Los Pecados del Lord
16: Quédate Conmigo
—¿CASARNOS? —Hinata notó como si flotara acunada por una sensación de irrealidad. Pero Naruto seguía de pie en el reservado, inclinado sobre ella, anunciando que contraerían matrimonio a la mañana siguiente.
—Ya sabes, votos, una licencia... —se burló él—. Pensaba que habías oído hablar de ello. En sus ojos brillaba un atisbo de cólera y algo que ella no comprendió.
—Pero si ya he decidido ir contigo.
Naruto la levantó del asiento y se sentó colocándola sobre su regazo.
—¿Te has vuelto loca, mujer? Tenías razón al no aceptarme. No permitiré que destroces tu vida por estar conmigo.
Ella estudió su dura expresión y se dio cuenta de que lo que veía en sus ojos era miedo. No eran los nervios de un hombre que estuviera considerando el matrimonio, sino el pánico absoluto.
—No puedo prometerte que vaya a ser un esposo modelo —continuó Naruto—. Que esté en casa a las cinco para tomar el té y cosas de ésas. Trabajo con los caballos día y noche durante la temporada de carreras. Bebo, juego a las cartas y mis amigos no son respetables. Te trataré como a una querida, como a una amante, porque sin duda alguna no sé cómo tratar a una esposa. Si no es eso lo que quieres, dímelo ahora y regresa con tu reina.
Su voz era ronca; la de un hombre que estaba intentando expresar aquello que no sabía cómo decir.
Ella se rió para sus adentros.
—¿Sabes? Una vez pensé que si te declarases a una mujer serías muy romántico. Que lo harías en un bote en mitad de un lago azul. O que la bajarías del caballo y harías que se desmayara de deleite.
—No soy un hombre romántico, Hinata. Solo quiero estar contigo.
Sus palabras hicieron que la atravesara una oleada de fuego que la calentó a pesar del frío de septiembre.
—¿Quieres decir que quieres que nos comportemos como amantes pero que nos casaremos para evitar el escándalo?
—Así, si te cansas de mí, no tendrás que preocuparte de que tu hermano se niegue a recibirte. Si eres mi mujer siempre dispondrás de dinero y un lugar para vivir. Te mantendré sin importar lo que pienses de mí.
Ella parpadeó.
—Bueno, estás poniendo fin al matrimonio antes de que empiece.
—No fui un buen marido antes y no puedo prometer que vaya a ser mejor. Si no quieres esto, puedes bajarte en la siguiente parada.
La locomotora iba cada vez más rápido, atravesaba la noche a toda velocidad.
—Tengo todas mis cosas en el tren, así que tendré que casarme contigo o renunciar a mi guardarropa nuevo.
Otra vez vio una llamarada de pánico que él enmascaró con cólera rápidamente.
—En el momento en que no quieras seguir viviendo conmigo, me lo dices. ¿Has comprendido? Sin divorcio, separación o escándalo. Me lo dices y te proporcionaré una casa y dinero suficiente para hacer lo que quieras.
—Lo tendré en cuenta.
Naruto gruñó. Le colocó la mano en la nuca y le dio un beso con los labios entreabiertos.
Calor, placer, fuerza. Ella le rodeó con los brazos y se rindió. Optar por escaparse con él había sido la decisión más difícil de su vida, pero al final había sabido que, si no lo hacía, lo lamentaría durante el resto de su existencia. El destino le había brindado aquella oportunidad para ser feliz y no podía dar la espalda ni a la felicidad ni a Naruto.
Aquello convertía la decisión de casarse con él en algo ridículamente fácil de tomar. Pertenecía a ese hombre, estaba fugándose con él. Podía hacer lo que quisiera.
Se reclinó, alentándole a inclinarse con ella, y Naruto le cayó encima, sobre el asiento. El peso contra su cuerpo hizo que se le desbocara el corazón. Le deslizó las manos por la espalda hasta las caderas para acariciar las prietas nalgas cubiertas por el kilt.
