Carmín Nevado

Okita no Sougo se encontraba cerca del río como todas las noches, sin embargo, no atisbaba presencia alguna de la chica de cabellos bermellón y ojos azules. ¿Por qué?

Estaba seguro que, incluso luego de haber ido a la aldea, la chica tendría tantas ansias de verlo como él y que, sin importar el día, pelearían como rivales así como el primer día en que se conocieron. No obstante y por si no fuera poco, había pasado una semana desde entonces. Sougo sentía la ilusión de encontrarla cada noche en que iba a ese lugar y sentía una presión en el pecho cada vez que llegaba allí y Kagura no estaba.

Se sentó tranquilamente frente al río y veía como la hermosa luna se reflejaba en el agua. Aquella luna que le recordaba a ella, tan blanca y radiante. Miró entonces al cielo y las estrellas fulguraban en el firmamento, tan brillantes como el brillo de esos azules ojos. No sabía por qué, pero la extrañaba.

— ¿Estás preparado para que tu cabeza ruede por el suelo, bastardo? — No la había escuchado llegar. No sabía en qué momento se había acercado a él y había puesto el filo de su katana sobre su nuca, solo sabía que, al escuchar su voz, su pecho se hinchó de alegría y sentía que no podía aguantar las ansias de verla.

Y a pesar de todo lo que sentía en esos momentos y de aquella alegría inmensa que albergaba en su corazón, intentó mantenerse firme e incluso estoico. Debía enfrentarla con la mente en blanco si quería tener una buena batalla. Se puso de pie y se dio la media vuelta para verla.

Se impresionó en cuanto sus ojos chocaron con su rostro.

Había maquillado esos hermosos labios rosados con un carmín tan rojo como los ojos de Sougo, los cuales hacían resaltar con hermosura su piel blanca y tersa. Bajo sus ojos un leve delineado rojo que contrastaba con sus azules ojos y que la hacía ver más hermosa de lo que ya era. Y sobre su cabello un blanco velo que ocultaba con sutileza aquellos hilarantes hilos bermellones los cuáles se mantenían sueltos y gráciles.

Y aunque el castaño planeaba provocarla para que pelearan, simplemente había quedado mudo ante su belleza, tan o incluso más mudo que la primera vez que la había visto.

— ¿No vengo hace bastante y aun así no dices nada? Que aburrido — dejó de mirarlo de manera altanera y guardó la katana en su saya. Bajó levemente la guardia y cerró sus ojos. — Pensé que diciéndote aquello querrías pelear de inmediato.

Okita seguía absorto en la belleza de su contrincante.

No la veía hace una semana y su belleza lo encandilaba. Por añadidura, aquella presión en su pecho quería transformarse en un abrazo, incluso aunque quisiera contenerse, sus brazos le molestaban y sentía que podrían moverse involuntariamente hacia ella.

Y no lo pensó más.

Se acercó a ella de manera rápida y la aprisionó entre sus brazos, sintiendo como su corazón palpitaba tan rápido y fuerte como el correr de un caballo y su nariz podía olfatear el aroma del hermoso cabello de Kagura.

— Te extrañé, Kagura… — Soltó sin más, impresionándose incluso a él mismo. La bermellón no daba crédito a lo que escuchaba y se soltó inmediatamente de su agarre. Sin embargo, aquellas palabras no las había pasado por desapercibidas y un sonrojo fulgurante se posaba sobre sus blancas mejillas.

— ¡¿Qué crees que haces?! — desenvainó nuevamente su katana y se alejó lo suficiente de él como para posar aquel filo en su cuello. — ¿Cómo se supone que estás recibiendo a tu rival? Te voy a matar, Okita.

— De todas maneras lo vas a hacer. No sigas amenazándome con eso. — recobró la compostura en cuanto se dio cuenta de la imprudencia que había cometido y se alejó un poco de aquella hoja que lo amenazaba.

