo, huyendo cuando nos besamos, yendo por la noche a murmurarle cosas idiotas…Mandándola a paseo cuando su comportamiento me excedía…

–¡Oh, por favor, Regina, haría falta mucho más que eso para romperme el corazón!

–Para mí habría sido suficiente. No hay que tomarlo a la ligera…

–Yo no he hecho nada…

–No, pero sé que un día, yo romperé el suyo. De verdad. Literalmente. Amar es darle el poder al otro para hacernos daño. El amor es una debilidad, ya debe haberlo escuchado muchas veces…

–¿Y por qué haría usted eso?

–Porque soy yo…Yo soy la malvada, yo soy Regina…

–¡Usted es mucho más que eso! Usted es Regina, precisamente….Usted es también dulce, tierna, sensual…

Las dos mujeres estaban ya a pocos centímetros. Emma había acabado por chocar contra la pared que tenía detrás y la morena se había acercado al cuerpo de la rubia. Sus cálidos alientos se mezclaban en los pocos centímetros que separaban ambos cuerpos. Emma casi podía sentir el pecho de la morena pegándose al suyo con cada respiración. Se miraban a los ojos, intensamente. No se sabía muy bien si iban a saltarse encima bestialmente o darse una bofetada para recuperar prestancia. Y era eso entre las dos. Las dos eran fuertes, vivían y peleaban por el amor de su hijo. Bajo sus corazas de plomo bien disimuladas en sus buenas maneras. Regina, en su habitual traje y su absoluto control de todo lo que la rodeaba, y Emma, tras su sempiterna chaqueta roja, su arrogancia y su falta de autoconfianza. Las dos eran orgullosas, luchando para adivinar quién sería la primera en flaquear. Ninguna de las dos estaba lista para ceder el lugar. Ni bajar los brazos para coger a la otra en su regazo o para abrazarla. Sencillamente porque, sin excusas, y con sus máscaras puestas, la cosa más difícil era desnudarse, autorizarse a amar.

Parecía que la morena había dejado que tras su máscara se descubrieran sus ojos, porque durante ese cumplido hacia ella, sus pupilas de ébano comenzaron a brillar con un aura anaranjada. Una pequeña sonrisa, muy diferente a las suyas, que le daba las gracias a Emma en silencio, por su comprensión, su gratitud. Porque si los gestos no eran suficientes, las palabras, estas, se bastaban por sí solas. Y decirle a la más malvada de la historia que no era sino Regina era lo más hermoso que podían decirle. Que ahí, a ojos de Emma, no solo era una Reina Malvada en busca de poder. Porque Emma lo había comprendido desde hacía mucho tiempo. Sabía que la alcaldesa no era una malvada como ella leía en los libros. No era malvada por placer, así porque sí, sino por sufrimiento, por soledad, por venganza, por amargura. Porque no tenía nada más que hacer, nadie que la amara…Y para no pensar en lo que había perdido, a veces, era mejor destrozar lo que había causado esa pérdida. ¿Y quién sabe cómo los otros personajes de cuento, tan encantadores y tan amables, hubieran actuado? ¿Si el Príncipe Azul hubiera sido asesinado, Snow White lo habría tomado con una sonrisa y diciendo que perdonaría a aquel que le hubiera arrancado a su amor? ¿Se lo habría agradecido con un ramo de flores y habría seguido su camino en busca del amor verdadero? Pues no…Como bien dice su mentora de cuerpo perfecto, el mal no nace, se hace.

En un silencio absoluto, aún hundidas en sus pensamientos, las dos mujeres se miraban, se observaban, se analizaban, se deseaban en silencio. Después sus miradas respectivas descendieron hacia sus labios, deseosos, golosos…La mirada de la morena brillaba, mientras se pellizcaba sus propios labios. La rubia, al ver ese gesto se pellizcó los suyos, con una mirada de aprehensión. Y si ella huía otra vez…

Se quedó entonces ahí, derecha como una i, pegada a la pared mirando a su deseo delante de ella, quien no estaba preocupada por las reacciones de la rubia. Regina, que estaba dándose cuenta de la contención y el control de Emma, se acercó para pegar su cuerpo al suyo, y acercar una mano hacia la cabellera dorada. Emma cerró los ojos ante el contacto, y la morena sonrió más mientras acercaba lentamente sus labios, atenta a que la rubia no cambiara de expresión. Sus labios se sellaron en un contacto casto. Cada una saboreó los labios de la otra durante un breve instante, antes de que el deseo de profundizar el beso se hiciera presente. Sus labios se besaban, se mordisqueaban, se succionaban mientras la rubia intentaba deslizar lentamente, con una elegancia que hizo sonreír a la morena, su lengua por sus labios. La morena le abrió entonces paso y en una danza carnal, ardiente, retenida durante lustros, sus lenguas se descubrieron con diversión, con pasión durante largos minutos, antes de que el aire les faltase. Y en un murmullo, uno solo, la morena sonrió volviendo a abrir los ojos.

–Lo ves, es así como uno se enamora…