La Propuesta


[La Historia, imágenes y personajes NO me pertenecen, los tome para entretenimiento, SIN ánimo de LUCRO]


Capitulo 8

Noviembre

El coche flamante componía una estampa digna de ver por las calles de Konoha el domingo por la mañana. Kurenai, con una sonrisa en los labios, los saludó discretamente cuando pasaron por su lado.

-Merecía la pena que esperaras tanto para encontrarlo, Hinata -murmuró para sí-. Te garantizo que pondrá color en tus mejillas y un niño en tu vientre antes de que acabe el invierno.

Kurenai había sido la más empecinada defensora de Hinata cuando rechazó a Toneri Ōtsutsuki. Machiko, al contrario, la criticó vaticinando que aquélla iba a ser su última oportunidad de casarse. Kurenai, por su parte, siempre pensó que la fascinación de Ōtsutsuki era para la granja y no para la propietaria.

Ahora, contemplando el surrey avanzar hacia la iglesia en una radiante mañana de otoño, Kurenai se sintió de sobra vindicada. Si había existido algún hombre atractivo en aquella ciudad, ése era Naruto Namikaze. Era un hombre que merecía respeto, desde el cabello discretamente engominado, hasta la punta de sus botas relucientes.

Se rumoreaba que había encargado el coche sin la aprobación de Hinata, que había comprado las yeguas en un arrebato y también que había construido un cercado nuevo en un abrir y cerrar de ojos, todo en los dos primeros meses de su matrimonio con aquella joven de lengua afilada. Lo que Hinata tenía que decir de todo aquello era un misterio, puesto que nunca había tenido confianza con ninguno de sus vecinos.

Frente a la iglesia, Naruto bajó al suelo con un salto que evidenciaba su fuerza física. Los dos niños lo imitaron de inmediato. Al cabo, se volvió hacia su esposa.

-¿Quieres que te ayude a bajar, señora Namikaze?

Aun siendo consciente de que la gente los miraba, Hinata sólo tenía ojos para él. Ni siquiera la cicatriz lívida disminuía su atractivo. Al contrario, distinguía a Naruto con un mensaje silencioso, aquél no era un hombre al que se pudiera subestimar. Su cara llevaba unas marcas misteriosas, desde el puente torcido de la nariz a las cicatrices que lucía con absoluta seguridad en sí mismo. Sí, se había casado con un hombre al que no se podía ignorar.

Y, a menos que se equivocara, no estaba lejos el día en que tendría que rendirse a la evidencia. Hinata aceptó su mano, pero en cuanto se volvió para descender, sintió que él la guiaba con la otra posada en su cintura.

Era una costumbre que Naruto había adoptado últimamente, tocarla a la menor oportunidad. A esas alturas, ella ya debería estar acostumbrada al calor de su mano en la espalda mientras caminaban hacia la iglesia. Llevaban cumpliendo con aquel ritual dos meses, desde que se casaron en septiembre.

Pero claro, hay ciertas cosas a las que cuesta tiempo acostumbrarse. Como el modo en que su mirada la abrasaba cada vez que recorría sus formas lentamente. No de un modo del que Hinata pudiera quejarse, tampoco cuando estaban los niños cerca. Y estaba el truco de darle las buenas noches para verla subir la escalera. Sus mejillas ardían con una mezcla de inquietud y excitación. Hinata levantaba un pie y luego el otro, sabiendo sin la menor sombra de duda que aquellos ojos azules seguían todos sus movimientos.

Cualquiera hubiera pensado que la cotidianidad del ritual la habría ayudado a establecerse en una rutina cómoda, pero no había rutinas en la vida que compartía con Naruto y tampoco demasiado consuelo. La mano se movió sobre su espalda para posarse entre los hombros. Era un mensaje mudo. Hinata levantó la cara y quedó prendada de la sonrisa que él le dedicaba. Tenía la impresión de que ya conocía a aquel hombre y, sin embargo, sabía que no lo conocía en absoluto. Lavaba su ropa y doblaba sus calcetines y sus prendas interiores para guardarlas ordenadamente en los cajones, pero se las dejaba en la consola del pasillo, fuera de su habitación. Planchaba todas sus camisas, pero nunca tocaba la piel que cubrían.