La puerta se abrió de golpe. Ella intentó incorporarse, pero Naruto la empujó, protegiéndola, dispuesto a dar una paliza al intruso.
Konohamaru cerró con un portazo, se dejó caer en el asiento de enfrente y le dedicó una radiante sonrisa, ignorando por completo a su padre.
—Bien, por fin estamos todos. ¡Excelente! Ahora vamos a divertirnos.
A la mañana siguiente, Hinata Sarutobi se encontraba en la sala de la casa londinense de Nagato MacUzumaki para casarse con lord Naruto MacUzumaki gracias a una licencia especial que el novio había obtenido antes de ir a Doncaster. Fueron testigos el ama de llaves, el mayordomo de Nagato y la esposa del vicario. Konohamaru permaneció al lado de su padre, sonriendo de oreja a oreja.
A ella le picaban los ojos mientras repetía los votos, habían pasado la noche en el tren y llegado a Londres a primera hora de la mañana.
Pero, antes de que pudiera recobrarse de la sorpresa de escuchar al vicario declarándoles marido y mujer, volvía a estar en un tren, camino de Dover, acompañada de Naruto y Konohamaru con una pesada alianza en el dedo. Su flamante marido quería llegar a París lo antes posible.
Ella, por su parte, estaba encantada de salir de Inglaterra porque, aunque se habían casado legalmente, su fuga tenía todos los ingredientes para convertirse en el escándalo de la década. Un affaire podría encubrirse con un poco de discreción, como había sugerido Rin, pero un repentino matrimonio con la oveja negra de los MacUzumaki era material de primera página en los periódicos.
Naruto no solo era hermano de un duque, además era el heredero del título mientras Nagato no tuviera hijos propios. Y a pesar de que su madre fue la hija de un vizconde, la familia Hyûga no era prominente ni poderosa, ni particularmente rica.
Aquel matrimonio sería criticado abiertamente y considerado una unión desgraciada que andaría en boca de todo el mundo a lo largo de todo el país. Serían muy crueles cuando se refirieran a cómo habría embaucado a lord Naruto, un notorio donjuán que había jurado no volver a casarse, para inducirlo al matrimonio. A la reina le daría una apoplejía.
Por consiguiente, estaba encantada de haber subido al tren y escapado al Continente. Neji y su cuñada se quedarían tan aturdidos y desconcertados como la reina cuando recibieran su telegrama.
Pero Rin tenía razón: ya no era una tierna debutante. Era una viuda respetable, con experiencia, que tomaba sus decisiones con la cabeza clara.
«Bueno, con la cabeza casi clara», pensó, mientras Naruto, que tenía los billetes, se sentaba a su lado. Aquel cuerpo tan grande ocupó la mayor parte del asiento sin dejar ni un centímetro entre ellos. Tenerle tan cerca hacía muy difícil que conservara la mente totalmente despejada.
Konohamaru les acompañaba, radiante, en su asiento. La costumbre de Naruto era dejar a su hijo con Iruka, en Berkshire, hasta el comienzo del trimestre de otoño, momento en que regresaba a la escuela. Era la misma disposición cada año; Iruka no abandonaba Inglaterra ni a su familia y Naruto no confiaba sus caballos a nadie más mientras estaba ausente. De todas maneras, viajar al extranjero era un peligro para un gitano.
Pero Konohamaru les había suplicado que le permitieran acompañarlos. Ella, al ver la desesperada soledad en los ojos del muchacho, se había puesto de su lado y Naruto tampoco se negó.
Detuvieron su viaje en Le Havre, donde Naruto había reservado tres habitaciones, una para cada uno, en el hotel más caro de la localidad. Cuando ella le indicó que ahora que estaban casados podían compartir dormitorio, él le dedicó una mirada insondable y le dijo que eran habitaciones pequeñas y él ocupaba demasiado espacio.
