Naruto Y Hinata en:

EL SECRETO DE NARUTO


Octavo Capítulo


La Primera Batalla

Toneri estaba asomado a la ventana de su alcoba, con un pergamino arrugado entre sus dedos. Miraba hacia el horizonte, hacia el camino que serpenteaba entre las chozas de Balquhidder y que después ascendía por la colina hasta el hogar del jefe de los MacHyuga.

Un puesto que tendría que haber sido suyo tras la muerte de Hiashi MacHyuga pero que, por culpa de su querida prima, no iba a poder ostentar.

Apretó con más fuerza la nota que tenía en la mano, donde les anunciaban que Hinata regresaba a casa con su nuevo esposo, el elegido por Indra para liderar el clan. Ahora, los MacHyuga tendrían que jurar fidelidad a un Uzumaki... ¡Eso no habría pasado si él se hubiera casado con su prima!

—Ella no llegará antes por más que te asomes —le dijo la mujer que estaba desnuda en su cama, con voz adormilada.

Toneri se volvió y contempló el cuerpo de piel pálida y perfecta que se estiraba con pereza entre las sábanas. A pesar de que se había saciado de ella durante la noche, su entrepierna cobró vida una vez más. Nunca iba a tener bastante de ella...

Solo la conocía desde hacía unos cuantos días. Se había topado con la muchacha en la aldea, y estuvo a punto de tirarla al suelo de un empujón cuando chocó con él en el camino. Sus ropas harapientas y su aspecto desgreñado le hicieron pensar que era una pordiosera pidiendo limosna... y tal vez lo era. Pero entonces elevó las pestañas y pudo ver sus ojos, de un marron asombroso, que lo cautivaron. Y comprobó que bajo la mugre que lo cubría, existía un rostro de delicadas facciones. El cabello, sucio y enmarañado, era rubio, bastante largo.

—Por piedad, señor, algo de comer... Haré lo que quiera, le daré lo que quiera... —le había dicho.

Aquella súplica lo encendió. Avivó su malsana fantasía e imaginó todo lo que la muchacha podría ofrecerle. No lo dudó, la llevó con él a su hogar, dispuesto a soportar la reprimenda de su madre por meter a una mendiga entre los muros de aquella casa.

Hizo que le procuraran un baño y una copiosa comida. Luego, ordenó que la llevaran a su habitación. Y cuando al fin la joven se reunió con él, pudo ver el tesoro que había descubierto en las calles de Balquhidder.

La muchacha no puso reparos a la hora de ofrecerle sus favores y terminó de cautivarlo. Se notaba que tenía experiencia complaciendo a los hombres y aceptaba de buen grado sus más extrañas inclinaciones sexuales. ¡Qué buena fortuna había tenido encontrando a Suiren!

—Está previsto que lleguen hoy, al anochecer —los ojos azul claro de Toneri se entrecerraron—. Mi insulsa prima vendrá del brazo de su nuevo esposo, arruinando así todas mis esperanzas.

—¿Acaso estás celoso, mi señor?

El hombre se acercó a la cama y se sentó en el borde. Acarició el cuello de su amante con delicadeza y descendió luego hasta uno de sus voluptuosos pechos.

—¿Del hombre que ha tenido que cargar con ella? No, mi amor. Tú eres mucho más hermosa, más dispuesta, más complaciente... —Al decirlo, Toneri pellizcó con fuerza el rosado pezón, que se endureció al instante.

Otra mujer tal vez se hubiera quejado, pero Suiren cerró los ojos y gimió de gusto. La excitación de Toneri creció al contemplar sus labios entreabiertos, la punta de su lengua asomando, incitante, entre sus pequeños dientes.

—Lo único que codicio de Hinata MacHyuga es el poder que conlleva estar casado con ella — siguió explicando Toneri, que pasó la mano al otro pecho de Suiren y repitió la ruda caricia—. Ahora, ese poder lo ostenta un maldito Uzumaki.

La joven se incorporó bruscamente, con todo su cuerpo en tensión.

—¿Uzumaki? —preguntó, antes de poder contenerse.

El hombre estudió su exagerada reacción. Su mano, que ya había comenzado el descenso hacia la entrepierna femenina, se detuvo a medio camino.

—¿Lo conoces?

