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Capítulo 10

Candy durmió bastante mal y se despertó peor aún. Tenía la garganta irritada y le dolía la cabeza. Y para colmo de males, su prima Anny, que la visitaba todos los domingos, parecía un perico. No paraba de hablar.

Bueno, al menos no había recordado aún que la noche anterior salió con Albert, porque si no la hubiese bombardeado a preguntas que Candy no tenía ganas de responder.

¿Qué le podía decir? ¿Que literalmente se derritió en sus brazos? ¿Que en la disco, él la arrinconó contra el muro, y la tocó descaradamente? ¿Que ella no sólo no lo detuvo, sino que lo estimuló para que continuara?

A la luz del día todo se veía diferente. Cuando recordaba que se había comportado como una desvergonzada, frotándose contra el miembro de Albert lascivamente, la sangre se le agolpaba en las sienes y tenía ganas de esconderse debajo de la cama. Pero al mismo tiempo se sentía húmeda y caliente, y sabía que volvería a hacerlo cada vez que él le diera la oportunidad.

Mierda, qué bien la había pasado. Bueno, eso hasta que notó la presencia del Dr. Leonard.

Ella no sabía que su jefe frecuentaba discotecas y eso la sorprendió. Pero lo que más le molestó fue que no le quitó los ojos de encima.

No sabía si él había presenciado la escena de desborde vivida con Albert. No podría adivinarlo jamás, porque su rostro no demostraba ni una sola emoción. Era como un gato, imposible saber si estaba contento o triste. Todo un caso.

Si él la vio besándose y tocándose con Albert ¿cómo lo miraría a la cara el lunes en el consultorio? Se sentiría cohibida, tal como se sintió en la disco. Había sido muy difícil continuar con la maravillosa sesión de besos y caricias con el Dr. Leonard como espectador.

Parecían confabulados. Estaba visto que entre Candida y Pokerface no le iban a permitir disfrutar de... ¿cómo llamarlo? No sabía que etiqueta colocarle a su relación con Albert. ¿Podía llamarlo su novio? A Candy no se le escapó la frase que usó para increparla por lo que Candida le había contado. "Tus otros dos novios". ¿Sería que él se consideraba así?

Necesitaba hablarlo con alguien, pero ese alguien no sería su prima. Pensó en llamar a su amiga Patty. Hacía mucho que no hablaba con ella. La última vez que lo hizo, le comentó que "el hombre más atractivo del mundo" la había abordado en La Escala y la había invitado a salir. Patty casi se despatarra al otro lado de la línea. Menuda suerte la de Candy...

Pero después de eso pasaron muchas cosas, y algunas que no se animaría a confesarle.

No obstante necesitaba hablar con alguien. Haría eso. Cuando su prima se fuese, llamaría a su amiga. Se habían conocido en la academia de danzas de Betzabé, una bailarina que movía las caderas mejor que Shakira. Ahora, en el receso de vacaciones de verano sólo hablaba con Patty por teléfono cuando tenía algún minuto libre.

Mientras iba conociendo a Albert, ese minuto demoraba en aparecer, porque cada instante de ocio se le iba como arena entre los dedos, fantaseando con él, recordando todo lo que habían hecho... Mariposas, cientos de mariposas en el estómago... ¿o no eran mariposas?

Candy corrió el baño y devolvió todo lo que había almorzado.

Qué mal se sentía.

Candida le tocó la frente, murmuró algo sobre "siempre con el vientre al aire" y alarmada llamó al médico.

"Uf, lo que me faltaba. Una gripe, justo ahora", pensó Candy angustiada.

Al atardecer, volaba de fiebre y estaba disfónica. No tenía ni un hilito de voz, así que sería imposible llamar a Patty, imposible levantarse, imposible todo lo que no fuera estar en la cama abatida y llorosa.

Carajo, odiaba estar enferma. ¿Qué haría si Albert viniese a darle la sorpresita de la semana anterior? Se recostó en la almohada malhumorada.

No sabía que no existía ni la más remota posibilidad de que Albert fuese esa tarde. Él pasó el día entero durmiendo como un bebé. Y como no podía ser de otra manera, soñando con Candy.

Soñaba que estaban en la playa Santa María del Mar, en las afueras de La Habana. Candy emergía del mar alisándose el cabello y parecía una sirena. Su bikini blanco destacaba en su bronceada piel. El piercing de su ombligo brilló con un rayo de sol y lo encandiló. Cuando abrió los ojos ella se encontraba inclinada sobre él y sus senos casi le rozaban el rostro. Sobre su propio pecho, caían frías gotas que se escurrían del cabello de Candy.

Levantó su cara para comerle la boca y se encontró frente a frente con el severo rostro de Candida...

