Cuñados


[La Historia, imágenes y personajes NO me pertenecen, los tome para entretenimiento, SIN ánimo de LUCRO]


El rancho Namikaze anidaba entre un grupo de pinos altos, en un valle tapizado de hierba, rodeado completamente por montañas boscosas En cuanto estuvieron lo bastante cerca para verlo con claridad, a Hinata le pareció maravilloso.

Mientras Naruto guiaba al potro hacia la casa, Hinata no pudo desembarazarse de la sensación de que allí era donde debía estar. Fue como si hubiese estado toda la vida esperando este momento, y, tal vez, a este hombre. Qué locura. Era absurdo. Este matrimonio era una burla y estaba destinado a disolverse. Pensar que podía ser de otro modo era una locura total.

Cuando Naruto llevó al caballo hasta el borde del porche, Hinata vio una mancha blanca cerca de un tocón de extraño aspecto. Escudriñando con más atención, supo que lo que veía era un bloque de cortar leña, con plumas de gallina pegadas en la base. Sintiendo una inmediata inquietud, pasó la vista hacia la casa misma. Cualquier cosa que la distrajera de la imagen de sangre y cuchillos que, sin duda, debió de acompañar la reciente matanza.

La casa era la simplicidad misma: una estructura apaisada de troncos sin desbastar y techo de corteza de cedro. No había manera de verla bella, por más imaginación que se pusiera, pero podía ser encantadora si se hacía algún intento por embellecerla.

Decir que no había existido ningún intento fue, para Hinata, subestimar la realidad. Más bien al contrario, por lo que se veía. Incluso sin las gafas, distinguía una vieja bañera oxidada a un costado del porche delantero, con una tabla de lavar gastada apoyada en un extremo, dentro, y un par de calcetines con mugre incrustada, colgando del borde.

Cerca había un saco de harina tirado, del que se había derramado un poco del contenido, humedecido y pegajoso por la lluvia y luego endurecido como una piedra, por el sol. Detrás del saco de harina, un saco a medias usado de patatas estaba apoyado contra la casa, cerca de la puerta principal. En general, tenía el aspecto de un lugar habitado por una banda de intrusos, no muy pulcros.

-Haría falta un poco de limpieza -dijo Naruto, a modo de disculpa.

-Oh, es encantador. En serio. Me gustan las casas de troncos. ¿A ti no?

A decir verdad, Hinata prefería las de tablas, pero no tenía intenciones de herir los sentimientos de Naruto.

Al mirar hacia atrás, su vista se posó en la boca firme de su esposo, y no pudo menos que recordar cómo se había sentido en los brazos de él la noche anterior, cómo había sucumbido, aturdida, a sus besos.

Evocándolo se preguntó cómo sería si volvía a besarla ahora. En pleno día, ¿las caricias de Naruto le resultarían aburridas y sosas como las de Toneri? ¿O, como le había sucedido la noche pasada, el primer contacto con sus labios le quitaría el aliento?

Tal vez sería mejor no averiguarlo. Hanabi no era la única muchacha a la que le habían destrozado el corazón: a Hinata también le había pasado, y si algo aprendió de la experiencia fue que las mujeres como ella no les resultaban atractivas a los hombres apuestos.

Cuando Naruto se echó hacia delante para dejar las riendas sobre la montura y aferrarse del pomo, sintió el juego potente de sus músculos en el pecho y los brazos. Un estremecimiento le corrió por la espalda cuando su esposo se apeó y se estiró para ayudarla a bajarse.

-Puedo sola.

Pero la protesta llegó tarde. Antes de que pudiese parpadear siquiera, la había sujetado por la cintura. Hinata le apoyó las manos en los hombros y le sostuvo la mirada, mientras él la izaba con facilidad de la montura.

-No quiero que te las arregles sola -repuso, con voz ronca- No olvides que aquí somos ocho para ayudarte.

La alegró advertir que su expresión solemne, casi adusta, quedó desmentida por una leve sonrisa que jugueteó en las comisuras. Se le ocurrió que, tal vez, sonreía porque, de alguna manera, había percibido que Hinata se preguntaba cómo sería cuando volviese a besarla. Un sonrojo comenzó a subirle desde el cuello.

Naruto estaba de espaldas al sol, con el sombrero oscureciéndole las facciones tostadas. Incluso en esa sombra, sus ojos azulinos tenían un resplandor brillante. Cuando la miró, ella se sintió incapaz de moverse y no estaba segura de querer hacerlo. Como comprobó la noche anterior había algo en Naruto que la cautivaba.