-Kurenai te está saludando -susurró él. Hinata volvió a levantar la vista. Kurenai apretaba el paso para cruzar la explanada de la iglesia, sorteando el barro y los charcos, haciéndole señas de que la esperara.

La encargada de la oficina de correos ya había pasado la flor de la vida. Hinata sabía que debía tener unos cuarenta años por lo menos, pero la firmeza de su cutis y el color negro de su pelo ensortijado la convertían en una de las mujeres más bonitas de Konoha. Hacía tiempo que no se especulaba con las razones que la habían conducido a quedarse soltera, pero la gente había terminado por aceptarla tal como era, una mujer sola a la que se le había pasado la edad para casarse, una empleada permanente en la pequeña oficina postal que ocupaba una esquina de la tienda de Yamanaka.

-¡Hinata! ¡No viniste a la ciudad ayer!

No era un reproche, sino la constatación de un hecho, y Kurenai acompañó sus palabras con un abrazo y un roce de mejillas.

-Ya vinimos el jueves -dijo Hinata-. Dos veces por semana, igual que siempre.

-Bueno, yo sabía que podía buscarte mañana, pero quería decirte que ha llegado un catálogo para ti y una carta para tu marido. Creí que podía ser importante.

Naruto se detuvo ante las puertas de la pequeña iglesia.

-¿Cuándo llegó esa carta, señorita?

-Ayer por la mañana. Puede que no sea nada, pero no me importa abrirle la oficina para que la recoja, señor Namikaze.

Sin esperar su respuesta, Kurenai volvió a contemplar detenidamente la cara de Hinata.

-Tienes buen aspecto, criatura. Yo diría que el matrimonio te sienta bien, pero estoy segura de que ya te lo habrá dicho todo el mundo y no quiero parecer una mona de imitación.

-Gracias -dijo Hinata, dándose cuenta de que tras ella empezaba a formarse una cola de feligreses que esperaban para entrar-. Creo que estamos estorbando el paso, Naruto. Será mejor que sigamos.

Naruto le puso la mano en la cintura mientras abría la puerta y la hacía pasar para después cederle el turno a Kurenai con un gesto.

-Se lo agradecería mucho, señorita Yūhi. Hablaremos después del servicio.

Quizá quiera que la llevemos en nuestro surrey nuevo.

Kurenai le dio las gracias, se sentó en su banco habitual y contempló a la pareja avanzar por el pasillo. La familia Hyūga siempre se había sentado a la derecha, en la cuarta bancada a partir de la puerta. No era que su nombre estuviera grabado en aquella madera de roble, pero el sitio les pertenecía por costumbre. Ahora lo ocupaban los recién casados y sus dos pequeños.

El servicio era alegre, una celebración del día de Acción de Gracias en honor de la fiesta que tendría lugar en cuatro días. La congregación cantó con vigor, el pequeño coro le añadía un volumen considerable a la música. El reverendo había recopilado en las escrituras todas las razones que pudo encontrar para que se sintieran agradecidos y se las presentó con entusiasmo. En realidad, tan larga era la lista que Hinata empezó a compadecerse de la visible incomodidad de los niños mucho antes de que el sermón concluyera.

-¡Oremos!

El joven reverendo inclinó la cabeza en medio de un suspiro de alivio casi general e impartió su bendición por encima de las cabezas de sus feligreses.

-...ahora y por siempre, amén.

El sol del medio día era espléndido, desacostumbradamente cálido para aquellas fechas, algo que los fieles agradecieron al salir del templo.