Ella rehuyó la mirada. Un estremecimiento sacudió su cuerpo pero, con un parpadeo y una inhalación profunda de aire, pareció recomponerse. Cuando sus ojos marrones buscaron de nuevo los de Toneri, volvía a ser la misma Suiren de siempre.

—He oído hablar de los Uzumaki, sí. Una lástima lo que les pasó...

Suiren le echó los brazos al cuello y acercó su boca para no hablar más del tema. Sin embargo, Toneri no era tan tonto. La sujetó por las muñecas antes de que lo tocara y la interrogó, con gesto severo.

—Al escuchar su nombre te has encogido de miedo, ¿por qué?

La muchacha abrió los ojos con desmesura.

—Tengo... tengo entendido que los Uzumaki son muy estrictos con el honor y la moral — Suiren simuló verdadera angustia—. Cuando el nuevo laird descubra que yo no soy más que una pordiosera, que no soy la dama que tú me permites ser entre estos muros, me echará a patadas de aquí.

Toneri relajó su ceño. Soltó sus muñecas y hundió los dedos en su cabello, aferrándolo con fuerza para atraerla hacia sí. La besó de forma salvaje, hundiendo su lengua en la boca femenina de manera invasiva y avariciosa.

—Eres mía y nadie te expulsará de mi lado —jadeó, antes de morderle el suculento labio inferior—. Ese Uzumaki no tendrá poder sobre ti, te lo prometo.

Volvió a besarla con fiereza y su mano buscó el punto entre los suaves muslos que ya ardía de impaciencia. O tal vez era él, que se moría por probar aquellas mieles una vez más.

Sin preliminares, sin más rodeos, introdujo dos dedos en el interior de la mujer, que jadeó contra su boca y arqueó la espalda. Tampoco alargó demasiado esa implacable caricia. La empujó contra el colchón, se colocó entre sus piernas y la penetró de una sola embestida.

Suiren gritó, como a él le gustaba. Y aún gritaría mucho más antes de que terminara con ella.

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La comitiva llegó a Hyuga Castle cuando ya era noche cerrada. A Hinata le dolía todo el cuerpo, y eso que no había viajado a caballo. Pero el ritmo impuesto por su impaciente esposo había ocasionado que el coche que las transportaba diera sacudidas a cada instante, y Tenten y ella habían sufrido las consecuencias. Estaba cansada, hambrienta y malhumorada.

—Ojalá Mysie haya preparado su deliciosa sopa de lluvia —exhaló Tenten, con un suspiro agotado.

A Hinata se le hizo la boca agua al pensar en esa sopa. Mysie era su cocinera, una mujer enjuta y enérgica que tenía muy buena mano en los fogones. La sopa de lluvia era su especialidad. Era un plato que elaboraba para los días en los que hacía frío y llovía, un rico batiburrillo de sabores suculentos que siempre era distinto, porque cada vez lo preparaba de una manera, dependiendo de los ingredientes que tuviera a mano.

Aunque todos los que lo habían probado reconocían enseguida su particular sabor y sabían que se trataba de la famosa sopa de lluvia, porque había un par de cosas que nunca faltaban en aquel plato: el espeso caldo, que podía alimentar por sí solo a un hombre adulto, y las tiernas y pequeñas tajadas de cordero, cortadas en un tamaño que cabía en la boca con una sola cucharada. Aunque había sido un plato ideado como reconstituyente en los días más crudos y desagradables del año, los habitantes de Hyuga Castle se habían aficionado tanto a él que Mysie lo preparaba cada poco tiempo, para regocijo de sus comensales.

—No sé lo que habrá de cena —respondió a su dama de compañía―, pero a mí me vendrá bien cualquier comida caliente. Supongo que mi madre habrá ordenado que esté todo preparado para nuestra llegada. Estoy deseando verla.

—Espero que se encuentre mejor. Se habrá sentido muy triste al no poder asistir a tu boda pero, ahora que estás aquí con tu esposo, podemos organizar otra celebración. Con una fiesta íntima bastará para compensarla y, en esta ocasión, tú estarás más cómoda y arropada por tu propia gente. —Tenten la miró con intención antes de añadir—: Bueno, si te olvidas de ese trato estúpido y tomas de manera definitiva a ese hombre como esposo.

