N/A: ¡Aquí tenéis un nuevo capítulo, recién salido del horno! Como siempre, gracias a todas los que os habéis pasado a dejar vuestros comentarios, favoritos, etc... ¡No sabéis la ilusión que me hacen! Una cosa curiosa que me ocurre con este fic es que casi todos los capítulos están saliendo desde el POV de Draco y no desde el de Hermione (normalmente es al revés).
¡Ahora a leer!
Un asunto provisional
Capítulo 9
Cuando Draco llegó a la oficina a la mañana siguiente, Granger ya estaba allí. Al dirigirse a su escritorio, comprobó complacido que ella había correspondido a su invitación del día anterior dejando una taza de café humeante sobre la mesa. Como recibimiento, Granger alzó la vista de su pergamino y le dedicó una breve inclinación de cabeza.
–Buenos días, Malfoy, hoy tenemos mucho trabajo: debemos repasarlo todo para la visita del embajador francés de mañana, así que te hará falta una buena dosis de cafeína.
WOW, definitivamente Granger era totalmente lo opuesto a una romántica. Cosa de la que Draco se alegraba de veras; se había encontrado con bastantes chicas que, después de un rollo de una noche se volvían excesivamente pegajosas y obsesivas: le mandaban notitas perfumadas y cometían auténticos despropósitos tratando de llamar su atención. Resultaba un auténtico alivio que Granger no fuera de ese tipo de personas.
Draco se dirigió al perchero para colgar su túnica, asegurándose que no se formaba ni una sola arruga. Luego, alzó los brazos y se estiró como un gato: había comprobado que los días posteriores al celo, se encontraba francamente bien: más fuerte, más ágil, más motivado. Se sentía capaz de conquistar el mundo él solo. Divertido, se percató de que Granger, por el rabillo del ojo, estaba atenta a cada uno de sus movimientos. Bien. Él no era una persona humilde: cada vez que se miraba al espejo podía constatar que los genes veela habían hecho bien su trabajo. Se acercó hasta el escritorio de ella y por encima de su hombro, echó un vistazo a los documentos que la mantenían tan interesada.
Entonces, para su inmenso alivio pudo comprobar que el efecto de Granger sobre él había disminuido considerablemente; aún sentía deseo por ella y no podía negar que la idea de tomarla sobre el escritorio resultaba profundamente atrayente; pero una vez había consumado el apareamiento, se sentía perfectamente dueño de sí mismo y capaz de controlarse. Bien, debía confesar que estaba especialmente ilusionado con aquel proyecto: era su oportunidad de demostrar que podía hacer algo bueno, que más allá de su apellido o los crímenes de su familia, Draco podía contribuir a hacer una mejor sociedad mágica.
–¡Qué madrugadora, Granger! ¿Qué te traes entre manos?
Ella se giró en la silla para enfrentarlo y le alargó un legajo de pergaminos.
–He extraído de los archivos ministeriales los registros de las principales mercancías importadas y exportadas desde Francia, así tendremos una base para la discusión mañana con el embajador –Draco tomó los documentos, ojeándolos por encima. No podía negar que era una aproximación bastante práctica e inteligente–. Ahí tienes las principales cantidades y los precios que alcanzaron en el mercado.
Con el fajo de pergaminos en la mano, se sentó detrás de su propio escritorio, dispuesto a estudiarlos. Se encontraba bastante ansioso por exponer su propuesta a Granger y comprobar su reacción, pero se jugaban mucho con aquella reunión y en cualquier caso, la puesta en marcha de su plan podía esperar hasta la tarde.
Durante un par de horas, el único ruido que se escuchó en el despacho fue el tictac del reloj en la pared y el rasgueo ocasional de la pluma sobre pergamino. Cuando no se comportaba como una insufrible marimandona, era bastante agradable trabajar con Granger: ambos eran reflexivos, independientes y disfrutaban del silencio. Draco recordaba cómo en Hogwarts, a menudo se aislaba en una mesa solitaria de la biblioteca, cansado de que Blaise y Theo le distrajeran continuamente, impidiéndole estudiar. Cuando Potter y la comadreja –aunque había llegado a apreciar en cierto grado a su hermana, Draco no había llegado al punto de referirse al pelirrojo de otro modo que por su apodo del colegio– colmaban la paciencia de Granger, ella solía hacer lo mismo: se marchaba a estudiar sola en un rincón apartado. Algunas veces él y Granger intercambiaban miradas de animadversión desde sus respectivas mesas, situadas en rincones opuestos de la biblioteca, pero en secreto, a ambos les unía aquel particular ritual de estudio. Allí, en aquel despacho, Draco se sentía transportado hasta aquella época escolar.