-Me alegro de verlo, señor Namikaze -gorjeó Azami Yamanaka -. A ti también, Hinata -añadió con una sonrisa mientras los miraba con ojos penetrantes-. Desde luego, hacen una pareja encantadora. Hacía siglos que no te veía con tan buena cara, Hinata.

Naruto deslizó una mano posesiva sobre la cintura de su esposa y asintió con la cabeza para dar las gracias.

-Yo creo que siempre tiene una cara preciosa, señora Yamanaka -dijo educadamente, antes de llevar a Hinata hacia el coche.

Moegi Kazamatsuri, la maestra de la escuela, se plantó ante ellos.

-Señor Namikaze, ¿no le parece que debería mandar a su hijo mayor a clase?

-preguntó con la mirada clavada en aquel hombre rudo y atractivo.

A Hinata se le ocurrió que la cicatriz y la nariz torcida no parecían ser defectos en aquella ciudad. Era obvio que Moegi estaba deseando conocer al recién llegado. En seguida se arrepintió de sus pensamientos mordaces y decidió que aquella joven se encontraba en buena compañía. Desde luego, el atractivo de Naruto no se basaba en la perfección. El brillo de sus ojos y la sonrisa con que saludaba a la maestra, bastaban para acelerar el corazón de cualquier mujer joven. Incluyendo el de Hinata.

«Pero se ha casado conmigo», pensó no sin cierto grado de vanidad.

-El año que viene, Moegi -respondió Hinata por él, que no tenía la más ligera idea de cómo se llamaba la maestra-. Mi marido ha decidido enseñar a leer a Misuke este invierno en casa. Cuando sea un poco mayor, lo subiremos a un caballo y se lo mandaremos a la escuela.

Junto a ella, escuchó la expresión de asombro de Misuke. El niño le tiró del vestido.

-¿Lo dices en serio, señorita Hinata? ¿De verdad voy a ir al colegio en una de las yeguas nuevas?

-Para eso las hemos comprado, Misuke -dijo ella, reconfortada con el placer que veía en su cara.

-Pero pasará un tiempo antes de que puedas montarla, hijo.

Aquella advertencia no hizo mella en el entusiasmo del niño. Sus ojos brillaban de anticipación mientras daba saltos de alegría.

-¿Y cuando tenga ocho años, papá? ¿Podré montarla cuando los cumpla?

Por primera vez en varias semanas, Misuke le sonreía a Hinata sin disimular su alegría, dejando ver los hoyuelos de su cara, radiante de felicidad.

-¿Cuándo es tu cumpleaños?

-En abril -dijo el niño sin vacilación-. No falta casi nada.

-Primero tendremos que pasar el invierno -le recordó Naruto-. Ni siquiera ha empezado a nevar, pero ya verás qué pronto llega la primavera.

Misuke echó a correr delante de ellos y subió al asiento trasero del coche, excitado, con las mejillas encendidas, sin poder estarse quieto.

-¿Esa señora va a ser mi profesora?

-Seguramente -contestó Naruto mientras subía a Arashi-. ¿Dónde está Kurenai?

Puede ir con los niños.

-Ahí viene -dijo Hinata.

Kurenai se acomodó entre los dos pequeños. Tuvieron que recorrer dos veces la Calle Mayor para satisfacer las demandas de Misuke y Arashi de que pasearan a la empleada de correos. Una bastó para que Hinata averiguara que el catálogo era de Sears y Roebuck. Decidió que lo leería por el camino de vuelta. Los tres kilómetros del viaje iban a hacérsele muy cortos hoy.


-La carta era de mi cuñada Sāra.

Hinata había sentido curiosidad desde el día anterior, pero comprendía que él la tenía que leer en privado y había decidido ocuparse de sus propios asuntos. Esa mañana estuvieron ocupados cargando la carreta para el viaje de los lunes a la ciudad, el más productivo de la semana, en lo que a ella se refería.