Hinata bufó como contestación a su pulla. No quería pensar en eso ahora. Bastantes preocupaciones tenía ya encima, sin saber lo que encontraría en su hogar después de tantos días ausente. ¿Habría mejorado la salud de su madre? ¿Los MacHyuga aceptarían de buen grado a un Uzumaki como jefe? ¿Habría ideado su primo Toneri nuevas maneras de torturarla?

Cuando el coche se detuvo frente a la entrada, el mismísimo Naruto les abrió la puerta para ayudarlas a apearse.

—Hogar, dulce hogar —le dijo a Hinata, con amarga sorna.

Ella se aferró a la mano que le tendía y lo miró extrañada. ¿Acaso el viaje había avivado su mal humor? Tal vez solo estuviera cansado. A fin de cuentas, en sus prisas por llegar, apenas se habían detenido, cubriendo la distancia que los separa de Konohagakure en tan solo dos jornadas. Casi no habían dormido y habían malcomido. No era de extrañar que su esposo luciera ese ceño siniestro y ese aspecto ojeroso.

—Es muy tarde. Mañana te lo mostraré todo más despacio, a la luz del día. De verdad que espero que Hyuga Castle sea de tu agrado.

—Yo también lo espero.

Subieron las escalinatas que llevaban a la entrada y el grupo de recién llegados se internó en la residencia de los MacHyuga, una pequeña fortaleza de piedra gris de dos cuerpos: uno con dos plantas de altura y otro un poco más elevado, que culminaba en una torre destinada a la vigilancia del lugar. Sus muros eran de cinco pies de espesor y no había muchas ventanas, lo que reforzaba el aspecto fortificado de la construcción. En general, al nuevo laird le causó muy buena impresión. No le costó ningún esfuerzo imaginarse viviendo allí, siempre que fuera al lado de su flamante esposa. Le dio la sensación de que en aquel hogar podría construir una buena vida, si es que al final su matrimonio no terminaba antes de haber empezado siquiera.

Hinata se extrañó de que su familia no saliera a recibirlos, así que se dirigió directamente al salón principal. Su sorpresa fue mayúscula cuando se encontró a su primo con algunos de sus hombres, sentado a la cabecera de la gran mesa, como si fuera dueño y señor de todo lo que le rodeaba, cenando con tranquilidad. Su madre, es decir, la tía de Hinata, estaba sentada a su derecha, y levantó la vista con asombro cuando escuchó que alguien invadía su casa.

—¡Toneri, tía Kaguya! —exclamó, indignada.

—¡Prima Hinata, qué sorpresa! ¿Llegabais hoy? —preguntó aquel joven detestable, sin levantarse siquiera para saludar.

—Como si no lo supieras, maldita cucaracha —susurró Tenten a su lado, apretando los puños.

—Os mandé una misiva. Os advertí de nuestra llegada. ¿Dónde está Nessie? —Hinata cada vez estaba más alterada. Se moría de la vergüenza. ¿Qué iba a pensar Naruto? Se suponía que los estarían aguardando, que cenarían en familia, que presentaría a su nuevo esposo ante todos. Se dio cuenta, alarmada, de que allí faltaba alguien—. ¿Y mi madre?

Su tía Kaguya sí se levantó, y tuvo la prudencia de mostrarse avergonzada. Acudió hasta ella y la saludó con un abrazo.

—Querida, no hemos recibido ningún mensaje tuyo... qué extraño. De lo contrario, no hubiéramos dado la noche libre a Nessie y, por supuesto, no hubiéramos cenado sin vosotros.

Hinata arrugó el entrecejo. Era muy extraño que el ama de llaves de Hyuga Castle se tomara una noche libre.

—¿Dónde está mi madre? —insistió.

—Lamento decirte que, con tu marcha, Hanna empeoró. Tanto fue así, que ella misma pidió que la lleváramos a la abadía de Tyndrum para una cura de salud. Ha sido un retiro necesario, Hinata. Te dejó una nota de despedida.

—¿Qué... qué estás diciendo? No puede ser, ella solo sufría de melancolía por la muerte de mi padre. ¿Cómo es posible que se haya marchado sin esperarme?

—Te lo explica en la carta, Hinata. Hay veces en que es mejor alejarse de todo para volver a encontrarse a uno mismo. No te preocupes, está en las mejores manos y sé que pronto la tendremos de vuelta.

A Hinata le costó asimilar aquella noticia. Su madre no solo se había perdido su boda; ahora, además, no la encontraba al regresar a su hogar. La necesitaba en esos momentos de confusión y de cambios en su vida. ¿De verdad había empeorado tanto?