Sus reflexiones se vieron interrumpidas por el rugido de sus tripas. Draco alzó la vista, algo avergonzado, pero se encontró con la de Granger, que le sonreía amistosamente desde su mesa.
–La verdad es que yo también me muero de hambre, Malfoy. ¿Quieres que bajemos a la cantina a tomar un tentempié y aprovechamos para intercambiar nuestras conclusiones?
Ni al propio Draco podría habérsele ocurrido una idea mejor, así que antes de que Granger cambiara de opinión, se apresuró a levantarse y tras ordenar sus apuntes en un pulcro montón, fue directo hacia la puerta del despacho.
Cuando entraron juntos en la cantina, el resto de los trabajadores allí congregados no lanzaron más de una mirada en dirección a Draco; la mayoría se había acostumbrado ya a verlo por allí y, a regañadientes, se habían acostumbrado a su presencia. Tampoco era nada inusual el que tuviera que colaborar con Granger en algún caso y lo más probable era que ya se hubiera corrido la voz de su papel como coordinadores del proyecto Europa. Ella lanzó una rápida ojeada al menú –canelones– y se le iluminó la mirada. A Draco le resultó muy tierno el hecho que algo tan simple le provocara semejante ilusión.
«¿Muy tierno el hecho de que se ponga contenta porque haya canelones de comer ¿Tú estás tonto o qué te pasa?» ignoró la molesta voz de su subconsciente y se concentró en otro asunto más acuciante: Granger parecía estar de un humor espléndido y una vez que calmara su hambre, estaría mucho más relajada. Draco encontraba muy difícil encontrar un momento más propicio para exponer su propuesta. Una vez ambos se hubieron servido, se dirigió a una mesa un poco alejada del bullicio general, «así podremos charlar más tranquilos» explicó a Granger. La chica se mostró de acuerdo y tomó asiento frente a él, mirando con avidez la comida de su bandeja.
–Realmente eres una fan de los canelones, ¿eh, Granger?
El rostro de la chica mudó hacia una expresión tan triste que Draco quiso golpearse así mismo por haber abordado el tema.
–Es mi comida favorita desde que era pequeña. Cuando nos daban vacaciones en Hogwarts y volvíamos a casa, mi madre siempre los preparaba para celebrar mi regreso. No sé cómo los cocinaba exactamente, pero nunca he vuelto a probar unos canelones como los suyos.
Por las habladurías del Ministerio, Draco sabía lo que les había sucedido a los Granger. Al parecer, habían sido sometidos a un hechizo desmemorizante tan potente que había resultado imposible de revertir. Ellos eran incapaces de recordar incluso que tenían una hija.
–Lamento mucho lo que les ocurrió, Granger. A tus padres, quiero decir –Draco tragó saliva, los temas emocionales jamás habían sido su fuerte–. Debe resultarte muy duro.
–Ellos están sanos y salvos y son muy felices con su vida en Australia, Malfoy. Eso es lo que realmente importa.
Granger compuso una breve sonrisa nostálgica e hincó de buena gana el tenedor en el primer canelón. Casi instantáneamente su expresión melancólica se transformó en una de placer.
«Ahora o nunca» se resolvió Draco.
–Esto… Granger he estado pensando en lo que ocurrió anoche entre nosotros y…
Un brillo de alarma apareció en sus ojos marrones.
–Yo… ¡tomé la poción en cuanto llegué a casa! Si eso es lo que te preocupa –Granger tragó saliva visiblemente nerviosa–. En cuanto al resto, si hice algo mal yo…
«"Si hice algo mal" ¡Merlín! ¿Cómo aquella mujer podía llegar a ser tan complicada? ¡Ha sido el mejor polvo de mi vida y ella aún se cuestiona si es que hizo algo mal!» Draco quiso echarse a reír ante lo absurdo de la situación, pero por experiencia, supo que a ella no le sentaría nada bien, así que se las apañó para mantener su característica impasibilidad.
–No, Granger, no hiciste nada, mal. Todo lo contrario, de hecho –se pasó la mano por el pelo, mientras trataba de encontrar las palabras correctas. Aquello iba a resultar más difícil de lo que inicialmente había previsto–. Anoche… el caso es que… tal vez fue una impresión exclusivamente mía… pero la cosa es que, bajo mi punto de vista, tenemos una química sexual alucinante.