Hinata había tratado de quitarse de en medio, intentando no extrañarse por el retraimiento de su marido en las últimas horas. Finalmente, salieron hacia Konoha cargados con cestas de mantequilla y huevos y los dos niños sentados en la parte de atrás, con las piernas colgando fuera. En aquel momento, Hinata pensó que ya había esperado bastante.

-¿Pasa algo malo? -preguntó preocupada.

-No, al menos, eso creo. Supongo que eso dependerá del punto de vista de cada cual.

Tras una breve pausa, Naruto la miró a los ojos.

-¿No sientes curiosidad por saber cómo ha sabido adónde mandarla, Hina?

-Creo que no lo he pensado. Me figuré que avisarías a tu familia de dónde pensabas instalarte.

-Yo no tengo familia. Legalmente, Sāra y yo ya no somos parientes. Su esposo ha muerto -dijo mientras ponía a los caballos al trote.

-¿No habías dicho que no pasaba nada malo? A mí me parece que ése es un problema serio.

-No dirías lo mismo si hubieras conocido a Kisame Hoshigaki. Seguramente era el borracho más bruto y sinvergüenza de Fall River, Sunagakure. Nunca entendí cómo Sāra había podido casarse con él. Salió a cazar y se las arregló para caer sobre su propia arma al saltar una cerca.

-¿Y qué va a hacer Sāra ahora?

Imaginarse a una mujer sola no provocaba sentimientos de desesperación en Hinata. La soledad no era lo peor que podía pasarle a una mujer, según su forma de pensar. Aun así, si Sāra era la clase de mujer dependiente que se aferra a su marido como una enredadera, podía resultar duro para ella.

- Sāra estará bien, tiene la casa pagada y cose para las señoras de la ciudad. No te creas, cobra unos precios altos. Además, sospecho que Kisame la ha dejado bien situada. Era un hombre trabajador cuando no bebía y le gustaba ahorrar su dinero. En resumen, Sāra está pensando en hacernos una visita para ver a los chicos.

-¿Sabe que nos hemos casado?

Naruto volvió a chasquear las riendas y los caballos aceleraron el trote.

-Le conté que me iba a hacer cargo de tu hipoteca cuando le escribí para decirle dónde estaba. Espero que se lo haya imaginado.

Hinata miró hacia delante. Juntó las manos sobre el regazo y se frotó despacio los dedos enguantados.

-¿Por qué no se lo has dicho?- El ceño de Naruto era amenazador.

-Le escribí antes de que nos decidiéramos. Justo después de llegar aquí.

-Cuando liquidaste la hipoteca, ya estábamos comprometidos, Naruto.

-Bien, le dije que yo iba a encargarme de la hipoteca y tú de cuidar a los niños, que íbamos a compartir la granja. Tiene que haberse imaginado que íbamos a casarnos.

«Gruñona» y «beligerante» fueron las dos palabras que se le ocurrieron a Hinata para definir su actitud. Aunque suponía que podía añadir «avergonzado» a la lista.

-¡De acuerdo! Ella pensaba que era una estupidez buscar a una mujer que cuidara de los niños cuando ella estaba disponible desde hacía tiempo.

-¿Cómo querías que le dijera que no tenía intención de quedarme en Fall River, en un sitio tan cargado de malos recuerdos? Habría tenido que soportar el asedio de todas las mujeres casaderas de los alrededores para encontrar una madre para mis hijos y quería hacerlo a mi manera. Pero, sobre todo, quería empezar de nuevo.

Su expresión era oscura, pero la actitud hosca había desaparecido, dejando tan sólo un hombre que buscaba su aprobación.

-¿No te parece que ya soy demasiado mayor para empezar de nuevo, Hinata? Eso fue lo que dijo Sāra cuando nos fuimos. Me dijo que me estaba portando como un niño, que me negaba a aceptar la realidad.

-Creo que nunca es demasiado tarde para volver a empezar, Naruto. Yo también lo he hecho un par de veces.