Enseguida se sintió mal por saberse tan egoísta. Si su pobre madre estaba enferma, lo primero era su recuperación, por supuesto. Por mucho que deseara tenerla a su lado, entendió que su salud le importaba mucho más. Aunque eso no evitó que la extrañara hasta casi desfallecer...

En ese momento de desesperación, Naruto le colocó con suavidad una de sus manos en el hombro. No supo cómo lo adivinó o cómo se dio cuenta de que necesitaba ese reconfortante contacto para mantenerse serena y no salir corriendo escaleras arriba, en busca de la carta de la que hablaba su tía. Antes, debía resolver el problema que tenía en el gran salón.

Tenía que explicarle a Toneri el papel que ocupaba él en Hyuga Castle y que no era, ciertamente, el de laird.

Naruto observaba la escena en silencio. Sus hombres se habían posicionado en los flancos, rodeándole a él y a Hinata, de modo que a todo el mundo le quedara claro que la señora de aquella casa llegaba bajo su protección. Miró al hombre que ocupaba la silla que ahora le correspondía a él y no vio a un rival. De pelo blanco desgreñado y ojos azul claro, de tez blanquecina, enrojecida en las mejillas a buen seguro por el vino que había ingerido ... No era competencia para él, pensó con arrogancia. Podría tumbarlo de un puñetazo. Mas esperó a ver cuál era el siguiente movimiento de su esposa, dispuesto a respaldarla en todo momento.

Hinata avanzó y se situó frente a Toneri. Sus pecas casi habían desaparecido de su cara por la indignación que sentía. Estaba completamente abochornada y enfadada.

—La silla que ocupas no te corresponde —le dijo, con tono glacial.

En ese momento, el que había sido el lugarteniente de su padre se levantó del asiento que ocupaba cerca de Toneri. Iroha era un guerrero experimentado en el que Hinata confiaba y a quien admiraba desde que tenía uso de razón.

—Mi señora, no debéis alteraros. Vuestro primo ha intentado hacerse cargo de todo en vuestra ausencia y los hombres se han mostrado conformes.

—¿Qué me estás diciendo, Iroha? ¿Que las tropas MacHyuga obedecen ahora sus órdenes? —espetó ella, algo dolida al ver cómo su propia gente anteponía la autoridad de Toneri a la suya.

—Alguien tenía que tomar el mando, querida prima, ya que tú no estabas aquí —contestó su primo antes de que pudiera hacerlo el lugarteniente de Hiashi—. Aunque dudo mucho que, de haber estado, hubieras podido organizar nuestras defensas y haberte encargado de tareas más propias de un hombre en lo que se refiere a los soldados. ¿No piensas agradecerme que me haya hecho cargo del clan mientras tú te dedicabas a recorrer las Highlands en busca de un esposo?

—¿Crees que me marché de mi hogar por propia voluntad? ¿Crees que atender a la llamada del rey Indra y someterme a sus deseos ha sido un capricho mío?

Hinata estaba fuera de sí. Observó atónita que su primo parecía haberles hecho creer a todos que, en verdad, ella los había abandonado buscando solo su propia conveniencia en lugar del bienestar del clan. Los hombres MacHyuga la miraban con recelo... ¡incluso Iroha! ¿Qué veneno había vertido Toneri sobre su gente con su lengua viperina?

—Te estás alterando mucho, prima, por nada. ¿Qué hay de malo en sentarse en una silla o en otra? No pretenderás que nos movamos ahora que estamos ya acomodados —espetó con afectación, mirando a los que lo rodeaban con una sonrisa de suficiencia—. Hay aún mucho sitio en nuestra mesa, tomad asiento y ordenaré que os sirvan de inmediato una buena...

—O te levantas tú, o te levanto yo —lo interrumpió de pronto Naruto, dando un paso al frente, con la mano posada sobre el pomo de su espada.

En realidad, a Naruto le importaba muy poco la silla que le dieran aquella noche para sentarse. Estaba agotado. Cansado, hambriento y muy irascible por culpa de aquella noche de bodas tan frustrante, así que lo único que quería era comer algo, asearse e irse a dormir. Le hubiera valido cualquier sitio y no hubiera protestado. Pero aquel individuo estaba desafiando a Hinata en su cara y, si bien aún no estaba claro que fuera a quedarse con el puesto, por el momento ella era su esposa.