Ya estaba, ya lo había soltado. Granger se sonrojó, abrió la boca para decir algo, luego pareció pensárselo mejor porque la cerró y aguardó a que Draco siguiera hablando.
–El caso es que nos esperan semanas, meses, en realidad, muy intensos en lo que a trabajo se refiere y soy consciente de que mi condición puede resultar un fuerte impedimento para el éxito del proyecto…
Ahora la confusión ante el brusco cambio de tema era patente en el rostro de ella, «tal vez me esté desviando demasiado» pensó Draco.
–Pues bien, lo he estado meditando y se me ha ocurrido que tal vez, tú y yo podríamos llegar a… un acuerdo beneficioso para ambos. Verás, en los próximos meses ambos debemos concentrar nuestros mayores esfuerzos en el proyecto, en que todo salga bien, pero una vez al mes yo voy a tener que lidiar con esta cosa del celo. No tengo demasiado tiempo de ocio y desde luego, no para establecer una relación ni nada semejante y es obvio que no me sirve un rollo de una noche porque está todo el tema de las alas y cualquier chica saldría espantada a la primera de cambio –ahora que Draco había comenzado a exponer sus argumentos, parecía mucho más fácil seguir hablando–.
»Luego estamos tú y yo: ya lo hemos hecho un par de veces y debo confesar que, al menos por mi parte, lo he disfrutado enormemente. Soy consciente de que nunca nos hemos llevado especialmente bien, ni somos amigos en el estricto sentido de la palabra, pero te respeto, Granger, y confío en ti, al menos todo lo que puedo llegar a confiar en alguien. Tú me has visto tal y como soy, has descubierto mi auténtica naturaleza y sigues aquí, contemplándome sin una pizca de miedo, así que hasta cierto punto, tú también confías en mí. Y ayer tú misma confesaste que querías disfrutar, pasarlo bien así que, ¿por qué no pasarlo bien juntos? Podemos establecer que, en mis períodos de celo… eh… los dos busquemos aliviarlo juntos: nos divertiremos y nos aseguraremos de la buena marcha del proyecto.
Por fin dejó de hablar y se permitió el lujo de tomar aire. Miró directamente a Granger, con expresión interrogante; ella estaba totalmente estupefacta.
–Tú… ¿quieres que pactemos tener sexo cada vez que entres en celo?
–Al menos durante la duración del proyecto, sí –aclaró Draco–. Más adelante, cuando no necesite estar tan centrado en el trabajo puedo ocuparme de buscar una solución definitiva: encontrar a mi pareja o compañera o lo que demonios sea, pero por el momento, tú y yo… llámalo un asunto provisional.
Granger se mordió el labio como siempre hacía cuando estaba considerando algo muy seriamente. «Al menos no se ha negado a la primera, eso debe ser una buena señal, ¿verdad?» Draco tenía que admitir que, en ciertas ocasiones, la dichosa vocecilla mental tenía cierta utilidad. Finalmente la chica se decidió a responder:
–O sea que tú saldrías beneficiado porque no tendrías que perder el tiempo en encontrar alguna chica en la que confiaras lo suficiente para aparearte cada mes y yo ganaría que el proyecto no se vería afectado por tu… descontrol hormonal ¿no es así?
Asintió brevemente con la cabeza y Granger continuó inquiriendo:
–Y a todo ello se suma la diversión que ambos obtendríamos a través del sexo ocasional y sin compromiso, ¿correcto?
–En resumidas cuentas, así es, Granger.
–Tengo que pensarlo –admitió ella–. Nunca se me había pasado por la cabeza entrar en un trato como éste, aunque no niego que tienes sus ventajas. No creo que pueda darte una respuesta de un momento para otro, Malfoy.
–¡Claro! –respondió él, tal vez con demasiado entusiasmo–. ¡Tómate el tiempo que necesites! Al fin y al cabo, aún nos queda un mes de margen.
Draco no cabía en sí de emoción: ella se había tragado su patética artimaña sin cuestionar sus argumentos ni tan siquiera por un instante y además, había aceptado meditar acerca del acuerdo. Desde que la idea había tomado forma en su mente, no se había atrevido a mantener sus expectativas demasiado altas, pero ahora que lo veía tan cerca… se moría por obtener una respuesta afirmativa. Conocía a Granger lo suficiente para saber que si le proponía abiertamente salir con él, ella diría que no; seguramente aportaría un variado catálogo de excusas para rechazarlo: que no creía apropiado mezclar lo profesional con lo personal, que no era una prioridad en ese momento de su vida… a saber. Draco sabía que la mejor manera de abordarla era apelando a la lógica y la racionalidad y parecía que estaba a punto de conseguirlo, o al menos, había despertado su curiosidad.