Se despertó sobresaltado. ¿Qué carajo hacía Candida allí? Se tapó la cabeza con la almohada e intentó conciliar nuevamente el sueño, con la esperanza de volver a ese exquisito momento que la bruja había interrumpido.

Logró dormirse otra vez, y soñó que estaba encima de ella, adentro de ella, en esa misma cama. Candy gemía y movía la cabeza a un lado y a otro. Arqueaba su cuerpo y sus senos perfectos pedían a gritos que se los chupara, mientras sus largas piernas lo rodeaban y sus manos acariciaban las nalgas de él con deseo...

Y así continuó todo el día, durmiendo y revolviéndose en la cama, inquieto. Cuando despertó se encontró desnudo y desorientado, con toda la ropa de cama en el piso.

Era evidente que había tenido un sueño intranquilo. Y bastante húmedo, como enseguida notó. Debió tomar una ducha fría, tanto para calmar sus ardores como para espabilarse un poco y trabajar en unos renders en su ordenador.

La noche anterior había sido intensa. Después de dejar a Candy en su casa vio que tenía un mensaje de su amigo George:

"Desaparecido, ¿dónde estás? Llámame ahora".

Albert marcó con un bostezo. Estaba agotado.

—George.

—Por fin das señales de vida. ¿La Barbie te tenía secuestrado?

Albert sonrió. Así se había referido a ella al hablar con sus amigos en más de una ocasión.

—Algo así...

—Albert, te estamos esperando en el Ibiza para tomar algo y no puedes decir que no.

—¿Pero tú te has fijado en la hora?

—¿Y tú desde cuando tienes problemas con trasnochar? Vamos, Albert. Ven ya.

Y así lo hizo. Pero mierda si lo disfrutó. Intentó reír, bebió una copa o dos, soportó las bromas, pero no disfrutó nada. Su mente estaba enfocada en una sola dirección: Candy.

Un par de chicas se le insinuaron.

George y Matin habían acordado distraer a Albert del tema de Candy. No era algo personal. Es más, les parecía bellísima, una presa digna de perseguir hasta cazar. Pero mientras eso no sucediese, el depredador estaba demasiado tenso. Y eso estaba influyendo en el ámbito laboral, porque Albert estaba distraído, desganado... Toda su energía, todo su entusiasmo se concentraban en esa chica, que no parecía demasiado dispuesta a claudicar, a juzgar por la tensión que se respiraba cada vez que se acercaban a él. Era hora de que el jefe descargara un poco de esa energía. Y también que se olvidara un poco del tema de Katerine. Sabían que eso lo tenía a mal traer.

Katerine había sido su secretaria por más de seis meses antes de convertirse en su amante. La relación se había mantenido en secreto a instancias de Albert, pero tanto George como Matin lo habían notado, y luego él se los había admitido.

Era una relación que había empezado bastante tibia, y luego fue adquiriendo intensidad. Al menos de parte de ella.

Albert se sentía cómodo, contenido, y se dejaba llevar. Era como un niño necesitado de afecto. Katerine lo cuidaba, lo protegía en el trabajo y en la vida. Era su guardiana, y por un tiempo habían vivido juntos en el departamento de ella sin que nadie lo supiera. El problema era que ella se había enamorado perdidamente y comenzó a soñar. La diferencia de edad, en un momento sí importó y fue el principio del fin. Es que sus expectativas de vida no coincidían: ella estaba deseando tener niños, y él era un niño.

No quería que un bebé llorón ocupara su lugar, no quería que Katerine le restara atención. Se reconocía egoísta. Cuando ella le planteó la necesidad de tener un hijo, él le explicó que ni soñaba con ser padre antes de los treinta, y que ni siquiera estaba seguro de querer serlo algún día. Ella no daba crédito a lo que oía. Hasta ese entonces creía que todo iba bien... Si bien continuaban en secreto, Katerine suponía que era para mantener la magia de la relación. Cuando Albert se negó a darle un hijo, ella se dio cuenta de que jamás la había tomado en serio. Se volvió taciturna y luego se obsesionó. Lo traicionó sin remordimientos al quedar embarazada a propósito.

Él se desequilibró completamente cuando se enteró. Estaba hecho una furia en su oficina, dando grandes zancadas mientras ella le pedía que se calmase. ¿Calmarse? Lo llevaba el diablo. Gritó cuanto disparate se le vino a la mente. Al principio ella escuchaba con los ojos llenos de lágrimas. Tenía 36 años, y creía que esa era la última oportunidad de ser madre. Pero Albert estaba tan enojado... Comenzó a ponerse cada vez más nerviosa mientras lo escuchaba decir maldiciones. Y en un momento se sintió verdaderamente mal. Corrió hacia el baño. Cuando vio la sangre en el inodoro deseó morirse... Luego todo se precipitó. Ella no aceptó que el aborto fue a consecuencia de que el embarazo había sido ectópico. Directamente prefirió culpar a Albert de su pérdida. Él intentó contenerla pero todo había muerto entre ellos.

