Hermione no podía dormir. A su lado, Ron roncaba como oso, pero ella no podía conciliar el sueño por tarde que fuera. El sol comenzaba a iluminar el cielo, aunque aún no se veía y con un suspiro aceptó que más tardaría en dormirse que en volver a despertar.

Se puso de pie. Siempre le había gustado la navidad en la Madriguera, desde que era adolescente. La noche tenía un silencio tranquilo y era una locura cómo podían caber tantas personas ahí, parte de la magia inexplicable de Molly Weasley.

El pasillo estaba oscuro. Hermione Weasley bajó las escaleras con cuidado. Después de tantos años sabía dónde pisar para evitar que la madera hiciera ruido. No le sorprendió escuchar las voces de su hija y Scorpius Malfoy en la sala. Se asomó un poco.

Bueno, aquella no era una vista que una madre apreciara del todo, pero ella se mordió el labio y aguantó las ganas de regañar a su hija, porque ante todo quería la verdad. Rose no se la daría, aquello le había quedado claro cuando regresó con Scorpius bastante tiempo después de haber salido y no había dicho ni una palabra de lo que pasaba.

La chimenea estaba casi apagada, salvo por algunas brasas relucientes que iluminaban la estancia. Rose estaba acostada debajo del chico, se estaban besando. Una manta tejida los cubría, más o menos, pero Hermione no era ninguna estúpida. La espalda desnuda de él y la pierna de su hija se asomaban y los delataban. Vio a Scorpius mirar con adoración a Rose, sentimiento que al parecer era correspondido.

—¿Estás segura de que quieres esto? —escuchó que decía el muchacho.

Rose, su pequeña Rosie, la hijita que tanto amaba, asintió.

—Más que nada, Scorpius.

—Aún podemos volver atrás. Te das cuenta de que estamos dejando la moneda en el aire, ¿verdad? Todo puede suceder.

—Está bien, Scorpius. Está bien.

El chico hizo un movimiento y Rose jadeó. Hermione creyó entender por fin lo que Neville había sentido en primer año cuando lo había petrificado, porque no pudo moverse.

Desconocía a su hija, se daba cuenta de que era una completa extraña de la que no sabía nada. Creía entender ahora muchas cosas. Su hijita estaba enamorada de Scorpius Malfoy y no confiaba en ellos. Quizá le había dolido ver la felicidad de Teddy y Victoire, a quienes todos apreciaban, y pensar que no podía mostrar su amor así de abiertamente. ¿Qué creía que harían?

En realidad, ¿qué harían?

Albus podía ser amigo de Scorpius, y Hermione aceptaba que era un buen chico, amable y educado. Nada parecido a su padre cuando tenía su edad. Pero Hermione también sabía que el apellido Malfoy tenía una mancha que jamás se quitaría. No quería eso para su hija, no quería la humillación o la burla. Definitivamente no quería que estuviera enamorada de ese muchacho.

Ron no estaría nada contento. Él quería lo mejor para su hija, pero también estaba dolido para siempre por todas las humillaciones que Malfoy le había hecho pasar. Sin duda creería que esta era otra más de esas humillaciones, robarle a su hija. Arruinarla con su apellido, cuando Rose tenía todo lo bueno por delante, cuando tenía tantas opciones.

Se llevó las manos a la cabeza. ¡Niña tonta! ¿Qué harían ahora?

Rose no sabía por qué su madre se estaba comportando de forma tan extraña con ella. No le dirigía casi la palabra desde la navidad y Rose se sentía más sola que nunca. Su familia le daba la espalda sin saber por qué, Scorpius se había ido a pasar lo que quedaba de la navidad en casa y ella había comenzado a tener más pesadillas que nunca. Había algunas de verdad terroríficas, en las que su padre la hechizaba y volvía a sentir a Antares salir de su cuerpo. Había otros sueños, que quizá eran peores, donde lo veía a él y era un niño pequeño, como de tres años, que le decía las cosas más tiernas del mundo. Le decía que la amaba, la llamaba mamá. Rose despertaba petrificada en medio de las lágrimas, sin poder respirar bien, sintiéndose ahogarse. Queriendo desesperadamente hundirse en los sueños otra vez.

Una vez, gritó mientras soñaba. Su papá corrió a su habitación para despertarla y le preguntó sobre su sueño. Rose no pudo hablar.