El enigma era que no sabía qué era ni por qué, pero cuando la miraba con esos cálidos ojos azul, se sentía… se sentía como invertebrada. Pero eso era una estupidez.

Sujetándola del codo con una mano grande y diestra, Naruto la ayudó a subir al porche.

-Si hubiésemos sabido que tendríamos compañía, habríamos limpiado. -Como para subrayarlo, dio un puntapié al saco de harina-. Como el rancho lleva tanto tiempo de trabajo, la casa está un tanto descuidada. -La condujo hasta la puerta, y se inclinó rodeándola, para abrirla con el pie-. No es que tengas que considerarte una visita, Hinata. Desde ahora esta es tu casa.

Tras lo cual abrió la puerta a una cocina tan atestada y desordenada que desafiaba todo intento de descripción. Una mesa insólitamente larga, con la superficie sepultada bajo pilas de basura que, por suerte, Hinata veía borrosa, dominaba el centro del ámbito. Si no hubiese sido por algún que otro plato sucio intercalado, habría creído que en realidad no la usaban para comer.

-Oh, caramba...

La mano de Naruto se tensó en su brazo.

-Los muchachos y yo te ayudaremos a limpiar todo -la tranquilizó-. Y, de paso, yo podría poner unas planchas de madera en las paredes. Sé que a las mujeres les agrada colocar empapelado y cuadros, y esas cosas.

Hinata se esforzó para ver. El interior de la casa parecía demasiado penumbroso, quizá porque las paredes de troncos estaban ennegrecidas por el tiempo. Una mitad de la cocina estaba separada del fondo de la casa por una pared, y la otra se abría hacia una zona de recibidor, creando un cuarto de estar en forma de L, sobre el que asomaba un gran altillo.

Hinata esperaba que, si los hermanos de Naruto iban a ayudarla a limpiar, trajesen consigo palas de hoja ancha. Pensándolo mejor, tal vez ni las palas bastasen. Hasta donde alcanzaba a ver, en cada rincón había montículos de basura.

Periódicos viejos, latas de comida vacías, ropa sucia, libros escolares, pizarras... Daba la impresión de que alguien hubiese vaciado el contenido de la casa en el suelo, lo hubiese agitado y luego apartado la mezcla a los costados, para dejar espacio por donde caminar. Nunca, en toda su vida, había visto un desorden tan espantoso.

De repente, de entre los escombros, apareció un niño de cabellos de oro.

Frotándose un ojo con el puño, observó a Hinata con el otro.

-¿Tú quién eres?

Cuando se acercó lo suficiente para que Hinata pudiese verlo mejor, creyó que nunca había visto un niño tan hermoso. Supuso que tendría alrededor de seis años y era exactamente como se imaginaba a Naruto a esa edad, compacto y delgado, de piel bronceada y con una mata de cabello dorada.

-Hola -le dijo, acuclillándose para saludarlo a la altura de los ojos del niño-. Me llamo Hinata. ¿Y tú?

-Azumi.

Se sacó el puño del ojo y tuvo que parpadear para que las pestañas pegajosas se despegaran. Hinata vio que una raya de suciedad le cruzaba una de las mejillas. El niño la contempló largo rato, con expresión más seria de lo que cabía esperar en un niño de su edad. Con un ceceo que distorsionaba las eses, añadió:

-Tengo casi siete años.

-Faltan nueve meses para eso -puntualizó Naruto-. ¿Y por qué estás durmiendo en el recibidor, chiquillo? Y no hablemos de que ya es casi mediodía.

-Anoche nadie me despertó para que fuese a dormir arriba -repuso Azumi, acomodándose una tira del tirante sobre el hombro-. Y no me llames "chiquillo", Naruto. Soy muy mayor para que me llames como a los niños pequeños.

Hinata no pudo contener una sonrisa.

-Yo creí que tenías, por lo menos, ocho -mintió-. Debes de ser muy alto para tu edad.

Azumi la recompensó con una sonrisa complacida que mostró la ausencia de algunos dientes de adelante.

-Naruto dice que sólo le llego a la rodilla.

-Sí, bueno, teniendo en cuenta lo altas que son las rodillas de tu hermano, podemos decir que eres alto para tu edad -comentó Hinata, diplomática-. Creo que la gran altura es un rasgo de tu familia. -Echó una mirada a Naruto-. No me dijiste que tenías un hermano tan...

Estuvo a punto de decir "pequeño" pero se contuvo.

-¿Crecido? -propuso Naruto. Hinata sonrió y se incorporó.

-Exacto.

Naruto le lanzó una mirada significativa.

