Episodio 52: Trauma
Loretta corrió a sujetar a Simon justo cuando a éste le fallaban las fuerzas y caía al suelo, con Stella atónita ante la escena.
- ¿¡Respuestas!? – le increpó la menor - ¡Deberías estar buscando reposo! ¡Estás hecho una piltrafa! ¿Es que no te has visto?
- ¡Ni hablar! – replicó él, exasperado - ¡Necesito saber que… está… pasando… con…!
La voz del Belmont se apagó gradualmente antes de caer inconsciente, la menor de las Lecarde sacudió la cabeza con desaprobación mientras bufaba.
- ¡Menuda juventud! ¡Este niño está loco! ¿¡Qué le cuesta tener un poco de paciencia!?
Hizo un movimiento con su mano y el cuerpo del muchacho se elevó, quedando suspendido horizontalmente en el aire.
- Vamos a la habitación – sugirió – tengo que tratarlo o se le volverán a abrir las heridas.
Salieron al salón vacío, allí, Stella miró en dirección al dormitorio donde ahora se hallaban Erik y Luis y suspiró.
- ¿Puedes tratarlo aquí mismo? – pidió a su hermana menor – tengo algo que hacer, y creo que podría estorbarte.
Loretta asintió y se dirigió al sofá empujando el cuerpo flotante del muchacho.
Arriba, Erik dormía plácidamente mientras Luis intercambiaba mensajes de móvil con Esther, echando de vez en cuando el ojo a su colega, preocupado por su estado físico. Se sobresaltó cuando la puerta se abrió de golpe, estampándose contra la pared, y Erik despertó de un salto, asustado, y se puso en guardia.
Ambos miraron hacia el umbral y, al ver a Stella Lecarde, se relajaron de inmediato.
- ¿Qué quiere? – preguntó el pelirrojo disgustado.
- Hablar – contestó escuetamente la anciana – sobre ti… y lo sucedido hace dos años.
Erik tragó saliva, Luis por su parte se levantó.
- Con todos los respetos, doña Stella, no creo que sea el momento – espetó el Fernández, con toda la educación y calma de la que pudo hacer gala – mi compañero necesita descanso, así que si es posible que…
Sin darle tiempo a terminar, Stella golpeó la pared con tal fuerza que el impacto resonó por toda la habitación.
- ES el momento, Luis Fernández – respondió con hostilidad – no hay otro, se trata de algo urgente.
Erik sacudió la cabeza.
- Mire, no quiero hablar de eso – contestó con tono hastiado – ni ahora ni nunca, así que, por favor, no me de la murga ¿Quiere?
Tras estas palabras se volvió a tumbar en la cama, tapándose con la sábana de pies a cabeza.
- ¿Es así como el famoso Erik Belmont afronta sus problemas? – cuestionó Stella con sorna - ¿Huyendo? ¿Escondiendo la cabeza?
Ante estas palabras, el pelirrojo se volvió a levantar.
- ¡Déjeme en paz! ¿Quiere? – espetó bruscamente - ¡Usted no sabe nada! ¡No quiero rememorar aquel día!
- ¿No? – la anciana se cruzó de brazos - ¡Pero si lo haces a cada minuto!
El muchacho, que se estaba volviendo a tumbar, esta vez de espaldas a la Lecarde, se detuvo.
- ¿Cree que es fácil olvidar algo así? – preguntó en tono contenido.
- ¿El qué? – replicó ella - ¿La sangre? ¿Los cadáveres mutilados? ¿Las ruinas? ¿La impotencia? Joven ¡Yo viví la segunda guerra mundial! Y no voy por ahí rumiando mi desgracia!
- Ah ¿Y yo sí?
- ¿No es evidente?
- Soy el mismo de siempre.
- El Erik Belmont de antaño al menos sabía sentir
Erik se levantó como un rayo, ignorando sus heridas, y lanzó un puñetazo a Stella que Luis detuvo por muy poco.
- ¡Cálmate! – ordenó a su colega - ¡Y usted! ¿¡A qué viene esto!? ¿¡No lo ha torturado ya bastante!?
