Una Familia Feliz
[La Historia, imágenes y personajes NO me pertenecen, los tome para entretenimiento, SIN ánimo de LUCRO]
Hinata cerró suavemente la puerta y se apoyó contra ella. Hanabi y el bebé dormían y no se sentía con ánimo de despertarlos. O tal vez fuera que necesitaba unos instantes para pensar.
Se dirigió al tocador, se quitó la peluca y el sombrero, y contempló el espejo móvil de cuerpo entero. Últimamente, no se miraba mucho, porque hacerlo le recordaba el pasado y todo lo que su padre le había hecho.
Al principio, cuando su pelo apenas asomaba, había evitado los espejos y se había puesto voluntariamente aquellos feos tocados. A medida que fue creciendo, aprendió a aceptar su imagen. Todo resultó más sencillo desde que se le ocurrió llevar la ropa vieja de su hermano Tetsu. Podía pasar por un apuesto muchacho.
Su padre había hecho sacar de Byakugan Towers toda la vestimenta de Hanabi y Hinata, para que esta última no pudiera usarla, pero no había pensado en las prendas de Tetsu y de Neji. La ropa de Neji era demasiado grande, porque su hermano mayor, lord Thornhill, tenía veintiocho años y era un hombre corpulento. Tetsu, sin embargo, era un chico esbelto de dieciocho. Su vieja indumentaria había necesitado únicamente pequeñas alteraciones.
Pero ella aborrecía aquella indumentaria.
Suspiraba por volver a llevar otra vez vestidos de seda, con sus aros, y aquellas bellas y poco prácticas chinelas de satén. Quería tener unos largos y brillantes rizos que le rozaran los hombros, y un abanico. Cogió el peine de Hanabi e imaginó que era un abanico. Lo extendió cerrado.
¿Me quieres? Hizo como que lo abría y lo cerraba. Eres cruel. Se lo llevó a los labios. Puedes besarme. Se lo pasó despacio por la mejilla. Te quiero, lord Naruto.
Dejó caer el abanico. ¡No, eso no! ¿Cómo podía haber llegado a sentir eso hacia Naruto Namikaze cuando pensaba que nunca más iba a volver a confiar en un hombre? Tal vez había sido la expresión de su rostro al sostener a su sobrino. O su amabilidad hacia Hanabi. O su amabilidad hacia el arisco Hiroshi.
Tal vez fuera su espíritu alegre, el puro deleite con el que encaraba la vida, su gusto por los retos...
Se apartó del espejo, tratando de combatir aquella locura. No había tiempo para la fantasía en aquellos momentos de peligro. Además, en cualquier caso, no quería que le rompieran el corazón.
Si le daba a conocer que era una mujer, sería un bicho raro con el cabello rapado. Probablemente tendría que contarle que ella era esa furcia, Hinata Hyūga. Incluso si llegaba a interesarse por ella, sería sólo para darse un rápido revolcón en la cama más cercana.
Dios, debía tener alma de ramera, porque aquella idea imposible había hecho que la recorriera un hormigueo de deseo, Todo era culpa de aquel beso fingido.
Nunca le habían interesado demasiado los besos. Cuando Toneri Ōtsutsuki le había dado un beso a la fuerza, había sentido nauseas. Se lo había dicho a su padre, esperando que Ōtsutsuki fuera castigado por ello, pero su padre le había dicho que no fuera tan remilgada con su futuro esposo.
La siguiente vez que Ōtsutsuki lo había intentado, Hinata le había clavado sus tijeras de bordar. Aquel recuerdo puso una torva sonrisa de satisfacción en su rostro. Como castigo, ella había tenido que soportar la heladora cólera de su padre, pero Toneri Ōtsutsuki no había vuelto a agredirla de aquella manera.
Hinata tenía que admitir, sin embargo, que, mientras la besaba Naruto Namikaze, no había sentido ganas de luchar. Precisamente lo contrario. Su beso le había hecho sentirse cálida y tierna, y había deseado hacerlo más profundo para poder seguir explorando al hombre.
Se apretó las manos contra la cara. Incluso si él, milagrosamente, sentía algo por Hinata, y lo seguía sintiendo cuando supiera la verdad, ella no podía dejar que ocurriera nada entre ambos, porque aquello destrozaría a Naruto.
Jamás encontrarían la felicidad entre las burlas y el escándalo y, peor aún, él no toleraría que la insultaran. Tarde o temprano la cosa terminaría en un duelo. Ella sería la causa de su muerte.
Hinata había tomado una severa decisión. Tenía que dejar de lado sus sentimientos y concentrarse en su propósito, llevar a Hanabi y a su sobrino sanos y salvos a Maidenhead. Después, dejaría que Naruto Namikaze siguiera su camino libre de trabas.
Suavemente, despertó a su hermana y le explicó el problema. Aplacó sus temores y le ayudó a preparar al bebé. Le sonrió para darle ánimos.
—¿Estás lista? No te preocupes. Estaremos fuera de aquí en un abrir y cerrar de ojos, y Toneri pensará que se ha confundido cuando ha creído verme.
Hanabi trató gallardamente de devolver la sonrisa, y ambas salieron a reunirse con lord Naruto.