-Como dije, tengo mis razones para querer una esposa.

Al haber conocido a Azumi, Hinata comprendió el deseo de Naruto por hacer casi cualquier cosa para lograr la felicidad del niño, incluso ser el novio de una boda celebrada a punta de revólver.

El problema era que, seguramente, sus sentimientos cambiarían cuando supiera que era medio ciega y, si no, cuando la viese con las gafas. Como la afección visual era muy severa, tenía que usar unas lentes muy gruesas, que la despojaban de toda belleza, aunque hubiese sido la mujer más hermosa del mundo. Hinata había aprendido por las malas que los hombres apuestos querían estar col mujeres bellas, cosa que ella no era con las gafas encaramadas a la nariz.

Antes de que pudiese enderezarse del todo, un muchacho más grande bajó a toda velocidad por la escalera que daba a la cocina. Iba abotonándose los vaqueros y al ver a Hinata se paralizó.

-¡Maldición, Naruto! -Se apresuró a terminar de ías haber avisado que teníamos visita.

-Este es Daisuke -dijo Naruto a modo de presentación; miró primero a Hinata y después, señalando con la cabeza al hermano, agregó-: Catorce para dieciocho. Disculpa su lenguaje, pero me quedé sin jabón.

Hinata no tuvo inconvenientes en creerlo, pues era evidente que el jabón escaseaba. La camiseta de Daisuke, que había sido gris en otros tiempos, ahora se veía más bien castaña. Todavía acuclillada ante Azumi, le ofreció una sonrisa amistosa.

-Hola, Daisuke. Me alegra conocerte.

El muchacho inclinó la cabeza. -Lo mismo a mí.

Al parecer, los buenos modales eran otra área que Naruto había descuidado. Se incorporó, observó la cocina y la ganó el abatimiento. Naruto había aceptado el matrimonio porque necesitaba una mujer en la casa: no hacía un secreto de eso.

En síntesis, le ofrecía una vida allí a cambio de sus habilidades como ama de casa y cocinera: era así de simple.

Hinata sabía que la mayoría de las mujeres se hubiesen sentido insultadas. Querrían que un hombre se sintiera atraído por su apariencia; que las amara por su personalidad, que se casara por motivos del corazón.

Pero Hinata había aprendido hacía mucho tiempo a no esperar ninguna de esas cosas. El ofrecimiento de Naruto no la había ofendido. Al contrario, se sentía excitada, sin hablar de que estaba tentada de aceptarla.

Había sólo un problema. Un gran problema. Desde la muerte de su madre cuando Hinata tenía cuatro años, fue la señora Kurenai, el ama de llaves que contrató su padre, la que se había ocupado del funcionamiento de la casa.

Como era una mujer a la que no le agradaba que nadie se inmiscuyese, no alentó a Hinata ni a Hanabi a que la ayudasen en ninguna de las tareas.

Como consecuencia, el conocimiento de las tareas domésticas que tenía era limitado. Siguiendo una receta paso a paso, podía cocinar platos sencillos, y supuso que el sentido común la ayudaría con casi todas las tareas relacionadas con la limpieza.

Pero ¿y el lavado de ropa? Hinata había enjuagado algunas veces sus calzas ribeteadas de algodón, pero, fuera de eso, jamás lavó, almidonó ni planchó una sola prenda. Por tentadora que fuese la proposición de Naruto, no sabía si estaba a la altura del desafío.

Por otra parte, esta era su oportunidad (tal vez la única) de tener lo que otras chicas daban por sentado: un esposo apuesto y joven, que le acelerase el pulso y le hiciera cosquillear la piel.

Durante mucho tiempo, Hinata se había resignado a conformarse con la segunda o la tercera alternativa: casarse con Toneri. Hacer el papel de la esposa del ministro. Fingir que no quería ni necesitaba excitación en su vida. Y ahora un salto del destino le había dado la posibilidad de tener más. Mucho más. Cada vez que recordaba el beso compartido con Naruto, se estremecía de expectativa.

¡Qué locura! Debería saber que no podía permitirse abrigar semejantes esperanzas. ¿Acaso no había aprendido nada la última vez que le destrozaron el corazón? ¿En verdad, era tan tonta que estaba dispuesta a arriesgarse otra vez a sufrir el mismo dolor?

Era absurdo pensar que podía ocultarles por mucho tiempo a Naruto y a los hermanos su defecto visual, aún por poco tiempo siquiera. Tarde o temprano, alguno de ellos la sorprendería usando las gafas, y Naruto sabría la verdad: que era medio ciega y, pan compensar, tenía que usar esas lentes tan horribles. Y cuando eso sucediera, se acabarían los besos que la hacían estremecerse. Seguramente Naruto pondría cualquier excusa que se le ocurriese para deshacerse de ella.