El rostro de Stella se volvió severo.
- ¡Luis Fernández, mírate y luego míralo a él! ¡Tú te has mantenido sólido como una roca y en cambio él se ha derrumbado al instante! ¡El gigante con los pies de arcilla!
El pelirrojo se debatía para lanzarse sobre ella, pero, afortunadamente para los tres, el dolor limitaba sus fuerzas de tal forma que su compañero podía contenerlo con facilidad.
- ¿Qué quiere decir con… sabía sentir? – preguntó Luis movido por la curiosidad.
Stella miró a Erik a los ojos.
- Esta mañana, cuando Loretta y yo fuimos a visitaros a casa de mi nieto – explicó – pude meterme en su mente, y pude ver que se encontraba sumido en la incertidumbre, ya que ningún sentimiento lo había abrumado tras los sucesos de la madrugada… - clavó más sus penetrantes ojos en los del muchacho – dime Erik ¿Cuándo fue la última vez que sentiste verdadera pena? ¿Y alegría? Amor, odio… ¿Dónde ha quedado todo eso?
- Yo… aún…
Era incapaz de encontrar las palabras necesarias, ya ni siquiera forcejeaba con Luis.
- Estás muerto por dentro, muchacho – sentenció Stella.
Aquello lo hizo reaccionar, de un movimiento se libró de su compañero y embistió a la anciana.
- ¡MENTIRA!
La atacó con todas sus fuerzas, pero el puñetazo ni siquiera llegó a tocarla, quedando atrapado por una energía invisible.
- ¿Mentira? – preguntó ésta mientras andaba tranquilamente a su alrededor – Todavía recuerdo muy bien la ceremonia del funeral, a aquel Erik Belmont que, como buenamente podía, contenía las lágrimas al tiempo que pronunciaba sus palabras de despedida en el atril, justo después de Kraus Van Helsing, aquella fue tu última emoción antes de sumirte en la tristeza, porque te negabas a olvidar a tus compañeros…
- Ellos… merecían ser recordados… - respondió mientras intentaba liberar su puño de aquella presa invisible.
- Sin duda, pero… ¿Cómo? ¿Cómo los héroes que lucharon valientemente o cómo aquellos patéticos cadáveres sanguinolentos a los que no pudiste salvar?
- ¡Basta!
- Por otro lado – Stella continuaba rodeándolo, hablándole sin parar, haciendo que cada una de sus palabras le taladrase el cerebro y se le clavara en lo más hondo de su ser - ¿Cómo ibas a salvarlos a ellos si ni siquiera fuiste capaz de salvarte a ti mismo? Debes pensar que eres débil por ello ¡Que eres patético! Es eso ¿Verdad?
- ¡Cállese!
- Pues sí – continuó mientras volvía a encararlo - ¡Eres patético! ¡Tan patético que has permitido que tu corazón muera y se pudra como esos restos que habrán alimentado a los cuervos durante mucho tiempo! ¡Más débil que tu hermano pequeño! ¡Más débil que un bebé! ¿Acaso el mundo acabó ahí? ¿Llegó a afectarte realmente la derrota de Simon frente a Orlox? ¿La desaparición de tu hermanastra? ¿Hay algo que te haga sentir alguna emoción? ¡No!
- ¡Por favor Doña Stella, ya basta! – suplicó Luis.
- SIGO SIENDO EL DE ANTES – gritó el Belmont.
Stella no contestó a ninguno de los dos, sólo se situó frente a ellos, sus ojos brillaron por un momento y Erik salió despedido contra la pared, cerrando los ojos al golpearse la cabeza.
Vaciló al abrirlos y, cuando lo hizo, se encontró en un lugar totalmente diferente, un paraje desolador, con el suelo teñido de color carmesí, piedras desperdigadas por todas partes y árboles secos y descoloridos.
Se irguió vacilante, las palabras de Stella Lecarde lo habían aturdido, el pecho le dolía con fuerza y la cabeza le daba vueltas.
Afectado, empezó a caminar sin rumbo y, según andaba, empezó a reconocer el lugar.