—¿Preparadas? —preguntó él. Como ellas asintieron él añadió—: El carruaje está esperando y yo le he contado a una criada chismosa la historia de mi fuga romántica con mi joven amante.—Hizo aletear las pestañas—. Creo que le he dado envidia, una gallina vieja con un gallo tan tierno. ¡Así que, agachad las cabezas y en marcha! Vayamos derechos al coche.
Bajaron apresuradamente las escaleras. Cuando cruzaban el recibidor en dirección al patio de los carruajes, Naruto dijo:
—Seguid adelante. Yo voy enseguida.
Hinata se preguntó con desasosiego qué es lo que estaría tramando, pero aquél no era el momento de ponerse a discutir. Condujo a Hanabi hasta el vehículo que les estaba aguardando. Desde su interior, se dedicó a vigilar ansiosamente la llegada de Naruto.
Escondió la cabeza cuando vio que Toneri Ōtsutsuki se acercaba a la posada. Por la esquina de la ventana vio salir a Naruto y tuvo ganas de gritar para advertirle. Naruto se detuvo. Ōtsutsuki también.
Naruto hizo una perfecta representación de una mujer que se sentía culpable y estaba aterrorizada. Se echó hacia atrás, se medio tapó la cara con el periódico que tenía en la mano y, después, pasó corriendo junto a Ōtsutsuki y se metió en el coche. Ōtsutsuki hizo una mueca burlona a su paso y siguió caminando hacia el interior de la fonda.
Naruto se instaló en su asiento, un mozo de cuadra cerró la puerta de golpe, Hoskins hizo restallar el látigo y el coche salió por la calle mayor.
Hanabi estaba apretujada en una esquina, agarrando a su hijo con excesiva fuerza.
—¿Me ha visto?
—Por supuesto que no —dijo Naruto, arrojando el periódico arrugado sobre el asiento de Hinata—. Y ya nos hemos largado.
—¡Pero nos perseguirá!
—¿Por qué? Él cree haber visto a Hiroshi, y eso le hace pensar que tú también estás en la zona. Preguntará en todas las posadas de Salisbury pero no encontrará ni rastro de Hiroshi ni de nadie que encaje en tu descripción.
—Pero —dijo Hinata—, ¿qué pasará si se le ocurre preguntar por un bebé?
—Buena pregunta —dijo Naruto con una viva mirada de apreciación—. Si sigue esa pista pronto descubrirá que la licenciosa mujer del prado tiene un bebe de la edad adecuada. Podría sumar dos y dos. —Miró a Hanabi—. ¿Es muy listo este hombre?
—No es ningún tonto. Es un despilfarrador egocéntrico, pero, cuando le interesa, puede ser muy astuto. Naruto abrió la trampilla.
—Aprisa, Hoskins.
El vehículo traqueteó y salió disparado cuando los caballos emprendieron el galope.
Hanabi estaba blanca como la leche.
—¡No podremos escapar! Si nos agarran, lord Naruto, prométeme que harás todo lo que esté en tu mano para que no atrapen a Udon.
—Claro que nos vamos a escapar —dijo él con firmeza—, pero te prometo que no le ocurrirá nada a tu niño. —Puso su mano sobre la de Hanabi y la miró a los ojos—. Confía en mí.
Hinata sintió un dolor en el pecho, un verdadero dolor físico. Deseó que Naruto la mirara de esa manera tan directa y que le prometiera que cuidaría de ella.
Oh, se hallaba en un estado lamentable.
Recordó cómo él le había explicado que en su trabajo como oficial era responsable de las vidas de muchos hombres. Se dio cuenta de que debía hacerlo bien. Podía ser frívolo en el momento oportuno y tratar de tomarse las cosas con humor pero, bajo aquella superficie, siempre se escondería el aplomo del coraje y la eficiencia.
Se recordó a sí misma que había tomado una decisión, pero la toma de conciencia de sus sentimientos la había cogido desprevenida y no podía dejar de observarlo y de asimilar cada detalle...
Apartó la vista y la dirigió al periódico que él había arrojado sobre el asiento libre que había junto a ella. El corazón la dio un vuelco. Naruto se había demorado para comprar un ejemplar reciente de la Gazzette. La página frontal estaba doblada hacía atrás y Hinata pudo leer el titular de uno de los artículos.
DESAPARECIDOS LA VIUDA Y EL HEREDERO DE UN BARONET.
Oh, santo cielo.
Los nombres estarían disimulados de la manera habitual..., viuda de sir K***h**i Ō***t***i, de Gloucestershire..., pero todo el mundo sabría de quien se trataba.
¿Se referiría el periódico a los anteriores escándalos de la familia? Era más que probable, pensó con un estremecimiento. ¿Qué publicación podría resistirse a comentar un chisme tan jugoso?
Según sus razonamientos, Naruto no había relacionado al conde de Byakugan con Hinata Hyūga. Él debía hallarse enfermo cuando estalló el escándalo. Sin embargo, seguramente debía haberse enterado de algo durante los meses que había pasado en Inglaterra.
Si el apellido Hyūga entraba en juego, no tardaría en establecer la conexión.
Los chismosos inveterados y los caricaturistas habían vinculado; rápidamente a Hinata Hyūga con la mercancía de Haymarket: las prostitutas. ¡Y menudo cachondeo se trajeron con su nombre de pila!