Y nadie iba a tratarla de ese modo en su presencia.

Toneri se reclinó en su asiento, sorprendido por la interrupción. Fue lo bastante estúpido y arrogante como para preguntar:—¿Y tú quién eres?

El rostro de Hinata casi se tornó púrpura a causa de su desfachatez. Estaba clarísimo quién era él.

—¡Por el amor de Dios, Toneri! Es mi esposo, Naruto Uzumaki. Desde hoy tu laird, así que dirígete a él con más respeto.

—Dicho de otra manera, soy la persona a la que le has quitado su silla. Y estoy muy, muy cansado, y no tengo ganas de pelear. Así que no lo repetiré más, Toneri, levántate.

Su tono fue tajante y peligroso. Naruto notó que la amenaza surtía efecto. Tanto en el hombre que lo retaba como en la hermosa mujer que estaba sentada a su izquierda, y que se aferró a su brazo en cuanto él dio otro paso hacia ellos. Se quedó mirando unos segundos el rostro de aquella muchacha rubia. La había visto antes, estaba casi seguro, pero ¿dónde? No fue capaz de recordarlo en esos momentos.

Kaguya Õtsutsuki acudió deprisa junto a su hijo al escuchar la advertencia del laird y se colocó a su lado, mirándolo con severidad.

—Esto no es propio de ti, Toneri —lo amonestó—. Te pido por favor que abandones este lugar y que te sientes junto a mí al otro lado de la mesa. ¿No tienes sentido del deber?

Hinata hubiera jurado que aquella reprimenda era un intento desesperado de su tía para que Toneri entrara en razón. Tal vez él no veía el peligro, pero ella, como madre, había visto claramente quién saldría perdedor en un enfrentamiento entre ambos hombres.

—¡Pues claro que lo tengo, madre! —se exaltó, furioso al recibir un sermón delante de toda aquella gente como si fuera un niño pequeño. Se levantó y casi tiró la butaca con el violento impulso—. Por mi parte podéis quedaros con vuestra maldita silla, yo ya he terminado de cenar.

Cogió del brazo a la dama rubia que lo miraba con ojos espantados y se marcharon del salón con paso airado. Kaguya se tapó la boca para ocultar un sollozo ante semejante comportamiento y miró a Hinata y a Naruto alternativamente.

—Os ruego que no se lo tengáis en cuenta. Él... él ha bebido mucho vino en la cena. Es eso. Está alterado. Mañana se disculpará y os dará la bienvenida que os merecéis, estoy convencida.

Los sirvientes se apresuraron a limpiar la mesa y en un abrir y cerrar de ojos lo tuvieron todo listo para los recién llegados. Naruto ocupó la silla que había dejado Toneri y Hinata se sentó a su derecha, bastante turbada por lo ocurrido.

Los allí presentes, si bien no habían abandonado la mesa como Toneri, miraban al nuevo laird con cierta incomodidad y bastante desconfianza. Naruto bufó al percatarse de ello.

—Aún no he cenado siquiera y ya he librado mi primera batalla por estos lares —susurró, como al descuido, esperando a que le sirvieran la comida.

—Lo siento mucho —musitó Hinata, con la vista baja.

—¿La he ganado? —Ella le miró, sin comprender—. La batalla, ¿la he ganado?

—Me temo... me temo que aún no, mi señor.

Naruto exhaló un suspiró de resignación.

—Y aparte de este, ¿hay más frentes abiertos?

—Que yo sepa, no. Pero el rey Indra me previno antes de nuestro casamiento. Al parecer, nuestra unión podría haberme granjeado algunos enemigos.

—¿Entre los clanes vecinos?

Hinata asintió.

—El rey me advirtió acerca de los Akatsuki, los Hõzuki y los MacNab.

—Entonces me temo que habrá más batallas que librar. —Nada más decirlo, la miró con esa intensidad que a ella le encogía el alma—. Solo espero seguir aquí el tiempo suficiente como para ganar la guerra.

La joven tragó saliva y quiso dar marcha atrás respecto al trato que habían hecho la noche de bodas. Pero el corazón emitió entonces un latido de duda, doloroso e insistente. Y no pudo responder a ese último comentario de su esposo.

Continuará...