— ¿Te estás resignando a tu muerte? — Impresionada, Kagura bajó su katana y lo miró directamente a sus carmines ojos.

— No — aseguró en una sonrisa confianzuda — pero si llegara a morir preferiría que fuera en tus manos.

— ¿Qué eres? ¿Una especie de romántico idealista? — Yato reía con sorna. Si bien algo en su pecho se posó cuando escuchó esas palabras saliendo de los labios de su rival, simplemente prefería molestarlo.

Okita había sonreído ante las ocurrencias de su contrincante y prefirió no decir nada. A cambio de eso, tomó la katana que estaba a un costado de su cintura y la desenvainó dirigiéndola a la bermellón.

— Será mejor que no perdamos el tiempo. Mis manos pican de las ansias de pelear contigo. Me has dejado esperando una semana entera, China.

— No me gusta mucho ese apodo que me das — dijo, también poniéndose en guardia — pero prefiero eso a que me llames por mi nombre, Sádico.

— ¿Sádico? ¿Así que también preferiste darme un apodo?

— Es lo que mejor le queda a un bastardo con la mente tan retorcida como la tuya. — sonreía altanera y comenzó a correr hacia él para dar su primer ataque.

— ¡Vaya! — bloqueó la katana de la bermellón con la suya y estaban frente a frente mirándose a los ojos — ¡Al parecer tus ansias sí eran bastante grandes!

— ¡Cierra el pico y pelea, bastardo! — se separó de él y nuevamente intentó atacarlo — ¿Acaso crees que vine hasta acá para conversar?

— Si tenías tantas ganas de pelear, ¿por qué no viniste antes? — sus espadas danzaban bajo el fulgor de la luna blanca y esquivaban los ataques del otro sin bajar la guardia. Ninguno quería perder.

— ¡No te creas tan importante, Sádico! — bufó mientras se movía y daba ataques que intentaban alcanzar al castaño — ¿Acaso crees que no tengo más cosas que hacer que venir a pelear contigo?

— Solo pensé que luego de esa visita que te di estarías ansiosa por verme de nuevo — juntaron sus espadas y nuevamente se miraron a los ojos. Sougo sonreía de manera coqueta y Kagura se mantenía seria escuchando todo — creí que ahora éramos más cercanos, luego de esa sonrisa que me regalaste la otra noche.

— Creíste mal. — con todas sus fuerzas, logró empujar a Sougo tirándolo hacia un árbol.

En un movimiento rápido, clavó la katana en el tronco y acorraló a Okita para quedar frente a él de manera amenazante.

— Es increíble, ¿ya es segunda vez que te gano? Estás desperdiciando tu racha, Sádico.

Sougo la miró feroz y en un movimiento rápido, salió de su encerrona tomando el brazo de Kagura y llevándola al tronco, de manera que ella lo mirase directamente a los ojos y quedara acorralada por él.

— Yo no he perdido.

— Suéltame — le decía, aunque no oponía resistencia. Solo tenía su rostro estoico y sus palabras graves.

— No perderé ante ti, China. — la soltó del brazo y sonrió — No te dejaré fácil esta batalla.

— No, claro que no — En un movimiento rápido, sin que Sougo se diera cuenta, Kagura había pasado su katana por el estómago del castaño y la había envainado tranquilamente, haciendo que un segundo después, el hakama blanco de Okita se tiñera levemente de rojo. — bajaste la guardia. ¿Ves lo que pasa cuando te debilitas ante el enemigo?

La sangre del ojicarmin se extendía lentamente por su ropa, sin embargo, no era mucho lo que despedía, después de todo el corte no había sido profundo, pero si era lo suficientemente certero como para dejar a Okita inhabilitado por unas horas.

— Tsk… Bastarda… — Se tomó el estómago y se sentó a los pies del árbol con un poco de dificultad.

Kagura solo lo observaba con ojos altaneros y comprendió que nuevamente había ganado.