Tan pronto como Naruto leyera aquel periódico, lo sabría todo. La despreciaría o, todavía peor, la consideraría una presa fácil.
El periódico adoptó la naturaleza de una pistola cargada que corriera el riesgo de dispararse en el siguiente tropiezo de la carretera. Ella trataba desesperadamente de encontrar una excusa plausible para arrojarlo por la ventana...
—¡ Hiroshi!
Dio un salto al oír la aguda voz de Naruto y supuso que llevaba un rato tratando de captar su atención.
—¿Sí?
—Tienes que sobreponerte. Es comprensible que Hanabi esté un poco trastornada, pero espero que tú estés hecha de una madera más firme. Estamos haciendo planes.
Al menos, eso quería decir que no estaba leyendo el periódico. Hinata utilizó su apariencia viril como armadura.
—Bien —dijo con viveza—. ¿Qué vamos a hacer? Naruto la observó intensamente durante un instante y luego inclinó la cabeza en señal de aprobación.
—En mi opinión, incluso si Ōtsutsuki sale en nuestra persecución, no nos dará alcance hasta bien entrada la tarde. Tendrá que pararse y mirar en todas las posadas, por si nos hemos detenido, y eso hará que vaya más despacio. Podemos relajarnos y hacer planes.
—Pero ¿qué pasará si alerta al ejército?
—Es un riesgo que corremos, aunque también ese tipo de persecución se demoraría bastante. Estoy seguro de que tenernos una ventaja considerable, pero, si Ōtsutsuki llega a sospechar, no conseguiremos llegar a Maidenhead. Si intentamos detenernos a pasar la noche en esta carretera, nos alcanzará. Y estas noches sin luna son demasiado oscuras para viajar.
—Entonces, ¿qué podemos hacer? —pregunto Hanabi con una calma que decía mucho a favor de la capacidad de Naruto para inspirar confianza.
—Propongo que dejemos la carretera de Londres y nos dirijamos a Winchester.
Las hermanas se miraron perplejas.
—¿Winchester? —Repitió Hanabi—. ¿Por qué? Él se apoyó contra el respaldo del asiento.
—Porque nadie esperará que vayas en esa dirección y porque tengo allí un amigo que nos dará cobijo. Las fondas son lugares muy arriesgados cuando la búsqueda se halla tan extendida.
—Cierto —dijo Hanabi—, pero si Toneri llega a darse cuenta de que es a nosotros a quien tiene que perseguir, nos seguirá la pista, registrando un coche tras otro.
En los labios de Naruto se dibujó una pequeña sonrisa.
—Sí, pero estará buscando a una dama madura, un joven y una doncella con un niño. Puede que sospeche que Hiroshi es Sasuke, pero es menos probable que se dé cuenta de que yo soy un hombre. Por lo tanto, propongo que nos transformemos en otros nuevos personajes.
Aquello cautivó la imaginación de Hinata. Dios Santo, aquel tipo era un astuto bribón.
—¿Qué tipo de personajes?
—Un caballero militar que viaja con su esposa.
—¿Voy a ser tu esposa? —preguntó Hinata, con el corazón tembloroso sólo de pensarlo.
Naruto levanto las cejas.
—¿Tú señor? ¿Por qué complicar las cosas de ese modo?
Hinata recordó de sopetón su impostura.
—Hanabi puede hacer ese papel —continuó él—. Después de todo, no estamos tratando de ocultarla a los ojos de quienes la conocen, sino simplemente de oscurecer su pista. También nos desharemos del bebé.
—¿Qué? —gritaron Hinata y Hanabi al unísono.
—Bueno, no de verdad —dijo él con una mueca—. Pero, si sir Udon coopera, lo colocaremos en mi baúl cuando nos hallemos en público. Si no es así, estoy seguro de que nadie se sorprenderá de que un militar y su mujer tengan un niño.
—¿Y qué pasará conmigo? —preguntó Hinata, ridículamente herida ante la perspectiva de esta familia feliz que la dejaba excluida.
—Supongo que, una vez más, deberías ser el mozo de cuadra. El sombrero de ala ancha oculta muy bien el rostro.
—¿Tendré que ir en el pescante? Naruto frunció el ceño.
—No. Y no sólo por la hostilidad de Hoskins, sino porque estarás muy visible allá arriba.
Hanabi arrugó la frente.
—Pues yo no veo cómo esto va a llevarme hasta Konohamaru. Y yo no pienso renunciar a mi propósito, milord.
—Por supuesto que no, pero ahora está claro que las carreteras que van a Londres y Maidenhead están en el centro de la búsqueda. Si la persecución es tan exhaustiva como parece, no me parece probable que podamos llevarte cerca de tu mayor, nos disfracemos de lo que nos disfracemos. Yo visitaré a Sarutobi y le contaré la historia, entonces, él se reunirá contigo en Winchester.
Hanabi se echó a reír.
—¡Es genial! ¡Creo que funcionará!
—Desde luego que sí —dijo él con gran aplomo—. Así que yo me pondré mi uniforme, lo que supondrá un alivio, os lo aseguro. Tú llevaras el otro traje de mujer que adquirí y serás mi esposa, y Hiroshi se convertirá en el mozo de establo. Tú presencia dentro del coche que dará sin explicar, Hiroshi.