Hinata separó los dedos lentamente mientras se volvía a mirarlo. Levantó una mano y se la presentó con la palma hacia arriba, como si mendigara. Sin titubear, Naruto la aceptó, se la puso sobre los músculos firmes del muslo y la cubrió con la suya.

-Puedes leer la carta si quieres, Hina.

-No es necesario. Ya me has contado lo que dice. Hinata respiró hondo y se dio cuenta de que unos copos de nieve revoloteaban sobre los caballos. Levantó la vista al cielo.

-Va a nevar, ¿a que sí? ¿Crees que será fuerte?

-¿Así y ya está, Hinata?

-Así, Naruto. Sólo recuerda mandarle saludos de mi parte cuando le contestes. ¡Ah! Y dile que tú esposa y tú le presentamos nuestro más sentido pésame por la pérdida de su marido.

Naruto distendió los labios en una sonrisa renuente y le apretó la mano.

-Eso es lo que voy a hacer.


El martes por la mañana, el desayuno solía ser tranquilo después de los ajetreos del domingo y el lunes con los viajes a la ciudad. Pero aquél era distinto. Aquella mañana, Hinata no había sentido pereza ni cansancio al levantarse para preparar el desayuno. Tenía pensado hacer un buen uso del catálogo.

-¿Sabías que nunca antes había tenido un catálogo de Sears y Roebuck?

-Lo envían a todos los granjeros del país, Hina. Pensaba que hacías tus pedidos con ellos.

-Mi padre estaba muy ufano de no comprar nada que no necesitáramos. Decía que no tenía sentido comprar por comprar.

-Te ataba bien corto, ¿verdad? -preguntó él arqueando una ceja.

-Supongo que sí. ¿Te apetece más café? Hay algo en el catálogo que quiero que veas -dijo ella sirviéndole.

-¿Has esperado a que me ablandara con el desayuno, señora Namikaze? Primero, tortitas con jarabe de arce, después una segunda taza de café y ahora que estoy lleno y me siento razonable y satisfecho, me fastidias diciendo que quieres comprar... ¡Diablos, mujer! Trae acá mi café.

Naruto decidió que, aquel día, las mejillas sonrosadas le daban a Hinata un aspecto particularmente juvenil. Sonrió. No había manera de negarlo. Aquella mujer había florecido en los últimos meses. La solterona sombría con la que se había casado se había convertido ante sus propias narices en una chica de ojos brillantes y rostro luminoso.

Que él fuera responsable de la metamorfosis, que sus bromas y sus atenciones cariñosas hubieran provocado la transformación, era algo que sólo estaba dispuesto a admitir para sí mismo. Que disfrutaba enormemente con la tarea de poner color en sus mejillas y una sonrisa en sus labios era una bonificación con la que se deleitaba. Su mujer casi había alcanzado el punto hacia el que la había estado guiando sutilmente durante dos meses.

Y aquel punto era su dormitorio. Sin embargo, admitía que todavía no había llegado el momento. ¡Demonios! Si ni siquiera entraba en él, excepto para cambiar las sábanas una vez por semana. Estaba seguro de que incluso eso lo hacía a toda prisa y con los ojos cerrados.

Hinata.

Suspiró mientras contemplaba cómo llevaba el catálogo a la mesa. Susceptible y testaruda, era completamente distinta de la mujer con la que se había casado en Sunagakure diez años atrás, cuando creía saber lo que quería de la vida. Y allí estaba la clave, en que «había creído saber». Sin embargo, ahora estaba seguro.

Hinata le enseñó lo último en escurridoras. Por dos dólares y veinte centavos, podía tener un par de rodillos entre los que meter la ropa mojada y escurrir el exceso de agua girando una manivela.

-Para mí sí tiene sentido -dijo él.

-¿No te importa gastar el dinero? Me refiero a que no es una necesidad básica. Mis manos son fuertes y nunca he tenido problemas para escurrir la ropa. Sólo pensaba en...