Llegó el día de la vuelta a Hogwarts. Hermione no la miró a los ojos cuando se despidió de ella con un escueto "que tengas un buen trimestre". Pero Rose, que sentía que ya no le quedaban lágrimas, sólo registró un ligero pinchazo de dolor en el corazón. Sentía que el lazo madre e hija entre Hermione y ella estaba, de alguna forma, roto.

Albus, Scorpius y ella se sentaron en un mismo vagón. Rose no habló en todo el camino.

Los primeros días en Hogwarts le permitieron relajarse. Se reunía por la noche con Scorpius en las cocinas y hablaban, se besaban o sólo se acurrucaban en el otro en silencio. Y entonces… un martes, en pociones, el profesor Slughorn les pidió que abrieran el libro en la página ciento doce. La poción que debían preparar era veritaserum, que era muy complicada de preparar.

—Les recuerdo, jóvenes, que esta poción es extremadamente peligrosa y está regulada por el ministerio. Ahora, revisaré sus calderos en quince minutos, ¡buena suerte a todos!

Rose siguió los pasos de su receta como un autómata, agregando pizcas de esto y raíces de aquello cuando debía hacerlo, y removiendo en el sentido correcto. El profesor Slughorn la felicitó al final, y Rose dejó el resto de la poción en su caldero mientras llevaba el frasquito con la muestra al escritorio del profesor. Vio que Marietta Smith y Giselda Chang se reían tontamente mientras ella entregaba su trabajo, pero no le dio la menor importancia. Sin embargo, parpadeó sorprendida cuando volvió a su lugar y se dio cuenta de que las dos estaban paradas frente a ella, cerrándole el paso. Rose frunció el ceño.

—¿Qué…?—comenzó.

Marietta rio con malicia.

—Weasley, Giselda y yo queremos saber qué es lo que te traes entre manos con Scorpius Malfoy. Él es muy guapo, ¿verdad que sí? Le hace un poco mal el apellido, pero nada que no se pueda solucionar. —comenzó Marietta—. Te hemos visto tontear con él un par de veces, ¿nos vas a decir qué hay entre él y tú?

Rose se paró con orgullo y cruzó los brazos.

—No tengo por qué darte explicaciones de lo que hago o no, Smith.

Marietta frunció el ceño.

—Entonces supongo que lo haremos a la mala —dijo. Rose la miró sin saber a qué se refería, pero la chica agitó su melena y se giró, metió los dedos en la poción de Rose y lo siguiente que supo era que le había salpicado la cara, y que, por supuesto, un par de gotas habían entrado por sus labios entreabiertos. Horrorizada, Rose tomó su mochila mientras se cubría la boca con la otra mano y trató de salir del aula.

—¿A dónde crees que vas, Weasley? —parecía que tenían todo planeado, porque Zach Parkinson, un chico que acababa de estar en la clase de Rose y que ahora estaba fuera del aula, le impidió el paso. Estaba atrapada.

El pasillo estaba repleto de gente que se dirigía a pociones o salía de la misma clase, chicos de su curso. Rose vio con terror a Scorpius y Albus caminando al final de pasillo, absortos en una conversación y sin darse cuenta de lo que pasaba.

—Quiero irme —dijo Rose, y se dio cuenta de que era una involuntaria respuesta a la pregunta que le habían hecho. Se tapó la boca con horror. Marietta sonrió con satisfacción.

—Entonces, Rose, dinos. ¿Cuál es tu peor miedo? ¿Y qué te traes entre manos con Malfoy?

Las palabras salieron de su garganta, aunque su voluntad le daba otras órdenes. Rose se horrorizó ante lo débil que se sintió, ante la poca voluntad que le quedaba.

—Mi peor miedo es perder otro bebé. —Se sintió temblar. Esto no estaba pasando. Todos en el pasillo la escuchaban—. Yo y Scorpius… No… yo y él… perdimos…

Se echó a llorar, cubriéndose la boca con las manos, tratando de amortiguar las palabras que salían de ella. Marietta la miraba con renovado interés, igual que todos los demás. Albus y Scorpius ya se habían acercado y Albus miraba a Marietta con odio.

—¿Qué le hiciste, Smith?

La chica sonrió.

—Relájate Potter. Sólo jugué un poco con el veritaserum. Al menos ahora Weasley puede saber que realizó la poción correctamente —se marchó riéndose.

—Rose, ¿qué te pasó? —preguntó Scorpius, llegando hasta ella.