Hinata había estado repasando aquel ingenioso plan y había detectado un fallo.
—Pero ¿cómo vamos a efectuar el cambio sin que nadie se dé cuenta? Si un grupo de gente entra en una posada y sale otro distinto, es fácil que alguien lo advierta.
Naruto arqueó las cejas.
—Querido Hiroshi, con semejante cabeza para los detalles, deberías considerar la posibilidad de colocarte como oficial de intendencia. Y tampoco podemos parar el coche —dijo en tono meditativo—, y cambiarnos en la orilla del camino, porque los postillones lo verían todo.
—Tendremos que hacerlo dentro del coche —dijo Hinata lentamente, con la mente ya ocupada en la resolución de los detalles—. En la próxima parada, sacaremos del maletero los baúles necesarios. Eso no despertará sospechas. Bajaremos las persianas y todos procuraremos transformarnos como sea durante las siguientes diez millas. Mantendremos las persianas bajadas cuando cambiemos de caballos, y Hoskins hará saber a los nuevos postillones que sus pasajeros son un militar y su familia. Enseguida, descubriremos las ventanas otra vez y lo habremos logrado.
Naruto se rió.
—¡Genial! La licenciosa dama y su Sasuke, junto con la doncella sospechosa y el bebé, habrán desaparecido de la faz de la tierra. Con la cantidad de tráfico que hay en esta carretera, dudo mucho que Toneri el Terrible llegue a descubrirlo, pero con un poco de suerte, pasará varios días intentándolo. Te doy la bienvenida, joven Hiroshi, desde luego que sí. Si estás interesado en emprender una carrera militar, encontraré un lugar para ti a mis órdenes en cualquier momento.
Era ridículo, pensó Hinata, sentir un ardor tan cálido ante una oferta tan singularmente absurda. Sólo muy poco a poco fue dándose cuenta de que su plan tenía un fallo: ella tendría que cambiarse de ropa delante de Naruto en la estrecha intimidad del coche.
Se encogió de hombros. Se limitaría a ponerse la ropa de mozo de cuadra encima de la de su hermano. Aquello tendría la ventaja añadida de proporcionarle una mayor corpulencia.
Ahora que ya habían terminado con la planificación, su atención se centró de nuevo en la Gazette. El periódico descansaba en el asiento vacío que había junto ella. Estuvo tentada de deslizarse hasta allí y sentarse encima, pero así llamaría la atención de Naruto. Por el momento, él parecía haberse olvidado del diario.
Al llegar a Norton, se detuvieron en la posada y pusieron el plan en marcha. Naruto se lo explicó a Hoskins, pero tuvo que ser Hinata la que ayudara al hombre a sacar los bultos del portaequipajes.
El cochero la miró con furia.
—No sé cuál es tu juego Jovencito —murmuró Hoskins—, pero como metas al amo Naruto en líos, pienso retorcer tu maldito cuello.
—¿Qué es lo que te hace pensar que soy yo quien está al mando? —Replicó Hinata—. Él es ahora quien manda.
—Pero si no le hubieras enredado con tus trucos, él estaría ahora a salvo en la Abadía.
—No es ningún bebé.
—No, pero este verano casi ni la cuenta. Y, si tiene una recaída, todos los Namikaze se te echaran encima. Si es que el marqués no ha empezado ya a buscarlo.
Encontraron el baúl de Naruto y la caja que contenía las otras prendas, y las pusieron dentro del carruaje. Hoskins le dirigió una última y malévola mirada de advertencia antes de volverse a subir al pescante.
Hinata se instaló nuevamente en el coche, sin saber por dónde empezar a preocuparse: por la salud de Naruto, por el periódico, o por el hecho de que el formidable marqués de Rasengan probablemente se habría sumado a la persecución.
Al empezar a alejarse de la posada fue cuando se dio cuenta de que se había olvidado de deshacerse de la maldita Gazette.
—Hoskins dice que Rasengan andará tras tu pista —dijo. Naruto le dirigió una fugaz e ilegible mirada. Después se quitó el bonete y el sombrero.
—Puede que ni siquiera sepa que me he escapado del nido.
—Tal y como lo dices, suena como si te retuviera con cadenas.
—Los lazos del afecto pueden ser tan fuertes como las rejas. Hinata percibió que se estaba metiendo en un terreno delicado, pero insistió.
—Yo hubiera dicho que tal vez no fuera tan malo que el marqués nos capturara. Su poder podría sernos de gran provecho.
—Sí, pero para eso habría que saber con certeza de que lado estará.
Aquello hizo que Hinata se tomara una pausa. Tener a Rasengan en su contra sería verdaderamente desastroso.
—Lo mejor será que sigamos adelante —interrumpió Hanabi con firmeza—. Baja las persianas, Hiroshi, y coge a Udon.
Hinata obedeció. Después, en la penumbra del coche, su hermana ayudó a Naruto con las infames cintas. Hinata sonrió al evocar el recuerdo de la aventura que habían corrido juntos con el vestido, recuerdo que pensaba atesorar...