El plan de Draco se presentaba sin fallos: a través del sexo, tendría la oportunidad de conocer a Granger, de saber cómo era ella en la intimidad, libre de todas las convenciones y la rigidez del ministerio. Una vez se ganara su confianza y se mostrara cómoda con él, Draco podría evaluar si eran compatibles, si merecía la pena construir algo juntos. En ese aspecto había sido sincero con ella: odiaba estar dominado por su naturaleza veela, no ser completamente dueño de sus propios actos. Así que si después de realizar el ritual con su compañera, esto es, Granger, –de lo cual debía tener la completa seguridad puesto que era irreversible–, podría librarse para siempre del maldito celo, Draco haría todo lo posible por intentarlo.
Necesitaba saber si Granger era la persona adecuada para él, más allá de imperativos biológicos y leyes naturales y después de todo, si no lo era, acostarse con ella tampoco iba a suponer un gran sacrificio.
Mientras la miraba engullir canelones frente a él, Draco se sintió un genio de la estrategia.
Durante el resto del día, logró calmar su ansiedad concentrándose en el trabajo. Granger no hizo alusión alguna al acuerdo y Draco tampoco quiso insistir en ello. ¡Merlín lo librase de parecer tan desesperado!
Una vez que ambos hubieron leído toda la documentación que consideraron relevante, Granger y él pusieron todas sus notas en común, intercambiaron puntos de vista y elaboraron una lista de temas a considerar durante la reunión. También decidieron los temas que era mejor evitar o, en todo caso, pasar por alto diplomáticamente. Draco consiguió mantener una actitud estrictamente profesional en todo momento. A media tarde, consideraron que ya tenían material más que de sobra y que lo mejor era marcharse a casa y descansar para estar despejados en la reunión de la mañana siguiente.
Se despidieron con un aséptico "Buena tarde" antes de tomar caminos separados en dirección a la red flu.
La tarde pasó en un estado de excitación nerviosa para Draco. Para cuando anocheció, estaba cansado de dar vueltas en torno a su pequeño salón, como un león enjaulado. Sentía que las cuatro paredes del apartamento lo engullirían si no lograba aplacar el motivo de su ansiedad. Después de reflexionarlo durante horas, se resolvió a tomar cartas en el asunto; si no obtenía una respuesta pronto, la incertidumbre se lo comería vivo.
Y al diablo si Granger lo tomaba por un desesperado.
En realidad lo estaba.
Escribió unas cuantas líneas a Potter y su respuesta no se hizo esperar demasiado: quince minutos después de enviar su misiva, Draco ya tenía una tarjeta con una dirección entre las manos. Antes de que su vocecilla interior le sermoneara acerca de la estupidez que estaba a punto de cometer, él ya se había aparecido en una callecita de un barrio residencial muggle a las afueras de Londres. La calzada estaba flanqueada por bloques de apartamentos de no demasiada altura, rodeados de jardines bien cuidados. El barrio emanaba tranquilidad y sosiego; de algún modo, cuadraba con Granger, siempre tan meticulosa y perfeccionista.
Draco frunció el ceño y comprobó los números anotados en la tarjeta; sin pararse a pensar dos veces, se encaminó hasta el bloque de Granger; aprovechó que una viejecilla entraba en su portal para sostenerle la puerta y se coló tras ella. La mujer lo miró con recelo, pero cuando el chico le dedicó una sonrisa irresistible y se ofreció a ayudarla con las bolsas de la compra, todas sus sospechas se vieron instantáneamente disipadas.
La señora Jenkins –así se llamaba la anciana– resultó vivir en el apartamento al lado del de Granger, en un tercero sin ascensor. Mientras subían la escalera, Draco llevó las bolsas de la mujer «¿Cómo diablos aquella ancianita podía cargar con tanto peso sin ayuda de la magia?» y descubrió que las señoras muggles de la tercera edad eran tan chismosas como las brujas de la tercera edad.
–Así que eres compañero de trabajo de Hermione –el tono de la mujer sonó como un interrogatorio a los oídos de Draco.
–Sí, nosotros esto… trabajamos juntos, compartimos oficina, ¡eso es! –se apresuró a aclarar el chico, sin estar seguro de cuánto podía revelar sin tener que infringir el Estatuto Mágico del Secreto.
–¿Y la visita es por motivos profesionales o hay alguna razón más personal?
¡Será cotilla la vieja!