A menos que... quizás... ¡Oh, Dios, era absurdo pensarlo, siquiera! Pero había oído hablar de otros matrimonios que empezaron vacilantes terminaron muy bien. Si hasta su propio padre admitió, una vez, que, al principio, la madre no estaba muy entusiasmada ante la idea de casarse con él.

Pero, claro, mamá no era ciega como un murciélago. Aun así, ¿y si lograba mantener en secreto el uso de las lentes? La única ocasión en que le resultaban imprescindibles era para leer, y podía tratar de no hacerlo delante de nadie. Si tenía cuidado, mucho cuidado, podrían pasar meses hasta que Naruto supiera la verdad, y quizá para entonces se hubiese encariñado tanto con ella que ya no le importara que usase gafas.

Si bien el plan le parecía loco, un vistazo a Naruto la decidió. Sin lugar a dudas, era el hombre más apuesto que había conocido. Para una muchacha como ella, que hacía rato que ya no soñaba, la oferta era irresistible Tenía que aprovechar la oportunidad. Y si se le destrozaba otra vez el corazón, paciencia. Al menos no se iría a la tumba con ganas de patearse a s misma por no haberlo intentado.

Una vez resuelta, Hinata evaluó rápidamente el desorden que la rodeaba. En todas partes donde miraba parecía haber pilas de platos sucios Tenía el presentimiento de que su habilidad para subir las escaleras llevando un libro en equilibrio sobre la cabeza no le serviría de mucho en el hogar de los Namikaze.

-Yo, eh, no sé muy bien por dónde empezar... -Se volvió hacia Naruto-. ¿Has dicho que tenías tareas que hacer?

-Pocas -se apresuró a tranquilizarla-. Como es domingo, dejamos la mayor parte del día para las tareas dentro de la casa. En cuanto termine, vendré a ayudarte.

-¿Tenéis pan horneado?

Rogó que tuviesen, porque en su vida había preparado una hogaza.

-No. Por lo general, hacemos bastante los domingos para que toda la semana.

Como te he dicho, el domingo es el día que dedica a la casa.

A Hinata se le contrajo el estómago.

-Espero que tengáis un libro de cocina, pues no sé de memoria los ingredientes para hacer el pan.

-No exactamente un libro de cocina, pero sí tengo la colección de recetas que mi abuela y mi madre anotaron durante años. Nada muy elegante, sólo unas hojas de papel sueltas, guardadas en una caja de madera que hizo mi padre.

-¿Tienes una para pan?

-Por supuesto. Si no, estaría perdido. Yo tampoco sé los ingredientes de memoria.

Hinata se relajó un poco. Tendría éxito en lo culinario siempre que contara con las recetas. Con respecto a la limpieza, sería cuestión de guiarse por la nariz. El problema principal se presentaría con el lavado de ropa. En eso sí, sin duda, necesitaría ayuda. Tal vez si lo hacía más o menos bien en todas las demás cosas, a Naruto no le importara mucho eso.

De manera tan repentina que la asustó, Naruto vociferó:

-¡Todos a cubierta, aquí! ¡Ya es casi mediodía! ¡Hora de ponerse a trabajar!

Desde el altillo llegaron ruidos de elásticos que crujían y pies que daban en el suelo de madera. En menos de un minuto, apareció una cabeza en lo alto de la escalera. Luego otra. Antes de que Hinata se diera cuenta, cuatro jóvenes muy parecidos estaban de pie delante de ella. Por turno, se acercaron a unirse a las filas, con Daisuke y Azumi. A la llegada de cada uno, Hinata anunciaba su nombre y su edad.

-Yashamaru, diecisiete. Deidara, veinticuatro. Mitsuo, diecinueve. Hiro, veintidós.

A medida que cada uno de los muchachos le era presentado, Hinata sonreía e inclinaba la cabeza. Cuando Naruto terminó, ella dijo:

-Me alegra conoceros a todos.

-A todos, no -la rectificó Azumi-. Falta Menma. El tiene veinte.

-Ah, sí, Menma -dijo Hinata, cautelosa-. ¿Cómo he podido olvidarlo?

Azumi frunció la nariz y contempló especulativamente al hermano mayor.

-Tú no le has dicho cuántos años tienes.