-Hinata, he dicho que para mí tiene sentido. Y, como si fuera la última palabra que estaba dispuesto a decir sobre el asunto, cerró el catálogo.

-No es razonable que trabajes más duro de lo necesario. Y, ya que estamos en eso, ¿por qué no encargas una lavadora?

Naruto empezó a buscar entre las páginas mientras hablaba en murmullos.

-Si necesitas algo para la casa, sólo tienes que decirlo. Mira, aquí tienes una Fulton número Uno, una Acme y un modelo de Sears. Elige la que quieras y la incluiremos en el pedido. Lo que tú quieras. Si yo puedo comprar dos caballos, está claro que tú puedes tener una lavadora y una escurridora para acompañarla.

-Pero mi padre siempre decía que...

Aquella mano grande se movió como un relámpago hasta cubrir su boca.

-Yo no soy tu padre. Estoy empezando a pensar que no nos hubiéramos llevado bien. Si quieres una lavadora o unos rodillos para escurrir la ropa, los pediremos, Es así de sencillo.

Hinata movió los labios contra aquella mano dura y encallecida.

-Gracias.

Por encima del canto, sus ojos eran dos lunas de pura confusión.

-Hazlo otra vez -dijo él con voz ronca y dura que provocó en ella una expresión de sorpresa.

-¿Hacer qué?

-Eso mismo. Besarme la palma cuando hablas. Hinata parpadeó.

-Yo no... Quiero decir que no era mi intención besarte -dijo ella. Se apartó y lo miró con recelo.

-¿Estás bromeando?

-Has conseguido que se me ponga la carne de gallina, Hinata. Hacía años que no me pasaba. Excepto la noche en que vi tus bonitos tobillos por primera vez.

-¡Qué! ¿Cuándo me viste los tobillos?

Con un gesto inconsciente, Hinata revisó el largo de su falda.

-Cuando subiste las escaleras para irte a la cama. Naruto sonreía y se formaban arrugas junto a sus ojos. Se arrellanó en la silla, consciente de la mirada delatora que le lanzaba ella.

-A veces, cuando te levantas la falda, consigo ver un poco de pantorrilla, justo cuando empieza a curvarse...

-¡Calla ahora mismo! ¡Vaya una manera de hablar!

Con un movimiento rápido e imprevisible, Hinata le arrojó el catálogo a la cabeza.

-¡Ay! ¡Eh, cuidado! Me acabas de hacer un chichón -protesto él entre risas que sólo sirvieron para que ella se sintiera más ofendida.

-Había pensado en hacerte buñuelos de manzana para la cena, señor Namikaze. Me acabo de dar cuenta de que no voy a tener tiempo.

Con una pose digna, Hinata recogió el catálogo de suelo. Naruto estuvo a punto de ahogarse con el esfuerzo por contener la risa.

-¡Vamos, Hina! No seas rencorosa. Piensa en Misuke y Arashi. Te han oído prometer que los harías antes de que salieran a echar de comer a las gallinas. ¿Serías capaz de romper la promesa que le has hecho a un niño?

Naruto se puso la chaqueta y el sombrero. Hinata se enfrentó a él.

-Algún día vas a ver tú, Naruto Namikaze. Y no va a ser un chichón en la cabeza, no. Cualquier día de éstos...

-Estoy deseando que llegue ese día, cariño. Cualquier día de éstos confiarás en mí lo bastante como para que te dejes llevar y me entregues lo que yo deseo. Y los dos sabemos a lo que me refiero, ¿verdad?

Hinata se puso pálida al oírlo.

-Hicimos un trato, Naruto. Si no eres capaz de mantener tu palabra ni siquiera dos meses, no eres el hombre que yo creía.

-Mantendré mi palabra, Hina. Nunca he incumplido un trato. Haz el pedido, lo echaré al correo esta misma mañana. Si quieres algo más, añádelo a la lista. Ya que pagamos los gastos de envío, quizá merezca la pena.


Ensortijado : Que tiene rizos