Rápidamente, pasó a concentrarse en el bebé, que estaba despierto y tenía ganas de jugar. Le dio el periódico, con la esperanza de que lo mascara hasta deshacerlo o que lo convirtiera en trizas, pero el niño no quiso saber nada de un objeto tan aburrido.
Le llamó la atención, sin embargo, la espada envainada de Naruto que descansaba en un rincón. Hinata la cogió y le dejó jugar con los brillantes lazos y la empuñadura dorada.
Naruto les echó un vistazo.
—No le dejes tocar el filo.
El hecho de que Udon estuviera mordisqueando los cordeles no parecía molestarle lo más mínimo. De hecho, su despreocupación la embelesó. Sería un padre maravilloso...Basta ya, Hinata.
Naruto enseguida se desprendió del vestido, la muda y las medias — prendas que hicieron que Hanabi soltara una risita— y se quedó en calzoncillos. Hinata no había considerado este riesgo adicional de aquel improvisado cambiador: que él tendría que desnudarse y vestirse delante de ella.
Hinata se sorprendió a sí misma estudiando las piernas y el torso de Naruto y retiró rápidamente la vista. Él sacó el uniforme y empezó a intentar colocarse los blancos pantalones.
Tuvo que introducir primero una pierna desnuda y después la otra, justo al lado de Hinata. No había otra manera. Ella se apresuró a devolver el bebé a Hanabi, antes de que recibiera una patada.
Después se fue hacia la orilla y terminó, casi por casualidad, encima del periódico. Pero no le fue posible alejarse de las piernas de Naruto. La visión de aquellos duros músculos salpicados de dorado vello hizo que se le secara la boca.
El flexionó un poco la rodilla para poder coger el dobladillo y meter el talón. Hanabi chilló porque le había clavado el codo.
—Vaya, lo siento. Esto es bastante más complicado de lo que había pensado. Hiroshi, ¿querrás pasármelo por el talón?
Hinata tragó saliva pero obedeció. Primero, tuvo que sujetarle la pantorrilla y después el caliente y desnudo pie, lo que no resultó muy recomendable para su estruendoso corazón. Nunca había prestado la menor atención a los pies, pero ahora tenía en sus manos un bello ejemplar. Le asaltó el extraño deseo de besarle el empeine.
Después, el otro pie reclamó su atención. Volvió a hacer pasar el talón por la pernera del pantalón, suspirando aliviada al finalizar la tarea.
Él se incorporó ligeramente y se subió la prenda hasta la cintura.
—Gracias. Quizá me puedas ayudar también con las medias. Hinata levantó velozmente la vista y le vio sosteniendo unas medias blancas de seda. Colorada por el bochorno, se las pasó por sus largos y elegantes dedos, por los arqueados empeines y por encima de su dura pantorrilla.
—Estíralas un poco —dijo él con bastante aspereza. Hinata le lanzó una rápida mirada, pero él parecía estar muy ocupado con su camisa. Decidió mandar a la porra la cautela. ¿Cuántas oportunidades más iba a tener de tocarle el cuerpo a placer?
Mantuvo la vista hacia abajo mientras le recorría las piernas con las manos, alisando cada pequeña arruga lenta y meticulosamente. Después, repitió la operación con la otra pierna.
El corazón ya no le latía aprisa. Palpitaba de un modo profundo que le hacía sentir vértigo. Una pesada calidez le oprimió la parte inferior del abdomen...
Después de unos instantes, se dio cuenta de que provenía del pie derecho de Naruto, que descansaba sobre su vientre mientras ella estaba atareada con el izquierdo. El talón se apretaba contra la conjunción de los muslos de Hinata.
Una parte de ella muy cercana a aquel talón palpitaba como si fuese una herida, y la muchacha sintió la apremiante necesidad de extender las piernas y apretarse contra él.
Pero lo que hizo fue ponerse rígida y apartar de su lado el pie.
—Ya estás —le dijo.
—Gracias —dijo él, articulando despacio. Luego se aseguró él mismo los jarretes.— Te aseguro, querido Hiroshi, que algún día haré con mucho gusto lo mismo por ti. —Se remetió la camisa—. Ah, esto está mucho mejor. Me siento como si mis piernas volvieran a estar en funcionamiento. —Se metió dentro del largo chaleco blanco, se ajustó los seis botones plateados y se ató la banda escarlata.
A continuación, sacó el chaquetón del regimiento. Era bastante llamativo —color carmesí con bocamangas de antes y relucientes galones dorados en los puños, bolsillos y ojales de ambos lados.
Tuvo que realizar un buen número de contorsiones y hubo de rezongar alguna que otra maldición, pero, finalmente, la ajustada prenda quedó en su sitio. Ahora parecía un soldado de verdad.
Se ató un corbatín negro alrededor del cuello y se colgó la gorgue raplateada con el distintivo de rango. Sonrió.
—Tengo que decir que hacía una eternidad que no me sentía tan bien en mi propio pellejo. Creo que, no obstante, no me pondré las botas hasta que paremos. Si intento ponérmelas ahora, probablemente os daría a alguna una patada en la cara.
—Abrió su neceser y utilizó un pequeño recipiente con agua para frotarse el colorete hasta hacer lo desaparecer. Luego, cogió un peine, un espejo y un lazo.
Le pasó el espejo a Hinata.
—Sosténmelo, querido muchacho, mientras lidio con mí pelo.