El color carmesí no pertenecía al suelo, si no a la sangre que lo cubría, los árboles fantasmales se agrupaban de manera que conformaban una muralla a su alrededor, y las piedras no eran tales, si no que resultaron ser otros bultos que le aterrorizaron.
Cadáveres.
Inclasificables restos humanos se extendían ante él, era incapaz de identificar el número de cuerpos, porque no eran tales, si no miembros, entrañas, torsos y cabezas desparramados, víctimas de la mayor carnicería que podría sufrir un ser humano.
Víctimas de la carnicería a la que él había sobrevivido.
El labio inferior le tembló junto al resto del cuerpo, se quedó paralizado en el sitio, los recuerdos vinieron en tromba a su mente, se llevó las manos a la cabeza, gritó de horror y se encogió, acongojado, sollozando de pánico.
¿Por qué estaba allí? ¿Qué había pasado? ¿Era el único superviviente? ¿Por qué?
Acuclillado, se balanceaba adelante y atrás, incapaz de mirar a ningún lado, deseando que la muerte le llegara pronto, tan pronto como fuera posible.
Entonces oyó pasos.
Eran pesados y cansinos, lentos y casi arrastrados, de alguien que parecía confuso pero que, al mismo tiempo, caminaba con seguridad entre los restos de la masacre.
Los pasos se detuvieron a pocos metros de él, y una voz masculina, entre infantil y adulta, lo llamó con un simple ¡Eh!
Alzó la vista, tembloroso, y divisó unos pies, aparentemente humanos, revestidos con unas grebas de color plúmbeo.
Ver esto le dio un poco más de seguridad, se levantó poco a poco, hasta erguirse completamente, y contempló al recién llegado.
No era muy alto, más o menos una cabeza menos que él, estaba cubierto de sangre de pies a cabeza y sujetaba una espada en la mano, vestía una especie de malla negra sobre la que reposaba un doble cinturón del que colgaba la vaina de una espada y su cabello, largo y apelmazado por la sangre, era algo más corto que el suyo.
Además, pudo apreciar algunas heridas, un corte profundo en la muñeca del brazo izquierdo en el que portaba la espada, laceraciones diversas a lo largo de todo el cuerpo y una profunda herida bajo el pectoral izquierdo, justo en el centro del corazón.
Lo miraba fijamente, taladrándolo con sus ojos vítreos y carentes de vida, entrando en lo más profundo de su ser.
Pero lo más perturbador, es que aquel doble cinturón era el mismo que él usaba, y aquella espada era su fiel Salamander.
Abrió la boca, dispuesto a hacer una pregunta cuya respuesta en realidad no quería conocer.
- Tú... ¿Quién eres? - preguntó Erik casi sin voz, horrorizado por aquella visión.
- Soy tú - respondió aquel joven herido y sanguinolento
- Tonterías - el pelirrojo retrocedió - ¡Estoy vivo! ¡Sobreviví a este infierno! ¿¡Cómo puedes ser yo!?
- Sí, sobreviviste, pero - lo señaló acusador con su brazo derecho, el único que podía mover - ¡Me dejaste morir! ¡Nunca - se llevó la mano al corazón, a la herida abierta de estocada - dejaste que cicatrizase!
El pelirrojo se llevó la mano al mismo punto donde lo había hecho el adolescente, el punto donde, en su pecho, reposaba una cicatriz aún dolorosa.
- Yo… yo nunca quise…
El muchacho hundió su propia mano en la herida, y un horrible dolor cardiaco hizo doblarse al adulto.
- Ah ¿Has sentido algo? ¡Me alegro por ti! ¡Hace mucho tiempo que no siento nada!
- ¿Q-qué es este lugar? ¿Qué hago aquí? ¿Qué haces aquí? – preguntó mientras recuperaba la compostura.
- ¿No lo reconoces? – preguntó el adolescente con resentimiento, mientras continuaba moviendo la mano dentro de la herida, torturando así al adulto – ¿Ya te has olvidado de este lugar? ¡Esto es lo que queda de todos nosotros! – cerró la mano apretando el órgano muerto, y el Erik adulto aulló de dolor - ¡Cadáveres!