Pensó que no le importaría que Naruto ocupara todo el espacio de su dormitorio, pero no tuvo oportunidad de discutir. En el restaurante donde cenaron, Konohamaru comió con apetito y Naruto lo hizo como un hombre decidido. Ella, en cambio, se sintió nerviosa e inapetente.
Más tarde, mientras se cepillaba el pelo antes de dormir, Naruto entró en la habitación, cerró la puerta y giró la llave.
Se quedó paralizada, con el cepillo en el pelo. No había estado a solas con Naruto desde que Konohamaru irrumpió en el compartimento del tren, en Doncaster. Había sido como si el muchacho hubiera querido ejercer el papel de dama de compañía, pegándose a ellos hasta que habían terminado de cenar esa noche, momento en el que les deseó buenas noches y salió del comedor.
Pero se dio cuenta de que no se había ido a la cama, sino que se dirigió hacia uno de los salones, probablemente para fumar y jugar a las cartas. Naruto le dejó alejarse sin intervenir y ella pensó que era más inteligente no interferir durante su primera noche como lady MacUzumaki.
«Lady MacUzumaki». Le llevaría mucho tiempo acostumbrarse a eso.
—¿Ya te has instalado? —preguntó con falso entusiasmo.
Naruto se acercó, le quitó el cepillo de la mano y lo dejó sobre la mesilla. Notó el calor de su boca en el cuello cuando comenzó a desabrocharle el camisón.
Ella entrecerró los ojos y se apoyó en él.
—Creo que esta noche deberías abrirlos todos, ¿y tú?
Le mordió el cuello. Sus dedos se ocuparon con rapidez de los botones hasta que pudo deslizar las manos dentro de la prenda.
—Me muero por ti.
«Se moría». Sí. Ella llevaba semanas ardiendo por él. Habían permanecido juntos en el tren hasta Dover, con Konohamaru sentado frente a ellos, y en el transbordador, observando cómo se alejaban de Inglaterra desde la cubierta, uno junto a otro pero sin tocarse. Una agonía.
La sangre de Naruto hirvió al saborearla. Hinata era dulce y deliciosa. La miró, observó su leve sonrisa, aquel pícaro brillo en sus ojos...
«Me muero por ti, esposa mía».
«Mi esposa».
Sus pechos le pesaban en las manos y ella respiró contra su boca mientras jugaba con ellos, luego bajó la mano y la introdujo entre sus piernas buscando la humedad y el calor que protegían sus rizos. Le excitó el cálido aroma que emanaba de su sexo, pero se excitó todavía más al notar que ella contenía el aliento.
Se estiró para bajar la intensidad de la lámpara de gas. El cuarto se quedó casi a oscuras; eso era lo que él quería. Tenía demasiadas cicatrices, demasiadas marcas dolorosas que no quería que ella viera.
La hizo levantarse y le quitó el camisón por completo. Ella apoyó una mano en el tocador; su amante tranquila y desnuda, esperando a ver cómo se desvestía.
Se despojó del abrigo, la corbata, el chaleco, la camisa; demasiadas capas de tela entre ellos. Se arrancó los calcetines y los zapatos.
Entonces vaciló, solo vestido con el kilt. Podría dejárselo puesto porque no llevaba nada debajo. Se había quitado la ropa interior en su dormitorio, antes de dirigirse al de Hinata. No le importaba que ella le viera las cicatrices de la parte de atrás de las piernas, pero tenía otras más terribles en las nalgas que no estaba seguro de querer que notara.
Ella enganchó el dedo en la cinturilla y tiró con fuerza.
—Sigue, no seas tímido.
Él se rio. A Naruto MacUzumaki no le habían llamado tímido en la vida.
¿Qué demonios? Se desabrochó el kilt y lo dejó caer al tiempo que se sentaba en la silla. Era un mueble delicado, una silla apropiada para un vestidor de damas, y sintió que las patas se tambaleaban bajo su peso.
Ella le miró con picardía mientras deslizaba los dedos de arriba abajo por su erección. Decir que se moría por ella no había sido una exageración.