Katerine nunca regresó a la empresa y Albert quiso emplearla en otro lado, incluso ofreció ayudarla a montar su propio negocio de colocaciones, lo que siempre había deseado, pero no hubo caso.

Al principio ella se encerró en sí misma y cayó en una profunda depresión. Cuando salió del pozo, lo hizo con sed de venganza. Ingresó una demanda por acoso sexual y daño moral, solicitando un resarcimiento económico con la velada amenaza de ir a juicio. Su versión era que su jefe la había obligado a mantener relaciones sexuales con él para no ser despedida, la había embarazado y luego del aborto ella ya no soportó más y tuvo que renunciar, por lo que se encontraba sin dinero y sin trabajo.

Esa demanda había sido devastadora para Albert.

Y ahora, no contenta con intentar una millonaria indemnización, Katerine iba por más; amenazaba con llevarlo a juicio, destruir su imagen en los medios y acabar su relación con su nueva novia, de la cual se había enterado por medio de un detective.

Estaban en las instancias finales de la negociación, y eso tenía a Albert muy tenso. Por eso insistieron en que se les uniera en ese antro, conocido porque las posibilidades de llegar sólo e irse acompañado superaban el ochenta por ciento. Allí podría olvidarse de todos sus problemas y también de Candy, que hasta que no la consiguiera también sería un problema según ellos.

Pero Albert ignoró sistemáticamente cualquier avance. Miraba a su alrededor y todas las chicas le parecían insulsas y tontas. No lograba advertir la belleza femenina que lo rodeaba.

Se puso de pie, hastiado. No sabía qué estaba haciendo allí. Sin Candy a su lado se sentía fuera de lugar en cualquier sitio.

Sus amigos lo observaron atónitos.

—¿Quién eres y qué has hecho con mi amigo Albert? —le preguntó Martin sonriendo, para distender un poco.

—Miren chicos, aprecio su esfuerzo por distraerme, pero realmente no estoy interesado.

—¿Ni siquiera en ella?

Albert se volvió y vio a una de sus ex... nada, aproximándose. Era Eliza, una pelirroja deslumbrante que su abuela le había presentado y cada vez que se encontraban, cosa que era bastante seguido ya que frecuentaba la mansión familiar, intentaba seducirlo.

—Maldita sea —murmuró cuando se dio cuenta de que era demasiado tarde para huir.

—¡Albert! Qué placer verte, querido, ¿cómo estás? —le dijo besándole la mejilla mientras se oprimía contra su cuerpo e ignoraba descarada y alevosamente a George y Martin.

—Nosotros también estamos felices de verte, Eliza—acotó Grorge, irónico.

Ella les dirigió una fría mirada y se volvió hacia Albert con una sonrisa.

—Eliza, es un gusto también para mí pero debo irme ya.

—¡Albert! No me puedes decir eso. Si lo haces voy a pensar que es por mí...

"Pues piénsalo porque así es. Qué pesada eres. Y te pegas a mí como una sanguijuela. Tengo que escapar". Se sintió acorralado por esa horrible mujer. No sólo lo fastidiaba, sino que se sentía en falta con Candy. Nunca se le había cruzado por la mente ver a Eliza como una candidata a probar sus sábanas, pero imaginó que a Candy no le gustaría nada que él estuviese allí con ella tan cerca.

Sabía que no tenía cómo enterarse pero... No, definitivamente no se encontraba cómodo en aquella situación.

—En serio, debo irme. Adiós chicos, Eliza...

En un último intento de retenerlo, Eliza se aproximó y con el pretexto de decirle algo, no tuvo mejor idea que introducirle la lengua en su oído.

Albert pestañeó asqueado. La tomó de ambos brazos y la alejó. Y moviendo la cabeza, disgustado, se retiró sin mirar atrás.

"Pero qué pedazo de zorra esta mujer. Ojalá hubiese sido Candy en lugar de Eliza, con su lengua de terciopelo y su aroma a vainilla". Se estremeció de sólo pensarlo.

Se durmió fantaseando con que era Candy quien estaba entre sus brazos, desnuda, sudorosa, hermosísima. "Oh Dios, ya no podré vivir sin ella", fue su último pensamiento antes de quedar profundamente dormido.

CONTINUARA

Pobre mi rubio, una loca y una zorra ...la pobre de Candy ya tiene dos enemigas aseguradas... chicas ya estan saliendo las cucarachas que les haran la vida a cuadritos a esta parejita de rubios.