Con la vista nublada miró a su alrededor, y poco a poco fue reconociendo, por diferentes rasgos, todos los restos esparcidos.
- ¿Por qué… estoy aquí?
- Porque deseabas volver a verlos ¿no? – contestó el joven - ¡LEVANTAD, HA VUELTO! - gritó al aire.
A su llamada, todas las vísceras, miembros, charcos de sangre y restos humanos empezaron a moverse por sí mismas, reuniéndose para formar los cuerpos antaño enteros, sangrantes y destrozados, cubiertos de heridas, algunos ya en descomposición, las voces, guturales, viscosas e irreconocibles empezaron a inundar el lugar.
- Es él…
- Ha vuelto…
- Erik ha venido a vernos…
- Aún nos recuerda…
Los cuerpos se acercaron a él, rodeándolos, Erik miró a un lado y a otro, desesperado, contemplando la continuación de su pesadilla, contemplando lo que aún arrastraba a sus espaldas…
Contemplando… su propio reflejo en aquellos repugnantes cuerpos.
Se llevó las manos a la cabeza, se acuclilló, negó con la cabeza, sollozó, lloró, y sintió las manos bulbosas y sanguinolentas palparlo.
Un único grito salió de su garganta, un grito desesperado.
- BASTA YAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAA.
Luz y oscuridad fueron expelidas de su cuerpo, su entorno, como si de un cristal se tratara, se resquebrajó y se hizo añicos, disolviéndose en el aire, cerró los ojos, deseando el fin de la pesadilla y, cuando los abrió, estaba arrodillado de vuelta a la mansión de las Lecarde, con Luis mirándolo, totalmente pálido, y con Stella contemplándolo impasible.
- ¿Y bien? – preguntó ésta - ¿Qué te ha parecido contemplar en primera persona tu propio corazón?
Erik tardó un rato en reaccionar y, cuando lo hizo, se levantó, agarrando del cuello a la anciana, totalmente fuera de sí.
- ¿POR QUÉ HA HECHO ESO? – Gritó - ¿QUÉ DERECHO TENÍA? ¿QUIÉN SE CREE QUE ES?
- Sé que ahora estás furioso – respondió ésta, serena – pero pronto comprenderás que lo he hecho por tu bien…
- ¿POR MI BIEN? – lloraba desconsolado mientras gritaba a pleno pulmón, su voz estaba tan rota como su alma en aquellos momentos - SE HA ATREVIDO A… ¿POR MI BIEN?
- Como ya he dicho – insistió – pronto lo comprenderás.
El pelirrojo la miró por un momento con el rostro desencajado de pena, ira y confusión, después miró a Luis, que fue a ponerle la mano en el hombro, a lo reaccionó apartándolo con violencia y echando a correr hacia la puerta principal, tropezando con todo.
Huyendo a toda velocidad, pero no de sus recuerdos.
Huía de sí mismo.
Luis quiso salir tras él, pero Stella lo detuvo, estaba perpleja, y miraba a la puerta abierta sin dar crédito a sus ojos.
- Ha… - dijo – roto la ilusión con su propio poder, sin ningún tipo de ayuda…
Fuera, Erik seguía corriendo desesperado, bañado por la luz del atardecer, sin ver por donde iba, con los ojos nublados por las lágrimas y la mente por los recuerdos; se detuvo en una calle que no conocía llena de casas de planta baja, por la que la gente no transitaba mucho.
Se apoyó en una pared, jadeando, y se secó las lágrimas, sollozando aún.
Entonces una suave voz femenina se pronunció detrás suya, una voz que ya conocía.
- Vaya, vaya… qué pequeño es el mundo ¿Eh, Erik Belmont?
Alarmado, se dio la vuelta para encontrar sobre una las casas, perfilada en la anaranjada luminiscencia del ocaso, la silueta de una exuberante muchacha de abundante cabello dorado y dos espadas colgando a la altura de la cadera.