La apresó por la cintura y la atrajo hacia su regazo, acomodándola sobre él a horcajadas. Ella entrecerró los ojos, convirtiendo la sonrisa en una expresión de placer cuando comenzó a introducirse en ella.
«¡Oh sí... Este es el lugar al que pertenezco!». La posición consiguió que se hundiera hasta el fondo, que ella se cerrara en torno a él como un puño. Sí, que le ciñera como un puño.
Le acarició las caderas mientras la besaba en el cuello, mordisqueándola a placer. Le lamió la piel y ella emitió un gemido gutural. Succionó con más fuerza, marcándola. «Es mía. No pertenece a ningún otro hombre». ¡Oh, Dios! Qué bien sentaba pensar eso.
Ella se meció sobre él, entregándose instintivamente con todo su ser. La enseñó a moverse de la manera más satisfactoria.
Los pechos de Hinata se aplastaron contra su torso, presionando los pezones con ardiente fricción.
Ella le besó, besos torpes y apasionados.
—Eso es —susurró. Le mordió el lóbulo de la oreja—. Esta es la manera de amarme, mi Hinata. La respuesta fue un suave lloriqueo de placer.
—Eres muy estrecha y estás mojada —continuó—. Mi picara Hinata, ya preparada para su amante. El «mmm» que ella emitió consiguió que el corazón le palpitara alocadamente.
Se movieron juntos mientras la silla rechinaba en protesta. Ella le rodeó con las piernas y él clavó los pies desnudos en la alfombra, acariciando el sedoso manto de pelo de la joven, dejándose llevar.
Iba a terminar demasiado pronto. Gimió, no estaba preparado; quería seguir perdiéndose en su interior durante varias horas, pero su cuerpo estaba demasiado absorto en ella, era demasiado suave y hermosa. Le encantaba su aroma femenino, le despojaba del control.
Ella respiró más rápido al llegar al punto álgido, meciendo las caderas con un ritmo que no era necesario aprender.
Se dejó ir. Sus nalgas abandonaron la silla para embestir a conciencia, arqueando las caderas para que su unión fuera más rápida e intensa.
Las palabras que salieron a raudales de su boca fueron roncas y sucias, alabando su cuerpo y lo que le hacía sentir. Ella se sonrojó, con los ojos brillantes como estrellas, gimiendo todavía con más fuerza al escucharle.
—¡Sí, sí, Naruto! ¡Por favor! —gritó con la voz rota. El alcanzó el éxtasis. Su cuerpo apenas tocaba ya la silla en el momento en que Hinata gritó de placer. Su ronco alarido se unió al de ella.
Luego se dejó caer de golpe en el asiento. Las patas volvieron a rechinar, pero aguantaron el peso.
—¿Te he hecho daño? —La besó, acariciándole el pelo—. Cariño, ¿te hice daño? ¿Estás bien?
Ella interrumpió sus palabras con los dedos.
—Naruto, estoy bien. Ha sido maravilloso. Absolutamente maravilloso.
—Tú sí que eres maravillosa, Hinata. —La acunó entre sus brazos con la respiración jadeante. Era suave y tierna. Y sabía y olía mejor.
No fue hasta que notó que volvía a endurecerse, preparándose para la siguiente ronda, cuando se dio cuenta de que se había derramado en su interior. No se había acordado de retirarse, y no porque hubiera recordado que era su esposa. La ceremonia y lo que significaba no había hecho mella en sus sentidos.
Sólo había querido estar dentro de Hinata y quedarse allí, donde todo era seguro y maravilloso, donde su ternura le envolvía aliviando cada dolor de su alma.
La amó dos veces más en la silla, luego la llevó a la cama. Ella despertó cuando tapaba con las mantas su cuerpo desnudo y le cogió de la muñeca antes de que pudiera marcharse.
—Quédate conmigo —susurró.
Él la miró durante un buen rato. Hinata no dijo nada., pero pensó que parecía combatir contra algo en su interior; que no hablaba porque no podía.