—Marietta me salpicó con veritaserum y luego me hizo estas preguntas terribles… no pude, yo no… lo siento mucho.

Albus estaba ahuyentando a todos los mirones. Slughorn ni cuenta se había dado de lo que pasaba fuera de su aula. Scorpius levantó a Rose.

—Te llevaré a la enfermería, Madame Pomfrey te revertirá el efecto, vamos.

—Scorpius, de verdad no quería decirlo. Tú sabes que no quería.

Él le besó la frente. Ya no importaba quién los viera. De cualquier forma, era muy poco probable que pudieran esconderse ahora. Scorpius hubiera deseado que las cosas se supieran bajo sus propios términos y condiciones, pero ya no había qué hacer.

—Está bien, Rose, lo sé. Tranquila.

Madame Pomfrey tuvo la decencia de no hacer demasiadas preguntas a Rose, y para la tarde ya no sufría ninguno de los efectos de la poción de la verdad, pero temblaba de miedo. ¿Y si sus padres se enteraban de todo? No había querido que su secreto saliera a la luz así, no era justo. Quería guardar a su hijo en su corazón, para sí misma, no quería que fuera motivo de una burla.

Las cosas se pusieron peor. El rumor se esparció por todo Hogwarts y en cuestión de días había más de dos o tres estudiantes que se metían con ella sólo para hacer enojar a Scorpius. A Rose la invadía un sentimiento de profunda ira, de cierta forma quería provocar peleas sólo para sacar ese sentimiento de su corazón, aunque no sabía a ciencia cierta con quién estaba furiosa. Estaba furiosa, por supuesto, con Marietta Smith. Pero era algo más, como si estuviera furiosa con la vida misma, con la situación, con sus padres, su apellido y ella misma.

Una tarde de viernes, mientras se dirigía con Albus y Scorpius a visitar a Hagrid, una chica de Ravenclaw la señaló mientras reía.

—¡Eh, Weasley! ¿Quién diría que la mayor aspiración de una chica como tú, que se pavonea en su inteligencia, es quedar embarazada? Y además de Malfoy. ¿No sabes acaso que existen filtros de amor para atrapar a alguien? No necesitas arruinar tu vida para quedarte con su fortuna.

Rose sintió la ira florecer en su piel, sintió que la vista se le nublaba y lo siguiente que supo era que estaba apuntando a la chica. Creyó que Scorpius también lo estaría haciendo, pero le sorprendió ver que su novio detenía con fuerza a Albus, que trataba de sacar su varita de su túnica con los ojos enloquecidos de furia. Finalmente pudo deshacerse del agarre de Scorpius y lanzó un encantamiento traga babosas a la chica. Sabía que se ganaría detención por un mes o más por eso, pero no le importaba. Nadie insultaría a su familia así.

Cuando llegaron a la cabaña de Hagrid, Rose ya estaba llorando. No era justo todo eso, después del dolor que sentían. ¿Es que la gente sólo era estúpida o sólo inhumana? Ella no se merecía esos insultos.

Scorpius, por su lado, pensaba en que le estaba haciendo daño a Rose. La ofendían sólo para provocar una reacción en él, que era inevitable.

—¿Qué pasa, Rosie? —preguntó Hagrid.

Albus le contó todo lo que había sucedido, desde aquél día en pociones. Rose sólo se quedó mirando el fuego de la chimenea, agotada.

—No hagas caso de una sola palabra, Rose. Eres más inteligente que todos ellos y te tienen envidia por eso.

Ella asintió. Querer un hijo no la volvía estúpida, no sabía por qué la gente tenía esa idea. Había que ser valiente y amar mucho para tener un bebé, eso lo tenía muy claro. Pero no podía evitar que las palabras la avergonzaran. Miró a Scorpius, que estaba muy taciturno mirando su taza de té. Le acarició la rodilla para llamar su atención y le sonrió, lo que inmediatamente aligeró el semblante del rubio.

Hagrid y Albus despotricaban sobre la estupidez de la gente como Marietta Smith, que ni siquiera se había ganado un castigo después de haber argumentado que "había salpicado por accidente a Rose, no tenía intenciones de hacerla beber la poción", pero Rose y Scorpius se miraban con amor y ternura. Ella no se sorprendió al darse cuenta de que el afecto entre ellos era mucho más maduro que antes. No podían esperar a estar solos para poder demostrarse todo el amor que se tenían. Él era su familia ahora, sin importar lo que sus padres dijeran.