Hinata le observó mientras se peinaba los tostados rizos y se los recogía convenientemente en la nuca. Siempre se había burlado de las jóvenes damas que parecían estar en el séptimo cielo cuando veían un chaquetón escarlata, pero ahora era ella quien estaba aquejada de ese mal.
El capitán Naruto Namikaze tenía un aspecto espléndido con el uniforme de su regimiento. Aunque, para ella, él tendría un aspecto espléndido con cualquier cosa.
Vestido así, sin embargo, había perdido aquel aire de delicadeza. Parecía investido de una gran autoridad, capaz de desenvolverse en cualquier emergencia y dispuesto a cualquier peligrosa heroicidad.
Hinata tuvo que admitir que era un soldado y que las hazañas arriesgadas eran su cometido. Sí, el peligro y el riesgo eran sus compañeros. ¿Qué había dicho él? «La sangre es el dios al que sirven las fastuosas galas de la guerra...»
En menos de un par de días se separarían. Él se olvidaría pronto de un arisco joven llamado Hiroshi. Ni siquiera llegaría nunca a saber que era una mujer. Una mujer que... que albergaba sentimientos cálidos hacia él.
Ella, por otra parte, no le olvidaría jamás.
Durante el resto de su vida, estudiaría las noticias del ejército, esperando encontrar alguna que hiciera referencia a él. Examinaría las listas de fallecidos, temiendo que su nombre apareciera algún día, triste reconocimiento de que aquella risa había sido cruelmente interrumpida...
La voz de Naruto la sacó repentinamente de sus sombríos pensamientos.
—Ahora —dijo él—, transformemos a Hanabi.
—Tú no vas a participar en eso —dijo Hinata—. Sería indecente. El torció los labios.
—Me parece que tu hermana no es tan sensible como tú en estos asuntos, señor.
—Yo...
—¡Paz! —gritó Hanabi divertida—. Sólo me voy a quitar la ropa hasta la muda y, aunque eso es bastante escabroso, soy perfectamente capaz de hacerlo yo sola. Sin embargo, creo que lord Naruto debería sostener a Udon. —Le pasó el bebé y éste se quedó inmediatamente embelesado con los galones dorados.
—No me parece probable que vaya a soltar aguas menores sobre su magnífica indumentaria, milord, pero no puedo garantizarlo. Naruto no pareció desanimarse.
—Siempre he sostenido que un uniforme impecable tiene un aire sospechoso. Menma pensaba que mi traje deslucido por la guerra no estaba a la altura de la dignidad de un Namikaze, especialmente después de haber sido recortado con vistas a su utilidad práctica en la sierra. Hace unas semanas, insistió en encargar que me hicieran éste. Necesita un poco de ajetreo. Si no me tomarán por un novato.
Sin vergüenza aparente, Hanabi se despojó de sus burdas prendas de sirvienta y se puso el otro conjunto de Naruto: la enagua gris, el peto azul y negro, y el chaquetón azul Prusia. Se puso de rodillas para que Hinata pudiera atarle las cintas del peto, pero se las apañó ella sola para abrocharse el vestido.
El abundante pecho de Hanabi llenaba aquel corpiño sin ninguna ayuda. Naruto guardó la lana dentro de su baúl.
No se podía hacer otra cosa con el grasiento pelo de Hanabi que peinarlo en un apretado moño. Con el sombrero y el tocado estaba elegante aunque severa. Aquella severidad la hacía irreconocible, pero no conseguiría engañar a un familiar cercano.
—No te expongas a la vista —le aconsejó Naruto—, y cuando estés en público, mantén la cabeza gacha. Recuerda, andan buscando a una fugitiva, no a una respetable matrona, y la gente generalmente ve lo que espera ver. —Miró a Hinata—. Ahora tú, joven Hiroshi.
Hinata se despojó del chaquetón de terciopelo y se sacó los pantalones y la camisa que llevaba encima de la ropa de su hermano. Se quitó el corbatín y, en su lugar, se anudó alrededor del cuello el pañuelo de lunares. Sobre la peluca, se encasquetó con firmeza el sombrero de lisa ala.
—Ya estoy —dijo.
Naruto sonrió torciendo el gesto.
—Cualquier día de estos tu recato te va a traer problemas, Hiroshi.
Hinata se dedicó a meter en el baúl todas las prendas desechadas. Se hizo el silencio, y el sombrío coche se volvió desconcertante mente íntimo. El bebé se quedó adormecido en brazos de Naruto.
Ambos parecían muy cómodos con la situación. Hinata se recostó en su asiento, simulando descansar, aunque en realidad observaba a Naruto Namikaze a través de las pestañas. De sus relativamente cortas pestañas. Le ofendía que las de Naruto fueran tan exuberantes, pero las codiciaba para sus propios hijos.
Basta, Hinata.
Pero no servía de nada. Sus ojos seguían absorbiendo la imagen de Naruto y almacenándola con vistas al desolador futuro. Él tenía la cabeza ligeramente vuelta, de modo que ella podía recorrer con la vista el firme trazo de su perfil.
Para su sorpresa, detectó un cierto parecido con Menma. ¿Dentro de unos diez años, resultaría Naruto igual de intimidante? Lo dudaba. No creía que Menma hubiera tenido jamás aquella faceta temeraria y despreocupada que constituía el rasgo más característico de Naruto, y que ella adoraba.