Le vio apretar los puños y tensar un músculo en la mandíbula; un hombre enorme y delicioso sin nada más que un kilt envuelto descuidadamente alrededor de la cintura. Notó que controlaba la cólera poco a poco, sin dejar de mirarla. En realidad, no la veía, aunque sus ojos jamás la abandonaron.
—Casi ha amanecido —dijo en voz baja—. El tren saldrá muy temprano. Duerme.
Le observó darse la vuelta y dirigirse hacia la puerta, cerrándola con tanta fuerza que se agitaron las cortinas. Le escuchó atravesar la suite hasta su dormitorio. Después, mucho más débil, resonó el clic del cerrojo.
Hinata respiró hondo, pero el aire le hizo daño. Su cuerpo estaba dócil y maleable tras haber hecho el amor en la silla. Naruto se había entregado por completo a ella. Era un hombre grande y aun así la había abrazado con ternura, sin dejarla caer, sosteniendo el peso de ambos.
No sabía cómo un hombre tan rudo podía ser tan tierno, pero así era Naruto. Pero el miedo que había visto en sus ojos cuando le pidió que se quedara había sido real. Un profundo brillo de pánico que hizo que se apartara de ella.
Un hombre tan fuerte no debería tener miedo de una mujer. Decidió en ese momento que llegaría al fondo de aquel asunto, que conseguiría que él le explicara lo que sentía y que le haría olvidar lo que provocaba que se comportara así. Lo haría.
Emociones encontradas, júbilo tras hacer el amor y preocupación por él, bulleron en su interior impidiéndole cerrar los ojos. A pesar de lo cansada que estaba, no logró dormirse hasta que estuvo en el traqueteante tren y el sol brillaba en el cielo.
Una vez llegaron a París, un lujoso carruaje de alquiler les trasladó a la casa que Naruto había alquilado en la Rué Rivoli. El edificio tenía seis pisos y una barandilla de hierro repujado que giraba en espiral con la escalera que comunicaba el grandioso vestíbulo y las plantas superiores.
Hinata también tenía allí su propio dormitorio, con amplios ventanales que se abrían al jardín trasero. La habitación de Naruto daba a la fachada principal y la de Konohamaru estaba un piso más arriba.
El edificio era moderno, elegante y hermoso; muy diferente a cualquier otro en el que hubiera vivido. En la residencia de la reina el espacio solía estar abarrotado, desordenado y lleno de retratos familiares y gente manirrota. La casa de Naruto tenía fríos suelos de mármol y paredes con claros paneles de madera donde colgaban pinturas del nuevo estilo realizadas por Degas, Manet, Monet o el joven Renoir. El mobiliario estaba acorde con aquel nuevo estilo, más sobrio; una violenta reacción a los muebles repujados e incómodos que se habían utilizado hasta entonces.
Aquella casa hablaba de dinero y buen gusto, probablemente Yahiko tuviera que ver con la elección de cuadros y Konan con la decoración, pero seguía siendo la casa de un soltero. Fría y elegante, pero un poco inhóspita.
Cuando le sugirió que podía bordar algunos cojines para la salita, Naruto la miró como si se hubiera vuelto loca y se la llevó de compras.
Había visitado París en una ocasión, durante su desafortunado viaje al Continente con Neji y su cuñada, pero se habían alojado en un pequeño hotel en una zona más barata. su cuñada se había sentido tan nerviosa en la ciudad que no quiso aventurarse lejos del hotel en ningún momento, así que realmente había visto poco de París.
Naruto le mostró un mundo nuevo. La llevó a las tiendas de moda, donde parecían dispuestos a venderles todo lo que pudieran desear; les agasajaron ambiciosos distribuidores de arte, ansiosos por ofrecer a Naruto los mejores cuadros, y visitaron tiendas de objetos de lujo.
Allí se podía comprar todo tipo de cojines u ordenar fabricar los que mejor se adaptaran a su gusto. Y así lo hizo. En un lugar especializado en lujosos bordados equipado con todas las novedades encontró lo que buscaba: el Paraíso.