Para sorpresa de Hinata, Naruto se situó ante ella y le pasó el brazo por los hombros:

-Yo tengo veintisiete, pilluelo, y como soy lo bastante mayor para establecerme, eso es, precisamente, lo que he decidido hacer. Esta mañana, Hinata y yo nos hemos casado

-¿Qué?

-¿Por qué no nos lo has dicho?

-¡Yo creí que iba a ser tu padrino!

-¡Por todos los diablos!

-¿Qué es lo que has hecho?

-Creí que Toneri era el prometido de ella.

-Le gané de mano a Toneri y la pedí primero -dijo Naruto- He aquí una lección para vosotros: no dejéis demasiado tiempo libre ligera y contenta a una muchacha bonita, pues, en cuanto os descuidéis, se casará con otro.

-Yo no sabía que conocieras tan bien a Hinata -dijo Hiro.

-¿Por qué no nos dijiste que pensabas casarte con ella?-preguntó

-¡Ah, bravo! -exclamó Azumi, excitado-. ¿Eso quiere decir que va a quedarse aquí? Naruto levantó una mano.

-Sí, se quedará -le aseguró. Y agregó para los mayores- Para responder todas las preguntas, sencillamente decidimos casarnos eso es todo. Cuento con que todos vosotros haréis sentir a Hinata que es bienvenida.

-¡Claro que eres bienvenida! -le aseguró Azumi-. Sobre todo si sabes hacer unos bizcochos como los que Naruto trajo el año pasado de la fiesta de la iglesia.

Hinata parpadeó. ¿Bizcochos?

-Por supuesto que sé hacer bizcochos -le contestó- Siempre que haya una receta entre los papeles que mencionó Naruto.

Un poco menos entusiastas, pero con la misma calidez, los Namikaze mayores le dieron la bienvenida, y Deidara, el que seguía en edad a Naruto término con:

-Estaremos orgullosos de llamarte hermana, Hinata. Bienvenida a tu nuevo hogar.

Hermana. Al oír la palabra, Hinata sintió que le ardían los ojos sospechosamente. Parpadeó un poco nerviosa, convencida de que la creerían loca si se le humedecían los ojos por algo tan tonto. Lo que pasaba era que siempre había deseado un hermano y ahora tenía siete, cuatro de ellos mayores que ella misma.

Era casi como si Naruto hubiese sabido lo mucho que quena tener un hermano mayor que la cuidara.

-Y a mí me gustará llamar hermanos a todos vosotros -dijo con la voz constreñida.

Una vez cumplidas las cortesías, Naruto sacó el brazo que rodeaba a Hinata y comenzó a enumerar lo que esperaba.

-Hinata limpiará este lugar -empezó-. Quiero que todos la ayudéis en cualquier modo que podáis. ¿Entendido? Dei, tú irás de inmediato a fuera y traerás las cosas de Hinata al dormitorio. Tú, Mitsuo, carga baldes de agua para ella en la bomba, para calentar sobre la cocina. Hiro, consigue todos los elementos que necesitará:

escoba, trapos limpios, cualquier otra cosa que quiera. Azumi, mientras ellos hacen eso, tú, con Daisuke y Yashamaru, poneos a recoger las cosas y a guardarlas. En sus respectivos lugares, no en cualquier lado, ¿eh?. Azumi: nada debajo de la cama ¿entendido?

Cuando dejó de dar órdenes, a Hinata le daba vueltas la cabeza. Dio por terminada la distribución de tareas con un:

-Y ahora, escuchad todos. Desde este momento, la palabra de Hinata es ley en esta casa. Estoy seguro de que ella establecerá algunas reglas nuevas y espero que todos hagáis caso de lo que dice, igual que si fuese yo. ¿Me habéis entendido? Nada de impertinencias con ella, u os daré patadas en los traseros.

Como Hiro era el que estaba más cerca de Hinata y podía verlo con claridad, vio que la miraba con expresión solemne. Pero, después de un instante, le sonrió e hizo un guiño irreverente. Era obvio que el hermano mayor no lo intimidaba demasiado.

Naruto se frotó las manos y la miró enarcando una ceja, con expresión interrogante.

-¿Me he olvidado de algo que quisieras decir?

-Sólo gracias. -Hinata sonrió-. Por hacerme sentir tan bienvenida.

Mitsuo intervino:-¿Bienvenida? ¡Hinata, es un milagro que no nos arrodillemos a darte las gracias! Hace tanto que aquí no se come una comida decente que ya hemos olvidado cómo sabe.

Hinata rezó para no desilusionarlos. Pero primero lo primero. Antes de poder probar la mano en la cocina, tenía que limpiar la cocina. Por suerte, tenía muchos ayudantes.