Sus manos eran hermosas. La suavidad con la que mecían al bebé lo ponía de relieve. ¿Cómo es que no se había fijado antes en aquel rasgo? Tenían largos dedos y parecían capaces tanto de usar la fuerza como de obrar con delicadeza. Recordó cómo habían acariciado su cabeza y su cuello durante aquel extraño beso, anheló ser tocada por ellas nuevamente.
Sólo de pensarlo, la recorrió un estremecimiento de deseo.
Naruto sentía la mirada de Hinata como si se tratara de un tórrido roce. Unas cuantas miradas robadas le habían indicado que ella lo estudiaba como lo haría una artista que trabajara en un retrato. El deseó poder permitirse la misma indulgencia. Ya habría otras ocasiones. Además, se daba por satisfecho al ver que ella no le quitaba ojo.
Había al menos una parte de él que estaba complacida: su parte perversa. Anhelaba jubilosamente la llegada del momento que les diera la oportunidad de explorarse el uno al otro por completo.
Su parte noble le decía a gritos que debía decirle que sabía que era una mujer, para que ella pudiera recobrar el recato propio de una doncella. Salvo por el hecho de que ella no era una doncella.
Desde el principio había sospechado que ella no era fría ni carente de sensualidad. Ahora lo sabía con certeza. Hacía unos instantes, ella le había tocado las piernas con tacto de amante y a él le había costado mucho mantener el control. De no haber sido por la presencia de Hanabi, hubiera podido rodear a su damisela con los brazos y arrebatarle un beso. O probablemente algo más.
El coche hizo el siguiente cambio sin ningún problema. Naruto y Hanabi se apearon unos instantes para que todo el mundo pudiera ver al capitán y a su señora. Nadie les preguntó nada, pero Hinata descubrió a un hombre que merodeaba por allí, cuya mirada le pareció muy inquisitiva. Sin embargo, no tenía aspecto sospechoso.
Nada más arrancar, ella dijo:
—¿Has visto a...?
—Sí —dijo Naruto tranquilamente—. Seguramente no hay de qué preocuparse. Creo que al haber virado hacia el sur, estamos fuera del ámbito de la persecución. Una cosa está clara. No podemos arriesgar nos a detenernos en la carretera. Nunca podríamos ocultar la presencia de un bebé en el interior de una posada.
—Pero si ya está oscureciendo —dijo Hanabi, pálida a causa del miedo y el cansancio.
—Nos las arreglaremos con las luces del coche —dijo Naruto—. Ya no estamos lejos. En Winchester, seremos unos pocos más entre muchos miles de personas y tendremos un lugar privado en el que alojarnos. En la carretera llamaremos la atención en cualquier parte que nos paremos.
Para provenir de Naruto Namikaze, era un discurso muy ponderado. Hinata se percató de que estaba tan preocupado como ella por la impenetrabilidad de la red tendida por todo el sur de Inglaterra. Más que la búsqueda de una persona desaparecida, parecía la caza de un fugitivo. Estaba segura de que aquello era obra de su padre.
El bebé se despertó y hubo que alimentarlo. Hanabi se distrajo así de sus temores. Hinata deseó poder decirle algo tranquilizador a su hermana, que temía por la vida de su hijo. No se le ocurrió nada excepto que estaban haciendo todo lo que podían y que tenían probabilidades de salir airosas de aquel lance.
Fundamentalmente gracias a Naruto. Sin él, haría horas que las habrían cogido.
Naruto reflexionó sobre la intensidad del cerco y dedujo que aquella escapada tenía un trasfondo mayor del aparente. Estudió a las dos hermanas, preguntándose cuál de ellas estaría mintiendo, sobre qué asunto y por qué.
Tras un rugido de caldosos ecos se hizo evidente que había que cambiar a Udon. Muy evidente. Con anterioridad, se habían detenido en la calzada para permitir a Hanabi que lo hiciera al aire libre. Sin embargo, en aquellos momentos, el tiempo se les echaba encima y no querían que los postillones supieran que llevaban un bebé, así que ella tuvo que realizar aquella indecorosa tarea dentro del coche, con las ventanas abiertas.
El olor era sorprendentemente caseoso, pero muy fuerte. Desgraciadamente, Hanabi sólo contaba con una pequeña botella de agua para limpiar al niño.
Después de todo, pensó Naruto, tratando de no poner cara de matrona afrentada, los bebés no eran un asunto romántico. Un hombre tendría que estar loco siquiera para plantearse tener una familia mientras está en el ejército.
Cuando terminó, Hanabi contempló los trapos pringosos.
—El coche va a apestar con esto—dijo en tono de disculpa.
—Tíralos por la ventana —sugirió Naruto—. Los mozos de postas ni se enterarán.
Cuando él vio la vacilación con la que ella se preparaba para hacerlo, suspiró.
—Dámelo a mí.
¿Por qué sería, se preguntaba Naruto, que nada de lo que él se había encontrado en la guerra parecía ni la mitad de nauseabundo que aquel viscoso y agrio paquete? Afinó la puntería y lo lanzó por encima del seto en movimiento hasta el campo que había detrás. Después deseó tener los medios para lavarse las manos.