–Vengo a devolverle a Granger unos documentos que dejó olvidados en su mesa.
–¡Ah bueno! En cualquier caso, me alegro de que un muchacho tan guapo venga a visitar a Hermione ¿sabes? –la señora Jenkins lanzó una mirada evaluadora a Draco por encima de sus gafas–. Hermione es una chica un poco solitaria y me da pena porque es una joven muy bonita y además, amable y sensata, pero no hay manera: las únicas veces que la veo salir son casi siempre de casa al trabajo.
Draco verdaderamente comenzaba a arrepentirse de la idea de acudir de visita a casa de Granger, cuando finalmente llegaron a su rellano. La señora Jenkins le indicó que dejara las bolsas en la puerta marcada con la letra "A" al tiempo que señalaba la letra "B" con la cabeza.
–Ése es el piso de Hermione –indicó, sin hacer el menor esfuerzo por disimular su curiosidad.
Draco se aproximó a la puerta de Granger, mientras a su espalda, la señora Jenkins jugueteaba con las llaves, demorando lo máximo posible el momento de entrar en su propia casa. Sentía clavada en su nuca la mirada de la mujer, así que no tuvo más remedio que golpear la puerta un par de veces. Al otro lado se escuchó un poco de jaleo, el maullido de un gato y un objeto caerse al suelo. Por fin, la puerta se abrió y Granger apareció en el umbral, con el cabello despeinado y un conjunto de pantalones y suéter grises holgados –una prenda muggle que gracias a Blaise sabía que se llamaba "chándal"–.
–¿Malfoy? –Draco lamentó no tener una cámara fotográfica consigo para retratar el rostro estupefacto de Granger en el momento en que lo descubrió ante su puerta.
–¡Hermione! Me he encontrado a este muchacho tan amable en el portal y me ha ayudado a subir la compra –intervino la señora Jenkins que al parecer aún no había conseguido encontrar la llave correcta–. ¡Dice que trabaja contigo y que ha venido a traerte unos papeles que dejaste olvidados!
Granger lo sorprendió agarrándolo de la solapa de la chaqueta con el propósito de arrastrarlo al interior de su propio apartamento.
–¡Eeeeh, sí, señora Jenkins! ¡Malfoy y yo tenemos mañana una reunión importante y ha venido a asegurarse de que todo está correcto! –entornó la puerta y antes de cerrarla de golpe, añadió – ¡Buenas noches, señora Jenkins!
Luego se giró hacia él, con una mueca de enfado tal, que terminó por hacerle lamentar la idea de haber ido a visitarla.
–¿Se puede saber qué le has contado? –Granger lo miraba con el ceño fruncido y las manos en las caderas, en una pose amenazante.
–¡Nada! –se defendió Draco–. Ella me encontró en el portal y me asaltó a preguntas. ¡Yo sólo le dije que era tu compañero de trabajo!
–Bien –resopló la chica– todo el bloque sabe que la señora Jenkins es una cotilla incorregible.
Draco ya estaba comenzando a relajarse creyendo que había superado el primer obstáculo cuando Granger, sin abandonar su expresión hostil, inquirió.
–Ahora, Malfoy ¿vas a explicarme qué haces aquí y cómo has averiguado dónde vivo? –le apuntó el pecho con el dedo– ¡Y no te andes con excusas tontas! Acabo de revisar toda la documentación y sé que no he olvidado nada en el despacho.
N/A: Alguna aclaración sobe el tema vínculo-pareja veela: la verdad creo que no es muy canon y es un concepto más bien extraído de otros fics (omegaverses, soulmate, etc...). Mi inspiración para el asunto del vínculo ha venido la saga de A Court of Thorns and Roses de Sarah J. Maas (en mi página de FB no puedo dejar de recomendarla): donde tratan el tema vínculo como algo biológico, que une a las parejas que pueden producir mejor descendencia; a pesar de este vínculo puede existir mayor o menor compatibilidad entre caracteres de la pareja (o sea que por muy vínculo que haya, puede resultar que la convivencia sea un horror o que sencillamente, no exista "chispa" entre ambos).
Perdón por la charla, pero es un tema por el que me habéis estado preguntando y entiendo las dudas porque es un concepto algo confuso.
Y creo que ya está todo lo que quería contar. ¡El capítulo 10 lo tendréis el viernes 29! Haré todo lo posible por poder publicar también el domingo.
Como siempre, los reviews son bienvenidos y muy agradecidos. ¡Me encanta saber qué opináis y recibir dudas, sugerencias o críticas (constructivas).
¡Buen Domingo!