Almorzaron en un café y descubrió algo todavía más maravilloso de París: los pasteles. Le encantaron los pasteles; todas las finas capas de confituras y chocolates complacieron su alma. Dio cuenta de un trozo enorme en la cuarta salida de compras y notó que Naruto miraba divertido cómo lamía el tenedor.
Se encogió de hombros.
—Me gusta el dulce.
—En París podrás comer los mejores —aseguró Konohamaru, sirviéndose otro trozo—. Cada café de este boulevar tiene su propia especialidad. Cada día puedes probar uno diferente.
Ella sonrió de oreja a oreja.
—Sí, me parece buena idea.
Naruto se rio de ellos; un cálido sonido. Era la primera vez que se reía desde que se reunió con él en Doncaster. Saboreó su risa del mismo modo que saboreó el último bocado de crema de chocolate del plato.
Aquella noche, Naruto la llevó a otro mundo nuevo. Uno que ella solo había vislumbrado a través de las columnas de sociedad en los periódicos. El propio Naruto eligió su ropa; el vestido lila oscuro con el raso plateado que Konan había diseñado y que tan bien combinaba con los diamantes que le regaló en Rasengan.
—No es apropiado para una matrona —le dijo cuando él colocó el collar sobre su escote y cerró el broche.
Sus miradas se buscaron en el espejo del tocador.
—No eres una matrona, Hinata MacUzumaki; eres una mujer hermosa. Quiero que todos vean lo bella que eres y que me envidien.
—Estaba bromeando.
La besó en el cuello.
—Yo no.
Ella encontró embriagadora la diferencia que apreció en sí misma cuando Naruto la paseó por la noche parisina, sumergiéndola en el remolino de la vanguardia. Y todavía lo era más por tenerlo a su lado, con su chaqueta negra y su kilt con el tartán de los MacUzumaki. Era un hombre poderoso, dueño de un abrumador atractivo, y ahora le pertenecía. Las mujeres la miraban con envidia y curiosidad, preguntándose quién era la anodina morena que acompañaba al muy elegible lord Naruto.
—Deberíamos tomar pasteles después —propuso ella mientras bebía champán en el restaurante Drouant—. Uno de chocolate con crema. Creo que es mi favorito, aunque no estoy segura. Me quedan muchos por probar.
Los pasteles eran un tema seguro. A pesar de su empeño, cada vez que intentaba sacar a colación el tema de que un matrimonio compartía cama, los ojos de Naruto se endurecían y cambiaba de tema; por lo general de manera irascible. Había comenzado a hacerlo cada vez que pensaba que ella mencionaría la palabra cama. Sus conversaciones se habían reducido a banalidades y hacían el amor con intensidad, pero sin palabras.
—La mayoría de las mujeres quieren recorrer los boulevares comprando joyas o sombreritos —se burló Naruto—. Pero tú te diriges directamente a las boulangeries.
Hinata respondió quitando importancia.
—Quizá sea porque en la Academia de la señorita Yûhi eran muy rácanas con el dulce. Confieso que si quería tomarlo, tenía que robarlo.
—Mmm, así que esa es la explicación para tu carrera criminal.
—Esos pasteles harían pecar a un santo, te lo aseguro. La cocinera era francesa y sabía cómo hacer capas y capas de bizcocho con crema entre ellas. Ahora me doy cuenta de que solo nos mostraba un atisbo de las alegrías que encontraríamos en Francia.
—Te llevaré por todo el país para que puedas probar la especialidad de cada región —propuso Naruto.
—¿De verdad? Sería espléndido...
Las palabras de Hinata quedaron interrumpidas por un agudo chillido de la mujer que se sentó en la silla junto a la de ella y se sirvió una copa de champán.
—Lady MacUzumaki, creo —dijo Mei Terumi antes de reírse—. Desde luego, querida: ¿no te da vergüenza?.
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Continuará...