—Si queremos que después se duerma— dijo Hanabi—, será mejor que ahora juguemos con él.
La joven madre cantó varias melodías al tiempo que hacía a Udon batir las palmas al ritmo de la música. Le hizo saltar suavemente sobre su rodilla. Le tumbó de espaldas y le recitó «Este pequeño cerdito» mientras jugaba con los dedos de sus pies.
Udon se reía y gorjeaba agradecido. El entusiasmo de Naruto por la continuidad de la especie revivió. Echó un vistazo a su damisela. Ésta contemplaba el juego con una sonrisa completamente femenina y maternal. Sería una buena madre.
Algo se tensó en el interior de Naruto.
No quería de ninguna manera que ella tuviera hijos con ningún otro hombre que no fuera él. Al diablo con todo. ¿Cómo había podido meterse en semejante lío?:Mentalmente, ensayó unas cuantas frases.
Mi querida lady... ¿Lady qué? ¿Hitomi? Si su nombre era Hitomi, le prohibiría que volviera a usarlo.
Mi querida lady Hiroshi, me siento profunda y desenfrenadamente atraído por la idea de casarme contigo y llevarte a la guerra.
Me temo que buena parte de tu vida la pasarás sin mí en los acantonamientos de una tierra extranjera —espero que se te dé bien aprender las lenguas y las costumbres foráneas—, aunque yo me reuniré contigo con tanta frecuencia como la contienda me lo permita.
Desde luego, podrías quedarte con el regimiento, si no te molestan las pulgas, el barro y las interminables obligaciones de atender a los heridos y enfermos...
Suspiró. Seguro que ella se mostraría tremendamente entusiasmada.
También podía retirarse del ejército. Menma no hacía más que insistir en ello por culpa de aquellos estúpidos médicos, pero Naruto no tenía ningunas ganas de llevar una vida tranquila. Echaría de menos la camaradería, los proyectos, el reto, la excitación y las tierras extranjeras. La vida ociosa de Londres o el cultivo de los tulipanes en el campo le aburrirían mortalmente y, sin duda, le llevarían a meterse en líos.
Después de todo, había sido el aburrimiento lo que le había enredado en aquella aventura.
Su damisela reía con el bebé: en su rostro se reflejaba el radiante deleite del niño. No tenía nada de fría o de dura.
Al diablo con todo.
Naruto buscó alguna distracción y vio el arrugado periódico.
La luz se estaba extinguiendo, así que prendió una mecha y encendió uno de las velas del candelabro de pared. Después se estiró para coger la Gazzette, y buscó las noticias relativas a la guerra.
Los americanos permanecían tranquilos y parecía que el poder francés en aquellas tierras había sido aplastado. Había cierta inquietud en las colonias en relación con los nuevos impuestos fijados para financiar su reciente defensa.
Pero aquello volvería pronto a su cauce. La mayoría de las noticias tenían que ver con la escandalosas zarina Catalina de Rusia y el avance prusiano contra Austria. Tal vez él mismo acabara destinado en Hanover o en algún otro sitio por el estilo. Después de la imprevisible y selvática naturaleza del Nuevo Mundo, temía que aquello le resultara insípido.
Al terminar las noticias bélicas, levantó la vista hacia las mujeres.
—¿Queréis que os lea algunas noticias?
—Sí, por favor —dijo Hanabi.
—¡No! —exclamó Hiroshi.
Interesante, pensó Naruto. Una vez más, vetaba la lectura de un periódico. ¿Qué demonios podía haber hecho ella para atraer el interés de la prensa?
Empezó a leer en alto. Leyó un fragmento sobre los disturbios de Rusia y otro sobre los avances en la fundición del hierro, pero examinaba todo el rato las páginas tratando de encontrar algo relacionado con su damisela.
Y lo encontró.
Se saltó el artículo crucial para leer una noticia sobre un incendio en Dover y otra acerca del juicio de un asombroso asesino que, al parecer, había envenenado a la mitad de su familia antes de ser capturado. Pero leyó despacio y se las arregló para ir mirando la otra historia al mismo tiempo.
Tenía que ver con la desaparición de Hanabi, y no con Hiroshi. Y no se contradecía con lo que ellas le habían contado. ¿Dónde estaba entonces el problema?
Según decía el periódico, se había extendido la preocupación por el paradero de la viuda y el hijo de sir K***h**i Ō***t***i. Se temía que lady H****i Ō***t***i hubiera perdido la cabeza a causa de la muerte de su esposo y su reciente parto, el cual, afortunadamente, había producido un heredero para el difunto noble. Tanto el padre de la dama, como la familia de su esposo ofrecían una importante recompensa a cambio de cualquier información que hiciera posible que la desconsolada señora volviera con los suyos para recibir sus amorosos cuidados.
El resto del artículo eran referencias genealógicas.
Lady H****i había sido, antes de su matrimonio, lady H****i H***a hija del conde de B**k****n, y hermana de lady H****a H***a…
Naruto dejó de leer. Finalmente, su memoria se había activado, y podía rellenar los huecos con las letras que faltaban.
El nombre de su damisela era Hinata Hyūga.
La infame y deshonrada Hinata Hyūga.
